viernes, 17 de marzo de 2017

Sin brindis

Sé la hora exacta.
El motor creciendo
entre el vacío de las calles y
algunos petardos ansiosos me hizo
desviar un ojo
un instante
de la trayectoria del pacman y buscar
el ángulo inferior derecho de la pantalla.
Son las 23:58 y pasa
un bondi por la puerta de casa.
El chofer y sus improbables pasajeros
comenzarán el año esperando
el verde en el semáforo de Sáenz.

El verano termina

Cuando sacás la campera del placar.
Cuando sacás la frazada del placar.
Cuando las chicas ya no usan havaianas (y se suma otro verano en el que no me cogí a una chica que use havaianas).
Cuando ya no da sacarse la remera mientras caminás por la vereda del sol.
Cuando sacás el mosquitero de la ventana para poder cerrarla porque está fresco para dormir con la ventana abierta.
Cuando se terminan los jueves de Dancing en el Konex (uh, este año hubo sólo unos pocos jueves y no fui a ninguno).
Cuando el vecino se levanta y, como siempre, hace ruido y me despierta, y al despertarme apenas se ve un atisbo de crepúsculo entrando por las rendijas de la persiana.
Cuando te volvés a acordar de aquella canción de los Doors.
Cuando es 20 de marzo. Cuando anochece un 20 de marzo y se forman nubes negras sobre el descampado que cruza el 341 y se levanta viento, anticipando una tormenta que, sin embargo, pasará sin agua, pero bajando la temperatura. (Cuando te bajás del colectivo y tenés que correr porque hace frío).
Cuando te das cuenta de que te subiste al bondi de día y llegás de noche.
Cuando cierra la heladería. No, ese no es el fin del verano: ese es el fin del año.

Yo no tengo la culpa si naciste mujer

–Yo no tengo la culpa si naciste mujer. ¿Naciste mujer? Tenés que fregar los pisos. Yo nací hombre, tengo que salir a buscar la plata –dice él, levantando su voz de alcohol y sustancias.
–Bueno, andá a buscarla –responde ella, con su bebé de (pocos) meses en brazos.
–¿Te falta?
–¡Qué machista! –tercia otra, tal vez la misma rubia teñida que un rato antes, cuando pasé a la ida, amamantaba a su bebé sentada en el umbral de ese edificio de dos pisos, conformando una escena de las que me hacen pensar "mirá si me mudo y me tocan vecinos así".
–Machista no. Es así… ¿Te falta? –insiste él, justificando que no salga a buscarla, mientras sus voces van quedando atrás y solo alguna palabra sobresale, pero ya no alcanza a conformar un sentido.
De lo que yo no tengo la culpa es de que seas una forra negra cabeza rolinga noséqué, o una calentona irrefrenable, o ambas cosas, que se abrió las gambas para ese trogoldita que, botella de cerveza en mano, camina en cueros y en patas por la vereda, donde estacionó su auto, mientras todos están a su alrededor como si fuera un tótem de cuatro ruedas, y circulan birra y faso frente a bebés de meses sobre el fondo del anochecer que cae tras esa avenida de barrio de un confín de la ciudad.
No tengo la culpa de que te hayas dejado seducir por ese espécimen y le hayas dicho que sí, ni de que hayas cogido sin forro y te hayas dejado acabar adentro. No tengo la culpa de que ni siquiera se te haya ocurrido abortar.
Con gente como vos ninguna empatía me surge, ni me va a surgir cuando te deje y no te pase alimentos, o cuando te cuernee o cuando te maltrate de modo más contundente.

Visitando guardias, juntando maltrato

Venía pensando hace bastante tiempo en ir a la guardia psi de algún hospital público porque a veces me latía la cabeza, del lado derecho, como anticipando una convulsión producto de la incomunicación. O algo así.
Y no es casual que haya decidido ir, cruzarme toda la ciudad en bondis, y después esa zona horrible a pie, cuando se desvaneció de golpe el lugar que más palabras me hacía producir, aun cuando pocas de ellas pudieran llegar a destino. Cuando mi dentista, casi siempre muy amable, me cortó menos cincuenta y ni un beso me dio para saludarme (y se escabulló para no despedirse de mí), se me acabaron las posibilidades –ínfimas– de palabras. Entonces, no demoré más, como suelo demorar siempre, me puse los lentes y fui de una al hospital.
¿Cuánto sopor causa el aire acondicionado de los trenes y colectivos que tienen esas ventanas que no se pueden abrir? Bostezos que se multiplican y una caída considerable en la energía hasta llegar al lugar donde debo bajarme. (Y una mina de voz taladrante y acento shileno sentada medio viaje en el asiento inmediatamente posterior, quemándome la cabeza mientras hablaba con su pareja del tipo que se la quiso levantar diciéndole "te dejo manejar mi Audi" y cosas así).
Al llegar veo que en estos años que llevo sin ir pusieron aire acondicionado en la guardia. Y sacaron los bancos de madera, reemplazándolos por sillas individuales plásticas (unidas con un coso por abajo) que tienen los apoyabrazos muy altos, de modo que sea imposible acostarse a dormir. En una pared, no podía faltar, un afiche de ATE dice que "Macri es hambre". Cuatro pacientes esperan: madre de 30 con nena de 3, octogenario con señora lumpen que lo acompaña, tipo de barba de cuarenta y tantos, muy flaco y con la piel como despellejada o quemada, y mina medio gordita, de treintayalgo, que se muerde los labios, como masticándoselos, que casi no cierra la boca, seguramente por la medicación, y que en un momento deja ver cicatrices en su antebrazo izquierdo, cubierto el resto del tiempo por la campera que lleva doblada en él.
En la hora y pico que durará la espera, mientras va llegando más gente, el viejo se queja de lo lento que atienden. El de seguridad viene, se fija si están atendiendo y le dice al viejo que ya viene otro médico. Antes o después, un chabón entra, se acerca al de barba, se presenta como interno del hospital, le pregunta si le puede hacer una pregunta "con todo respeto" y le ofrece ropa en venta, "mirá lo que es este buzo, es de marca". Ante la respuesta negativa, el interno olvida sus buenos modos: le pide plata, después le pide una moneda; pide cualquier cosa porque su logro es, simplemente, sacarle algo. El tipo le dice que no comió nada en todo el día y le corta el speech pedigüeño.
Salgo de la sala de espera para evitar al lumpen y trato de dialogar con los gatos, maullándoles. (Te dije que estoy en crisis de in-comunicación). No me responden. Como mucho, me miran, interrumpiendo su paseo por el parque. Pero ninguno me responde ni se acerca demasiado.
Pasa el tiempo, el vendedor de ropa sigue insistiéndole a cada uno que llega a la guardia. O tal vez no a todos, tal vez sea indescifrablemente selectivo. Entra una interna paraguaya, claramente sufriente, malvestida con un camisón rotoso, ojotas y una camperita sobre los hombros para protegerse del fresco. Le pregunta si tiene crédito para llamar a Paraguay a un tipo de cierto buen pasar que acompaña a su esposa. El tipo es muy desagradable con ambos, con el vendedor y sobre todo con la interna, a la que le dice "por eso tenés que estar acá" cuando ella le cuenta su historia, cierta o no.
De pronto, empiezan a atender más rápido, los pacientes entran y salen con velocidad de los cubículos de atención. Me toca a mí: una casi cincuentona petisa, flaca y mal teñida pregunta quién sigue, y mi boca pronuncia "yo", pero mi cabeza dice "cagué". Desde el primer momento, desde la primera impresión que exhibe su lenguaje corporal, sé que la empatía será un quimera.
Por supuesto, no se presenta. No dice ni su nombre ni su especialidad ni nada. Ni siquiera sé si es médica, salvo por su lenguaje corporal despreciativo, el cual me da más certeza que cualquier título. Me toma los datos en un papelito, en una hoja del recetario; me pregunta, además, si tengo obra social. Le digo que tengo el plan Cobertura Porteña. Me pregunta, con tono despectivo, qué es eso. Es un plan del gobierno de la ciudad, le aclaro, y, como otra vez me dijeron que no sirve para nada, le digo que no sé si califica. Las que no califican son mis palabras…
Me pregunta por qué fui. No me parecía que diera decir que me muero de incomunicación, que –lo noté el otro día– necesito un abrazo grato y el movimiento de energía y de neuroquímicos que genera, ni mencionar mis problemas con las drogas, que reaparecen cuando reaparecen en mi cabeza o en mi boca esas palabras ("el jueves toca Dancing, te invito") que no puedo decirle a nadie a quien me dé ilusión decírselas o las imágenes de cómo sería si sucediera. Entonces trasladé en el tiempo un hecho que me sucedió hace un par de años, alguna de mis batallas con el pánico. Me mira con mirada hueca y me interrumpe a cada rato, como si tomara un examen de mala gana.
Cuando quise decir que eso se potenciaba por el contexto que estoy viviendo, me cortó de nuevo y llevó la conversación hacia un lugar del que nunca volvió. Así, no pude decir que estuve diez días sin hablar más que con cuatro personas. Que esperé los días para ver a mi dentista y romper esa racha casi como un preso los tacha del almanaque; para, además de hablar, encontrar un toque de comunicación, y que estuvo re cortante ("ah, Olga, hola" dijo con el tono que se usa ante lo inevitable, casi como un "ah, vos", y la vez siguiente ni un beso me dio). Y que quizá no nos veamos más. No pude decir que se murió mi viejo, lo cual suele garpar. No pude decir que estoy bebiendo más. No pude decir que vivo con una persona al borde del delirio místico (o definitivamente en él, ya no sé), que el abogado me bardea diciendo "lo vamos a hacer entrar al siglo XXI" porque no tengo teléfono y que entre ambos me puentean con las cosas que nos incumben a los tres.
No pude decir que no pude decir "feliz cumpleaños" un par de veces que me hubiera gustado, que habría sido un destello de comunicación si esas dos palabras hubiesen sido pronunciadas y bien recibidas. (No pude decir que pensé en mandarle por mail la última oración a una de esas personas y que desistí cuando volví a recordar todo su silencio, el mismo que me había hecho desistir de decírselo). No pude decir toda la energía que pongo acá, todo el tiempo que me lleva buscar una palabra, cuyo resultado será la nuda nada.
Me dice que lo que refiero es algo "leve" y que haga psicoterapia. "¿Qué posibilidades tenés?", me pregunta. "¿Qué me quiere decir?", le respondo. Entiendo que se refiere a posibilidades económicas, pero ni decirle que soy pobre puedo, que tengo los ingresos de un indigente, que no tengo trabajo y que, seguramente, no podré tenerlo. Me dice que use el plan ese, y todo es tan rápido que no puedo decirle que esa cobertura del GCBA sólo tiene médicos clínicos. Agrega, sobre mis palabras, o sobre mi preparación de palabras, que en el hospital están dando turnos para junio.
Dale. Total, puedo sufrir tres meses más, puedo convivir tres meses más con la cercanía de la convulsión o del estallido. Es una sensación re copada. "Si no, venís de vuelta", dice cuando ya me lleva en su ola hasta la puerta. Y ni una buena tira al final, ni un "si pudiste dominarlo antes, ahora también deberías poder". Nada. Cero empatía, cero contacto, cero comunicación. Te tiran a la basura, a esa avenida oscura y desolada.
(Al día siguiente, llamo al teléfono del dichoso plan para confirmar si hay psicoterapia, y, obviamente, la respuesta es negativa. Y cuando le pregunto, retóricamente, a la mina que me atiende, que sí me dio su nombre y apellido –porque los telefonistas están obligados a identificarse, pero los médicos no–, qué hago ahora que la médica me dio un dato mal, me responde que vaya al hospital donde hice el trámite, que allí me van a dar folletería. No quiero folletería, quiero respeto y atención, reventados hijosdelamierda).
Nadie se entera ni de la cagada de la médica anónima mandándome a un lugar que no es, ni de su desconocimiento de los planes que ofrece su propio empleador, ni de mi padecimiento ni de nada. Cero reclamo acreditado. Todo funciona perfecto, en todo estás vos. Y el esfuerzo que uno hace tratando de pedir ayuda ANTES de reventar es al pedo. Parece que quieren que uno reviente, que vaya hecho mierda, temblando y mordisquéandose los labios como la chica de las cicatrices. Que sea eso. Que seamos mierda.
Ya es de noche y no quiero cruzar esa zona laberíntica e inhóspita. Entonces doy la vuelta para salir por Agronomía. No sé qué bondi tomarme ni dónde bajarme. Cuando llega el 146, de pedo le digo "hasta Medrano". Me cobra 6,25 y en el cuadro tarifario veo que la sección termina en Medrano.
Viajo en el primer asiento. En una parada, golpea la puerta un tipo apurado que está hablando por celular. El chofer le abre, el tipo le pregunta si va a Acoyte y Alberdi, el chofer le dice que no, mientras yo, simultáneamente, también le digo que no y de la nada agrego que se tome el 135, al que vi hace un rato delante nuestro. Demasiadas, irrefrenables ganas de hablar parece que tengo, porque me sale un dato –correcto– de un colectivo que jamás en mi vida tomé.
Llegando a destino pienso en pasarme una parada para caminar menos, pero es tan obvio que estamos en Medrano, y yo estoy en el primer asiento, y capaz el chofer se acuerda de que pedí hasta allí, que no me parece. Bajo, empiezo a caminar, decido volver caminando y no tomarme otro colectivo que me dejaría a un par de cuadras de casa. En un momento del largo trayecto, veo un billete verde nuevo en el piso. En un solo movimiento me agacho, lo recojo y lo aprieto en la mano, sin guardarlo en el bolsillo para que el forcejeo que debería hacer con los bolsillos rotos del pantalón no evidencie que encontré plata. Un par de cuadras después abro la mano y develo la incógnita: no es uno de quinientos, como la otra vez, pero son cinco pesitos. Gracias, digo, como siempre. Gracias a quien corresponda.
Sigo caminando, no sé cuántas cuadras ya, y en un momento diviso, unos metros más allá, en la esquina, a un perro sin correa ni bozal que deambula indeciso, sin saber si agarrar por la calle o por la avenida. No sé si está perdido o si sus desaprensivos dueños lo sacan a pasear en esas condiciones. Cruzo la calle para evitarlo mientras digo, casi en broma, "juira, perro", y antes de llegar a la otra vereda descubro un sol brillando en el asfalto de la noche: una moneda de un peso que rápidamente va a parar a mi mano mientras esta vez le agradezco primero al perro. Y también a quien corresponda, a esa misma entidad a la que le pedía "ayudame con S.......", sin que me haya ayudado. Me da plata a veces, pero no está para darme amor.
Paso por la plaza que está cerca de casa y a esa hora, tipo ocho y pico, hay bastante gente corriendo. Un hijo de puta estacionó la mitad de su auto en la vereda y las varias personas que vienen en fila india deben pasar por el estrecho margen que dejó el sorete ese. Algunas caminan, otras corren, creo que hay una mujer con un cochecito de bebé. Me hago a un lado para que pasen, mostrando, como siempre, solidaridad runner. Una chica un poco petisa, tal vez un poco gordita, piel blanca, remera blanca, viene a buena velocidad, supera a quienes encabezaban el grupo, me mira, me mira, pasa a mi lado mirándome, y cuando supera mi posición dice "gracias" con una sonrisa amplia, gustosa. "De nada", le digo alzando la voz porque se va, se va, se fue. Dios santo, cuánto hacía que no me pasaba eso: una piña en la frente fue. Una fucking sonrisa, de eso estamos hablando. No de hablar con alguien (situación en que arruinaría todo a la segunda interlocución), no de un beso (chocaría dientes, como la última vez, en julio, con la escort joven de concha maloliente). Una mísera fucking enorme sonrisa.
Voy llegando a la esquina y decido doblar, en vez de seguir hacia mi casa. Doblar para cruzarla de nuevo, una vez más. "Yo sé que esto no se hace", me digo, pero, bueno, es lo que hay. Doblo, llego a la otra esquina, sigo esquivando corredores, y la mina no aparece. Doy toda la vuelta, hasta el sector de la posta aeróbica, donde hay un par de chicas con remeras blancas que podrían ser ella y una con un chabón de barba en el coso ese donde te sentás y levantás tu peso tomándote de unos manubrios. No sé si alguna es ella. No quiero mirar mucho. Ya fue. Quizá lo soñé.
Ayer y hoy fui a esa hora, pero tampoco estaba. Capaz que lo único que me queda es poner un monolito allí, junto al árbol, como un monumento a la sonrisa. Y escribir acá para no convulsionar. Porque ni siquiera puedo suicidarme, que es lo que correspondería, y dedicárselo a todos los que me dejaron de lado. (Bueno, a los que me dejaron de lado malamente; los otros… qué le vamos a hacer).

miércoles, 8 de febrero de 2017

El puente

Tengo terror a las alturas. Un miedo cerval, literalmente paralizante, como el de la última vez que viajé en avión, cuando cruzar el puente peatonal sobre la costanera para llegar a Aeroparque fue un sufrimiento enceguecedor mientras mi madre casi me arrastraba de la mano.
En especial a los balcones y a los puentes. Sobre todo si las barandas no son muy altas, totalmente altas, hasta arriba, hasta el techo, como el puente de la estación Liniers, por ejemplo. Ahí está todo bien.
Puedo cruzarlos, sin embargo. De hecho, al menos tres veces me propuse cruzarlos para tratar de vencer esta tara irracional. Y lo logré. Pude cruzar dos veces el puente de Bustamante y una vez el de Constitución sobre la 9 de Julio. Pero claramente no pude superar el miedo. Sufrí como un cerdo mal degollado y decidí no intentarlo más. (Los puentecitos de mierda junto a los diques en Puerto Madero puedo cruzarlos porque son cortitos, pero siempre voy por la calzada, y nunca por el sector peatonal).
Esta tarde, cuando pido el boleto, la máquina me devuelve, junto con el pitido de confirmación, la mala noticia de que estoy menos quince en la Sube. Mala noticia por el saldo negativo y más mala porque voy a Valentín Alsina, donde no hay subte y la estación de tren está en zona no recomendable. Y no sé si es fácil encontrar otro lugar donde cargarla, en especial uno donde no cobren el recargo ilegal que muchos lugares cobran.
El viaje se hace lento, pese al Metrobús y sus paradas excesivamente espaciadas, al entrar en Pompeya. Vamos casi a paso de hombre, y supongo que puede deberse a que la calle principal de Alsina está cerrada por arreglos. Pero me llama la atención que quienes vienen de provincia no tengan ese problema y pasen a velocidad normal.
En el primer semáforo después del puente descubro la razón. Además de esa calle (Perón ex Alsina no es una avenida, por más doble mano que sea) cortada, en la avenida que baja del puente hay un solo carril libre en sentido provincia porque están hormigoneando la calle, seguramente para las paradas de los colectivos.
Miro un poco la zona, buscando dónde cargar la Sube, pero no encuentro. Voy a donde quería ir, y mientras voy o mientras vuelvo me doy cuenta de que podría cruzar el puente caminando. No por la pasarela lateral, junto al vacío, y separado de este sólo por la baranda bajita. Por la vereda estrecha que hay junto a la calzada, a la que recién hoy descubrí a través de la ventanilla del bondi lenteja. No un día normal, con autos y camiones y colectivos pasando rápido por el asfalto ondulado del puente. Hoy, que el tránsito está trabado y nadie va a más de veinte por hora.
Con el riesgo objetivo disminuido por la velocidad escasa y el temor a dos barandas de distancia, vuelvo al lugar con la decisión tan tomada que dejé de prestar atención a los negocios donde cargan la Sube, total, la cargo después, donde sale el bondi, en la plaza frente a la iglesia. O en la estación. Paso por esos locales lúgubres, abandonados desde hace años, cruzo la avenida, encaro para este lado del puente y empiezo a caminar por la vereda. Alguno en bici se manda por ahí y hace mucho más rápido que los autos y los camiones.
De pronto, la pared maciza que tengo a mi izquierda desaparece y a la altura de la vía, mientras la cuesta arriba se acentúa y yo me alejo más del suelo, lo que empieza a separarme del vacío es una puta baranda que me llega más o menos a la cintura. Dudo, me detengo, miro para abajo, a la gente que camina por la calle rumbo a la escalera para cruzar por la pasarela lateral. Trato de seguir, camino un poco más, me corro porque viene otro ciclista, y no puedo más.
Y me vuelvo.
Ni siquiera llegué a la reanudación de la pared, que está unos metros más allá, después de un segundo tramo de baranda, según veo ahora en Street View. (Mido en la web y compruebo que sólo pude hacer ciento y pico de metros de los cerca de quinientos cincuenta que tiene el trayecto total). De golpe, no pude seguir. Simplemente no pude.
Tenerlo tan fácil, con las condiciones más cercanas a las óptimas, y no poder hacerlo fue una bomba de fragmentación.
Supongo que el origen del terror se remonta al balcón del departamento de mi abuela, un noveno piso a la calle con una baranda estándar, sin cerramiento. Alguna vez me habrán dicho una de esas cosas que les dicen a los chicos para asustarlos y que no jodan, y ahí se cagó todo.
Fuuuuuuuuuuuuck. Acabo de recordar que siendo chico –chico chico, cinco o seis años– fuimos con el jardín o con el colegio no sé a dónde, a un lugar donde había dos toboganes, uno de ellos notoriamente más alto que el otro. Yo, re pulenta, quise subir a donde se subían no sé si todos, pero unos cuantos, tal vez la mayoría: al más alto. Y en la mitad de la escalera me venció el miedo y tuve que romper esa especie de línea de producción que son los toboganes. Me acuerdo del color con el que iluminaba el sol, y que di media vuelta, pedí permiso a quienes estaban detrás mío, que tuvieron que correrse a un costado del peldaño o retroceder hasta el piso, y me bajé. (Por suerte no recuerdo si lloré, qué me dijeron o cómo lo manejé).
Vuelvo, con una lápida sobre mi alma, a la avenida. Pregunto dónde mierda cargar la Sube, me dicen, la cargo (¡no me cobran de más!), busco dónde mierda paran los bondis desviados por la calle cortada mientras pienso en todo esto, los encuentro, me vuelvo.
Pienso, también, en cuántas cosas más de este tenor habrá en mí. Intuyo la comunicación, los horarios, el cuerpo (andar sin remera, el garche)… Seguramente habrá otras que ni siquiera se me ocurren.
Y la resistencia que agito en el otro post se ve, de golpe, tan ridícula. Ninguna resistencia, idiota. Situaciones así muestran nudamente lo que hay y lo que no hay. Y lo que hay es esto, que no deja lugar para nada: ni para palabras como estas, con las que paso todo el mucho tiempo que me lleva ordenarlas y buscar una mejor; ni para entusiasmos previsiblemente vanos con nadie; ni para pasar por la web a ver si un comment, si un mail…, ni para pensar qué carajo haré con mi vida cuando caiga, finalmente, la ola que nunca cae.
No es una cuestión de los demás, no es una cuestión de voluntad propia: es una cuestión de no poder, de no estar en condiciones. Y cuando te encontrás con esto, que seguramente se intuye –como dijo la chica lúcida alguna vez–, cuando es tan abrumadoramente obvio que debajo de cualquier cosa, de diversas formas, aparecerá esto, ¿de qué te disfrazás?, ¿cómo lo maquillás?, ¿cómo lo cambiás? ¿Cómo seguís? Sí, ya sé: olvidándome. Hasta el próximo puente o hasta la próxima situación no tan fácilmente identificable donde me encuentre con que, desbordante de confianza y de símil normalidad, intento lo que hacen todos y no puedo. Hasta que la realidad me lo estrelle de nuevo en la cara. Y el circuito eterno vuelva a ocurrir.

Resistencia (La endogamia de las redes sociales)

La web como lugar para conectarse con el afuera es parte del pasado. Desde hace un tiempo, tal vez desde que el uso del teléfono para acceder a internet se multiplicó enormemente, comenzó a dejar de ser un espacio donde uno emitía para el infinito, para el universo, para todos, dejando una huella, o tratando de dejarla, y se transformó en algo cada vez más endogámico, en el que sólo nos relacionamos con gente que ya conocemos.
Antes, tenías un Fotolog y lo podía ver cualquiera. Facebook mató a Fotolog, y sus diversos filtros de privacidad limitan la posibilidad de que se vea lo que publicás: nadie que vos no quieras podrá verlo (salvo Facebook, su software de reconocimiento facial, la NSA y algunos pocos más).
Y si bien Facebook mató a Fotolog, lo que más se le asemeja es Instagram, que vendría a ser como Fotolog, pero con videos y sin Cumbio. Y con la obligatoriedad de tener teléfono. Y con la chance de que la cuenta sea privada. También Twitter tiene la opción de cuenta privada, de que tus contenidos sean visibles solo para quienes vos querés. Pero, como escuché el otro día, la gente usa la opción de cuenta privada en Instagram muchísimo más que en Twitter porque es más importante lo que se muestra que lo que se dice.
Hasta no hace mucho, grabar un video con el celular tenía como destino subirlo a Youtube. Es decir, ponerlo a disposición de todos, de cualquiera que llegara a ese link a través de los algoritmos de Google. Entonces, los usuarios podían, por ejemplo, repasar fragmentos del recital al que habían ido o al que no habían podido ir. Luego, no hace mucho, eso cambió, y ya no se grababa pensando en Youtube, sino para "compartírselo a" los amigos de Facebook, usando el verbo de esta forma novedosa, tan horrísona como incorrecta, sin la etimológica preposición "con". Ahora, tan poco tiempo después, es, simplemente, para mandarlo por WhatsApp.
Así, de todas las personas que pelaron celu y grabaron en el último recital de SMM al que fui, ni una lo subió a Youtube. Ni una. Ni siquiera los que grabaron con cámara profesional para la banda.
De similar modo, hubo un tiempo en que sacar fotos de tus vacaciones o del lugar donde vivías era para subirlas a Google Earth, a través de Panoramio, recientemente asesinado por Google. Cualquiera podía ver tus fotos de Necochea, de tu barrio o de tu viaje a Nueva York; podía ver las fotos de todos los usuarios y podía buscar en el mapa las fotos de cada lugar. Ahora, casi nada de eso queda. Más allá de que Flickr sobrevive (y más acá de que es una reverenda mierda para eso), Facebook conquistó también ese territorio, y allí solo las verán tus amigos, a menos que decidas publicarlas públicamente. Y que, en ese caso, uno tenga la suerte de caer en tu perfil y ganas de ahondar en tus álbumes, los cuales suelen tardar vidas en cargar.
El tiempo de los blogs pasó hace mucho. Los que pueden escribir, se fueron a Twitter, donde no hace falta tener la capacidad de hilar más de dos oraciones (los que no, se comunican con memes en Facebook). Twitter, de hecho, es lo más parecido a un lugar de aquellos donde uno emitía para el afuera. Sin embargo, prevalece también allí, como en Facebook, la lógica numérica de la multitud: cuanto más seguidores o amigos tengas, más groso sos. Y si no te conmueve la grositud del número, o no podés alcanzarla, tanto en un lugar como en otro tus amigos, parientes y demás integrantes de tu entorno serán el núcleo duro de tus seguidores, y, por ende, el público más probable de tus envíos.
De esta forma, todos circulamos en micromundos donde nadie puede entrar, reforzando lo que ya tenemos, salvo que no tengamos nada. Donde subís 1423 fotos, de las cuales son públicas menos del diez por ciento porque lo que elegís mostrar está dirigido a tu público cautivo, a reforzar la imagen que tienen de vos los que ya te conocen.
Como yo no tengo amigos ni seguidores ni nada; como no tengo familia ni conocidos de los diversos ámbitos en los que (no) me muevo, y como a la gente de mi pasado en general sólo querría verla para escupirle la cara, sigo en Blogger. O porque lo que tengo para decir –que no puedo decírselo a nadie de otro modo– excede los 140 caracteres. O porque alguna vez funcionó y hubo signos vitales. Sigo como una forma de resistencia. Resistencia contra todos, contra todo. Contra la nada.

lunes, 6 de febrero de 2017

Una comunicación esencial

Tiran luces sus músculos faciales cuando le agradezco, a instancias del tipo que cobra, su gestión, aunque nunca supe exactamente cuál fue o si puso plata de su bolsillo.
Un toque baja el fulgor, y caigo en nuestras manos, que convergieron, motu proprio, en el mismo punto del universo. Entre pacientes ansiosos o somnolientos, está sucediendo uno de los gestos que más profundo resuena en mí.
De tanto recordarlo sin encontrar la ocasión propicia para decírselo, comprendí que se trataba de una comunicación esencial pese a la carcasa abollada de la sociabilidad.

Antes de que vos te vayas y yo desaparezca

(La máquina de cortar con enter queda a tu cargo)

Cicatrices por segunda
Cualquier excusa es buena
Poco placentero
"Las ambulancias terminan devorándose todo"
Sólo sucede en sueños
Una blusa blanca
Los días del humo
Tiempo y espacio
Ella duerme al lado mío
Yo voy por escalera
Hay cadáveres (versión vegana) 
V.onus track

La vida de los hijos es la muerte de los padres

Y ellos rehúsan morir. Incluso cuando ya están muertos y llevan años a merced del viento.
"Quiero que [quien esto escribe] se relacione conmigo como cuando tenía 25 días de vida", programó mi madre en su control mental. (Entre tantas otras cosas similares que habrá programado y que desconozco).
"El departamento lo ponemos a tu nombre, pero tenés que firmar un papel que diga que no vas a poder usarlo hasta que yo me muera", propuso mi padre aquella vez.
"Todavía no me morí", dijo mi madre cuando expresé mi deseo de que se vendiera este deptartamento y que me dieran mi parte.
"Vivir solo es para el que tiene buena salud", dijo mi padre, seguramente cuando regresé a trabajar tras ausentarme algunos días por enfermedad, y esa fue su única referencia a mi determinación –solo posible en los 90– de ahorrar, tan espartana como infructuosamente, para comprarme un depto.
Y la idea de comprar, en mi plena niñez, una parcela con tres lugares en el cementerio, como que me ponía un límite, como que también dice algo a este respecto…

viernes, 30 de diciembre de 2016

Posdata (de un mail sin respuesta)

Recordaba aquella frase tuya, enceguecedora de tan lúcida, "no te internaron, pero te internaron igual".
Así sigo. :(

Debería dejar las drogas

Tengo que dejar las drogas. No las ilegales, que, precavidamente, no consumo; no las legales que me interesarían, las cuales me resultan inaccesibles por la acción de esos policías del garche llamados dependientes de farmacias. Tengo que aflojar con las que produce mi cabeza cuando recuerdo y, como lógica continuación del recuerdo, las conversaciones y los hechos van más allá de donde llegaron en realidad.
A veces me resultan útiles porque hacen surgir palabras para usar una probable próxima vez o porque permiten revisar lo que pasa y poder verlo con otra perspectiva. Pero esto es otra cosa. Es dar demasiadas vueltas alrededor de ciertas situaciones, elegir pensar en ellas y recordar algo que no pasó ni pasará, sólo para producir y consumir sustancias.
Debería dejar la droga que produzco al pensar en un viaje a Necochea, en llegar pasando por el puente de todas las postales, en vislumbrar el mar que asoma al fondo de la 87, en el largo trecho de playa que hay entre la costanera y la orilla. Aunque pensar en esto me sirva para notar que no sólo se trata de ver nuevamente, después de treinta años, el mar. Se trata, también, de volver a escucharlo, a tocarlo, a olerlo, a sentir en la lengua alguna gota salada que salpique o algunos granos de arena que me lance el viento. Se trata de tocar la arena, con las manos, con los pies, de ver los caracoles, los más enteros, los más rotos, sus colores; de sentir el viento en la playa o en el parque... ¡El aroma del parque! De volver al único lugar de mi niñez al que querría volver.

Foto: Oscar Bravo. 

Debería limitarme a pensarlo un toque, cuando pinte –y en verano pinta más–, pero sin perforarme las venas, cual yonqui impenitente, buscando y bajando decenas de fotos en Panoramio antes de que cierre. Debería dejar de seguir enroscándome con eso porque es darle más y más entidad. Y porque no creo que vaya a suceder pronto en las condiciones que quiero que suceda, compartiéndolo con alguien ante quien no tenga inconveniente en mostrarme como un niño, con alguien a quien quiera regalarle la eternidad en mi memoria, con alguien que elija fumarse un par de días en función del tsunami de emociones que me sobrevendrán, porque no sé si voy a llorar, a desmayarme, a convulsionar o a tener ganas de hundir mi cabeza en la espuma de las olas.
Debería, también, largar la droga blanda que produce mi cabezota cuando paso por ciertas calles y en ellas veo trazos de los pasos que compartí con alguien –podría dibujar en la Filcar nuestros recorridos, dije alguna vez– o por los umbrales ahora vacíos en los que nos sentamos. Pinta la sustancia y de inmediato saltan palabras que ya no sé si fueron dichas en esas ocasiones o si son las que diría hoy si se repitiera esa situación.
Debería, sobre todo, parar de pensar en la persona a la que más veces vi en el año, profesional de la salud que con un par de gestos conscientes y otros no deliberados, pero resonantes, armó la cocina de estupefacientes más pesada de mi organismo.
De esos pensamientos recurrentes a veces sale una versión vegana de "Hay cadáveres" o alguna palabra que llegará a destino y quizá tenga como consecuencia más palabras, una risa o un gesto afectuoso (y, ya lo sé, nunca nada más que eso). Pero tanta droga crea una familiaridad inexistente en el mundo real, donde no hablamos todos los días, y es menester un esfuerzo extra para no confundirme. Y tener la presteza de evaluar si lo que anticipé puede realizarse o si, en cambio, hay que guardarse la gran idea para la próxima. O para nunca. Porque, como preví, antes de la intervención me preguntó si había desayunado, pero no hubo margen para la respuesta preparada, "no: te invito, ¿vamos?", y hacerla reír. Ni, después, para hacer el chiste de "si fuera Scioli, me sacaría el brazo, así laburás más cómoda".
Otras veces, la mayoría, no es más que darle a la maquinita mental que produce imágenes definitivamente improbables. Porque está claro que no va a haber –no podría haber habido– un jueves de Dancing en el Konex, dos días en Necochea, un 31 solos en Centinela o apurados en el tren San Martín, dejando pasar un par de estaciones para estar un rato más juntos. (Tan claro como que no iba a estar sin novio el año y pico que pasó desde que el anterior dejó de aparecer en sus redes sociales).
Era evidente que yo no iba a ganar ese concurso de mierda y su premio en efectivo, y menos me iban a avisar justo en un momento que compartiéramos. Que no iba a leer en ningún lado. Que no tengo nada para mostrar... Que no iba a haber ojos salados de emoción por el encuentro ni un gracias escrito en la espalda o un #Ojalá posteado en Instagram. Ni la promesa de un tatuaje con su nombre o con su firma si terminamos bien, ni el regalo que se me ocurrió hacerle. Ni el link de esa canción que habla sobre una ternura que pide a gritos su chance para entrar, aunque esto, no sé si por falta de oportunidad o porque es mejor evitar tanta intensidad.
Ni el que por un rato podría ser si me dijera que soy bienvenido.
No habrá más invocaciones –¡ayudame con S.......!– cuando encuentre dinero en la calle, una moneda de dos o dos billetes de cien y, como siempre, agradezca a quien corresponda. Ni siquiera habrá una intervención más, porque el otro tipo, el que decide, dijo "tres meses y medio", y para abril ya se habrá ido. No podré seguir leyéndole la cara (porque su cara es tan expresiva, a veces, que ¡aguante la expresividad de su cara!) ni conocer la expresividad de su concha. Ni verla fuera del contexto laboral, como la vi la otra vez, de lejos, cuando, casualidad o no, fui a correr a la plaza que está en la esquina de su casa.
Ni mencionar mi pasatiempo favorito, ni encontrar tu teléfono robado o perdido, ni hablar del 448, que, ¿viste?, cambió de color, o de todas las cosas que por suerte ya me olvidé. Ni chances de desearte feliz cumpleaños, porque supuestamente no sé cuándo cumplís, ni de decirte que sos mi residente de ojos verdes Stella Artois y dudar si tiro la frase como si fuera mía o no.
No podré hablar –ni mostrar– de lo ubicado que soy, de que quiero todo sin que eso sea óbice para que tome nota de cómo me ubica la realidad y cómo me ubico respecto de dónde me ubica. No habrá todas las palabras que podría decir, las de ocho hojas por escrito o apenas cuatro palabras certeras (¡¿cuáles serían?!) que permitieran salvar el abismo de las relaciones profesionales y cruzar la distancia que nos separa (ey, a veces no se cruza con palabras, debería fijarme). Si, sencillo y directo, decir que un par de gestos me dieron ganas de más. Si dar un millón de vueltas para tratar de no incinerarme en el desubique. Si decir, corta la bocha, me gustás.
No sé si habrá ocasión de mencionar el momento en que nuestras manos decidieron encontrarse en el mismo punto del universo y dieron forma a uno de mis gestos favoritos y decir el flash que fue. (El jueves te cuento). (No, no hubo).
Pero ni en el viaje más volado logro las palabras para decir lo que sentí esa vez que terminó de atenderme, se quitó los guantes y, de inmediato, volvió sobre sus pasos para ver, una vez más, lo que había hecho. Y con un dedo me tocó la cara, parte del labio del lado izquierdo. La sensación inesperada y estremecedora de su mano levemente fría en mi labio trastocó todo.
(Me hizo recordar a cuando, tipo 12 años, fui al médico porque tenía algún malestar abdominal, y me atendió una pediatra –fue la última vez que me atendieron en pediatría–. Y cuando la mina me pasó la mano por la panza tuve una sensación no te digo erótica. De otro tipo. Reveladora).
Fue la imagen del fresco de la Capilla Sixtina, un dedo vinculando con la vida, con la que –recordé por ese gesto– hay ahí afuera. Y acá adentro. Pero sin intersección posible. Demasiado exagerado todo esto a partir de un dedo sobre el labio, demasiada energía para tan mínima expectativa, para tan nulo resultado. Pero es lo que hay.
Y cuando llega el jueves de Dancing y no hay Dancing, cuando llegue el 31 y no haya tren, cuando llegue la despedida y no haya regalo ni teléfono ni una próxima vez, sólo el final, un chau, gracias, cuidate (sé que va a decirme "cuidate"), alto vacío de energía evaporada. Es salir a la calle y que ya haya amanecido. Es sentir que el alcohol ya se metabolizó. Es publicar el post y no salir del cero comment. Es lo que sucede cada vez que la realidad se impone y disuelve la ensoñación, y una parte del cerebro queda aturdida. O apagada. En corto. Dura abstinencia hasta que suceda otra cosa que resuene en mí, hasta que me invente otra cosa para no reventar, según dijo alguien que solía ser muy lúcida, y que dejó una sensación similar de mundos paralelos cuando se fue.
Debería, sobre todo, largar la droga de escribir, de pasarme horas, que se hacen días, buscando una palabra que me satisfaga y me explique mejor algo cuya explicación no me va a servir para nada y que no podré contarle a nadie. Si, no importa lo que vea, lo que diga, lo que (me) pase, siempre voy a estar afuera, en una ajenidad irreductible que ya es parte de mi piel.
Debería abandonar las drogas comestibles, que mi madre compra porque consume y deja por toda la cocina, cinco tipos distintos de quesos en la heladera por ejemplo, ya que activa comiendo (y rezando) los circuitos cerebrales vinculados con el placer. Y así, como al pasar, conspira contra mis intentos de bajar de peso y vencer a este cuerpo poca-cosa que me dieron.
Debería dejar todas estas drogas y volver al clonazepam, al zolpidem, a la carbamazepina. A visitar psicólogos y psiquiatras con sus teorías y sus drogas infalibles, cuyo fracaso sólo se puede atribuir a una falla del paciente. Volver a los hospitales públicos y reencontrarme con su maltrato y con esos pacientes a los que veo tan diferentes de mí, pero que quizá no lo sean.
O enfrentar el vacío, el fracaso de cada intento, como el de ayer, cuando de todas las palabras pensadas –que repasé en el viaje como en el tiempo en que daba exámenes ahí cerca– sólo pude colar torpemente las vinculadas con el fin de año, y no imprimieron nada. (Ni siquiera pude decir "feliz año" porque no hubo espacio para nada. Y no lo vi. No lo preví. No tuve la presteza de que hablé párrafos arriba. Y fue una cagada).
Y si se necrosan ciertos circuitos neuronales vinculados a la satisfacción o, tal vez, simplemente, a la humanidad, bueno... es lo que hay. Y si hay que desquiciar o paniquear, bueno... algún día va a ser. Así que...

viernes, 16 de diciembre de 2016

Sala de espera (Thick as a mic)

La sala de espera no tiene aire acondicionado. Ni siquiera un ventilador. Sólo un compresor, que no sé qué comprime, pero que cada tanto atruena con su sonido por un buen rato. Sé que es un compresor porque alguna vez un paciente habrá preguntado qué onda, sorprendido por tanto ruido tanto tiempo, y otro, más experimentado, le respondió.
Yo ya estoy entre los experimentados y, cuando algún novato llega y el desconcierto trasciende su mirada, puedo decirle que debe tocar el timbre para que lo anoten en la lista. Antes era la secretaria la que se encargaba de recibir a los pacientes y anotar sus nombres, pero ahora es una tarea asignada a los residentes.
A veces, justo sale un doctor y tiene que rebajarse a esa actividad. Eso sucede pocas veces, eso sucede ahora, con el que me citó a las nueve y me atenderá pasadas las diez. Abre la puerta para despedir a una paciente, y uno que espera aprovecha para preguntarle algo. Todos allí parecen tomar agua cafeinada porque caminan rápido y hablan fuerte. Escucho que el doctor le pregunta quién lo atendió la otra vez, pero la respuesta del paciente no me resulta audible. Sin embargo, sé que dijo Victoria porque él repregunta: "Hay dos. ¿Cuál es? ¿Una petisita?".
Fuck. ¿Qué necesidad de referirse al metro y medio de esa Victoria, y, encima, enfatizándolo con el uso del diminutivo? ¿Por qué no decir, simplemente, "la rubia o la morocha"? ¿Acaso yo pido por el pelado cuando voy a verte? ¿Acaso cultivo el desubique como para pedir por la petisita cuando voy a verla a ella? ¿Acaso ustedes se referirán a mí como…? No quiero pensar cómo.
Entran dos chabones a los que no sé si les nota más que son hipsters o que son putos. Como casi todo lugar público de cierto prestigio reúne a esa gente con los pobres, como el señor del banco de enfrente, que dejó apoyada en el piso la bolsa finita de almacén con un agua grande y un paquete entero de galletitas Granix. En la mano tiene otra bolsa, donde resalta un rollo de papel higiénico, y la cartera que le dejó su mujer antes de pasar al consultorio.
El señor, que debe andar por los sesenta y es rotundamente pobre, de a ratos duerme. Cuando en un momento del sueño echa la cabeza hacia atrás, la puerta de la habitación donde está el compresor se abre. Se despierta y manotea hasta cerrarla, dificultado por la carencia de picaporte.
Volverá a dormirse y a despertarse un par de veces más. En un momento de su vigilia, suena el teléfono de su mujer y el tipo arma otro gag de Buster Keaton buscándolo dentro de la cartera, a uno y otro lado de los papeles que seguramente son los análisis. Hasta que en el tercer llamado –porque el que llama es insistente– se da cuenta de que la cartera, del otro lado, tiene un bolsillo con un cierre y de que el teléfono está allí y no donde él buscaba.
A su lado también duerme alguien. Una chica joven, una especie de clon de Mimi Maura hace unos años, vestida en tonos amarillos, tal vez un vestido, tal vez una blusa y un pantalón, con zapatos de taco chino al tono. No recuerdo la ropa porque lo que se guarda con la forma de la sensación es su look, que rompe la uniformidad de los jeans de todas las otras minas que van ahí.
La acompaña, a su izquierda, un chabón que no sé si es el hijo o el novio. Por lo lampiño, por el color terroso de su piel, por su atuendo descuidado –el pelo revuelto, alguna mancha de lavandina en el jean, las zapatillas gastadas– y cómo contrasta con la prolijidad de ella, por su adicción al jueguito del celular, por la indiferencia que le obsequia, podría ser su hijo: un casi veinteañero grandote… Por lo incierta que me resulta la edad de ella, me surgen dudas.
Clon de Mimi joven duerme en varias posiciones que va cambiando a medida que algo la despierta o que la incomodidad le gana. Con la espalda apoyada recta en la pared, contra el hombro de él, apoyando la cartera en el respaldo si la pared le resulta muy dura, medio de costado, deslizándose en el banco, con la boca abierta eróticamente… Cuando elige el hombro derecho de su acompañante para apoyar la cabeza, el chabón ni se rescata en morigerar sus movimientos de jugador que hace fuerza para encontrar la última bola, para evitar al último monstruo, para lanzar la última bomba.
Ponele que ya no flasheás mirándola dormir. Ponele que tu adicción al celular no te permite rescatarte y procurar no molestarla. Pero… ¿ni un gesto de cariño? No. Ni uno. Nada. El boludo sigue jugando, y los cimbronazos de sus brazos y de su torso, y hasta de sus piernas, repercuten en ella, que a veces se reacomoda para seguir durmiendo contra el hombro. Y esa desconsideración, a la que veo tan propia de un adolescente, me hace pensar que podría ser el hijo.
Cuando sale otra paciente del pelado y entra el que está antes que yo, me acerco a la puerta y me siento en un banco más cercano a ella para ganar tiempo y caminar menos en el momento que llegue mi turno, como cuando caminamos hacia la punta del tren que nos deja más cerca al aproximarse la estación donde tenemos que bajar. Desde allí, Clon de Mimi y su compañía quedan completamente fuera de mi campo visual, que sólo apunta a la puerta porque ya me siento mal y me bajé en dos minutos el jugo que llevé buscando darle a mi cuerpo el azúcar que suele pedirme.
Solo una vez vuelvo a mirar hacia el lugar donde están. Ella ya se despertó, y en un instante su lenguaje corporal me quita toda duda: la veo pasando su brazo izquierdo por el espacio que queda entre el brazo derecho y el cuerpo de él, y esa forma de agarrar, esa forma de mirar no son las de una madre. El chabón, obvio, no suelta el celu, aunque ahora parece que no está jugando, sino mostrándole algo a ella.
Se me ocurren dos preguntas. Bah, tres. "¿Cuándo mierda me atiende el pelado?" es la primera. La segunda es "why not me?". ¿Por qué no puedo estar yo en una situación así? ¿Por qué no puedo dar gestos como los que no le dan a Mimi si puedo ver cuándo corresponden? ¿Por qué no puedo decirte las palabras que se me ocurrieron para dar cuenta, Victoria, de lo que vi de vos; por qué no puedo pegarte una dedicada y merecida chupada de concha? Podría hacer bien algo de eso. (Y probablemente fallar en casi todo lo demás). Pero ni siquiera califico.
La última, inevitable, ¿qué carajo hace una mina como esa con un chabón así?, sólo halla respuesta en una frase de Amalia Granata sobre el Ogro Fabbiani: "La tiene gorda como un micrófono".

Circular interna Nº 173

Temario: I. Frente a la masacre del boliche Cromañón
El fin de año venturoso que esperaba la burguesía y los sectores altos y medios de la pequeña burguesía e incluso franjas de trabajadores en blanco de grandes empresas de la industria y los servicios, se vio abrupta y violentamente empañado por la masacre del boliche Cromañón. (…)
Estas fiestas "tranquilas" se iban a dar en el marco de la coyuntura de luchas obreras de la que venimos dando cuenta, más allá del tradicional parate por las fiestas y el aumento de salarios a las capas bajas de los estatales y las sumas fijas a desocupados y jubilados, más los 100 pesos no remunerativos para los trabajadores en blanco. Todos los analistas burgueses auguran que ésta va a seguir durante todo el año entrante.
Pero los al menos 185 muertos y los cientos de heridos de gravedad -la peor masacre por causas no naturales de la historial nacional, equivalente en muertos a más de dos atentados a la AMIA- se convirtieron en un cimbronazo totalmente inesperado. (…)
En el marco de la situación no revolucionaria que hemos definido, la crisis actual es expresión de la crisis orgánica latente. Ibarra y su estructura política (construida con los requechos del Frepaso, sectores de la UCR y socialistas) son la principal base política del kirchnerismo en la Ciudad de Buenos Aires. De ahí, se entiende el "ruidoso" silencio de Kirchner durante los primeros cuatro días posteriores a la masacre, en los albores de un año predominantemente electoral donde la Carrió se perfila como primera en las encuestas en la Capital.
La "ayuda" que le quiso brindar a Ibarra con las declaraciones de su secretario de derechos humanos, Eduardo L. Duhalde, poniendo como responsables de las decenas de muertes a los jóvenes que habrían prendido una bengala (parte normal y ordinario del folklore roquero), más bien sirvió como un salvavidas de plomo. (…)
Nuestra política
La consigna de "Fuera Ibarra" debe ser la principal bandera de agitación. Junto con este, denunciar al gobierno de Kirchner y al conjunto del régimen como cómplices y encubridores del responsable político de esta inédita masacre.
Si la crisis se agudiza, se abriría la posibilidad de que se monten maniobras institucionalistas para evitar la caída revolucionaria de Ibarra. Allí nosotros tendremos que agitar abiertamente la necesidad de imponer con la lucha obrera y popular una "Asamblea Constituyente de la Ciudad que discuta todos los grandes problemas de las mayorías populares", como decimos en el volante nacional (aunque es aún prematuro y está en el plano de la propaganda ya que la clave hoy pasa por el derrocamiento de Ibarra mediante la movilización independiente de los trabajadores y el pueblo). (…)
Sucesos como el acontecido nos permiten a los revolucionarios agitar y propagandizar contra el capitalismo y sus empresarios, que como Chabán o Taselli no titubean un segundo en "ahorrar" en la inversión para la seguridad de los trabajadores y el pueblo en cada establecimiento, para lucrar más y más, convirtiéndose todos en potenciales asesinos. Hablan de "inseguridad", ¿quiénes la provocan? Mientras los capitalistas manejan hasta la diversión, no va a haber seguridad para el pueblo pobre. (…)
Lo sucedido desde la masacre y nuestra intervención
(…) A pocas horas de los hechos, el 31 a la tarde, se hicieron presentes en el lugar de la masacre alrededor de 70 compañeros de las zonas de Capital, pero no sucedió nada porque primaba el caos y la mayoría de los familiares no tenía idea sobre la suerte de sus seres queridos. Al mediodía ya estaba impresa y puesta en la página web del PTS la primera declaración del partido donde hacíamos responsables a Ibarra y el empresaria Chabán y exigíamos la conformación de una comisión investigadora independiente.
El sábado primero de enero participamos de una asamblea de los pibes callejeros en la Plaza Once, en la que primaba la bronca y un marcado rechazo a todo lo que oliera a partidos políticos. A partir de allí y casi espontáneamente, salió una columna de unos 300 a la morgue para exigir la entrega de los cuerpos. A la hora salió otra hacia este lugar, de unos 1000, en la que objetivamente la dirección política recayó en las fuerzas de izquierda que estábamos presentes: el PTS, el PCR y el PO, pese a la presencia de Bordón y Mellman, ambos padres de chicos asesinados que hoy trabajan en el Ministerio de Justicia kirchnerista con sendos sueldos.
Allí los cánticos que componían los compañeros, contra Ibarra y Chabán, marcando que se trató de un asesinato producto de la corrupción, diferenciándonos de Blumberg, etc., prendían entre los manifestantes, muchos de los cuales eran vecinos indignados. (…)
Con toda la audacia
1) Creemos que el partido debe intervenir muy audazmente en esta coyuntura. Muchos de los sobrevivientes o jóvenes familiares o amigos de los que fallecieron son trabajadores y/o estudiantes secundarios. En casi todas las estructuras nos enteramos de alguien que conocía a alguno que estuvo en aquel recital fatal. Además son varios los barrios que tienen muchos muertos, ya que venían en banda a ver a su grupo, como Ituzaingó, Villa Celina, María Elena, San Martín, etc.
En la Capital, los compañeros de No Pasarán y de En Clave Roja, junto a distintos grupos de izquierda y algunos sobrevivientes y familiares conformaron una comisión para hacer distintas actividades, como la realización de una bandera con tres consignas para la marcha del jueves. (…)
Tenemos que actuar con la mayor audacia en todas y cada una de las zonas y regionales partidarias, creando frentes únicos que nos permitan desplegar abiertamente nuestra política de clase. Tenemos que recurrir a todo tipo de iniciativas. Por ejemplo, en Capital hay chicos muertos de importantes colegios donde se pueden organizar comités con sus compañeros por el castigo a los culpables, haciendo todo tipo de actividades. La presidencia de los centros que compartimos en Sociales y en Filo de Córdoba tienen que ponerse al servicio de crear un ala de izquierda que quiera luchar hasta el final. (…)
El jueves 6 participaremos en Capital de la movilización, en principio sin banderas partidarias ya que la marcha está siendo convocada por el mismo grupo "Callejeros" (o sus seguidores) y explícitamente ponen en sus volantes la maccartista consigna "sin banderas políticas". Sí vamos a hacer banderas que expresen las consignas para la agitación. En las provincias tienen que estudiar si da para ir abiertamente como partido o no. No tenemos que descartar que éstas movilizaciones sean más de derecha que la del lunes, por la abierta intervención de los agentes de las distintas camarillas burguesas.
Debemos intervenir con todas las fuerzas partidarias. Todas esta actividad de agitación, propaganda y organización deben ser preparadas desde los equipos partidarios junto con los compañeros que integran los círculos marxistas y sus amigos. (…)

El sinfín del optimismo berreta

Cuando tengo la desgracia de que algún/a idiota me dé clases del optimismo infeliz con el que enfrenta la vida y me diga "yo vivo todos los días como si fueran el último", me dan ganas de preguntarle si coge sin forro. Me contengo, no sé si por urbanidad o porque sé de lo inútil de la pregunta, porque sé que no cogen ni les interesa.
También están quienes afirman que las cosas sucederán si uno las desea intensamente. Fuck, amigos, si eso fuese cierto ya me habría cogido a Demi Moore, a quien deseo desde que la veía en los afiches callejeros que publicitaban "Échale la culpa a Río". O a Carla Conte, que lleva doce años en el olimpo de la cabecera de mi cama.
La retórica motivacional que circunda el running y la actividad física en general está llena de pelotudeces así. Restallan en afiches y resuenan en las voces marciales de los entrenadores just do it, no pain no gain, impossible is nothing, no hay que bajar los brazos y la forrada cúlmine: el que abandona no tiene premio.
¡¿Perdón?!
Me cago en tu premio. Que te quede claro: me recontra cago en tu premio. No corro por un premio, no haga nada por tu hipotético premio. Ni siquiera por el mío, ya que mi cuerpo no toma mucha nota de mi esfuerzo y, en cambio, sí lo hace, cada vez, respecto de lo que como.
Y claro que a veces es mejor bajar los brazos y abandonar. Abandonar es una opción, es la opción mejor a veces. ¿O querés que me rompa? ¿Querés que me desgarre, que padezca la consecuencia de intentar sostener 170 pulsaciones más de lo que puedo? Chupame bien el orto… justo cuando vuelvo de correr. Forro de mierda.
En otro ámbito, el que te dice "ya vas a encontrar a alguien que te quiera" ni siquiera califica como optimista berreta: califica como cagón que no te dice abiertamente lo que subyace en esa frase: "Yo no te voy a querer ni en pedo". Otra baratura en esa línea, la del que dijo "vos sos un sol, alguien te lo va a decir", no me molesta tanto porque el chabón se suicidó, y me gusta creer –total es gratis– que lo hizo al comprender que no, que nadie te va a decir nada, al menos no por su sola afirmación.
Pero lo que más (me) suena estos días es esa gilada que insta a la acción, sea cual fuere esta, encararse a alguien, presentarse a un examen o pedir un adelanto del sueldo, porque "el no ya lo tenés" y "con intentar no perdés nada".
Error. No tengo el no. No tengo ni un no ni un sí. Y a veces es mejor eso que la confirmación del no. Sobre todo cuando ya tenés tantos noes que no te entra uno más. Que no querés un no más. O cuando intuís que el sí sería muy lindo, pero que rápidamente encontraría su límite en mi propia incapacidad.
De última, "te sacás las dudas", dice tu autoayuda de cotillón. No: de última, arruinás todo, generás una situación incómoda, te vas al pasto o quedás hundido en la leca, en un lugar del que no se vuelve –con los demás– y del que será penoso reponerse –para uno–. Y no me corras con que "si no lo intentás, no lo vas a conseguir" y "nunca vas a saber si había chances o no" porque esto no es un elogio de la pasividad, es una valoración de las probabilidades. Casi casi como cuando cruzás la calle.
Ni hablar si la persona a la que te encarás se enoja. Porque tal resultado confirmaría, además, que es una pelotuda de mierda. Llegado el caso, el rechazo me lo banco con solvencia y aplomo: estamos hechos de rechazos (más los tipos que las minas, más las gordas que las flacas), aunque su unanimidad es excesiva, es abrumadora, es infinita. Ahora, el enojo… Si, cuando te hablo de-sde lo mejor de mí, lo tomás a mal, andate a la reputísima madre que te parió por el culo. No quiero saber que sos así.
(La versión aggiornada de esa frase dice que "el visto ya lo tenés", lo cual tampoco aplica en mi caso, porque ni los mensajes me leen).
Y ahora que estamos cerca de las fiestas, por favor, no me vengan con los mismos deseos que me vienen repitiendo hace muchos años. Porque no alcanzan, no sirven, no se cumplen. Y sus palabras no hacen más que recordármelo.
No seamos optimistas al pedo. Cuando mi viejo estaba postrado, en parte por sus limitaciones físicas y en parte por sus limitaciones ¿neurológicas?, y estaba claro que ya no iba a salir de la cama, jamás le dije "que estés bien" o "que te mejores": me parecía casi un insulto, una demostración de no estar haciendo contacto con la realidad. Mi frase era "que estés lo mejor posible".
Así que no me digan nada. Porque pasó otro año y sigo sin cogerme a una chica que use havaianas, sigo sin ver de nuevo el mar, sigo sin correr una carrera, sin dormir normalmente, sin escuchar que me dicen "te amo", sin que me acaben en la boca y varias cosas más que podrían ser otro post. Y porque pasaron seis meses con mi dentist dándome demasiadas vueltas en la cabeza sin que percibiera ni un margen para decirle nada, menos aún cuando dijo que tiene novio, menos que menos cuando le dijo a otro paciente "tenés mi teléfono, cualquier cosa me llamás" y a mí nunca me dio el teléfono.
Y no me digan, en un clímax de conformismo, que qué bueno que al menos tengo diente de nuevo. Porque estuve diez meses casi como el Pepo, porque me dijeron "en tres meses lo tenés" y fueron seis, porque tuve que ir casi veinte veces y porque la stalkeé hasta saber cuándo es su cumpleaños y no pude ni decirle feliz cumpleaños.