miércoles, 24 de junio de 2015

Poco placentero



En un video tipo National Geographic sobre las tribus menos contactadas de la Amazonia aparece un indio con la camiseta de Central.
Bajo un cielo de lianas posa para el hombre blanco con su báculo en la mano y la publicidad de Paladini bien grande en el pecho.
Voy a mirar de nuevo el video, no para ahondar en esta inesperada manifestación de la conquista. Voy a mirarlo de nuevo, atentamente, para ver si descubro a algún indio tarareando “Poco placentero”.

No me digas “hola”

Entre tantas cosas que se escribieron sobre la convocatoria del 3 de junio y el eslogan “Ni una menos”, di con un post de una tal Silvina Giaganti sobre las consecuencias de la masificación del reclamo. En el artículo menciona tres anécdotas personales: la de un exhibicionista que se bajó los pantalones delante de ella y de una amiga, niñas de 11 o 12 años; la del colectivero que durante dos cuadras, y aprovechando que iba vacío, dio rienda suelta a una verborragia desubicada hacia ella y su novia cuando eran unas quinceañeras, lo cual se repite frecuentemente en los tipos que les ofrecen compañía o se interesan por supuestas carencias cuando ella y sus sucesivas novias van de la mano por la calle.
Y una última, absurda, anécdota que mezcla todo y revela la confusión que tienen algunas en sus ideas. Y su acuciante necesidad de demostrar que pueden pararse de manos. Transcribo:

Escena 3: Febrero de 2015. Monserrat. Es miércoles y trabajo de 8 a 12 en Avellaneda y de 15 a 22 en Moreno. 11 horas de clase, 7 colectivos y todavía falta cocinarme y bajar a Poxi un rato. Hace calor y eso me pone contenta. Me bajo del 39 a las 12 de la noche a una cuadra de casa después de haber salido 7 menos cuarto de la mañana. Cuatro tipos en la esquina sentados en el cordón de la vereda, dos parados, y una máquina de esas pavimentadoras parada en la calle. Paso caminando hasta que uno tira: “Hola, ¿cómo estas?”. Yo: “¿Sos del barrio que me conoces y me saludas?”. El tipo: “Si”. Yo: “No, no sos del barrio yo no te conozco y no tenés derecho a saludarme”. Uno sentado: “Uhhhh”. El tipo: “Yo te saludo todo lo que quiero”. Yo: “No, te equivocas, no me saludas ‘todo lo que queres’”. El tipo: “Si”. Yo: “No, si querés anda a saludar a tu esposa o a tus hijas”. El tipo, que a esa altura no se había llevado de arriba el inicio de la no consentida charla concluye: “Yo te saludo todo lo que quiero y si no te gusta es porque sos una loca de mierda”.
Estas son algunas muestras gratis de la consecuencia de que algunos hombres crean que las mujeres llevan un subtexto que los invita a invadir el espacio vital de la calle o de otros lugares públicos para empezar a decir cualquier cosa.
(…)
A veces hay que decirle al otro que te parece que hay algo que no está haciendo bien. Y vuelvo a pensar en la discusión con el tipo de la escena 3 y en lo que se habrá quedado pensando luego de mi embate. Y qué pasaría si se lo vuelven a decir un par de veces más.


Entre el asombro y cierto enojo por la condena a la comunicación, opté por seguir su sugerencia, la de decirle al otro que hay algo que no me parece bien, y, apenas terminado de leerlo, dejé un comentario en el blog, el cual me advirtió que quedaba “pendiente de moderación”. Transcribo:

Que triste la boludez esa de que uno no puede saludar, no puede hablar. ¿Que gilada tienen en la cabeza las personas que piensan así?
¿Te insultó? ¿Te propuso llenarte el culo de leche? ¿Te amenazó? ¿Te invitó a salir, siquiera?
No. Te saludó. Hola. Buscó una comunicación. A la cual vos tratás de dotar de un aire amenazante señalando que eran muchos, que había elementos de trabajo cerca…
Andá a un psicólogo y hacete ver tus miedos.
O decí claramente que eran morochos, que estaban dados vuelta, que no-se-que que te dio miedo. Pero “hola”… Hacete ver, de nuevo.
Para colmo de tu ridiculez, lo mandás a un lugar patriarcal, conservador y heteronormativo: das por sentado que tiene esposa e hijas.
Ridículas como vos también son las que trataron de ampliar el espectro de consignas respecto de esta marcha diciendo que si uno va de putas o va de levante a un boliche no podía adherir a la marcha.
Tal vez quieran que seamos ascetas, tal vez han decidido llevar el vera-bergoglismo al extremo… Ganémonos el cielo con la castidad, no sé.
Sos una pobre mina tratando de demostrar poder. Lo explicitás en esa frase. “El tipo, que a esa altura no se había llevado de arriba el inicio de la no consentida charla…”.
Dame un ejemplo de charla consentida, por favor. ¿Cómo se contacta uno con un desconocido? O tal vez pretendas que sólo vivamos entre direcciones, como decían Los Pillos. La calle, mero espacio de tránsito e incomunicación. Todos desconectados, o conectados con perros, mascotas.

Ah. Vos eras la misma que bancaba a Grondona (Julio Humberto, mafioso de tu barrio) diciendo que si un tipo de 82 años puede con todos los demás, punto para el tipo. Bastante triste también esta otra forma tuya de enslazar el poder. El poder de un tipo siniestro.


La referencia a Grondona remite a otro artículo de esta chica, leído ya no se dónde, en el que hacía una suerte de elegía de su gris localidad conurbana y del gran prócer surgida de ella, Julio Grondona, de quien decía esa frase: “Si un tipo de 82 años puede con todos los demás, punto para el tipo”.
Onda que si un exhibicionista o un abusador puede exhibirse o abusar durante 82 años, bien por él, porque nunca lo agarraron: banquémoslo, y que nos caigan simpáticas su impunidad y su capacidad de extorsión. Y si es un chorro, un socio de Videla, de Menem, de Kirchner, de todos los gobiernos, un encubridor de asesinos, un tipo que ayudó a robarle el fútbol a la gente común, banquémoslo porque pudo hacerlo hasta el día de su muerte.
Mi comentario, como intuí cuando apareció la advertencia de la moderación, no fue publicado. Nadie lo leyó, no existió, no quedó huella de su eliminación, no estuvo ni muerto ni vivo… Si estos endogámicos integrantes de cierta intelectualidad no fueran unos desaparecedores del disenso y de la crítica, podría haberse dado un intercambio. Podría haberle dicho que el ejercicio del poder por parte de algunos miserables, en general poseedores de un escaso poder, no tiene que ver con el género, con el sexo, con las clases sociales, sino con ese mismo poder usado como revancha de no sé qué retorcidas cuestiones que carga cada uno y que quiere hacerle cargar al otro.
Le habría hablado de la violencia contra los niños, mucho más difundida y más evidente que la violencia contra las mujeres, como puede verse en cualquier vereda, en cualquier plaza, en la puerta de cualquier colegio o enfrente de cualquier kiosco. Y a veces también en los medios, cuando deciden publicar los asesinatos de niños por parte de sus padres, sus madres, sus padrastros o sus madrastras. O cuando un ¿humorista? le dice a una nena de cinco años que le muestre la bombacha.
Y, parafraseando a las idiotas que hablan de enseñar a “no violar”, como si todos los hombres fuesen psicópatas violadores en potencia (deberían saber, pobres tontas, que a un psicópata no alcanza con “enseñarle” voluntaristamente a no violar), aprovecharía para decir que a las madres y los padres (y los abuelos y abuelas) hay que enseñarles a no pegarles a los niños. Y a no maltratarlos psicológicamente. (Y, de paso, que a los dueños o directores de jardines de infantes hay que enseñarles a elegir bien los maestros de música y de gimnasia).
Podría haberle preguntado si se les planta de igual modo a las viejas (y los viejos) que en la cola del súper te dan charla, seguramente para no morir de inanición comunicativa. Una charla no pedida, no consentida, que invade mi espacio vital y me consume energías, y de la cual no puedo librarme con la excusa de boludear con el teléfono, pues no tengo. ¿Les dirá algo a las viejas de la cola del Rapipago o su cuestión es solo con los hombres?
O podría haberle pedido algún tip sobre cómo reaccionar ante las muchas personas que indisimuladamente se ríen de mí en la calle, o ante los que, en el mismo escenario, hacen espontáneas referencias a mi aspecto. O ante quienes cruzan la calle para evitar compartir la vereda conmigo. Esas van aún más allá, a esas no les molestaría un “hola”, no les molestaría que les hablase: les molesta que yo esté.
Capaz que un día me toca una situación así con alguna de esas minas que toman clases de defensa personal, como la poeta psiquiátrica que busca sexo con menores en sitios de contactos, esas cultoras de la violencia que se justifican con la idea de la autodefensa, y, en vez de cruzar la calle, me caga a palos o me tira gas pimienta. En nombre de las mujeres que no demuestran miedo y se hacen respetar.
Giaganti propone decirle al otro que te parece que hay algo que no está haciendo bien. Pero cuando se lo dicen a ella, parece que no se lo banca, que prefiere regodearse con el logro de su embate. Y con el uso de la palabra “embate”. Habría que ver qué le pasa si le vuelven a decir un par de veces que está hablando boludeces. Seguramente no lo note, atareada en la autosatisfacción que le producirán los cientos de likes en Facebook y los tuits elogiosos que recibió por su post.
Por lo demás, la paternalista repetición del eslogan y su masificación no vuelven marginal la violencia, como afirma ella. Menos aún cuando conocidas participantes de la marcha siguen usando lenguaje machista y heteropatriarcal, y hablan de romper el orto y de que alguien no se va a poder sentar. Menos aún cuando la que usa esa terminología es una profesional (de la salud mental) que se quiere hacer la popular, o la marginal (porque tal vez para ella sean la misma cosa), y dice gato, gorra, a la gilada ni cabida y tomate el palo.
En esa confusión, en la misma confusión que tiene Giaganti, a la que un “hola” le parece violento, lo que termina marginándose y estigmatizándose es un rejunte incoherente donde son casi lo mismo un golpe, un beso dado a la fuerza, una interpelación grosera en la calle, un intento de levante en un boliche o una relación sexual consentida entre adultos determinada explícitamente por el dinero. Pero no la violencia machista de la que son víctimas los hombres. Ni la violencia de género ejercida por mujeres, que siguen su trayecto de estrellas –o asteroides– televisivas sin que las alcance la condena social (ni la condena penal, como a esa impune alumna de una universidad pampeana que ayudó a violar a un compañero con diversos objetos).

Encuentro con el diablo


Y es mi ilusión volver a verla,
y así poder mandarla a la mierda.

Los ojos entrecerrados para evitar el efecto Pokemón de los leds blancos, azules y acrobáticos del estacionamiento, y, de pronto, tomando forma paso a paso, como si el tiempo hubiera vuelto atrás quince años, un personaje de este blog, es decir, alguien que dejó una huella en mi vida. Parada en la esquina, esperando el verde del semáforo, con el mismo pelo atado, la misma postura, el mismo rictus…
Era aquella profesora del secundario, linda, carismática y exigente, que supo ganarse mi confianza y mi afecto, los cuales supuse recíprocos, pues en un momento me dio su teléfono y luego me invitó a cenar a su casa un par de veces. En el marco de esa confianza, me insistió para que fuera a un psicólogo. No a cualquiera: a su primo, una eminencia…
Tiempo antes, en alguna de las largas charlas telefónicas que teníamos, me había preguntado sobre mi orientación sexual. La pregunta no me hizo ruido porque, claro, la confianza… Y porque la vi como una suerte de comprobación de que éramos adultos y podíamos hablar de todo sin mayores inconvenientes. No me hizo ruido, pero recuerdo en qué lugar de mi casa estaba cuando me lo preguntó… No me hizo ruido hasta años después, cuando la eminencia salió en la tapa de los diarios por cogerse (y/o ser cogido por) adolescentes.
La miré bien, buscando una certeza que ya tenía, probé mentalmente la frase inicial para que me saliera sin trabarme, me acerqué y antes de que pudiera reaccionar le pregunté si seguía mandando a sus alumnos a la casa de un abusador de menores. Repetí la pregunta, poniendo énfasis y seguramente más volumen en “abusador de menores” para ubicar, si era necesario, a algún transeúnte próximo que quisiera intervenir en defensa de una pobre señora increpada.
Abandonó la esquina antes de mi cuarto signo de interrogación, caminando entre la gente sin darse vuelta, mientras yo insistía, yendo detrás de ella y matizando la pregunta con otra similar, cuya respuesta, de existir, no podría considerar: “¿Sabías que era un abusador de menores cuando me dijiste de ir a verlo?”.
Paró un taxi y se subió sin mirarme, mientras le repetía mis preguntas a una distancia que, bien leída, mostraba que no iba a llevar la cosa más allá. El tachero le ganó con lo justo al semáforo, evitándome tener que decidir si seguía con mi andanada bi-question junto a la ventanilla durante todo el tiempo que estuviera en rojo, y entonces retomé mi rumbo a un paso firme que no le diera tiempo a nadie para tenerme a mano y preguntarme qué onda.
Como aquella noche en el departamento de la eminencia no hubo un explícito lanzamiento de galgos, sino apenas unas rispidicedes y una incomodidad que no distaron de las vividas ante algunos de sus colegas, como sólo empecé a hacerme esas preguntas luego de conocer el hecho por los medios, este asunto no es lo que más me interpela en relación con ella.
Si algún deus ex máchina me revelara cuál fue su propósito aquella vez, si me enterara de que otros alumnos recibieron sugerencias similares, evidente, inexorable, violentamente, cambiaría mi posicionamiento frente a esto. Como nada de eso ha sucedido (aún), entiendo que esta explosión más o menos medida se debió a otra cosa. A una lista de maltratos, que bien podría llamar humillaciones, pues así las siento cada vez que pienso en ellas, lo cual, afortunadamente, no ocurre muy a menudo.
De un día para otro y sin decirme por qué, dejó de atenderme el teléfono. Pero no me dijo que no la llamara más. Sabiendo que era mentira, decía “llamame, que si estoy te atiendo”, transformándome así en un ser molesto que llamaba varias veces porque “bueno, veo que ahora no estás: te llamo en un rato a ver si llegaste”.
Si no querés más diálogo, tratá de tener un argumento razonable. Tus ganas pueden serlo. Aunque preferiría algo más elaborado, claro. Más comprensible que una azarosa realineación de neuronas. Y, como sea, decímelo: para respetarme y porque, si me decís “no llames más”, me ponés a mí en un lugar donde, de seguir haciéndolo, quedo en offside. Es cierto, hay gente a la que no le interesa el offside. Pero no es mi caso. Estaba claro que no era mi caso.
Podés no querer ver más a alguien, pero si en ese camino decidís humillarlo, jugar con su necesidad de comunicación, mentirle mirándolo a los ojos y regodearte sine díe en el maltrato, hasta ganarle por cansancio (qué idea patética esa, qué nula consideración por el otro revela), sos una perversa mierda. Sobre todo si sabés que la otra reacción posible ante la humillación continua –la violencia– no va a suceder.
En esas charlas alguna vez surgió, quizá en un contexto que le permitió una nueva alusión a su virginidad treintañera, el tema del amor, de si yo me enamoraba de ella. ¡Cómo me gustaría poder recordar claramente si, como me parece, ese amor del que hablamos era en una sola dirección! Pues, de ser así, no tuve la lucidez para decirle que podía ser al revés. O recíproco. Recuerdo, en cambio, con toda precisión el lugar de mi casa donde estaba cuando hablamos por teléfono esa noche. Y recuerdo con la misma precisión que dijo “lo hablaríamos”.
Una profesora amiga de ella fue por la respuesta más fácil, de telenovela de la tarde, y me dijo, mezclando la explicación con la condena, que I was in love with her. No sé si era su visión personal o si me estaba transmitiendo la visión de ella. Sí sé que es algo incomprobable y, según entiendo, alejado de la realidad.
Como sea, no hablamos un carajo. La única vez que me dijo algo sobre la distancia que impuso fue “sos una esponja”. Y pese a que mil cosas de mí me harían ruido si pudiera repasar ese tiempo como en un video, decir que era una esponja es no ver ni un poquito todo lo que yo quería –¡necesitaba!– dar.
También me había dicho que seis meses antes de que terminaran las clases iba a hincharme las pelotas para que tomara una decisión respecto de qué seguir estudiando. Pero llegó ese tiempo y no dijo nada. Ni una onda tiró sobre qué carrera podría ser. Mucho menos la de cursar en UBA XXI. Ni siquiera la de pasarme textos de Sociedad y Estado, materia que ella daba en el CBC. Sólo silencio de su parte, y más desamparo de mi lado, que no tenía a quién mierda preguntarle nada acerca de esos mundos desconocidos.
El año siguiente le dejé mil mensajes pidiéndole las fotos del acto de fin de curso que ella había sacado con su cámara. Finalmente, tras ocho o diez meses, me las hizo llegar. Sólo dos de ellas, una de las cuales es una panorámica del salón en la que se me ve de casualidad, a un costado, como estuve toda esa noche, en un margen.
No me las alcanzó a mi trabajo, que quedaba a una cuadra del colegio. No las pasó por debajo de la puerta. Mucho menos me propuso vernos. Eligió esas dos fotos –y eligió quedarse con otras en las que aparezco, por ejemplo la que sacó cuando recibí el diploma– y las mandó por correo. Una certificada que recibí sorpresivamente en mi laburo, cuyo sobre contenía dos fotos y una hoja en blanco. Un garzo marrón y espeso, amasado en los fondos de la garganta después de una gripe de invierno y disparado en un ojo, deslizándose pesadamente mejilla abajo, habría sido menos insultante que esa hoja en blanco.
La última de estas basureadas fue cuando, unos años más tarde, retomó la comunicación con aquella profesora telenovelera, de la que se había hecho muy amiga en el colegio y con la que yo mantenía un intercambio epistolar y telefónico más o menos frecuente desde que se había ido a vivir al exterior. Bueno, esa es la versión oficial: ahora me cae la ficha de que quizá se mantenían en contacto, pero sin decírmelo, y esto fue una puesta en escena.
Cuando pasó a integrar la lista de contactos de nuestra amiga genovesa, vi su dirección en el campo CC de un mail y le escribí para mencionarle algunas de estas cosas y “la mezcla de dolor y mucha bronca” que me producían. No me contestó. En cambio, se lo reenvió a nuestra amiga común, la cual me cagó a puteadas, me dijo que yo le daba lástima y me amenazó con no darme más bola si se enteraba de que había vuelto a escribirle.
¿Qué odio profundo motivó tanto desprecio? Porque sólo un intenso y profundo odio puede explicármelo. Y ¿cómo pueden surgir ese odio y ese desprecio en alguien que tuvo gestos de afecto e interés? ¿O todo fue una ilusión óptica, un holograma, un fraude, una patología complicada de su parte?

Hace poco descubrí el Facebook del colegio, el cual está a su cargo, y me dejó el sabor amargo de los vómitos que no se consuman. Fotos de diversas promociones –no de la mía– con epígrafes intercambiables: “queridísimos”, “inolvidables”, “recordados”… Todos iguales, igual de vacíos, pueden ir acá o allá, en el álbum de la promoción 97 o en el de la 2004. Tan iguales como lo fuimos en el discurso que leyó aquella noche del diploma, cuando nos nombró uno por uno y todos éramos esforzados, estudiosos y buenos, incluso quienes eran unos mediocres, según me decía, o la que hizo mucho para que yo dejara el colegio.
Esas palabras me produjeron un profundo desencanto que le hice saber apenas terminó el acto sin ver que tenía lógica su encomiosa defensa de aquella turra manipuladora y mentirosa, pero siempre hábil para dejar una buena imagen. Tenía lógica porque, salvo el garche y la merca, era como ella.
Leo ahora sus palabras positivas sobre algún docente miserable y desagradecido, del que me hablaba pestes; sus elogios para la soreta de la directora, a la cual también le daba con un caño… Y veo, de golpe, que lo suyo era una puta agitación. Cebarme respecto de esa gente, con la que había un recíproco rechazo, no sé para qué, no sé con qué beneficio para ella, salvo el de ejercitar su yo titiritero. Porque, de mi parte, y aunque me saliera muy fácil y me resultara casi irresistible, no había demasiado rédito en subirme a una moto cuya consecuencia era seguir ganándome enemigos entre directivos, docentes y alumnos. Únicamente alimentar mi ego de poder decir “fui el mejor que pude ser”, pura gilada autocomplaciente que en concreto no sirvió de nada…
El Facebook ese es una comprobación de que nunca fuimos personas para ella. Sólo ocasionales ocupantes de un lugar que nunca podríamos dejar, excepto cuando llegara la fecha de vencimiento que nos había puesto sin que lo supiéramos. Momento en el que, como todo producto vencido, seríamos desechados. Y reemplazados por otros.
Lo más triste no es eso. Lo más frustrante no es el caminito chino de las mentiras, la reducción a la nada, la contribución a que uno sea un ser molesto… Ni advertir recién ahora que me mintió hasta el último día, hasta esa noche del acto en que nos entregó a cada uno, como recuerdo, una fotocopia de un texto de Galeano. En la mía puso “hasta siempre, en otro lugar y otras circunstancias”. Una mentira, una innecesaria mentira, pues ya había decidido que era “hasta nunca”. Una mentira necesaria únicamente para satisfacer una compulsión similar a la de los cleptómanos.
Lo triste y frustrante es no haber podido salir de esa dinámica por mi propia acción. Porque dejó de mentirme cuando dejó de hablarme: ¡qué cagada dejar de tenerla adentro (gratis, sin que al otro le haya costado nada) simplemente porque el otro se aburrió de ponértela, no porque vos te la hayas podido sacar!
Ni la posibilidad de cortarlo por uno mismo ni la de ponerlo en evidencia ante los demás… Porque ante ellos, ante nuestra amiga común, ante el de la cupé verde que la pasaba a buscar todas las noches como un guardaespaldas (¿qué le habrá dicho de mí para que el forro ese actuara así?), ante cualquiera… ¿qué relato prevalecería? ¿El mío o el de ella?
El diablo, sin embargo, no fue ese. Fue enfrentarme al recuerdo de lo que prometían aquellos años de pelos largos y notas altas. Si Facebook o un semáforo me reencontrara con otros personajes de ese tiempo, no podría cobrarme sus agresiones como me las cobré esta vez. No podría preguntarle a la merquera psicópata por qué mandó a todos sus novios a amenazarme, incluyendo a uno que me siguió varias cuadras por un camino que yo nunca hacía. Ni podría apurar tan sobradamente al arrastrado profesor que, para tratar de disimular su propia incapacidad, mentía respecto de la colega que le había conseguido el laburo, pelado cuyo pobre placer era redondearme la nota para abajo y hacérmelo notar.
Qué bueno, entonces, que tuve esta excusa para putearla aun sin puteadas, porque con los demás no habría un tema que resuene, y rápido, en tres palabras, “abusador de menores”. Qué bueno haber podido lanzar este fuck you aunque no fuera posible mencionar cada una de estas cosas, muy viejas, es cierto, pero que mantienen la entidad de las que quedaron atragantadas, y que se reactualizan cuando suceden, pareciera que inevitables en mi circularidad irrompible, otras similares.
Y qué bueno que no hubo una conversación con preguntas como “¿qué estás haciendo?”, “¿qué es de tu vida?”, “¿qué hiciste estos años?”, que expondrían todo lo que no pude, la distancia atroz entre lo que parecía que podía ser y lo que soy.