viernes, 17 de agosto de 2018

¿Google empezó a matar a Blogger?

Desde hace unos meses, cuando alguien deja un comentario en un blog de Blogger (es decir, uno como este, los tradicionales punto blogspot punto com), no llega automáticamente un mail a la cuenta correspondiente de Gmail avisando sobre la novedad, como sucedía antes.
No se trata de un gran problema si entrás con frecuencia a Blogger, sea porque tu blog tiene mucho movimiento o porque tu ansiedad se impone. Pero si tenés el blog un poco abandonado, si entrás de vez en cuando, si no tenés tiempo, ganas o la ilusión de que alguien haya comentado, quizá tengas un comment y no lo sepas. Quizá ese comment te daba ganas no solo de responderlo, sino de retomar el blog. Nada de esto puede suceder ahora.
La solución es entrar a Blogger y abrir la parte de comentarios (desde Gmail, son cuatro clics más, una enormidad en estos tiempos) para ver si alguien te escribió. Y chocarte contra la desilusión si nadie dejó un signo vital. En el otro caso, si había noticia, era buena: alguien comentó. Pero no había mala noticia, no había el riesgo de la decepción de ir a mirar y que no hubiera nada, salvo silencio.
(Supongo que si tenés habilitada la moderación de comentarios sigue llegándote un mail con el aviso para que apruebes o desestimes el mensaje).
Como Google no informó sobre este cambio, no sé los motivos, si lo van a arreglar, si lo van a dejar así. Sea cual fuere la razón, la real o la que decidieran comunicar, me hace acordar a cuando comenzaron a matar a Panoramio, otro producto que, como Blogger, habían comprado oportunamente. Dejaron de actualizar el mapa con las últimas fotos subidas, dejaron de publicar las fotos en Google Earth, nunca respondieron los pedidos de los usuarios…
Hasta que un día, de golpe, arreglaron todo y prometieron que el sitio iba a seguir y que iba a funcionar bien. Pronto esa afirmación, hecha desde su cuenta por un responsable de la empresa, se reveló falsa: otra vez el abandono, las fotos que no suben, las estadísticas que no funcionan, una suma de fallos deliberados cuyo fin era que los usuarios dejaran de participar. Más tarde, el anuncio del cierre del sitio: primero borraron comentarios y favoritos y finalmente todo vestigio. Incluso en Google Earth no están las fotos subidas en los viejos tiempos. Ahora prefieren que los usuarios posteen fotos de platos de comida en un restorán… ¡Eso es para Instagram, la concha de tu Google!
Es una lástima que no exista un sitio similar donde subir fotos de lugares, geolocalizarlas, buscarlas haciendo clic en el mapa, dejar comentarios, etc. A nadie se le ocurrió crear una plataforma similar, que bien podría llamarse GPicS (les regalo el nombre), y atraer a los integrantes de esa comunidad que Google dejó librada a su suerte. Lo más parecido es Flickr, una mierda semiabandonada con un mapa pedorro, donde solo se puede comentar con cuenta de Yahoo (!!!). ¡Fotolog tiene más movimiento que Flickr!
Como sea, el fin de Panoramio comenzó con fallos como este y con la voluntad de que la gente participara cada vez menos, tal vez para tener el justificativo de "cada vez hay menos usuarios" y cerrar el sitio sin tantas protestas. Ojalá no suceda lo mismo con Blogger.

martes, 7 de agosto de 2018

Temor de dios

Yo no digo "superliga", digo "campeonato". Detesto darle ese triunfo al marketinero de turno. Tal vez por eso, o porque no me sale embanderarme y formar parte de una multitud, no milito el pañuelo verde. O tal vez porque no sé quién puede usarlo y quién no, quién es un machirulo que invade los reclamos de las pibas (?).
Como sea, este blog está desde siempre a favor de la soberanía sobre los propios cuerpos, de despenalizar el aborto, de que cada mujer haga lo que quiera con cada célula de su cuerpo. Y yo, desde antes.
Ahora que parece definida la cuestión en favor de los conservadores de siempre, ahora que la iglesia católica (y la mierda evangelista explícitamente cobradora de diezmos) tuvieron que jugar sus fichas fuertes porque de aprobarse la ley en la Argentina podría dispararse un efecto dominó en otros países de la región –el más significativo, Brasil, pero también, por ejemplo, la bolivariana Venezuela o la plurinacional Bolivia– donde no quieren resignar su poder de sojuzgar a las personas, sus cuerpos y sus mentes; ahora que aborto legal ya no habrá, seguiremos viviendo en el siglo XIX… Bueno, no, ¡somos muy modernos!, viviremos en la primera mitad del siglo XX, a tono con los que quieren volver al 45.
La suerte parece echada y afortunadamente ya no tendré nada en común con Pichetto, con Rial, con Florencia de la Vega (cuya madre antes había muerto de cáncer y ahora murió por un aborto mal hecho) ni con todas las que se pusieron al frente de esta causa con la ilusión de ser las Juanas de Arco del momento y ganar su lugar en los libros de historia.
En esta sazón, quiero que con el triunfo del "no" sus defensores salgan a perseguir mujeres que abortan. Quiero que digan explícitamente que quieren presas a esas asesinas. De 8 a 25 años. Perpetua, por el vínculo que es agravante. Eso quiero que pidan. Quiero que sean coherentes. Mucho pedir porque en realidad lo de ellos es mantener este statu quo en el cual sus hijas o sus esposas o sus amantes pueden abortar con seguridad. Menem, votando en contra de la ley habiendo acompañado en su tiempo a Zulema a abortar, es el ejemplo paradigmático.
Desde que padecí a Ruben Dri como docente, supe que hay una sola cosa peor que un católico (un católico marxista) y una sola cosa peor que un marxista (un marxista católico). Lo confirmo ahora, cuando el enviado papal Grabois y el "padre Pepe" y los curas "villeros" y el flamante obispo Carrara –el mismo que fue llevado en andas en la catedral porteña– comparten su posición con lo más rancio y conservador de la institución, como Aguer, el finado Quarracino o el cura que propone excomulgar al presidente.
Ni hablar de la monja luchona (?) Pelloni, que saltó a la fama por encabezar marchas contra la cuasi dictadura catamarqueña de los Saadi y que quizá sea un apropiadora o una traficante de bebés. Todavía no puedo creer lo que dijo en el programa del siempre enclosetado Novaresio ni, tampoco, que ni el conductor ni los otros invitados lo hayan dejado pasar. Ni que ningún fiscal haya actuado de oficio para investigar sus dichos o, al menos, para que disimule un poco "aclarándolos".
(Por si alguno se lo perdió, la delincuente esta dice que les pedía a las alumnas de su colegio que quedaban embarazadas, a adolescentes que estaban a su cargo, que tuvieran el bebé y se lo regalaran para que ella se lo entregara a otra mujer: "Yo he pedido que me regalen dos niños (…). Fijate, Mónica, en estos casos: dos chicas que quedaron embarazadas así eran alumnas del colegio en épocas en que había que echarlas. Querían abortar. '¿Vos me regalás el niño, me lo regalás? Tenelo y me lo regalás, porque que yo tengo una señora que necesita un hijo y no puede tener', le dije").
En este país, cuya bandera lleva el color del manto de la virgen, o viceversa, no sé qué fue primero, y ambos tienen el color del pañuelo que identifica a los hipócritas, seguiremos viviendo en temor de dios.
Mientras, entre tanto político egocéntrico, como Perotti, que vota en contra si no votan su proyecto; oportunistas, como todos los ahora votan a favor y durante su gobierno se hicieron los giles, y chupacirios, como la falsísima Vidal visitando al papa y después sacándose la selfie con el pañuelo celeste o Larreta consagrando su pelada, su gestión y ¡¡¡la ciudad toda!!! al sagrado pene de Jesús (bueno, tal vez era otra parte del cuerpo), Macri, eh, Macri gato, se comportó por una vez casi como un estadista.
Si el gobierno anterior hubiera permitido que se tratara la ley durante el tiempo en que él fue diputado, seguramente habría votado en contra (y se habría quedado dormido en el recinto, tal vez). Ahora, aun estando "a favor de la vida", habilitó el tratamiento legislativo, no bajó línea en contra, recibió a la mediática y ascendente diputada Lospenatto (yo habría preferido que recibiera también a la diputada tucumana Villavicencio) y mantuvo una distancia prescindente que me sorprendió de forma muy positiva.
Después dice lo del gas y vuelve a la normalidad. Pero a mí me gusta decir lo indecible, me gusta rescatar las flores de la basura.

No voy a salir más a la calle (Sué Mon Mont en Roseti)

El otro día, quizá el domingo, pasé después de un tiempo por el Facebook de Sué Mon Mont y con sorpresa vi que tenían fecha en Capital: la primera y, dicen, tal vez la única del año, este sábado en Chacarita. La descarga de neurotransmisores no puede medirse, pero doy fe de que fue intensa en el momento y, lo más importante, de que perduró en el tiempo y se consolidó en ganas de ir, aunque no hubiera con quién compartir la salida.
Pasó la semana y el asunto fue creciendo en importancia hasta transformarse en el faro de mis días estos días. Ahora me doy cuenta de que esta semana salí a la calle tres veces: el lunes, para correr un poco, justo cuando se cumplían cuatro semanas sin correr; el jueves, para ir a cobrar el laburo que hago para el lugar donde antes trabajaba diariamente (eran dos meses, 800 pesos, porque estuve todo un mes sin ir a cobrar lo de julio) y hoy, recién, para ir al recital.
Como siempre, el asunto fundamental era descansar. Esta semana ya no hubo vacaciones de invierno, con su consecuencia de niños 24x7 (sí, es un pijazo) en los departamentos cercanos, no hubo cumpleaños de adultos –como el del sábado pasado, que me obligó a salir a la calle, dos horas y media caminando bajo la llovizna y el frío para evitar el quilombo que hacían arriba de mi cabeza, el cual terminó a las 2.15 a. m.–, no hubo pijama party de los nenes. Pero era sábado, niños que no van al colegio, adultos que, si no hacen quilombo hasta tarde, se levantan antes de las ocho de la mañana. Y me desperté varias veces pese a los tapones en los oídos que uso cada vez que duermo. Incluso la despertada pasó a nivel desvelo, y hasta prendí la computadora y boludeé un poco.
Es tan difícil explicar esto, me siento tan freak refiriendo mis capacidades diferentes para descansar. Si los propios profesionales de la salud especializados me hacen sentir freak, ¿cómo quedaré en la mirada de alguien que no se dedica a eso?
Finalmente, pude dormirme de nuevo, entre las tres y las cinco de la tarde, y cuando me desperté me sentía razonablemente bien. Gran noticia. Y gran consecuencia: voy esta noche a ver a SMM. Miré el Facebook de nuevo, por las dudas, a ver si había info exacta sobre el horario de comienzo. Y no, nada significativo: solo decían que daban puerta 21:30 aunque el flyer anunciara a las 21.
Una vez me tuve que fumar una hora y media de espera en Niceto, un martes que estaba anunciado a las 20 y la banda previa comenzó a las 22 (y SMM a las 23). Otra vez, el año pasado, plena madrugada de invierno, fueron tan deliberadamente imprecisos para hablar de la hora del show que directamente no fui. Imprecisos y desconsiderados para con la gente que decide cagarse de frío para verlos y en especial para con la gente que, por el motivo que sea (desde tener un cumpleaños hasta problemas de salud… adiviná qué opción me corresponde), no puede quedarse tres o cuatro horas en un lugar.
Si esta vez anuncian a las nueve, o a las nueve y media, empezarán a las once, supuse. Ni siquiera pregunté por Facebook ya que cuando pregunté, aquella vez de Niceto, no obtuve respuesta ni por el horario ni por el valor de la entrada, que no era el mismo en el FB de la banda que en la boletería.
Quise salir a las diez de casa, pero me demoró la última empanada, y salí diez y diez. El colectivo que me lleva a Chacarita no venía, y pronto decidí la combinación de varios subtes, que no fue mi primera opción porque justo ayer aumentó y porque prefería viajar sentado en el bondi y sin tener que caminar ni subir y bajar escaleras.
22.50 estoy en Chacarita. Caminando por Lacroze como la empanada extra que llevé para mantener mi glucemia en condiciones. En la esquina previa me desvío unos metros y hago pis en la botella de agua, ya vacía, que traje para bajar la empanada y la dejo junto a un árbol. Antes de las once llego a Roseti. ¿Dónde es, dónde es? Ah, es una casa, un PH con un cartelito escrito a mano, de 12 x 5 cm, pegado en la puerta. No hay nadie en la vereda, se escuchan voces adentro, pero no música. Aún no empezó, imagino. Doy una vuelta manzana para hacer tiempo, para minimizar el tiempo en que voy a estar sin hablar mientras todos hablan, y, cuando vuelvo al lugar, desde la esquina veo a una chica en la puerta. ¡Bien!
Le pregunto si ya tocó el timbre, y, antes de que me responda o de que cambie su cara de nada y emita una señal de que registró mi existencia, sale un pelado con aspecto de estar caminando sobre nubes de colores. La saluda llamándola por su nombre completo, la abraza y la hace pasar. Cuando muevo el cuerpo en esa dirección, él dice que no, que no puedo entrar, que no hay lugar. Creo que usa la expresión "lugar privado" o "fiesta privada", seguro dice que había que reservar. Cual-quiera.
Supero rápido el desconcierto que me provoca saber que me está mintiendo y le pregunto retóricamente si toca Sué Mon Mont. Me contesta que no, tarda algún segundo y agrega que toca Rosario Bléfari. "Bueno, sí, es la banda de Rosario Bléfari", le digo… Líneas del diálogo se habrán perdido en la memoria, lo mismo que la precisión en la cita de las que sobreviven. Me explica que la chica entró porque es su hermana, pero que yo no puedo pasar porque la capacidad es limitada y el lugar está lleno. Incluso invoca una disposición municipal. "O sea que vine al pedo", algo así le digo. Me responde que sí, dice por segunda vez que lo lamenta y con toda cortesía me cierra la puerta en la cara.
Me quedo unos pocos segundos frente a la puerta cerrada, procesando el aturdimiento que me produjo la situación, cuando lo escucho preguntar "¿se van?". Acto seguido, abre la puerta y salen dos personas, y entonces me dice que como se van dos, puedo pasar. Bueno, gracias, qué bueno, qué suerte. Casi la misma que encontrar el subte entrando en la estación cuando yo daba mis primeros pasos por el andén.
"Ya te cobran", me dice, y me indica que espere en el zaguán del PH. Pronto viene una chica, se guarda los 200 mangos –el único registro de mi presencia– y me habilita a pasar.
En la desembocadura del zaguán hay dos minas que charlan, fuman y obstaculizan el acceso. Me quedo detrás de ellas hasta que, en menos de cinco minutos, la chica nos dice que pasemos a la sala, que ya empieza. Faaa, llegué justo, qué suerte estoy teniendo hoy, pienso. Las minas mucho no se mueven, algún otro que está ahí tampoco y tengo pedir permiso y esquivarlos. Entonces veo que se trata de un patio que es la mitad o menos del patio del departamento donde vivo, con una barra a la derecha y quizá una decena de personas allí.
Lo que habrán sido las habitaciones de la casa ahora son "la sala", que, en efecto, está colmada. Casi todos sentados en el piso porque las sillas están apiladas contra una pared, algunos sentados en la escalera y otros en un sillón que está frente al escenario. Unos diez quedamos de pie, sobre todo cerca de la puerta, a la derecha de los músicos y perpendiculares a ellos.
"Retomamos", dice Rosario, y esa será la palabra clave de lo vendrá. La versión electro-acústica incluye al guitarrista tocando el violín, y tras un silencio de aula largan con "Copiloto". La mina que tengo a mi derecha, cercana a los cuarenta, que está con otra mina, más probablemente su novia que su amiga, no para de moverse, un bailecito interminable por el que me choca varias veces. A mi izquierda, atrás, una pareja joven se da besos y, más adelante, dos cuarentones en pantalón de gimnasia y zapatillas con sus respectivas mujeres (o eso presumo) no sueltan el celular con el que graban.
Rosario canta sentada todo el tiempo, yo canto algunas canciones, otros también. Veo sus bocas moviéndose en la penumbra cuando miro hacia los costados. "A tu ritmo" suena rara y entrañable sin distorsión, podría ser una joyita de las tomas alternativas que hay en esa caja cuádruple de los Doors que compré hace mucho. En algunos temas, en algunos estribillos ("lo digo bien, lo digo bien"), la gente, aun sin zarparse de efusividad, compite contra la voz amplificada de la cantante.
"El último tema vamos a hacer ahora", anuncia RB antes de la séptima canción.
(?)
Sí, no tuve suerte: llegué en el intervalo. Esta vez, por una puta vez, empezaron temprano. Y yo llegué tarde. Y nadie me dijo. Ni el pelado amablemente drogado ni la chica con remera de Star Wars que me cobró los 200 pesos por siete canciones (más dos bises).
Pasan de nuevo "Copiloto" y "Besos", y chau. No salgo de mi asombro y quiero acercarme a la lista de temas que Rosario deja sobre la mesa del teclado, pero tengo que caminar contra la corriente de gente que sale, y otro la agarra antes de que yo pueda dar un paso en esa dirección. Se me ocurre pedirle que me la muestre antes de guardarla, pero desisto. Me voy sin saber cuántas canciones me perdí.
Ya está, ya terminó. La mayoría de la gente se queda en el patio, la mayoría de la gente está con alguien, yo soy una mosca atontada rebotando contra infinitos ventanales. Miro la mesa con los discos y como aquella noche de Niceto decido no darles ni un mango más. Uno pasa raudo y encara para el zaguán, lo sigue una pareja. Decido sumarme y salir yo también. Solo nosotros nos vamos. Pronuncio una palabra, "gracias", a la persona que sale antes que yo y me sostiene la puerta, no por educación, sino para comprobar que no soy un fantasma.
Todos agarramos Lacroze, el que estaba solo se pone un gorro para mitigar el frío, la pareja cruza la calle, miro la hora, son las 23.45. Toda mi expectativa de la semana disuelta en menos de 45 minutos, en media hora de show.
Decido caminar los más de siete kilómetros hasta mi casa.
La sensación de no encajar es apabullante, es esa función del viejo Paint cuyo ícono es un balde. Bueno, un balde así de neurotransmisores vinculados con el abatimiento y la decepción y el vacío y la nada misma me pinta todo el cerbero, toda la sangre, todos los órganos.
El mundo no es para mí. O yo no soy para el mundo, no importa: de una forma u otra no hay match. La (nueva) comprobación de la fugacidad con que se desintegra todo aquello en lo que uno pone –en lo que uno puede poner– la energía también apabulla. Demuele.
En un momento, las cámaras de seguridad pueden testimoniarlo (?), tuve que sentarme en los bancos que hay en algunas paradas de colectivos porque me costaba sostenerme en pie. Unos metros antes había visto unas revistas de Farmacity tiradas en la vereda. Volví, las levanté y las guardé en la bolsa donde había llevado empanada y botella, y las traje para venderlas como papel, pero sobre todo para que el cuerpo tenga que hacer alguna fuerza y cambiar así mi dinámica psicofísica.
Llego a casa y al rato empiezo a escribir esto. Mientras todos hacen cosas, yo paso y repaso y trato de ponerlo en palabras porque si no me escribo soy una inexistencia y se acrecienta el riesgo de saber si estoy o no.
Pienso no hacer más nada, no ir más a un recital (salvo que diga "puntual", como dice Dancing cuando toca en el Konex), no cortarme el pelo en la peluquería antes de ir a ver la dentista (nuevo faro de mis días por esta semana), no sumirme en la depresión infinita que implica mirar departamentos horribles que serán poco más o poco menos invivibles que este (y lo digo ahora que el vecino, Juancito Cancro, abre y cierra su placar con puerta deslizable que parece un terremoto), no comprarme una campera y seguir usando esta, remendada, con 25 años a cuestas; no ponerle ni un gramo de energía al otro blog que hago, sobre el que tuve la fantasía de que fuera más presentable que este y finalmente no mueve el amperímetro.
Pienso no salir más a la calle, no hacer nada de eso ni las cosas que ni se me ocurren porque, aunque creas que no tenés nada para perder, siempre podés estar peor, podés, incluso, perder esa creencia.

La vecina de la vuelta

En mi niñez y mi adolescencia, tan horribles como lejanas, había una chica que vivía literalmente a la vuelta de casa. Era menor que yo, creo que dos años menor, y tuvo un despertar bastante precoz a la sexualidad compartida y al consumo de sustancias.
No quiero perder las formas en la descripción, pero era un poco gordita, aunque tal vez ese recuerdo sea más de cuando era una nena y no de cuando creció. Lo que quiero decir es que nunca me gustó. A mí siempre me gustaron las inalcanzables. Inalcanzables sobre todo por la edad, fueran, en aquel tiempo, mayores, o sean, en este tiempo, sub-30. Caramba, ahora mismo caigo en que también ella fue inalcanzable: que no me preocupara su inalcanzabilidad no la suprime.
Vivía con la abuela paterna, que habrá enviudado por aquellos años. Su madre era una ausencia, pero viva. Creo que la había abandonado, o, como dijo Rodrigo, voló, voló. El padre era una ausencia que se interrumpía una vez por semana, cuando venía a visitarla y la vieja le pasaba el parte de todas las veces que Adriana se había portado mal. La repetida consecuencia era una paliza. Esto, como casi todo lo que puedo decir acá, no lo sé porque ella me lo haya contado, sino porque se lo escuché a mi madre.
La piba habrá conocido a alguien, empezó a tomar pastis, tal vez a mezclar, y pronto quedó embarazada. Quizá a los 14. No sé si el novio con el que venía a casa a veces, aquel flaco alto de rulos, fue el primero, pero fue el padre de la criatura. Tampoco sé por qué empezó a venir con cierta frecuencia en esa época.
Una de esas veces mi incapacidad para la comunicación hizo que me quedara en la cocina mientras ellos estaban en el living. No sé cómo se dio ese reparto espacial –supongo que mi madre habría salido a comprar algo–, pero me resultó totalmente insalvable. ¿Viste cuando sos consciente de que está sucediendo algo absurdo, pero no tenés recursos para atravesarlo? Bueno, eso. Largos minutos así.
La verdad, no sé cuánto tiempo. Hasta que en un momento, y tampoco sé por qué, salí de la cocina. Ellos estaban transando mal en un sillón: estaban literalmente encimados. Ni se me ocurrió pensar que podían estar garchando: de esa posibilidad me di cuenta años más tarde. La escasa información que manejaba por entonces no incluía que se podía coger sin desnudarse. Igual, no recuerdo haber visto nada de piel ni ningún movimiento brusco que tratara de cubrir algo, así que supongo que la interrupción no fue tan grave.
La memoria es selectiva y no registra cómo prosiguió el diálogo tras mi inoportuna aparición (tras ese esfuerzo de mi parte, digámoslo también). Solo retiene, y necesita decir, aunque no encuentre dónde meter este párrafo, que usé como excusa a uno de mis cobayos, que estaba muy enfermo. "Me quedé cuidándolo", habré dicho.
No sé cuán a menudo venía, pero tengo varios recuerdos que la incluyen. Por ejemplo, cuando me trajo, no sé si como préstamo o como regalo, o meramente en comodato, un par de tomos encuadernados de El Gráfico de la década del 20 que eran de su abuelo. Todavía los tengo. Si los querés, te los devuelvo. Pero apurate, porque algún día voy a terminar vendiéndolos…
Otra vez, cuando su embarazo era evidente. Tengo foto mental de ella sentada en esta misma cama donde escribo, disculpándose por la postura un poco indecorosa que le imponía su panza. Esa noche u otra escuchamos un disco de Sui que tenía "El fantasma de Canterville", algún casete de Zeppelin que trajo ella –y que no me gustó, porque a mí me gusta Purple–, algún programa de radio que pretendía ser humorístico pero que no siempre lo lograba y que por algún motivo incierto yo solía grabar.
Pronto se peleó con el novio, no sé si antes o después del nacimiento del bebé. Pronto empezó a salir con otro chabón, más grande, que militaba con el tío en algún comité alfonsinista. Pronto quedó nuevamente embarazada. Datos que quedan al pedo en la memoria, recuerdo nombre y apellido de este chabón. Ahora que lo googleo me entero de que no era tan grande como yo lo veía entonces: tiene apenas cuatro años más que yo.
Él también vino a casa algunas veces. Una tarde estaba molesto por cómo se vestía Adriana. Hablaba con mi vieja y le explicaba su lógica, que tal vez no haya estado alejada de la realidad, pero que me sigue resultando tan inolvidable como excéntrica, tan inolvidable por lo excéntrica. Decía que no es lo mismo usar un vestido que usar el mismo vestido con un cinturón: si usás cinturón, querés guerra.
Como suele ocurrir en las relaciones vecinales, de golpe surgió la distancia. No sé si por influencia del novio nuevo o por qué razón. Igual, supe que el militante le dio su apellido al pibe del otro. No fue gratis: el reconocimiento vino con un hijo propio. Menos de dos años después, nació la criatura. 16 años, dos pibes. El futuro parece no ser muy prometedor.
De nuevo interviene el relato de mi madre: esta vez avanza en el tiempo y cuenta que se había encontrado con el padre del primer pibe, que iba a la vereda de enfrente del jardín de infantes a mirar a su hijo de lejos porque ella no se lo dejaba ver.
Ya en este siglo, coincidí en un sitio de internet sobre algún hobby que tengo con un usuario que tenía ese apellido y que solía mencionar el barrio, el colectivo que pasa por la esquina, etcétera. No sé si me acordaba el nombre o el apellido, o ambos, o si esas frecuentes referencias me conectaron las neuronas justas e hicieron que me preguntara ¿será el hijo de Adriana?
La sociabilidad sigue sin ser lo mío y, aparte, ¿cómo le sacaba el tema? No daba decirle que conocía a la madre de aquel tiempo inestable y revivir en ellos una historia de la cual no sé qué versión tiene. No daba decirle "a tu vieja la conozco de cuando la preñaban a cada rato y a tu viejo…, bueno, no sé quién es tu viejo, pero también lo conozco". Y, sobre todo, no daba decir quién soy y revivir mi pasado en el recuerdo de otros (ni revivir mi presente en la mirada de otros).
Entonces, di por sentado que sí, que era él, pero nunca le pregunté. Tampoco lo googleé.
Aquella página cerró, a Ezequiel no lo volví a encontrar en los sitios sobre el tema por los que nos dispersamos. Todo quedó en un recuerdo que se fue diluyendo.
Hasta ayer, cuando paso por un sitio similar, por el Facebook donde el sorete al que le compré algunas fotos las publica sin marca de agua, para desvalorizarlas, y veo que el pibe este dejó un comentario. Se despertó el recuerdo, que comenzó a encadenarse con otros, y en el aburrimiento y la pachorra del frío del domingo, en el cual no salí de la cama, empecé a stalkear.
Y sí, es el hijo, es la madre, el segundo embarazo tuvo por resultado una nena, y no un nene, como había quedado en algún lugar de mi memoria. Ezequiel, lo confirmo ahora, es el hijo del flaco de rulos, es el pibe al que conocí en la panza de su madre.
Cuando la búsqueda me lleva al Face de Adriana, en su biografía resalta que laburó varios años como analista de riesgo crediticio de una conocida tarjeta de crédito. Desde que terminó el colegio, en una nocturna, unos años después de que yo hiciera lo propio, se suceden varios estudios terciarios y semejante empleo.
Me alegro por ella. No mucho, en realidad. Ni fu ni fa, casi. No porque tenga algo en su contra: no me hizo nada como para que le desee el mal, a diferencia de otra gente de aquel tiempo. Pero prevalece el contraste con lo que soy, con estas decenas de años perdidas en enfermedades sin diagnóstico, mal descanso, mentiras y vacío.
Todos esos años en los que vos hiciste cosas, yo esperé un futuro que nunca llegó: lo que busqué no se dio, la energía la puse en el lugar equivocado y seguramente hice mal lo poco que se me ocurrió hacer. Y un día me di cuenta de que es muy tarde. El cuerpo es el que me lo dice de modo más lapidario. Porque los demás siempre dijeron lo mismo: no.
Algo sucedió –fue el azar, el destino, la mera esencia (la energía que somos, según César Millán), no sé qué, eso que a mí no me toca, que me es ajeno–, se te ordenó el contexto, se te alinearon las neuronas, estuvieron cerca las personas apropiadas, el cuerpo te respondió, "tuviste voluntad". Y algo hiciste. Algo podés poner en tu biografía de FB, algo en tu currículum. Algo podés responder cuando te preguntan "¿qué hacés?". (Algo podés ver de vos cuando te vas a dormir o cuando te mirás al espejo).
Yo, en cambio, hace días que no salgo de la cama, que no me miro al espejo, que no hablo con (casi) nadie (y hay días en que el "casi" sobra: literalmente). No es depresión: es frío y nada que hacer. Y aunque tenga algunos recursos más a que a mis 15 años y pueda interactuar un poco, quizá no sean más que un idioma aprendido por fonética. Quizá nunca dejé de ser aquella persona, confinada por una falla irremediable de la comunicación en la cocina de mi casa, nombrando como excusa a un cobayo moribundo, consciente de las cosas, pero incapaz de remediarlas.

Planes a largo plazo

Ali   La semana
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