jueves, 17 de octubre de 2019

Incesto en el tren

Lejos quedaron los viajes en que el tren les corría carreras a los autos de la Lugones. O a los aviones que se aproximaban a Aeroparque. Ahora se arrastra sin fuerzas aun en los tramos donde no hay precauciones por obras, las cuales, a este ritmo, estarán listas para la próxima elección. Al final del viaje comprobaré que tarda un veinte por ciento más de tiempo. No es hora pico, no se demora porque sube o baja mucha gente. Simplemente, las locomotoras no dan para más. O los maquinistas no las pisan con las ganas de antes.
En Del Valle sube un grupo familiar. Son cinco. Un hombre que estará llegando a los cuarenta, con gorrita y pantalón de jogging gris; una chica joven con un par de piercings en la cara y la lengua, cuyos contornos se recortan en el contraluz, con un bebé en brazos y pantalón de jogging gris; un adolescente de quince o dieciséis, con incipientes pelos en la cara y buzo y pantalón de jogging gris, y una nena de tres o cuatro años, en plan de decir sus primeras palabras, que rompe la uniformidad con su pantalón negro con dibujitos de colores. Dejan en el portaequipajes la caja de una estufa eléctrica y un bolso rosa y se sientan del otro lado del pasillo, en los asientos enfrentados que quedan a una diagonal de mi mirada. No son particularmente molestos y amenizan el viaje de alguien que, como yo, no puede entretenerse mirando el celular. Porque no tengo.
Pronto, le compran a un vendedor ambulante dos combos de turrones, tres por veinte cada uno, y se dan a comerlos. El que vende chocolate con leche y maní pasa después y no tiene tanta suerte, ni con ellos ni conmigo, que logro vencer la tentación y no le compro. Parece que se quedaron con hambre porque al rato pasa el vendedor de obleas rellenas cubiertas de chocolate, dos por veinte, y le compran dos pares. El pibe de jogging es el primero en mandárselas. Esta vez y la otra guarda con llamativa pulcritud los envoltorios –el suyo, el de la nena chiquita– en el bolsillo de su mochila para, seguramente, tirarlos luego en algún tacho.
Con el correr de las estaciones escucho que el señor usa las expresiones "tu hermana" y "tu madre", y me configura el árbol genealógico. Son tres hermanos y él es el padre. Ahora pienso que quizá solo sea el padre de la más chiquita, que los dos más grandes pueden ser hijos de "la madre" con otro tipo. Ese dato quedará fuera de mi alcance.
En algún momento juega de manos con la nena chiquita, que está sentada enfrente de él, los dos del lado del pasillo. Forcejean un poco, la atrae hacia su cuerpo y le da un pico. En otro momento, a cuento de no sé qué, le apoya la mano en el muslo a la chica joven corte turra piercing en la cara. Le apoya la mano y la deja unos segundos. Luego volverá a hacerlo escudado en las palabras "te estoy haciendo masajes en la rodilla", tal vez como respuesta a la única, hipotética –y sin duda brevísima e imperceptible para mí–, referencia de ella al asunto. Claramente no son masajes, claramente no es en la rodilla: es en el muslo, a, digamos, un tercio de muslo de la rodilla, la mano abierta, firme y detenida sobre la tela gris.
Más adelante lo hará por tercera vez. No tengo más pruebas que la impresión de mi mirada furtiva, pero no abarca solo la cara anterior del muslo, sino también el borde interno. Hay algo alli que leo –que incluso mi cuerpo lee– como de indisimulable erotismo. La cosa no prospera porque la nena chiquita se levanta de su asiento y se pone a jugar en esa zona, cortando el mambo.
El bebé no llora nunca. Cuando se despierta, ya pasado el río, tampoco. En algún momento, la madre dice "ella", y solo así me entero de que es una nena. La de tres o cuatro es más inquieta, pero tampoco jode mucho. A veces se levanta del asiento, y en una de esas veces le da un beso a la bebé con esa forma que tienen los niños de expresar el cariño repitiendo ampulosamente la imagen que ven a diario. El beso es en la boca.
Antes o después de eso, el señor se queda dormido, y el resto del grupo familiar ya no charla mucho entre sí. Cuando finalmente termina la letanía de mi viaje en el tren lento y tengo que bajarme en la estación provisoria, que me deja tres cuadras más lejos que la otra, ellos siguen su viaje y su historia familiar. Quizá algún día encuentre la continuación en Youporn.

Qué forro que sos, Molina

Hace unos años, no sé cuántos, pero seguro que ya son bastantes, algún link me llevó al blog de Ignacio Molina, y allí, entre varios posts, di con el que anunciaba la presentación de tres libros. Uno de ellos era del propio Molina; otro, el de un psicólogo que me había atendido en un hospital público tiempo antes.
La sorpresa al leer su nombre y su apellido me devolvió al primer plano de la memoria las anécdotas emblemáticas de esos cuatro meses de tratamiento, veinte minutos cada "encuentro", y dejé un comentario donde me preguntaba si parte del libro no habría surgido las veces en que el profesional me decía "seguí hablando" mientras apretaba con infructuoso disimulo las teclas virtuales de su celular debajo de la mesa. ¡Tal vez no estaba mandando mensajes de texto, tal vez estaba tomando notas para que la inspiración no pasara sin quedar fijada en algún soporte!
Molina, en un solo gesto, demostró ser un pobre pelotudo. En el gesto de no aprobar mi comentario. Un pobre forro pelotudo y un cerdo corporativo con irrefrenable voluntad de deidad y síndrome de dedo cliqueador, que no quiere que se conozca esta característica del psicólogo escritor que publica en la misma editorial que él.
Con los años comprobé la constancia de su pelotudez. Por ejemplo, al leer declaraciones periodísticas en las que afirmaba que "la lección de historia que nos dio el kirchnerismo fue fundamental" y que "el kirchnerismo debe ser una etapa superadora del peronismo", o en las que directamente justificaba el delito: "Creo que para cruzar el río hacia la orilla más limpia primero hay que embarrarse los pies (…) Reconocer las zonas oscuras del kirchnerismo es también reconocer las zonas oscuras que uno puede tener como ciudadano, ex marido, novio, padre, hijo o trabajador".
No es difícil pensar que en otro contexto histórico, en aquel donde las armas estaban al alcance de la mano y se repetía con una liviandad pasmosa que el poder sale de la boca de los fusiles, Molina fácilmente habría encontrado en sus zonas oscuras una explicación para ensuciarse no con barro, sino con sangre.
En el tiempo corriente no hace falta de la imaginación para saber su índole. Enumera las "medidas positivas" del gobierno anterior y detalla: la Asignación Universal por Hijo, la estatización de las jubilaciones, los trenes, YPF y Aerolíneas, el matrimonio igualitario, la derogación de la ley de flexibilización laboral…".
¡¡Los trenes!!, dice el hijo de puta, y no hace ni una mención rescatada de sus zonas oscuras sobre el estado de los trenes, que terminó con la masacre de la estación Once y que había dado varios preavisos en el Mitre, el San Martín y el mismo Sarmiento.
(¡¡La estatización de las jubilaciones!!, dice el tarado, y avala que el Estado se apropie de tus aportes para pagarles a los conductores de 678 o para gastarlos en lo que sea. Y, lógicamente, ni siquiera llega a cuestionarse la existencia de ese esquema Ponzi que son las jubilaciones. ¡¡YPF!!, dice el infeliz… Sí, ese chistecito de Kiciloff del cual tuvo que hacerse cargo este gobierno. Etcétera).
Pasaron los años. Yo, en noches de insomnio, sigo dando vueltas por los blogs que quedan, y de nuevo el Algoritmo Mayor me lleva al blog de Molina. De ahí hay apenas un paso al recuerdo de aquel comentario desaprobado. Busco el post, encuentro, de nuevo, el nombre del psicólogo y la ausencia de mi comentario, y lo escribo otra vez. Y el pobre pelotudo de Ignacio Molina vuelve a desaparecerlo, como otros desaparecieron la inflación o la pobreza. En su oscuro y minúsculo espíritu kirchnerista, lo que no se ve no existe. La masacre de Once no existió, la plata de las jubilaciones no se la fumaron, los muertos de La Plata fueron solo cincuenta, el psicólogo no me boludeaba…
Ahora, si gana Fernández, como parece que va a ganar, seguramente volverá al ataque, sintiendo reivindicadas sus ¿ideas? por el resultado electoral, con más declaraciones de ese estilo. Y apostaría a que además pega algún carguito y termina como funcionario.

martes, 8 de octubre de 2019

Mi mirada molesta

La dentista va aplicando la anestesia. Un pinchazo acá, otro más allá y un par en el paladar. Esos duelen más, avisa, como siempre, aunque esta vez no duelen tanto. La miro fijo a los ojos desde abajo, desde mi casi horizontalidad dispuesta en el sillón. No al verde que últimamente me parece más azulado, porque tiene ojos de color variable o porque cambió el tono de los Freshlook. La miro al centro del negro del ojo intentando una comunicación que justificaría este post si pudiera encontrar las palabras para referirla (pero no pude ir más allá de esa cita equivocada de Jim Morrison: I'm looking for a home in every face I see).
"No me putees, Olga", dice, y se ríe. No dice Olga. Usa mi otro nombre, el primero de los que anuncia el documento, y no me molesta: es la única persona en cuya voz está bien escuchar ese nombre. No le respondo más que, tal vez, una risa porque no puedo despegar de la literalidad y no se me ocurre nada, y el momento ya fue, ya es parte de un pasado que solo yo recuerdo.
Ella ya me conoce y ese mediodía notó mi "estrés" (sic). No le dije que no sabía para qué estaba haciendo eso (¿para estar cerca suyo un rato más?, ¿para alimentar la ilusión de que estoy haciendo algo un rato más?) ni que me hacía mucho ruido sentirme en el piloto automático que me llevó a hacerlo, tanto como gastar la fortuna que gasté. En cambio, quise explicarle que ver más equipamiento que las otras veces me hacía sospechar algo más intenso –como en efecto fue–, y también esas cosas que trato de no contar, porque quiero parecer normal, pero que esta vez blanqueé.
Que me baja el azúcar, lo del jugo Ades como talismán y solución empírica, que en la semana había tenido un par de episodios inesperados que me preocuparon, sobre todo el de la tarde-noche anterior, el cual me dejó casi a punto de ir a la farmacia a tomarme la presión, pero no me impidió, un rato después, estar corriendo en la plaza, porque así de incomprensible es mi cuerpo. Que comí mucho esa mañana, antes de salir, para que la energía me durara más (porque palma aproximadamente cuando termina la digestión), y que si poco después de comer me pongo muy horizontal se revela una falla en alguna válvula y se viene esófago arriba el contenido del estómago lleno.
Esto último no se lo dije, pero sí sé que traté de postergar el momento en que debía recostarme aun ya habiéndome ubicado en el sillón. Y fue entonces, conmigo en esa posición –espalda esquivando el respaldo, codos sosteniendo el ángulo del cuerpo–, cuando dijo lo del estrés.
Finalmente, no tuve problema alguno: las empanadas de soja dieron resultado, la glucemia se mantuvo en niveles aceptables el tiempo requerido y tampoco molestó mi esófago o la parte del cuerpo cercana que hace de las suyas.
Días después, en esta internación domiciliaria que acato para evitar resfriarme porque "prohibido resfriarse", según dijo su compañero apenas terminaron, repaso los highlights de esa jornada: las manos encontrándose (twice, una vez las cuatro manos, cuando ella puso la tercera, y yo traté de quitarle intensidad al momento diciendo que qué bueno tener dos odontólogas con las cuales puede suceder ese gesto –y sí, pero con vos es otra cosa–); un leve roce, deliberado y cariñoso, de su mano en mi cabeza; aquella mirada, su frase y su risa.
Y en el encadenamiento de recuerdos vienen del pasado un par de situaciones en que mi mirada fue molesta. Aparte de malinterpretada. Y temo que eso pueda llegar a suceder acá.
Y ahora pienso en cómo será el momento en que este signo vital sea definitivamente parte del pasado y no exista ni la ilusión de revivirlo medio segundo. ¿Será solo un alejamiento profesional porque se acabaron las cosas que quiero hacer en mi boca? ¿Será un enojo explícito? ¿Será porque los fracasos profesionales se suman? ¿Será atravesado por una distancia deliberada para ponerse a salvo de hipotéticas eventualidades derivadas de mi extravagancia e intensidad? ¿Será por lo demandante que (no sé si) soy o puedo ser como paciente? ¿Será un silencio de esos que algunas personas eligen para manifestarme su desprecio, de esos que tanto se repiten en mi vida?
También se repiten los mails que escribo iniciando siempre yo la comunicación, generalmente un poco descolgada; esos que un par de veces le tocó recibir a ella. Pero un día postoperatorio es ella quien escribe, para preguntar cómo estoy, y doy fe de que algo cambia en mi neuroquímica, aunque no exista el medidor que lo registre objetivamente. Y cuando no escribe –todos los otros días–, los niveles caen. Con eso en mente, demoré al máximo el envío del mail donde debía preguntarle cuándo nos veíamos para el control, a ver si ella se acordaba y escribía, y se reeditaba el rush. Fue en vano.
Esta semana fantaseé con mencionarle el asunto: decirle "escribime, mandame una carita, un emoji… me voy a recuperar más rápido (?)". Pero ya bastante con que (también) le hablé del asunto manos, de cómo (me) pega cuando nuestras manos entran en contacto ese tiempo que no llega a un segundo en el momento de la despedida, de que me permito pedirle una versión más intensa de ese gesto cuando hay sangre de por medio, de que el resto de las veces trato de hacerlo fugaz y leve con un high five.
Tampoco sé si mencionarle el tema miradas, preguntarle si lo notó, si le molestó, decirle que la miro más en situaciones de tensión, pinchazos, dolor físico; explicarle –si pudiera– qué quiero decir o encontrar en esa mirada; mencionarle, aunque sea brevemente, estos recuerdos del orto.
(¿Cuántas freakeces te voy a mostrar? ¿Cuántas aguanto mostrarte? ¿Cuántas aguantás disimulando, como disimulás, tanto que a veces hasta me olvido de lo freak que soy?). Imagen uno. El colegio, mi segundo secundario, primeros meses, creo que la merquera psicópata aun no es merquera y seguro no sé lo psicópata que es, aunque un par de veces ya mostró la hilacha del desprecio. Ella, sentada en uno de los bancos de adelante de la fila del medio, junto a su novio. Yo, también adelante, pero en uno de los de la fila de la izquierda, a un pasillo de distancia del novio, a un pasillo y un novio de distancia de ella.
Un tema en común a partir de no sé qué cosa mencionada en clase permite una comunicación inesperada. Creo intuir en mi memoria que no era una cuestión estrictamente académica, sino un asunto lateral, derivado tangencialmente de ella. Los dos tenemos palabras para decir sobre el asunto, y hablamos. Se entabla un corto diálogo en el que las miradas coinciden y ratifican la complicidad de encontrar esa intersección.
Al tiempo, ocurre algo similar, y busco repetir la comunicación del contacto visual. Porque yo siempre termino haciendo de nuevo lo que funcionó una vez, aunque los contextos o las personas no sean los mismos. Parece que la miro mucho, o que cuelgo un rato con la mirada apuntando en esa dirección esperando que la suya se encuentre con la mía para asentir tácitamente, porque después escucho a alguien, no recuerdo a quién, mencionando cómo la miro. Lo hace con palabras y un tono que pronto revelan que no entendió mi mirada. No sé si ella o el novio habrán flasheado algo de ese estilo, pero, aunque no lo hayan visto, seguro alguien se lo comentó. Y dos años después Gutiérrez fue más explícito: "Te quedaste caliente porque no te la cogiste".
Imagen dos. Con la señora casada o, al menos, juntada entramos en contacto por redes sociales a raíz de un recital de uno de los artistas favoritos de este blog, al cual no pude ir, y coincidimos luego, en tres o cuatro shows del mismo chabón. Lo anunció allí como parte de esa forma de exhibicionismo que signa estos tiempos, y un par de veces la reconocí, aunque no me acerqué a saludarla porque estaba con marido, hijo, etc., y porque tampoco sabría qué decirle. Sólo soy un manojo de bits y no sé si tengo ganas de hacer el esfuerzo de dejar de serlo.
Luego de uno de esos shows me escribe por mensaje privado y me pregunta si fui, si era yo quien la miraba mucho. La verdad, no creo haberla mirado tanto. Tal vez, antes del comienzo del espectáculo, esperara un momento en que se encontraran nuestras miradas para saludarla de lejos, quizá haciendo la mímica de un teclado de computadora, así me ubicaba más fácilmente y, al mismo tiempo, podía mantener la distancia, sin necesidad de pararme y caminar hacia ella, saludar a su entorno, tener que pensar hasta dónde da sostener el diálogo, cómo integrarlos, cuándo y cómo hay que empezar a darlo por finalizado, tratar de que eso no sea muy brusco, etc.
Como sea, tengo la íntima convicción de que no fue para tanto. Es más –lo veo ahora–: si realmente la miré mucho, las miradas se habrían cruzado en algún momento y entonces habría sido más probable que la saludara con la mímica del teclado. Elijo mentirle, decirle que no pude ir, y no explicarle nada de esto. Menos aun, enterarla de que, incluso si fue como no creo que haya sido, no debería preocuparse porque ideológicamente no me gusta ni un poquito, porque tampoco me gusta físicamente, porque sé que tiene pareja y, quizá aún más decisivo, porque tiene descendencia.
Pero ella tiene la moral muy alta y cree que anda rompiendo corazones o calentando cuerpos por ahí, y en el siguiente mensaje me dice "moderate" (!!!!). Con lo cual revela que no me creyó. Es imposible explicarle a cada uno y más inútil es cuando las pocas explicaciones que puedo dar no imprimen. Pensarán lo que quieran. O lo que puedan. Pero quien queda mal soy yo.
De todos modos, es impactante cómo todos piensan lo mismo y nadie puede ver otra cosa, un intento de comunicación, una búsqueda de pruebas de mi existencia, cualquier idea que esté fuera de sus cerebros de personas adaptadas para las cuales la in-comunicación no es un escollo insuperable.
Creo que hay una tercera mirada de estas, que la memoria, piadosa, no me deja recordar. Tan piadosa no es porque persiste esa sensación de inquietud que sucede cuando hay algo en segundo plano en la cabeza, pero no podés recuperar ni una de sus características concretas.
De la que me acuerdo es de otra, que en realidad fue una no-mirada. Eran mis 14 o 15, cuando dejé el colegio, y una mañana vino a casa un docente que vivía cerca. No entiendo cómo ni por qué lo hice pasar, más allá de que, claro, lo conocía del colegio: era Fernet, el de sexto grado. Pero aun así…
Creo recordar que mi vieja no estaba, supongo que mi abuela ya habría muerto. Ahora pienso si no habrá sido una aparición orquestada con mi madre a ver si yo me copaba y volvía a estudiar.Lo que recuerdo con toda precisión es dónde estábamos sentados, para dónde miraba cada uno, el tono matinal del sol en el living, que sonó el teléfono (esos negros viejos de disco) y no atendí porque sabía que no era para mí, lo cual le expliqué cuando reparó en el hecho con desconcierto. Y que aún más le llamó la atención el hecho de que no lo mirara a la cara. Estábamos yo en la cabecera, de espaldas al jardín, el tipo a mi derecha, del lado largo de la mesa, y parece yo miraba muy notoriamente hacia la pared de enfrente en vez de mirarlo a él. En este caso, no recuerdo qué respondí cuando lo mencionó.
Con las décadas supe que la evasión del contacto visual es una característica de los autistas.
Aún hoy siento que me cuesta mirar a los ojos, salvo cuando conecto con alguien a cierto nivel, como con la dentista (aunque esa conexión sea bien asimétrica). Ahí quiero quedarme mirando un rato largo. Mirarla a ella, o mirar el aire que mueve, o cada mínimo movimiento de sus músculos faciales, sobre todo cuando esos microgestos pegan bien. Para drogarme con la neuroquímica que (se) (me) produce o para tratar de descifrar qué, cómo y por qué la produce. No mucho más que eso.
Las formas dicen cosas. Lo saben los diseñadores de autos, entre tantos otros profesionales de los trazos. Ves (veo) una cupé 125 en bastante buen estado y no puedo dejar de mirarla, y, a la vez, no puedo atrapar toda la información que transmiten esas líneas. Lo que dicen per se, desde 1972, y lo que dicen hoy, cuando es una rareza hallar una máquina de esas.
Y si algo que está quieto dice tanto, cuánto no dirá cada uno de los movimientos de las personas, en especial aquellas que, por motivos incognoscibles, transmiten más que los demás. Bueno, no sé si es lo que transmiten o si es la antena mía y cómo recibe esa transmisión.El resto del tiempo, con el resto de la gente, tengo que andar recordándome a dónde estoy mirando, si miro los ojos, la boca, un punto impreciso y desviado unos centímetros de la cabeza del interlocutor; obligándome a pasar de nuevo por los ojos, aunque sea por las cejas, como para marcar una presencia, etc.
Si pudiera medirse el gasto de energía que tengo en eso, como miden los teléfonos la app que más consume, nos sorprenderíamos. Y si, además, sumamos el gasto que implica tener en mente todo el tiempo que tampoco debo mirar excesivamente, pilotear las ausencias de reciprocidad, considerar si para esa persona o para terceros puede resultar molesto, saber que pueden interpretar que busco algo que no busco –entre otras cosas porque sé que no sucederán ya que nunca sucedieron–, que pueden sancionar por eso, es agotador. Capaz que ahí se va buena parte de la energía que me falta.

Liliana López Foresi

En los comienzos de este blog publiqué un post sobre Liliana López Foresi. Seguramente la habré encontrado sorpresivamente en alguna parada del zapping, y habré recordado cuando Menem llamó a Clarín para que la echaran del noticiero de medianoche que conducía en canal 13. Y pegado a ese recuerdo y, seguramente, a algo que dijo, se conectaron algunas neuronas en forma de texto.
No voy a borrarlo. Voy a arrepentirme.
Resulta que ahora es una militante K desde las sombras, desde ese lugar fuera de los medios masivos donde se reinventó y parece que le va bien. Lo descubro cuando me aparece un tuit suyo en el que se hace eco de un delirio fogoneado por las cyberusinas K (?): un video de la marcha en apoyo a Macri en el cual el presidente "golpea" a su esposa mientras saludan en el balcón.
A las consideraciones de gato, mmlpqetc, antipatria, mal ser humano, psicópata (he visto a un psiquiatra escapado de una caracterización de Yayo Guridi llamarlo así en C5N), sumamos la de golpeador. "Si vos o alguien que conocés vive alguna situación de violencia, llamá gratis al 144". ¡Salvemos a Juliana!
 Busco, por buscar, a ver si Liliana, que reivindica el feminismo, tuiteó algo sobre los abusos sexuales denunciados por militantes de La Cámpora que eran acosadas y abusadas por diversos jerarcas de la organización, en especial el senador provincial Romero.
No encuentro nada. Se le pasó la noticia.
También se le pasó que el senador dijo que iba a renunciar a su banca y no lo hizo. También se le pasó que las denunciantes señalaban a la diputada nacional (y muy probable futura intendenta de Quilmes) Mayra Mendoza y a Florencia De Felipe como encubridoras. Estas sororas de pañuelo verde presionaban a las víctimas para que no denunciaran, así no perjudicaban a la agrupación.
Sobre nada de eso tuiteó Liliana. En cambio, escribe unas palabras laudatorias para el religioso terrorista Puigjané el día de su muerte. Se le pasó a Lili que el cura ese participó de un ataque armado a la democracia que causó decenas de muertos. Y si eso no le importa, porque, bueno, la democracia, al fin y al cabo…, o porque los militares de carrera, al fin y al cabo…, participó de un ataque cuyas principales víctimas fueron colimbas.
Lili lo ensalza y hasta lo llama con alguna jerarquía eclesiástica, y cita a la santísima trinidad del progre, "memoria, verdad y justicia", justo ella, que se olvida tantas cosas.
Una búsqueda más. El tuit que encuentro es canallesco. Dice: "Presos por la Tragedia de Once, con pruebas de sobra de que el tren estaba en condiciones".
¡¡Hija de mil putas!! Si los trenes estaban condiciones, ¿por qué los cambiaron?, ¿por qué estuvieron dos años sin animarse a cobrar boleto?, ¿por qué se montaron los vagones unos sobre otros (siendo esta, y no el choque, la principal causa de muertes)?, ¿por qué sostenían las barreras con palos?, ¿por qué era común viajar con las puertas abiertas?
Ese negacionismo, que sólo había hallado en blogs ultra-militantes a cargo de lúmpenes o fanáticos (y del cual el gobierno anterior nunca se hizo cargo formalmente), ahora lo encuentro en Liliana López Foresi.
Aquel post decía "ejemplo de dignidad". Hoy únicamente podría decir "ejemplo de desprecio". Eso es lo que siento.

Me and Bobby McGee

Busted flat in Baton Rouge, waitin' for a train,
and I's feelin' nearly as faded as my jeans.
Bobby thumbed a diesel down just before it rained,
it rode us all the way to New Orleans.

I pulled my harpoon out of my dirty red bandana.
I was playin' soft while Bobby sang the blues, yeah.
Windshield wipers slappin' time,
I was holdin' Bobby's hand in mine,
we sang every song that driver knew.

Freedom's just another word for nothin' left to lose.
¬¬Nothin' don't mean nothin', honey, if it ain't free, no no…
And feelin' good was easy, Lord, when he sang the blues,
you know, feelin' good was good enough for me,
good enough for me and my Bobby McGee.

From the Kentucky coal mine to the California sun,
hey, Bobby shared the secrets of my soul.
Through all kinds of weather, through everything we done.
hey, Bobby, baby, kept me from the cold.

One day up near Salinas, Lord, I let him slip away.
He's lookin' for that home, and I hope he finds it,
but I'd trade all of my tomorrows for a single yesterday
to be holdin' Bobby's body next to mine.

Freedom's just another word for nothin' left to lose.
Nothin' that's all Bobby left me, yeah.
But feelin' good was easy, Lord, when he sang the blues,
hey, feelin' good was good enough for me, mm-hmm,
good enough for me and my Bobby McGee.

La da da
La da da da
La da da da da da da da
La da da da da da da da
Bobby McGee, yeah…

La da da da da da da
La da da da da da da
La da da da da da da
Bobby McGee, yeah…

La da la la da da la da da la da da
La da da da da da da da da
Hey, my Bobby, oh, my Bobby McGee, yeah!

La la la la la la la la
La la la la la la la la la la la la la la la
Hey, my Bobby, oh, my Bobby McGee, yeah!

Well, I call him my lover, call him my man,
I said, I call him my lover did the best I can, c'mon!
Where is Bobby now?
Where is Bobby McGee? Yeah!

La da, la da, la da, la da, la da, la da, la da, la la
Hey, hey, hey! Bobby McGee!

La da, la da, la da, la da, la da, la da, la da, la
Hey, hey, hey! Bobby McGee, yeah!


Para quien fui en mi adolescencia, cuando la descubrí; para quien fui una noche de finales de los 80, cuando encontré en la trasnoche de canal 13 "la película de Janis"; para quien fui años después, cuando la reencontré un par de veces en el cable, cuando sus compacts fueron de los primeros que me compré; para quien soy ahora, que, después de mucho tiempo sin escucharla, ayer llegué a esta canción en Youtube (porque los compacts solo juntan polvo en el mueble) y no puedo parar de llorar a gritos. Que no salen.

(Janis Joplin * Me and Bobby McGee)

viernes, 21 de junio de 2019

MP3 (III)

Yo sigo dando vueltas a aquella tarde de la placita junto a las vías, cuando me regalaste el mp3. Para mi memoria fue el mes pasado, el año pasado. Podría hacer el esfuerzo y recordarme que no, que fue en enero de 2010. Si tuviera a quién contárselo, habría sucedido más rápido esto de notar que con solo decir mp3 todo se ubica en un tiempo remoto. Porque, aunque no tenga, ahora –hace mucho– la música se escucha en Spotify.

El último de Casas

Crecimos sabiendo de los artistas no solo por sus obras, sino también por sus declaraciones periodísticas. Es algo que habrá comenzado en la segunda posguerra, supongo; tal vez un par de décadas antes. Previamente se los conocía nada más que por su producción o por alguna adscripción explícita a una ideología o a un gobierno, estilo Leni Riefenstahl, o por sus participaciones directas en ciertos hechos, como Ascasubi o Saint-Exupéry.
En esas entrevistas podemos desencantarnos de lo que dice el escritor o la cantante de nuestra preferencia, o podemos reafirmar nuestra valoración, o podemos pasarlas por alto y recordarnos que nos gusta cómo canta, cómo escribe, cómo toca, y que lo queremos en nuestra vida para eso y no para cuñado.
La llegada de las redes sociales –en especial, las que tienen latiendo todo el tiempo, como un taxi en un atasco, los números que indican la aprobación ajena– modificó sustancialmente la situación. Ahora cualquier artista, famoso, conocido, incluso los que entraron en esas categorías a partir de las mismas redes, puede comunicarnos en tiempo real dónde se va de vacaciones, la gracia que hace su gatito, qué cuerdas usa (y conseguirlas por canje), qué dulce de leche le gusta (y conseguirlo por canje) o mostrarnos lo hinchada que tenía la cara cuando se despertó.
Y si están más o menos cerca de la categoría "intelectual", o si pretenden acercarse a ella o, simplemente, mostrarnos su sensibilidad social, también nos (?) compartirán sus opiniones sobre los gobiernos –este y/o el otro– o sobre el aborto, se preguntarán dónde está Maldonado, advertirán –sin más sustento que su mero deseo– sobre la posibilidad de un corralito, subirán una imagen con la bandera arcoíris (y, en el post siguiente, una foto junto a una homofóbica recalcitrante y violenta, pero nacional&popular) y así sucesivamente con lo que les dicte su versión de la actualidad.
La combinación de ambas puede ser letal: Paola Krum quejándose en una entrevista de que la crisis económica le impide pedir delivery todos los días, Paola Krum agregando que su hijo le dice "mamá, sos una famosa pobre, todos viajan y nosotros no" (mamadera con la idea de pobreza que tiene el pibe), Paola Krum olvidándose de que subió a Instagram fotos de sus vacaciones de verano en Río de Janeiro. Paola Krum es famosa desde que salió casi en bolas en Ritmo de la Noche, pero ignotas conocidas solo en el corredor Puan-Fsoc replican la dinámica y lloran macrisis mientras postean fotos de sus vacaciones en el sudeste asiático.
Lo más revelador, sin embargo, es la forma en que interactúan con el resto de la gente. No hablo de las stars que pagan especialistas para que les manejen sus cuentas; hablo del cuatro (o siete) de copas egómano tan incapaz de vencer la tentación de los pulgares como de llevar adelante el intercambio cuando no se le celebra el chiste o si se le señala alguna inconsistencia.
Están los que se excitan con el poder de bloquear; están los que, además, lo explicitan. Está la que se busca en Twitter y responde cuando la nombraron sin arrobarla. Está la que busca su nombre escrito con números y te bloquea. Están los que devuelven una respuesta sobradora cuando les decís algo que no es un halago devoto; están los que en una situación así no te responden, pero dan fav al comedido que te bardea. Están los que lloran trolls. Están los que te borran un comentario en Blogger, están los que ponen la dirección de mail en su blog y cuando les escribís no te responden ni para decirte "no". Están los que, ¿guiénsó?, tienen cuenta privada en Instagram y, doble ¿guiénsó?, rechazan tu solicitud cuando tratás de seguirlos (Instagram es particularmente una mierda, entre otras cosas porque el algoritmo continúa sugiriéndote que sigas a alguien aunque te haya rechazado, y tampoco te avisa del rechazo, con lo cual, y hasta que te das cuenta, insististe dos o tres veces y te convertiste en un ser molesto sin enterarte).
Cada una de estas cosas termina, sin querer –sin querer ellos y sin querer yo–, alejándome, tanto de su obra como, más mundanamente, de la posibilidad de que les pague por una clínica o un taller. ¡Yo qué sé qué pensaba Pizarnik del déficit fiscal, del peronismo o de que te pase por arriba una tanqueta de un gobierno autodenominado democrático y socialista! Zafó Alejandra de eso. Y no, no voy a leer su correspondencia para saber si dice algo al respecto, bastante leche le han sacado a esa vaca.
Cuando una de mis dentistas me comenta que su hija necesita algunos poemas de poetas argentinos para llevar al colegio, a ver si le puedo tirar una onda con la búsqueda, termino descartando de la recomendación a algunos –y algunas– por situaciones referidas a la interacción virtual, sea en redes sociales o a través del e-mail. Sin ellas, habrían estado en esa módica selección que no sé si le habrá servido a la piba. Y un par entraron de cabeza por su buena onda; porque, digamos todo, en algunos casos te responden bien, y, además de gustarte lo que escriben, les valorás ese gesto.
Ya no sé en qué lugar de la web me entero de que salió el último libro de Fabián Casas, un libro de poemas del cual había leído un adelanto publicado en otro sitio hace meses, y que, como casi siempre con Casas, me había gustado mucho. Entonces comienzo a rastrear alguna info, si alguien subió algún poema más, cosas así.
La búsqueda devuelve más entrevistas que poemas. Es curioso, estos aparecen como fotos subidas a Instagram, y no como texto en, por ejemplo, un blog. Hay un par que multiplican el entusiasmo, en especial el de New Order, y hasta busco el precio. Después del shock del número, 500 mangos, y pese a él, fantaseo firmemente con comprarlo.
También hay uno con un ruido importante, el que dice "pequeño huevo kinder de chocolate", usando cinco palabras para algo que puede ser dicho con dos o tres: "huevito kinder" o "huevo kinder chiquito". Aparte, ¿qué necesidad hay de usar la palabra "chocolate" si con solo decir "huevo kinder" ya sentís la lengua y los dientes amarronados y dulzones? Perdón, pero necesitaba hacer esta crítica de taller aunque nunca fui a ningún taller.
Le doy play a una de las entrevistas, la de Radio Continental. Ahí habla contra la esperanza, una idea que alguna vez recorrí en este blog. No cita a Weber, pero usa una frase con el ADN de un verso de Casas: "La esperanza tiene el dardo de Daktari", te adormece y te saca ímpetu y acción.
Después se muestra dolido por la desigualdad social, por toda la gente que ve viviendo en las calles, a la cual parece que antes no veía (?). Critica la originalidad, lo cual se patentiza en el hecho de que hay un escritor salvadoreño, Martín Cruz, que en 2013 editó un libro titulado Cuentos y poemas en Prozac, y en un momento dice que está bueno eliminar el ego: "No tiene que venir Marie Kondo para decirte que si tenés cuatro camperas dale dos a la otra gente. Si tenés 3500 libros, repartí los libros, repartí tus cosas" (4:10).
Y esa declaración me quita de inmediato las ganas de comprármelo. No sé cuántos libros te dio la editorial, no sé cuántos entrega como parte de la campaña de prensa previa al lanzamiento, que coincide con la Feria del Libro (la cual hace que ese programa cambie el día de la columna literaria para que Casas pueda ir, la cual lo pasea por programas como si fuera un músico pop promocionando su último disco). Pero, bueno, dale, te tomo la idea. Repartí tus libros, Fabián. Aunque no tengas 3500, repartite algunos. Y vos, Planeta, también: repartí los libros de Fabián, vos sí tenés más de 3500...
Nos podemos encontrar, de casualidad o no, en la esquina de la panadería San Lorenzo, por ejemplo. Seguro la ubicás. Ponés tu ego en mute por un rato y me das tu libro nuevo. Como dedicados valen más, y para mostrar mi desinterés por esa posibilidad de reventa, no te pido que me lo autografíes. El libro y nada más. ¿Te va?
No creo que esto suceda, así que –de paso, mangazo– si alguien que pase por aquí lo compró o encontró en la web otro poem en Prozac, puede dejarlo como comentario de este post. Por mi parte, de tanto en tanto volveré a buscar si alguien sube algún poema más. Y como soy de la vieja escuela, del texto, del html para que lo vea el buscador de Google, dejo acá, tipeados, los que encontré.

Juguete

La niña abre su pequeño huevo kinder de chocolate
y le pide al padre que le lea la frase
que acompaña a su único juguete: No hay nada
que sea tuyo, nada que te pertenezca,
nada sobre lo que puedas reinar.



Surgir

Suele suceder: el Hombre Invisible
no quería ser invisible y se pasaba por la cara
una cinta blanca para surgir... ¡Ah! Ya nadie quiere
soportar la felicidad del anonimato.
El Tiempo sufre la misma tragedia.
Y se vuelve pedagógico y previsible.
Tiene que poner canas en las cabezas,
dentaduras rosas flotando
en un vaso de agua
y sacar de stock a algún animal fabuloso:
todo para hacerse ver.



La historia de New Order

Imaginen a Sísifo con la roca en el piso,
sus brazos agarrotados de cansancio
y fumando un pucho antes de volver al karma.
Cuando Ian Curtis se ahorcó, la banda no se desmembró,
pero tampoco intentó embalsamarse
con un nuevo cantante. Nada de taxidermia.
Establecieron un nuevo orden,
buscando atravesar la angustia
hasta llegar a la libertad. Y casi
nunca cantaban las canciones viejas.



Coloso

Después de un supremo esfuerzo
el tiempo logra separar a los amantes.
Pero el brazo de uno, partido,
queda pegado al sexo del otro.



Aviso

La familia es una patología
que te acompaña toda la vida.
Pongámosla en la heladera
para que no se pudra.



Tomando el té antes de la hora inglesa

El matrimonio que se puede constatar
no es el matrimonio.
El amor que se puede nombrar
no es el amor.
El dolor que no se puede transitar
¡es el dolor!

El ojo

Los hinchas de River quedaron tan pegados a la euforia que les significó ganar la Libertadores que pasan por alto el desempeño de su equipo en el Mundial de Clubes. No es que ahí perdieron con el Real Madrid, no es que –a falta de Ronaldo– Modric o Kroos les pintaron la cara, no es que se comieron una paliza como la que se comió San Lorenzo (como la que se comen hace años los equipos sudamericanos). ¡Ni siquiera llegaron a jugar con el Real!
Les quedó en el olvido haber perdido con un equipo emiratí, que ni siquiera estaba allí por ser campeón de Asia, sino por local. Quizá sea producto de una intensidad incomprensible para alguien que no es hincha de un equipo grande y/o que no tiene un rival con el que complemente un clásico enorme, pero a mí me suena muy mentalidad de cabotaje.
Encima, no perdieron con un equipo que se llama Guerreros del Desierto o Talibanes Decapitadores (?). Perdieron con un equipo que se llama El Ojo. De verdad: no sé si son masones o qué, pero se llaman así. Aunque ese nombre no es tan estrafalario si lo vemos desde el otro lado de las cosas, porque, al fin y al cabo, العين le ganó a النهر.
Y si River perdía el partido en el Bernabéu, la semifinal del Mundial de Clubes, más que un partido de fútbol, habría parecido un consultorio otorrinolaringólogico.

Nos vimos

Te vi permitiéndole a la señora militante el gesto de afecto que me impediste un rato antes, esa vez que fue la última que nos vimos.
Te escuché cuando llegué a casa con la demora propia de reemplazar el segundo bondi por mis pies y al llamarte, como me habías pedido, tu voz fue la forma sonora del cariño.
Te vi por el borde finito sin contact esmerilado de la puerta del consultorio la mañana que me acompañaste a la dentista: yo salía porque era el momento de pagar y te había dejado la campera con la billetera, vos esperabas que terminara el tratamiento de conducto leyendo el libro de Murakami, y me detuve un par de segundos ante esa imagen desconocida. Como me detengo cada vez que voy, sobre todo si es de día y hay sol, justo antes de abrir la puerta para irme, así puedo mirar de nuevo por esos pocos milímetros transparentes y viajar hasta aquel mediodía.
Te vi antes de entrar, poniendo tu mano en mi pecho, sobre el buzo de Georgetown, mientras apurabas el cigarrillo después de una hora de viaje y abstinencia.
Te vi darme un alfajor Vauquita en la estación cuando esperábamos el tren de vuelta. Te vi reírte cuando lo comía con la boca dormida. (Te vi varias veces sacar de la cartera/mochila comestibles que habías llevado para que mi glucemia no jodiera).
Te vi subiendo cosas de Cordera, de Ciro Pertusi, de Miriam Lewin, de Trimarco. Y me dio un poco de risa.
Te vi subiendo cosas de una golpeadora y abusadora de menores a la que reivindican solo porque tenía concha. Y me dio tristeza.
Te vi descartar al pibito del Fotolog más o menos como me descartaste a mí.
Me vi el desconcierto una de las primeras veces que hablamos por teléfono y aludiste a la escalera de la entrada de mi edificio cuando aún no habías venido a casa (y el Street View no existía).
Te vi militando como si quisieras ser más militante que tu amiga o como si buscaras un lugar de pertenencia.
Te vi de reojo la primera vez que fuimos a ver a Palo, y fue una revelación ver a alguien a mi lado.
Te vi temblar la pera debajo de los anteojos oscuros cuando te pregunté qué era lo que había pasado con el delincuente. Y te vi no decírmelo.
Te vi un 31 al mediodía en la plaza de Jujuy, y también vi que te quedaste un poco más cuando en el momento en que llegaba la despedida hablé de algo que había pasado con mi padre.
Te vi contener la risa cuando te saqué una foto con tu teléfono en el bar de Boedo (aunque sabía que la ibas a borrar para que no quedaran huellas digitales del encuentro). Te vi poner cara de orto cuando hice lo mismo en la pizzería mediocre de la otra avenida. Y no entendí.
Te vi siempre –casi siempre– vestida de negro.
Te vi desde la esquina opuesta a la de la librería donde nos citamos la primera vez que nos vimos, mientras hablabas por teléfono con los auriculares puestos. Con los años vi tu nombre escrito con fibrón en esa pared cada vez que caminé por ahí. Porque lo escribí yo.
Te vi la única vez que te miré durante el recital –porque me habías pedido que no te mirara–, sentada en la butaca que estaba a mi derecha, cuando Gabo cantó la de "crol adelante y crol atrás". Y siempre que escucho esa canción, aunque sea en Youtube, miro hacia mi derecha.
Te vi venir a verme más pronto de lo que la frecuencia de nuestros encuentros permitía esperar cuando te conté que en el hospital me habían dado carbamazepina.
Te vi siempre sin tacos.
Te vi abrirte el relicario para mostrarme las fotos de tus viejos. Te vi usarlo otra vez y entendí que te lo ponías para sentirlos cerca cuando las papas (te) quemaban.
Te vi en la parada del 96 cuando me dijiste que me rescatara de mis muestras de afecto, aunque no recuerdo que hayan sido especialmente intensas esa noche. Lo mejor fue que ninguno de los dos lo tomó a mal.
Te vi de perfil esa vez y me cayó la ficha de lo linda que eras.
Te vi cuando volviste de las vacaciones y la piel se te despegaba como papel araña gastado.
Te vi diciéndome que te gustaría no haber empezado a fumar.
Te vi/leí decirme que el tiempo que compartimos tuvo un gran valor para vos. Te vi/leí, acto seguido, ponerte en forra diciendo que nunca más me lo ibas a decir.
Me viste siempre en la partición oculta de tu disco.
Te vi en el bar de Ramos, cuando atrás tuyo pasaban los colectivos que por viejos ya no podían entrar a Capital y que las empresas reciclaban en sus líneas provinciales, y te conté que desenfocar la mirada me llevaba varios años atrás en el tiempo.
Me viste esa noche preguntarte por el año y pico en que no nos habíamos visto, y te dije que no quería que fuera como con mi viejo, con quien nunca mencionamos el tema cuando volví a verlo, después de varios años, para trabajar con él.
Me viste diciéndote que eras la persona que más sabía de mí en el mundo.
Te vi/leí diciendo que te estaba boludeando, y no era así. Bah, eso digo yo, y no hay un deus ex machina que desempate nuestras opiniones.
Me vi explicándole a Paula, esa noche que llegué tarde y no me atendió, que la causa de mi demora fue haber estado seis horas hablando por teléfono con vos. Vi cómo le cambió la cara, del fastidio al entusiasmo, y entonces me vi explicándole que no era lo que ella pensaba.
Me viste cuando te mandé una foto que fui a escanear especialmente para mostrártela, esa en la que estoy, a mis diez-once años, con uno de mis cobayos en la mano.
Te vi esa tarde en que saliste de la boca del subte en Congreso y a los diez metros de caminar juntos ya te habías dado cuenta de que no me sentía bien: lo que a los médicos les lleva infinitas consultas –porque nunca lo ven–, a vos te llevó una mirada.
Me vi como un payaso amenizando por un rato un margen de tu vida.
Te vi en la tele el día del fallo, cuando el camarógrafo y el editor se enamoraron de vos, y en cada flash del noticiero aparecía tu imagen.
Me viste la sorpresa infantil cuando descubrí al articulado de la 180 en el semáforo de Viel y te expliqué que era la primera vez que veía uno en persona.
Te vi/leí diciendo que "me desperté y me di cuenta de que quería tenerte a mi lado" cuando el que estaba a tu lado era tu marido.
Te vi/leí lamentar repetidamente la pérdida del deseo y vi tu silencio sobre el tema una vez que lo recuperaste.
Te vi entrar desencajada a la estación después de que te fueras del teatro sin avisar cuando me acerqué a saludar a la iluminadora de Gabo, después de buscarte media hora por las calles de Once sin saber dónde te habías metido.
Te vi/leí decir esa frase de palmaria lucidez, "no te internaron, pero te internaron igual", que espantosamente sigue vigente.
Te vi coincidir con todos los que me abandonaron sin tomarse el trabajo de decir por qué. Te vi coincidir con todos los que así contribuyeron a la vigencia de la frase.
Te vi llorar una vez que te hice masajes en la espalda sentados en un umbral de la cortada, y preferí no mencionarlo para que no te sintieras expuesta.
Te vi mantener nuestra relación extraña en un micromundo integrado solo por vos y yo (y, quizá, tu psicóloga), donde no había una referencia externa y vos tenías el poder, te vi decir "lo que yo quiero cuando yo quiero".
Te vi la inquietud cuando una abeja se acercó a merodearnos la tarde que viniste a casa. Y, aunque tenía plena certeza de lo que te dije –que las abejas de mi jardín son buena onda–, también vi que mis palabras fueron insuficientes para devolverte la calma.
Me viste juntando volantes de papel blanco, de esos que dejan en las puertas de las casas, de esos que junto para vender, y dijiste que te causaba gracia no saber cuándo iba a tirar el manotazo y cuándo no.
Te vi convertirme en una piedra, en un monstruo al que no se le puede –ni debe– hablar. O ratificando que soy eso.
Me vi la otra noche agarrando el teléfono para dejarte un mensaje por tu cumpleaños, que no respondiste. Como no respondiste ningún mail en todo este tiempo. Por qué no sé quién carajo te creés que sos para no responder, aunque sea para decir "ya fue".
(Me vi venciendo el repelús que me dan los recuerdos de mierda de tantas veces que llamé a gente, al pedo y molestando, poniendo la cabeza en la guillotina de su desprecio. Me vi caminando por la calle Gascón hace veinte años o en el ascensor de este mismo edificio cuando tenía quince, dejando papeles escritos con palabras que buscaban una comunicación imposible con quienes ya me habían excluido de sus vidas sin avisarme).
Te vi/escuché decir "tuviste tu oportunidad" y también, una vez, que no daba vernos porque "ni vos sabés si te vas a sentir bien".
Te vi riéndote después de empujarme en el borde de la escalera mecánica del Spinetto esa noche en que Palo tardaba en empezar.
Te vi un rato más tarde invitándome a comer unas porciones de pizza a ver si así se me pasaba el malestar hipoglucémico.
Te vi/leí decir que preferías dedicar tu tiempo a "hacer con gente real con necesidades reales", como si yo y lo que me pasa no fuese suficientemente real.
Te vi en el Fotolog aquel del cual dejaste, adrede o no, todas las pistas para que lo encontrara.
Te vi en la parada del 96 la noche que te enojaste, pero no te vi durante esa hora de viaje que habrá sido una mierda.
Te vi/leí mencionar tus ganas de ir a ver a Dancing algún jueves conmigo (al pedo, porque nunca estuvimos ni cerca de ir) en el mismo mail donde dijiste que no admitías una despedida (?).
Me viste cuando pasamos por una veterinaria y me quedé un rato fuera del tiempo mirando los cobayos que había en la vidriera.
Te vi tratar de compartir una canción que no sonó en tu mp3 justo antes de salir de la pizzería de la pizza bizcochuelo.
Te vi diciéndome "feliz cumpleaños" la tarde en que me regalaste el mp3. Te vi regalarme el disco de Gabo el cumpleaños siguiente.
Te vi venir desde allá para pasar un rato de tu cumpleaños 33 conmigo.
Te vi entender todo cuando cruzamos la 9 de Julio de la mano y dijiste que lo hacías porque ese gesto me animaba, y yo mencioné la relación entre ese verbo y la palabra "alma".
Te vi una gota de helado de dulce de leche en el pelo después de darte un beso en la cabeza, cruzando Boedo. Te vi tocarme la cabeza con un gesto tan afectuoso –que nunca se repitió– un par de cuadras antes.
Te vi en mis palabras cuando, ya no sé por qué, hablé de vos con la médica prima de mi madre y le dije que me habías visto.
Te vi los ojos chinos de la risa de Mariana Briski esa madrugada en el cordón de la vereda.
Te vi apoyar tu cabeza en la mía, tu hombro en el mío, en el 181 mientras yo manejaba el entusiasmo de haber descubierto que ese interno antes había laburado en la vieja 6 azul.
Te vi siempre del lado de la ventanilla.
Me viste y, como dice el dicho, a los cinco segundos o a los cinco minutos, supiste si ibas a coger conmigo o no.
Te vi en el colectivo cuando tu hermana te llamó para contarte que acababa de parir. Te vi cuando bajamos, sentada en el umbral de ese edificio –que ahora para mí incluye otra referencia en un contexto bien distinto–, mirando conmovida el teléfono.
Me vi en la casa de la dentista, aceptando su invitación a cenar únicamente para poder pedirle la computadora y leer los mails porque me ganaba la ansiedad de saber cómo te había ido con la punción. Y resultó que el asunto no era la punción, sino que ese día había audiencia con el delincuente presente. Y me enteré allá, así.
Te vi un 24 (o 31) en los créditos de un blog donde una vez había leído un poema que me gustó, y esa noche sin brindis en que volví a pasar por ahí para ver un poco más encontré una foto que sacaste y tu nombre. Y fue una forma de estar un instante con vos. (Y te escribí para contártelo. Al pedo).
Te vi esa última vez, después de no sé cuántos meses y mails en vano, sólo porque se había muerto mi viejo.
Nos vi incapaces de darnos una despedida razonable.
Todo esto lo vi siempre, lo digo recién ahora porque necesité cinco casi seis años para prepararme.

jueves, 21 de marzo de 2019

El show del fiambre

Un claro en la penumbra quieta de la calle Valle me deja ver, de golpe, a una pareja abrazada. Son grandes, estarán cerca de los cincuenta. Ella agarra más fuerte, o pone más el cuerpo; él, que es más alto y está más erguido, tiene la mano sobre la espalda de ella y procura transmitir contención. Leo de toque su lenguaje corporal y en menos de un instante pienso "se murió alguien".
Varios metros más allá, cerca de la esquina, compruebo la precisión de mi intuición cuando veo asomar la marquesina redonda y sombría con un pajarito que no es el de Twitter, sino el de Jardín de Paz. Un pequeño grupo, una media docena, ya está reunido y aguarda, mientras en el pequeño escritorio de la cochería un gordo de remera desaliñada atiende a los deudos encargados de los trámites. Sentado sobre el guardabarros de un auto estacionado resalta un chabón de barba colorada y hipster llorando.
Un rato más tarde paso de vuelta. Hay más gente, el de barba ya no llora, y el gordo, parecido al vendedor de historietas de Springfield, pero morocho, sigue sentado, papeles en mano, con los familiares. Paso lento, tratando de captar alguna frase memorable del grupo o de alguna pareja más alejada, pero no lo logro. Lo más memorable es la nena que me sonríe en la puerta del chino que está a mitad de cuadra.
Y el gordo. Porque la otra tarde pasé de nuevo por ahí y me acordé de él, y giré la cabeza para ver cómo estaba vestido. Pero no estaba. En cambio, cuatro mujeres (una más bien joven, con pinta de chonga estereotípica) jugaban a las cartas en la mesa del muy pequeño salón de la cochería.
Otro día, un par de años después, un coche mortuorio ocupa parte de la bicisenda de Quilmes, frente a un pequeño grupo que habla en la vereda dividido en dos o tres subgrupos. La primera impresión es la de que ya terminó el show del fiambre, aunque puede estar equivocada. Cruzo la calle para pasar cerca de ellos, para, otra vez, tratar de escuchar algo, pero es inútil. Ni en el silencio veraniego de esa calle lateral de Pompeya se distingue una palabra.
Lo más memorable pasa a ser esa regularidad, la búsqueda de algo que me dé una pista de cómo funciona: quién les avisó, para qué fueron, qué relación tienen, cómo sigue todo, cuál es el sentido del espectáculo póstumo, cómo les duele, cómo duelan. Una pista de lo que no conozco porque, cuando me tocó, decidí no participar.

Marcha

–No queremos varones en la marcha.
–No queremos trans en la marcha.
–No queremos terfs en la marcha.
–No queremos a la yuta en la marcha.
–No queremos a las putas en la marcha.
–No queremos abolicionistas en la marcha.
–No queremos pañuelos celestes en la marcha.
–No queremos glitter en la marcha.

Ten years after

Desde comienzos de este siglo, cada vez que tengo una infección en las vías respiratorias (y eso, desde que tengo memoria, ocurre al menos una vez por año), cuando la nariz deja de chorrear, la garganta deja de doler y la temperatura retorna a valores normales, el paso siguiente, la expectoración, se torna un escollo muy arduo. Sobre todo cuando me duermo, porque suelo despertarme en medio de la noche (o de la mañana o de la tarde: cuando pueda dormir) con un ahogo cerrado.
Es una sensación muy desagradable, y se torna desesperante si la respiración no se normaliza en el primero o en el segundo segundo posterior al retorno de la conciencia; si por varios segundos uno se revuelve buscando que un poco de aire pase por la garganta mientras un ruido sibilante y ominoso se deja oír en cada intento.
La primera vez que sucedió, tenía prepago, y le dimos el correcto uso, yendo a la guardia. Hablo en plural porque me acompañó mi madre. Esa vez sí era de noche, o de madrugada, aunque no fue gran problema porque quedaba cerca, tanto que fuimos caminando. Conté lo que me había pasado, me revisaron, el/la profesional dijo que tenía las vías aéreas conservadas e indicó unas nebulizaciones. Repetí esa expresión, "vías aéreas conservadas", cuando la enfermera que trajo el nebulizador me preguntó qué tenía, y la mina deslizó una sonrisa incrédula.
La verdad es que ya no sé si dijo "vías aéreas" o "vías superiores". Pero el primer adjetivo es el que se fijó en la memoria.
Fue en la época en que a mi padre se le disparó el problema cardíaco que lo tuvo anticoagulado hasta el día de su muerte (más de diez años después), y seguro que mi madre relacionó lo mío con eso. Como relaciona mis desniveles de presión o azúcar con su viaje a Europa acompañándolo, como relaciona cualquier cosa para explicar pelotuda y despectivamente lo que digo, lo que hago, lo que ve de mí.
El problema desapareció durante algunos años, pero volvió un otoño estrenado sólo por el calendario en que los ahogos se repitieron con una frecuencia incapacitante cada vez que me dormía. Finalmente, mi madre sugirió que visitara al neumonólogo que había atendido a mi abuela extuberculosa hasta su muerte, y, de nuevo, me acompañó, porque el viaje a Banfield ida y vuelta era demasiado para alguien que venía con el sueño casi anulado por los ahogos y por el miedo a los ahogos. El médico indicó un Celestone o similar.
Se hizo de noche durante el viaje de vuelta. Al bajar del puente, por única vez en mi vida adulta dormité en el transporte público: se me cerraron los ojos y se me apagó la cabeza un instante en el 165. Pero no daba entregarme al sueño porque no quería ahogarme, y menos en el bondi. Hicimos un paso por casa en el cual consiguió quién aplicara la inyección y caminamos hasta la farmacia. En la puerta nos encontramos con el vecino Juancito Sorete, y pienso en todos los años que llevo soportando su presencia de mierda sobre mi cabeza –la suya y la de su creciente familia–, y todavía no me puedo librar de ellos.
Luego continuamos, avenida abajo, hasta el departamento del enfermero. El señor este, un hombre relativamente grande, que a partir de su experiencia laboral había decidido estudiar medicina, fue tan amable que quise hacer un post sobre él, pero no me salió. Tras el pinchazo, y en la inevitable charla acerca de qué me pasaba, habló de lo que estaba estudiando y abundó en consideraciones que me hicieron pensar que aprovechaba la situación para repasar para un parcial.
A instancias de no sé quién, dormí en el sillón del living esa noche. Con la espalda deslizándose desde un ángulo no muy recto –pese a que lo intentaba– hacia otro más obtuso, que doblaba su semirrecta en alguna vértebra alta, dormí sin problemas. En la siesta volví a ahogarme, y comprendí que aquella mejoría no había sido por la posición, sino por el Celestone. Le propuse a mi madre que se quedara cerca y atenta a un posible ahogo para despertarme antes de que pasara a mayores, pero ni lo consideró.
Oí desde la cama que llamó a su amiga dentista, y ella le recomendó un lugar especializado en otorrinolaringología. Fuimos un rato después. Fuimos en taxi, aunque no era tan lejos. Nos cobraron cien mangos la consulta, y pasamos a la sala de espera, donde el televisor mostraba el partido de la selección contra Venezuela por las eliminatorias. Creo que había dos médicos atendiendo. Pasado un tiempo razonable, me llamó una doctora joven que me saludó dándome la mano, no sé si para marcar una distancia o para evitar un contacto más cercano con los microbios que me acompañaban. Me tomó los datos –o los confirmó, o completó en la computadora lo que le habían pasado desde la recepción–, y le conté la situación, que seguía sumando capítulos.
En algún momento apareció un colega, cambiaron unas palabras con esa confianza de los compañeros de trabajo, que en los profesionales de la salud es distinta, y la foto mental cuelga en el atado de cigarrillos que había en el cajón. De nuevo a solas, me dijo que me habían dado todo lo que suele darse en estos casos. El asunto se presentaba cuesta arriba: para ella, que tenía que lidiar con algo fuera del estándar, y para mí, que veía cada vez más lejos una solución.
Me pidió que la esperara y salió del consultorio. Al rato volvió con un aparato en la mano para metérmelo por uno de los agujeros de la nariz. Me anticipó "yo sé que es horrible", hubo un par de risas, yo hice ese chiste tonto que no volvería a hacer sobre cosas en la nariz. En un momento dijo algo –creo que no llegó a ser una frase completa– que cambió el clima y me di cuenta al toque de que mis palabras estaban alargando demasiado la situación. Es que cuando me ganan los nervios, me pongo a hablar… Le hice un gesto con la mano, que no sé si vio, pero que recuerdo plenamente, con el que quise decirle "ya entendí, ya me rescato".
Esa noche no me había puesto los lentes de contacto para salir a la calle porque paja y porque mi madre también podía fungir de lazarillo. Tenía los anteojos viejos, que sólo uso en casa y que no me dejan ver bien de lejos, aunque dan más precisión a, digamos, un metro o menos. Así de cerca la tenía para verla nítida recortada sobre el fondo borroso, para distinguir, por ejemplo, vestigios de vello en la falange intermedia de algún dedo de su mano. No sé si fue esa nitidez, y la cercanía que implica, o si fue su concentración –y la mía propia para no moverme y no entorpecer su tarea–, pero hubo una sensación distinta allí, algo físico. O químico.
Más allá de todo lo que hizo, y de su enumeración y el ejercicio de memoria que implica, o de lo que recetó, prevalece esa sensación, la de alguien que por unos instantes estuvo con vos, con uno, conmigo. Y no a un nivel cualunque: a nivel energía. Igual, andá a comprobarlo a la fábrica de detectores de energía… (?)
De nuevo en el escritorio, cuestionó lo que dije cuando repetí algunas palabras del neumonólogo: "Hay que hacer una espirometría para decir eso", afirmó. Le expliqué que el tipo era especialista en el Muñiz y traté, una vez más, de acotar algo ingenioso, que ya no logro reconstruir en la memoria.
Me recetó tres cosas, una de ellas para el reflujo gástrico que me dijo que había visto. Sugirió levantar las patas de la cama, por ejemplo con las guías de teléfono (esto sucedió hace tanto que Argentina goleaba a Venezuela, que todavía existían las guías telefónicas en papel), y no consumir una serie de alimentos y bebidas, los cuales, salvo uno o dos, no consumía –ni consumo–. Y seguramente también habrá recomendado que tomara agua, eso que recomiendan todos y cuya utilidad concreta nunca percibo.
Hubo un par de risas más. Después de escrito este borrador releo el post viejo y ahí veo cuándo y por qué hubo risas. Los motivos se van perdiendo en la memoria, los hechos no: se guardan con la forma de la impresión, o con la fórmula de la neuroquímica que propiciaron.
Para comenzar a dar por terminada la consulta, miró la pantalla de la computadora, donde estaban mis datos. Tardó un instante en encontrar mi nombre, o en decodificarlo, y marcó el inicio de la despedida pronunciándolo como vocativo. Vi la secuencia con la plenitud de lo que entra no sólo a través de los ojos, sino en la comprensión cabal de lo que sucede, como si viera la sinapsis que la guiaba. Entonces, para tomar mi turno en ese ejercicio de la función fática del lenguaje, miré la receta de modo que fuese notorio, estirando unos instantes el silencio y el contacto visual con el papel, y dije su nombre. Y ella se rio con la más inolvidable de sus risas de esa noche.
Otro apretón de manos selló la despedida. Desde el quicio de la puerta le pregunté cómo se llamaba el aparato, desde su silla me respondió que era un fibroscopio: le dije que iba a escribir algo al respecto en mi blog. Se rio una vez más y me fui.
Habré hablado algo con mi madre en la sala de espera, quizá me haya sentado unos instantes para contarle cómo me había ido, seguro que no miré la tele para ver por cuánto ganaba la selección porque yo quería que perdiera, y encaramos el pasillo del caserón rumbo a la salida. Ahí la vi por última vez, caminando delante nuestro, haciéndole fiestas a un niño pequeño al que se dirigía como si lo conociera, como si fuera, por ejemplo, el hijo de alguien que laburaba ahí.
Tuve la ilusión de que me saludara una vez más. Al menos, la atención para devolver el saludo si sucedía. Pero nunca entré en su campo visual desde que ella ingresó en el mío. Además, ya habíamos agotado esa instancia, y yo seguramente formaba parte de un pasado olvidado por cotidiano o por demasiado cercano.
Demoré un par de semanas en escribir algo en el blog y siempre me quedó la d(e)uda de que podía haber escrito algo que me gustara más. El título fue "fibroscopio+blog" por si se acordaba y en un momento de aburrimiento de alguna guardia googleaba esas palabras. Ese nivel de fantasía puedo manejar… Con los días googleé yo. Encontré su Face, donde resaltaba una foto de ella con un chabón, seguramente su novio, mostrando felices sus entradas para ver a Manu Chao, y pensé en mandarle un mensaje con el link, aunque rápidamente me rescaté de semejante descuelgue. Más descolgado aún me parece hacerlo diez años después, pero yo qué sé. Quien haya leído hasta acá puede dejar un comentario opinando sobre si le escribo o no (?).
Seguro que ya me sentía mejor, porque fuimos caminando hasta Rivadavia para tomar el bondi que nos devolvería a casa y que, de paso, nos dejaba a media cuadra de la farmacia. Allí, el dependiente sugirió otros medicamentos, y terminamos haciéndole más caso a él que a la doctora. Aun así, habiendo comprado uno de los tres remedios prescriptos, reemplazado el otro y descartado el del reflujo, esa misma noche ya dormí normalmente.
Los cien pesos valían por una segunda consulta, una especie de control luego de la demanda espontánea. Cuando fui de nuevo, unos días más tarde, ya era una persona normal, sin vestigios de la infección ni de su consecuencia. Tenía alguna esperanza de que me atendiera ella, pero no fue así. Mientras le contaba todo el recorrido al distante profesional que estaba de guardia esa noche, aproveché la parte de la historia que la tenía como protagonista para señalar lo amable y dedicada que había sido, para que eso saliera de mí y, sobre todo, para que alguien que la conociera se enterara, aunque sólo fuera el aire del lugar vibrando desde mis cuerdas vocales, porque el tipo no acusó recibo, porque dificulto mucho que le haya comentado: "Che, Tatiana, el otro día vino un paciente y dijo que lo habías atendido bien"…
Aquella noche con la doctora D. todo sucedió como si no pudiese haber sido de otra forma, tanto que tardé unos días en darme cuenta de que no siempre es así, de que son pocas las veces en que es así, especialmente en una guardia. Y el buen recuerdo tomó otra dimensión.
Todo esto viene a cuento porque este mes harán diez años del suceso, porque hace mucho que quería escribirlo de otra manera y por una conversación que no tuve y no sé si tendré con otra profesional de la salud cuyo trato también salió del estándar, con la diferencia de que no nos vimos una sola vez, sino más de cuarenta. Si yo me acuerdo de alguien que me trató bien una vez, hace casi diez años (y me acuerdo con tantos detalles, esos que a vos te llaman la atención), cómo no voy a subir grados de intensidad cuando me acuerdo –y hablo– de vos.

Quiero escribir algo

Que hable de lo abrumador que es no poder confiar –no haber podido confiar nunca– en tu famillia ni en tu cuerpo.
Ni en mi familia ni en mi cuerpo.
Y también sobre lo improbable que es encontrar palabras y tenerlas en forma cuando no hablás con nadie, cuando hablaste con dos personas en una semana.
Cuando hablé con dos personas en toda esta semana que pasó. (Pasó un día más, otro día más perdido por el mal descanso, y ahora la cuenta dice que hablé con una persona en los últimos siete días: con mi madre).
Pero las neuronas no se alinean en ese sentido, y, además, llevo más de diez días seguidos sin descansar. En realidad, lo que quiero es poder llevar un registro más o menos detallado de los días perdidos y sus porqués. La vecina de arriba que se levanta 5:40 a. m., el vecino que arrastra el ténder en el balcón a las 6:30, los nenes que corren como locos a las 7:10; los repetidos golpes con las ventanas, para abrir y para cerrar, a esas mismas horas; los pasos retumbantes desde esa hora, el grito sacado a su cuarto hijo porque llora a las 7:20, el nene llorando y tosiendo toda la madrugada del domingo, los pasos incesantes, el timbre, la voz de la médica diciendo "paracetamol"; la vocecita siniestra del nene jugando durante horas a la play por wifi, el pelotudo mental que repetidamente corre o salta entre la dos y las tres de la mañana –seguramente el mamerto exvirgo pero siempre pelotudo del segundo–, el aire acondicionado que gotea aunque haga veintidós grados, estos tres meses perdidos, los gritos chillones de la mina cuando llega con los pibes a las ominosas cinco de la tarde. And so on and so on…
Aquello lo voy a poder decir, más o menos tarde o temprano. Esto se acumula sin poder ser alcanzado por las palabras, sin que pueda llevar la cuenta de lo que ocurrió para tenerlo presente cuando me pase una factura mucho más grande en el cuerpo.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Bicicleta

Llevó la conversación hacia su amiga, que se fue de viaje a Chile y le dejó su bici plegable, y contó que la tiene en el balcón, sin darle mucha bola, aunque a veces fantasea con ir a su trabajo, unas 25 cuadras, en bicicleta, pero que le da fiaca, esa palabra que exhumaron los milenials para usar cuando les da vergüenza decir "paja". De inmediato, mencionó a su novio, que le pregunta para qué la tiene ahí, al pedo, y esa referencia alejó la posibilidad de que mi respuesta incluyera una semibroma: "¿Me la prestás para dar un vuelta a la manzana?".
No tanto por la categoría "novio" (aunque también), sino porque ya bastante cosa es admitir la freakez frente a una persona como para admitirla ante dos, una de las cuales es un completo desconocido. Aun así, le dije que hace mucho que no me subo a una bici, desde que era chic@, y me extendí por el pasado cuando acoté que nunca tuve una, salvo la de rueditas, y que solo andaba en bicicleta durante las vacaciones, en Necochea. La alquilábamos en el local que estaba casi pegado al hotel, frente al parque, y por una hora andábamos (el plural incluye a mi madre) por ahí. O, si iba con mi abuela, andaba en singular, sin alejarme demasiado de su mirada.
Ella, al menos, alguna de mis freakeces conoce, y tiene la habilidad o la perspicacia para no hacerme sentir tan freak como otros; por ejemplo, el abogado. Ella puede decirme en la puerta del departamento que es consultorio, justo cuando estoy por irme, que como no tengo celular nos mantenemos en contacto por la web, y repetir esa palabra una o dos veces, mirándome con una mirada en la que no hay burla, sino broma. El letrado, en cambio, pregunta por qué no tengo teléfono con un tono que de tan inquisidor pasa a despectivo y se hace acreedor a una respuesta con la cruda verdad: porque no tengo con quién hablar.
Cualquiera que no me conociera, y una vez superada la sorpresa por mi relación con la telefonía móvil, podría encontrar en eso un argumento para convencerme de tener teléfono y así poder acceder a las bicis que te presta sin cargo, únicamente a cambio de tus datos y tu ubicación, el gobierno de la ciudad. Y yo tendría que mencionar que cuando el teléfono no era obligatorio para acceder al servicio tampoco hice el trámite, quizá porque no tengo ganas de andar frecuentemente en bicicleta, sino, apenas, de dar una vuelta compartiendo ese momento con alguien, tal vez contándole esta historia, tal vez diciéndole que llevo el mismo tiempo sin ver el mar.
Así que voy a relatar lo que no sucederá: que le hice esa semibroma y ella se rio y me dijo que sí. ¿Ves qué fácil es todo? (?). Vamos a quedar para un domingo a la tardecita, cuando debo abandonar mi casa porque viene la murga siniestra a la plaza de enfrente para golpear el aire y, a través de él, a mí con ese odio de clase que cargan. Va a ser domingo y voy a haber descansado bien.
Voy a ir caminando hasta su casa por un camino que ahora no solo incluye el recuerdo de mi cursada en Puan, sino el de la escort tan amable con la que recorrimos esas calles buscando un lugar abierto aquella madrugada del verano pasado.
(Si decido sobornarla o agradecerle con un cuarto de helado de la heladería de acá cerca, que me gusta tanto, iré en colectivo, pero eso lo tenemos que hablar porque no estoy a favor de regalar comida sin saber si a la otra persona le gusta o si, aunque le guste, prefiere evitarla porque quiere cuidarse).
Bajará cargando la bici cuando le toque el timbre, le contaré el recorrido que voy a hacer y agregaré: "Si no volví en cinco minutos, salí a buscarme porque quiere decir que me pegué el palo". Voy a buscar en la memoria el movimiento que me permita subirme, seguramente en la misma vereda porque es muy probable que cerca haya una entrada de garaje que facilite el descenso a la calzada. Acomodaré el cuerpo, tanteando la postura que obligue la posición del sillín, y de un modo olvidado y tambaleante venceré la inercia y como el dicho dice que de andar en bicicleta uno nunca se olvida me lanzaré a navegar entre las fuerzas de la gravedad.
Habrá que tomar Malvinas, mirando que no venga ningún 44. Si viene, lo dejaré pasar para doblar a la derecha en Goyena con comodidad y sin –tanto– peligro. Si me agarra el semáforo en rojo, seguramente cruzaré igual: a esa altura hay poco tránsito porque recién comienza la doble mano y porque en ese sentido no pasan colectivos. Voy a ir del lado derecho, junto a los autos estacionados. Al llegar a la esquina siguiente deberé decidir si doblo o si continúo una cuadra más. En un caso o en otro, doblaré de nuevo a la derecha, seguramente con la tensión en el cuerpo y el reencuentro de viejas sensaciones, hasta Bonifacio. Allí, la última curva, para ingresar al rettilineo conclusivo. Tal vez entonces, con más confianza, pegue un acelerón, con la sonrisa en el cuerpo y con ella en los ojos, indicando el fin de la aventura. O tal vez, con esa misma confianza, vaya despacio para estirar cinco segundos más el paseo.
Esas sensaciones no puedo describirlas demasiado porque pasó tanto el tiempo que se limitan al sonido de frenar sobre la gravilla de los senderos del parque, porque no habrá un marco subyacente de viento marino ni perfume de pinos y eucaliptos. Solo puedo imaginar el trayecto porque esas calles las conozco, levemente, de salir algunas mañanas a respirar un aire menos viciado que el de las aulas o de pasar varias veces por la otra esquina hace unos meses, yendo a –o viniendo de– Flores, cuando buscaba las zapatillas que finalmente encontré en el Solo Deportes de Rivadavia.
Freno, me bajo, le digo "uh, qué bueno, cuántos recuerdos" y le devuelvo la bici ilesa. Tal vez un high five, tal vez dos, si está el novio; un par de risas, un beso, que, con novio o sin él, no será contra un hueso de su cabeza, un gracias, y chau. De vuelta a patas hasta mi casa, entrando (en) la noche antes de llegar. No tengo mucha más imaginación.

Resumiendo: aún no llegué a la adultez

El hombre nace ya inserto en su cotidianidad. La maduración del hombre significa en toda sociedad que el individuo se hace con todas las habilidades imprescindibles para la vida cotidiana de la sociedad (capa social) dada. Es adulto quien es capaz de vivir por sí mismo su cotidianidad.
El adulto ha de dominar ante todo la manipulación de las cosas (de las cosas, naturalmente, que son imprescindibles para la vida de la cotidianidad de que se trate). Ha de aprender a sostener el vaso y a beber de él, a utilizar el cuchillo y el tenedor, por no citar sino ejemplos de los más sencillos. Pero ya ellos ponen en claro que la asimilación de la manipulación de las cosas es lo mismo que la asimilación de las relaciones sociales. (Pues no es adulto el que aprende a comer sólo con la mano, pese a que también de ese modo puede satisfacer sus necesidades vitales).
(…)
Si ya la asimilación de la manipulación de las cosas (y, eo ipso, la asimilación del dominio de la naturaleza y de las mediaciones sociales) es condición de la “maduración” del hombre hasta ser adulto en la cotidianidad, lo mismo se podrá decir, y al menos en la misma medida, por lo que hace a la asimilación inmediata de las formas del tráfico o comunicación social. Esta asimilación, esta “maduración” hasta la cotidianidad, empieza siempre “por grupos” (hoy, generalmente, en la familia, en la escuela, en comunidades menores). Y estos grupos face-to-face o copresenciales median y transmiten al individuo las costumbres, las normas, la ética de otras integraciones mayores.
El hombre aprende en el grupo los elementos de la cotidianidad (por ejemplo, que se tiene que levantar y actuar por su cuenta; o el modo de saludar, o cómo comportarse en determinadas situaciones sociales, etc.); pero no ingresa en las filas de los adultos, ni las normas asimiladas cobran “valor”, sino cuando estas comunican realmente al individuo los valores de las integraciones mayores, cuando el individuo –saliendo del grupo (por ejemplo, de la familia)– es capaz de sostenerse autónomamente en el mundo de las integraciones mayores, de orientarse en situaciones que ya no tienen la dimensión del grupo humano, de moverse en el medio de la sociedad en general y, además, de mover por su parte ese medio mismo.

(Historia y vida cotidiana * Agnes Heller)

Lo sabés

No, no lo sé. No sé si está bueno, si hay algunos buenos pero otros maso, ni cuáles. No sé si con algunos se puede formar algo más o menos coherente u homogéneo, como se supone es menester. No sé, tampoco, si es menester, o si la coherencia y unidad están dadas, finalmente, porque esas cosas me pasaron a mí y porque yo las escribí y en algún lugar –más allá de mí– se nota. No sé si soy un freak, o definitivamente Asperger. No sé cómo romper esta perversa dinámica familiar que lleva años, donde todos se cagan en mí, desde el más allá o el más acá. No sé si me despierto con una mano dormida porque me está dando un ACV o porque duermo en posiciones tan inverosímiles que me aprieto un nervio o me corto la circulación. No sé si me va a bajar la presión de golpe, no sé si me va a alcanzar la comida que llevo por si pasa eso, no sé hasta dónde está todo bien y desde dónde empiezo a ser molesto, no sé si con un poco más de normalidad del afuera podría ser más "normal" yo, no sé si mi cuerpo va a volver a responder como el de una persona normal, no sé si se me jodió un implante, no sé si las cosas o si tal vez las palabras. Y menos adentro.
Perdón, me fui de tema. Volviendo… No sé si son "interesantes", como para el Señor de las Elles; si son nada, como para la FSOC' girl que llora crisis mientras sube fotos de sus vacaciones en Río de Janeiro o en Tailandia, si son algo que merece el desprecio que me prodigó la peronista pelotuda esa que borró mi comentario en su blog o la mala educación del criador que no contestó mi mail y que puso privado su blog, donde estaba su dirección de correo (me reiría mucho si lo hizo por mí).
O si hay un par buenos, pero no tener celular ni Facebook con nombre real (sino con el del proyecto lingüístico que encaré hace unos años) genera "inseguridad" incluso para una clínica virtual, como sucedió con la señora que, después de un intercambio de mensajes tan moroso, histérico y finalmente vano como el chat con una gorda de Contactos Sex (me contaron), me hizo acordar a aquella gente que cruzó de vereda para evitarme a la salida de un recital de Dancing. No sé si es inevitable mostrar lo que no quiero mostrar, no sé si hay que curtir la honestidad brutal y terminar hablando de un posible TGD (cuya mención, encima, no mueve el amperímetro).
Tampoco sé si es inevitable pasar por los castings que se fijan en los cromosomas, en la edad, en el color del pañuelo, en el apellido, en el nombre que usás o la cantidad de amigos que tenés en un Face que no usás porque… ¿quién me agregaría? (y ¿para qué querría que me agregaran?), en la recomendación o no de alguien, en todo lo que no puedo responder. Y todo eso antes de pasar por el casting de las palabras que pudiste juntar para mostrar.
Realmente, no sé si es como vos decís, y, al fin y al cabo, lo que decís no es otra cosa que una mirada más. Pero la tuya es la mejor respuesta de las que pedí, la más dedicada en su momento, y de todos esos vos sos la que más me gusta cómo escribe.
Así que decímelo de nuevo, por favor… jajaja. (Te prometo que no se lo cuento a nadie si no querés). Mientras no pase nada extra que lo confirme, me drogaré releyendo eso. Igual, sin apuro: supongo que después del último fiasco la parte de la cabeza que maneja este asunto se me va a desconectar por un buen rato.