viernes, 7 de diciembre de 2007

Recuerdos de la fuckultad

María Agustina Ruiz Barrea, devenida actriz y directora de teatro, más que seguramente es la misma turra mala onda que hace unos años estudiaba Sociología en la UBA. Tuve la desgracia de tenerla de compañera en Pensamiento Científico en Pu(T)án. Era la espantosa cátedra de López Gil y el desagradabilísimo profesor era Walter Gadea.
Muy probablemente hayamos compartido otros cursos multitudinarios en las mañanas que debimos pasar en esa ex fábrica de cigarrillos; pero ante tanta gente su mierdosa necesidad de llamar la atención se diluía... Luego reencontré esa cara alargada de mamerta y esos ojos de huevo duro en Marcelo T., mirando con desdén y dejando una estela repugnante de soberbia al paso de su figura desgarbada y bohemiamente producida.
Solo una anécdota para ilustrar su calaña altiva y agreta. Era la segunda clase de Científico. Yo había faltado a la primera porque me confundí la fecha de inicio del segundo cuatrimestre, y esa mañana no tenía el broli y andaba más perdido que turista en Parque Chas. La forma de encarar la clase de “Garlea” no ayudaba demasiado, pero ya me voy a ocupar de vos...
El chabón mandó un “trabajo grupal”, y, como de costumbre, los grupos se armaron con los que estábamos sentados cerca. En un curso que recién se inicia hay mucho de azar y poco de afinidad a la hora de elegir dónde sentarse. En mala hora, la tal María Agustina Ruiz Barrea estaba sentada cerca de mí...
Ella tampoco tenía el libro, a diferencia de otros que ya lo habían comprado. Sin embargo, se subió a cada comentario, se proclamó líder de hecho y con su actitud empezó a guiar al grupo (no en vano ahora sos “directora”, pelotuda) en un sentido que me dejó completamente afuera. Tanto que no pude meter un puto bocadillo en la hora y pico del puto trabajo grupal. Me ignoraron, y no solo ella, sino todos mis otros compañeritos; durante todo ese tiempo, ninguno me dirigió la palabra, nadie trató de integrar, y las pocas veces que yo creía vislumbrar la posibilidad de decir algo (eso ocurre poco en una materia como IPC, más aún en una cátedra tan árida y desconectada como López Gil), rápidamente Agustinita avasallaba, se tiraba de cabeza sobre el centro de la escena y chau a mis posibilidades de acotar.
No exagero: una hora y pico sin poder meter un bocado, sin que nadie tirara una pared, nada, a medida que mi malestar y mi impotencia iban creciendo y sofocándome...
La pelotuda hablaba como si supiera, con un aplomo y un convencimiento que le permitían ganarse un lugar en ese grupete de nabos. Pero rápidamente mostró la hilacha: en el libro había una cita de un autor en una traducción española, lo que se notaba por el empleo de la palabra ordenador. María Agustina Ruiz Barrea se mandó todo un speech derrochando conocimiento y certezas, hasta que Gadea, como al pasar, batió que “ordenador se refiere a la PC”. “Yo pensé que era algo para ordenar”, dijo la imbécil, sin que su engreimiento se viera mellado.
Por eso, desde acá quiero decirte, María Agustina Ruiz Barrea, andate a la reputísima madre que te parió del culo y la concha de tu madre, forra de mierda, creída del orto. Pasaron no sé cuántos años (no quiero recordar cuántos), y ese es uno de los epítomes de la mala onda asqueante, abrumadora y enfermante de ese lugar.

Soberbia e invisibilidad son las dos palabras que más elocuentemente definen mi trunca experiencia universitaria. Vos, turra de mierda, con tu soberbia me invisibilizaste mal, me hiciste sentir para el orto en ese grupo de ratas soberbias, desconsideradas, maleducadas o el adjetivo que mejor les cuadre. Y cada vez que me acuerdo de ese lugar, me acuerdo inmediatamente de la mala onda, y encadenado me reaparece este recuerdo. ¡La re puta que te parió!

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