miércoles, 24 de junio de 2015

Encuentro con el diablo


Y es mi ilusión volver a verla,
y así poder mandarla a la mierda.

Los ojos entrecerrados para evitar el efecto Pokemón de los leds blancos, azules y acrobáticos del estacionamiento, y, de pronto, tomando forma paso a paso, como si el tiempo hubiera vuelto atrás quince años, un personaje de este blog, es decir, alguien que dejó una huella en mi vida. Parada en la esquina, esperando el verde del semáforo, con el mismo pelo atado, la misma postura, el mismo rictus…
Era aquella profesora del secundario, linda, carismática y exigente, que supo ganarse mi confianza y mi afecto, los cuales supuse recíprocos, pues en un momento me dio su teléfono y luego me invitó a cenar a su casa un par de veces. En el marco de esa confianza, me insistió para que fuera a un psicólogo. No a cualquiera: a su primo, una eminencia…
Tiempo antes, en alguna de las largas charlas telefónicas que teníamos, me había preguntado sobre mi orientación sexual. La pregunta no me hizo ruido porque, claro, la confianza… Y porque la vi como una suerte de comprobación de que éramos adultos y podíamos hablar de todo sin mayores inconvenientes. No me hizo ruido, pero recuerdo en qué lugar de mi casa estaba cuando me lo preguntó… No me hizo ruido hasta años después, cuando la eminencia salió en la tapa de los diarios por cogerse (y/o ser cogido por) adolescentes.
La miré bien, buscando una certeza que ya tenía, probé mentalmente la frase inicial para que me saliera sin trabarme, me acerqué y antes de que pudiera reaccionar le pregunté si seguía mandando a sus alumnos a la casa de un abusador de menores. Repetí la pregunta, poniendo énfasis y seguramente más volumen en “abusador de menores” para ubicar, si era necesario, a algún transeúnte próximo que quisiera intervenir en defensa de una pobre señora increpada.
Abandonó la esquina antes de mi cuarto signo de interrogación, caminando entre la gente sin darse vuelta, mientras yo insistía, yendo detrás de ella y matizando la pregunta con otra similar, cuya respuesta, de existir, no podría considerar: “¿Sabías que era un abusador de menores cuando me dijiste de ir a verlo?”.
Paró un taxi y se subió sin mirarme, mientras le repetía mis preguntas a una distancia que, bien leída, mostraba que no iba a llevar la cosa más allá. El tachero le ganó con lo justo al semáforo, evitándome tener que decidir si seguía con mi andanada bi-question junto a la ventanilla durante todo el tiempo que estuviera en rojo, y entonces retomé mi rumbo a un paso firme que no le diera tiempo a nadie para tenerme a mano y preguntarme qué onda.
Como aquella noche en el departamento de la eminencia no hubo un explícito lanzamiento de galgos, sino apenas unas rispidicedes y una incomodidad que no distaron de las vividas ante algunos de sus colegas, como sólo empecé a hacerme esas preguntas luego de conocer el hecho por los medios, este asunto no es lo que más me interpela en relación con ella.
Si algún deus ex máchina me revelara cuál fue su propósito aquella vez, si me enterara de que otros alumnos recibieron sugerencias similares, evidente, inexorable, violentamente, cambiaría mi posicionamiento frente a esto. Como nada de eso ha sucedido (aún), entiendo que esta explosión más o menos medida se debió a otra cosa. A una lista de maltratos, que bien podría llamar humillaciones, pues así las siento cada vez que pienso en ellas, lo cual, afortunadamente, no ocurre muy a menudo.
De un día para otro y sin decirme por qué, dejó de atenderme el teléfono. Pero no me dijo que no la llamara más. Sabiendo que era mentira, decía “llamame, que si estoy te atiendo”, transformándome así en un ser molesto que llamaba varias veces porque “bueno, veo que ahora no estás: te llamo en un rato a ver si llegaste”.
Si no querés más diálogo, tratá de tener un argumento razonable. Tus ganas pueden serlo. Aunque preferiría algo más elaborado, claro. Más comprensible que una azarosa realineación de neuronas. Y, como sea, decímelo: para respetarme y porque, si me decís “no llames más”, me ponés a mí en un lugar donde, de seguir haciéndolo, quedo en offside. Es cierto, hay gente a la que no le interesa el offside. Pero no es mi caso. Estaba claro que no era mi caso.
Podés no querer ver más a alguien, pero si en ese camino decidís humillarlo, jugar con su necesidad de comunicación, mentirle mirándolo a los ojos y regodearte sine díe en el maltrato, hasta ganarle por cansancio (qué idea patética esa, qué nula consideración por el otro revela), sos una perversa mierda. Sobre todo si sabés que la otra reacción posible ante la humillación continua –la violencia– no va a suceder.
En esas charlas alguna vez surgió, quizá en un contexto que le permitió una nueva alusión a su virginidad treintañera, el tema del amor, de si yo me enamoraba de ella. ¡Cómo me gustaría poder recordar claramente si, como me parece, ese amor del que hablamos era en una sola dirección! Pues, de ser así, no tuve la lucidez para decirle que podía ser al revés. O recíproco. Recuerdo, en cambio, con toda precisión el lugar de mi casa donde estaba cuando hablamos por teléfono esa noche. Y recuerdo con la misma precisión que dijo “lo hablaríamos”.
Una profesora amiga de ella fue por la respuesta más fácil, de telenovela de la tarde, y me dijo, mezclando la explicación con la condena, que I was in love with her. No sé si era su visión personal o si me estaba transmitiendo la visión de ella. Sí sé que es algo incomprobable y, según entiendo, alejado de la realidad.
Como sea, no hablamos un carajo. La única vez que me dijo algo sobre la distancia que impuso fue “sos una esponja”. Y pese a que mil cosas de mí me harían ruido si pudiera repasar ese tiempo como en un video, decir que era una esponja es no ver ni un poquito todo lo que yo quería –¡necesitaba!– dar.
También me había dicho que seis meses antes de que terminaran las clases iba a hincharme las pelotas para que tomara una decisión respecto de qué seguir estudiando. Pero llegó ese tiempo y no dijo nada. Ni una onda tiró sobre qué carrera podría ser. Mucho menos la de cursar en UBA XXI. Ni siquiera la de pasarme textos de Sociedad y Estado, materia que ella daba en el CBC. Sólo silencio de su parte, y más desamparo de mi lado, que no tenía a quién mierda preguntarle nada acerca de esos mundos desconocidos.
El año siguiente le dejé mil mensajes pidiéndole las fotos del acto de fin de curso que ella había sacado con su cámara. Finalmente, tras ocho o diez meses, me las hizo llegar. Sólo dos de ellas, una de las cuales es una panorámica del salón en la que se me ve de casualidad, a un costado, como estuve toda esa noche, en un margen.
No me las alcanzó a mi trabajo, que quedaba a una cuadra del colegio. No las pasó por debajo de la puerta. Mucho menos me propuso vernos. Eligió esas dos fotos –y eligió quedarse con otras en las que aparezco, por ejemplo la que sacó cuando recibí el diploma– y las mandó por correo. Una certificada que recibí sorpresivamente en mi laburo, cuyo sobre contenía dos fotos y una hoja en blanco. Un garzo marrón y espeso, amasado en los fondos de la garganta después de una gripe de invierno y disparado en un ojo, deslizándose pesadamente mejilla abajo, habría sido menos insultante que esa hoja en blanco.
La última de estas basureadas fue cuando, unos años más tarde, retomó la comunicación con aquella profesora telenovelera, de la que se había hecho muy amiga en el colegio y con la que yo mantenía un intercambio epistolar y telefónico más o menos frecuente desde que se había ido a vivir al exterior. Bueno, esa es la versión oficial: ahora me cae la ficha de que quizá se mantenían en contacto, pero sin decírmelo, y esto fue una puesta en escena.
Cuando pasó a integrar la lista de contactos de nuestra amiga genovesa, vi su dirección en el campo CC de un mail y le escribí para mencionarle algunas de estas cosas y “la mezcla de dolor y mucha bronca” que me producían. No me contestó. En cambio, se lo reenvió a nuestra amiga común, la cual me cagó a puteadas, me dijo que yo le daba lástima y me amenazó con no darme más bola si se enteraba de que había vuelto a escribirle.
¿Qué odio profundo motivó tanto desprecio? Porque sólo un intenso y profundo odio puede explicármelo. Y ¿cómo pueden surgir ese odio y ese desprecio en alguien que tuvo gestos de afecto e interés? ¿O todo fue una ilusión óptica, un holograma, un fraude, una patología complicada de su parte?

Hace poco descubrí el Facebook del colegio, el cual está a su cargo, y me dejó el sabor amargo de los vómitos que no se consuman. Fotos de diversas promociones –no de la mía– con epígrafes intercambiables: “queridísimos”, “inolvidables”, “recordados”… Todos iguales, igual de vacíos, pueden ir acá o allá, en el álbum de la promoción 97 o en el de la 2004. Tan iguales como lo fuimos en el discurso que leyó aquella noche del diploma, cuando nos nombró uno por uno y todos éramos esforzados, estudiosos y buenos, incluso quienes eran unos mediocres, según me decía, o la que hizo mucho para que yo dejara el colegio.
Esas palabras me produjeron un profundo desencanto que le hice saber apenas terminó el acto sin ver que tenía lógica su encomiosa defensa de aquella turra manipuladora y mentirosa, pero siempre hábil para dejar una buena imagen. Tenía lógica porque, salvo el garche y la merca, era como ella.
Leo ahora sus palabras positivas sobre algún docente miserable y desagradecido, del que me hablaba pestes; sus elogios para la soreta de la directora, a la cual también le daba con un caño… Y veo, de golpe, que lo suyo era una puta agitación. Cebarme respecto de esa gente, con la que había un recíproco rechazo, no sé para qué, no sé con qué beneficio para ella, salvo el de ejercitar su yo titiritero. Porque, de mi parte, y aunque me saliera muy fácil y me resultara casi irresistible, no había demasiado rédito en subirme a una moto cuya consecuencia era seguir ganándome enemigos entre directivos, docentes y alumnos. Únicamente alimentar mi ego de poder decir “fui el mejor que pude ser”, pura gilada autocomplaciente que en concreto no sirvió de nada…
El Facebook ese es una comprobación de que nunca fuimos personas para ella. Sólo ocasionales ocupantes de un lugar que nunca podríamos dejar, excepto cuando llegara la fecha de vencimiento que nos había puesto sin que lo supiéramos. Momento en el que, como todo producto vencido, seríamos desechados. Y reemplazados por otros.
Lo más triste no es eso. Lo más frustrante no es el caminito chino de las mentiras, la reducción a la nada, la contribución a que uno sea un ser molesto… Ni advertir recién ahora que me mintió hasta el último día, hasta esa noche del acto en que nos entregó a cada uno, como recuerdo, una fotocopia de un texto de Galeano. En la mía puso “hasta siempre, en otro lugar y otras circunstancias”. Una mentira, una innecesaria mentira, pues ya había decidido que era “hasta nunca”. Una mentira necesaria únicamente para satisfacer una compulsión similar a la de los cleptómanos.
Lo triste y frustrante es no haber podido salir de esa dinámica por mi propia acción. Porque dejó de mentirme cuando dejó de hablarme: ¡qué cagada dejar de tenerla adentro (gratis, sin que al otro le haya costado nada) simplemente porque el otro se aburrió de ponértela, no porque vos te la hayas podido sacar!
Ni la posibilidad de cortarlo por uno mismo ni la de ponerlo en evidencia ante los demás… Porque ante ellos, ante nuestra amiga común, ante el de la cupé verde que la pasaba a buscar todas las noches como un guardaespaldas (¿qué le habrá dicho de mí para que el forro ese actuara así?), ante cualquiera… ¿qué relato prevalecería? ¿El mío o el de ella?
El diablo, sin embargo, no fue ese. Fue enfrentarme al recuerdo de lo que prometían aquellos años de pelos largos y notas altas. Si Facebook o un semáforo me reencontrara con otros personajes de ese tiempo, no podría cobrarme sus agresiones como me las cobré esta vez. No podría preguntarle a la merquera psicópata por qué mandó a todos sus novios a amenazarme, incluyendo a uno que me siguió varias cuadras por un camino que yo nunca hacía. Ni podría apurar tan sobradamente al arrastrado profesor que, para tratar de disimular su propia incapacidad, mentía respecto de la colega que le había conseguido el laburo, pelado cuyo pobre placer era redondearme la nota para abajo y hacérmelo notar.
Qué bueno, entonces, que tuve esta excusa para putearla aun sin puteadas, porque con los demás no habría un tema que resuene, y rápido, en tres palabras, “abusador de menores”. Qué bueno haber podido lanzar este fuck you aunque no fuera posible mencionar cada una de estas cosas, muy viejas, es cierto, pero que mantienen la entidad de las que quedaron atragantadas, y que se reactualizan cuando suceden, pareciera que inevitables en mi circularidad irrompible, otras similares.
Y qué bueno que no hubo una conversación con preguntas como “¿qué estás haciendo?”, “¿qué es de tu vida?”, “¿qué hiciste estos años?”, que expondrían todo lo que no pude, la distancia atroz entre lo que parecía que podía ser y lo que soy.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Más pienso en esto y más delirante me suena. O más siniestro.
Aun siendo cualquiera de ustedes adultx, ¿alguna vez un docente les preguntó si les gustaba más el chori o la empanada?
Y digamos que si alguien te hace esa pregunta es porque alguna sospecha tiene…