miércoles, 8 de agosto de 2012

Sin palabras (sin aire)

Yo detesto el ruido, pero eso no quiere decir que añore un silencio total, porque el sonido es aire que vibra, y cierta carencia de sonido (la ausencia de ciertas frecuencias, supongo) me desasosiega mucho. Y porque la carencia absoluta de movimiento del aire es la muerte.
Hay un silencio aplastante a veces. Un silencio aplastante y un aturdimiento igual. Cuando estás sentado en el borde de la cama, vistiéndote –poniéndote las zapatillas– después de un mal garche. Cuando colgás un teléfono que nadie atiende, que quizá hayan decidido no atender después de mirar la pantalla y ver quién llama. No hay lugar para las palabras ahí, porque ¿qué vas a decir?, ¿que (te) van a decir?, si no te dejan decir ni te quieren decir.
En esa turbación apabullante siempre quiero no derrapar, irme en silencio, casi querría evaporarme, y evitar siempre transformarme en un ser molesto (en el ser molesto en que me transformaron más de una vez, por ejemplo la conchuda que me decía “llamame, que si estoy te atiendo” y era mentira, pero yo no lo sabía, y entonces llamaba, mucho, hasta ser molesto. Ocasión en la que di el pie para que me señalaran como un ser molesto).
Ni molesto ni (más) patético.
Ahora tampoco hay palabras. No da la escapatoria acá, ni en Taringa, ni en Twitter, ni en blogs K, ni hablando solo, para engañar al silencio o para tener palabras e ideas aceitadas, ni hablando con un profesional de la salud –si tenés la suerte de que te atiendan–.
Solo silencio. Esa forma de la nada.
Silencio en la derrota. Derrota en silencio.
Y un cuerpo que no me acompaña.

Lectura de patentes

No aparece en los afiches callejeros del gobierno porteño, esos en los que Ana fue al súper con su propia bolsa, José puso la basura en el contenedor, Mariano fue al trabajo en bicicleta y todos somos grabados por cientos de cámaras de seguridad... Ah, no, esto último no. Bueno, tal vez por eso fue que debí googlear la noticia que agarré empezada en un noticiero y no volví a ver en ningún otro ni en el diario que leo.
El gobierno de esta ciudad acaba de incorporar en la policía metropolitana patrulleros que cuentan con un sistema que reconoce las patentes de los autos con el fin de, según decían en aquel noticiero, identificar vehículos con pedido de secuestro. Me resultaba curioso y, más bien, poco creíble que usaran semejante tecnología presentada como muy novedosa para algo que no es la mayor demanda en cuanto a seguridad por parte de los ciudadanos.
Más bien, lo vi como una nueva forma del creciente –apabullante– control social que se vale de la tecnología: el celular, el SUBE, las tarjetas de crédito y débito, el SIBIOS, el acceso a las canchas de fútbol… y con el que, sin querer o queriendo, tanto tiene que ver el eslogan que aparece en aquellos afiches: “En todo estás vos”.
La idea de ese sistema es que todos los autos son sospechosos y tienen que ser identificados. Por las dudas. Obviamente, esta acción no se limita a una respuesta afirmativa o negativa por parte del software respecto de un pedido de secuestro. Fácilmente quedan en una base de datos la patente del auto, el día, la hora y el lugar donde se realizó la identificación. De modo que semanas, meses o años después puede saberse dónde estaba tu auto el 14 de agosto de 2012 a las 12:36.
El primer (y único) resultado de Google donde hago clic es uno que –me doy cuenta después– está en el sitio de la Metropolitana. En la bajada del título de la nota repiten lo de que “reconocerá vehículos que tengan pedido de captura”. Pero en su desarrollo no tienen empacho en admitir que el sistema sirve para eso “entre otras cosas”.
Señalan que también se utilizará para “gerencia del tráfico y del estacionamiento, control del acceso a áreas restringidas e identificación de vehículos cuyas chapas patentes están conectadas con un delito”. Además, explicitan que “todas las identificaciones son registradas con georeferencias (coordenadas de gps), que pueden reconstruir el trayecto analizado por el móvil policial” y que la base de datos se compartirá con la Policía Federal.
Entonces, mi sensación de sagacidad respecto de esta noticia y sus alcances rápidamente se va al tacho de basura cuando la contrasto apenas con el mundo. ¡Ellos mismos dicen más o menos lo que yo había intuido! (Y lo que no dirán…).
De todas maneras, decido publicar este post insomne y-o somnoliento –como tantos, como casi todos– señalando mi certeza (muy obvia, seguro, pero mía: se me ocurrió a mí; bueno, a otros también, seguro, pero no me enteré...) de que en un futuro más o menos cercano los softwares de los patrulleros no solo identificarán patentes, sino que leerán nuestros iris. Para identificar personas con pedido de captura. Entre otras cosas.

Ah, algo más: para consultar el saldo del SUBE tenés que tener CUIL, ya que el sistema te pide dos datos para ingresar: el número de CUIL y la clave del SUBE. De modo que un número de CUIL fácilmente puede asociarse con una IP si se consulta varias veces desde la misma dirección.

Cam

Las dos veces que tuve unos mangos y consideré la compra de una cámara de fotos digital debí gastar esa plata en médicos, remedios, análisis… La primera fue justo cuando comenzaba este blog; la otra, hace unos meses.
En aquel tiempo traté de consolarme encontrándole una especie de justificación al hecho de no tener una cámara. Se me ocurría que la posibilidad del registro de la cotidianidad que brinda la fotografía digital ayuda a construir una suerte de pasado vip en el cual las cosas coetáneas a la posesión de una cámara, y con la ayuda de estas fotos tan accesibles, pueden ser más fácilmente recordadas que las que nos rodeaban en la época de las cámaras de rollo, ya que estas se usaban mucho menos, en general en ocasiones especiales.
Hace un tiempo apareció una rajadura en la pared del living, la pintura se saltó a su alrededor, y una ligera manipulación dejó a la vista la capa de pintura que estaba debajo de la superficial. Después de no sé cuántos años, tal vez de décadas, volví a ver ese color té con leche que durante años fue cosa literalmente de todos los días. Fue muy impactante encontrar el pasado de esa manera, casi como un pequeño viaje en el túnel de tiempo. Algo similar a la vez en que apareció un retazo de la frazada roja con líneas negras y amarillas que me abrigó durante quince o veinte años. Esos pocos centímetros cuadrados de tela, ese poco de pintura que quedó a la vista cuando se saltó la otra seguramente no me habrían impactado tanto si estuvieran inmortalizados en alguna foto y pudiera ver su imagen cada vez que quisiera.
Si uno accede a esta tecnología de chico, quizá la diferencia no sea tan grande. Si uno es un nativo digital, directamente ni la notará. Pero yo sí, y me pega más a partir de cómo cultivo la memoria. Así que mejor no tener cámara, me dije… Que todos los recuerdos estén en igualdad de condiciones.
Aparte, algunas de las cosas que quería fotear y preservar en imágenes desaparecieron poco después de que decidiera no comprarla: el barrio cambió bastante, demolieron un par de casas, los edificios son cada vez más, algunos colectivos tienen otro color, alguna gente ya no está, yo me corté el pelo, alguna ocasión especial ya pasó. Como con tantas cosas, se hizo tarde. Y entonces, como ya se pasó el tiempo de comprar la cámara, mejor no tener cámara.
Algo de mentira habrá habido en esa idea porque este fin de año arreció aquel deseo. En el verano tuve que gastar 750 mangos en estudios médicos, 200 en un remedio y, por seis meses, alrededor de 80 cada mes en otro remedio más. Así que la cámara quedó lejos. No así el deseo, que siguió latiendo y haciéndome pensar. En un momento encontré una correlación que, una vez descubierta, tiene bastante de previsible, o de obvio: en este tiempo donde casi no queda nada y uno busca un lugar donde agarrarse, es lógico que quiera sacar fotos, que son una forma de agarrar algo, el tiempo, y tenerlo ahí, al alcance de las manos y de los ojos.
Luego veo que las fotos y la cámara son un emergente, algo que toma valor de símbolo, pero que por sí solo no es más que un fetiche. ¿Qué sentido tiene sacar una foto si no podés compartir el momento o si no tenés a quién mostrársela? Cuando veo eso es que erradico de mí la idea de comprar una cámara.
Las fotos las sacaré cuando esté en un contexto en el que sacarlas no sea una cáscara vacía, un deseo cumplido que -no tengo que olvidarlo- no tapa la nada que hay debajo. Cuando, aunque sea por un momento, se rompa esta dinámica interminable que tiene como una de sus características la falta de fotos: en los últimos 25 años me habrán sacado no sé si 20 fotos, de las cuales tengo 5 ó 6, de las cuales no sé si hay alguna que me guste.
Así, cada vez que paso por un lugar que me gustaría fotear –y un ser urbano como yo fotearía mucho por la ciudad–, cada vez que estoy en una situación que para mí amerita foto, los veo como recuerdo de la nada en la que estoy (¿que soy?), esa nada de la decido no escapar con la droga brillante de los colores de la pantalla. Y sigo caminando como si nada pasara (como si no me diera cuenta de lo que –no– pasa), como un boxeador que sintió el golpe -otro golpe- y no muestra el dolor.

Guardia

No sé cuántos días seguidos llevaba sin poder descansar. Hoy llevo nueve, y aunque en un rato pegare un sueño largo y las interrupciones no me impidieren reconciliarlo pronto, y al final del viaje, a eso de las dos o tres de la tarde, sintiere que descansé, aunque en un rato pasare todo eso, dentro de poco recomenzará esta rutina desquiciada que no puedo romper y que me impide vivir razonablemente.
No sé cuántos días seguidos llevaba sin poder descansar, no sé si en los días previos había tenido una de las puntadas en la cabeza que tengo últimamente, que me hacen temer la inminencia de un problema de salud muy grave, el cual, por suerte, nunca se concreta. No sé si en esos días ya se me dormía el brazo, como se duerme ahora a veces.
Pero la asfixia ha de haber sido muy grande, tanto como para ir a la guardia psicológica y psiquiátrica de un hospital público. No porque tuviera confianza en que allí pudieran aliviarme, porque estaba casi seguro de que sólo me iban a sugerir que hiciera tratamiento y de que, como mucho, me ofrecerían una pastilla para dormir. Una. Para ese momento.
Más bien, para no explotar, para decir algunas palabras, para que alguien se entere, porque este blog –casi el único ámbito que pude construir en ese sentido– hace tiempo que no me alcanza. De hecho, mientras pensaba qué iba a decir, me sentía como escribiendo mentalmente un post, que, en vez de publicar acá, iba a contarle al médico que me atendiera.
Corte que me atendió un tipo con mucha cara de sueño y, tras tomarme los datos, incluyendo dirección y número de DNI, me preguntó por qué había ido. Comencé mi monólogo hablando de los problemas que tengo para dormir, consecuencia de vivir en un entorno muy desfavorable para el descanso, y hasta creí encontrar un buen camino cuando soltó una semisonrisa ante mi frase: “El nene de arriba corre todo el tiempo. Es chiquito, uno o dos años, y está dando sus primeros pasos… sobre mi cabeza”.
Le dije claramente que me angustió mucho el dolor que tuve la otra noche en el oído derecho, tan intenso que me obligó a quitarme el tapón con que trato de protegerme de los sonidos. Me angustió no por el dolor en sí, que por suerte no se repitió, sino porque vi claramente que nadie se iba a enterar de eso, que no podía decírselo a nadie. Ni en ese momento ni, seguramente, después. Y si después podía decirlo, iba a fastidiar a mi interlocutor contándole algo que no iba a dimensionar apropiadamente y/o que no le iba a interesar, y que probablemente lo llevara a poner distancia, ¡porque siempre hablo de lo mismo!
Si se lo decía a mi madre, en cambio, todo iba a terminar en una discusión en la cual yo digo que no se puede vivir acá, y ella no sé qué dirá, cambiará la respuesta, tal vez se irá de viaje, pero no hará nada que implique soltar este lugar enfermo, seguramente no hasta que mi padre se muera.
Le hablé de eso, de la angustia que siento cuando me despierto tipo seis de la mañana y sé que si quiero seguir durmiendo tengo que ponerme los tapones en los oídos y dormir en posiciones ridículas para que no se me salgan. Le dije: “Nadie se entera de eso, no sale de mi cama”. A lo sumo, notarán mi postura cada vez más encorvada, mi gesto de dolor físico, pero nadie sabe por lo que paso. Y esa invisibilidad me hace mal. Tenemos dos cosas que me hacen mal: lo que pasa y la invisibilidad respecto de eso. O tres: la imposibilidad de cambiarlo. O cuatro: la invisibilidad en la que caen mis intentos, que cuando tienen que ver con mi madre, por ejemplo, quedan anulados por sus rezos o por el relato que ella hace de mí con sus amigos, y tal vez con mi padre y la persona que lo cuida.
Le dije claramente al médico: “Si no hablo, nadie se entera. Y si hablo es inútil”. El tipo no cambiaba su cara de sueño ni su actitud. Entonces le dije: “Y descubro esa situación repetida en otros contextos, dos de los cuales quiero mencionar porque me afectan mucho”.
Uno es esa cuestión que tengo a veces con la comida, que como un montón pero una parte de mi cuerpo no lo registra y es como si no hubiera comido, no por tener hambre, sino por sentirme débil, como si llevara muchas horas sin comer, y ¡vengo de de comer 36 ravioles! U ocho croquetas de papa, o seis empanadas. Pero siento la energía pegada con alfileres, y un rato después, media hora, una hora, tengo que tomarme el jugo Ades que llevé porque ya conozco a mi cuerpo y me di cuenta de que no había cargado la energía.
Ya casi ni hablo de eso con los médicos, porque nunca dan en la tecla, porque me mandan estudios que son cada vez más caros y que no resuelven nada, porque siempre los análisis dan bien (pero yo me siento mal), porque terminan reduciendo todo a lo psicológico… Corte que la otra vez fui a la neuróloga por esas puntadas breves y horribles que tengo en la cabeza a veces, y la mina me hizo hacer una serie de pruebas físicas, una de las cuales consistía en estirar los brazos hacia adelante, lo cual reveló que me temblaban las manos, cosa que yo no había notado.
Ese día era uno de los días en que me siento mal, y tengo que comer de todo, y salir con un jugo Ades, una bolsa de pasas de uva y un paquete de galletitas en los bolsillos aunque salga de casa justo después de terminar de comer y la excursión no me lleve más de ochenta minutos en total.
Como me estaba pasando en ese momento, y como la médica se había dado cuenta de una de las manifestaciones que tiene esto que me pasa, traté de explicarlo. Tal vez por la propia nebulosa mental en la que me sumerge ese malestar no tuve claridad. O quizá sí, pero no le importó lo que decía. Traté de explicarle y me indicó el siguiente paso de la prueba. “Ahí te tiembla, ¿desde cuándo te tiembla?”, preguntó cuando le pareció. A las tres palabras de mi respuesta me interrumpió: “¿Pero te tiembla hoy…?”.
Quise poner en contexto la respuesta, porque no sé desde cuándo me tiembla, porque el temblor es una manifestación menor de todo esto, tan menor que muchas veces, como esta, ni lo noto. A los trece segundos, y sin que yo pudiera decir lo que quería, me interrumpió de nuevo, mientras yo me perdía enumerando todos los comestibles que tenía en los bolsillos. Me preguntó si tenía problemas de tiroides, le contesté que no, y siguió con su rutina despachadora de pacientes en ocho minutos sin que pudiera decirle, por ejemplo, que el último tercio de mi vida lo viví así.
Tonces, de nuevo, si no hablo, nadie se entera (salvo la –poca– gente que tiene la desgracia de estar conmigo cuando me pasa eso). Y si hablo es al pedo.
Más o menos terminé de contarle esto, y el psiquiatra o psicólogo somnoliento no me dejó llegar a la otra cosa que quería decir, a la otra situación medio asfixiante que no sé cómo encarar porque si no digo o hago nada, no pasa nada, y se diluye inevitablemente, y lo que digo o hago no cambia casi nada.
Me preguntó: “¿Y por qué viniste acá?”. Eso me desanimó mucho: lo que acababa de decir tampoco había servido de nada. El tipo no había registrado nada de lo que dije ni tampoco ese ejemplo in situ que contribuyó a crear. Por algún motivo que desconozco no le contesté “te lo acabo de decir” o “por cosas como las que acaban de pasar”. Pareciera que la interacción personal me lleva puesta, que solo puedo decir algunas cosas por escrito, y no cara a cara. Y cuando intento el cara a cara me voy al carajo, me acerco a la violencia, quedo mal y, lo más importante, tampoco cambia nada.
Traté de explicarle de nuevo, y hasta usé palabras que no se me habían ocurrido antes: de un lado está el silencio; del otro, la inutilidad de hablar, y en el medio estoy yo. Y me aprietan. Y no puedo salir de ahí.
Me dijo que hiciera tratamiento, no en ese hospital, sino en uno que esté cerca de mi casa “para no venir hasta acá, que es tan lejos” (¡qué considerado!) y que también podía ir a la guardia del hospital cercano.
“¿Te parece?”, me preguntó, con una pregunta retórica que estaba de más. A mí lo que me parecía era que ese largo viaje había sido más al pedo de lo que yo preveía. Habré asentido con cara de idiota, con la resignación que vence cuando antes de sacarte la ropa te das cuenta de que el gato con el que estás no tiene onda, y en siete minutos se terminó la entrevista. Con un gesto y un tono oficinescos, y sin moverse de la silla, me dijo “que andes bien”.
No puedo.
De movida, deberías verlo, pedazo de desganado, porque si me voy exactamente igual a como vine (o peor, con una ficha menos por jugar), si te deshacés de mí en un trámite municipal, no puedo andar bien.
(Cuando fui al hospital cercano para averiguar por los tratamientos que dan allí, de cuatro meses con sesiones de veinte minutos cada una, me dijeron que hace tres meses que no dan turnos, que vuelva en un mes porque quizá empiecen de nuevo, y entonces podría conseguir turno para dentro de dos meses. Y la guardia psicológica de ese hospital atiende solo hasta las cuatro de la tarde. Así que los ataques de furia o de angustia o de lo que sea hay que programarlos para antes de esa hora).