viernes, 14 de diciembre de 2018

MP3 (II)

Salida de otro tiempo, una vidriera del Deep Constitución exhibe tres MP3. Tienen en rojo, negro y verde claro y brillante, como el que me regalaste esa tarde que tenías la gorrita de Black&Decker y un chupón de tu marido en la triple frontera del cuello, la nuca y la espalda.
Desde que se rompió, hace mucho, más o menos cuando empezamos a no vernos, lo conservo en un cajón con la ilusión de que se puedan recuperar las canciones que le cargaste para mí.
Ese mediodía en la calle Pavón pensé en comprármelo, pero no va a venir con la placita de atrás de la estación, con la nena gorda de lunar cuadrado que jugaba cerca, con el desastrado que te pidió fuego llamándote “amigo”, con esa tarde tórrida que terminó en diluvio ni con tu boca debajo de tus gafas diciéndome “feliz cumpleaños”.
Ni con la consecuencia del drag and drop, que no eran las canciones de Leonard Cohen, Gabo y los demás, sino el cariño concentrado en ese movimiento del mouse: devolverle la música al que no tenía compactera sana ni acceso a Youtube.

¿Cómo se porta?

La pregunta más habitual que escucho dirigida a un niño es “¿te portás bien?”. A veces es una pregunta elíptica, en tercera persona, dirigida a un adulto, pero cuyo destinatario interpelado es el niño: “¿Se porta bien?”.
No importa, parece no importar, si es feliz, si se relaciona con las personas de modo sano y fluido, qué le pasa, cuáles son sus deseos, sus alegrías, sus miedos, sus potencialidades más concretas, si su entorno lo estimula favorablemente…
Lo que prevalece es la disciplina. Más en esta época del año, cuando arrecia esa obsesión avivada por la posibilidad de chantajear a los chicos con el asunto de los regalos.

El primer mandamiento de mi religión siempre dijo NO PROCREARÁS.
Y el tiempo lo convirtió en irremediable.

Cumpleaños

Planificando respuestas plausibles para una conversación hipotética, porque ni en pedo admitiría con esa interlocutora que nunca hago nada para mis cumpleaños, mucho menos explicándole las razones (básicamente, que no hay nadie, y, luego, que a nadie le parece significativo, que cuando sucedió fue al pedo, que es más importante compartir en Facebook una noticia sobre las luchas populares que escribirme), se me ocurre decir que viste cómo es cumplir en estas fechas. Vos cumplís en octubre, tu cumple cae en martes, y te reunís con tus amigas el viernes o el sábado. O con tu familia un día y tus amigas el otro. O con tu novio. (No, a él no lo voy a mencionar). Yo quiero hacer eso y ya es 24. O 25. O 31. O justo tienen una de esas típicas reuniones para despedir el año.
Entonces –mentiré–, si alguien se acuerda y llama y tiene tiempo y ganas de verme, nos vemos. Si no, no. Mejor, desviar la charla hacia el tema regalos, porque eso también tiene sus contras, pero suenan más divertidas: salvo mi familia más directa, nunca recibí doble regalo, por cumpleaños y por nochebuena. En uno solo se condensaba toda la munificencia.
Podría agregar un par de anécdotas sobre mis cumpleaños. (Y omitir que pronto empecé a detestar ir a los cumpleaños de mis compañeritos de colegio, al punto que me transformé en the freak que no iba a los cumpleaños, y ya en cuarto grado ni se gastaban en invitarme. Suerte que no hay testimonio del momento en que madre e hijo decidían las invitaciones y decían "no, a fulano no, si nunca va", aunque alguna vez oí a alguno decir que mis padres no me dejaban ir… y NO. Era yo quien no quería ir a esos lugares donde era imposible encajar. Si me resultaba imposible hacerlo en un lugar estructurado, como el colegio, imaginate fuera de él… En especial, si los recuerdos que perviven son los de algún llanto porque no quería que mi madre se fuera, el de mi inhabilidad e incluso mi desconocimiento a la hora de jugar, o lo absurdo de esa vez que, buscando la calle Elía, donde vivía el cumpleañero, terminamos en Valentín Alsina cuando era en Parque Patricios).
La del mago vestido de payaso que hizo el truco de la guillotina en una zanahoria y, cuando iba a repetirlo en la mano de su asistente, yo me fui del patio corriendo y llorando. O la de Vera, el fantasma de amante de mi padre, y cómo agitaron su nombre mi madre y su madre para que yo hiciera un cumpleaños cuando ya no quería más de eso, porque "si no, tu padre va a ir a verse con Vera". Con todo, no recuerdo la presencia de mi padre esa tarde en mi cumpleaños.
O una que aparece como consecuencia de la activación neuronal, la del revólver de cebita que me regaló el hijo de un amigo de mi padre, que en aquel tiempo tendría veintipico. Al segundo tiro, ya estaba yo otra vez llorando, refugiado en la habitación de mis padres. Porque parece que desde mi temprana niñez –desde esa vez o desde cuando me llevaron al autódromo en el 122 a ver la Fórmula 1 y no soporté el bramar de los motores Cosworth– siempre tuve la tolerancia al ruido de un autista.
¡Me olvidaba!, aunque lo conté acá, del cumpleaños en que me regalaron una armónica y al ratito mi madre o mi padre, no sé quién, mandaron un comando, una amiga de ella, para que me sacara la armónica y la escondieran por años fuera de mi alcance.
Es sorprendente: siempre tuve esos recuerdos, pero nunca los había puesto juntos, nunca me di cuenta de (saco cuentas: el de 10 seguro que no festejé, ese de Vera fue el de 9 o el de 11) que tengo una memoria, aunque sea vaga y sostenida por diapositivas, de siete u ocho cumpleaños, y en cuatro de ellos pasaron cosas que fueron una cagada.
La hipotética conversación, si se da –y para darse debe suceder en el día exacto–, tal vez permita darle uso a esta frase prefabricada: "¿Te puedo pedir algo? ¿Me decís 'feliz cumpleaños'?". O tal vez no. Si me acuerdo de algún llamado que ¡hace veinte años! recibió el casete del contestador, si me acuerdo de que se reveló puro bullshit extemporáneo, seguramente no.
(Estábamos en al auto de A., acá en la esquina, porque no vinimos a casa ni fuimos a tomar nada. Me trajeron, seguro que no casualmente, del acto de fin de curso del colegio y nos quedamos charlando en el 147 un rato con ella y con S., ya que, para variar, mi escasa sociabilidad iba contracorriente: hablaba con las docentes y no con los compañeros. Y como tres veces en el devenir de la charla pasé el aviso de que "mañana cumplo años". La gorda obvio que no llamó. La otra, tan hábil para detectar vulnerabilidades, sí. Dejó ese mensaje cuya vida útil estiré escuchándolo tantas veces y hasta rescatándolo gracias al doble casetera, pero que no era más que un acto social, o un paso en su plan, y pronto se convirtió en un amargo recordatorio de la imposibilidad de cruzar las distancias con gestos como ese).
Quizá me quede con alguna cosa espontánea que suceda en esa hipotética charla, aun sin mencionar la fecha. (Seguramente será lo mejor no mencionarla, hacer como siempre y no darles entidad a esas construcciones sociales ni usarlas para salir de la dinámica habitual, de lejana y limitada cercanía, y tratar de acceder a un lugar imposible, porque lo único posible a través de ellas es una comunicación que tiene la misma consistencia y fecha de vencimiento de los brotes de soja). O quizá me quede sin nada. Como si no existiera. Como suele suceder. No es tan grave, supongo.

domingo, 18 de noviembre de 2018

MP3

El MP3 que me regalaste se rompió hace tiempo, más o menos cuando empezamos a no vernos.
Se cayó desde el borde del cajón semiabierto de la mesita de luz, donde hacía equilibrio mientras lo cargaba. Un cable corto, un movimiento torpe y una trayectoria descendente de diez centímetros fueron suficientes para que palmara. Intenté revivirlo, claro, pero fue en vano.
Igual, no lo tiré. Quedó en otro cajón con la ilusión –diezmada por los años, atizada cuando me acuerdo– de que sea posible recuperar las canciones que le cargaste para mí.
Yo siempre quiero rescatar el núcleo de las cosas, aunque su exterior esté out of service.

El ladri de Rieznik

Yo no cursé con Rieznik, cursé en la otra cátedra, la del tarado de las AFJP que usaba las clases como espacios publicitarios para todo el sistema de jubilaciones privadas en general y para la AFJP que presidía en particular, así que no sabía cómo era Rieznik. Para mí sólo era un nombre en las listas del PO.
Y lógicamente tampoco nunca hablé con nadie que cursara con él, porque eran horarios diferentes y, sobre todo, porque no era sencillo hablar con alguien ahí; no para mí, al menos.
Ahora sé que era un ladri.
No solo su libro está "escrito" a partir de una desgrabación, sino que lo admite sin reparos. "Su base son clases grabadas cuyo registro particular ha motivado correcciones y agregados que, no obstante, no alteran lo esencial. El punto de partida fueron las versiones de los últimos años, que acreditan el acervo de una labor decantada por el tiempo".
Los libros que publican los docentes en Biblos son un curro que tienen como consumidores cautivos a todos los alumnos de sus respectivas cátedras y en general no son más que desgrabaciones que le permiten al docente tener rápidamente material para publicar. Pero este lo admite con toda naturalidad, diciéndoles a quienes compran el libro que no merecen más que eso, un nulo tiempo dedicado, apenas la exudación de su saber, que mana de él y queda recolectado en el hierro o el cromo de la cintas magnetofónicas.
Aun si el autor (?) no lo reconociera explícitamente, muy rápido notaríamos que se trata de una desgrabación y que ni siquiera le pagó a alguien para que les dé coherencia y cohesión a las palabras. Nombra a tres mujeres, incluida una con su mismo apellido, como partícipes de lecturas críticas y edición, pero claramente son un fracaso en el tema, chicas.
En las cuatro páginas que integran el apunte que cayó en mis manos encuentro tres veces esas retahílas de palabras más o menos similares semánticamente que uno usa para llenar el silencio mientras ordena el siguiente concepto en la cabeza. Por ejemplo, "esa opacidad, ese asombro, esa contradicción", "por eso se necesita un tipo particular de indagación, de sondeo, de escrutinio, que llamamos ciencia".
Varios renglones, que sumarán páginas, va llenando Rieznik con el discurrir de la oralidad y de las palabras e ideas que se asocian en su cerebro sin que vengan especialmente a cuento. Por ahí habla de que las diferencias en la condiciones de vida en el capitalismo son más brutales que en la Edad Media, y eso pese a la Revolución Francesa; que pese a ella y a la Declaración de los Derechos del Hombre, que establece que todos somos iguales, hay algunos mas iguales que otros. De ahí salta a la famosa frase de Orwell, y entonces se pone a hablar de este escritor y dice que era socialista: "Fue un hombre de izquierda, que incluso llegó, antes de la mitad del siglo, a pelear como internacionalista en la Guerra Civil Española, sobre la que escribió otro libro, que se llama Cataluña 1937", para terminar refiriéndose al programa de televisión homónimo 1.
Y sí, capo, difícil participar en la guerra civil española en la segunda mitad del siglo… Me parece que aclarárselo a alumnos de una carrera de grado de la UBA es un poco menoscabarlos. (O conocerlos, no sé).
"El propósito de este libro es abordar la Economía como ciencia", establece, y unas páginas más adelante habla de la expansión del sida en África y culpa a la industria farmacológica mundial diciendo: "Hace poco, por ejemplo, se conoció una noticia que tiene que ver con las cosas 'asombrosas' que pasan en nuestro mundo. Parece que frente a este genocidio en África del Sur decidieron que el Estado va a fabricar el remedio para el sida. Entonces, el costo unitario para derrotar al sida va a bajar de 1200 dólares, cuando la vacuna la fabrican empresas farmacéuticas privadas, a 40 dólares, cuando son hechas por el Estado".
¡En un libro que se pretende científico encontramos ese párrafo! Encontramos "remedio para el sida", encontramos "parece", encontramos "genocidio"… Empecé viéndolo como un ladri, pero a medida que profundizo me doy cuenta de que Rieznik era un pelotudo.
De paso, recordémosle a Pablo –bueno, a él no porque se murió, pero a las pelotudas que leyeron los originales y no le dijeron nada al respecto– que era el Estado sudafricano, en las personas de su presidente, Zuma, y de su ministra de Salud, el que se oponía a los antirretrovirales para tratar el virus, y que estos funcionarios afirmaban que la circuncisión o ducharse después de coger reducían el riesgo de contagio o que se curaba con remolacha y ajo.
Así que fue el Estado el que favoreció decenas de miles de muertes (un "genocidio", para usar esa palabra que tanto les gusta a algunos), no la industria farmacéutica, pedazo de pelotudo Pablo Rieznik.
Una de las infructuosas correctoras del texto es Graciela Molle, de la cátedra Molle del CBC, otra impresentable en cuyos apuntes encontré esos fragmentos de Rieznik y una larga y autorreferencial introducción a los textos elegidos por su cátedra. "Todos estos textos tienen en común que se refieren al objeto de estudio de la ciencia económica. A excepción del de Mochón y Beker, lo hacen desde una concepción de la ciencia económica coincidente con el punto de vista de esta cátedra, a saber, que se trata de una ciencia histórica y social cuyo objeto de estudio son las relaciones que establece la humanidad en el proceso de producción en la época contemporánea y que todos los fenómenos que de la forma de estas relaciones se derivan son de carácter social, desocupación, crisis, escasez en medio de la abundancia, etc.".
Y si no te gusta, "a quienes piensen que la importancia de las coincidencias entre estos autores es tan importante que las diferencias de enfoque a partir de las cuales justificamos su inclusión son apenas matices, les proponemos que tomen esas diferencias como reformulaciones del tema. Es decir, que el texto de cada uno de los autores, con sus respectivas variaciones, al presentar un contenido similar de manera diferente, constituye una nueva explicación, una puerta de entrada alternativa, para acercarnos al tema que se pretende explicar".
No, Graciela, una alternativa no sería más de lo mismo, sino una mirada distinta; pero vos solo querés adoctrinar, agarrar a pibes de 18 años y meterles marxismo con cánula rectal. Eso querés.
De paso, es divertido ver cómo Molle se la pasa hablando de la posibilidad de la caída del capitalismo cuando el que cayó ¡es el socialismo! Cuando el capitalismo no va a caer mientras nosotros vivamos ni tampoco mientras vivan nuestros hijos (los que los tengan).
Leo esto y me pregunto otra vez, con más distancia temporal, por qué mierda hay que morir en los puntos de vista monocordes obsesivos repetitivos de una cátedra como esta, de las cuales hay tantas, por qué mierda tenemos que caer en manos de gente como esta, que te llena de información sesgada que no te sirve para un carajo.
Además de su ideología apolillada, su estilo de redacción no es el más cuidado, como habrá notado el hipotético lector de esta entrada en la cita anterior. Ya en la primera oración de ese preámbulo te recibe con un golpe de repetición: "El presente programa ha sido elaborado teniendo presente que el CBC constituye el punto de partida la carrera universitaria y que la materia economía es común a un amplio conjunto de carrera distintas de la de economista profesional", el cual causa más gracia al leer, tres párrafos después, que prestará "particular atención" al "desarrollo de las capacidades de los alumnos para la comprensión de textos y la exposición escrita de sus conclusiones" ¡Empezá por las tuyas, Grace!
De todos modos, nada puede esperarse de una cátedra que suspende clases para ir a las marchas o que usa su blog para distribuir propaganda política y ni siquiera permite la publicación de comentarios.
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1Otra muestra de que las clases del nabo este no eran más que un ejercicio de memoria, proclive a desviarse por cualquier lado: el libro de Orwell no se llama como dice Rieznik, sino Homage to Catalonia u Homenaje a Cataluña. Cada cosa que dice es así, tan poco fiable como la teoría económica que enseñaba.

La mañana en que todo se rompió

La única diferencia con los días de siempre fue que esa noche y las anteriores me costaba mucho dormirme. La cabeza les daba vueltas a cosas para las cuales no solo es necesario una idea y (algo de) dinero, sino lograr que salga de la cabeza: sociabilidad, contactos, el lugar justo en el momento oportuno. Y suerte: a algunos les salió bien; Atlas, en cambio, sigue en la D.
Me desperté con el despertador. No sé si eran las seis o las ocho porque no recuerdo si ese día cursaba de siete a once o de nueve a trece, pero no creo que haya dormido ni cinco horas. Me levanté, hice pis, me vestí y comí lo que comía cada mañana que iba a la facultad: legumbres que había cocinado la noche anterior y que dejaba toda la madrugada en el recipiente de cocción así tenía la comida lista cuando me levantaba y no tenía que comerla fría recién sacada de la heladera. Esa vez había hecho porotos aduki.
Un eslabón más de la rutina, me lavé los dientes, agarré el cuaderno, los apuntes, el resumen del examen para ir estudiando en el camino y comida para las cinco horas y pico que iba a estar fuera de casa: unas galletitas y una banana. Todo adentro de la bolsa, y a caminar hasta la parada, atravesando el olor a agua y detergente de las mañanas en las puertas de los edificios. Me tomé el colectivo, me senté y traté de repasar el resumen.
Muy rápidamente me di cuenta de que la cabeza no me respondía: mantener la concentración y memorizar cosas sobre Blanqui, Blanc o alguno de esos era una actividad física para la cual no tenía la energía necesaria. Digo "muy rápidamente", y la foto mental devuelve la imagen de la esquina que hay apenas pasando la primera parada posterior a la parada donde me subí. Bueno, estudiaré a la vuelta, me conformé. Y no habré hecho otra cosa que mirar por la ventanilla izquierda durante el viaje.
Ya en el aula, el profesor, tal como había dicho, se dedicó a hacer un repaso con vistas al parcial de la clase siguiente. Bastante pronto mi cuerpo comenzó a mandar señal de que algo no andaba bien, de que los porotos no se habían convertido en energía (o, si se convirtieron en energía, esta no duró lo que duraba siempre). Empecé a comer las galletitas, aun a riesgo de que me tirara la bronca porque sabemos que hay docentes a los que no les gusta que los alumnos coman en clase. Esta vez, por suerte, no pasó nada de eso. No eran muchas, según recuerdo, pero una a una me permitieron postergar un rato la crisis.
Sin embargo, el cuerpo seguía necesitando algo y poco después de que se acabaran las galletitas me lo hizo saber vertiginosamente: a la sensación de incomodidad, malestar y alerta le siguió una cerrazón sobre mi cabeza que alguna vez describí –ya no sé si metafórica o literalmente– como unas nubes que me impedían ver la otra punta del aula.
Las manos y/o los brazos comenzaron a temblarme, y la letra de los apuntes que iba tomando se transformó en garabatos desesperados que sobreviven en el cuaderno, que sobrevive en el placar. No me quería ir porque el tipo más o menos estaba diciendo lo que iba a tomar, y eso para mí solía ser más importante que leer todos los textos, pero en un momento no dio para más.
De algún modo, no sé cuán consciente, latió la idea que pude poner en palabras y repetí casi cada vez que –me– conté la historia: soy tan invisible que nadie se va a dar cuenta si me desmayo, como mucho pensarán que me dormí en clase o algo parecido. Nunca sabré qué habría pasado en verdad, pero mejor no desmayarse en el aula, mejor no desmayarse nunca. Sí sé que me dio vergüenza comer la banana en clase. Y que me dio vergüenza y me resultó imposible, por esa misma invisibilidad que conocía de mis dos años y pico ahí, decir algo, decirle a alguien (¡¿a quién?!) "che, me siento mal".
Y me fui. Sin decir nada, me fui. Aprovechando que estaba cerca de la puerta y que no iba a molestar a nadie pasando entre bancos muy juntos, agarré mis cosas y me fui. El ascensor no venía, ninguno de los tres. La flojera corporal traspasaba los límites conocidos, la desesperación desaconsejó, o impidió, que siguiera esperando, y decidí bajar los tres pisos por escalera, casi tambaleando, aunque nunca pude responder esa pregunta que me hizo el médico unos días más tarde: ¿sentís que se mueven las cosas o que se te aflojan las piernas?
No sé en qué momento saqué la banana de la bolsa, que seguramente era la bolsa gris de Musimundo, que también sobrevive en el placar, cerca del cuaderno. Fue en la escalera o fue una vez que llegué a la planta baja, fue antes o después de acercarme a un lugar que con los años (viéndolo al pasar por la vereda, una vez que quitaron las decenas de afiches políticos que colgaban de una punta a la otra del lugar) supe que es la intendencia.
Interrumpí a los dos empleados que dialogaban allí para decirles que me sentía mal. Supongo que habré detallado un poco el malestar con un "creo que me bajó la presión" o algo similar. Me dijeron que me sentara en uno de los pupitres que había desperdigados en el hall de entrada –lo cual podría haber hecho por mi cuenta y sin dirigirles la palabra–, no me ofrecieron ni un vaso de agua y retomaron su charla.
Fui recomponiéndome a medida que comía la banana. La terminé, me acerqué para decirles que estaba mejor, no mencioné la nula preocupación que habían demostrado, y me fui. Crucé la calle y me tomé un taxi de vuelta a casa. Tengo foto mental hasta de la estación de servicio por la que pasamos, cuya esquina no menciono para que no sepas cerca de dónde vivo (?).
Tardé quince años y no sé cuántas pasadas por la puerta de la facultad yendo a la otra facultad, donde a veces me atiendo, en darme cuenta de que cuando me sentí mejor no se me ocurrió cruzar al kiosco para comprarme más galletitas, un jugo Ades, un pebete de salame y queso, no sé qué, y volver a clase.
No fue como esa vez del año anterior que resultó un preanuncio de todo esto, cuando estaba en el aburridísimo teórico de Fernández, cuatro horas de sarasa, que, obviamente, eran menos porque el viejo llegaba tarde, se iba temprano y en el medio metía un intervalo para aliviarnos de su chamuyo monocorde. Cerca de ese entretiempo me sentí mal, parecido al comienzo de este malestar, crucé al kiosco, me compré unas Cerealitas y empecé a comerlas mientras postergaba la decisión de tomarme un taxi buscando una calle con menos tránsito. Marcelo T estaba llena de bondis y decidí caminar dos cuadras hasta Córdoba. Y en Córdoba me sentí no tan mal como para intentar llegar a Pueyrredón. Y en Pueyrredón, mientras le seguía dando a las galletitas, dije "un par de cuadras más", y, si la memoria no falla en esto –y no falla en recordar el sol de esa mañana pegando en la esquina noroeste–, antes de cruzar Corrientes supe que podía volver caminando a casa. O a la facultad, pero para eso ya era tarde y lejos.
Esta mañana, en cambio, sólo pensé en irme.
Llegué a casa, comí el arroz con ensalada que había preparado mi madre para el almuerzo y, como no tenía prepaga ni obra social ni nada, le dije "necesito un médico". No recuerdo si ese día fui a trabajar. A la clase siguiente falté porque decidí dar el parcial al final del cuatrimestre con la ilusión de ir en mejores condiciones, al menos con la de saber qué tomaban. Algo bastante improbable porque no sé a quién mierda iba a poder preguntarle qué habían tomado ya que hablar no era algo que surgiera con naturalidad.
Volví la próxima. Esa vez sí hablé con alguien, con una chica que se parecía a la anteojuda de Clave de Sol y que ni siquiera sé si cursaba la misma materia. Nos quedamos un rato en la puerta hablando más de fútbol, de Independiente, de Claudio Graf, que de la facultad. Yo hablaba en serio, con el entusiasmo de haber encontrado un tema de conversación sobre el que podía decir alguna cosa y sacar la charla de la fuck y el circuito gastado de sus temas, que en general eran más comentarios sobre formas de dar clase que sobre textos leídos; y quizá para ella era otra cosa, una forma de acercamiento que no registré. (Sobre situaciones similares y la duda que me surge tiempo después, cuando ya soy irremediablemente parte del olvido en quien me habló, debería hacer un post, a ver si puedo explicarme algo del asunto).
Una clase más tarde también me había sentado cerca de la puerta. Era un teórico en el aula grande del primer piso y de repente, como en esas viejas películas de Chaplin donde faltan unos cuadros y se ve todo negro por un par de segundos, yo también vi todo negro por algunos instantes. Me asusté mucho, no se le dije a nadie porque, de nuevo, no tenía a quién decírselo, agarré mis cosas y me fui. Esta vez no sé si hubo debilidad, creo que no hubo temblores. Esta vez hice el camino derecho sin parar en la intendencia: puerta, escalera que está ahí nomás, calle, taxi, casa.
En algún momento armé el concepto en la cabeza, en algún momento pude ponerlo en palabras que no sé a quién le pude haber dicho: algo me está diciendo mi cuerpo, voy a escucharlo, no me voy a desmayar acá. Y abandoné esas dos materias con la decisión de volver cuando me sintiera bien –el cuatrimestre que viene, pensaba–. Nunca más volví. Salvo una noche que había ido a Tower a comprarme discos y tenía ganas de hacer pis, y aproveché la cercanía del lugar y que conocía la ubicación de los sanitarios. Mi último acto en la facultad, tan anónimo como todos los demás, fue echarme un meo en el baño de la planta baja.
Más o menos lo mismo me pasó tres o cuatro veces en situaciones relacionadas con mi trabajo. El mediodía plomizo que fui caminando y el suflé de brócoli ya no era energía a siete cuadras de casa. El mediodía –que quizá haya sido el mismo– en que a cuatro o cinco cuadras de llegar me sentía tan mal que caminaba mirando el piso para caerme en una baldosa limpia cuando me desmayara. Al final no me caí, y llegué, y tal vez fue ese día cuando pedí que llamaran al coso médico de emergencias que habían contratado ese año, y vino el médico y entre no muchas cosas dijo que tenía la conjuntiva pálida.
La noche en que casi palmo a tres o cuatro cuadras de acá volviendo del trabajo. La vez que estaba en la esquina de mi laburo y tenía las piernas tan flojas que no podía moverme: no me sentía en condiciones de cruzar en diagonal, o cruzar una y luego la otra calle y caminar quince metros más para volver al lugar y sentarme y… hacer no sé qué. Pude tomarme un taxi y en el viaje todo estuvo bien, pero cuando llegué a casa noté por primera vez lo largo que es el ancho de las veredas de este edificio: ¡no terminaban más esos tres metros!
La tarde que llegué a la esquina de casa y pegué media vuelta y me volví porque no me sentía en condiciones de ir. La vez que el colectivo estaba parado en el semáforo, vacío, y no me animé a tomarlo y me fui en taxi, todas las otras veces que fui en taxi. La vez que me trajeron en auto –mi viejo y un conocido, que era el que manejaba– y me dejaron en la esquina porque el viaje ya los había desviado y demorado, y esa media cuadra también fue larguísima.
Y de nuevo elegí lo que llamé escuchar a mi cuerpo y no correr más riesgos de desmayos en la calle, no preocupar más a la gente, fueran los de mi trabajo o el taxista cuyo nerviosismo percibí cuando le comenté que me había tomado un taxi porque no me sentía bien o quien sea: no más nada de esto hasta estar cero kaeme. Y dejé de trabajar.
Pasaron cien médicos, el homeópata con sus globulitos, el que me cobró 150 dólares la primera consulta en el Diagnóstico y 120 la segunda, como las putas caras cuando te hacés cliente; el del Hospital de Clínicas y sus pasillos soviéticos, la prima de mi madre, que, como los otros, me tomó la presión, pero por suerte –o por el largo viaje en el 148– esa noche yo me sentía mal y tenía 8-5, lo que me permitió saber que no me siento "como si me hubiera bajado la presión", sino que efectivamente me bajaba la presión.
Me acuerdo de decirle "tengo 8-5 y puedo caminar, el otro día ni caminar podía", y también de comer Cerealitas cuando pasamos del consultorio al comedor y que mi madre me regañó por no convidarle a la hija de la médica, que era una nena en aquel entonces y ahora es una señora casada y con hijos. Sólo pude explicarles que para mí las Cerealitas eran un remedio…
Los del prepago que empecé a pagar y fue al pedo: el que dijo "agotamiento psicofísico" y al que una vez, cansados de dar vueltas alrededor de un punto fijo, porque los análisis dan bien pero yo me siento mal, invité a almorzar diciéndole "comemos los dos lo mismo y vemos cuánto nos dura la energía a cada uno", pero no se hizo cargo; el que elegí al tuntún cuando ese renunció, que era un boludo y pensó que se trataba de un trastorno de ansiedad porque una vez el corazón me latía rápido, y me recetó clonazepam sin ver que a veces era una guerra caminar esas tres cuadras (que a veces era una guerra caminar el pasillo hasta la entrada del edificio cuando pedía pizza, que alguna noche tuve que comer galletitas para tener energía para ese trayecto). Terminé cambiándolo por otro cuando me cansé de su poquedad, por uno que tampoco tenía muchas luces –tanto que me hizo añorar un poco al segundo– y me derivó a una nutricionista idiota cuya sugerencia fue que no comiera tostadas, sino pan, cuando en ningún momento le dije que comía tostadas.
El último endocrinólogo, aparte de los mil análisis que me mandó hacer, incluyendo uno para saber si era celíaco –pese a que era obvio que no, porque cuando mejor me siento es cuando como harinas, pero que aún así me hice y le costó el esófago a un pobre mono–, razonablemente recomendó que me mida la glucemia en el momento en que me siento mal. Y en tres años no pude hacerlo cabalmente porque cuando me siento mal es en el tren y tengo que bajarme en Boulogne a las nueve de la noche y no hay nada abierto, apenas un kiosco que encuentro después de caminar cuatro o cinco cuadras en el que gasto 32 de los 35 pesos que tengo encima. O son las tres de la mañana y estoy con una escort tomando un helado en un umbral de Caballito. Y porque seguramente, aunque sea de modo inconsciente, organizo todo para evitar ese momento de mierda.
Pasaron la curva de glucemia con sus seis pinchazos mientras anunciaban el corralito, los resultados del endocrinólogo que buscaba algo en la tiroides cuando caía De la Rúa, el día en que me sentí mal en la sucursal de la prepaga de cerca de casa y llamé a mi madre desde un teléfono público porque sentía que no podía ni caminar las tres o cuatro cuadras que había hasta mi casa, y de algún modo se enteró gente del lugar, y papelón, or something like that.
Pasó también la mañana en que tenía que hacerme un análisis de sangre, y mi madre, aun sabiendo que en ayunas suelo ser un trapo flameante, decidió quedarse en la casa de su amiga de Tortuguitas en vez de venir y acompañarme. Me sentía tan desfalleciente cuando salí que volví y comí algo para poder llegar al hospital, lo cual, de seguro, habrá modificado los valores de glucemia. Gracias por ese desplante, lo voy a recordar hasta el último día.
(El que nunca pasó es un neurólogo para saber si es la cabeza la que deja de recibir señal en vez de ser el cuerpo el que deja de mandarla. Lo que nunca pasó es poder leer mi historia clínica, que fui a buscar cuando cerró esa prepaga: la tengo acá, a la vista, pero no pude).
La eterna letanía de explicar se transformó en la elección de no explicar más. De no pagar más la prepaga. De no mencionar el tema cuando voy a un médico por otros motivos, que en general son mis problemas para dormir. De los cuales tampoco hablo más.
Fui descubriendo empíricamente la respuesta al síntoma. Empezó la vida del jugo Ades en el bolsillo, que a veces queda a la vista y suscita comentarios (en diminutivo, "el juguito"), la bolsa de pasas de uva en el otro bolsillo, tratar de hacer coincidir la ventana temporal en la que puedo prever que voy a ser normal con las cosas que quiero hacer, que, cuando involucran a otras personas, me pueden devolver respuestas como "¿para qué?, si ni vos sabés si te vas a sentir bien" o la mera conciencia de lo molesto que resulta para el otro (ni hablar de para mí) la presencia de ese tercero que es el malestar o su posibilidad.
En aquellos días mi madre estaba por viajar a Europa con mi padre, un upgrade de la fachada que sostenían, el matrimonio un poco extravagante que superó sus desavenencias viviendo en casas separadas, y se le ocurrió que lo que me pasaba era por eso (?). Y desparramó esa idea entre los suyos y la mantuvo aun varios años después. Y no descarto que lo siga creyendo al día de hoy.
Justo antes de viajar le pidió a una amiga de ella que me pasara info de algún laboratorio donde sacarme sangre. Me acuerdo de tomarme el taxi hasta Corrientes y Malabia; me acuerdo de que una de las puerta derechas, del lado de adentro, no estaba pintada de negro, sino de rojo y gris impresión (si te digo que era un R 19 hatchback empiezo a querer borrarme tantos detalles de la memoria con una hidrolavadora); me acuerdo del coso verde brillante que me sujetaba el brazo en el momento de la extracción mientras yo tenía el jugo Ades en la otra mano, listo para empezar a chupar. Me acuerdo de que finalmente no me sentí tan mal esa vez.
(Digresión: cuando ya habían viajado, un mediodía, sin que yo se lo pidiera ni se lo insinuara ni se me ocurriera imaginarlo o desearlo, la mina esta vino y me trajo comida, una vianda de comida vegetariana. Entre lo que hablamos, hablamos del pulóver de la Colo, de la ropa ajena y su energía, algo que le generó reparos, pero yo le expliqué que en este caso se trataba de una energía afín. También le dije que estaba empezando a escuchar jazz, y la próxima vez que vino me regaló un compact de jazz. Aunque era amiga de mi madre y me conocía a través de la versión de ella, tal vez ese mediodía un poco me vio a mí. Y además tuvo ese buen gesto, que se percibe gran gesto con el paso del tiempo y cuando, deliberadamente o no, lo comparo con los demás. O cuando me acuerdo de que murió, relativamente joven, hace unos años).
Poco después de que volvieran, aparecieron sobre la mesa del living unos folletos sobre ataques de pánico. Es la forma que tiene esta familia de comunicarse (porque conmigo no se puede hablar, claro), pero sé bien que no es pánico, que el pánico es otra cosa: lo que tuve un par de veces en mi adolescencia. Lo sé porque años más tarde escuché a una oyente del programa de Luisa Delfino decir exactamente lo que me había pasado, no porque me lo haya diagnosticado un médico de los que consulté entonces.
Así, desde esa mañana, dejé de vivir una vida ajena que, pese a su ajenidad, me permitía satisfacer los oídos de los demás con la respuesta "estudio y trabajo" a su pregunta "¿qué hacés?". Y empezó otra vida ajena, jugando de visitante en mi propio cuerpo, en la que no puedo responder esa pregunta ni puedo responder otra, "¿qué tenés?", porque ni diagnóstico tengo.

martes, 16 de octubre de 2018

Salud pública

La neuróloga del hospital público, que me atendió ocho minutos, antes de que pasara ese tiempo harto suficiente para notar el interés que mostraba por mis palabras, me dijo que tenía que hacerme una tomografía. Habrá ocupado un diez por ciento del rato que me dedicó escribiendo la orden. Después de hacerme el estudio, lógicamente, tenía que verla de nuevo.
Cuando pedí turno en el mismo hospital, en la parte de imágenes me dijeron que yo debía comprar el CD y llevarlo. No un CD de cualquier marca: de unas marcas especificadas en el papelito que me dieron. Llegó el día, tras no sé cuántos días de espera, y me hice la tomografía.
Con el resultado en la mano, llamé por teléfono para pedir el turno con la neuróloga, pero en el hospital este, que me queda cerca, no había turnos para esa especialidad. Tampoco en el que me queda no tan cerca, más o menos cerca. Tres veces llamé y a la tercera me conformé con lo que me ofrecieron: un turno en el hospital Álvarez de acá a tres semanas. Acepté porque la persona que me atendió no sabía decirme cuándo era posible que hubiera turno en el hospital cercano y porque, aunque no es cerca, un colectivo que para en la esquina de casa me deja a dos o tres cuadras. Cuestión que tenía turno a las 11.20 con el doctor Sessa.
Salí de casa con tiempo, pero no contaba con que iba a perder veinte minutos acá, en la esquina, esperando que viniera el colectivo. Un colectivo que suele tener una frecuencia aceptable, creo, aunque tal vez lo vea seguido simplemente porque pasa por la esquina. No sé. La cosa es que ya estaba en desventaja, y cada semáforo aumentaba mi ansiedad y mi frustración. Llegando al lugar, lo agarró la barrera de Nazca: toqué timbre, me bajé ahí y empecé a correr. Y llegué 11.10.
Nunca había ido a ese hospital y perdí un tiempo valioso buscando primero la entrada y luego el mostrador donde uno tiene que presentarse y decir "tengo turno". Cuando encontré el lugar, me aboqué a esperar que me dieran el tiquet. Más de veinte minutos tuve que esperar.
Siete ventanillas, tres empleados. Una sola atiende. Otra está en la ventanilla exclusiva para pediatría, pero apenas una o dos personas usan ese servicio ahora, y somos amplia mayoría los pacientes no pediátricos. La discriminación positiva aquí no es como la del supermercado, cuya caja con prioridad para viejos y embarazadas atiende normalmente hasta que aparece un viejo o una embarazada y entonces hay que dejarlos pasar. Aquí sirve para que la empleada no haga (casi) nada.
El tercero no atiende, charla con las otras dos mientras se hurga la nariz y luego se lleva el dedo a la boca. (Lo vi).
Con el tiquet finalmente en la mano, el nuevo desafío fue encontrar el ala del hospital donde estaba el consultorio. Me llevó su tiempo, preguntas, idas y vueltas, una escalera subida de a dos peldaños por vez… Llegué a las 11.40.
Le resumo mi peripecia a la secretaria, y la mina me dice lo que ya sé: que es tarde. También dice que de todos modos va a preguntarle al médico si puede atenderme. Vuelve rápidamente y no, el doctor Sessa "se está yendo, no te puede atender". Después, quiso hacerme sentir culpable: "Tenés que venir más temprano". No, mami, tus compañeros tienen que atender más rápido.
No le contesté eso. No sé qué le respondí o si pude responderle algo. Sí recuerdo lo que dijo ella: "Vas a tener que pedir turno de nuevo". Dale, un mes más con puntadas en la cabeza… El diálogo terminó sin que los puteara como se merecían, y bajé por la misma escalera, arrugando el sobre de papel madera, casi con ganas de tirarlo a la mierda, como tiré alguna vez el cuaderno a la calle Marcelo T saliendo de la fuckultad.
(Tardé años en darme cuenta, debí escribir este post para notarlo: el médico se iba a las once y media, no me iba a atender más de diez minutos).
El día siguiente, en el Santa Lucía, sí llegué con la media hora de anticipación que te indican para hacer el trámite previo. Cuando me dieron el tiquet comprobé, mirando la hora en el televisor, que el reloj del sistema estaba ocho minutos adelantado: uno llega puntual y para el sistema llegó ocho minutos tarde. Esta vez no fue problema porque el trámite fue rápido y porque tuve que esperar media hora después de la hora asignada para que me atendieran con la premura que siempre tienen los oftalmólogos. (Porque es así: si ellos se demoran, vos tenés que esperar; si uno se demora dentro del mismo hospital, ellos no te esperan).
Y no, señora empleada estatal, no. No pedí turno de nuevo. Me quedé con lo que dice el informe, que no tengo nada visiblemente anómalo en mi cerebro. Me tuve que quedar con eso y con la tranquilidad de que las puntadas fueron mermando y, sigamos cruzando los dedos, hace rato que no tengo. Porque conseguir otra cosa es muy difícil en la mierda del hospital público, con su organización y con sus empleados, profesionales o no, que después lloran porque los pacientes les pegan o porque quieren recortar el presupuesto. Ojalá no solo recorten, ¡ojalá anulen la salud pública y dejen sin trabajo a todos esos soretes! Porque a la gente hace tiempo que la dejaron sin atención, y por eso se multiplican los "centros médicos" para pobres en las inmediaciones de los hospitales públicos.
La "salud pública" solo es útil para los homeless que usan las guardias como dormideros, para los que vienen del conurbano a que los maltraten en la capital –porque en su distrito ni siquiera los tratan o en las UPA confunden una puñalada con una caída en la calle– y para que alguna médica militante haga el acting de preguntar dónde está Santiago Maldonado.
(Una vez fui a ese lugar, al lugar donde atiende la médica histérica esa, que, no lo olvidemos, milita en la agrupación de Tomada, el amigo de Pedraza. Tardé un rato en comprender que debía sacar número: el "número" es un cartón escrito con marcador que hay que pedir en el mismo mostrador donde atienden a los que ya tienen número, pasando entre ellos. Cuando te lo dan, tenés que hacer la cola, aunque solo quieras hacer una pregunta sobre el análisis del VIH. A la media hora sin que la fila avanzara significativamente, decidí respetarme un poco e irme a la mierda pasando entre portadores de caripelas que parecían salidas del submundo de Futurama).
A mí, por ejemplo, me resultó totalmente inútil muchas veces. Cuando era un monstruo lleno de ampollas y tenía 39°6 de fiebre y me desmayé, y, al llamar por teléfono al SAME, dijeron que la situación no ameritaba una ambulancia. Cuando un médico anónimo me echó sin atenderme de una guardia gritándome "¿cómo vas a consultar por eso un domingo?". Cuando un médico no anónimo, el doctor Acuña, M. N. 99.583 –o alguien que usó su sello, andá a saber–, me llevó a un consultorio apartado, me hizo masajes (?) y de paso me corrió la ropa interior para espiar qué tenía yo ahí abajo. Cuando médicos sin cara –porque nunca abrieron la puerta en las dos horas que estuve ahí– no me atendieron en la guardia la medianoche que fui con puntadas en la cabeza que me despertaron dos veces en una hora y con su consecuencia, el temor de estar cerca de terminar como Carlín Calvo. Cuando, unos días antes de aquel desmayo, y ya con los primeros síntomas de la enfermedad infectocontagiosa, otro profesional anónimo me dijo "vení mañana", pero "mañana" había paro, y cuando, al día siguiente, empleados anónimos dijeron que pese al paro "en la guardia atienden"… y en dos horas no atendieron ni a una persona.
(Pará que tomo aire).
Cuando me dieron turno para un coso descentralizado y me hicieron ir un día que no atendían (y el día que me atendieron había una cucaracha caminando por la silla y la doctora me despachó en doce minutos y medio sin resolverme ni una de las cosas por las que consulté). Cuando el urólogo y la especialista en mano me miraron menos de un minuto y me dijeron que no tenía nada (pasaron nueve años y la muñeca me sigue molestando). Cuando el servicio de Psicopatología de este hospital no da turnos y no saben cuándo van a volver a dar turnos, "pasá de nuevo en tres meses". Cuando el psiquiatra anónimo de la guardia del Piñero me hizo esperar tres horas y entre todo su maltrato me forreó diciendo que yo tenía una "rebeldía adolescente" cuando dije que prefiero acostarme tarde. Cuando la psiquiatra anónima del Alvear, luego de cuchichear indisimuladamente con su colega acerca de mí y en mi presencia, me recetó carbamazepina sin mencionarme las contraindicaciones de esta droga, dándome sólo una orden para un análisis de sangre, que no me hice porque en el hospital cercano me dijeron que tenía que ir otra vez, de madrugada, para que transcribieran la orden ya que no se hacen extracciones con órdenes de otros hospitales. Cuando llamé para quejarme ya no me acuerdo de qué y no me tomaron la queja.
Después de todo esto, y de un etcétera que ya no entra en la memoria, no voy más a un lugar de esos. Y como no tengo plata no voy a ningún lugar. Encima, tengo que aguantarme el verso de los combativos de ATE con su "defensa de la salud pública" y el del gobierno municipal con el de "en todo estás vos"… Fucking mentirosos, yo no estoy en ningún lado porque explícita o implícitamente me echan y nadie me defiende; porque pelotudean a los pacientes y se cagan en nosotros, que no somos más que una excusa para sus curros, los propios de estar en el lugar del Estado, sea como empleado lleno de prebendas, sea como funcionario lleno de prebendas.

Recorridos

Hay veces que paso por algún lugar, por el puente de Billinghurst, ponele, y me acuerdo de la vez que caminé por ahí con alguien que me acompañaba.
Bustamante, Corrientes, Billinghurst, Virrey Liniers, Independencia.
Es más: puedo acordarme de memoria de varios de esos recorridos. (Convengamos que no fueron muchos, más bien lo contrario).
Sarmiento, Pueyrredón.
La otra vez estaba al pedo, estaba cerca, y repliqué uno de los trayectos cuadra por cuadra, calle por calle. Incluso crucé de vereda en los mismos lugares donde cruzamos aquella noche.
Cachimayo, Goyena, Miró, Alberdi.
A veces se me ocurre que si me ubico en el espacio justo, en el mismo lugar donde pasé entonces, poniendo el pie entre las mismas dos baldosas rotas, y si el resto del cuerpo acompaña en la exacta posición que tuvo aquella vez, podría entrar en otra dimensión y volver a ese momento.
Bustamante, Corrientes, Pueyrredón, Jujuy, Belgrano, Lima, Chile, Saavedra, Independencia.
Cada vez que ande por una calle de esas y me acuerde, volveré a intentarlo. Aunque no aparezca en otro tiempo, al menos produciré la combinación y la dosis necesarias de neurotransmisores para mantener mi química cerebral y lo que ella regula en cierto orden. Es lo único que encuentro a mi alcance.

بك

Esta noche tu boca está ocupada de palabras, de risas, de besos, de pija. Mientras, desde antes, y hasta después, mi boca solo se ocupa varias veces de comer para ganarle al malestar hipoglucémico que arrastro desde la tarde. O desde que ibas a la primaria. Hoy, el finde que viene y siempre.
Durante las numerosas horas en que esto sucede, mi neuroquímica no puede vencer al insomnio. Vos ya estás durmiendo, dos o tres polvos adentro (o uno, no sé), sola o no, no sé, y yo sigo dando vueltas en la cama. Hasta que me levanto a comer de nuevo. De vez en cuando, para matar el tiempo, para drogarme un poco o porque es inevitable, pienso en vos, y hasta ocupo mi boca pronunciando palabras que nadie escucha, que solo sirven para mantener aceitado el circuito. Hoy, el finde que viene y hasta que vos te vayas y yo desaparezca (o viceversa).
Entrás en mi cabeza con la naturalidad de aquel al que le dieron las llaves, y te quedás un rato, produciendo neurotransmisores ricos. Cuando se alcanza la dosis necesaria, y luego de un zigzagueante recorrido por otras zonas improbables, me vuelvo a dar cuenta de que yo no estoy en tu cabeza. Ni hoy, ni el finde que viene ni nunca.

30 años pasaron de esto

Así, al momento, me acuerdo de una charla con quien hoy es mi dentista en un cumpleaños de mi madre, cuando éramos adolescentes, en la cual las palabras se encadenaban conformando un diálogo perfectamente cohesionado y coherente, cuyo trasfondo de lejanía y ajenidad estaba apenas debajo de ellas y brilló a tutiplén cuando se despidió, y yo me quedé donde estaba, en mi pieza, y no la vi en años.
Yo me había quedado en mi habitación, como solía hacer cada vez que venía gente, porque era imposible que encajara en el mundo de ellos y de sus miradas contaminadas por la mirada de mi madre. Más o menos como en mi niñez, cuando me quedaba en mi pieza para no participar –del único modo posible, aburriéndome hasta ser invisible o desagradable– de las reuniones donde mi padre desplegaba su vida social, la única vida que tuvo.
(Igual, mejor así, porque la vez siguiente, uno o dos años después, sí salí, y papeloneé un poco, cortesía de la cerveza. Oh, tiempo en que tomaba de litro. O témpera o mariano mores).
Alguna gente habrá venido a saludarme o a traerme comida: esa amiga de mi vieja que se parecía a Pipo Gorosito (que años después, cuando me enfermé, hizo algo que estuvo bien, y que se murió relativamente joven), no sé si alguien más, pero seguro vino Paula. Casi siempre queda una foto mental: esta vez es la de la escalera metálica verde que yo tenía abierta en el medio de mi pieza para apilar en sus peldaños los números de El Gráfico. Tal vez a partir de esa imagen es que puedo señalar con toda precisión dónde se paró ella y dónde yo.
Lo charla no fue especialmente larga y lo único que recuerdo de lo que hablamos es que hablamos de Divididos, que estaba dando sus primeros shows, que estaba sacando su primer disco. No sé si de mis ganas de ir a verlos o del cover de los Doors que hacían o qué. Más que las palabras, lo que imprimió en mi memoria fue lo razonable de la conversación. No: lo que más imprimió fue cómo ese ejercicio de sociabilidad se consumía en sí mismo, como un dibujo animado berreta, de esos donde el fondo fijo se nota totalmente desconectado del personaje que se mueve.
Puedo hablar, ¿no lo ven? Puedo hablar de rock, estoy al tanto. Puedo, incluso, ir a un recital, como fui un par de veces en esa época a ver a Patricio Rey. Puedo ser normal ("Ah, pero es normal", dijo la amiga de la hija del portero, que solo sabía de mí por el relato de mi madre y de su amiga, cuando me vio en persona: imaginate la versión que habrán dado de mí para que alguien que no me conocía, al verme, dijera eso) y sostener una conversación. Pero no puedo pasar de ahí.
Igual, no la estoy criticando. Por el contrario, lo de esa noche logró quedar en la memoria sin dejar mala espina, solo una sensación de inevitabilidad ante los hechos. Pero releer el post que lo menciona la activó distinto. Eso y el poder de los números redondos, notar que sucedió hace exactamente treinta años.
Además del tiempo transcurrido, me impresiona ­recordar esa comunicación incapaz de traspasar cierto límite, como dos conjuntos que no se intersecan, que apenas ponen en contacto, brevemente, un punto de su perímetro. Sobre todo, porque es una sensación que los años hicieron frecuente. O porque capaz (?) que no era sólo la mirada contaminante de mis padres lo que hacía que me resultara imposible encajar.
Ella se fue, siguió escribiendo provocar con be, hizo el CBC, una tarde se subió a su bici para ver al casi cuarentón con el que se puso de novia y debutar, vino alguna noche –de pasada antes de ir al cumpleaños de su amiga y compañera de la facultad– y hablamos de Keith Richards ("si viene Richards, van a venir los Stones"… calculá la época), se recibió, cumplió el mandato familiar mejor que ninguno de los tres hermanos.
Ya en este siglo, vino otra vez y me llevó en auto a su consultorio, y en alguna calle de Palermo me dijo con toda seguridad que yo escribía (??) cuando a este blog le faltaban años para ser. Y me arregló algunos dientes porque ¡hasta me arreglé los dientes! Cuando dejaba de dar una imagen normal porque se estaban rompiendo los de adelante, me los arreglé…
La escalera dejó de ser estantería hace mucho, los Gráficos están guardados, esperando su destino de Mercado Libre, y, aunque mi madre ya no celebra sus cumpleaños acá y yo soy más dúctil en la razonabilidad de mi conversación, sigo, literalmente, en la misma habitación.
No te internaron, pero te internaron igual, dijo alguien –la persona que más supo de mí– alguna vez, hace cada vez más tiempo.

viernes, 17 de agosto de 2018

¿Google empezó a matar a Blogger?

Desde hace unos meses, cuando alguien deja un comentario en un blog de Blogger (es decir, uno como este, los tradicionales punto blogspot punto com), no llega automáticamente un mail a la cuenta correspondiente de Gmail avisando sobre la novedad, como sucedía antes.
No se trata de un gran problema si entrás con frecuencia a Blogger, sea porque tu blog tiene mucho movimiento o porque tu ansiedad se impone. Pero si tenés el blog un poco abandonado, si entrás de vez en cuando, si no tenés tiempo, ganas o la ilusión de que alguien haya comentado, quizá tengas un comment y no lo sepas. Quizá ese comment te daba ganas no solo de responderlo, sino de retomar el blog. Nada de esto puede suceder ahora.
La solución es entrar a Blogger y abrir la parte de comentarios (desde Gmail, son cuatro clics más, una enormidad en estos tiempos) para ver si alguien te escribió. Y chocarte contra la desilusión si nadie dejó un signo vital. En el otro caso, si había noticia, era buena: alguien comentó. Pero no había mala noticia, no había el riesgo de la decepción de ir a mirar y que no hubiera nada, salvo silencio.
(Supongo que si tenés habilitada la moderación de comentarios sigue llegándote un mail con el aviso para que apruebes o desestimes el mensaje).
Como Google no informó sobre este cambio, no sé los motivos, si lo van a arreglar, si lo van a dejar así. Sea cual fuere la razón, la real o la que decidieran comunicar, me hace acordar a cuando comenzaron a matar a Panoramio, otro producto que, como Blogger, habían comprado oportunamente. Dejaron de actualizar el mapa con las últimas fotos subidas, dejaron de publicar las fotos en Google Earth, nunca respondieron los pedidos de los usuarios…
Hasta que un día, de golpe, arreglaron todo y prometieron que el sitio iba a seguir y que iba a funcionar bien. Pronto esa afirmación, hecha desde su cuenta por un responsable de la empresa, se reveló falsa: otra vez el abandono, las fotos que no suben, las estadísticas que no funcionan, una suma de fallos deliberados cuyo fin era que los usuarios dejaran de participar. Más tarde, el anuncio del cierre del sitio: primero borraron comentarios y favoritos y finalmente todo vestigio. Incluso en Google Earth no están las fotos subidas en los viejos tiempos. Ahora prefieren que los usuarios posteen fotos de platos de comida en un restorán… ¡Eso es para Instagram, la concha de tu Google!
Es una lástima que no exista un sitio similar donde subir fotos de lugares, geolocalizarlas, buscarlas haciendo clic en el mapa, dejar comentarios, etc. A nadie se le ocurrió crear una plataforma similar, que bien podría llamarse GPicS (les regalo el nombre), y atraer a los integrantes de esa comunidad que Google dejó librada a su suerte. Lo más parecido es Flickr, una mierda semiabandonada con un mapa pedorro, donde solo se puede comentar con cuenta de Yahoo (!!!). ¡Fotolog tiene más movimiento que Flickr!
Como sea, el fin de Panoramio comenzó con fallos como este y con la voluntad de que la gente participara cada vez menos, tal vez para tener el justificativo de "cada vez hay menos usuarios" y cerrar el sitio sin tantas protestas. Ojalá no suceda lo mismo con Blogger.

martes, 7 de agosto de 2018

Temor de dios

Yo no digo "superliga", digo "campeonato". Detesto darle ese triunfo al marketinero de turno. Tal vez por eso, o porque no me sale embanderarme y formar parte de una multitud, no milito el pañuelo verde. O tal vez porque no sé quién puede usarlo y quién no, quién es un machirulo que invade los reclamos de las pibas (?).
Como sea, este blog está desde siempre a favor de la soberanía sobre los propios cuerpos, de despenalizar el aborto, de que cada mujer haga lo que quiera con cada célula de su cuerpo. Y yo, desde antes.
Ahora que parece definida la cuestión en favor de los conservadores de siempre, ahora que la iglesia católica (y la mierda evangelista explícitamente cobradora de diezmos) tuvieron que jugar sus fichas fuertes porque de aprobarse la ley en la Argentina podría dispararse un efecto dominó en otros países de la región –el más significativo, Brasil, pero también, por ejemplo, la bolivariana Venezuela o la plurinacional Bolivia– donde no quieren resignar su poder de sojuzgar a las personas, sus cuerpos y sus mentes; ahora que aborto legal ya no habrá, seguiremos viviendo en el siglo XIX… Bueno, no, ¡somos muy modernos!, viviremos en la primera mitad del siglo XX, a tono con los que quieren volver al 45.
La suerte parece echada y afortunadamente ya no tendré nada en común con Pichetto, con Rial, con Florencia de la Vega (cuya madre antes había muerto de cáncer y ahora murió por un aborto mal hecho) ni con todas las que se pusieron al frente de esta causa con la ilusión de ser las Juanas de Arco del momento y ganar su lugar en los libros de historia.
En esta sazón, quiero que con el triunfo del "no" sus defensores salgan a perseguir mujeres que abortan. Quiero que digan explícitamente que quieren presas a esas asesinas. De 8 a 25 años. Perpetua, por el vínculo que es agravante. Eso quiero que pidan. Quiero que sean coherentes. Mucho pedir porque en realidad lo de ellos es mantener este statu quo en el cual sus hijas o sus esposas o sus amantes pueden abortar con seguridad. Menem, votando en contra de la ley habiendo acompañado en su tiempo a Zulema a abortar, es el ejemplo paradigmático.
Desde que padecí a Ruben Dri como docente, supe que hay una sola cosa peor que un católico (un católico marxista) y una sola cosa peor que un marxista (un marxista católico). Lo confirmo ahora, cuando el enviado papal Grabois y el "padre Pepe" y los curas "villeros" y el flamante obispo Carrara –el mismo que fue llevado en andas en la catedral porteña– comparten su posición con lo más rancio y conservador de la institución, como Aguer, el finado Quarracino o el cura que propone excomulgar al presidente.
Ni hablar de la monja luchona (?) Pelloni, que saltó a la fama por encabezar marchas contra la cuasi dictadura catamarqueña de los Saadi y que quizá sea un apropiadora o una traficante de bebés. Todavía no puedo creer lo que dijo en el programa del siempre enclosetado Novaresio ni, tampoco, que ni el conductor ni los otros invitados lo hayan dejado pasar. Ni que ningún fiscal haya actuado de oficio para investigar sus dichos o, al menos, para que disimule un poco "aclarándolos".
(Por si alguno se lo perdió, la delincuente esta dice que les pedía a las alumnas de su colegio que quedaban embarazadas, a adolescentes que estaban a su cargo, que tuvieran el bebé y se lo regalaran para que ella se lo entregara a otra mujer: "Yo he pedido que me regalen dos niños (…). Fijate, Mónica, en estos casos: dos chicas que quedaron embarazadas así eran alumnas del colegio en épocas en que había que echarlas. Querían abortar. '¿Vos me regalás el niño, me lo regalás? Tenelo y me lo regalás, porque que yo tengo una señora que necesita un hijo y no puede tener', le dije").
En este país, cuya bandera lleva el color del manto de la virgen, o viceversa, no sé qué fue primero, y ambos tienen el color del pañuelo que identifica a los hipócritas, seguiremos viviendo en temor de dios.
Mientras, entre tanto político egocéntrico, como Perotti, que vota en contra si no votan su proyecto; oportunistas, como todos los ahora votan a favor y durante su gobierno se hicieron los giles, y chupacirios, como la falsísima Vidal visitando al papa y después sacándose la selfie con el pañuelo celeste o Larreta consagrando su pelada, su gestión y ¡¡¡la ciudad toda!!! al sagrado pene de Jesús (bueno, tal vez era otra parte del cuerpo), Macri, eh, Macri gato, se comportó por una vez casi como un estadista.
Si el gobierno anterior hubiera permitido que se tratara la ley durante el tiempo en que él fue diputado, seguramente habría votado en contra (y se habría quedado dormido en el recinto, tal vez). Ahora, aun estando "a favor de la vida", habilitó el tratamiento legislativo, no bajó línea en contra, recibió a la mediática y ascendente diputada Lospenatto (yo habría preferido que recibiera también a la diputada tucumana Villavicencio) y mantuvo una distancia prescindente que me sorprendió de forma muy positiva.
Después dice lo del gas y vuelve a la normalidad. Pero a mí me gusta decir lo indecible, me gusta rescatar las flores de la basura.

No voy a salir más a la calle (Sué Mon Mont en Roseti)

El otro día, quizá el domingo, pasé después de un tiempo por el Facebook de Sué Mon Mont y con sorpresa vi que tenían fecha en Capital: la primera y, dicen, tal vez la única del año, este sábado en Chacarita. La descarga de neurotransmisores no puede medirse, pero doy fe de que fue intensa en el momento y, lo más importante, de que perduró en el tiempo y se consolidó en ganas de ir, aunque no hubiera con quién compartir la salida.
Pasó la semana y el asunto fue creciendo en importancia hasta transformarse en el faro de mis días estos días. Ahora me doy cuenta de que esta semana salí a la calle tres veces: el lunes, para correr un poco, justo cuando se cumplían cuatro semanas sin correr; el jueves, para ir a cobrar el laburo que hago para el lugar donde antes trabajaba diariamente (eran dos meses, 800 pesos, porque estuve todo un mes sin ir a cobrar lo de julio) y hoy, recién, para ir al recital.
Como siempre, el asunto fundamental era descansar. Esta semana ya no hubo vacaciones de invierno, con su consecuencia de niños 24x7 (sí, es un pijazo) en los departamentos cercanos, no hubo cumpleaños de adultos –como el del sábado pasado, que me obligó a salir a la calle, dos horas y media caminando bajo la llovizna y el frío para evitar el quilombo que hacían arriba de mi cabeza, el cual terminó a las 2.15 a. m.–, no hubo pijama party de los nenes. Pero era sábado, niños que no van al colegio, adultos que, si no hacen quilombo hasta tarde, se levantan antes de las ocho de la mañana. Y me desperté varias veces pese a los tapones en los oídos que uso cada vez que duermo. Incluso la despertada pasó a nivel desvelo, y hasta prendí la computadora y boludeé un poco.
Es tan difícil explicar esto, me siento tan freak refiriendo mis capacidades diferentes para descansar. Si los propios profesionales de la salud especializados me hacen sentir freak, ¿cómo quedaré en la mirada de alguien que no se dedica a eso?
Finalmente, pude dormirme de nuevo, entre las tres y las cinco de la tarde, y cuando me desperté me sentía razonablemente bien. Gran noticia. Y gran consecuencia: voy esta noche a ver a SMM. Miré el Facebook de nuevo, por las dudas, a ver si había info exacta sobre el horario de comienzo. Y no, nada significativo: solo decían que daban puerta 21:30 aunque el flyer anunciara a las 21.
Una vez me tuve que fumar una hora y media de espera en Niceto, un martes que estaba anunciado a las 20 y la banda previa comenzó a las 22 (y SMM a las 23). Otra vez, el año pasado, plena madrugada de invierno, fueron tan deliberadamente imprecisos para hablar de la hora del show que directamente no fui. Imprecisos y desconsiderados para con la gente que decide cagarse de frío para verlos y en especial para con la gente que, por el motivo que sea (desde tener un cumpleaños hasta problemas de salud… adiviná qué opción me corresponde), no puede quedarse tres o cuatro horas en un lugar.
Si esta vez anuncian a las nueve, o a las nueve y media, empezarán a las once, supuse. Ni siquiera pregunté por Facebook ya que cuando pregunté, aquella vez de Niceto, no obtuve respuesta ni por el horario ni por el valor de la entrada, que no era el mismo en el FB de la banda que en la boletería.
Quise salir a las diez de casa, pero me demoró la última empanada, y salí diez y diez. El colectivo que me lleva a Chacarita no venía, y pronto decidí la combinación de varios subtes, que no fue mi primera opción porque justo ayer aumentó y porque prefería viajar sentado en el bondi y sin tener que caminar ni subir y bajar escaleras.
22.50 estoy en Chacarita. Caminando por Lacroze como la empanada extra que llevé para mantener mi glucemia en condiciones. En la esquina previa me desvío unos metros y hago pis en la botella de agua, ya vacía, que traje para bajar la empanada y la dejo junto a un árbol. Antes de las once llego a Roseti. ¿Dónde es, dónde es? Ah, es una casa, un PH con un cartelito escrito a mano, de 12 x 5 cm, pegado en la puerta. No hay nadie en la vereda, se escuchan voces adentro, pero no música. Aún no empezó, imagino. Doy una vuelta manzana para hacer tiempo, para minimizar el tiempo en que voy a estar sin hablar mientras todos hablan, y, cuando vuelvo al lugar, desde la esquina veo a una chica en la puerta. ¡Bien!
Le pregunto si ya tocó el timbre, y, antes de que me responda o de que cambie su cara de nada y emita una señal de que registró mi existencia, sale un pelado con aspecto de estar caminando sobre nubes de colores. La saluda llamándola por su nombre completo, la abraza y la hace pasar. Cuando muevo el cuerpo en esa dirección, él dice que no, que no puedo entrar, que no hay lugar. Creo que usa la expresión "lugar privado" o "fiesta privada", seguro dice que había que reservar. Cual-quiera.
Supero rápido el desconcierto que me provoca saber que me está mintiendo y le pregunto retóricamente si toca Sué Mon Mont. Me contesta que no, tarda algún segundo y agrega que toca Rosario Bléfari. "Bueno, sí, es la banda de Rosario Bléfari", le digo… Líneas del diálogo se habrán perdido en la memoria, lo mismo que la precisión en la cita de las que sobreviven. Me explica que la chica entró porque es su hermana, pero que yo no puedo pasar porque la capacidad es limitada y el lugar está lleno. Incluso invoca una disposición municipal. "O sea que vine al pedo", algo así le digo. Me responde que sí, dice por segunda vez que lo lamenta y con toda cortesía me cierra la puerta en la cara.
Me quedo unos pocos segundos frente a la puerta cerrada, procesando el aturdimiento que me produjo la situación, cuando lo escucho preguntar "¿se van?". Acto seguido, abre la puerta y salen dos personas, y entonces me dice que como se van dos, puedo pasar. Bueno, gracias, qué bueno, qué suerte. Casi la misma que encontrar el subte entrando en la estación cuando yo daba mis primeros pasos por el andén.
"Ya te cobran", me dice, y me indica que espere en el zaguán del PH. Pronto viene una chica, se guarda los 200 mangos –el único registro de mi presencia– y me habilita a pasar.
En la desembocadura del zaguán hay dos minas que charlan, fuman y obstaculizan el acceso. Me quedo detrás de ellas hasta que, en menos de cinco minutos, la chica nos dice que pasemos a la sala, que ya empieza. Faaa, llegué justo, qué suerte estoy teniendo hoy, pienso. Las minas mucho no se mueven, algún otro que está ahí tampoco y tengo pedir permiso y esquivarlos. Entonces veo que se trata de un patio que es la mitad o menos del patio del departamento donde vivo, con una barra a la derecha y quizá una decena de personas allí.
Lo que habrán sido las habitaciones de la casa ahora son "la sala", que, en efecto, está colmada. Casi todos sentados en el piso porque las sillas están apiladas contra una pared, algunos sentados en la escalera y otros en un sillón que está frente al escenario. Unos diez quedamos de pie, sobre todo cerca de la puerta, a la derecha de los músicos y perpendiculares a ellos.
"Retomamos", dice Rosario, y esa será la palabra clave de lo vendrá. La versión electro-acústica incluye al guitarrista tocando el violín, y tras un silencio de aula largan con "Copiloto". La mina que tengo a mi derecha, cercana a los cuarenta, que está con otra mina, más probablemente su novia que su amiga, no para de moverse, un bailecito interminable por el que me choca varias veces. A mi izquierda, atrás, una pareja joven se da besos y, más adelante, dos cuarentones en pantalón de gimnasia y zapatillas con sus respectivas mujeres (o eso presumo) no sueltan el celular con el que graban.
Rosario canta sentada todo el tiempo, yo canto algunas canciones, otros también. Veo sus bocas moviéndose en la penumbra cuando miro hacia los costados. "A tu ritmo" suena rara y entrañable sin distorsión, podría ser una joyita de las tomas alternativas que hay en esa caja cuádruple de los Doors que compré hace mucho. En algunos temas, en algunos estribillos ("lo digo bien, lo digo bien"), la gente, aun sin zarparse de efusividad, compite contra la voz amplificada de la cantante.
"El último tema vamos a hacer ahora", anuncia RB antes de la séptima canción.
(?)
Sí, no tuve suerte: llegué en el intervalo. Esta vez, por una puta vez, empezaron temprano. Y yo llegué tarde. Y nadie me dijo. Ni el pelado amablemente drogado ni la chica con remera de Star Wars que me cobró los 200 pesos por siete canciones (más dos bises).
Pasan de nuevo "Copiloto" y "Besos", y chau. No salgo de mi asombro y quiero acercarme a la lista de temas que Rosario deja sobre la mesa del teclado, pero tengo que caminar contra la corriente de gente que sale, y otro la agarra antes de que yo pueda dar un paso en esa dirección. Se me ocurre pedirle que me la muestre antes de guardarla, pero desisto. Me voy sin saber cuántas canciones me perdí.
Ya está, ya terminó. La mayoría de la gente se queda en el patio, la mayoría de la gente está con alguien, yo soy una mosca atontada rebotando contra infinitos ventanales. Miro la mesa con los discos y como aquella noche de Niceto decido no darles ni un mango más. Uno pasa raudo y encara para el zaguán, lo sigue una pareja. Decido sumarme y salir yo también. Solo nosotros nos vamos. Pronuncio una palabra, "gracias", a la persona que sale antes que yo y me sostiene la puerta, no por educación, sino para comprobar que no soy un fantasma.
Todos agarramos Lacroze, el que estaba solo se pone un gorro para mitigar el frío, la pareja cruza la calle, miro la hora, son las 23.45. Toda mi expectativa de la semana disuelta en menos de 45 minutos, en media hora de show.
Decido caminar los más de siete kilómetros hasta mi casa.
La sensación de no encajar es apabullante, es esa función del viejo Paint cuyo ícono es un balde. Bueno, un balde así de neurotransmisores vinculados con el abatimiento y la decepción y el vacío y la nada misma me pinta todo el cerbero, toda la sangre, todos los órganos.
El mundo no es para mí. O yo no soy para el mundo, no importa: de una forma u otra no hay match. La (nueva) comprobación de la fugacidad con que se desintegra todo aquello en lo que uno pone –en lo que uno puede poner– la energía también apabulla. Demuele.
En un momento, las cámaras de seguridad pueden testimoniarlo (?), tuve que sentarme en los bancos que hay en algunas paradas de colectivos porque me costaba sostenerme en pie. Unos metros antes había visto unas revistas de Farmacity tiradas en la vereda. Volví, las levanté y las guardé en la bolsa donde había llevado empanada y botella, y las traje para venderlas como papel, pero sobre todo para que el cuerpo tenga que hacer alguna fuerza y cambiar así mi dinámica psicofísica.
Llego a casa y al rato empiezo a escribir esto. Mientras todos hacen cosas, yo paso y repaso y trato de ponerlo en palabras porque si no me escribo soy una inexistencia y se acrecienta el riesgo de saber si estoy o no.
Pienso no hacer más nada, no ir más a un recital (salvo que diga "puntual", como dice Dancing cuando toca en el Konex), no cortarme el pelo en la peluquería antes de ir a ver la dentista (nuevo faro de mis días por esta semana), no sumirme en la depresión infinita que implica mirar departamentos horribles que serán poco más o poco menos invivibles que este (y lo digo ahora que el vecino, Juancito Cancro, abre y cierra su placar con puerta deslizable que parece un terremoto), no comprarme una campera y seguir usando esta, remendada, con 25 años a cuestas; no ponerle ni un gramo de energía al otro blog que hago, sobre el que tuve la fantasía de que fuera más presentable que este y finalmente no mueve el amperímetro.
Pienso no salir más a la calle, no hacer nada de eso ni las cosas que ni se me ocurren porque, aunque creas que no tenés nada para perder, siempre podés estar peor, podés, incluso, perder esa creencia.

La vecina de la vuelta

En mi niñez y mi adolescencia, tan horribles como lejanas, había una chica que vivía literalmente a la vuelta de casa. Era menor que yo, creo que dos años menor, y tuvo un despertar bastante precoz a la sexualidad compartida y al consumo de sustancias.
No quiero perder las formas en la descripción, pero era un poco gordita, aunque tal vez ese recuerdo sea más de cuando era una nena y no de cuando creció. Lo que quiero decir es que nunca me gustó. A mí siempre me gustaron las inalcanzables. Inalcanzables sobre todo por la edad, fueran, en aquel tiempo, mayores, o sean, en este tiempo, sub-30. Caramba, ahora mismo caigo en que también ella fue inalcanzable: que no me preocupara su inalcanzabilidad no la suprime.
Vivía con la abuela paterna, que habrá enviudado por aquellos años. Su madre era una ausencia, pero viva. Creo que la había abandonado, o, como dijo Rodrigo, voló, voló. El padre era una ausencia que se interrumpía una vez por semana, cuando venía a visitarla y la vieja le pasaba el parte de todas las veces que Adriana se había portado mal. La repetida consecuencia era una paliza. Esto, como casi todo lo que puedo decir acá, no lo sé porque ella me lo haya contado, sino porque se lo escuché a mi madre.
La piba habrá conocido a alguien, empezó a tomar pastis, tal vez a mezclar, y pronto quedó embarazada. Quizá a los 14. No sé si el novio con el que venía a casa a veces, aquel flaco alto de rulos, fue el primero, pero fue el padre de la criatura. Tampoco sé por qué empezó a venir con cierta frecuencia en esa época.
Una de esas veces mi incapacidad para la comunicación hizo que me quedara en la cocina mientras ellos estaban en el living. No sé cómo se dio ese reparto espacial –supongo que mi madre habría salido a comprar algo–, pero me resultó totalmente insalvable. ¿Viste cuando sos consciente de que está sucediendo algo absurdo, pero no tenés recursos para atravesarlo? Bueno, eso. Largos minutos así.
La verdad, no sé cuánto tiempo. Hasta que en un momento, y tampoco sé por qué, salí de la cocina. Ellos estaban transando mal en un sillón: estaban literalmente encimados. Ni se me ocurrió pensar que podían estar garchando: de esa posibilidad me di cuenta años más tarde. La escasa información que manejaba por entonces no incluía que se podía coger sin desnudarse. Igual, no recuerdo haber visto nada de piel ni ningún movimiento brusco que tratara de cubrir algo, así que supongo que la interrupción no fue tan grave.
La memoria es selectiva y no registra cómo prosiguió el diálogo tras mi inoportuna aparición (tras ese esfuerzo de mi parte, digámoslo también). Solo retiene, y necesita decir, aunque no encuentre dónde meter este párrafo, que usé como excusa a uno de mis cobayos, que estaba muy enfermo. "Me quedé cuidándolo", habré dicho.
No sé cuán a menudo venía, pero tengo varios recuerdos que la incluyen. Por ejemplo, cuando me trajo, no sé si como préstamo o como regalo, o meramente en comodato, un par de tomos encuadernados de El Gráfico de la década del 20 que eran de su abuelo. Todavía los tengo. Si los querés, te los devuelvo. Pero apurate, porque algún día voy a terminar vendiéndolos…
Otra vez, cuando su embarazo era evidente. Tengo foto mental de ella sentada en esta misma cama donde escribo, disculpándose por la postura un poco indecorosa que le imponía su panza. Esa noche u otra escuchamos un disco de Sui que tenía "El fantasma de Canterville", algún casete de Zeppelin que trajo ella –y que no me gustó, porque a mí me gusta Purple–, algún programa de radio que pretendía ser humorístico pero que no siempre lo lograba y que por algún motivo incierto yo solía grabar.
Pronto se peleó con el novio, no sé si antes o después del nacimiento del bebé. Pronto empezó a salir con otro chabón, más grande, que militaba con el tío en algún comité alfonsinista. Pronto quedó nuevamente embarazada. Datos que quedan al pedo en la memoria, recuerdo nombre y apellido de este chabón. Ahora que lo googleo me entero de que no era tan grande como yo lo veía entonces: tiene apenas cuatro años más que yo.
Él también vino a casa algunas veces. Una tarde estaba molesto por cómo se vestía Adriana. Hablaba con mi vieja y le explicaba su lógica, que tal vez no haya estado alejada de la realidad, pero que me sigue resultando tan inolvidable como excéntrica, tan inolvidable por lo excéntrica. Decía que no es lo mismo usar un vestido que usar el mismo vestido con un cinturón: si usás cinturón, querés guerra.
Como suele ocurrir en las relaciones vecinales, de golpe surgió la distancia. No sé si por influencia del novio nuevo o por qué razón. Igual, supe que el militante le dio su apellido al pibe del otro. No fue gratis: el reconocimiento vino con un hijo propio. Menos de dos años después, nació la criatura. 16 años, dos pibes. El futuro parece no ser muy prometedor.
De nuevo interviene el relato de mi madre: esta vez avanza en el tiempo y cuenta que se había encontrado con el padre del primer pibe, que iba a la vereda de enfrente del jardín de infantes a mirar a su hijo de lejos porque ella no se lo dejaba ver.
Ya en este siglo, coincidí en un sitio de internet sobre algún hobby que tengo con un usuario que tenía ese apellido y que solía mencionar el barrio, el colectivo que pasa por la esquina, etcétera. No sé si me acordaba el nombre o el apellido, o ambos, o si esas frecuentes referencias me conectaron las neuronas justas e hicieron que me preguntara ¿será el hijo de Adriana?
La sociabilidad sigue sin ser lo mío y, aparte, ¿cómo le sacaba el tema? No daba decirle que conocía a la madre de aquel tiempo inestable y revivir en ellos una historia de la cual no sé qué versión tiene. No daba decirle "a tu vieja la conozco de cuando la preñaban a cada rato y a tu viejo…, bueno, no sé quién es tu viejo, pero también lo conozco". Y, sobre todo, no daba decir quién soy y revivir mi pasado en el recuerdo de otros (ni revivir mi presente en la mirada de otros).
Entonces, di por sentado que sí, que era él, pero nunca le pregunté. Tampoco lo googleé.
Aquella página cerró, a Ezequiel no lo volví a encontrar en los sitios sobre el tema por los que nos dispersamos. Todo quedó en un recuerdo que se fue diluyendo.
Hasta ayer, cuando paso por un sitio similar, por el Facebook donde el sorete al que le compré algunas fotos las publica sin marca de agua, para desvalorizarlas, y veo que el pibe este dejó un comentario. Se despertó el recuerdo, que comenzó a encadenarse con otros, y en el aburrimiento y la pachorra del frío del domingo, en el cual no salí de la cama, empecé a stalkear.
Y sí, es el hijo, es la madre, el segundo embarazo tuvo por resultado una nena, y no un nene, como había quedado en algún lugar de mi memoria. Ezequiel, lo confirmo ahora, es el hijo del flaco de rulos, es el pibe al que conocí en la panza de su madre.
Cuando la búsqueda me lleva al Face de Adriana, en su biografía resalta que laburó varios años como analista de riesgo crediticio de una conocida tarjeta de crédito. Desde que terminó el colegio, en una nocturna, unos años después de que yo hiciera lo propio, se suceden varios estudios terciarios y semejante empleo.
Me alegro por ella. No mucho, en realidad. Ni fu ni fa, casi. No porque tenga algo en su contra: no me hizo nada como para que le desee el mal, a diferencia de otra gente de aquel tiempo. Pero prevalece el contraste con lo que soy, con estas decenas de años perdidas en enfermedades sin diagnóstico, mal descanso, mentiras y vacío.
Todos esos años en los que vos hiciste cosas, yo esperé un futuro que nunca llegó: lo que busqué no se dio, la energía la puse en el lugar equivocado y seguramente hice mal lo poco que se me ocurrió hacer. Y un día me di cuenta de que es muy tarde. El cuerpo es el que me lo dice de modo más lapidario. Porque los demás siempre dijeron lo mismo: no.
Algo sucedió –fue el azar, el destino, la mera esencia (la energía que somos, según César Millán), no sé qué, eso que a mí no me toca, que me es ajeno–, se te ordenó el contexto, se te alinearon las neuronas, estuvieron cerca las personas apropiadas, el cuerpo te respondió, "tuviste voluntad". Y algo hiciste. Algo podés poner en tu biografía de FB, algo en tu currículum. Algo podés responder cuando te preguntan "¿qué hacés?". (Algo podés ver de vos cuando te vas a dormir o cuando te mirás al espejo).
Yo, en cambio, hace días que no salgo de la cama, que no me miro al espejo, que no hablo con (casi) nadie (y hay días en que el "casi" sobra: literalmente). No es depresión: es frío y nada que hacer. Y aunque tenga algunos recursos más a que a mis 15 años y pueda interactuar un poco, quizá no sean más que un idioma aprendido por fonética. Quizá nunca dejé de ser aquella persona, confinada por una falla irremediable de la comunicación en la cocina de mi casa, nombrando como excusa a un cobayo moribundo, consciente de las cosas, pero incapaz de remediarlas.

Planes a largo plazo

Ali   La semana
que viene no
la otra
semana
nos sentamos
juntas?

viernes, 8 de junio de 2018

Colibrí

El colibrí de mi jardín no es ningún drogadicto. Pasa por toda la rosa china, a veces comparte la aljaba con el avispón negro, pero nunca liba en el floripondio.