domingo, 6 de noviembre de 2016

Qué desperdicio de lugar romántico



Cada minuto es un minuto menos

La movilidad del teléfono está sujeta al largo del cable. Ahora reposa en el piso, junto al sillón donde hago tiempo viendo tele. Hasta que suena. Finalmente, suena. Sé que sos vos. Ya llegaste. Tu voz, escueta, me lo confirma.
Como dejé todo preparado, sólo tengo que agarrar las llaves y salir. Antes de llegar a la primera esquina, me descubro corriendo. Las cuatro cuadras que hay entre mi casa y el bar donde nos vemos siempre son la pantalla vertiginosa de un jueguito donde debo esquivar mutantes que aparecen de la nada con formas de gente lenta, perros y baldosas partidas.
Viniste corriendo, decís cuando llego. No sé si lo notaste por el ritmo de mi respiración o por el tiempo que tardé. Te respondo con un verso de Javier Martínez y con una cuenta: si vengo caminando son cuatro o cinco minutos más, son cuatro o cinco minutos menos con vos.
Con la parsimonia que muestran las cosas cuando uno viene de otra velocidad, creás un lago de café entre la crema. Sus bloques blancos son témpanos bonsái que se disgregan en el borde del pocillo o junto al marco de tus gafas, donde veo su reflejo.
Mientras, se normalizan mis parámetros cardiorrespiratorios y trato de dilucidar si ese pique fue una manifestación de mi ansiedad o una forma de decirte lo importante que sos.

Ahogo

Desde hace unos años es tradición que, al final de una infección de las vías aéreas superiores (como no tengo médico, no tengo diagnóstico; pero será algo del palo de las anginas, faringitis, algo así), luego de la fiebre y los chuchos de frío y la nariz chorreante que puede consumir un rollo entero de papel de cocina, cuando todo eso pasó y sólo queda una fábrica de poxi-ran a expulsar de mi pecho, me despierte en un ahogo más o menos (o muy) intenso.
Repentinamente, el sueño se interrumpe, y me descubro revolviéndome en la cama, en busca de que algo de aire pase por una garganta momentáneamente fuera de servicio. A veces, la respiración se normaliza rápido, pero a veces cuesta más. Y a veces cuesta mucho, y parece que no se va a normalizar, y, por algún motivo primal que desconozco, salgo de mi pieza con la compañía del sonido horrible del ahogo. Alguna vez me desperté en el pasillo que lleva al baño, y el día más heavy terminé en la puerta de casa, que está en la punta contraria a la de mi habitación.
La experiencia –y la guardia del Hospital Francés, que aún existía cuando esto sucedió por primera vez– me hicieron saber que nebulizarme con solución fisiológica antes de dormir reduce notablemente el riesgo de que suceda. Así fue hasta este año, cuando las nebulizaciones no alcanzaron y algo viscoso, leve pero irreductible, me cerró la garganta de nuevo, pese a los veinte o treinta minutos perdidos con la mascarilla antes de dormir, la cual me hace sentir un viejo o un niño.
Esta última vez, la solución, made in personal de Farmacity, fue un antihistamínico. Esta última vez, quizá porque mi intuición respecto de lo que iba a causar la muerte de mi padre finalmente se comprobó en la realidad, flasheé con la forma en que me voy a morir yo. Me voy a morir tratando de respirar.
El otro día sucedió de nuevo. Pero sin ningún malestar respiratorio que lo justificara. Dormía sobre mi lado izquierdo, en una de las posiciones incómodas en que duermo para que no se me salgan los imprescindibles tapones de los oídos, cuando, de pronto, inesperadamente, me había despertado y respiraba tan dificultosa como ruidosamente. Lo de la dificultad lo reconstruí luego, porque en ese momento no estaba en condiciones de saber si entraba algo de aire o no. Más tarde entendí que no podría haber estado sin respirar durante esos incontables segundos que quizá hayan sido un par de minutos, hasta que el ruido fue mermando y el aire comenzó a ingresar cada vez más normalmente.
Solo sé que me puse un pantalón, tal vez aún sin despertarme, y abrí la puerta y salí de la pieza, pero el recuerdo comienza cuando aparece la luz que entra por el ventanal del living. En el límite del pasillo quedó un tapón de silicona, el cual me saqué tratando de respirar (?), como sucede cada vez que me ahogo, como si el aire que circula por el oído fuese vital. Llegué hasta la puerta de calle, retrocedí un toque y entrando a la cocina me metí los dedos en la garganta buscando desatascar mecánicamente algo que no sé si estaba atascado. Que no sé qué era.
Después volvimos, el sonido, la desesperación y yo, a mi pieza, y agarré las llaves, como si fuese a salir. Pero ¿a dónde podría ir? ¿Qué podría hacer? ¿Tocarle el timbre al portero, como la vez de mi primer ataque de pánico, cuando no estaban de moda los ataques de pánico, cuando casi nadie los conocía? ¿Llamar al SAME, que no vino cuando me desmayé, cortesía de una varicela que me hacía orillar los cuarenta grados de temperatura y me había desfigurado hasta transformarme en un monstruo medieval? ¿Caminar las ocho cuadras hasta el hospital con ese estertor desesperante en la garganta? Y después, sí, claro, esperar que me atiendan en la guardia, qué buen chiste…
Ya ni recuerdo si logré dormirme de nuevo o no cuando todo pasó. Lo que es seguro es que desde ese día, hace quince días, no puedo dormir sin el temor de que se repita. No puedo dormir sin ropa, como suelo hacerlo, porque alguna vez pasó que salí por la casa en bolas, y, oh, el pudor. La mayor parte de las veces no me acuesto, sino que emprendo el sueño con la cabeza un poco erguida, apoyando la almohada en parte contra la pared y en parte contra la mesita de luz, que está detrás de la cabecera, y con las horas me voy deslizando lentamente en el colchón hundido y me reviento aún más las cervicales. Casi no duermo del lado izquierdo, mi lado favorito, porque de ese lado dormía cuando sucedió…
Al esfuerzo que habitualmente me insume descansar, ahora le sumamos esto. Y entre una cosa y otra, y los vecinos gritones y mi insoportable ritmo circadiano y los dentistas que atienden a la mañana y bla bla blablá, llevo una larga racha de días casi consecutivos sin poder descansarme.
Tal vez siga así hasta que me vaya olvidando, o hasta que vuelva a ocurrir. Más o menos como sucedió con los ataques de pánico, ja.
Todo eso pasó y no se lo dije a nadie. No se lo pude decir a nadie. No sabría a quién decírselo. ¿Cómo es que uno cuenta las cosas que le pasan? Ni siquiera puedo decírselo a un médico, porque no tengo, y, si lo tuviera, pensar en cómo referir lo sucedido, y la rutina análisis/próxima-visita, se me hace muy desalentadora. Casi tanto como pedir turno y tratar de acomodar mis horarios a ese momento.
La persona a la que más veces vi en el año es mi dentista, y claramente no da salirse de los temas profesionales, más allá de algún comentario risueño que trato de colar buscándole una risa más. (Porque me gusta cuando se ríe). (Porque me gusta). Eso si contamos a gente con la que hay una mínima comunicación, un poco de ejercicio de sociabilidad. A la señora que corre en la plaza a la misma hora que suelo ir yo la vi más veces, pero nunca nos dirigimos la palabra. Así que no la cuento. Tampoco a mi madre, con quien no tenemos mucho diálogo; y, cuando lo hay, claramente no es productivo, percudido por su manera de hablar, irritante y berretamente optimista, nada confiable por sus deliberadas vaguedades y tergiversaciones. Y por sus mentiras.
La última vez que hablé con alguien fue el otro día, con la cantante de mi banda favorita, luego del show, un breve intercambio que comencé yo, para preguntarle si me podía llevar la lista de temas como suvenir y en el que alcancé a decirle cuánto me gusta su banda y que esa noche habían sonado más potentes que la vez anterior. Ella me desmintió rápida y demoledoramente, diciendo que le parecía raro lo que le decía porque para ella habían sonado mucho más ajustados.
Tan idiota me sentí que no pude decirle la simple razón de mi comentario: ey, Ro, tu baterista me estaba dejando sord@ con el tambor, me tuve que ir al fondo de ese sótano habilitado no sé cómo porque literalmente me lastimaba. (Después, o mi oído se acostumbró o algo se acomodó en el volumen, y se me hizo tolerable). En cambio, traté de agarrarme de alguna palabra de ella para esquivar el ridículo en que me dejó, en el que me hundía ya hasta la nariz, y balbuceé algo parecido a que tocar varias veces en el mismo lugar permite sonar mejor porque ya sabés cómo suena.
No hay testimonio fidedigno del final del diálogo, solo mis imágenes mentales, poco confiables debido a mi turbación por el traspié a la hora de comunicarme, pero creo que ni chau dijo, corte que se agachó para acomodarse un zapato mientras yo hablaba, y la próxima imagen la muestra junto a la escalera de salida saludando con un beso a un gordo de rulos al que ya vi en otro show.
Y por días, unos días menos que los de las consecuencias del ahogo, pero unos cuantos días, no pude mirarme al espejo. Más o menos como cuando rompí un vaso con un ademán grandilocuente en la cena de Nochebuena a la que me invitaron el año pasado. Días deseando que se disuelvan los espejos y la memoria. Al menos, que desaparezca esa prolongada combinación neuroquímica horrenda y vergonzante que quedó petrificada como la imagen que permanece en la pantalla cuando apagás el televisor. Y que en algún rincón de mí quedará, sedimentando, indeleble.
Eso cuando digo algo, cuando puedo decirlo, que, si no, vuelvo caminando de un recital –de tres recitales– a la una y pico de la mañana, con la única compañía de las palabras que me digo, total, no hay nadie en la calle y puedo hablarme en voz alta. O quedo sabiendo cuándo es el cumpleaños de alguien (porque le dediqué un profunda stalkeada, que se reveló incompleta, pues en ella no encontré mención alguna al novio que, el otro día, dijo tener), pero sin poder decirle "feliz cumpleaños" porque nunca llegamos al lugar donde uno le dice a otro cuándo cumple años.