martes, 16 de octubre de 2018

Salud pública

La neuróloga del hospital público, que me atendió ocho minutos, antes de que pasara ese tiempo harto suficiente para notar el interés que mostraba por mis palabras, me dijo que tenía que hacerme una tomografía. Habrá ocupado un diez por ciento del rato que me dedicó escribiendo la orden. Después de hacerme el estudio, lógicamente, tenía que verla de nuevo.
Cuando pedí turno en el mismo hospital, en la parte de imágenes me dijeron que yo debía comprar el CD y llevarlo. No un CD de cualquier marca: de unas marcas especificadas en el papelito que me dieron. Llegó el día, tras no sé cuántos días de espera, y me hice la tomografía.
Con el resultado en la mano, llamé por teléfono para pedir el turno con la neuróloga, pero en el hospital este, que me queda cerca, no había turnos para esa especialidad. Tampoco en el que me queda no tan cerca, más o menos cerca. Tres veces llamé y a la tercera me conformé con lo que me ofrecieron: un turno en el hospital Álvarez de acá a tres semanas. Acepté porque la persona que me atendió no sabía decirme cuándo era posible que hubiera turno en el hospital cercano y porque, aunque no es cerca, un colectivo que para en la esquina de casa me deja a dos o tres cuadras. Cuestión que tenía turno a las 11.20 con el doctor Sessa.
Salí de casa con tiempo, pero no contaba con que iba a perder veinte minutos acá, en la esquina, esperando que viniera el colectivo. Un colectivo que suele tener una frecuencia aceptable, creo, aunque tal vez lo vea seguido simplemente porque pasa por la esquina. No sé. La cosa es que ya estaba en desventaja, y cada semáforo aumentaba mi ansiedad y mi frustración. Llegando al lugar, lo agarró la barrera de Nazca: toqué timbre, me bajé ahí y empecé a correr. Y llegué 11.10.
Nunca había ido a ese hospital y perdí un tiempo valioso buscando primero la entrada y luego el mostrador donde uno tiene que presentarse y decir "tengo turno". Cuando encontré el lugar, me aboqué a esperar que me dieran el tiquet. Más de veinte minutos tuve que esperar.
Siete ventanillas, tres empleados. Una sola atiende. Otra está en la ventanilla exclusiva para pediatría, pero apenas una o dos personas usan ese servicio ahora, y somos amplia mayoría los pacientes no pediátricos. La discriminación positiva aquí no es como la del supermercado, cuya caja con prioridad para viejos y embarazadas atiende normalmente hasta que aparece un viejo o una embarazada y entonces hay que dejarlos pasar. Aquí sirve para que la empleada no haga (casi) nada.
El tercero no atiende, charla con las otras dos mientras se hurga la nariz y luego se lleva el dedo a la boca. (Lo vi).
Con el tiquet finalmente en la mano, el nuevo desafío fue encontrar el ala del hospital donde estaba el consultorio. Me llevó su tiempo, preguntas, idas y vueltas, una escalera subida de a dos peldaños por vez… Llegué a las 11.40.
Le resumo mi peripecia a la secretaria, y la mina me dice lo que ya sé: que es tarde. También dice que de todos modos va a preguntarle al médico si puede atenderme. Vuelve rápidamente y no, el doctor Sessa "se está yendo, no te puede atender". Después, quiso hacerme sentir culpable: "Tenés que venir más temprano". No, mami, tus compañeros tienen que atender más rápido.
No le contesté eso. No sé qué le respondí o si pude responderle algo. Sí recuerdo lo que dijo ella: "Vas a tener que pedir turno de nuevo". Dale, un mes más con puntadas en la cabeza… El diálogo terminó sin que los puteara como se merecían, y bajé por la misma escalera, arrugando el sobre de papel madera, casi con ganas de tirarlo a la mierda, como tiré alguna vez el cuaderno a la calle Marcelo T saliendo de la fuckultad.
(Tardé años en darme cuenta, debí escribir este post para notarlo: el médico se iba a las once y media, no me iba a atender más de diez minutos).
El día siguiente, en el Santa Lucía, sí llegué con la media hora de anticipación que te indican para hacer el trámite previo. Cuando me dieron el tiquet comprobé, mirando la hora en el televisor, que el reloj del sistema estaba ocho minutos adelantado: uno llega puntual y para el sistema llegó ocho minutos tarde. Esta vez no fue problema porque el trámite fue rápido y porque tuve que esperar media hora después de la hora asignada para que me atendieran con la premura que siempre tienen los oftalmólogos. (Porque es así: si ellos se demoran, vos tenés que esperar; si uno se demora dentro del mismo hospital, ellos no te esperan).
Y no, señora empleada estatal, no. No pedí turno de nuevo. Me quedé con lo que dice el informe, que no tengo nada visiblemente anómalo en mi cerebro. Me tuve que quedar con eso y con la tranquilidad de que las puntadas fueron mermando y, sigamos cruzando los dedos, hace rato que no tengo. Porque conseguir otra cosa es muy difícil en la mierda del hospital público, con su organización y con sus empleados, profesionales o no, que después lloran porque los pacientes les pegan o porque quieren recortar el presupuesto. Ojalá no solo recorten, ¡ojalá anulen la salud pública y dejen sin trabajo a todos esos soretes! Porque a la gente hace tiempo que la dejaron sin atención, y por eso se multiplican los "centros médicos" para pobres en las inmediaciones de los hospitales públicos.
La "salud pública" solo es útil para los homeless que usan las guardias como dormideros, para los que vienen del conurbano a que los maltraten en la capital –porque en su distrito ni siquiera los tratan o en las UPA confunden una puñalada con una caída en la calle– y para que alguna médica militante haga el acting de preguntar dónde está Santiago Maldonado.
(Una vez fui a ese lugar, al lugar donde atiende la médica histérica esa, que, no lo olvidemos, milita en la agrupación de Tomada, el amigo de Pedraza. Tardé un rato en comprender que debía sacar número: el "número" es un cartón escrito con marcador que hay que pedir en el mismo mostrador donde atienden a los que ya tienen número, pasando entre ellos. Cuando te lo dan, tenés que hacer la cola, aunque solo quieras hacer una pregunta sobre el análisis del VIH. A la media hora sin que la fila avanzara significativamente, decidí respetarme un poco e irme a la mierda pasando entre portadores de caripelas que parecían salidas del submundo de Futurama).
A mí, por ejemplo, me resultó totalmente inútil muchas veces. Cuando era un monstruo lleno de ampollas y tenía 39°6 de fiebre y me desmayé, y, al llamar por teléfono al SAME, dijeron que la situación no ameritaba una ambulancia. Cuando un médico anónimo me echó sin atenderme de una guardia gritándome "¿cómo vas a consultar por eso un domingo?". Cuando un médico no anónimo, el doctor Acuña, M. N. 99.583 –o alguien que usó su sello, andá a saber–, me llevó a un consultorio apartado, me hizo masajes (?) y de paso me corrió la ropa interior para espiar qué tenía yo ahí abajo. Cuando médicos sin cara –porque nunca abrieron la puerta en las dos horas que estuve ahí– no me atendieron en la guardia la medianoche que fui con puntadas en la cabeza que me despertaron dos veces en una hora y con su consecuencia, el temor de estar cerca de terminar como Carlín Calvo. Cuando, unos días antes de aquel desmayo, y ya con los primeros síntomas de la enfermedad infectocontagiosa, otro profesional anónimo me dijo "vení mañana", pero "mañana" había paro, y cuando, al día siguiente, empleados anónimos dijeron que pese al paro "en la guardia atienden"… y en dos horas no atendieron ni a una persona.
(Pará que tomo aire).
Cuando me dieron turno para un coso descentralizado y me hicieron ir un día que no atendían (y el día que me atendieron había una cucaracha caminando por la silla y la doctora me despachó en doce minutos y medio sin resolverme ni una de las cosas por las que consulté). Cuando el urólogo y la especialista en mano me miraron menos de un minuto y me dijeron que no tenía nada (pasaron nueve años y la muñeca me sigue molestando). Cuando el servicio de Psicopatología de este hospital no da turnos y no saben cuándo van a volver a dar turnos, "pasá de nuevo en tres meses". Cuando el psiquiatra anónimo de la guardia del Piñero me hizo esperar tres horas y entre todo su maltrato me forreó diciendo que yo tenía una "rebeldía adolescente" cuando dije que prefiero acostarme tarde. Cuando la psiquiatra anónima del Alvear, luego de cuchichear indisimuladamente con su colega acerca de mí y en mi presencia, me recetó carbamazepina sin mencionarme las contraindicaciones de esta droga, dándome sólo una orden para un análisis de sangre, que no me hice porque en el hospital cercano me dijeron que tenía que ir otra vez, de madrugada, para que transcribieran la orden ya que no se hacen extracciones con órdenes de otros hospitales. Cuando llamé para quejarme ya no me acuerdo de qué y no me tomaron la queja.
Después de todo esto, y de un etcétera que ya no entra en la memoria, no voy más a un lugar de esos. Y como no tengo plata no voy a ningún lugar. Encima, tengo que aguantarme el verso de los combativos de ATE con su "defensa de la salud pública" y el del gobierno municipal con el de "en todo estás vos"… Fucking mentirosos, yo no estoy en ningún lado porque explícita o implícitamente me echan y nadie me defiende; porque pelotudean a los pacientes y se cagan en nosotros, que no somos más que una excusa para sus curros, los propios de estar en el lugar del Estado, sea como empleado lleno de prebendas, sea como funcionario lleno de prebendas.

Recorridos

Hay veces que paso por algún lugar, por el puente de Billinghurst, ponele, y me acuerdo de la vez que caminé por ahí con alguien que me acompañaba.
Bustamante, Corrientes, Billinghurst, Virrey Liniers, Independencia.
Es más: puedo acordarme de memoria de varios de esos recorridos. (Convengamos que no fueron muchos, más bien lo contrario).
Sarmiento, Pueyrredón.
La otra vez estaba al pedo, estaba cerca, y repliqué uno de los trayectos cuadra por cuadra, calle por calle. Incluso crucé de vereda en los mismos lugares donde cruzamos aquella noche.
Cachimayo, Goyena, Miró, Alberdi.
A veces se me ocurre que si me ubico en el espacio justo, en el mismo lugar donde pasé entonces, poniendo el pie entre las mismas dos baldosas rotas, y si el resto del cuerpo acompaña en la exacta posición que tuvo aquella vez, podría entrar en otra dimensión y volver a ese momento.
Bustamante, Corrientes, Pueyrredón, Jujuy, Belgrano, Lima, Chile, Saavedra, Independencia.
Cada vez que ande por una calle de esas y me acuerde, volveré a intentarlo. Aunque no aparezca en otro tiempo, al menos produciré la combinación y la dosis necesarias de neurotransmisores para mantener mi química cerebral y lo que ella regula en cierto orden. Es lo único que encuentro a mi alcance.

بك

Esta noche tu boca está ocupada de palabras, de risas, de besos, de pija. Mientras, desde antes, y hasta después, mi boca solo se ocupa varias veces de comer para ganarle al malestar hipoglucémico que arrastro desde la tarde. O desde que ibas a la primaria. Hoy, el finde que viene y siempre.
Durante las numerosas horas en que esto sucede, mi neuroquímica no puede vencer al insomnio. Vos ya estás durmiendo, dos o tres polvos adentro (o uno, no sé), sola o no, no sé, y yo sigo dando vueltas en la cama. Hasta que me levanto a comer de nuevo. De vez en cuando, para matar el tiempo, para drogarme un poco o porque es inevitable, pienso en vos, y hasta ocupo mi boca pronunciando palabras que nadie escucha, que solo sirven para mantener aceitado el circuito. Hoy, el finde que viene y hasta que vos te vayas y yo desaparezca (o viceversa).
Entrás en mi cabeza con la naturalidad de aquel al que le dieron las llaves, y te quedás un rato, produciendo neurotransmisores ricos. Cuando se alcanza la dosis necesaria, y luego de un zigzagueante recorrido por otras zonas improbables, me vuelvo a dar cuenta de que yo no estoy en tu cabeza. Ni hoy, ni el finde que viene ni nunca.

Para saber cómo es estar acá

Tendrás que ver que
hace añares no te hacés el fondo de ojos porque no hay nadie a quién pedirle que te acompañe.
no da decirle a nadie con Facebook que pregunte en el FB de mi ex colegio, manejado por la docente en cuestión, si sigue recomendándoles a sus alumnos que visiten al psicólogo corruptor de menores (¿o sólo me mandó a mí a ver al viejo violín?).
no podés hacer el librito artesanal con el que fantaseaste porque los tutoriales de Youtube son una bosta y no conocés a nadie que sepa para preguntarle cómo se hace.
no te anotás en una carrera no sólo por lo ridículo que suena pagar para correr, o porque nunca sé cómo va a estar mi cuerpo el día de la carrera a la hora de la carrera, sino, además, porque no hay nadie a quién proponerle, sin que suene descabellado, que te acompañe, te tenga la Sube, las llaves, la plata mientras corrés.
no vas al médico porque no tenés prepaga ni obra social y porque el hospital público es una mierda miserable, y tampoco hay nadie con quién hablar del asunto salud con la semioculta ilusión de que reconozca un síntoma, proponga alguna alternativa, sugiera un médico conocido, un remedio, algo que cambie esta dinámica de siglos. (Y porque el médico va a pedirte el enésimo e inútil análisis de sangre –que seguro va a dar bien–, y para eso también necesito que alguien me acompañe, porque en ayunas soy un trapo flameando a punto de caer).
no sacás el monotributo porque no existe nadie en mi entorno a quién preguntarle si vale la pena meter la cabeza en la boca del Estado.
no participás en el concurso de la radio que tiene como premio algo para dos personas porque te da vergüenza decir que no tenés con quién ir.
no te comprás sábanas porque no sabés a quién preguntarle si conoce sábanas más o menos buenas, no esas del súper, que parecen de plástico y después del primer lavado se llenan de pelotitas. Y entonces sigo durmiendo en sábanas viejas, llenas de pelotitas.

30 años pasaron de esto

Así, al momento, me acuerdo de una charla con quien hoy es mi dentista en un cumpleaños de mi madre, cuando éramos adolescentes, en la cual las palabras se encadenaban conformando un diálogo perfectamente cohesionado y coherente, cuyo trasfondo de lejanía y ajenidad estaba apenas debajo de ellas y brilló a tutiplén cuando se despidió, y yo me quedé donde estaba, en mi pieza, y no la vi en años.
Yo me había quedado en mi habitación, como solía hacer cada vez que venía gente, porque era imposible que encajara en el mundo de ellos y de sus miradas contaminadas por la mirada de mi madre. Más o menos como en mi niñez, cuando me quedaba en mi pieza para no participar –del único modo posible, aburriéndome hasta ser invisible o desagradable– de las reuniones donde mi padre desplegaba su vida social, la única vida que tuvo.
(Igual, mejor así, porque la vez siguiente, uno o dos años después, sí salí, y papeloneé un poco, cortesía de la cerveza. Oh, tiempo en que tomaba de litro. O témpera o mariano mores).
Alguna gente habrá venido a saludarme o a traerme comida: esa amiga de mi vieja que se parecía a Pipo Gorosito (que años después, cuando me enfermé, hizo algo que estuvo bien, y que se murió relativamente joven), no sé si alguien más, pero seguro vino Paula. Casi siempre queda una foto mental: esta vez es la de la escalera metálica verde que yo tenía abierta en el medio de mi pieza para apilar en sus peldaños los números de El Gráfico. Tal vez a partir de esa imagen es que puedo señalar con toda precisión dónde se paró ella y dónde yo.
Lo charla no fue especialmente larga y lo único que recuerdo de lo que hablamos es que hablamos de Divididos, que estaba dando sus primeros shows, que estaba sacando su primer disco. No sé si de mis ganas de ir a verlos o del cover de los Doors que hacían o qué. Más que las palabras, lo que imprimió en mi memoria fue lo razonable de la conversación. No: lo que más imprimió fue cómo ese ejercicio de sociabilidad se consumía en sí mismo, como un dibujo animado berreta, de esos donde el fondo fijo se nota totalmente desconectado del personaje que se mueve.
Puedo hablar, ¿no lo ven? Puedo hablar de rock, estoy al tanto. Puedo, incluso, ir a un recital, como fui un par de veces en esa época a ver a Patricio Rey. Puedo ser normal ("Ah, pero es normal", dijo la amiga de la hija del portero, que solo sabía de mí por el relato de mi madre y de su amiga, cuando me vio en persona: imaginate la versión que habrán dado de mí para que alguien que no me conocía, al verme, dijera eso) y sostener una conversación. Pero no puedo pasar de ahí.
Igual, no la estoy criticando. Por el contrario, lo de esa noche logró quedar en la memoria sin dejar mala espina, solo una sensación de inevitabilidad ante los hechos. Pero releer el post que lo menciona la activó distinto. Eso y el poder de los números redondos, notar que sucedió hace exactamente treinta años.
Además del tiempo transcurrido, me impresiona ­recordar esa comunicación incapaz de traspasar cierto límite, como dos conjuntos que no se intersecan, que apenas ponen en contacto, brevemente, un punto de su perímetro. Sobre todo, porque es una sensación que los años hicieron frecuente. O porque capaz (?) que no era sólo la mirada contaminante de mis padres lo que hacía que me resultara imposible encajar.
Ella se fue, siguió escribiendo provocar con be, hizo el CBC, una tarde se subió a su bici para ver al casi cuarentón con el que se puso de novia y debutar, vino alguna noche –de pasada antes de ir al cumpleaños de su amiga y compañera de la facultad– y hablamos de Keith Richards ("si viene Richards, van a venir los Stones"… calculá la época), se recibió, cumplió el mandato familiar mejor que ninguno de los tres hermanos.
Ya en este siglo, vino otra vez y me llevó en auto a su consultorio, y en alguna calle de Palermo me dijo con toda seguridad que yo escribía (??) cuando a este blog le faltaban años para ser. Y me arregló algunos dientes porque ¡hasta me arreglé los dientes! Cuando dejaba de dar una imagen normal porque se estaban rompiendo los de adelante, me los arreglé…
La escalera dejó de ser estantería hace mucho, los Gráficos están guardados, esperando su destino de Mercado Libre, y, aunque mi madre ya no celebra sus cumpleaños acá y yo soy más dúctil en la razonabilidad de mi conversación, sigo, literalmente, en la misma habitación.
No te internaron, pero te internaron igual, dijo alguien –la persona que más supo de mí– alguna vez, hace cada vez más tiempo.

viernes, 17 de agosto de 2018

¿Google empezó a matar a Blogger?

Desde hace unos meses, cuando alguien deja un comentario en un blog de Blogger (es decir, uno como este, los tradicionales punto blogspot punto com), no llega automáticamente un mail a la cuenta correspondiente de Gmail avisando sobre la novedad, como sucedía antes.
No se trata de un gran problema si entrás con frecuencia a Blogger, sea porque tu blog tiene mucho movimiento o porque tu ansiedad se impone. Pero si tenés el blog un poco abandonado, si entrás de vez en cuando, si no tenés tiempo, ganas o la ilusión de que alguien haya comentado, quizá tengas un comment y no lo sepas. Quizá ese comment te daba ganas no solo de responderlo, sino de retomar el blog. Nada de esto puede suceder ahora.
La solución es entrar a Blogger y abrir la parte de comentarios (desde Gmail, son cuatro clics más, una enormidad en estos tiempos) para ver si alguien te escribió. Y chocarte contra la desilusión si nadie dejó un signo vital. En el otro caso, si había noticia, era buena: alguien comentó. Pero no había mala noticia, no había el riesgo de la decepción de ir a mirar y que no hubiera nada, salvo silencio.
(Supongo que si tenés habilitada la moderación de comentarios sigue llegándote un mail con el aviso para que apruebes o desestimes el mensaje).
Como Google no informó sobre este cambio, no sé los motivos, si lo van a arreglar, si lo van a dejar así. Sea cual fuere la razón, la real o la que decidieran comunicar, me hace acordar a cuando comenzaron a matar a Panoramio, otro producto que, como Blogger, habían comprado oportunamente. Dejaron de actualizar el mapa con las últimas fotos subidas, dejaron de publicar las fotos en Google Earth, nunca respondieron los pedidos de los usuarios…
Hasta que un día, de golpe, arreglaron todo y prometieron que el sitio iba a seguir y que iba a funcionar bien. Pronto esa afirmación, hecha desde su cuenta por un responsable de la empresa, se reveló falsa: otra vez el abandono, las fotos que no suben, las estadísticas que no funcionan, una suma de fallos deliberados cuyo fin era que los usuarios dejaran de participar. Más tarde, el anuncio del cierre del sitio: primero borraron comentarios y favoritos y finalmente todo vestigio. Incluso en Google Earth no están las fotos subidas en los viejos tiempos. Ahora prefieren que los usuarios posteen fotos de platos de comida en un restorán… ¡Eso es para Instagram, la concha de tu Google!
Es una lástima que no exista un sitio similar donde subir fotos de lugares, geolocalizarlas, buscarlas haciendo clic en el mapa, dejar comentarios, etc. A nadie se le ocurrió crear una plataforma similar, que bien podría llamarse GPicS (les regalo el nombre), y atraer a los integrantes de esa comunidad que Google dejó librada a su suerte. Lo más parecido es Flickr, una mierda semiabandonada con un mapa pedorro, donde solo se puede comentar con cuenta de Yahoo (!!!). ¡Fotolog tiene más movimiento que Flickr!
Como sea, el fin de Panoramio comenzó con fallos como este y con la voluntad de que la gente participara cada vez menos, tal vez para tener el justificativo de "cada vez hay menos usuarios" y cerrar el sitio sin tantas protestas. Ojalá no suceda lo mismo con Blogger.

martes, 7 de agosto de 2018

Temor de dios

Yo no digo "superliga", digo "campeonato". Detesto darle ese triunfo al marketinero de turno. Tal vez por eso, o porque no me sale embanderarme y formar parte de una multitud, no milito el pañuelo verde. O tal vez porque no sé quién puede usarlo y quién no, quién es un machirulo que invade los reclamos de las pibas (?).
Como sea, este blog está desde siempre a favor de la soberanía sobre los propios cuerpos, de despenalizar el aborto, de que cada mujer haga lo que quiera con cada célula de su cuerpo. Y yo, desde antes.
Ahora que parece definida la cuestión en favor de los conservadores de siempre, ahora que la iglesia católica (y la mierda evangelista explícitamente cobradora de diezmos) tuvieron que jugar sus fichas fuertes porque de aprobarse la ley en la Argentina podría dispararse un efecto dominó en otros países de la región –el más significativo, Brasil, pero también, por ejemplo, la bolivariana Venezuela o la plurinacional Bolivia– donde no quieren resignar su poder de sojuzgar a las personas, sus cuerpos y sus mentes; ahora que aborto legal ya no habrá, seguiremos viviendo en el siglo XIX… Bueno, no, ¡somos muy modernos!, viviremos en la primera mitad del siglo XX, a tono con los que quieren volver al 45.
La suerte parece echada y afortunadamente ya no tendré nada en común con Pichetto, con Rial, con Florencia de la Vega (cuya madre antes había muerto de cáncer y ahora murió por un aborto mal hecho) ni con todas las que se pusieron al frente de esta causa con la ilusión de ser las Juanas de Arco del momento y ganar su lugar en los libros de historia.
En esta sazón, quiero que con el triunfo del "no" sus defensores salgan a perseguir mujeres que abortan. Quiero que digan explícitamente que quieren presas a esas asesinas. De 8 a 25 años. Perpetua, por el vínculo que es agravante. Eso quiero que pidan. Quiero que sean coherentes. Mucho pedir porque en realidad lo de ellos es mantener este statu quo en el cual sus hijas o sus esposas o sus amantes pueden abortar con seguridad. Menem, votando en contra de la ley habiendo acompañado en su tiempo a Zulema a abortar, es el ejemplo paradigmático.
Desde que padecí a Ruben Dri como docente, supe que hay una sola cosa peor que un católico (un católico marxista) y una sola cosa peor que un marxista (un marxista católico). Lo confirmo ahora, cuando el enviado papal Grabois y el "padre Pepe" y los curas "villeros" y el flamante obispo Carrara –el mismo que fue llevado en andas en la catedral porteña– comparten su posición con lo más rancio y conservador de la institución, como Aguer, el finado Quarracino o el cura que propone excomulgar al presidente.
Ni hablar de la monja luchona (?) Pelloni, que saltó a la fama por encabezar marchas contra la cuasi dictadura catamarqueña de los Saadi y que quizá sea un apropiadora o una traficante de bebés. Todavía no puedo creer lo que dijo en el programa del siempre enclosetado Novaresio ni, tampoco, que ni el conductor ni los otros invitados lo hayan dejado pasar. Ni que ningún fiscal haya actuado de oficio para investigar sus dichos o, al menos, para que disimule un poco "aclarándolos".
(Por si alguno se lo perdió, la delincuente esta dice que les pedía a las alumnas de su colegio que quedaban embarazadas, a adolescentes que estaban a su cargo, que tuvieran el bebé y se lo regalaran para que ella se lo entregara a otra mujer: "Yo he pedido que me regalen dos niños (…). Fijate, Mónica, en estos casos: dos chicas que quedaron embarazadas así eran alumnas del colegio en épocas en que había que echarlas. Querían abortar. '¿Vos me regalás el niño, me lo regalás? Tenelo y me lo regalás, porque que yo tengo una señora que necesita un hijo y no puede tener', le dije").
En este país, cuya bandera lleva el color del manto de la virgen, o viceversa, no sé qué fue primero, y ambos tienen el color del pañuelo que identifica a los hipócritas, seguiremos viviendo en temor de dios.
Mientras, entre tanto político egocéntrico, como Perotti, que vota en contra si no votan su proyecto; oportunistas, como todos los ahora votan a favor y durante su gobierno se hicieron los giles, y chupacirios, como la falsísima Vidal visitando al papa y después sacándose la selfie con el pañuelo celeste o Larreta consagrando su pelada, su gestión y ¡¡¡la ciudad toda!!! al sagrado pene de Jesús (bueno, tal vez era otra parte del cuerpo), Macri, eh, Macri gato, se comportó por una vez casi como un estadista.
Si el gobierno anterior hubiera permitido que se tratara la ley durante el tiempo en que él fue diputado, seguramente habría votado en contra (y se habría quedado dormido en el recinto, tal vez). Ahora, aun estando "a favor de la vida", habilitó el tratamiento legislativo, no bajó línea en contra, recibió a la mediática y ascendente diputada Lospenatto (yo habría preferido que recibiera también a la diputada tucumana Villavicencio) y mantuvo una distancia prescindente que me sorprendió de forma muy positiva.
Después dice lo del gas y vuelve a la normalidad. Pero a mí me gusta decir lo indecible, me gusta rescatar las flores de la basura.

No voy a salir más a la calle (Sué Mon Mont en Roseti)

El otro día, quizá el domingo, pasé después de un tiempo por el Facebook de Sué Mon Mont y con sorpresa vi que tenían fecha en Capital: la primera y, dicen, tal vez la única del año, este sábado en Chacarita. La descarga de neurotransmisores no puede medirse, pero doy fe de que fue intensa en el momento y, lo más importante, de que perduró en el tiempo y se consolidó en ganas de ir, aunque no hubiera con quién compartir la salida.
Pasó la semana y el asunto fue creciendo en importancia hasta transformarse en el faro de mis días estos días. Ahora me doy cuenta de que esta semana salí a la calle tres veces: el lunes, para correr un poco, justo cuando se cumplían cuatro semanas sin correr; el jueves, para ir a cobrar el laburo que hago para el lugar donde antes trabajaba diariamente (eran dos meses, 800 pesos, porque estuve todo un mes sin ir a cobrar lo de julio) y hoy, recién, para ir al recital.
Como siempre, el asunto fundamental era descansar. Esta semana ya no hubo vacaciones de invierno, con su consecuencia de niños 24x7 (sí, es un pijazo) en los departamentos cercanos, no hubo cumpleaños de adultos –como el del sábado pasado, que me obligó a salir a la calle, dos horas y media caminando bajo la llovizna y el frío para evitar el quilombo que hacían arriba de mi cabeza, el cual terminó a las 2.15 a. m.–, no hubo pijama party de los nenes. Pero era sábado, niños que no van al colegio, adultos que, si no hacen quilombo hasta tarde, se levantan antes de las ocho de la mañana. Y me desperté varias veces pese a los tapones en los oídos que uso cada vez que duermo. Incluso la despertada pasó a nivel desvelo, y hasta prendí la computadora y boludeé un poco.
Es tan difícil explicar esto, me siento tan freak refiriendo mis capacidades diferentes para descansar. Si los propios profesionales de la salud especializados me hacen sentir freak, ¿cómo quedaré en la mirada de alguien que no se dedica a eso?
Finalmente, pude dormirme de nuevo, entre las tres y las cinco de la tarde, y cuando me desperté me sentía razonablemente bien. Gran noticia. Y gran consecuencia: voy esta noche a ver a SMM. Miré el Facebook de nuevo, por las dudas, a ver si había info exacta sobre el horario de comienzo. Y no, nada significativo: solo decían que daban puerta 21:30 aunque el flyer anunciara a las 21.
Una vez me tuve que fumar una hora y media de espera en Niceto, un martes que estaba anunciado a las 20 y la banda previa comenzó a las 22 (y SMM a las 23). Otra vez, el año pasado, plena madrugada de invierno, fueron tan deliberadamente imprecisos para hablar de la hora del show que directamente no fui. Imprecisos y desconsiderados para con la gente que decide cagarse de frío para verlos y en especial para con la gente que, por el motivo que sea (desde tener un cumpleaños hasta problemas de salud… adiviná qué opción me corresponde), no puede quedarse tres o cuatro horas en un lugar.
Si esta vez anuncian a las nueve, o a las nueve y media, empezarán a las once, supuse. Ni siquiera pregunté por Facebook ya que cuando pregunté, aquella vez de Niceto, no obtuve respuesta ni por el horario ni por el valor de la entrada, que no era el mismo en el FB de la banda que en la boletería.
Quise salir a las diez de casa, pero me demoró la última empanada, y salí diez y diez. El colectivo que me lleva a Chacarita no venía, y pronto decidí la combinación de varios subtes, que no fue mi primera opción porque justo ayer aumentó y porque prefería viajar sentado en el bondi y sin tener que caminar ni subir y bajar escaleras.
22.50 estoy en Chacarita. Caminando por Lacroze como la empanada extra que llevé para mantener mi glucemia en condiciones. En la esquina previa me desvío unos metros y hago pis en la botella de agua, ya vacía, que traje para bajar la empanada y la dejo junto a un árbol. Antes de las once llego a Roseti. ¿Dónde es, dónde es? Ah, es una casa, un PH con un cartelito escrito a mano, de 12 x 5 cm, pegado en la puerta. No hay nadie en la vereda, se escuchan voces adentro, pero no música. Aún no empezó, imagino. Doy una vuelta manzana para hacer tiempo, para minimizar el tiempo en que voy a estar sin hablar mientras todos hablan, y, cuando vuelvo al lugar, desde la esquina veo a una chica en la puerta. ¡Bien!
Le pregunto si ya tocó el timbre, y, antes de que me responda o de que cambie su cara de nada y emita una señal de que registró mi existencia, sale un pelado con aspecto de estar caminando sobre nubes de colores. La saluda llamándola por su nombre completo, la abraza y la hace pasar. Cuando muevo el cuerpo en esa dirección, él dice que no, que no puedo entrar, que no hay lugar. Creo que usa la expresión "lugar privado" o "fiesta privada", seguro dice que había que reservar. Cual-quiera.
Supero rápido el desconcierto que me provoca saber que me está mintiendo y le pregunto retóricamente si toca Sué Mon Mont. Me contesta que no, tarda algún segundo y agrega que toca Rosario Bléfari. "Bueno, sí, es la banda de Rosario Bléfari", le digo… Líneas del diálogo se habrán perdido en la memoria, lo mismo que la precisión en la cita de las que sobreviven. Me explica que la chica entró porque es su hermana, pero que yo no puedo pasar porque la capacidad es limitada y el lugar está lleno. Incluso invoca una disposición municipal. "O sea que vine al pedo", algo así le digo. Me responde que sí, dice por segunda vez que lo lamenta y con toda cortesía me cierra la puerta en la cara.
Me quedo unos pocos segundos frente a la puerta cerrada, procesando el aturdimiento que me produjo la situación, cuando lo escucho preguntar "¿se van?". Acto seguido, abre la puerta y salen dos personas, y entonces me dice que como se van dos, puedo pasar. Bueno, gracias, qué bueno, qué suerte. Casi la misma que encontrar el subte entrando en la estación cuando yo daba mis primeros pasos por el andén.
"Ya te cobran", me dice, y me indica que espere en el zaguán del PH. Pronto viene una chica, se guarda los 200 mangos –el único registro de mi presencia– y me habilita a pasar.
En la desembocadura del zaguán hay dos minas que charlan, fuman y obstaculizan el acceso. Me quedo detrás de ellas hasta que, en menos de cinco minutos, la chica nos dice que pasemos a la sala, que ya empieza. Faaa, llegué justo, qué suerte estoy teniendo hoy, pienso. Las minas mucho no se mueven, algún otro que está ahí tampoco y tengo pedir permiso y esquivarlos. Entonces veo que se trata de un patio que es la mitad o menos del patio del departamento donde vivo, con una barra a la derecha y quizá una decena de personas allí.
Lo que habrán sido las habitaciones de la casa ahora son "la sala", que, en efecto, está colmada. Casi todos sentados en el piso porque las sillas están apiladas contra una pared, algunos sentados en la escalera y otros en un sillón que está frente al escenario. Unos diez quedamos de pie, sobre todo cerca de la puerta, a la derecha de los músicos y perpendiculares a ellos.
"Retomamos", dice Rosario, y esa será la palabra clave de lo vendrá. La versión electro-acústica incluye al guitarrista tocando el violín, y tras un silencio de aula largan con "Copiloto". La mina que tengo a mi derecha, cercana a los cuarenta, que está con otra mina, más probablemente su novia que su amiga, no para de moverse, un bailecito interminable por el que me choca varias veces. A mi izquierda, atrás, una pareja joven se da besos y, más adelante, dos cuarentones en pantalón de gimnasia y zapatillas con sus respectivas mujeres (o eso presumo) no sueltan el celular con el que graban.
Rosario canta sentada todo el tiempo, yo canto algunas canciones, otros también. Veo sus bocas moviéndose en la penumbra cuando miro hacia los costados. "A tu ritmo" suena rara y entrañable sin distorsión, podría ser una joyita de las tomas alternativas que hay en esa caja cuádruple de los Doors que compré hace mucho. En algunos temas, en algunos estribillos ("lo digo bien, lo digo bien"), la gente, aun sin zarparse de efusividad, compite contra la voz amplificada de la cantante.
"El último tema vamos a hacer ahora", anuncia RB antes de la séptima canción.
(?)
Sí, no tuve suerte: llegué en el intervalo. Esta vez, por una puta vez, empezaron temprano. Y yo llegué tarde. Y nadie me dijo. Ni el pelado amablemente drogado ni la chica con remera de Star Wars que me cobró los 200 pesos por siete canciones (más dos bises).
Pasan de nuevo "Copiloto" y "Besos", y chau. No salgo de mi asombro y quiero acercarme a la lista de temas que Rosario deja sobre la mesa del teclado, pero tengo que caminar contra la corriente de gente que sale, y otro la agarra antes de que yo pueda dar un paso en esa dirección. Se me ocurre pedirle que me la muestre antes de guardarla, pero desisto. Me voy sin saber cuántas canciones me perdí.
Ya está, ya terminó. La mayoría de la gente se queda en el patio, la mayoría de la gente está con alguien, yo soy una mosca atontada rebotando contra infinitos ventanales. Miro la mesa con los discos y como aquella noche de Niceto decido no darles ni un mango más. Uno pasa raudo y encara para el zaguán, lo sigue una pareja. Decido sumarme y salir yo también. Solo nosotros nos vamos. Pronuncio una palabra, "gracias", a la persona que sale antes que yo y me sostiene la puerta, no por educación, sino para comprobar que no soy un fantasma.
Todos agarramos Lacroze, el que estaba solo se pone un gorro para mitigar el frío, la pareja cruza la calle, miro la hora, son las 23.45. Toda mi expectativa de la semana disuelta en menos de 45 minutos, en media hora de show.
Decido caminar los más de siete kilómetros hasta mi casa.
La sensación de no encajar es apabullante, es esa función del viejo Paint cuyo ícono es un balde. Bueno, un balde así de neurotransmisores vinculados con el abatimiento y la decepción y el vacío y la nada misma me pinta todo el cerbero, toda la sangre, todos los órganos.
El mundo no es para mí. O yo no soy para el mundo, no importa: de una forma u otra no hay match. La (nueva) comprobación de la fugacidad con que se desintegra todo aquello en lo que uno pone –en lo que uno puede poner– la energía también apabulla. Demuele.
En un momento, las cámaras de seguridad pueden testimoniarlo (?), tuve que sentarme en los bancos que hay en algunas paradas de colectivos porque me costaba sostenerme en pie. Unos metros antes había visto unas revistas de Farmacity tiradas en la vereda. Volví, las levanté y las guardé en la bolsa donde había llevado empanada y botella, y las traje para venderlas como papel, pero sobre todo para que el cuerpo tenga que hacer alguna fuerza y cambiar así mi dinámica psicofísica.
Llego a casa y al rato empiezo a escribir esto. Mientras todos hacen cosas, yo paso y repaso y trato de ponerlo en palabras porque si no me escribo soy una inexistencia y se acrecienta el riesgo de saber si estoy o no.
Pienso no hacer más nada, no ir más a un recital (salvo que diga "puntual", como dice Dancing cuando toca en el Konex), no cortarme el pelo en la peluquería antes de ir a ver la dentista (nuevo faro de mis días por esta semana), no sumirme en la depresión infinita que implica mirar departamentos horribles que serán poco más o poco menos invivibles que este (y lo digo ahora que el vecino, Juancito Cancro, abre y cierra su placar con puerta deslizable que parece un terremoto), no comprarme una campera y seguir usando esta, remendada, con 25 años a cuestas; no ponerle ni un gramo de energía al otro blog que hago, sobre el que tuve la fantasía de que fuera más presentable que este y finalmente no mueve el amperímetro.
Pienso no salir más a la calle, no hacer nada de eso ni las cosas que ni se me ocurren porque, aunque creas que no tenés nada para perder, siempre podés estar peor, podés, incluso, perder esa creencia.

La vecina de la vuelta

En mi niñez y mi adolescencia, tan horribles como lejanas, había una chica que vivía literalmente a la vuelta de casa. Era menor que yo, creo que dos años menor, y tuvo un despertar bastante precoz a la sexualidad compartida y al consumo de sustancias.
No quiero perder las formas en la descripción, pero era un poco gordita, aunque tal vez ese recuerdo sea más de cuando era una nena y no de cuando creció. Lo que quiero decir es que nunca me gustó. A mí siempre me gustaron las inalcanzables. Inalcanzables sobre todo por la edad, fueran, en aquel tiempo, mayores, o sean, en este tiempo, sub-30. Caramba, ahora mismo caigo en que también ella fue inalcanzable: que no me preocupara su inalcanzabilidad no la suprime.
Vivía con la abuela paterna, que habrá enviudado por aquellos años. Su madre era una ausencia, pero viva. Creo que la había abandonado, o, como dijo Rodrigo, voló, voló. El padre era una ausencia que se interrumpía una vez por semana, cuando venía a visitarla y la vieja le pasaba el parte de todas las veces que Adriana se había portado mal. La repetida consecuencia era una paliza. Esto, como casi todo lo que puedo decir acá, no lo sé porque ella me lo haya contado, sino porque se lo escuché a mi madre.
La piba habrá conocido a alguien, empezó a tomar pastis, tal vez a mezclar, y pronto quedó embarazada. Quizá a los 14. No sé si el novio con el que venía a casa a veces, aquel flaco alto de rulos, fue el primero, pero fue el padre de la criatura. Tampoco sé por qué empezó a venir con cierta frecuencia en esa época.
Una de esas veces mi incapacidad para la comunicación hizo que me quedara en la cocina mientras ellos estaban en el living. No sé cómo se dio ese reparto espacial –supongo que mi madre habría salido a comprar algo–, pero me resultó totalmente insalvable. ¿Viste cuando sos consciente de que está sucediendo algo absurdo, pero no tenés recursos para atravesarlo? Bueno, eso. Largos minutos así.
La verdad, no sé cuánto tiempo. Hasta que en un momento, y tampoco sé por qué, salí de la cocina. Ellos estaban transando mal en un sillón: estaban literalmente encimados. Ni se me ocurrió pensar que podían estar garchando: de esa posibilidad me di cuenta años más tarde. La escasa información que manejaba por entonces no incluía que se podía coger sin desnudarse. Igual, no recuerdo haber visto nada de piel ni ningún movimiento brusco que tratara de cubrir algo, así que supongo que la interrupción no fue tan grave.
La memoria es selectiva y no registra cómo prosiguió el diálogo tras mi inoportuna aparición (tras ese esfuerzo de mi parte, digámoslo también). Solo retiene, y necesita decir, aunque no encuentre dónde meter este párrafo, que usé como excusa a uno de mis cobayos, que estaba muy enfermo. "Me quedé cuidándolo", habré dicho.
No sé cuán a menudo venía, pero tengo varios recuerdos que la incluyen. Por ejemplo, cuando me trajo, no sé si como préstamo o como regalo, o meramente en comodato, un par de tomos encuadernados de El Gráfico de la década del 20 que eran de su abuelo. Todavía los tengo. Si los querés, te los devuelvo. Pero apurate, porque algún día voy a terminar vendiéndolos…
Otra vez, cuando su embarazo era evidente. Tengo foto mental de ella sentada en esta misma cama donde escribo, disculpándose por la postura un poco indecorosa que le imponía su panza. Esa noche u otra escuchamos un disco de Sui que tenía "El fantasma de Canterville", algún casete de Zeppelin que trajo ella –y que no me gustó, porque a mí me gusta Purple–, algún programa de radio que pretendía ser humorístico pero que no siempre lo lograba y que por algún motivo incierto yo solía grabar.
Pronto se peleó con el novio, no sé si antes o después del nacimiento del bebé. Pronto empezó a salir con otro chabón, más grande, que militaba con el tío en algún comité alfonsinista. Pronto quedó nuevamente embarazada. Datos que quedan al pedo en la memoria, recuerdo nombre y apellido de este chabón. Ahora que lo googleo me entero de que no era tan grande como yo lo veía entonces: tiene apenas cuatro años más que yo.
Él también vino a casa algunas veces. Una tarde estaba molesto por cómo se vestía Adriana. Hablaba con mi vieja y le explicaba su lógica, que tal vez no haya estado alejada de la realidad, pero que me sigue resultando tan inolvidable como excéntrica, tan inolvidable por lo excéntrica. Decía que no es lo mismo usar un vestido que usar el mismo vestido con un cinturón: si usás cinturón, querés guerra.
Como suele ocurrir en las relaciones vecinales, de golpe surgió la distancia. No sé si por influencia del novio nuevo o por qué razón. Igual, supe que el militante le dio su apellido al pibe del otro. No fue gratis: el reconocimiento vino con un hijo propio. Menos de dos años después, nació la criatura. 16 años, dos pibes. El futuro parece no ser muy prometedor.
De nuevo interviene el relato de mi madre: esta vez avanza en el tiempo y cuenta que se había encontrado con el padre del primer pibe, que iba a la vereda de enfrente del jardín de infantes a mirar a su hijo de lejos porque ella no se lo dejaba ver.
Ya en este siglo, coincidí en un sitio de internet sobre algún hobby que tengo con un usuario que tenía ese apellido y que solía mencionar el barrio, el colectivo que pasa por la esquina, etcétera. No sé si me acordaba el nombre o el apellido, o ambos, o si esas frecuentes referencias me conectaron las neuronas justas e hicieron que me preguntara ¿será el hijo de Adriana?
La sociabilidad sigue sin ser lo mío y, aparte, ¿cómo le sacaba el tema? No daba decirle que conocía a la madre de aquel tiempo inestable y revivir en ellos una historia de la cual no sé qué versión tiene. No daba decirle "a tu vieja la conozco de cuando la preñaban a cada rato y a tu viejo…, bueno, no sé quién es tu viejo, pero también lo conozco". Y, sobre todo, no daba decir quién soy y revivir mi pasado en el recuerdo de otros (ni revivir mi presente en la mirada de otros).
Entonces, di por sentado que sí, que era él, pero nunca le pregunté. Tampoco lo googleé.
Aquella página cerró, a Ezequiel no lo volví a encontrar en los sitios sobre el tema por los que nos dispersamos. Todo quedó en un recuerdo que se fue diluyendo.
Hasta ayer, cuando paso por un sitio similar, por el Facebook donde el sorete al que le compré algunas fotos las publica sin marca de agua, para desvalorizarlas, y veo que el pibe este dejó un comentario. Se despertó el recuerdo, que comenzó a encadenarse con otros, y en el aburrimiento y la pachorra del frío del domingo, en el cual no salí de la cama, empecé a stalkear.
Y sí, es el hijo, es la madre, el segundo embarazo tuvo por resultado una nena, y no un nene, como había quedado en algún lugar de mi memoria. Ezequiel, lo confirmo ahora, es el hijo del flaco de rulos, es el pibe al que conocí en la panza de su madre.
Cuando la búsqueda me lleva al Face de Adriana, en su biografía resalta que laburó varios años como analista de riesgo crediticio de una conocida tarjeta de crédito. Desde que terminó el colegio, en una nocturna, unos años después de que yo hiciera lo propio, se suceden varios estudios terciarios y semejante empleo.
Me alegro por ella. No mucho, en realidad. Ni fu ni fa, casi. No porque tenga algo en su contra: no me hizo nada como para que le desee el mal, a diferencia de otra gente de aquel tiempo. Pero prevalece el contraste con lo que soy, con estas decenas de años perdidas en enfermedades sin diagnóstico, mal descanso, mentiras y vacío.
Todos esos años en los que vos hiciste cosas, yo esperé un futuro que nunca llegó: lo que busqué no se dio, la energía la puse en el lugar equivocado y seguramente hice mal lo poco que se me ocurrió hacer. Y un día me di cuenta de que es muy tarde. El cuerpo es el que me lo dice de modo más lapidario. Porque los demás siempre dijeron lo mismo: no.
Algo sucedió –fue el azar, el destino, la mera esencia (la energía que somos, según César Millán), no sé qué, eso que a mí no me toca, que me es ajeno–, se te ordenó el contexto, se te alinearon las neuronas, estuvieron cerca las personas apropiadas, el cuerpo te respondió, "tuviste voluntad". Y algo hiciste. Algo podés poner en tu biografía de FB, algo en tu currículum. Algo podés responder cuando te preguntan "¿qué hacés?". (Algo podés ver de vos cuando te vas a dormir o cuando te mirás al espejo).
Yo, en cambio, hace días que no salgo de la cama, que no me miro al espejo, que no hablo con (casi) nadie (y hay días en que el "casi" sobra: literalmente). No es depresión: es frío y nada que hacer. Y aunque tenga algunos recursos más a que a mis 15 años y pueda interactuar un poco, quizá no sean más que un idioma aprendido por fonética. Quizá nunca dejé de ser aquella persona, confinada por una falla irremediable de la comunicación en la cocina de mi casa, nombrando como excusa a un cobayo moribundo, consciente de las cosas, pero incapaz de remediarlas.

Planes a largo plazo

Ali   La semana
que viene no
la otra
semana
nos sentamos
juntas?

viernes, 8 de junio de 2018

Colibrí

El colibrí de mi jardín no es ningún drogadicto. Pasa por toda la rosa china, a veces comparte la aljaba con el avispón negro, pero nunca liba en el floripondio.

Niños necesariamente malos

Resbala el dedo por el zapping, Sylvestre, Cúneo, Liberman, y aparece Diana Maffía entrevistada en el canal de La Nación. No sé de qué está hablando, pero cuenta que en un momento de su infancia le dijeron que tenía que ponerse una remera para jugar y cómo le llamaba la atención que al hermano no le reclamaran lo mismo.
La periodista, una sesentona zarpada de revoque, menciona, tal vez para reforzar la idea, que su hermano la mandaba al arco cuando era chica y jugaba al fútbol con él. Entonces, en un segundo, en una frase, Maffía muestra cuán resentida de la vida y de la pija es, y le responde: "La de pelotazos que te habrás comido por confiar en tu hermano".
En cualquier contexto, esas palabras, dichas con tal extemporaneidad, serían reveladoras. Acá, además, suman el ruido de una afirmación hecha sin el sustento fáctico que sería esperable en una persona que proviene de la Academia –mucho más porque se trata de un Nombre de ese ámbito–.
Como si tocara una nota de paso, sin detenerse en ella, pero buscando teñir con su matiz todo el discurso, (se) inventa una historia que le permita liberar su prejuicio mierdoso.
Sus palabras no se limitan a esa situación imaginaria, que sigue de largo, sin que la periodista la ratifique, ahondando en anécdotas, o la desmienta, dejándola en off-side. Lo que está diciendo es que el pibe, que todos los pibes, se cagan en sus hermanas desde su más temprana niñez, que son genéticamente soretes al respecto. (O que son eficaz e irreductiblemente colonizados por el patriarcado de un modo comparable con una línea de código genético).
La entrevista continúa, como el zapping. Al rato, la nota de paso me recuerda a Pérsico, contando su participación en el atentado a Klein, jactándose de haber evacuado a la servidumbre antes de dinamitar la casa con toda la familia en su interior, incluso los niños, incluso un bebé de meses.
Me acuerdo porque encuentro una chirriante similitud entre la idea de Maffía respecto de que los niños son genéticamente malos con sus hermanas (o son agentes del patriarcado) y la de aquellos montoneros, para los cuales los hijos de Klein también eran genéticamente malos (o eran agentes de la oligarquía, o no sé qué), y en ese caso no merecían el disparate malintencionado de una vieja intelectual, sino que directamente merecían morir.

Avispón

El avispón detiene su vuelo de movimientos ariscos, no tan confiables como los de sus primas las abejas. Hunde la cabeza y parte del torso en la corola de la aljaba, sosteniéndose del cáliz rojo con las patas delanteras como Fede Bal se agarrará de la cintura de Laurita para desarrollar la habilidad que más lo enorgullece.

Unos poemas de Samar Abdel Jaber

Samar Abdel Jaber es una ingeniera informática y poeta palestina, nieta de refugiados, que nació en Kuwait en 1985. Actualmente vive y trabaja en los Emiratos Árabes Unidos. Publicó cuatro libros, tiene dos blogs, y no encontré ninguna versión de sus poemas en castellano, así que traduje algunos de ellos, los que pude. Otros, que tienen versos muy bonitos (ese que habla de Palestina y dice "los turistas te conocen más que nosotros" o el de la lluvia en Abu Dabi), quedaron a mitad de camino, finalmente inalcanzables para mis posibilidades.

En Gaza

En Gaza
los chicos esperan que vuelva la luz
para mirar dibujitos animados
y películas
por unas pocas horas,
antes de que se corte de nuevo.
Pasan el resto del tiempo
esperando que Superman
o Batman
o el Hombre Araña
vengan a rescatarlos.

En Gaza
los chicos crecen,
nadie viene
y ellos no entienden
que la realidad
no se parezca a la TV.



Los muertos

Los muertos están más que bien,
así que, por favor, dejá de imaginar que te extrañan
y te visitan.
Lo que sacude tu ventana a la noche
es el viento del otoño, no sus manos.
Ese sonido que llega desde el estudio
lo produce un insecto
que está construyéndose un hogar entre libros viejos.
Los sueños en los cuales los ves
solo son una creación de tu mente.

Los muertos encontraron un hogar en sus ataúdes
y la pasan bien
conversando por las noches.
Cada uno de ellos cuenta una dolorosa historia de su vida
y se burlan de nosotros,
riéndose mucho de nuestros pequeños problemas.
Los muertos, detrás de gruesos bloques de piedra,
no pueden ver tu cara,
no pueden escuchar lo que decís en tu visita anual
a sus tumbas,
no les llega el aroma de las flores que les llevás.

Los muertos, con el tiempo,
también te olvidan.



Iara

Iara me dice que cuando sea grande quiere ser abogada
para defender los derechos de las mujeres y los niños.
Dice que comenzará una revolución contra la corrupción
y que cuando crezca
Palestina será libre.

Iara, con diez años,
me pregunta
"¿pensás que
cuando crezca
mis sueños se harán realidad?".

Recuerdo mis sueños,
sueños de infancia
de los cuales no quedó nada.
No sé qué responderle.



Malta, mayo de 2012

Muchos turistas.
Hacemos un tour acerca de la historia de las guerras en la ciudad.

¡Lo tontos que somos los humanos!:
hoy hacemos guerras
para los turistas del futuro.



Enciclopedia

Mi padre la compró en cuotas,
1800 libras libanesas
que no terminó de pagar
porque comenzó la guerra.
Él huyó de la ciudad.
La enciclopedia
era entonces el Jardín del Conocimiento.
Viajó con mi padre a Kuwait.
Otra guerra comenzó.
Retornaron juntos al Líbano.
Aquí está.
Ha sido testigo de numerosas guerras.
Ahora se sienta en silencio y decepcionada
en la biblioteca de la casa
tras perder su última batalla
con Google.



Una elegía
a mi abuelo,
en su tumba de refugiado

1

Así que
mañana
el mesaharaty (*)
no dirá tu nombre
en el vecindario
al amanecer.

Y tu bastón,
apoyado contra la pared,
esperará tu mano
por siempre.

Tu voz no me contará
cuentos de Palestina
en mi próxima visita.

Y porque vos eras el Eid (**)
ya no habrá otro Eid.

2

Ayer, cuando tu corazón dejó
de latir,
Haifa, con su sexto sentido,
lo supo.

Un viento misterioso se abatió allí
súbitamente.
Las rocas
de las profundidades del mar
intentaron flotar para navegar hacia vos.
Los árboles
trataron de desarraigarse
para ir hacia vos.

En la casa donde estaba tu hogar
una oscuridad intensa cayó de pronto:
una maldición perseguirá a sus habitantes
por siempre.

Anoche en Haifa
la luna se escondió detrás de una
nube
y el sol se despertó cansinamente
esta mañana.

3

Dejás tu cama
por última vez,
te llevan en hombros,
tus ojos cerrados.

Tu cuerpo desciende a la tumba:
La tierra cae sobre vos.
Alguien graba tu nombre con cuidado
en la lápida.

Una lluvia oculta
cae profusamente
en el lugar.

Tu cuerpo desciende
a su tumba de refugiado
en el preciso momento en que Haifa
alumbra un niño hermoso:
sus ojos son azules, como los tuyos,
su nombre es como el tuyo.


Mascate, 1 de agosto de 2012.
A Mohammed Mahmoud Abdel-Jaber, nacido en Haifa en 1923, refugiado en el Líbano en 1948, donde vivió hasta el día de su muerte, el 31 de julio de 2012, y soñó hasta el último minuto con Palestina.

(*)
Los mesaharaty llaman antes del alba, mediante cantos y música de tambores, a los observantes para que coman y beban antes de comenzar el ayuno del día durante el Ramadán. Últimamente, los jóvenes jerosolimitanos que se dedican a esta tradición han sido perseguidos por la policía israelí, detenidos, interrogados y multados a raíz de las quejas de los nuevos vecinos judíos del barrio árabe.
(**) La fiesta que celebra el fin del Ramadán.

Rafeef Ziadah habla de mí

No. No dice Olga. Tampoco habla de los poemas suyos que traduje, varios de los cuales carecían de una versión en español. No me nombra y seguramente ni sabe que existo. Habla de mí de otro modo.
El algoritmo de Youtube ya sabe quién soy y me sugiere un video suyo bastante viejo, subido en 2014. Me sorprende no conocerlo porque tengo vistos casi todos sus videos, y varias veces; tantas que ya sé los momentos en que suelen explotar las ovaciones que la interrumpen brevemente o cuándo cambia algún fragmento del texto, ya sea adrede o llevada por el fragor de la performance. Lo veo y allí es donde habla de mí.
Recita un poema, y luego otro y finalmente un tercero. En el segundo, que se llama "Sieges", del cual hay una vieja versión en vivo y una flamante, de la presentación del segundo disco, agrega unos versos al final, que no están en las otras dos versiones. Allí es donde habla de mí.
Dice, hablándole a un soldado del ejército ocupante, que ella, en honor a sus ancestros, va a recitar el nombre del primer poblado destruido por los israelíes, y que va a recitar el nombre del último poblado destruido por los israelíes, y el de los quinientos que destruyeron en medio, y que los va a repetir una y otra y otra vez, "hasta que te encuentre en la costa Haifa, libre". Allí es donde habla de mí.
(Agrego, en una triste digresión, que Rafeef deberá sumar uno más: la Corte Suprema del país más moral del mundo falló que es lícito demoler Khan al-Ahmar, una aldea beduina en los territorios palestinos ocupados por la entidad sionista en 1967).
En esa repetición incesante de la mención del dolor como camino, no excluyente y tal vez no muy efectivo, de liberación habla de mí. De este blog. En eso me reconozco. Eso soy yo. O eso es una excusa eficaz que encontré para justificar mi interminable repetición.
Como cada vez que nos encontramos con algo que de modo inesperado y revelador habla de nosotros, quedé con la boca abierta de asombro y los ojos, cada vez más mojados, fijos en la pantalla; con el dedo atento para deslizar el cursor y volver a verlo, y con la cabeza aturdida y con todo el cuerpo tratando de procesar esas palabras y lo que conllevan. Y con las ganas de decírselo a alguien, casi como una manera de confirmar que en verdad eso estaba sucediendo.
No sé si la afirmación de Rafeef sobre ese futuro encuentro en Haifa es una íntima certeza, una expresión de deseos, una invocación a la ley de atracción, palabras dichas por si el decir crea o un acto político. De cualquier modo, se trata de una cuestión de siglos, y, aunque no sea esta generación ni la otra ni la próxima, los palestinos se mojarán los pies en las aguas de Haifa. Y en las de Akka, y en las de Yaffa…
Yo, en cambio, tengo esta sola vida, que está en su segunda mitad, tal vez en su último tercio, quizá en su última década, y no me imagino esa liberación. No puedo imaginármela en medio del laberinto de los años (*), que se reproduce a sí mismo, al igual que el del silencio (y no hablo esta vez de los vecinos gritones que madrugan y pisan fuerte, de los aires acondicionados ni de las murgas, aunque también son un lugar del que no logro salir). No puedo imaginármela porque cada vez es más improbable que suceda lo que nunca sucedió, porque ni siquiera puedo contar con un cuerpo que me responda, porque el lapidario dictamen de los que me maltrataron parece haberse transformado en designio.
Y por mi incapacidad para superar la velocidad del propio sonido, es decir, lo que dicen mis palabras las pocas veces que puedo decirlas, que en el momento de pasar a la acción y dejar de ser un discurso ensayado hasta la asimilación revelan lo que hay detrás de ellas: aire.
Como no puedo hablar de tanto dolor constituyente porque no suelo tener con quién hablar y porque, si tuviera, hacerlo sería tan espantagente que no daría (y aunque no hable, igual se nota, subyace, se percibe y a veces escapa en ráfagas de freakez), al menos en este blog voy a seguir repitiendo una y otra y otra vez los nombres del dolor. No exclusivamente, pero voy a seguir repitiéndolos, aunque una lectora deje un comentario y me llame obsesiv@, para, si no ayuda a la liberación, ... No sé para qué. Hace una semana que llegué hasta este punto y no sé cómo seguir. ¿Para sostener la inercia de la no muerte? ¿Para no reventar, como dijo alguien a quien conocí acá? Para releerlo y acordarme de que algo pasó, de que nada de esto es porque sí, tal vez.

(*) "A people (…) who were thrown into the mazes of years" dice, refiriéndose a su pueblo, un verso de Kamal Nasser, poeta palestino y vocero de la OLP asesinado en Beirut por las fuerzas impunes de Israel en 1973. Luego de matarlo a balazos en su departamento, los integrantes del comando dejaron una suerte de mensaje en/con el cadáver: le pegaron varios tiros en la boca.

Un parcial de la Universidad de Palermo

PARCIAL CATEDRA LLERENA & ASOCIADOS ABOGADOS.
MATERIA: DERECHO EMPRESARIAL.
NOMBRE ALUMNO:_______________________________
Fecha:__________
___________________________________________________________________

Marcar la o las respuestas correctas:

1) ¿Cuando una sociedad es comercial?:

* Cuando se persiga un fin de lucro.
* Cuando se persiga un objetivo de bien común y sin finalidad de lucro.
* Cuando se constituya de acuerdo a uno de los tipos previstos por la ley 19.550 de sociedades comerciales.

2) Las sociedades son sujetos de derecho:
* Verdadero.
* Falso.

3) Una sociedad anónima se considera regularmente constituida:
* Desde la firma del estatuto.
* Desde la integración del 25% del capital.
* Desde su inscripción en el Registro Público de Comercio (IGJ).
* Desde su publicación en el Boletín Oficial.

4) ¿Existen las sociedades anónimas unipersonales?
* Sí.
* No.

5) Una sociedad que tenga por objeto el desarrollo de tecnologías vinculadas con internet, y en la práctica vende drogas a adolescentes, tiene:
* Un objeto lícito y una actividad ilícita.
* Un objeto ilícito.
* Un objeto prohibido.

6) En una sociedad anónima no constituida regularmente, los socios responden por las deudas de la sociedad:
* En forma ilimitada y solidaria.
* A prorrata de su tenencia accionaria.
* Hasta el capital aportado.
* Hasta el capital suscripto y no integrado.

7) La asamblea de accionistas es:
* El órgano de administración de la sociedad.
* El órgano de gobierno de la sociedad.
* Ninguno de los dos.

8) El balance de las sociedades anónimas se aprueba mediante:
* Asamblea Ordinaria de Accionistas.
* Asamblea Extraordinaria de Accionistas.
* Reunión de Directorio.
* Su presentación ante la Inspección General de Justicia (IGJ).

9) ¿Como se representa el capital de una sociedad anónima?
* En dinero.
* En especie.
* En acciones.

10) El capital mínimo con el cual se puede constituir una sociedad anónima es:
* $16.000.
* $ 3.000.
* $12.000.

11) ¿Puede una sociedad anónima constituida en la República Argentina emitir acciones al portador?
* Sí.
* No.
* Depende del capital que tenga.

12) Imagínese que tiene que redactar un estatuto. Que datos e información debería contener.
Solamente enumérelos.

13) Distintas clases de Acciones: ordinarias, privilegiadas, preferidas, al portador, nominativas, etc. Desarrollar en no más de una carilla.

14) ¿qué libros societarios conoce?. Enumérelos.