miércoles, 8 de febrero de 2017

El puente

Tengo terror a las alturas. Un miedo cerval, literalmente paralizante, como el de la última vez que viajé en avión, cuando cruzar el puente peatonal sobre la costanera para llegar a Aeroparque fue un sufrimiento enceguecedor mientras mi madre casi me arrastraba de la mano.
En especial a los balcones y a los puentes. Sobre todo si las barandas no son muy altas, totalmente altas, hasta arriba, hasta el techo, como el puente de la estación Liniers, por ejemplo. Ahí está todo bien.
Puedo cruzarlos, sin embargo. De hecho, al menos tres veces me propuse cruzarlos para tratar de vencer esta tara irracional. Y lo logré. Pude cruzar dos veces el puente de Bustamante y una vez el de Constitución sobre la 9 de Julio. Pero claramente no pude superar el miedo. Sufrí como un cerdo mal degollado y decidí no intentarlo más. (Los puentecitos de mierda junto a los diques en Puerto Madero puedo cruzarlos porque son cortitos, pero siempre voy por la calzada, y nunca por el sector peatonal).
Esta tarde, cuando pido el boleto, la máquina me devuelve, junto con el pitido de confirmación, la mala noticia de que estoy menos quince en la Sube. Mala noticia por el saldo negativo y más mala porque voy a Valentín Alsina, donde no hay subte y la estación de tren está en zona no recomendable. Y no sé si es fácil encontrar otro lugar donde cargarla, en especial uno donde no cobren el recargo ilegal que muchos lugares cobran.
El viaje se hace lento, pese al Metrobús y sus paradas excesivamente espaciadas, al entrar en Pompeya. Vamos casi a paso de hombre, y supongo que puede deberse a que la calle principal de Alsina está cerrada por arreglos. Pero me llama la atención que quienes vienen de provincia no tengan ese problema y pasen a velocidad normal.
En el primer semáforo después del puente descubro la razón. Además de esa calle (Perón ex Alsina no es una avenida, por más doble mano que sea) cortada, en la avenida que baja del puente hay un solo carril libre en sentido provincia porque están hormigoneando la calle, seguramente para las paradas de los colectivos.
Miro un poco la zona, buscando dónde cargar la Sube, pero no encuentro. Voy a donde quería ir, y mientras voy o mientras vuelvo me doy cuenta de que podría cruzar el puente caminando. No por la pasarela lateral, junto al vacío, y separado de este sólo por la baranda bajita. Por la vereda estrecha que hay junto a la calzada, a la que recién hoy descubrí a través de la ventanilla del bondi lenteja. No un día normal, con autos y camiones y colectivos pasando rápido por el asfalto ondulado del puente. Hoy, que el tránsito está trabado y nadie va a más de veinte por hora.
Con el riesgo objetivo disminuido por la velocidad escasa y el temor a dos barandas de distancia, vuelvo al lugar con la decisión tan tomada que dejé de prestar atención a los negocios donde cargan la Sube, total, la cargo después, donde sale el bondi, en la plaza frente a la iglesia. O en la estación. Paso por esos locales lúgubres, abandonados desde hace años, cruzo la avenida, encaro para este lado del puente y empiezo a caminar por la vereda. Alguno en bici se manda por ahí y hace mucho más rápido que los autos y los camiones.
De pronto, la pared maciza que tengo a mi izquierda desaparece y a la altura de la vía, mientras la cuesta arriba se acentúa y yo me alejo más del suelo, lo que empieza a separarme del vacío es una puta baranda que me llega más o menos a la cintura. Dudo, me detengo, miro para abajo, a la gente que camina por la calle rumbo a la escalera para cruzar por la pasarela lateral. Trato de seguir, camino un poco más, me corro porque viene otro ciclista, y no puedo más.
Y me vuelvo.
Ni siquiera llegué a la reanudación de la pared, que está unos metros más allá, después de un segundo tramo de baranda, según veo ahora en Street View. (Mido en la web y compruebo que sólo pude hacer ciento y pico de metros de los cerca de quinientos cincuenta que tiene el trayecto total). De golpe, no pude seguir. Simplemente no pude.
Tenerlo tan fácil, con las condiciones más cercanas a las óptimas, y no poder hacerlo fue una bomba de fragmentación.
Supongo que el origen del terror se remonta al balcón del departamento de mi abuela, un noveno piso a la calle con una baranda estándar, sin cerramiento. Alguna vez me habrán dicho una de esas cosas que les dicen a los chicos para asustarlos y que no jodan, y ahí se cagó todo.
Fuuuuuuuuuuuuck. Acabo de recordar que siendo chico –chico chico, cinco o seis años– fuimos con el jardín o con el colegio no sé a dónde, a un lugar donde había dos toboganes, uno de ellos notoriamente más alto que el otro. Yo, re pulenta, quise subir a donde se subían no sé si todos, pero unos cuantos, tal vez la mayoría: al más alto. Y en la mitad de la escalera me venció el miedo y tuve que romper esa especie de línea de producción que son los toboganes. Me acuerdo del color con el que iluminaba el sol, y que di media vuelta, pedí permiso a quienes estaban detrás mío, que tuvieron que correrse a un costado del peldaño o retroceder hasta el piso, y me bajé. (Por suerte no recuerdo si lloré, qué me dijeron o cómo lo manejé).
Vuelvo, con una lápida sobre mi alma, a la avenida. Pregunto dónde mierda cargar la Sube, me dicen, la cargo (¡no me cobran de más!), busco dónde mierda paran los bondis desviados por la calle cortada mientras pienso en todo esto, los encuentro, me vuelvo.
Pienso, también, en cuántas cosas más de este tenor habrá en mí. Intuyo la comunicación, los horarios, el cuerpo (andar sin remera, el garche)… Seguramente habrá otras que ni siquiera se me ocurren.
Y la resistencia que agito en el otro post se ve, de golpe, tan ridícula. Ninguna resistencia, idiota. Situaciones así muestran nudamente lo que hay y lo que no hay. Y lo que hay es esto, que no deja lugar para nada: ni para palabras como estas, con las que paso todo el mucho tiempo que me lleva ordenarlas y buscar una mejor; ni para entusiasmos previsiblemente vanos con nadie; ni para pasar por la web a ver si un comment, si un mail…, ni para pensar qué carajo haré con mi vida cuando caiga, finalmente, la ola que nunca cae.
No es una cuestión de los demás, no es una cuestión de voluntad propia: es una cuestión de no poder, de no estar en condiciones. Y cuando te encontrás con esto, que seguramente se intuye –como dijo la chica lúcida alguna vez–, cuando es tan abrumadoramente obvio que debajo de cualquier cosa, de diversas formas, aparecerá esto, ¿de qué te disfrazás?, ¿cómo lo maquillás?, ¿cómo lo cambiás? ¿Cómo seguís? Sí, ya sé: olvidándome. Hasta el próximo puente o hasta la próxima situación no tan fácilmente identificable donde me encuentre con que, desbordante de confianza y de símil normalidad, intento lo que hacen todos y no puedo. Hasta que la realidad me lo estrelle de nuevo en la cara. Y el circuito eterno vuelva a ocurrir.

Resistencia (La endogamia de las redes sociales)

La web como lugar para conectarse con el afuera es parte del pasado. Desde hace un tiempo, tal vez desde que el uso del teléfono para acceder a internet se multiplicó enormemente, comenzó a dejar de ser un espacio donde uno emitía para el infinito, para el universo, para todos, dejando una huella, o tratando de dejarla, y se transformó en algo cada vez más endogámico, en el que sólo nos relacionamos con gente que ya conocemos.
Antes, tenías un Fotolog y lo podía ver cualquiera. Facebook mató a Fotolog, y sus diversos filtros de privacidad limitan la posibilidad de que se vea lo que publicás: nadie que vos no quieras podrá verlo (salvo Facebook, su software de reconocimiento facial, la NSA y algunos pocos más).
Y si bien Facebook mató a Fotolog, lo que más se le asemeja es Instagram, que vendría a ser como Fotolog, pero con videos y sin Cumbio. Y con la obligatoriedad de tener teléfono. Y con la chance de que la cuenta sea privada. También Twitter tiene la opción de cuenta privada, de que tus contenidos sean visibles solo para quienes vos querés. Pero, como escuché el otro día, la gente usa la opción de cuenta privada en Instagram muchísimo más que en Twitter porque es más importante lo que se muestra que lo que se dice.
Hasta no hace mucho, grabar un video con el celular tenía como destino subirlo a Youtube. Es decir, ponerlo a disposición de todos, de cualquiera que llegara a ese link a través de los algoritmos de Google. Entonces, los usuarios podían, por ejemplo, repasar fragmentos del recital al que habían ido o al que no habían podido ir. Luego, no hace mucho, eso cambió, y ya no se grababa pensando en Youtube, sino para "compartírselo a" los amigos de Facebook, usando el verbo de esta forma novedosa, tan horrísona como incorrecta, sin la etimológica preposición "con". Ahora, tan poco tiempo después, es, simplemente, para mandarlo por WhatsApp.
Así, de todas las personas que pelaron celu y grabaron en el último recital de SMM al que fui, ni una lo subió a Youtube. Ni una. Ni siquiera los que grabaron con cámara profesional para la banda.
De similar modo, hubo un tiempo en que sacar fotos de tus vacaciones o del lugar donde vivías era para subirlas a Google Earth, a través de Panoramio, recientemente asesinado por Google. Cualquiera podía ver tus fotos de Necochea, de tu barrio o de tu viaje a Nueva York; podía ver las fotos de todos los usuarios y podía buscar en el mapa las fotos de cada lugar. Ahora, casi nada de eso queda. Más allá de que Flickr sobrevive (y más acá de que es una reverenda mierda para eso), Facebook conquistó también ese territorio, y allí solo las verán tus amigos, a menos que decidas publicarlas públicamente. Y que, en ese caso, uno tenga la suerte de caer en tu perfil y ganas de ahondar en tus álbumes, los cuales suelen tardar vidas en cargar.
El tiempo de los blogs pasó hace mucho. Los que pueden escribir, se fueron a Twitter, donde no hace falta tener la capacidad de hilar más de dos oraciones (los que no, se comunican con memes en Facebook). Twitter, de hecho, es lo más parecido a un lugar de aquellos donde uno emitía para el afuera. Sin embargo, prevalece también allí, como en Facebook, la lógica numérica de la multitud: cuanto más seguidores o amigos tengas, más groso sos. Y si no te conmueve la grositud del número, o no podés alcanzarla, tanto en un lugar como en otro tus amigos, parientes y demás integrantes de tu entorno serán el núcleo duro de tus seguidores, y, por ende, el público más probable de tus envíos.
De esta forma, todos circulamos en micromundos donde nadie puede entrar, reforzando lo que ya tenemos, salvo que no tengamos nada. Donde subís 1423 fotos, de las cuales son públicas menos del diez por ciento porque lo que elegís mostrar está dirigido a tu público cautivo, a reforzar la imagen que tienen de vos los que ya te conocen.
Como yo no tengo amigos ni seguidores ni nada; como no tengo familia ni conocidos de los diversos ámbitos en los que (no) me muevo, y como a la gente de mi pasado en general sólo querría verla para escupirle la cara, sigo en Blogger. O porque lo que tengo para decir –que no puedo decírselo a nadie de otro modo– excede los 140 caracteres. O porque alguna vez funcionó y hubo signos vitales. Sigo como una forma de resistencia. Resistencia contra todos, contra todo. Contra la nada.

lunes, 6 de febrero de 2017

Una comunicación esencial

Tiran luces sus músculos faciales cuando le agradezco, a instancias del tipo que cobra, su gestión, aunque nunca supe exactamente cuál fue o si puso plata de su bolsillo.
Un toque baja el fulgor, y caigo en nuestras manos, que convergieron, motu proprio, en el mismo punto del universo. Entre pacientes ansiosos o somnolientos, está sucediendo uno de los gestos que más profundo resuena en mí.
De tanto recordarlo sin encontrar la ocasión propicia para decírselo, comprendí que se trataba de una comunicación esencial pese a la carcasa abollada de la sociabilidad.

Antes de que vos te vayas y yo desaparezca

(La máquina de cortar con enter queda a tu cargo)

Cicatrices por segunda
Cualquier excusa es buena
Poco placentero
"Las ambulancias terminan devorándose todo"
Sólo sucede en sueños
Una blusa blanca
Los días del humo
Tiempo y espacio
Ella duerme al lado mío
Yo voy por escalera
Hay cadáveres (versión vegana) 
V.onus track

La vida de los hijos es la muerte de los padres

Y ellos rehúsan morir. Incluso cuando ya están muertos y llevan años a merced del viento.
"Quiero que [quien esto escribe] se relacione conmigo como cuando tenía 25 días de vida", programó mi madre en su control mental. (Entre tantas otras cosas similares que habrá programado y que desconozco).
"El departamento lo ponemos a tu nombre, pero tenés que firmar un papel que diga que no vas a poder usarlo hasta que yo me muera", propuso mi padre aquella vez.
"Todavía no me morí", dijo mi madre cuando expresé mi deseo de que se vendiera este deptartamento y que me dieran mi parte.
"Vivir solo es para el que tiene buena salud", dijo mi padre, seguramente cuando regresé a trabajar tras ausentarme algunos días por enfermedad, y esa fue su única referencia a mi determinación –solo posible en los 90– de ahorrar, tan espartana como infructuosamente, para comprarme un depto.
Y la idea de comprar, en mi plena niñez, una parcela con tres lugares en el cementerio, como que me ponía un límite, como que también dice algo a este respecto…

viernes, 30 de diciembre de 2016

Posdata (de un mail sin respuesta)

Recordaba aquella frase tuya, enceguecedora de tan lúcida, "no te internaron, pero te internaron igual".
Así sigo. :(

Debería dejar las drogas

Tengo que dejar las drogas. No las ilegales, que, precavidamente, no consumo; no las legales que me interesarían, las cuales me resultan inaccesibles por la acción de esos policías del garche llamados dependientes de farmacias. Tengo que aflojar con las que produce mi cabeza cuando recuerdo y, como lógica continuación del recuerdo, las conversaciones y los hechos van más allá de donde llegaron en realidad.
A veces me resultan útiles porque hacen surgir palabras para usar una probable próxima vez o porque permiten revisar lo que pasa y poder verlo con otra perspectiva. Pero esto es otra cosa. Es dar demasiadas vueltas alrededor de ciertas situaciones, elegir pensar en ellas y recordar algo que no pasó ni pasará, sólo para producir y consumir sustancias.
Debería dejar la droga que produzco al pensar en un viaje a Necochea, en llegar pasando por el puente de todas las postales, en vislumbrar el mar que asoma al fondo de la 87, en el largo trecho de playa que hay entre la costanera y la orilla. Aunque pensar en esto me sirva para notar que no sólo se trata de ver nuevamente, después de treinta años, el mar. Se trata, también, de volver a escucharlo, a tocarlo, a olerlo, a sentir en la lengua alguna gota salada que salpique o algunos granos de arena que me lance el viento. Se trata de tocar la arena, con las manos, con los pies, de ver los caracoles, los más enteros, los más rotos, sus colores; de sentir el viento en la playa o en el parque... ¡El aroma del parque! De volver al único lugar de mi niñez al que querría volver.

Foto: Oscar Bravo. 

Debería limitarme a pensarlo un toque, cuando pinte –y en verano pinta más–, pero sin perforarme las venas, cual yonqui impenitente, buscando y bajando decenas de fotos en Panoramio antes de que cierre. Debería dejar de seguir enroscándome con eso porque es darle más y más entidad. Y porque no creo que vaya a suceder pronto en las condiciones que quiero que suceda, compartiéndolo con alguien ante quien no tenga inconveniente en mostrarme como un niño, con alguien a quien quiera regalarle la eternidad en mi memoria, con alguien que elija fumarse un par de días en función del tsunami de emociones que me sobrevendrán, porque no sé si voy a llorar, a desmayarme, a convulsionar o a tener ganas de hundir mi cabeza en la espuma de las olas.
Debería, también, largar la droga blanda que produce mi cabezota cuando paso por ciertas calles y en ellas veo trazos de los pasos que compartí con alguien –podría dibujar en la Filcar nuestros recorridos, dije alguna vez– o por los umbrales ahora vacíos en los que nos sentamos. Pinta la sustancia y de inmediato saltan palabras que ya no sé si fueron dichas en esas ocasiones o si son las que diría hoy si se repitiera esa situación.
Debería, sobre todo, parar de pensar en la persona a la que más veces vi en el año, profesional de la salud que con un par de gestos conscientes y otros no deliberados, pero resonantes, armó la cocina de estupefacientes más pesada de mi organismo.
De esos pensamientos recurrentes a veces sale una versión vegana de "Hay cadáveres" o alguna palabra que llegará a destino y quizá tenga como consecuencia más palabras, una risa o un gesto afectuoso (y, ya lo sé, nunca nada más que eso). Pero tanta droga crea una familiaridad inexistente en el mundo real, donde no hablamos todos los días, y es menester un esfuerzo extra para no confundirme. Y tener la presteza de evaluar si lo que anticipé puede realizarse o si, en cambio, hay que guardarse la gran idea para la próxima. O para nunca. Porque, como preví, antes de la intervención me preguntó si había desayunado, pero no hubo margen para la respuesta preparada, "no: te invito, ¿vamos?", y hacerla reír. Ni, después, para hacer el chiste de "si fuera Scioli, me sacaría el brazo, así laburás más cómoda".
Otras veces, la mayoría, no es más que darle a la maquinita mental que produce imágenes definitivamente improbables. Porque está claro que no va a haber –no podría haber habido– un jueves de Dancing en el Konex, dos días en Necochea, un 31 solos en Centinela o apurados en el tren San Martín, dejando pasar un par de estaciones para estar un rato más juntos. (Tan claro como que no iba a estar sin novio el año y pico que pasó desde que el anterior dejó de aparecer en sus redes sociales).
Era evidente que yo no iba a ganar ese concurso de mierda y su premio en efectivo, y menos me iban a avisar justo en un momento que compartiéramos. Que no iba a leer en ningún lado. Que no tengo nada para mostrar... Que no iba a haber ojos salados de emoción por el encuentro ni un gracias escrito en la espalda o un #Ojalá posteado en Instagram. Ni la promesa de un tatuaje con su nombre o con su firma si terminamos bien, ni el regalo que se me ocurrió hacerle. Ni el link de esa canción que habla sobre una ternura que pide a gritos su chance para entrar, aunque esto, no sé si por falta de oportunidad o porque es mejor evitar tanta intensidad.
Ni el que por un rato podría ser si me dijera que soy bienvenido.
No habrá más invocaciones –¡ayudame con S.......!– cuando encuentre dinero en la calle, una moneda de dos o dos billetes de cien y, como siempre, agradezca a quien corresponda. Ni siquiera habrá una intervención más, porque el otro tipo, el que decide, dijo "tres meses y medio", y para abril ya se habrá ido. No podré seguir leyéndole la cara (porque su cara es tan expresiva, a veces, que ¡aguante la expresividad de su cara!) ni conocer la expresividad de su concha. Ni verla fuera del contexto laboral, como la vi la otra vez, de lejos, cuando, casualidad o no, fui a correr a la plaza que está en la esquina de su casa.
Ni mencionar mi pasatiempo favorito, ni encontrar tu teléfono robado o perdido, ni hablar del 448, que, ¿viste?, cambió de color, o de todas las cosas que por suerte ya me olvidé. Ni chances de desearte feliz cumpleaños, porque supuestamente no sé cuándo cumplís, ni de decirte que sos mi residente de ojos verdes Stella Artois y dudar si tiro la frase como si fuera mía o no.
No podré hablar –ni mostrar– de lo ubicado que soy, de que quiero todo sin que eso sea óbice para que tome nota de cómo me ubica la realidad y cómo me ubico respecto de dónde me ubica. No habrá todas las palabras que podría decir, las de ocho hojas por escrito o apenas cuatro palabras certeras (¡¿cuáles serían?!) que permitieran salvar el abismo de las relaciones profesionales y cruzar la distancia que nos separa (ey, a veces no se cruza con palabras, debería fijarme). Si, sencillo y directo, decir que un par de gestos me dieron ganas de más. Si dar un millón de vueltas para tratar de no incinerarme en el desubique. Si decir, corta la bocha, me gustás.
No sé si habrá ocasión de mencionar el momento en que nuestras manos decidieron encontrarse en el mismo punto del universo y dieron forma a uno de mis gestos favoritos y decir el flash que fue. (El jueves te cuento). (No, no hubo).
Pero ni en el viaje más volado logro las palabras para decir lo que sentí esa vez que terminó de atenderme, se quitó los guantes y, de inmediato, volvió sobre sus pasos para ver, una vez más, lo que había hecho. Y con un dedo me tocó la cara, parte del labio del lado izquierdo. La sensación inesperada y estremecedora de su mano levemente fría en mi labio trastocó todo.
(Me hizo recordar a cuando, tipo 12 años, fui al médico porque tenía algún malestar abdominal, y me atendió una pediatra –fue la última vez que me atendieron en pediatría–. Y cuando la mina me pasó la mano por la panza tuve una sensación no te digo erótica. De otro tipo. Reveladora).
Fue la imagen del fresco de la Capilla Sixtina, un dedo vinculando con la vida, con la que –recordé por ese gesto– hay ahí afuera. Y acá adentro. Pero sin intersección posible. Demasiado exagerado todo esto a partir de un dedo sobre el labio, demasiada energía para tan mínima expectativa, para tan nulo resultado. Pero es lo que hay.
Y cuando llega el jueves de Dancing y no hay Dancing, cuando llegue el 31 y no haya tren, cuando llegue la despedida y no haya regalo ni teléfono ni una próxima vez, sólo el final, un chau, gracias, cuidate (sé que va a decirme "cuidate"), alto vacío de energía evaporada. Es salir a la calle y que ya haya amanecido. Es sentir que el alcohol ya se metabolizó. Es publicar el post y no salir del cero comment. Es lo que sucede cada vez que la realidad se impone y disuelve la ensoñación, y una parte del cerebro queda aturdida. O apagada. En corto. Dura abstinencia hasta que suceda otra cosa que resuene en mí, hasta que me invente otra cosa para no reventar, según dijo alguien que solía ser muy lúcida, y que dejó una sensación similar de mundos paralelos cuando se fue.
Debería, sobre todo, largar la droga de escribir, de pasarme horas, que se hacen días, buscando una palabra que me satisfaga y me explique mejor algo cuya explicación no me va a servir para nada y que no podré contarle a nadie. Si, no importa lo que vea, lo que diga, lo que (me) pase, siempre voy a estar afuera, en una ajenidad irreductible que ya es parte de mi piel.
Debería abandonar las drogas comestibles, que mi madre compra porque consume y deja por toda la cocina, cinco tipos distintos de quesos en la heladera por ejemplo, ya que activa comiendo (y rezando) los circuitos cerebrales vinculados con el placer. Y así, como al pasar, conspira contra mis intentos de bajar de peso y vencer a este cuerpo poca-cosa que me dieron.
Debería dejar todas estas drogas y volver al clonazepam, al zolpidem, a la carbamazepina. A visitar psicólogos y psiquiatras con sus teorías y sus drogas infalibles, cuyo fracaso sólo se puede atribuir a una falla del paciente. Volver a los hospitales públicos y reencontrarme con su maltrato y con esos pacientes a los que veo tan diferentes de mí, pero que quizá no lo sean.
O enfrentar el vacío, el fracaso de cada intento, como el de ayer, cuando de todas las palabras pensadas –que repasé en el viaje como en el tiempo en que daba exámenes ahí cerca– sólo pude colar torpemente las vinculadas con el fin de año, y no imprimieron nada. (Ni siquiera pude decir "feliz año" porque no hubo espacio para nada. Y no lo vi. No lo preví. No tuve la presteza de que hablé párrafos arriba. Y fue una cagada).
Y si se necrosan ciertos circuitos neuronales vinculados a la satisfacción o, tal vez, simplemente, a la humanidad, bueno... es lo que hay. Y si hay que desquiciar o paniquear, bueno... algún día va a ser. Así que...

viernes, 16 de diciembre de 2016

Sala de espera (Thick as a mic)

La sala de espera no tiene aire acondicionado. Ni siquiera un ventilador. Sólo un compresor, que no sé qué comprime, pero que cada tanto atruena con su sonido por un buen rato. Sé que es un compresor porque alguna vez un paciente habrá preguntado qué onda, sorprendido por tanto ruido tanto tiempo, y otro, más experimentado, le respondió.
Yo ya estoy entre los experimentados y, cuando algún novato llega y el desconcierto trasciende su mirada, puedo decirle que debe tocar el timbre para que lo anoten en la lista. Antes era la secretaria la que se encargaba de recibir a los pacientes y anotar sus nombres, pero ahora es una tarea asignada a los residentes.
A veces, justo sale un doctor y tiene que rebajarse a esa actividad. Eso sucede pocas veces, eso sucede ahora, con el que me citó a las nueve y me atenderá pasadas las diez. Abre la puerta para despedir a una paciente, y uno que espera aprovecha para preguntarle algo. Todos allí parecen tomar agua cafeinada porque caminan rápido y hablan fuerte. Escucho que el doctor le pregunta quién lo atendió la otra vez, pero la respuesta del paciente no me resulta audible. Sin embargo, sé que dijo Victoria porque él repregunta: "Hay dos. ¿Cuál es? ¿Una petisita?".
Fuck. ¿Qué necesidad de referirse al escaso metro y medio de esa Victoria, y, encima, enfatizándolo con el uso del diminutivo? ¿Por qué no decir, simplemente, "la rubia o la morocha"? ¿Acaso yo pido por el pelado cuando voy a verte? ¿Acaso cultivo el desubique como para pedir por la petisita cuando voy a verla a ella? ¿Acaso ustedes se referirán a mí como…? No quiero pensar cómo.
Entran dos chabones a los que no sé si les nota más que son hipsters o que son putos. Como casi todo lugar público de cierto prestigio reúne a esa gente con los pobres, como el señor del banco de enfrente, que dejó apoyada en el piso la bolsa finita de almacén con un agua grande y un paquete entero de galletitas Granix. En la mano tiene otra bolsa, donde resalta un rollo de papel higiénico, y la cartera que le dejó su mujer antes de pasar al consultorio.
El señor, que debe andar por los sesenta y es rotundamente pobre, de a ratos duerme. Cuando en un momento del sueño echa la cabeza hacia atrás, la puerta de la habitación donde está el compresor se abre. Se despierta y manotea hasta cerrarla, dificultado por la carencia de picaporte.
Volverá a dormirse y a despertarse un par de veces más. En un momento de su vigilia, suena el teléfono de su mujer y el tipo arma otro gag de Buster Keaton buscándolo dentro de la cartera, a uno y otro lado de los papeles que seguramente son los análisis. Hasta que en el tercer llamado –porque el que llama es insistente– se da cuenta de que la cartera, del otro lado, tiene un bolsillo con un cierre y de que el teléfono está allí y no donde él buscaba.
A su lado también duerme alguien. Una chica joven, una especie de clon de Mimi Maura hace unos años, vestida en tonos amarillos, tal vez un vestido, tal vez una blusa y un pantalón, con zapatos de taco chino al tono. No recuerdo la ropa porque lo que se guarda con la forma de la sensación es su look, que rompe la uniformidad de los jeans de todas las otras minas que van ahí.
La acompaña, a su izquierda, un chabón que no sé si es el hijo o el novio. Por lo lampiño, por el color terroso de su piel, por su atuendo descuidado –el pelo revuelto, alguna mancha de lavandina en el jean, las zapatillas gastadas– y cómo contrasta con la prolijidad de ella, por su adicción al jueguito del celular, por la indiferencia que le obsequia, podría ser su hijo: un casi veinteañero grandote… Por lo incierta que me resulta la edad de ella, me surgen dudas.
Clon de Mimi joven duerme en varias posiciones que va cambiando a medida que algo la despierta o que la incomodidad le gana. Con la espalda apoyada recta en la pared, contra el hombro de él, apoyando la cartera en el respaldo si la pared le resulta muy dura, medio de costado, deslizándose en el banco, con la boca abierta eróticamente… Cuando elige el hombro derecho de su acompañante para apoyar la cabeza, el chabón ni se rescata en morigerar sus movimientos de jugador que hace fuerza para encontrar la última bola, para evitar al último monstruo, para lanzar la última bomba.
Ponele que ya no flasheás mirándola dormir. Ponele que tu adicción al celular no te permite rescatarte y procurar no molestarla. Pero… ¿ni un gesto de cariño? No. Ni uno. Nada. El boludo sigue jugando, y los cimbronazos de sus brazos y de su torso, y hasta de sus piernas, repercuten en ella, que a veces se reacomoda para seguir durmiendo contra el hombro. Y esa desconsideración, a la que veo tan propia de un adolescente, me hace pensar que podría ser el hijo.
Cuando sale otra paciente del pelado y entra el que está antes que yo, me acerco a la puerta y me siento en un banco más cercano a ella para ganar tiempo y caminar menos en el momento que llegue mi turno, como cuando caminamos hacia la punta del tren que nos deja más cerca al aproximarse la estación donde tenemos que bajar. Desde allí, Clon de Mimi y su compañía quedan completamente fuera de mi campo visual, que sólo apunta a la puerta porque ya me siento mal y me bajé en dos minutos el jugo que llevé buscando darle a mi cuerpo el azúcar que suele pedirme.
Solo una vez vuelvo a mirar hacia el lugar donde están. Ella ya se despertó, y en un instante su lenguaje corporal me quita toda duda: la veo pasando su brazo izquierdo por el espacio que queda entre el brazo derecho y el cuerpo de él, y esa forma de agarrar, esa forma de mirar no son las de una madre. El chabón, obvio, no suelta el celu, aunque ahora parece que no está jugando, sino mostrándole algo a ella.
Se me ocurren dos preguntas. Bah, tres. "¿Cuándo mierda me atiende el pelado?" es la primera. La segunda es "why not me?". ¿Por qué no puedo estar yo en una situación así? ¿Por qué no puedo dar gestos como los que no le dan a Mimi si puedo ver cuándo corresponden? ¿Por qué no puedo decirte las palabras que se me ocurrieron para dar cuenta, Victoria, de lo que vi de vos; por qué no puedo pegarte una dedicada y merecida chupada de concha? Podría hacer bien algo de eso. (Y probablemente fallar en casi todo lo demás). Pero ni siquiera califico.
La última, inevitable, ¿qué carajo hace una mina como esa con un chabón así?, sólo halla respuesta en una frase de Amalia Granata sobre el Ogro Fabbiani: "La tiene gorda como un micrófono".

Circular interna Nº 173

Temario: I. Frente a la masacre del boliche Cromañón
El fin de año venturoso que esperaba la burguesía y los sectores altos y medios de la pequeña burguesía e incluso franjas de trabajadores en blanco de grandes empresas de la industria y los servicios, se vio abrupta y violentamente empañado por la masacre del boliche Cromañón. (…)
Estas fiestas "tranquilas" se iban a dar en el marco de la coyuntura de luchas obreras de la que venimos dando cuenta, más allá del tradicional parate por las fiestas y el aumento de salarios a las capas bajas de los estatales y las sumas fijas a desocupados y jubilados, más los 100 pesos no remunerativos para los trabajadores en blanco. Todos los analistas burgueses auguran que ésta va a seguir durante todo el año entrante.
Pero los al menos 185 muertos y los cientos de heridos de gravedad -la peor masacre por causas no naturales de la historial nacional, equivalente en muertos a más de dos atentados a la AMIA- se convirtieron en un cimbronazo totalmente inesperado. (…)
En el marco de la situación no revolucionaria que hemos definido, la crisis actual es expresión de la crisis orgánica latente. Ibarra y su estructura política (construida con los requechos del Frepaso, sectores de la UCR y socialistas) son la principal base política del kirchnerismo en la Ciudad de Buenos Aires. De ahí, se entiende el "ruidoso" silencio de Kirchner durante los primeros cuatro días posteriores a la masacre, en los albores de un año predominantemente electoral donde la Carrió se perfila como primera en las encuestas en la Capital.
La "ayuda" que le quiso brindar a Ibarra con las declaraciones de su secretario de derechos humanos, Eduardo L. Duhalde, poniendo como responsables de las decenas de muertes a los jóvenes que habrían prendido una bengala (parte normal y ordinario del folklore roquero), más bien sirvió como un salvavidas de plomo. (…)
Nuestra política
La consigna de "Fuera Ibarra" debe ser la principal bandera de agitación. Junto con este, denunciar al gobierno de Kirchner y al conjunto del régimen como cómplices y encubridores del responsable político de esta inédita masacre.
Si la crisis se agudiza, se abriría la posibilidad de que se monten maniobras institucionalistas para evitar la caída revolucionaria de Ibarra. Allí nosotros tendremos que agitar abiertamente la necesidad de imponer con la lucha obrera y popular una "Asamblea Constituyente de la Ciudad que discuta todos los grandes problemas de las mayorías populares", como decimos en el volante nacional (aunque es aún prematuro y está en el plano de la propaganda ya que la clave hoy pasa por el derrocamiento de Ibarra mediante la movilización independiente de los trabajadores y el pueblo). (…)
Sucesos como el acontecido nos permiten a los revolucionarios agitar y propagandizar contra el capitalismo y sus empresarios, que como Chabán o Taselli no titubean un segundo en "ahorrar" en la inversión para la seguridad de los trabajadores y el pueblo en cada establecimiento, para lucrar más y más, convirtiéndose todos en potenciales asesinos. Hablan de "inseguridad", ¿quiénes la provocan? Mientras los capitalistas manejan hasta la diversión, no va a haber seguridad para el pueblo pobre. (…)
Lo sucedido desde la masacre y nuestra intervención
(…) A pocas horas de los hechos, el 31 a la tarde, se hicieron presentes en el lugar de la masacre alrededor de 70 compañeros de las zonas de Capital, pero no sucedió nada porque primaba el caos y la mayoría de los familiares no tenía idea sobre la suerte de sus seres queridos. Al mediodía ya estaba impresa y puesta en la página web del PTS la primera declaración del partido donde hacíamos responsables a Ibarra y el empresaria Chabán y exigíamos la conformación de una comisión investigadora independiente.
El sábado primero de enero participamos de una asamblea de los pibes callejeros en la Plaza Once, en la que primaba la bronca y un marcado rechazo a todo lo que oliera a partidos políticos. A partir de allí y casi espontáneamente, salió una columna de unos 300 a la morgue para exigir la entrega de los cuerpos. A la hora salió otra hacia este lugar, de unos 1000, en la que objetivamente la dirección política recayó en las fuerzas de izquierda que estábamos presentes: el PTS, el PCR y el PO, pese a la presencia de Bordón y Mellman, ambos padres de chicos asesinados que hoy trabajan en el Ministerio de Justicia kirchnerista con sendos sueldos.
Allí los cánticos que componían los compañeros, contra Ibarra y Chabán, marcando que se trató de un asesinato producto de la corrupción, diferenciándonos de Blumberg, etc., prendían entre los manifestantes, muchos de los cuales eran vecinos indignados. (…)
Con toda la audacia
1) Creemos que el partido debe intervenir muy audazmente en esta coyuntura. Muchos de los sobrevivientes o jóvenes familiares o amigos de los que fallecieron son trabajadores y/o estudiantes secundarios. En casi todas las estructuras nos enteramos de alguien que conocía a alguno que estuvo en aquel recital fatal. Además son varios los barrios que tienen muchos muertos, ya que venían en banda a ver a su grupo, como Ituzaingó, Villa Celina, María Elena, San Martín, etc.
En la Capital, los compañeros de No Pasarán y de En Clave Roja, junto a distintos grupos de izquierda y algunos sobrevivientes y familiares conformaron una comisión para hacer distintas actividades, como la realización de una bandera con tres consignas para la marcha del jueves. (…)
Tenemos que actuar con la mayor audacia en todas y cada una de las zonas y regionales partidarias, creando frentes únicos que nos permitan desplegar abiertamente nuestra política de clase. Tenemos que recurrir a todo tipo de iniciativas. Por ejemplo, en Capital hay chicos muertos de importantes colegios donde se pueden organizar comités con sus compañeros por el castigo a los culpables, haciendo todo tipo de actividades. La presidencia de los centros que compartimos en Sociales y en Filo de Córdoba tienen que ponerse al servicio de crear un ala de izquierda que quiera luchar hasta el final. (…)
El jueves 6 participaremos en Capital de la movilización, en principio sin banderas partidarias ya que la marcha está siendo convocada por el mismo grupo "Callejeros" (o sus seguidores) y explícitamente ponen en sus volantes la maccartista consigna "sin banderas políticas". Sí vamos a hacer banderas que expresen las consignas para la agitación. En las provincias tienen que estudiar si da para ir abiertamente como partido o no. No tenemos que descartar que éstas movilizaciones sean más de derecha que la del lunes, por la abierta intervención de los agentes de las distintas camarillas burguesas.
Debemos intervenir con todas las fuerzas partidarias. Todas esta actividad de agitación, propaganda y organización deben ser preparadas desde los equipos partidarios junto con los compañeros que integran los círculos marxistas y sus amigos. (…)

El sinfín del optimismo berreta

Cuando tengo la desgracia de que algún/a idiota me dé clases del optimismo infeliz con el que enfrenta la vida y me diga "yo vivo todos los días como si fueran el último", me dan ganas de preguntarle si coge sin forro. Me contengo, no sé si por urbanidad o porque sé de lo inútil de la pregunta, porque sé que no cogen ni les interesa.
También están quienes afirman que las cosas sucederán si uno las desea intensamente. Fuck, amigos, si eso fuese cierto ya me habría cogido a Demi Moore, a quien deseo desde que la veía en los afiches callejeros que publicitaban "Échale la culpa a Río". O a Carla Conte, que lleva doce años en el olimpo de la cabecera de mi cama.
La retórica motivacional que circunda el running y la actividad física en general está llena de pelotudeces así. Restallan en afiches y resuenan en las voces marciales de los entrenadores just do it, no pain no gain, impossible is nothing, no hay que bajar los brazos y la forrada cúlmine: el que abandona no tiene premio.
¡¿Perdón?!
Me cago en tu premio. Que te quede claro: me recontra cago en tu premio. No corro por un premio, no haga nada por tu hipotético premio. Ni siquiera por el mío, ya que mi cuerpo no toma mucha nota de mi esfuerzo y, en cambio, sí lo hace, cada vez, respecto de lo que como.
Y claro que a veces es mejor bajar los brazos y abandonar. Abandonar es una opción, es la opción mejor a veces. ¿O querés que me rompa? ¿Querés que me desgarre, que padezca la consecuencia de intentar sostener 170 pulsaciones más de lo que puedo? Chupame bien el orto… justo cuando vuelvo de correr. Forro de mierda.
En otro ámbito, el que te dice "ya vas a encontrar a alguien que te quiera" ni siquiera califica como optimista berreta: califica como cagón que no te dice abiertamente lo que subyace en esa frase: "Yo no te voy a querer ni en pedo". Otra baratura en esa línea, la del que dijo "vos sos un sol, alguien te lo va a decir", no me molesta tanto porque el chabón se suicidó, y me gusta creer –total es gratis– que lo hizo al comprender que no, que nadie te va a decir nada, al menos no por su sola afirmación.
Pero lo que más (me) suena estos días es esa gilada que insta a la acción, sea cual fuere esta, encararse a alguien, presentarse a un examen o pedir un adelanto del sueldo, porque "el no ya lo tenés" y "con intentar no perdés nada".
Error. No tengo el no. No tengo ni un no ni un sí. Y a veces es mejor eso que la confirmación del no. Sobre todo cuando ya tenés tantos noes que no te entra uno más. Que no querés un no más. O cuando intuís que el sí sería muy lindo, pero que rápidamente encontraría su límite en mi propia incapacidad.
De última, "te sacás las dudas", dice tu autoayuda de cotillón. No: de última, arruinás todo, generás una situación incómoda, te vas al pasto o quedás hundido en la leca, en un lugar del que no se vuelve –con los demás– y del que será penoso reponerse –para uno–. Y no me corras con que "si no lo intentás, no lo vas a conseguir" y "nunca vas a saber si había chances o no" porque esto no es un elogio de la pasividad, es una valoración de las probabilidades. Casi casi como cuando cruzás la calle.
Ni hablar si la persona a la que te encarás se enoja. Porque tal resultado confirmaría, además, que es una pelotuda de mierda. Llegado el caso, el rechazo me lo banco con solvencia y aplomo: estamos hechos de rechazos (más los tipos que las minas, más las gordas que las flacas), aunque su unanimidad es excesiva, es abrumadora, es infinita. Ahora, el enojo… Si, cuando te hablo de-sde lo mejor de mí, lo tomás a mal, andate a la reputísima madre que te parió por el culo. No quiero saber que sos así.
(La versión aggiornada de esa frase dice que "el visto ya lo tenés", lo cual tampoco aplica en mi caso, porque ni los mensajes me leen).
Y ahora que estamos cerca de las fiestas, por favor, no me vengan con los mismos deseos que me vienen repitiendo hace muchos años. Porque no alcanzan, no sirven, no se cumplen. Y sus palabras no hacen más que recordármelo.
No seamos optimistas al pedo. Cuando mi viejo estaba postrado, en parte por sus limitaciones físicas y en parte por sus limitaciones ¿neurológicas?, y estaba claro que ya no iba a salir de la cama, jamás le dije "que estés bien" o "que te mejores": me parecía casi un insulto, una demostración de no estar haciendo contacto con la realidad. Mi frase era "que estés lo mejor posible".
Así que no me digan nada. Porque pasó otro año y sigo sin cogerme a una chica que use havaianas, sigo sin ver de nuevo el mar, sigo sin correr una carrera, sin dormir normalmente, sin escuchar que me dicen "te amo", sin que me acaben en la boca y varias cosas más que podrían ser otro post. Y porque pasaron seis meses con mi dentist dándome demasiadas vueltas en la cabeza sin que percibiera ni un margen para decirle nada, menos aún cuando dijo que tiene novio, menos que menos cuando le dijo a otro paciente "tenés mi teléfono, cualquier cosa me llamás" y a mí nunca me dio el teléfono.
Y no me digan, en un clímax de conformismo, que qué bueno que al menos tengo diente de nuevo. Porque estuve diez meses casi como el Pepo, porque me dijeron "en tres meses lo tenés" y fueron seis, porque tuve que ir casi veinte veces y porque la stalkeé hasta saber cuándo es su cumpleaños y no pude ni decirle feliz cumpleaños.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Qué desperdicio de lugar romántico



Cada minuto es un minuto menos

La movilidad del teléfono está sujeta al largo del cable. Ahora reposa en el piso, junto al sillón donde hago tiempo viendo tele. Hasta que suena. Finalmente, suena. Sé que sos vos. Ya llegaste. Tu voz, escueta, me lo confirma.
Como dejé todo preparado, sólo tengo que agarrar las llaves y salir. Antes de llegar a la primera esquina, me descubro corriendo. Las cuatro cuadras que hay entre mi casa y el bar donde nos vemos siempre son la pantalla vertiginosa de un jueguito donde debo esquivar mutantes que aparecen de la nada con formas de gente lenta, perros y baldosas partidas.
Viniste corriendo, decís cuando llego. No sé si lo notaste por el ritmo de mi respiración o por el tiempo que tardé. Te respondo con un verso de Javier Martínez y con una cuenta: si vengo caminando son cuatro o cinco minutos más, son cuatro o cinco minutos menos con vos.
Con la parsimonia que muestran las cosas cuando uno viene de otra velocidad, creás un lago de café entre la crema. Sus bloques blancos son témpanos bonsái que se disgregan en el borde del pocillo o junto al marco de tus gafas, donde veo su reflejo.
Mientras, se normalizan mis parámetros cardiorrespiratorios y trato de dilucidar si ese pique fue una manifestación de mi ansiedad o una forma de decirte lo importante que sos.

Ahogo

Desde hace unos años es tradición que, al final de una infección de las vías aéreas superiores (como no tengo médico, no tengo diagnóstico; pero será algo del palo de las anginas, faringitis, algo así), luego de la fiebre y los chuchos de frío y la nariz chorreante que puede consumir un rollo entero de papel de cocina, cuando todo eso pasó y sólo queda una fábrica de poxi-ran a expulsar de mi pecho, me despierte en un ahogo más o menos (o muy) intenso.
Repentinamente, el sueño se interrumpe, y me descubro revolviéndome en la cama, en busca de que algo de aire pase por una garganta momentáneamente fuera de servicio. A veces, la respiración se normaliza rápido, pero a veces cuesta más. Y a veces cuesta mucho, y parece que no se va a normalizar, y, por algún motivo primal que desconozco, salgo de mi pieza con la compañía del sonido horrible del ahogo. Alguna vez me desperté en el pasillo que lleva al baño, y el día más heavy terminé en la puerta de casa, que está en la punta contraria a la de mi habitación.
La experiencia –y la guardia del Hospital Francés, que aún existía cuando esto sucedió por primera vez– me hicieron saber que nebulizarme con solución fisiológica antes de dormir reduce notablemente el riesgo de que suceda. Así fue hasta este año, cuando las nebulizaciones no alcanzaron y algo viscoso, leve pero irreductible, me cerró la garganta de nuevo, pese a los veinte o treinta minutos perdidos con la mascarilla antes de dormir, la cual me hace sentir un viejo o un niño.
Esta última vez, la solución, made in personal de Farmacity, fue un antihistamínico. Esta última vez, quizá porque mi intuición respecto de lo que iba a causar la muerte de mi padre finalmente se comprobó en la realidad, flasheé con la forma en que me voy a morir yo. Me voy a morir tratando de respirar.
El otro día sucedió de nuevo. Pero sin ningún malestar respiratorio que lo justificara. Dormía sobre mi lado izquierdo, en una de las posiciones incómodas en que duermo para que no se me salgan los imprescindibles tapones de los oídos, cuando, de pronto, inesperadamente, me había despertado y respiraba tan dificultosa como ruidosamente. Lo de la dificultad lo reconstruí luego, porque en ese momento no estaba en condiciones de saber si entraba algo de aire o no. Más tarde entendí que no podría haber estado sin respirar durante esos incontables segundos que quizá hayan sido un par de minutos, hasta que el ruido fue mermando y el aire comenzó a ingresar cada vez más normalmente.
Solo sé que me puse un pantalón, tal vez aún sin despertarme, y abrí la puerta y salí de la pieza, pero el recuerdo comienza cuando aparece la luz que entra por el ventanal del living. En el límite del pasillo quedó un tapón de silicona, el cual me saqué tratando de respirar (?), como sucede cada vez que me ahogo, como si el aire que circula por el oído fuese vital. Llegué hasta la puerta de calle, retrocedí un toque y entrando a la cocina me metí los dedos en la garganta buscando desatascar mecánicamente algo que no sé si estaba atascado. Que no sé qué era.
Después volvimos, el sonido, la desesperación y yo, a mi pieza, y agarré las llaves, como si fuese a salir. Pero ¿a dónde podría ir? ¿Qué podría hacer? ¿Tocarle el timbre al portero, como la vez de mi primer ataque de pánico, cuando no estaban de moda los ataques de pánico, cuando casi nadie los conocía? ¿Llamar al SAME, que no vino cuando me desmayé, cortesía de una varicela que me hacía orillar los cuarenta grados de temperatura y me había desfigurado hasta transformarme en un monstruo medieval? ¿Caminar las ocho cuadras hasta el hospital con ese estertor desesperante en la garganta? Y después, sí, claro, esperar que me atiendan en la guardia, qué buen chiste…
Ya ni recuerdo si logré dormirme de nuevo o no cuando todo pasó. Lo que es seguro es que desde ese día, hace quince días, no puedo dormir sin el temor de que se repita. No puedo dormir sin ropa, como suelo hacerlo, porque alguna vez pasó que salí por la casa en bolas, y, oh, el pudor. La mayor parte de las veces no me acuesto, sino que emprendo el sueño con la cabeza un poco erguida, apoyando la almohada en parte contra la pared y en parte contra la mesita de luz, que está detrás de la cabecera, y con las horas me voy deslizando lentamente en el colchón hundido y me reviento aún más las cervicales. Casi no duermo del lado izquierdo, mi lado favorito, porque de ese lado dormía cuando sucedió…
Al esfuerzo que habitualmente me insume descansar, ahora le sumamos esto. Y entre una cosa y otra, y los vecinos gritones y mi insoportable ritmo circadiano y los dentistas que atienden a la mañana y bla bla blablá, llevo una larga racha de días casi consecutivos sin poder descansarme.
Tal vez siga así hasta que me vaya olvidando, o hasta que vuelva a ocurrir. Más o menos como sucedió con los ataques de pánico, ja.
Todo eso pasó y no se lo dije a nadie. No se lo pude decir a nadie. No sabría a quién decírselo. ¿Cómo es que uno cuenta las cosas que le pasan? Ni siquiera puedo decírselo a un médico, porque no tengo, y, si lo tuviera, pensar en cómo referir lo sucedido, y la rutina análisis/próxima-visita, se me hace muy desalentadora. Casi tanto como pedir turno y tratar de acomodar mis horarios a ese momento.
La persona a la que más veces vi en el año es mi dentista, y claramente no da salirse de los temas profesionales, más allá de algún comentario risueño que trato de colar buscándole una risa más. (Porque me gusta cuando se ríe). (Porque me gusta). Eso si contamos a gente con la que hay una mínima comunicación, un poco de ejercicio de sociabilidad. A la señora que corre en la plaza a la misma hora que suelo ir yo la vi más veces, pero nunca nos dirigimos la palabra. Así que no la cuento. Tampoco a mi madre, con quien no tenemos mucho diálogo; y, cuando lo hay, claramente no es productivo, percudido por su manera de hablar, irritante y berretamente optimista, nada confiable por sus deliberadas vaguedades y tergiversaciones. Y por sus mentiras.
La última vez que hablé con alguien fue el otro día, con la cantante de mi banda favorita, luego del show, un breve intercambio que comencé yo, para preguntarle si me podía llevar la lista de temas como suvenir y en el que alcancé a decirle cuánto me gusta su banda y que esa noche habían sonado más potentes que la vez anterior. Ella me desmintió rápida y demoledoramente, diciendo que le parecía raro lo que le decía porque para ella habían sonado mucho más ajustados.
Tan idiota me sentí que no pude decirle la simple razón de mi comentario: ey, Ro, tu baterista me estaba dejando sord@ con el tambor, me tuve que ir al fondo de ese sótano habilitado no sé cómo porque literalmente me lastimaba. (Después, o mi oído se acostumbró o algo se acomodó en el volumen, y se me hizo tolerable). En cambio, traté de agarrarme de alguna palabra de ella para esquivar el ridículo en que me dejó, en el que me hundía ya hasta la nariz, y balbuceé algo parecido a que tocar varias veces en el mismo lugar permite sonar mejor porque ya sabés cómo suena.
No hay testimonio fidedigno del final del diálogo, solo mis imágenes mentales, poco confiables debido a mi turbación por el traspié a la hora de comunicarme, pero creo que ni chau dijo, corte que se agachó para acomodarse un zapato mientras yo hablaba, y la próxima imagen la muestra junto a la escalera de salida saludando con un beso a un gordo de rulos al que ya vi en otro show.
Y por días, unos días menos que los de las consecuencias del ahogo, pero unos cuantos días, no pude mirarme al espejo. Más o menos como cuando rompí un vaso con un ademán grandilocuente en la cena de Nochebuena a la que me invitaron el año pasado. Días deseando que se disuelvan los espejos y la memoria. Al menos, que desaparezca esa prolongada combinación neuroquímica horrenda y vergonzante que quedó petrificada como la imagen que permanece en la pantalla cuando apagás el televisor. Y que en algún rincón de mí quedará, sedimentando, indeleble.
Eso cuando digo algo, cuando puedo decirlo, que, si no, vuelvo caminando de un recital –de tres recitales– a la una y pico de la mañana, con la única compañía de las palabras que me digo, total, no hay nadie en la calle y puedo hablarme en voz alta. O quedo sabiendo cuándo es el cumpleaños de alguien (porque le dediqué un profunda stalkeada, que se reveló incompleta, pues en ella no encontré mención alguna al novio que, el otro día, dijo tener), pero sin poder decirle "feliz cumpleaños" porque nunca llegamos al lugar donde uno le dice a otro cuándo cumple años.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Hay cadáveres (versión vegana)

En las calles, bajando de camiones, hay cadáveres.
En los negocios, en sus vidrieras, iluminados
con luces rosas,
hay cadáveres.
En los supermercados, en la parte más fría, hay cadáveres.
En los restoranes, en los bares,
en sus menúes hay cadáveres.
En tu casa
hay cadáveres.
En tu plancha, en tu horno,
en la heladera –en el cajón de abajo–
hay cadáveres.
En los camiones atestados y hediondos que cruzás
en la ruta, aunque todavía respiren, hay cadáveres.
Cuando cae la maza y el sismo vacuno signa la zona,
cuando su energía queda allí,
suspendida, atiborrando el barrio,
hay cadáveres.
Aunque tercerices la muerte para
no cargar tu conciencia con el gemido
postrero, hay cadáveres.
Cuando la hija de mi dentista encuentra
una vaca en su libro
para dibujar animales y yo le digo
"¡uy, un churrasco vivo!"
es para que vaya sabiendo que
hay cadáveres.
En el alimento de tu mascota –a la
que seguramente hiciste
mutilar– hay cadáveres.
En el aroma seductor de las parrillas,
en el asado del domingo, con todos tus amigos, en toda
tu familia hay cadáveres.
En tu aliento, en tu postura, en la acidez de tu pH
hay cadáveres.
Entre dos panes hay cadáveres.
Entre tus dientes hay cadáveres.
Manjares, minutas, bodegón
para tacheros fafaferos, recetas de autor, acompañados
por hojas verdes, en canal Gourmet, hay cadáveres.
En tu boca hecha agua, en tu atareado estómago, en un recodo
de tu íleon,
en tu yeyuno hay cadáveres.
En tu producción de adrenalina,
en la resistencia
a los antibióticos,
en el sabor de tu entrepierna jugosa
hay cadáveres.
Entre las letras ínfimas que disimulan
los ingredientes de las Cerealitas, hay cadáveres.
En la uña del rabino hay cadáveres
kosher.
En el vientre de la vaca a la que le sacás
el vacaray… cadáveres.
En las dificultades que tengo cuando podría ser una opción
invitarte a comer, entre otras cosas
hay cadáveres.
Decapitados por el de Café San Juan, que echa
su sangre caliente, aún palpitante, en un tacho
para hacer morcilla y que, sin embargo, sucumbe
ante el tabú de la muerte y no
los muestra en cámara, hay cadáveres.
En ese templo de los niños coronado por arcos dorados
donde la felicidad viene en caja, hay cadáveres.
En la pizza de anchoas que me voy a comer en un rato, hay cadáveres.
En tu plato, en tus ojos,
en tu deseo…
En tu vida, indispensables, hay cadáveres.

jueves, 21 de julio de 2016

Cerrar

Hacía varias decenas de fotos que la cámara anticipaba su final. Expandía el zoom con normalidad, pero en el momento de retraerlo solía trabarse. Algunas veces conseguía su cometido en el segundo o en el tercer intento; otras, yo trataba de ayudarla con un dedo, presionando con la fuerza justa, ni mucha ni poca. Y había ocasiones en que sus tres intentos predeterminados resultaban insuficientes. Entonces, se apagaba con el objetivo a medio encoger, y había que volver a prenderla. El inconveniente consistía en que, cuando lo hacía, la guacha no se quedaba encendida: estiraba el zoom por completo y de inmediato buscaba cerrarse nuevamente.
La tarde fatal, como varias de las anteriores, se trababa todos los tiros, y no sólo a veces. Yo sabía que estábamos en tiempo de descuento. Sin embargo, como casi siempre que uno sabe lo que va a pasar, y aunque sepa que va a pasar pronto, cuando efectivamente sucede te agarra un poco por sorpresa.
Al encontrar una escena interesante, la saqué del bolsillo y la prendí, porque, en teoría, luego de la última foto se había retraído y se había apagado sin novedad. Pero ella procedió como si no hubiera sido así: se encendió, estiró el objetivo y, acto seguido, se apagó y trató de retraerlo. Sus tres intentos fueron vanos y mi ayuda digital (es decir, con el dedo) también fue inútil. La encendí otra vez, en el apuro que imponía esa escena urbana, seguramente irrepetible, a punto de desintegrarse.
Volvió a expandirse, volvió a tratar de cerrarse, volvió a trabarse en cada tentativa, y, mientras el semáforo cambiaba de rojo a verde y la escena quedaba capturada solo por mi memoria, mi dedo presionó con fuerza, cada vez con más fuerza, con toda la fuerza de la frustración. Las capas del zoom se retrajeron casi hasta el borde, pero sin cerrarse totalmente, y sin cerrar la pestaña que cubre la lente, y quedaron trabadas en esa posición. Dos o tres o tal vez cuatro veces la encendí en esa misma esquina expuesta, y otras tantas debí apagarla porque seguía trabada, y ya ni siquiera se expandía, pese a que lo intentaba.
La frustración y la certeza de que había llegado su final me hicieron golpearla contra una pared donde me apoyaba. Pero le pegué a una chapa medio floja que la cubría, y el golpe, entonces, no fue seco ni contundente, diría que ni fue un golpe. La guardé en el bolsillo, porque al haberse retraído casi por completo, cabía perfectamente allí, como si estuviera cerrada, e inicié el regreso. Un par de cuadras más adelante, probé de nuevo, al abrigo de unos policías que daban cierta sensación de seguridad en ese cruce multitudinario. Y otra vez fracasé.
En casa lo intenté dos o tres veces más, y por intento entiendo cada serie de tres o cuatro o cinco prender y apagar en vano. Apenas llegué, y más entrada la noche, y quizá otra vez más después de cenar. Una de esas veces le pasé cuidadosamente la punta de una aguja por cada una de las partes que se superponen y que no sé cómo se llaman, por si la presencia de algún mínimo objeto entorpecía su movimiento. Lo había hecho cuando comenzó a trabarse, y creo recordar que la alivió un poco, pero esta vez no funcionó. Incluso se me ocurrió buscar en Internet, y los tutoriales que encontré en Youtube fueron tan insufribles como improductivos.
Ya está. Ya fue. Qué le vamos a hacer. Cuando la compré, no sabía de su menos que mediocre calidad, pero sí tenía claro que no iba a durar demasiado: que más o menos pronto se iba a romper o me la iban a robar. Pasó lo primero. Listo.
Sin embargo, antes de irme a dormir, la ansiedad y la inquietud vencieron, y volví a probar, tratando de ayudarla con la mano a extenderse, casi como con fórceps. Había quedado muy al ras, y se hacía difícil la manipulación con el borde de los dedos porque apenas quedaba espacio de donde agarrar. Después de algunos intentos, conseguí que se extendiera un poco. Ya era más fácil de manipular, así que seguí prendiendo y apagando, hasta que se desplegó por completo.
Ahora faltaba que se apagara correctamente. Acompañándola con el dedo, lo logré en el primer intento. Y la paz que me sobrevino fue reveladora. En realidad, era lo mismo si quedaba abierta o cerrada porque estaba muerta. O casi. Como mucho, cerrarla habilitaba la posibilidad de sacar unas pocas fotos más. De hecho, podría haberla tirado a la basura en ese mismo momento, luego de cualquiera de los intentos infructuosos. O podría tirarla ahora mismo, cuando ya sé que algo se dañó en el forcejeo porque las fotos que saqué después salieron mal, zarpadas de luz y con círculos-no-circulares concéntricos parecidos a una huella digital.
No importa si no la voy a poder usar más, si perdí la única cosa que me daba ganas de salir a la calle a veces. No sé cuándo voy a tener otra, y tampoco sé si quiero tener otra, porque me permitiría seguir dándole más tiempo del que me parece razonable a un hobby, a un pasatiempo con el que ocupo demasiado tiempo.
Alcanza con ese logro, que tuvo algo poderoso, no tan divertido como la imagen de alguien maldiciendo por no tener las uñas largas mientras trata de estirar un zoom, pero algo tremendamente poderoso e iluminador: algo que intuía hace tiempo y que este hecho confirma: las cosas necesitan un final.
Ojalá pudiera cerrar todas las cosas que llevan años abiertas. Algunas, aunque sea.