jueves, 21 de julio de 2016

Cerrar

Hacía varias decenas de fotos que la cámara anticipaba su final. Expandía el zoom con normalidad, pero en el momento de retraerlo solía trabarse. Algunas veces conseguía su cometido en el segundo o en el tercer intento; otras, yo trataba de ayudarla con un dedo, presionando con la fuerza justa, ni mucha ni poca. Y había ocasiones en que sus tres intentos predeterminados resultaban insuficientes. Entonces, se apagaba con el objetivo a medio encoger, y había que volver a prenderla. El inconveniente consistía en que, cuando lo hacía, la guacha no se quedaba encendida: estiraba el zoom por completo y de inmediato buscaba cerrarse nuevamente.
La tarde fatal, como varias de las anteriores, se trababa todos los tiros, y no sólo a veces. Yo sabía que estábamos en tiempo de descuento. Sin embargo, como casi siempre que uno sabe lo que va a pasar, y aunque sepa que va a pasar pronto, cuando efectivamente sucede te agarra un poco por sorpresa.
Al encontrar una escena interesante, la saqué del bolsillo y la prendí, porque, en teoría, luego de la última foto se había retraído y se había apagado sin novedad. Pero ella procedió como si no hubiera sido así: se encendió, estiró el objetivo y, acto seguido, se apagó y trató de retraerlo. Sus tres intentos fueron vanos y mi ayuda digital (es decir, con el dedo) también fue inútil. La encendí otra vez, en el apuro que imponía esa escena urbana, seguramente irrepetible, a punto de desintegrarse.
Volvió a expandirse, volvió a tratar de cerrarse, volvió a trabarse en cada tentativa, y, mientras el semáforo cambiaba de rojo a verde y la escena quedaba capturada solo por mi memoria, mi dedo presionó con fuerza, cada vez con más fuerza, con toda la fuerza de la frustración. Las capas del zoom se retrajeron casi hasta el borde, pero sin cerrarse totalmente, y sin cerrar la pestaña que cubre la lente, y quedaron trabadas en esa posición. Dos o tres o tal vez cuatro veces la encendí en esa misma esquina expuesta, y otras tantas debí apagarla porque seguía trabada, y ya ni siquiera se expandía, pese a que lo intentaba.
La frustración y la certeza de que había llegado su final me hicieron golpearla contra una pared donde me apoyaba. Pero le pegué a una chapa medio floja que la cubría, y el golpe, entonces, no fue seco ni contundente, diría que ni fue un golpe. La guardé en el bolsillo, porque al haberse retraído casi por completo, cabía perfectamente allí, como si estuviera cerrada, e inicié el regreso. Un par de cuadras más adelante, probé de nuevo, al abrigo de unos policías que daban cierta sensación de seguridad en ese cruce multitudinario. Y otra vez fracasé.
En casa lo intenté dos o tres veces más, y por intento entiendo cada serie de tres o cuatro o cinco prender y apagar en vano. Apenas llegué, y más entrada la noche, y quizá otra vez más después de cenar. Una de esas veces le pasé cuidadosamente la punta de una aguja por cada una de las partes que se superponen y que no sé cómo se llaman, por si la presencia de algún mínimo objeto entorpecía su movimiento. Lo había hecho cuando comenzó a trabarse, y creo recordar que la alivió un poco, pero esta vez no funcionó. Incluso se me ocurrió buscar en Internet, y los tutoriales que encontré en Youtube fueron tan insufribles como improductivos.
Ya está. Ya fue. Qué le vamos a hacer. Cuando la compré, no sabía de su menos que mediocre calidad, pero sí tenía claro que no iba a durar demasiado: que más o menos pronto se iba a romper o me la iban a robar. Pasó lo primero. Listo.
Sin embargo, antes de irme a dormir, la ansiedad y la inquietud vencieron, y volví a probar, tratando de ayudarla con la mano a extenderse, casi como con fórceps. Había quedado muy al ras, y se hacía difícil la manipulación con el borde de los dedos porque apenas quedaba espacio de donde agarrar. Después de algunos intentos, conseguí que se extendiera un poco. Ya era más fácil de manipular, así que seguí prendiendo y apagando, hasta que se desplegó por completo.
Ahora faltaba que se apagara correctamente. Acompañándola con el dedo, lo logré en el primer intento. Y la paz que me sobrevino fue reveladora. En realidad, era lo mismo si quedaba abierta o cerrada porque estaba muerta. O casi. Como mucho, cerrarla habilitaba la posibilidad de sacar unas pocas fotos más. De hecho, podría haberla tirado a la basura en ese mismo momento, luego de cualquiera de los intentos infructuosos. O podría tirarla ahora mismo, cuando ya sé que algo se dañó en el forcejeo porque las fotos que saqué después salieron mal, zarpadas de luz y con círculos-no-circulares concéntricos parecidos a una huella digital.
No importa si no la voy a poder usar más, si perdí la única cosa que me daba ganas de salir a la calle a veces. No sé cuándo voy a tener otra, y tampoco sé si quiero tener otra, porque me permitiría seguir dándole más tiempo del que me parece razonable a un hobby, a un pasatiempo con el que ocupo demasiado tiempo.
Alcanza con ese logro, que tuvo algo poderoso, no tan divertido como la imagen de alguien maldiciendo por no tener las uñas largas mientras trata de estirar un zoom, pero algo tremendamente poderoso e iluminador: algo que intuía hace tiempo y que este hecho confirma: las cosas necesitan un final.
Ojalá pudiera cerrar todas las cosas que llevan años abiertas. Algunas, aunque sea.

Outside


No tengo MP3 (el que me regalaron se rompió hace rato)

Tampoco tengo celular. Entonces, la música suena en el aire. O en la cabeza.
Kanishka, de Los Brujos, en Santa Fe al tres mil y pico, yendo al hipódromo. O viniendo. Mientras Déborah De Corral asombraba desde los afiches de su primera tapa de Gente.
Mother of Earth, de los Gun Club. En el 165 por Pavón o en el 11 por Alsina. Un casete, un walkman, alguna noche de 1986. Una vida que no viví.
I've changed, de Fenton Robinson, en Corrientes casi Medrano, donde había una disquería, en el tiempo en que nos comprábamos discos. De blues. (Pero no lo compré: me llevé "Alone & Acoustic", de Buddy Guy y Junior Wells, 22 pe = 22 dólares).
Irresponsables, Babasónicos. Con Ayrlín, en una habitación del pasillito, la última vez que alguien me tomó la cara con las dos manos.
Palo, Río Reconquista, debajo de la bola de espejos del Caff. Miré hacia mi derecha y había alguien. Conmigo. Y tomó otro sentido eso de que "se empieza a ver cielo celeste detrás de las nubes grises". (Esa noche fue tan prometedora que no se imprimió en la memoria con la estridencia puntiaguda del papelón el momento en que me di vuelta y con un ademán descontrolado les tiré la botella de cerveza a los tres chabones que compartían la mesa con nosotros… Oh, esos lugares de mierda donde hay que compartir la mesa –oh, sus sillas semidesfondadas–; oh, esa supina torpeza tan mía y mi falta de reflejos para decirles "te la pago").
Lo artesanal (¡sí!, Viejas Locas por acá). Cualquier mediodía volviendo de la fuckultad, una pared escrita con liquid paper a la vuelta de la aceitera, mucho antes de que existiera el Konex, de que esa calle se transformara en un camino para ir al Konex. (Pero generalmente no para venir).
La de Rocky, la original, la de Bill Conti, en un taxi, una noche de hace décadas. Un niño fascinado con esa música desconocida, mientras Caffarelli relataba por Rivadavia una pelea de Palito Magallanes y decía una de sus frases memorables: "Le sacude la cabeza como el badajo de una campana". Comentaba García Blanco, y Walter Nelson hacía algunos rounds de la de semifondo.
No es conveniente, de Sué Mon Mont, todo el tiempo, en cada calle.

Estos recuerdos son muy Olga

Apenas te distingo, fragmentario
de tan lejano y tan pequeño.
Un poco de memoria y otro poco de sueño
te ven reconstruyendo en un plano arbitrario.

La casa amplia tenía
rejas en las ventanas y la luna tras ellas.
Después la galería
y un tapial erizado con vidrios de botellas.

Una tarde llovió con sol. Qué vieja y nueva
esa lluvia de otro, y con cuanta alegría
cantaba yo: “Que llueva, la vieja está en la cueva”.
Así sigue lloviendo en mi alma todavía.

Fuera del pueblo, en casa de una vieja.
Una pala de sacar pan. Un horno. Otro chico. Algún juego.
La vieja que pitaba un cigarro de chala.
Recuerdo bien la mano, el cigarro y el fuego.

¿Y algo más? Una fiesta junto a un río.
La gente alegre, el viento a toda orquesta.
Debió ser una fiesta muy triste aquella fiesta
pues mi madre se puso a llorar de repente.

(Un pañuelo de seda, cuadriculado, el río,
mucha gente en el aire y un sol amarillento
coches. Gente cantando. Y nada más. Dios mío,
y nada más que el sol, las lágrimas y el viento).

Ah para siempre inmóviles recuerdos tan remotos
que no sé si son míos, si ciertos o de fiebre.
Tengo miedo al tocarlos porque están casi rotos
que éste se me deforme y el otro se me quiebre.

(“San José de la Esquina” * Ezequiel Martínez Estrada)