sábado, 30 de noviembre de 2013

Un gesto

Pasó en marzo no porque los jazmines de mi jardín sólo estén en flor durante octubre y noviembre, sino porque alguna razón que nunca comprendí le impedía venir a mi casa. (Una razón tan incomprensible, para mí, como la que finalmente la trajo una tarde, un verano más tarde).
Estábamos en la heladería y le pregunté si quería ir a oler los jazmines de una casa que hay por acá, unos jazmines que a veces voy a oler, cuyas flores duran más tiempo y cuyo perfume es más intenso que el de los jazmines de mi casa. Unos jazmines que me hacen acordar a los que teníamos en el jardín cuando yo era chica. Aceptó, y caminamos las tres o cuatro cuadras hasta la calle de la rima fácil. Llegamos al lugar y le presenté los jazmines.
En no más de un minuto –oler jazmines en la calle, junto a la reja de una casa ajena, es algo que se hace rápidamente– nos volvimos. Recuerdo que le conté mi deseo de tener jazmines como esos cuando tenga una casa que sea mía. Recuerdo que tuvo un gesto inolvidable: me tocó la cabeza, como acariciándola, brevemente, y una semisonrisa asomó bajo sus gafas de sol. Algo que nombro como una semisonrisa y que quizá haya sido alguna de esas fugaces combinaciones de músculos faciales que se decodifican inconscientemente y que tal vez habría calmado la ansiedad de aquella búsqueda de Jim Morrison.
Recuerdo el edificio abandonado en la otra cuadra, recuerdo el beso que le di después de cruzar la avenida, un beso en la cabeza que le dejó un par de gotas de helado de dulce de leche en el pelo. Recuerdo que tiempo después, ya en invierno, me advirtió acerca de mis demostraciones de afecto.
Como yo siempre repito lo que funcionó una vez, seguramente hice varias cosas cuyo fin inconsciente fue la reedición de ese gesto: volver a encontrar una mano tocándome con lo que podría llamar cariño o ternura. Fue en vano. Y las veces que me salió a mí un gesto similar también fue inútil: nunca me dejaron llegar a destino.
Pienso, mientras la carencia de esos gestos lleva años, en todas las otras carencias. Y, de pronto, cuando, al pasar por un bar y girar la cabeza, veo a dos personas aceptablemente atractivas sentadas, charlando, pienso en quién podría verme, en quién podría hablarme. Y cuándo. Y cómo. Y con qué ojos. Y con qué palabras.
Y en qué llevaría a alguien a estar en una situación así conmigo. Y a elegir quedarse.
(Como yo siempre repito lo que funcionó una vez, no puedo terminar de anular el impulso de escribir en este blog).

Alguien tendría que escribir sobre esto

La escena under de los 80, el punk, el post punk. Un baterista que tocaba parado. Una banda que llega a jugar en Primera y se va al descenso rápidamente. Unas canciones incantables, un disco de nombre premonitorio nunca editado en CD. La movida de la segunda mitad de los 80 en zona Sur (vía Temperley). "Un grupo horrible llamado El Lado Salvaje". Un tema inédito de nombre aún más premonitorio. Una historia de amor. Una madre rica que no quiere a la novia de su único hijo por pobre. Una avioneta desaparecida en la Amazonia con la pareja a bordo. Un padre (dos padres) buscándolos seis meses en la selva. Un final que no es el de los uruguayos de la cordillera.
Alguien tendría que escribir estas historias. Ponerlas en contexto, articular sus intersecciones y ajustarse lo más posible a los hechos (a lo que de ellos pueda reconstruir, y sólo con una buena reconstrucción podría emprenderse la tarea), sin especular ni perderse en fabulaciones, que ya los hechos son fabulosos por sí mismos.

Tratando de explicar-me

Acá te mando el cuento ese del que se hablaba la semana pasada.
Aprovecho para explicar un par de cosas que el otro día seguramente quedaron poco claras: no era el tema central de la conversación, y no daba que yo explicara demasiado (y aunque traté de explicar, sentí que mis palabras fueron arrastradas por la dinámica de los hechos y de las palabras ajenas); ni daba que nadie profundizara-repreguntara-tratara de entender qué quería decir yo, o qué estaba diciendo, y finalmente todo queda en un lugar que termina incomodándome mucho. Mientras sucede, y más aún después, cuando lo repaso en la memoria.
Así que, aunque sea por escrito y sin la inmediatez y la espontaneidad de la respuesta verbal (que tanto me gustaría lograr alguna vez :p ¡una respuesta verbal, espontánea y precisa!), trato de construir un lugar un poco más firme donde decir lo mío.
Había un concurso de cuentos: (...) había que presentarlo con seudónimo. Como te dije, y no es chiste, me tomé el laburo de pensarlo y escribirlo tentado por el premio de 1000 pesos. (Consideré que mil mangos eran una compensación aceptable para el revuelo que se iba a armar si ganaba. Pero perdí y se armó revuelo igual, jajaj grrrrrrrrrr).
Nadie sabía que lo hice, eso está claro.
Mi padre era uno de los jurados. Inexorablemente, chusmeé la carpeta donde estaban todos los cuentos y vi que en el mío había anotado, al margen, “poco claro”, “no es claro” o algo así. (Chau guita, pensé, jaja)
El día que se reunió el jurado yo estaba en la oficina terminando un trabajo, y fue entonces cuando escuché a otra integrante del jurado decir eso de que “tenemos que elegir tres premios. Ellos después les dan menciones a todos para que todo el mundo se quede contento”. Mi cuento obtuvo unas de esas menciones para “todo el mundo”.
En realidad, no era para que se quedaran contentos, sino para que compraran el libro. Porque se publicó un librito con todos los cuentos premiados, y a cada uno de los autores le obsequiaban un ejemplar. Pero la intención era que todos se entusiasmaran al ser premiados y compraran más libros para regalárselos a familiares, amigos, etc.
Pensé que mi descargo iba a ser más breve, ja. Por lo demás, no me sale hacer las cosas para que se enteren los demás. No el laburo que hice o el que hago allí, al menos. Si alguien lo valora –si percibo que lo valoran–, bien: una estudiante francoargentina que consulta la biblioteca y habla de mi pinta de traga, hace 15 años, por ejemplo (y no más de media docena de personas en los 8 o 9 años que estuve ahí). Y si no, como dijo Diego, que la chupen.
Lo que ven o no los demás me dice algo de ellos. Por ejemplo, siempre tengo la impresión de que nadie nota el laburo que hago corrigiendo las publicaciones de ese lugar. Que si solo le pasaran el corrector de Word, alcanzaría. Que si mando a la imprenta un artículo tal como me lo dan en papel o por mail nadie se va a dar cuenta.
No fue nuestra conversación, ni nada de lo que dijiste lo que me incomodó. En todo caso, es una situación que resulta más bien inevitable cuando el extraño –para calificarlo levemente– statu quo establecido allí se topa con alguien de afuera: una palabra, una observación, una presencia apenas, y todo comienza a chirriar.
Más aún si yo tengo que decir algo, si se me pregunta algo. Quedo tironeado entre responder con naderías, o decir algo mío y negarme a la forma de invisibilidad que sería callar, pero expuesto a que eso sea llevado por la dinámica de la conversación o de las personas, a los que oyen lo que quieren oír o a cierta incomprensión, porque a veces es necesario más contexto del que permite una conversación fugaz, y uno queda pagando, incompleto, incomprensible.
Y sobre todo porque no me sale decir cosas mías frente a gente que también conoce a mis viejos… Me resulta muy difícil ser yo ahí, ante ellos, y eso también tiene un alcance más amplio, seguramente.
Es decir, es demasiado enredado, y va más allá de vos o de cualquier otra persona.
Respecto de tu ironía, todo trabajo es importante, pero no todo trabajo es mencionado. Es importante que el local esté limpio, pero nadie conoce el nombre de quien limpia.
Tal vez yo haya tomado siempre así mi participación allí, sea una visión apropiada o no. Tal vez porque no tuviera ninguna expectativa con ese lugar (al que entré por tres meses, porque me había quedado sin guita para comprarme cd’s, cuando los discos se compraban y esas cosas tan lejanas, jaja), o como una forma de evitarme más lugares incómodos, expectativas ajenas, muchas veces construidas a partir de una lectura de la realidad tan lejana de la mía que me resulta exasperante.
No es lo mío, lo que me sale, lo que hace sentir cómodo, poner mi nombre, exponerme, casi diría exhibirme, sobre todo cuando se trata de cosas que me parece que no lo justifican.
Si ya con estar ahí tuve que escuchar tantas preguntas, dirigidas a mí o no, sobre si me interesaba eso, si me iba a dedicar a eso, el posible heredero y blablabla. Si ya con el cuento este se armó el módico revuelo que se armó (mi padre hablando de que publique, mi madre mangándole libros a la organizadora del concurso, jajjajaja)… No quiero imaginarme lo engorroso que me resultaría si apareciera mi nombre por algún motivo.
Es un tema, seguramente, todo lo que uno deja de hacer para evitar pasar por situaciones irritantes. En ese ámbito y más allá.
Todo esto es más para hablarlo en terapia que en otro lugar… :D
Te agradezco tus palabras sobre el cuento. Creo que le debe mucho más a “El fantasma” de Anderson Imbert que a cualquier otro de los pocos cuentos que he leído, sea de Cortázar (recién este año leí un libro de cuentos suyos: tomé prestado Todos los fuegos… de la biblioteca, y la otra semana me regalaron una antología que incluye cuentos de ese y de otros libros, y que espera turno en la mesita de luz), sea de quien fuere.
Y sí, el comienzo es lo mejor. Lo sé. Jaja. Supongo que eso también hizo que tratara de desarrollarlo.
Veremos qué hago con eso de escribir, y qué da mostrar y cómo, o ante quién. Tratar con gente se me hace difícil, a veces. Es lo mejor que puedo decirlo, después de una semana, o más, jajajaj. Así que lo del taller literario no creo, pero andá a saber. Capaz que algo hago.
El tema respecto de crear el propio camino y emanciparse es con qué elementos cuenta uno para hacerlo. Y sí, puede no ser nunca el momento apropiado, la circunstancia favorable –al menos, no de manera evidente-, y el tiempo pasa, viste…
Te mando un saludo grande, y gracias por tu tiempo.

Cuándo llegará el día

Siempre me digo "voy a irme de casa" y no puedo.
Siempre la idea de ir al campo, el oeste y un tero, pero
va pasando el tiempo y no me muevo.
Sigo atormentada por el yerro.

Sé que el día en que decida partir seré libre,
pero unas patas como anclas que son invisibles,
agarradas con tornillos firmes,
son las que hacen que no pueda irme.

Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no puedo soltar las garras.
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no hay fuerza que pueda soltarlas.
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no puedo levar las anclas
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no puedo con esta labor.

Sin dudar, sin demora,
sin dudar, sin memoria,
sin dudar, como ahora,
sin dudar, abandono.

¿Cuándo va a venir el día?
¿Cuándo va a llegar?
¿Cuándo va a venir el día?
¿Cuándo va a llegar?

¡Ah, qué miedo, todavía!
Pero el día ya va a llegar.
Veo que esto se termina
y que un día me voy a cagar.

(Cuándo llegará el día * Juana Molina)

Ideal para gente que en todo ve señales


leí
el cuento ese de casas que dice
boedo esta donde estemos nosotros
-o algo así-
y me acordé de vos

como estas?

Uno de estos días póstumos me acordé de un mail que le mandé a una persona que solía comentar en este blog, la costurera bailarina. Su padre había muerto hacía unos días, o unas pocas semanas, y mencionar el asunto de la orfandad era inevitable. Y, como casi siempre que quiero hablarles a los otros sobre lo que les pasa, termino refiriéndome a mí, en ese mail le decía, premonitoriamente, que mi viejo se iba a morir de una obstrucción intestinal: "El viernes imaginaba que ya sé de qué se va a morir, de una obstrucción intestinal. Que ya tuvo dos".
Me acordaba de ese mail porque, en efecto, fue decisiva la cuestión intestinal en el proceso que llevó a su muerte. Nada... No me voy a creer que tengo poderes adivinatorios; ni siquiera que soy particularmente sagaz y que mis lecturas de la realidad son gran cosa. Apenas me pareció que el resto de las cuestiones, sobre todo la cardíaca y la hipertensión, podían seguir controladas farmacológicamente con éxito, como hasta ese entonces. En cambio, el tránsito intestinal, por más dieta restringida, laxantes y enemas, se mostraba indómito y, para mí, amenazante. Más aún si consideramos el altísimo riesgo que implicaba una cirugía para una persona en su condición.
Lo que me llamó más la atención, sin embargo, no fue la comprobación de mi intuición –ni lo incomodísima que es la nueva interfaz de Yahoo, sobre todo para buscar mensajes viejos–. Me sorprendió, y me hizo detenerme por la sorpresa, ver la fecha en que envié ese mail. Exactamente dos años antes del día en que mi padre murió. De nuevo, nada. Casualidad, supongo. O ni siquiera eso. Claro que si uno quiere interpretar todo lo que sucede, esta puede ser una buena ocasión. Aunque, lo pienso ahora, las personas que en casi todo ven relaciones, señales y mensajes de un más allá bastante difuso, como mi madre, no necesitan buenas ocasiones: les alcanza con su propia necesidad.
Esa fecha también me sorprende porque brinda una referencia temporal objetiva sobre hechos que me parecían más lejanos o más cercanos en el tiempo. Pensaba que había sido el año pasado la tarde en que mi padre, yaciente, extendió su brazo derecho, ofreciéndomela al contacto. Algo que para muchos será común y que, habida cuenta de la relación nada corporal que tengo con mis padres (no los toco, no los beso, no me sale), para mí marcó una referencia. La tarde en que me dio la mano, en que brevemente correspondí el gesto, en que no pude evitar pensar en si eso era una despedida. No lo fue. (No la hubo).
Por el contrario, me resultaba más lejana en el tiempo la interrupción de la correspondencia con la costurera bailarina, vencida –la correspondencia y, de consiguiente, la comunicación– por nuestras respectivas timideces. Por lo que ella reconoce como su timidez. Por lo que yo nombro así tal vez para no profundizar, porque no sé (y tal vez nunca sabré ciertamente) si lo que de mi lado hace insalvables las distancias es timidez o una evidente carencia de cosas interesantes, atrayentes, apropiadas, etc. Eso, para no decir pelotudez o insignificancia, palabras que encontrarían asidero en la unanimidad de la desconexión.

Sin clientes no hay trata

Este eslogan, falaz y pelotudo, es repetido acrítica y agobiantemente por un sinfín de bienpensantes que, de pronto, todxs juntxs, intentan asociar (casi) identitariamente prostitución y trata de personas. Es curioso: hace cinco años, cuando el gobierno municipal de Macri pretendió prohibir la oferta callejera de sexo, fue progre defenderla. Ahora, en cambio, es progre condenar toda oferta de sexo. Y con unos argumentos tan endebles que no deberían ser tenidos en cuenta por nadie que se animara a analizarlos.
Uno de los agitadores de estas ideas lamentables es el ahora legislador porteño Vera, gran amigo del nuevo monarca teocrático de Occidente. Al nabo ese, Vera, lo escuché decir en la tele: "De la puerta de su casa para adentro, no estamos contra la prostitución". Algunas –y algunos– no logran alquilar para vivir, ¡y el payaso este quiere que, además, alquilen para laburar (lo cual, encima, es mucho más caro)!
En esa línea también van lxs imbéciles mesiánicxs moralistas que arrancan los papelitos con que se ofrecen servicios sexuales en la vía pública sin importarles el perjuicio económico que les causan a las personas por las que supuestamente se preocupan. Por cierto, una de las ideólogas de esa boludez es una mina que también fue elegida legisladora porteña en las últimas elecciones. Por el PRO, el partido de Michetti, otro partido donde el monarca teocrático tiene injerencia.
Pero, más allá de esxs idiotas, de verdad no entiendo qué carajo quiere decir la frase esa. Es como decir que sin autos no habría accidentes de tránsito, por ejemplo. O que sin motos no habría motochorros.
Detrás del eslogan, pero junto con él, viene la relación que procuran establecer entre trata y prostitución, dando a entender que las personas que no se prostituyen por su cuenta son víctimas de trata. Lo cual es una gran mentira. El proxenetismo, que es un delito (y que, tal vez, debería dejar de serlo; o, al menos, permitir preguntarse por qué tantas chicas laburan en esas condiciones y no como independientes), no conlleva el secuestro y la esclavitud de las personas.
Pelotudas (y pelotudos) antipija que gastan ciertas aulas, y gastan también saliva repitiendo giladas y creyéndose revolucionarios o no se qué mierda, compran ropa sin que les importe si fue confeccionada por trabajadores cuasi esclavizados, toman mate sin que les importe si la yerba fue recolectada por trabajadores cuasi esclavizados (incluyendo niños, niñas y adolescentes), fuman cigarrillos sin que les importe si el tabaco fue cosechado por trabajadores cuasi esclavizados (incluyendo niños, niñas y adolescentes)...
Sin embargo, son bien rápidos para agitar cuando se trata de interferir en la sexualidad de adultos que dan su consentimiento. Porque no les interesa terminar con la trata, la esclavitud, etc., sino meterse en la cama de la gente. Como hacía el comisario Margaride, como quiere hacer –bah, seguir haciendo– la iglesia católica (y las otras religiones también, ja). Pero con el progresísimo argumento de luchar contra el patriarcado.
Y pretenden que la penalización al cliente supla la incapacidad del Estado de combatir el delito. De paso, culpabilizando al insensible y desalmado cliente (y callando la existencia de clientas, mujeres sin conciencia de género quizá), silencian cualquier observación sobre las condiciones que llevan a las personas a prostituirse, que, más allá de cada singularidad, muestran algunos elementos comunes, entre los cuales se destaca la maternidad: la gran mayoría de las prostitutas son madres. Madres a las que no les alcanzan los 400 o 500 mangos de la AUH. No comparados con los 4000 que puede ganar una chica "gasolera" en un privado (para no hablar de cuánto gana una chica que cobra 400 la hora, para no hablar de cuánto gana una chica que cobra 700 la hora, para no hablar de casos excepcionales como Jessica Cirio o Natacha Jaitt). Porque se trata de personas que, razonablemente, quieren estar cerca de los ingresos de la clase media, y no de la clase baja.
(Eso en Capital, claro. En las whiskerías junto a las rutas es bien probable que haya privaciones ilegítimas de la libertad. En esas zonas, como en la Patagonia o en el norte del país, impera una lógica totalmente diferente a la que se puede imaginar desde Buenos Aires, porque la cultura es inimaginablemente diferente).
Si se despenalizara el aborto, ¿cuántas prostitutas menos habría? (¿Y cuánta pobreza menos habría? ¿Y cuántas muertes menos habría?...). Pero, claro, este gobierno, que tantos derechos se jacta de haber ampliado, no amplía el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Bueno, convengamos que no es el único. El tan progre –y tan sexy– presidente ecuatoriano Correa, el que se enfrenta a Chevron, el ex boy scout, también se opone a la despenalización del aborto.
Volviendo al tema, lxs que quieren penalizar al cliente, ¿no ven que persiguiéndolo perjudican radicalmente la fuente de ingresos de las personas que ejercen la prostitución? No sé si no lo ven o no les importa, enceguecidoxs por su teoría y bien lejos de la gente. Y que no venga ningún/a bienpensante a hablarme de capacitaciones, inserción laboral, talleres, ayuda estatal, bla bla bla, como la panacea. Son bienvenidas, pero es imposible que abarquen a todxs. Como las cooperativas de cartoneros reconocidas por el GCBA –que incluso les pone colectivos 0 km para trasladarlos– no abarcan a todos los cartoneros y no quitaron de las calles los carros tirados por tracción a sangre, sea equina o humana. (Es imposible que abarquen a todxs y es imposible que todxs quieran ser abarcadxs, pero la voluntad de imponer obligatoriedades que tienen estxs militantes es agobiante).
Ah, de paso, que tampoco venga nadie a preguntarme retóricamente si todas las madres pobres se prostituyen...
Más bien, las situaciones de esclavitud son la excusa con que el mesianismo de lxs militantes –que creen que su militancia va a cambiar la cultura– busca permear la conciencia social para avanzar con sus ¿ideas? Que los clientes –a los que tendenciosamente llaman prostituyentes, cuando el prostituyente es el contexto en el cual una persona se prostituye– son ¡violadores seriales! Que la prostitución no es un trabajo (me gustaría que definiéramos qué entendemos por trabajo y, antes de preguntarnos si la prostitución es trabajo, o simultáneamente, nos preguntáramos si la tarefa o el cartoneo lo son). Que si fuera un trabajo, "¿se lo recomendarías a tu hermana?". ¿Pasa por semejante subjetividad la cosa? ¿Pasa por la subjetividad religiosa de Vera, que habla de que la cultura prostibularia cosifica a las personas y las degrada?
Así, es revelador ver a lxs antipatriarcado y a lxs filorreligiosxs hablar y militar respecto de algo que se vincula con la sexualidad, pero callar ante, digamos, las mujeres (y los hombres) que limpian inodoros ajenos. ¿Les recomendarían esa tarea a sus hermanxs? ¿No degrada a nadie limpiar inodoros ajenos? ¿Nadie tiene nada que decir acerca de que la mayoría de las personas que hacen "trabajos domésticos" son mujeres? ¿No hay consecuencias del patriarcado ahí? ¿No hay nadie que pida la abolición del "trabajo doméstico"? (¿Será porque no tendría la misma repercusión en las minas de clase media que se horrorizan con la prostitución, pero que no quieren verse como explotadoras y entonces dicen "la chica que me ayuda"?).
El relato que hacen las teorías, las caras visibles de AMMAR Capital –reproductoras de esa teoría, y cuya representación me genera tantas dudas como la de todos los jerarcas sindicales– y dos o tres minas que cuentan una historia trágica, de las cuales debe desprenderse que todas las historias de prostitución son trágicas, tiene mucha más y mejor prensa en los ámbitos donde se discute el tema que otras voces, disidentes, como la de Elena Reynaga o la de Eugenia Aravena, de Ammar Córdoba. Esta última, por ejemplo, frente a la decisión judicial que cerró las whiskerías cordobesas por considerar que la prostitución no puede considerarse un trabajo pues "la explotación de la prostitución es una forma de violencia contra las mujeres", manifestó: "En la sentencia se hace eje en que la prostitución no es un trabajo, afianzando la visión de las feministas abolicionistas de la prostitución. Aquí no tenemos ninguna posibilidad: ni de cambiar de trabajo ni de ser trabajadores sexuales. El trabajo sexual es un medio de vida para un montón de mujeres, hombres y transexuales. La sociedad tiene que aprender a respetar las decisiones de quienes queremos trabajar en esto".
Antes que estas voces, incluso las que encuentro más cercanas, preferiría que se prestara atención a la opinión de cualquier otrx prostitutx, a lxs que laburan en un privado, a las que van a Pampita o a Dolly's o a Cocodrilo, a los travas de Salta y Garay, al taxi boy que la otra noche me preguntó si quería un servicio cuando yo iba, vanamente, a la guardia de la facultad de Odontología. Otras voces, sin teoría, pero con mundo real. Como la de Majoh, que se había comprado todos los enseres para su casa, y lo único que le faltaba comprar ¡era la casa!; que había vuelto al privado porque le rendía mucho más que laburar de ayudante de cocina, que quería terminar el secundario, y que, también, quería dar vuelta esa página de su vida. Voces que digan algo distinto para quienes ya conocemos las voces que –hay que decirlo– aún siguen ocultas o desdeñadas por un mainstream deseoso de cumplir los mandatos de la corrección política.
Porque la puerilidad y la soberbia de las personas que vienen con este eslogan son chocantes. La soberbia de quien se arroga la palabra de muchas (otras) personas sin consultarlas, de quien pretende que la relación que otrxs tienen con los cuerpos –con el propio y con los ajenos– sea igual a la suya, de quien pretende que la relación que otrxs tienen con el dinero sea igual a la suya, por ser la única válida, o la más esclarecida... La puerilidad de pretender que si se suprime la oferta no habrá demanda o viceversa... ¿De verdad creeen que prohibiendo algo va a desaparecer? ¿Son tan idiotas que no ven que seguirá sucediendo si se lo prohíbe, pero más oculto y más caro, condiciones más propicias para las organizaciones clandestinas que escapan al control del Estado?
Si de verdad hay secuestros de mujeres (nunca de tipos, nunca de chicos, solo mujeres y niñas, nunca para traficar órganos, qué cosa...) impunes, es decir, si hay grupos con semejante capacidad operativa, ¿van a dejar de funcionar sólo porque una ley pene al tipo que quiere ponerla sin historia y sin histéricas que le rompan las bolas (o a la pareja que quiere cumplir una fantasía, o al tipo que quiere que se la pongan, etc.)?
Bueno, como ya dije muchas cosas inconvenientes, y como el post se hizo muy largo y no sé cómo terminarlo, agrego una más, y pregunto: ¿el porno, para este gente, sería una forma de prostitución? ¿Vendrán, también, por el porno?