viernes, 12 de enero de 2018

Otra vez más

En el ring que demarcan las sendas peatonales, las vanguardias de dos grupos se encuentran y hacen la pantomima de un combate a facazos, que les sirve como saludo y forma de establecer jerarquías.
El aire cargado de noviembre traslada sus gritos, el perfume de los jazmines que pusieron en la plaza y las escalas que tira el que toca la trompeta con la ventana abierta, que me hace acordar que mañana toca Dancing y otra vez no tengo con quién ir.

Manos que se encuentran, manos que no

Trataré de no caer demasiado en el detalle, pero me acuerdo de mucho, casi de todo: desde el buzo que tenía puesto hasta el estadio del que en voz muy alta les hablaba a sus colegas uno de los profesionales mientras todos esperábamos para poder entrar.
El papelito que me habían dado me citaba a las 7:45, pero como el tránsito está cada vez peor debí correr por Marcelo T para llegar 7:50 según mi despertador (no tengo teléfono, no tengo reloj pulsera: si tengo que ser puntual, llevo el despertador en un bolsillo). Seguramente hice un paso por el baño para evacuar la vejiga y afrontar la intervención sin un posible apremio. Cuando salí del ascensor que me llevó al octavo piso, pacientes y profesionales compartían el lobby sin poder acceder a la sala de espera ni a los consultorios. La persona que tenía las llaves no había ido, o se las había olvidado, o algo, y entonces hubo que llamar a unos operarios para que rompieran la cerradura con una amoladora.
Todos esperaban de pie, pero yo preferí cuidar mi energía y sentarme en la escalera. La joven doctora que debía atenderme apareció bastante después de la hora indicada, tal vez media hora más tarde, pero no fue inconveniente: la amoladora aún no había ganado su batalla. Me alivió verla porque yo ya estaría pensado que no vino, no viene, no va a venir, se enfermó, se posterga todo…
Me acerqué, decidí no preguntarle si había llegado tarde o si simplemente no la había visto. Me explicó que había llamado por teléfono, tal como había dicho que iba a hacer, para decirme con certeza los costos posibles de la cirugía, pero que al encontrarse con el contestador de casa no dejó mensaje. Le aclaré que la plata no era un problema, que había llevado una suma cercana a la cifra tentativa más alta que me había pasado previamente, por si era necesario el relleno óseo.
Y no tuvimos mucho más para contarnos antes de que se alejara rumbo al corro altisonante donde los profesionales hablaban de lo coqueta que es la cancha de Colón, de una reunión donde a uno que tenía una guitarra le cambiaron la afinación o de la carta medio agreta que una paciente le escribió a otra profesional novata, a raíz de la cual sus colegas le aconsejaban que no se dejara afectar por eso.
La espera me dispara ansiedad; esta, nervios, y los nervios, ganas de hacer pis. Entonces me tomé de nuevo el ascensor rumbo al baño de la planta baja. Retornar me llevó unos cuantos minutos de espera porque los ascensores no venían, porque se llenaban y la chicharra obligaba a descender a alguien, al último que pudo entrar, a mí; o porque me hicieron bajar de uno diciéndome que los alumnos tenían prioridad (?). Y cuando reaparecí en el octavo piso, la puerta estaba abierta y los pacientes ya tenían su orden.
Toqué el timbre, expliqué la situación, todo bien. Esperá un ratito. Me hacen pasar para que pague, el secretario me confirma el precio, cuenta la plata que le doy y me dice que le agradezca a la doctora su gestión. No me quedó del todo claro cuál fue la famosa gestión –no se lo pregunté a él en ese momento y nunca se lo pregunté a ella–, pero creo que la mina decidió colocar un implante más caro sin cobrarme más, y, si fue así, seguramente haya puesto la diferencia de su bolsillo.
El chabón termina diciéndome que van a tardar un poco, que tengo tiempo para ir a tomarme un café. Okey, un gusto. Gracias. Café no tomo, pero aprovecho para ir al supermercado cercano, al que recuerdo de cuando estudiaba a una cuadra de allí, y compro un jugo Ades porque el que llevé para mantener mi glucemia en condiciones ya está en mi panza. Trato de cargar la SUBE, pero los subtes de la zona norte me resultan desconocidos y busco la estación en el lugar equivocado hasta que decido volver. Hago pis una vez más y me embarco nuevamente en el ascensor.
En un momento de la espera, la doctora abre la puerta y me acerco para preguntarle si tiene alguna idea sobre la hora a la que me atenderá. Me dice que a eso de la diez y cuarto (finalmente, fue a las diez y media: no le erró por tanto). Algo está bien en ese momento, ella está bien, tal vez, o lo que transmite, y una neurona me trae las palabras que hace un rato me dijo el secretario. Y le agradezco su gestión. "Me dijeron que te agradezca tu gestión, así que gracias". Algo así.
No hay video. Tristemente, allí no hay una cámara. Sí en la planta baja, con seguridad privada y molinetes para entrar y salir, pero no en la sala de espera. Porque, si la tuviera, habría pedido ver la grabación. Sin cámara no hay testimonios objetivos, solo la impresión que quedó, una desconocida e irrepetible fórmula química que explicaría ese momento de mis neurotransmisores, la narración de la narración (del recuerdo del recuerdo), este post, uno en el blog de Massey. Meras versiones.
La expresividad de su cara iluminó el lugar como nunca, agradeció con la palabra "gracias" y tal vez con algunas más, y, cuando esa serie de palabras concluyó, me di cuenta de que nuestras manos se habían encontrado en el mismo punto del universo. Nunca conoceré la dinámica cabal del encuentro, quién movió centésimas antes, quién siguió. Sé que los dos nos quedamos un toque así (nunca sabré el tiempo exacto, tampoco) y sé que cualquier otro gesto, aun si incluía contacto físico –un beso, un abrazo–, no habría resonado tanto en mí.
Después cada uno volvió a su lugar, yo volví a hacer pis (esta vez en el baño del piso de arriba, cruzando de un ala a la otra del edificio, pero a salvo de demoras del ascensor), y seguí esperando hasta que me hicieron pasar al quirófano.
Tal vez en ese encuentro de manos cambió algo, o simplemente se consolidó la buena onda que había, porque nunca se equivoca mi nombre, por la cara que puso cuando hablamos de plata y mencioné el testamento inesperado que dejó mi padre y cómo nos enteramos, porque es nueva y se le nota y me sale decirle "tranqui, no pasa nada" cuando varias veces me pide que la aguarde y va a consultar algo, porque esa buena onda suena genuina.
Tal vez cambió un poco más cuando por un momento abrí los ojos en el quirófano y la vi de espaldas, buscando algo en la mesa de operaciones, y necesariamente reparé en el semicírculo inalcanzable de piel que se develaba bajo el pelo rubio recogido por la cofia y fuera del área de cobertura del delantal verde.
Cambió del todo un par de meses más adelante, cuando cometió un desliz en el procedimiento y se sacó los guantes dando por terminada su tarea, pero de inmediato –creo que fue el día que un colega la supervisaba y a instancias de él– volvió sobre sus pasos para mirar algo de nuevo y me tocó con la mano desnuda: aún siento vestigios de la sensación de su dedo levemente frío en el cuadrante superior izquierdo de mi boca.
Como sea, algo poderoso sucedió en aquel momento.
Cuando terminó la cirugía, y después de darme las indicaciones postoperatorias, nuestras manos volvieron a encontrarse. De eso ya no me acordaba, pero aparece mencionado en un mail que le escribí a L. donde referí varios de estos hechos. Seguramente fue ese gesto que reconozco tan mío de extender el brazo hacia la otra persona en la despedida cuando ya giré parcialmente mi cuerpo para alejarme, cuando su eje ya está a más de noventa grados, y abrir la mano, buscando otra mano.
Esa vez, como en otras posteriores, la iniciativa fue mía. No se trató de un gesto plenamente deliberado, no es que fui con la decisión de hacerlo, pero no creo que haya sido tan espontáneo como el primero. Tal vez mi inconsciente, con la certeza de la aceptación, lo buscó con más confianza.
Me acuerdo tanto porque fue uno de los highlights de 2016, por ese intercambio de mails con L. donde se cristalizaron algunos hechos que, sin él, se habrían diluido en el fluir de los neurotransmisores, porque estuve más de un año tratando de escribir algo satisfactorio sobre esto, porque durante todo ese tiempo me quedó la deuda de no poder decírselo –hasta que pude–.
Y me acordé de nuevo la otra tarde, cuando quise sacarle una foto al edificio de Bustamante y la del Konex, por cuyas inmediaciones pasé decenas de veces sin reparar en el remate, quizá de campanario, que presenta en lo alto de la esquina. Cuando lo descubrí, quise fotearlo, pero el sol del invierno no me ayudaba. Y el otro día, que pasé de nuevo por ahí, noté que su desplazamiento hacia el sur había recorrido un trayecto suficiente como para iluminar esa vereda y tentar la foto.
Entre postes de luz, árboles y cables, busqué el ángulo acuclillándome y metiéndome casi adentro de la pared sucia de un negocio cerrado. Cuando me incorporé, con una relativa satisfacción por la toma, descubrí que me observaba una chica del gobierno de la ciudad que llevaba puesta una campera con la palabra "prevención". Me dijo que se había quedado ahí, interrumpiendo su camino, para no cruzarse en la foto, y le agradecí francamente, aunque muy pronto flasheé cualquiera: como ya tuve que afrontar situaciones con las autoridades (?) en las que debí explicar mi hobby, y como en esas ocasiones nunca me acordé de llevar adelante la pantomima del turista y responderles en inglés, "I'm taking pictures, beautiful buildings", le insistí en referencias a la foto y al edificio con la fantasía de dejar clara así mi afición.
Como tres veces le mencioné lo arduo que resultaba hacer entrar el edificio entero en cuadro, hasta que, por alguna palabra, por la continuidad del diálogo o, más probablemente, por algún gesto indescifrable desde lo consciente, percibí que me lo había dicho posta, que no era una excusa para aludir a su presencia vigilante sin demostrarla más abierta y agretamente. Cuando se estaban agotando las palabras y ya me iba, me descubrí haciendo ese gesto en busca de un último contacto. Estiré el brazo, abrí la mano y terminé tocando el aire.
El antebrazo expuesto por la campera arremangada no se movió. Su quietud es la foto de ese momento, que permaneció aturdiéndome varios segundos, como queda la última imagen en la pantalla del televisor un rato después de haberlo apagado. Hasta que doblé por Bustamante y a los pocos metros se disgregó de pronto, cuando nuevamente me acordé de mi odontóloga del año pasado y de aquel gesto en el límite de la sala de espera. Y, ya sin el temor que a veces me asaltaba de estar exagerando las cosas, los valoré aún más.

martes, 2 de enero de 2018

Como siempre (salvo en 2010)

2045 está más cerca que 1990

Una vez que alcancé el límite etario que me había inventado como una (tenue) protección ante la desenfrenada arbitrariedad policíaca de entonces, empecé a ir a recitales. Nunca sabré si fue por la efectividad de ese talismán imaginario o por mera casualidad, pero en aquel tiempo en que todos pudimos ser Bulacio me pararon muchos ratis del orto, incluso a las tres de la tarde en la esquina de mi casa, y nunca me llevaron.
Así, fui a ver a Patricio Rey algunas veces. Iba sin compañía, claro, porque no tenía con quién ir. Y volvía sin compañía, claro, porque mi escasísima capacidad de sociabilización se manifestaba en plenitud (o por alguna otra razón que no identifico, y entones se la cargo a lo que más o menos tengo identificado).
Una de esas veces fue cuando tocaron en Halley. Era invierno, pero, como siempre, fui caminando. En el trayecto pasé por un hospital donde me quedó grabada la imagen de una señora con un embarazo a término bajando de un taxi. Si fuerzo la memoria, hasta podría decir qué buzo me había puesto: el gris y blanco de Cacharel, que, bastante roto, aún uso debajo de otro algunos días de frío. No recuerdo si llevé campera (no recuerdo qué campera tenía), no recuerdo que hiciera mucho frío, aunque las palabras de un asistente al show, inmortalizadas en la grabación que encuentro en Youtube, me dicen que sí.
Llegué y rápidamente me enteré de que la hiperinflación que campeaba por esos días había puesto el valor de las entradas más allá de mis previsiones. Entonces hice lo que había aprendido por observación en la puerta de Cemento: pedí. (Bueno, más que por observación, lo había aprendido por ser sujeto paciente de la acción). Una, dos, tres veces me acerqué a una, dos, tres personas con las que compartía esa vereda colmada de Corrientes y les pedí plata explicándoles que no me alcanzaba para la entrada. Todas las veces me dijeron que no. El chabón que estaba con dos minas vestidas de negro, una linda y la otra no, pero ambas inaccesibles, medio que dudó, que no fue taxativo en su negativa, y le insistí. Y ahí sí fue lapidario. No.
Doblé la esquina, buscando no sé qué, tal vez ya habiéndome dejado vencer por la resignación y emprendiendo el regreso. O tal vez no. De tanto no me acuerdo. Lo que recuerdo con patente claridad es que pasó una mujer de unos treinta años caminando por Junín, a la cual seguramente habré sobresaltado en la desolación nocturna de las calles laterales cuando me acerqué para pedirle. La mina seguro no iba al recital y, por supuesto, también me dijo que no.
En esa época no sabía que yendo en grupo podía arreglarse el ingreso en algún lugar y de alguna forma que aún hoy sigo sin conocer. Me enteré décadas más tarde, escuchando el programa que sigue la campaña de mi equipo de fútbol, cuando el comentarista contó que alguna vez él y sus amigos fueron a Cemento y negociaron con la mismísima Poly entrar seis y pagar cuatro. Pero, claro, yo no iba en grupo, y entonces eso quedaba fuera de mi alcance por no saberlo –porque no había sucedido ante mis ojos, porque nadie me lo dijo, porque en el Sí de Clarín nunca lo mencionaron– y, sobre todo, claro, porque iba por mi cuenta.
El recuerdo siguiente me encuentra volviendo, otra vez a patas, por la avenida Rivadavia, vacía de madrugada de invierno. La foto mental se ubica en la vereda derecha en el sentido del tránsito, donde había un negocio de venta de mascotas, seguramente en la cuadra previa al ominoso edificio de Sanidad Escolar. Ahí pasó algo. Tal vez ahí, a esa altura, me prometí que nunca más iba a pasar por una situación igual. Al menos, es lo que recuerdo.
Si la memoria no me falla, lo que falló fue mi determinación, porque unos meses después fui a verlos otra vez. Tocaban en un boliche de Constitución. De nuevo, el tiempo puede superponer recuerdos, pero me viene una imagen que parece corresponderse con esa noche, saliendo de casa, pasando por la calle de acá al costado, donde ahora está el garaje y antes había una especie de conventillo, con gente exaltada en algún balcón de la planta alta.
La híper había cesado, pero otra vez no me alcanzó la guita. En las cercanías del colectivo escolar donde se vendían las entradas, de nuevo pedí en vano. Ahora el rechazo fue más hostil. Un pelotudo grande, medio lumpen o medio colocado, me dijo con tono burlón que me iba a dar "un plomo". De esta vez no me acuerdo a cuántos les pedí ni qué camino tomé para volverme. Porque, sí, me volví. Seguramente más pronto que la noche de Halley.
A la mañana fui de nuevo al lugar –¿una consecuencia de mi habitual desfasaje espaciotemporal?–, y las veredas daban cuenta de la batalla. Luego, la radio o el diario hicieron lo propio y confirmaron una cantidad de detenciones lo suficientemente importante como para romper el estándar y ganarse un lugar en los medios.
En esa época, los Redondos (bah, el Indio) no hablaban con Pergolini, hablaban en Piso 93. En una de esas entrevistas, que habrán sido tres o cuatro, una oyente llamó y dejó un mensaje quejándose de lo mal que la había pasado en uno de esos shows por todas las veces que le tocaron el orto. La respuesta no corrió por parte del Indio, sino que el Rafa Hernández dijo "al que le guste el durazno que se aguante la pelusa". Textual. Por ahí deben estar los casetes. Por ahí alguno lo subió a Youtube.
La justificación del maltrato saliendo de los parlantes del radiograbador se imprimió en mí tan indeleble como la percepción de la hostilidad imperante, que no se limitaba a la presencia de los sujetos de azul en las calles, sino que también se encontraba en el público redondo. En esas palabras suficientes, casi socarronas, del locutor elegido, y en el silencio aquiescente del cantante confluyeron la imagen del rechazo vivido por mí y la del desprecio por el público en general.
Esa mística, en pleno proceso de crecimiento exponencial, y la presunta pertenencia y solidaridad que conllevaba, no eran más que verso, una vulgar y estúpida (?) mentira que muchos necesitaron creer por años, que muchos creen aún hoy. Somos todos redonditos, redonditos de ricota, pero, si no te alcanzó la plata y pedís, nadie te da: cuando me pidieron, yo di; cuando yo pedí, nadie me dio. Y, de paso, bancate que el show empiece a cualquiera hora, como se queja uno del público en el pirata de Halley (como siguen haciendo hoy mismo muchos músicos). Y bancate, si sos mina, que te manoseen, y bánquense, todos, que sea un quilombo afuera y que sea cada vez más quilombo adentro porque rocanrolnenen.
Entonces, sin una decisión tan drástica como aquella de la avenida Rivadavia, nunca más fui a verlos. Fue mi manera instintiva de cuidarme el culito un par de años antes de que el Indio lanzara esa frase tan tristemente darwinista.
De hecho, nunca más fui a un recital. Por casi veinte años. Aunque seguí teniendo ganas y haciendo planes que se frustraban a último momento: Zitarrosa en el Club Oeste (error: me fijo y eso fue antes), Malrecetado compartiendo una fecha quizá con El Lado Salvaje quizá por San Telmo, Don Cornelio en La Mosca Porteña, el primer Clapton en River… No fui a ninguno. En cada caso, algo pasó, no recuerdo qué –tal vez solo una falla en la conexión de los cables mentales que tenían que llevar el entusiasmo a la acción–, pero al final no fui, pese a que las ganas habrán sido lo suficientemente intensas por que los recuerdo a tantos años de distancia.
Después volvió el pánico, y, cuando le gané, las que no volvieron fueron las ganas. Y ni planes hubo ya, apenas una fantasía borrosa que no cuajó cuando vinieron los Stones por primera vez.
Sin decidirlo explícitamente, me bajé de esa dinámica, dejé de tratar de integrar algo de lo que no formaba parte y con cuya evidencia me encontré, sobre todo, esas dos veces en que no hubo intersección posible entre la realidad y el mundo de mi habitación y la radio. Seguramente lo que sentí fue que me hicieron notar de manera irreductible que no pertenecía, algo que antes había quedado disimulado con el falso positivo que implicaba entrar.
Me bajé, aunque no del todo, porque seguí escuchando la radio y grabando casetes y, enseguida, comprando CDs, y no pudiendo no acumular en la memoria esos datos al pedo sobre discos y músicos y hasta productores, casi como uno recuerda, sin querer, formaciones de equipos de fútbol. (Fillol; Vázquez, Fabbri, Costas, Olarán; Acuña, Ludueña, Colombatti, Rubén Paz; Catalán o Medina Bello y Walter Fernández). (Pereira; Clausen, Monzón, Rogelio Delgado, Luli Ríos; Bianco, Ludueña, Insúa, Bochini; Reggiardo, Alfaro Moreno. Menos en el caso de Ríos, podría agregar nombre completo de cada jugador, salvo Pereira y Reggiardo, cuyos segundos nombres he logrado desalojar de mi memoria). Pero siempre desde afuera. Alguien que no va a la cancha, que no juega al fútbol, que lo vive a través de la radio, El Gráfico o la tele. Alguien que solo acumula datos y objetos y recuerdos en la memoria, alguien que debe disimular para no quedar como muy freak tirando demasiados de esos datos en alguna charla.
Después de ese largo intervalo, logré reconstruir las ganas de ir a un recital, que pronto, y vencido el breve tiempo de los recis compartidos (ey, gracias; sí, a vos, que no leés –ni escribís– más, te lo digo: gracias), fueron menguando. De todos modos, alguna que otra noche, cada vez menos, todavía lo intento y voy. Pese a la falta de compañía, a la poca plata y al operativo que implica ir por los condicionamientos que me imponen mi mal descanso y mi glucemia o lo que carajo sea, voy.
No sé para qué voy cuando voy ni para qué fui cuando vuelvo. Y tampoco sabía del todo por qué me volví sin entrar la última vez, la única de este año, cuando llegué hasta la puerta del boliche luego de usar tres medios de transporte y, después de esperar un rato, dije "ya fue". No sé si por la incertidumbre sobre la hora del comienzo –y sobre la hora del final, porque después hay que volver, hay que esperar a las dos de la mañana un bondi que me deja a veinticinco cuadras y hay que caminar esas veinticinco cuadras–, por la falta de certezas respecto de la respuesta de mi cuerpo o por no tener ganas de explicar lo que me pasa, pese a todos los preparativos (a consultar en vano el horario posta en el Facebook del lugar, a explicar o no el porqué de la consulta insistente, a las cinco empanadas comidas en el tren y caminando por la calle, a los alimentos para la vuelta por si el cuerpo pide y ya es tan tarde que no hay kiosco donde comprar), pegué media vuelta y me volví cuando Gaona ardía de expectativas en el lenguaje corporal de los que la habitaban.
No lo sabía hasta que recién me di cuenta de que me volví sin entrar para no volverme de un recital sin compañía otra vez más. Y para no gastar y aumentar el monto de mis deudas. Para darme cuenta de cosas así (me) sirve este blog.
Pasó una vida, la vida de la criatura esa que habrá nacido alguna de las noches de Halley o la de mi (ex) dentista, que tiene la misma edad, y yo sigo igual. Me lo recuerdan de modo insoslayable las calles, que siguen igual de vacías. Rivadavia en 1989 o Bulnes en 2016 (cuando vuelvo, siempre caminando, de ver a SMM en un sótano que con una chispa sería una trampa mortal) sólo podrían diferenciarse por los modelos de los autos que pasaban, pero el vacío que me envolvía no me permitió reparar en ellos. Y esa sensación imprimió mucho más que la de haber visto, diez minutos atrás, un recital de una banda que me gusta.
En realidad, se trata, apenas, de una, ¡de otra!, manifestación de que todo sigue igual, algo sólo disimulado por una frágil puesta en escena que aprendí a hacer con el tiempo, aunque en el fondo soy la misma persona de entonces (y con un cuerpo que responde tanto menos): el personaje de un dibujo animado superpuesto sobre un fondo fijo, que parece integrarse con él, pero que, más pronto que tarde, revela que son de mundos diferentes. Ese hiato insalvable es todo lo dicho en este blog y algunas cosas que callo porque no sé cómo decirlas, por pudor o porque la lista sería infinita. A veces se dan cuenta los demás, a veces me doy cuenta yo, a veces, todos: lo identifiquemos con precisión o lo percibamos vagamente, algo falta, como el alma de Bart, y se revela. Algo no aprendí, algo no me pertenece, algo no puedo activar, algo me es ajeno aunque esté en el lugar y tenga la plata para entrar. Y aun adentro sigo outside.

La anestesia es total

Cuando Barack Obama asumió la presidencia de Estados Unidos, cuando era enorme la expectativa por el negro pluricultural de padre musulmán que llegaba para cerrar Guantánamo (jajjaja), dijimos aquí que nada nuevo podía esperarse de su gestión en lo referido al conflicto israelí-palestino.
Pasaron ocho años, ganó el Nobel de la Paz, tuvo algunas rispideces con Netanyahu, supervisó el operativo que terminó con el asesinato de Bin Laden y la desaparición de su cadáver, vino a Buenos Aires y se emocionó en el monumento que recuerda a otras personas asesinadas y tiradas al mar, flexibilizó la relación con Cuba, pero nada cambió entre Israel y Palestina.
Durante ese tiempo, no hubo ni un mínimo acercamiento entre las partes, lo cual eleva la figura de Rabin, el único tipo que del lado israelí dio un paso hacia la paz, firmando con Arafat y Clinton los acuerdos de 1993. Así terminó Rabin, asesinado por un fundamentalista judío…
El conflicto fue perdiendo lugar en los medios, cortesía de la guerra en Siria (donde la dinastía genocida de Assad salió airosa gracias a su alianza con el neozar Putin) y de la oportunísima aparición de Isis con sus decapitaciones, sus masacres cinematográficas y otras más pragmáticas y menos difundidas. Ahora, ante la caída del califato, el asunto que concita la atención en la zona es la escalada de la pugna entre Irán y Arabia Saudita, que no se limita al lejano Yemen, sino que se acerca al hipersensible Líbano.
Palestina y la ocupación israelí quedaron ya no en segundo plano: quedaron más atrás. Solo las sacó del olvido la operación "Margen protector", que en 2014 dejó más de 2100 muertos de un lado y 71 del otro, o los asesinatos de un bebé palestino de 18 meses y su padre, quemados vivos en su casa por colonos israelíes, como también fue quemado vivo un adolescente palestino en otro hecho, una venganza por el crimen de tres adolescentes israelíes supuestamente asesinados por palestinos.
Se cumplieron cincuenta años de la ocupación de Cisjordania (que incluye la de Jerusalén Oriental) y ni siquiera el poder de los números redondos movió el amperímetro. Todo fue quedando cubierto por un manto inquebrantable de quietud, un equilibrio desequilibrado (siempre para el mismo lado) que nadie parece interesado en sacudir.
El bipartidismo israelí ha desaparecido (tanto como ha desaparecido la izquierda pacifista israelí), los partidos que siguieron a su desaparición no se consolidaron, y el Likud se irguió en esa situación unipolar, aliado con racistas como Lieberman y Shaked, que serían intolerables en cualquier país occidental y que en Israel son ministros de Defensa y de Justicia…
Del otro lado del muro, contribuyen la conveniente pasividad de Fatah y, últimamente, también de Hamas. Seguro no fue casual que dos de sus líderes políticos más proclives a un acercamiento con Israel fueran asesinados por el estado sionista: Ahmed Jabari fue bombardeado en 2012, cuando procuraba un cese de hostilidades, como antes, en 2003, habían matado a Ismail Abu Shanab, uno de los fundadores de Hamas, que se había manifestado contra los atentados suicidas y era partidario de una tregua a largo plazo.
El único gesto significativo de rebelión lo realiza una chica de 16 años, Ahed Tamimi, que increpa, provoca y abofetea a los soldados ocupantes. El resto está petrificado: Abbas va camino a ser presidente vitalicio; Haniya trata de hacer buena letra para no ligarse un misilazo en la cabeza, Marwan Barghouti continúa preso… El Mandela palestino va a cumplir dieciséis años en la cárcel y nadie reclama por su libertad.
Mientras el tiempo juega a favor de la potencia ocupante, que cada día consolida un poco más el statu quo que pretende eternizar, los hechos consumados, a la velocidad del fuego que resulta imperceptible para la rana en la sartén, siguen su constante avance sobre cualquier posibilidad de un Estado palestino. Ni siquiera cuando el presidente Trump le da gas y decide trasladar la embajada de su país a Jerusalén, en un explícito respaldo a la idea mitológica de que esa ciudad es la "capital única, eterna e indivisible" del reino de Israel y, ahora, del estado sionista, se producen consecuencias significativas. Un par de "jornadas de ira", media docena de muertos y poco más.
Esta vez no tengo una intuición que me permita hacer un pronóstico con una certidumbre como la de hace nueve años. O quizá no hago un pronóstico no por carecer de intuición y no saber qué aventurar, sino porque, de hacerlo, sería más desfavorable que el de entonces: porque buscan postergar todo indefinidamente, hasta que no quede con vida nadie que haya nacido en la Palestina británica (ey, los más jóvenes de ellos, los que nacieron en el año de la Nakba, este año cumplen 70), hasta que no quede nadie que haya visto la firma de los acuerdos de paz… Hasta que puedan decir que nada de eso existió y lo borren de la memoria como borraron decenas y decenas de aldeas palestinas. Hasta que puedan decir que los palestinos no existen.
¡Ah, no, pará!, eso ya lo dijeron (hace casi cincuenta años que lo dijeron).
La única forma de ser optimista parece ser la de aferrarse al apotegma "cuanto peor mejor". Desde ese lugar podría ver con buenos ojos la decisión de Trump porque expone de modo palmario, aun para el más "coreano del centro", que Estados Unidos no es imparcial y que nada justo podrá ocurrir a partir de su mediación, y porque socava gravemente la idea de los dos estados, que se ha transformado en un cliché del bienpensar, pero que, al no poder resolver asuntos decisivos, resulta funcional a los ocupantes, que no quieren dos estados, sino estirar este limbo hasta que lo consideren irreversible.
Así, tal vez pronto alguien comience a gritar al pie del muro su propuesta de un solo estado, una verdadera democracia con su principio más básico: una persona, un voto. No para que suceda, porque no sucederá, sino para dejar en evidencia que los israelíes sólo pueden ser mayoría en esa región (considerando los límites del 67, los del 48, los previos, los posteriores, no importa) por la fuerza, por la impunidad y por la limpieza étnica.
O quizá la generación de Ahed Tamimi haga cosas que no se me ocurren.

sábado, 18 de noviembre de 2017

D.B.D.

Lo que debe de
ser ser
mirado con
amor por esos ojos.

Una canción mal cantada

Uno de los poemas que Morrison intercalaba entre tema y tema en los shows de los Doors quedó especialmente grabado en mi memoria desde la primera vez que lo escuché, cuando me compré el CD doble "In Concert". En parte por todo lo que me interpelaba esa frase y en parte fundamental por ser accesible a mis escasas skills en listening.
En ese tiempo, si el CD no traía las letras, y no todos traían las letras, menos aún si se trataba, como en este caso, de una reedición que rejuntaba canciones de varios discos aparecidos muchos años atrás, te la tenías que arreglar con la oreja para saber qué decía. O dar con las traducciones no siempre confiables de algún fanzine azaroso o con un programa de radio donde a veces traducían unas pocas canciones.
La cosa es que yo escuché eso de "I'm looking for a home in every face I see" y la flasheé. Lo entendí, con la claridad con que aparecen las revelaciones, esas palabras de otros que hablan de uno con más precisión y claridad que uno, y lo guardé en mi memoria definitivamente. Tanta certeza tuve siempre sobre eso que, cuando accedí a Internet y empecé a buscar algunas letras, no busqué esta. ¿Para qué? Si ya sé lo que dice. Como mucho, aprendí que "doing time" es estar en cana y que las interpretaciones rebuscadas no son propiedad exclusiva de los ricoteros.
El otro día, veinticinco años después de aquel tiempo en que recorríamos disquerías con pasión religiosa, vengo a descubrir que el chabón dice "in every place I see". No sé qué googleé, y me salió esa respuesta. No puede ser, me dije, y busqué, ahora sí, esa letra. Una y otra vez. Y todas las veces decía "place". Un cuarto de siglo viviendo en el error, ¿podés creer?
Igual, no importa tanto, porque voy a seguir cantándola mal. No por contumacia, sino porque yo busco en las caras, en esos ínfimos movimientos de los músculos faciales que se decodifican sobre todo en el inconsciente, no sé si un hogar, una cercanía, un incontestable signo vital o qué. Pero algo busco. Desde aquel tiempo en que no lo sabía, en que este error me lo revelaba sin que yo lo supiera.
No hablo de lo que algunos –parece que muchos– encuentran en la falsa empatía que se escapa de la sonrisa forzada de la gobernadora Vidal, cuyo entrenamiento fue tan intensivo que el automatismo impreso se nota aun cuando la ponés en mute y te librás de sus palabras "compromiso", "equipo" o "pelea". Ni de la más basta, pero así de aspiracional, de cualquier vendedor que quiere hacer carrera y toma un curso de PNL.
Me refiero a la genuina gestualidad facial que surge inesperada y pega en un recóndito, casi inaccesible, lugar del cerebro o del alma, si es que alguna de esas cosas existe. Como la de (una de) mi (s) dentista(s), que requeriría una temporada entera de "Lie to me" sin criminales o la creación de una nueva geometría no euclidiana no riemanniana para, tal vez, para poder decir algo de ella objetivamente. Quiero la ecuación que explique cada movimiento de tu cara, la de cualquier día de los que te vi, la del día que me guiñaste un ojo a través de la sala de espera, incluso la del día que tenías cara seria y pensé que te habías enojado conmigo. O la de todos tus gestos y momentos a los que no tengo acceso. Quiero los videos de las cámaras de seguridad que no hay en ese lugar estatal, quiero el video de la cámara que tampoco hay en la esquina donde nos encontramos la otra noche para analizarlos con espíritu bielsista y tratar de descifrarlos. Quiero ver de nuevo ese hogar que nunca habitaré.
Y después, o mientras, no sé si como una invocación –bastante ineficaz, admitámoslo– o como un descripción, voy a seguir cantándola mal y voy a seguir buscando.

Haciendo trámites familiares

–¿Un teléfono de línea?
*Bien, no me va a pedir celular*
–Cuatro…
–¿Un celular?
*Ops*
–No tengo.
–El de papá, mamá, un amigo…
*Papá está muerto, amigos no tengo y el de mamá no lo sé*
–Papá está muerto. Eh… ¿Cuál es tu número?

No saltar

Ahora que finalmente parece comenzar a divisarse el momento de la mudanza (la cual, está claro hace tiempo, no será a una casa con jazmines y rosas chinas), deberé pensar en cómo manejo la claustrofobia de mudarme a un lugar más chico que el patio de mi casa y cómo compatibilizo mi necesidad básica de vivir en un lugar donde nadie me camine arriba de la cabeza con vivir, por primera vez, en las alturas y convivir con el enorme gasto de energía que seguramente implicará tener una ventana a mano y tener que recordarme, a veces conscientemente y siempre inconscientemente, que no debo saltar.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Orden

A veces, si ando cerca de tu casa, me desvío para pasar caminando por la cuadra donde vivís.
¡Qué obse!, me digo.
Después, me doy cuenta de que lo que en realidad estoy buscando son esas mismas cuatro letras en otro orden.
(¡Qué idiota!, me digo. Así no va a ser).

Corriendo por la bicisenda

La otra noche, no muy tarde, salí a correr. En realidad, era de noche solo porque era invierno: serían las siete, o siete y media. Y elegí correr por la bicisenda: tal vez para variar el circuito y sobre todo, seguramente, porque en las veredas de las plazas cercanas aún había demasiados peatones, varios de ellos con niños, y, claro, los infaltables perros.
Antes de la primera cuadra apareció por detrás de mí un ciclista que me reprochó que corriera por la bicisenda. Como recién empezaba mi recorrido, tenía aire y pude responderle: "¿Y a dónde querés que corra?". Me dijo que fuera "al parque" y ya se alejaba, porque su intención no era comunicarse, sino dejar una estela de mala onda, cuando alcancé a decirle "hay gente, hay perros, está lejos". Respondió con una cara de orto y unas palabras perdidas en la creciente distancia. Media cuadra más adelante otra persona corría por la bicisenda, y, cuando vi que pasaba a su lado sin hablarle, le grité: "¿A él no le decís nada?". Supongo que no me escuchó.
Un par de kilómetros más allá, una ciclista que venía en sentido inverso me gritó su ira con acento brasileño desde varios metros antes de cruzarnos. El oxígeno ya me resultaba un bien escasísimo, y creo que no pude responderle lo que pensé: que vaya a la selva a comer bananas. La repetición de la mala onda logró sacarme de mis casillas. No sé si la interpreté como una señal del destino, pero me pareció prudente doblar en esa esquina y tomar otra bicisenda, menos transitada, aunque más inhóspita y carente de conexión con el resto de la red.
El parque que refirió el boludo aquel está lejos, sea el parque que fuera. Además, en varios parques suele haber ferias, cuyos puestos y visitantes ocupan las veredas, con lo cual no se puede correr allí. Salvo que el infeliz pretenda que me cruce la ciudad para ir a Palermo. Y que me vuelva en colectivo, chorreando sudor.
En las plazas es complicado correr: mucha gente, muchos perros, caca de perro(aunque en la bicisenda también hay), nenitos distraídos, familias caminando a paso lento con el cochecito… Y los días de feria municipal directamente no se puede correr en la plaza gracias a los puesteros que se cagan en los runners (y en los peatones) e invaden la vereda y gracias a sus clientes que se cagan en los runners (y en los peatones) mientras hacen cola o miran productos con sus bolsas y sus changuitos.
De hecho, casi no hay lugares específicamente destinados a correr. Sólo conozco dos: la pista de Parque Chacabuco –donde no somos bienvenidos los que corremos a ritmos lentos porque "es una pista de atletismo, no de running"– y la plaza de Anchorena y Córdoba, que es la única plaza con un sector demarcado para runners. Aun así, muchos peatones suelen caminar desprevenidos por su angosta y deteriorada alfombra de goma. Si no fuese tan engorroso hablar mientras uno corre y otro pasa con la bici, trataría de decirles algo de esto a los ciclistas mala onda y, sobre todo, recordarles que ellos andaban en bicicleta por la calle, generando las puteadas de los automovilistas, hasta que les hicieron las bicisendas. Del mismo modo, nosotros corremos por la bicisenda hasta que el gobierno de la ciudad nos haga unas runningsendas. Tristemente, no creo que eso suceda pronto. De hecho, el gobierno de la ciudad tiene un programa donde hay profesores de educación física que coordinan grupos de entrenamiento para runners en distintas plazas, pero no en la única plaza con alfombra.
Es más: el año pasado renovaron las veredas de Parque Centenario, donde corren cientos de personas por día, y en los infaltables avisos con fondo amarillo hablaban de "veredas aeróbicas". La noticia me entusiasmó, y una tarde fui a ver cómo había quedado el lugar, con la ilusión de que hubieran puesto alfombra de goma. No. No pusieron alfombra. Ni siquiera demarcaron con pintura sobre las baldosas un sector para correr.
Las "baldosas aeróbicas" en realidad son unos baldosones de cemento alisado separados entre sí por una fila de adoquines. No sé quién fue el forro mental que les puso ese nombre ni quién fue el forro mental que decidió poner los adoquines, pero seguro que fue alguien que no corre y a quien la cabeza no le da para pensar que te podés torcer el tobillo dolorosamente si venís corriendo y pisás el borde de un adoquín. Además, la zona donde están los puestos de libros sigue siendo casi intransitable para un corredor: los puestos reducen el ancho de la vereda, los puesteros ponen objetos del otro lado, junto al cordón, y en medio se detienen los posibles compradores. ¿Resultado?: hay que bajar a la calzada, esquivando autos estacionados y el tránsito que pasa por la avenida adoquinada, el cual incluye un par de líneas de colectivos.
Ni hablar de los fines de semana, cuando está esa feria donde venden basura, porque no es otra cosa lo que venden. Entonces, los puestos obstruyen las veredas haciendo definitivamente imposible correr y, de paso, muy difícil caminar. En síntesis, Parque Centenario es una mierda.
Cuando corro por las bicisendas, en general no me lo echan en cara. Podría contar esas situaciones con los dedos de una mano, y nunca, hasta ahora, de parte de un automovilista. Sé que tengo que tener plena atención cuando lo hago, y trato de tenerla, aunque a veces, para evitar el rojo de un semáforo, no pude evitar correr riesgos excesivos cruzando alguna calle.
Pero nunca falta el que te manda a correr por la vereda. Dale, voy a correr por un lugar oscuro, lleno de baldosas rotas y caca de perro, esquivando gente que camina o que sale de los edificios, pasándoles finito, o transformándome en amenaza para cualquiera que va con el celular en la mano y de golpe le aparece uno corriendo desde atrás…
Ciclistas así muestran nula empatía con un otro que hace actividad física. ¿Por qué no se quejan de los automovilistas? ¿Por qué no se quejan de las motos que invaden las bicisendas? O de las "bicimotos", que no son otra cosa que motos, pero más ruidosas. O de los camiones que estacionan allí impunemente para cargar y descargar mercadería.
En verdad, los ocasionales runners que me cruzo corriendo por la bicisenda tampoco son un dechado de empatía. Cuando pasa alguno, me dan ganas de saludarlo, de alentarlo, de hacerle un imaginario juego de luces, como hacen los colectiveros para saludar a un colega de su misma línea al cruzárselo en una avenida de doble mano. Pero en el efímero contacto visual que sucede en esas ocasiones jamás encontré un mohín que habilitara la comunicación.
Mientras no haya más plazas que tengan alfombra, seguiremos corriendo en las bicisendas, y cuando algún pelotudo me tire mala onda, ojalá tenga aire para decirle algo de esto o, mejor, para mandarlo a la concha de su madre. O para pelearme, como me quedé con las ganas la otra vez, cuando con un gesto le pedí a un viejo que se pasara de carril, dejándome a mí el carril por donde venía, el de contramano, para evitarme el pronunciado desnivel de la calzada junto al cordón de la vereda, y el idiota me agreteó malamente.
Al menos, para decirles que no se quejen, que estoy andando en mi bicicleta invisible.

Dedo cliqueador

El dedo amarillento, apestoso de nicotina, se abre paso entre las estrías y la grasa que apila pliegues en el abdomen. Pasa por el centro de su mundo, es decir, por su ombligo, y, en vez de seguir camino hasta el clítoris, se desvía hacia un lugar donde encontrará más placer. Se posa en el mouse, lleva el cursor al enlace y desaprueba el comentario que dejé en su blog.
Un comment que no era spam, que no eran palabras de ocasión, que se refería al poema en el que comenté, que hablaba de confundirte cuando recién te mudaste y encarar automáticamente hacia tu casa vieja, hacia la parada del colectivo que tomabas para llegar a ella, y, de repente, darte cuenta y quebrar. Lo que me va a pasar más o menos pronto (según vengo suponiendo hace muchos años sin que suceda, ja).
Ella podía responder en su blog; podía hacerlo en el mío, cuyo link dejé porque, sí, quiero que me miren a mí; podía responder en los dos, podía no responder en ninguno, dejar el comment ahí y listo. Pero decidió no aprobarlo. Hacerlo desaparecer. Quedarse en su mundillo endogámico donde "lxs grosxs" son sus amigos que escriben y todos los demás somos nada, somos parias, somos lacras.
Disculpame por el atrevimiento de ensuciar tu blog con mis palabras, con mi link, con mi intento de comunicación. Soy demasiado poco para él, shame on me. Suerte que tu dedo cliqueador estaba atento para impedirlo, para hacerte sentir poder, lo cual, seguro, te da más placer que una siririca.
Lo seco que debés tener el espíritu para encontrar razonable una cosa como esta, Rosi. Lo pendeja maleducada que debés haber sido si ahora, de grande, y con la conciencia social que tenés, actuás así. Lo forra que sos. Pero, claro, la persona con déficits en el manejo de las formas y los símbolos de la comunicación soy yo. Vos sos la normal, la escritora, la docente, la abogada, la que pierde el trabajo y consigue otro y, de paso, escribe un libro sobre eso; la que dice que "Macri gato" va a arancelar la universidad y toda una sarta de boludeces militantes llamando a votar a Scioli por logros como el Procreauto.
Todo termina así, en el desprecio virtual, en una abrumación real que me acompaña varias cuadras a la salida del cyber; en esta variante de la hostilidad regular de la calle que toma su forma tradicional cuando un paraguayo de mierda al volante de una Caddy blanca se sube a la vereda para estacionar y me increpa dos veces porque camino despacio, porque apenas puedo caminar después de la avalancha de neurotransmisores que se disparó frente a la pantalla y me dejó los huesos de goma espuma. “¡Andá a pasear a la plaza!”, me grita mientras pone marcha atrás. Y vos, volvete a tu país, hijo de puta, agradecé que tengo este cuerpo de mierda y no puedo cagarte a trompadas como te merecés.
Finalmente llego a casa y, aunque había descansado y mi cuerpo respondía correctamente cuando salí, me acuesto y me duermo como si me hubieran chupado toda la energía.
(Y ahora que por la ventana ves volver al pibe que te gusta, dale un descanso al dedo cliqueador, total no voy a comentar más, y pajeate tranca. Es lo único que vas a poder hacer al respecto porque no le gustan las gordas).

No puedo hablar

Con mi vieja no puedo hablar. En cada escaso diálogo, llega un punto, bastante pronto, en el que dice "cancelado" u otra de sus palabras rituales y todo choca contra su pared de negación. Puede haber o no discusiones y gritos, y a veces hasta hay llantos de su parte, pero todo sigue inconmoviblemente igual: desde los libros que dejó mi viejo cuando se fue de acá, en el mismo mueble, treinta y dos años después, hasta las cosas legales que nos atañen de modo indisoluble.
Con el abogado no puedo hablar porque responde a ella, que es quien lo contrató. Y porque cuando dije algo para que fuera incluido en el famoso acuerdo, lo desestimó, enamorado de su versión del acuerdo, aunque después la realidad lo llevó a tener que acomodar informalmente el acuerdo de acuerdo con lo que yo había sugerido. O porque hace más de un año que no lo veo, porque en ese tiempo sólo me mandó un mail con un escrito para imprimir –todos los demás se los mandó únicamente a ella– y otro deseando bendiciones (sic) por las fiestas. O porque organiza una reunión sin consultarme si puedo ir o no, como, en cambio, sí la consulta a mi madre, y, una vez que pone fecha y hora, ¡ni siquiera me avisa dónde tendríamos que encontrarnos!
Con mi viejo no podía hablar, entre otras cosas porque una de sus frases memorables decía exactamente eso, que conmigo no se puede hablar. Lo mismo que dice mi madre: "Con vos no se puede hablar", "no sé para qué te digo las cosas", la excusa ideal que se brinda a sí misma para no decir nada sobre esas cosas que nos atañen y así poder manejar y manipular todo (y a todos) a su antojo.
Con la gente que me conoce a través de mis viejos no puedo hablar porque son incapaces de desprenderse de la versión que ellos les dieron de mí, la cual incluye deformaciones de la realidad insólitas o patológicas. Lo percibo en cada mirada, en cada postura y, después, en el tono entre condescendiente y despectivo, casi bardero, de sus palabras, las pocas veces que llegamos al terreno de las palabras.
Con la gente que me conoce a través mío no puedo hablar porque fui incapaz de sostener la comunicación, y se van, no están más, se fueron todos, que fueron muy pocos.
Cuando no descanso bien no puedo hablar porque mi garganta o la parte de mi cabeza que rige el habla, o ambas, tardan en cargar o lo hacen con muy baja intensidad. A veces, un descanso incompleto logra alcanzar a cierta parte de la lucidez y/o me libra del sopor en los párpados, pero el habla –y, también, la posibilidad de subir pulsaciones– no van a la par.
Con la gente a la que se le escapa el desprecio hacia mí no puedo hablar porque nunca tengo el timming para señalárselo de un modo apropiado, y siempre elijo callar en vez de mandarlos a la mierda, que son las dos únicas cosas que se me ocurren cuando el abogado me boludea porque no tengo teléfono y dice "lo vamos a hacer entrar al siglo XXI" o cuando la vecina que me encuentra en la entrada me pregunta si voy a correr cuando tengo puesto un jean y una campera de jean, o las veces que en idéntica ocasión me pregunta si salí "a caminar" (o cuando su hermana no pudo reprimir aquel "peor es ser virgen"). Y toda la mirada sobre mí que hay en esas pocas palabras siempre quedan sin respuesta.
Con la gente que se acerca desde el voluntarismo no puedo hablar porque nunca tengo el timming para señalárselo de un modo apropiado, sin sonar aguafiestas, pero que alguien hable seis horas por teléfono con vos (conmigo) no implica que te (me) "haya elegido". (Y que garche tampoco, y que trague la leche tampoco). No es tan lineal. Y no me sale decirlo sin quedar como que me estoy cagando en lo que decís y en el interés que demostrás porque mi madre es tu amiga.
Con la gente con la que tengo disputas no puedo hablar porque ya sé que mis posiciones y mis argumentos nunca se imponen. Ni siquiera cuando somos diez corriendo en la plaza y me quejo de los perros sueltos que obstaculizan y ponen en peligro nuestra marcha, y ni uno de los otros runners me hace la segunda. (Y tampoco puedo resolver las disputas de otro modo porque en ese caso es mi cuerpo el que no me hace la segunda).
Con la gente a la que le menciono mis problemas para dormir no puedo hablar. Básicamente, porque es muy engorroso y, si no, porque a las tres palabras me ponen en el lugar incómodo de la persona a la que todo la molesta. Con la gente a la que le menciono mis problemas con la glucemia (o lo que sea) no puedo hablar. Porque es muy engorroso y, si no, porque a las cinco palabras me ponen en el lugar incómodo de relacionar eso con mi decisión de no comer cadáveres.
Con la gente a la que no le menciono estos problemas tampoco puedo hablar porque inevitablemente los notan, aunque en general no dicen nada; pero a veces sí, y con apenas una referencia al jugo Ades que llevo casi siempre conmigo ya ponen las cosas en el terreno del ítem anterior.
Conmigo no puedo hablar porque mi vieja está en casa, o porque el portero está del otro lado de la puerta y se escucha todo, o porque hay gente en la calle donde camino y no quiero que me miren (aún más) raro. O porque me cayó la ficha de que los lugares donde decir las palabras que practicaba hablando conmigo no existen ni existirán.
Con los médicos de la guardia de los hospitales públicos no puedo hablar. Porque te echan a gritos, luego de dos horas de espera, reprochándote consultar "por eso" "un domingo". O porque te despachan con desdén, en ocho minutos, y te dicen que consultes en un lugar que ¡no existe! después de que te cruzaste toda la ciudad para tratar de evitar una crisis mayor.
Con los médicos de los consultorios externos de los hospitales públicos no puedo hablar. Porque te despachan con desdén, en ocho minutos, sin mirarte o sin escuchar esa palabra que no llega a salir porque te interrumpen y te la dejan en la boca. O porque miran el celular mientras hablás, o cuchichean a tus espaldas e incluso frente a vos (a mí), o hacen especulaciones sobre los ingresos de mi viejo cuando respondo a su pregunta "¿a qué se dedica tu padre?". O porque no te atienden pues llegaste al consultorio cinco minutos tarde después de perderte adentro del hospital y luego de que tardaron banda en la admisión (hablo de vos, neurólogo forro del hospital Álvarez, doctor Sessa, andate –sin atenderme, obvio– a la purulenta concha de tu madre).
Con los médicos pagos no puedo hablar porque no tengo plata para pagarlos o porque no fueron muy diferentes de los otros cuando la tuve o cuando me pagaron la consulta. O porque llega un punto en el cual no me encuentran nada, pero yo sigo sin sentirme bien, y pronto arriba el momento incómodo en el que se revela el límite de su saber y ninguno de los dos sabe qué más decir.
Con los médicos, no importa si son pagos o no, no puedo hablar porque mis síntomas y mis características suelen estar a contramano de lo habitual, y eso también nos acerca a la incomodidad. Cuando me hablan de que me levante temprano y tengo que explicarles que siempre me siento mejor de noche, cuando me dicen que cene liviano con el fin de reducir mis problemas para dormir y tengo que decirles que si no como abundantemente es probable que me despierte en el medio del sueño con el estómago crujiendo de hambre, cuando la nutricionista me dice que no coma tostadas, sino pan, y yo ¡jamás le dije que comía tostadas!
Con alguien por teléfono no puedo hablar porque no tengo teléfono. (¿O no tengo teléfono porque no tengo con quién hablar?).
Con mi madre, de nuevo, no puedo hablar cuando su lejanía de la realidad toma la forma del desprecio: cuando dice "¿por qué no dormís ahora, que no hay ruido?", como si tuviese yo un interruptor en el sueño, como si pudiese dormir sabiendo que en una hora sí va a haber ruido; o cuando se burla de mi deseo, de lo dificultoso que me resultó siempre en mi adultez (cortesía, seguramente, de mi niñez y, sin duda, de mi adolescencia) y de cómo peleo por él.
Con la persona que más me conoce no puedo hablar porque se alejó argumentando que prefería dedicarse a la militancia, lo que le daba una enorme satisfacción, le llevaba mucho tiempo y le dejaba un enorme cansancio. Tanto que ni para responder un mail en cuatro años tuvo tiempo, o para que algún día de esos más de mil días se sintiera por una vez descansada y le pintara llamar o escribir para saber qué era de mí.
Con nadie puedo hablar de la neuroquímica desoladora que me genera reencontrar, casi cinco años después, el mail en el que dijo eso –al que busco para ser fiel a sus palabras– porque no tengo con quién hablar. Y porque, si lo tuviera, hablar de otro siempre es un bardo, porque sentiría que es necesario dar muchísimo contexto para que sea comprensible o porque no tengo ganas de exponer esa situación a la mirada suficiente, casi sobradora, de un profesional psi. O porque la única finalidad de hablar sobre eso sería acordarme de que una vez alguien me vio (o que otro se entere). Y, sobre todo, porque no hay un escáner ni un deus ex máchina que me explique y me aclare cada cosa de esa relación extraña en particular y toda ella en general.
Con la profesional de la salud en la que encontré el año pasado ­un signo vital ya no puedo hablar ­porque dejó de atender en ese lugar y porque no me dio su teléfono, pese a que dijo que iba a hacerlo cuando se fuera. Y no pude hablar porque no daba: porque ella estaba laburando y aprendiendo, porque tenía novio y una vida, porque las pocas y breves veces que hablé en serio, abriéndole la puerta a mi freakez, sentí un comprensible y claro ruido. Por ejemplo, cuando le dije "sos la persona con la que más hablé en el año" y se rio como si fuera un chiste (ey, esa risa no cuenta entre las risas buenas, Victoria…) (ey, no pude hablar de esta risa ni de las risas buenas, de esa con todo el cuello, por ejemplo, ni de las que ya me voy olvidando). Y porque, de tanto no poder hablar, terminé chocando la calesita.
Con la escritora a la que le mandé un mensaje con un par de poems no puedo hablar porque amablemente puso distancia después de preguntarme si yo era hombre o mujer, y cortó el intercambio también ella con la frase "un abrazo" y con una clavada de visto. Y ni siquiera puedo enojarme por la distancia debido a su corrección (y a que yo no tuve la suficiente especificidad: no le dije "qué te parece, te gusta alguno, qué hago con esto"; sólo le dije "aprovecho para mostrártelos" y ella aprovechó para no decir nada, lo cual quiere decir algo).
Con los Tunner no puedo hablar porque soy como Alf, pero sin los Tunner. Con Milhouse no puedo hablar porque no tengo un alma cuya devolución reclamarle, porque no la vendí, y entonces pienso que quizá nací sin ella, o se rompió o se perdió o me la sacaron no sé cuándo ni cómo.
Con los ciclistas que me tiran mala onda cuando corro por la bicisenda no puedo hablar porque me encuentran casi sin aliento, y porque la explicación que tengo para darles es muy larga y ya pasaron con su bici de mierda. Es tan larga que será un post.
Con los peatones que me tiran mala onda cuando corro por la vereda de la plaza no puedo hablar porque me encuentran casi sin aliento y porque si me paro de manos a) vengo con el cuerpo exigido y si la confrontación escala estoy en (más) desventaja, b) quizá sea una exageración saltar por ese comentario que hicieron y escuché, aunque si lo hicieron con ese volumen fue para que yo lo escuchara y, en todo caso, es difícil saltar con el tono justo para la ocasión en que la gorda que camina con sus amigos dice "que se muera" cuando les pido permiso porque caminan ocupando todo el ancho de la vereda.
Con mi vieja delante de otras personas no puedo hablar porque me excandecen cada una de sus palabras del campo semántico del pensamiento mágico, su pelotuda manera de hablar –con frases del tipo de "el universo se está ordenando"–, las mentiras que dice, lo que calla tendenciosamente y sus palabras-ruido (si no pudimos probar que la firma era trucha, si ni siquiera lo intentamos, es un gasto de aire hablar tan insistentemente de eso, digamos). Y siempre quedo al borde de mandarla a la mierda, o de que, sin ir tan lejos, mi lenguaje corporal manifieste la violencia que me provoca. Situaciones ambas en las que quedo mal yo. Ya sea que estemos con los abogados, con algunos vecinos o con personas que forman parte del entorno patológico que tiene: la que cree en los elfos, la que cree en los reptilianos, las que van con ella a las misas carismáticas o a las del cura exorcista, la que ve luces que son mensajes, los que se comunican con extraterrestres, los que creen su relato falaz, los que siempre toman partido por ella. Pero estar ahí sin decir nada es ser cómplice de su ruido, de su inmovilidad, de su explícito deseo de que dependa de ella como cuando tenía veinticinco días de vida, de toda su mierda enferma y contagiosa.
Con el de la puerta del Matienzo no puedo hablar porque tiene cara de policía, de albañil o de orto, y eso, más la gente cool con compañía que charla en la vereda, bloquea mi speech prefabricado con el que le iba a preguntar si la entrada era gratis, si había obligatoriedad de consumición y si el espectáculo ya había comenzado. No puedo hablar ­cuando paso caminando para allá y por la ventana veo una imagen fugacísima y deforme de mucha luz, como de living iluminado, y gente sociabilizando. No puedo hablar cuando paso caminando para acá y veo, esta vez con más definición, la barra a través de la ventana de la puerta, con (más) gente sociabilizando, a dos minas que llegan y hablan con el tipo, y después entre ellas, mientras las otras personas siguen charlando en la vereda. No puedo hablar, no puedo entrar, sería sospechoso o ridículo volver a pasar, no da, ya fue, me vuelvo a casa.
Con el/la de la entrevista laboral no puedo hablar porque no sabría qué decir. Y porque ni siquiera me presento. Porque no sabría dónde hacerlo ni, mucho menos, si estoy en condiciones de a) calificar, b) tolerarlo física y mentalmente.
Con la empleada de la óptica no puedo hablar para preguntarle si la promoción tiene, como históricamente tuvo, un mes de gracia a partir de la fecha que me dice, tal vez porque siempre muestra un lenguaje corporal lleno de angustia. Con el pelado de la fotocopiadora no puedo hablar para reclamarle que me está cobrando un peso la copia cuando el cartel de la puerta dice ochenta centavos, para decirle que su argumento de que es un libro y no hojas sueltas es insostenible. Con la cajera de la verdulería no puedo hablar cuando le quiero pagar justo y me rechaza las monedas de diez porque "no le sirven", y redondea a favor suyo. No sé por qué, pero no puedo hablar.
Con el que me podría diagnosticar posta, todo lo posta que puede ser un diagnóstico, no puedo hablar porque no sé quién es ni dónde está. Y porque, la verdad, no sé si quiero enterarme de que tengo alguna forma de TGD (salvo que eso me garantice un subsidio). Y porque sería hacer un back to zero, o un back to fourteen, y no me copa mucho la idea. Porque no quiero ser eso. Ni esto.
En público no puedo hablar porque no tengo oportunidad y porque, de tenerla, no sé cómo latiría aquel recuerdo tan borroso y tan chirriante del grabador Geloso de mi muy temprana niñez. O porque aquella noche en la radio, cuando necesitaban que alguno saliera al aire entre tema y tema y dijera no sé qué cosa, una breve cosa, no dije "dale, lo digo yo". Lo pensé, pero no lo hice. Lo hizo otro. O porque la distancia entre lo imaginado o practicado y la realidad puede ser atroz; porque todo viene bien hasta que percibís un cambio de tono en el silencio y deja de estarlo, y pasás a habitar ese lugar del que no se vuelve.
Con la gente que cumple años no puedo hablar para desearle feliz cumpleaños porque no me dijeron cuándo cumplen años y no da blanquear la stalkeada que me llevó a saberlo. O porque sí dio blanquear la stalkeada y está todo bien, pero la sorpresa incómoda que se generó cuando lo dije me mostró que no estaba tan bien. O porque me dijeron la fecha, pero después de varios cumpleaños sin que me respondan el mensaje ya no da seguir diciendo "feliz cumpleaños". Aunque sí, todavía, pensarlo.
Con gente a la que no conozco no puedo hablar porque no tengo temas de conversación. O porque en sus caras veo rápidamente una distancia infranqueable. O porque, si todo eso se supera, pronto surgirían preguntas como "qué hacés", "a qué te dedicás", "qué hiciste, qué vas a hacer". Y un concierto de grillos atronará con su cri cri mientras me muero de sudor y angustia. O porque no sé si mencionar mis dificultades con la sociabilidad por lo espantagente que resultaría, o porque ni un diagnóstico tengo, y porque, aunque no lo haga, más temprano que tarde, se manifestarán, inexorables.
Con la gente a la que conozco pero hace mucho que no veo no puedo hablar porque rápidamente salen preguntas que forman parte de la cotidianidad de la mayoría de la gente, pero no de la mía. "¿Te casaste? ¿Tenés pareja? ¿Tuviste chicos? ¿Cuánto hace que estás sin pareja? ¿Cuánto hace que estás sin trabajo?". Y el choque es intenso. Sobre todo para ellos, porque yo ya lo preveo. Y porque revela los silencios que practican los otros, los más frecuentes.
Y de tanto no poder hablar, onda que se seca un poco la lengua. Y, consiguientemente, la cabeza.
Encima, si pudiera hablar, si existiera esa posibilidad, tendría que hacer el enorme y quizá infructuoso esfuerzo de acomodar mis horarios para llegar a esos momentos con una energía y una lucidez más o menos razonable.
Ah, de todo lo que no puedo hablar, lo que más quiero decir es que me doy cuenta de que todo esto está mal.

domingo, 23 de julio de 2017

Como siempre

Y entonces
vos te vas
y yo desaparezco.

¿El que va para dónde?

Cuando alguien en la calle me pregunta dónde para un colectivo, mi primera respuesta es "¿el que va para dónde?". No sé si lo pregunto para no mandarlo al lugar contrario, para tener unos instantes más que me permitan abrir el archivo mental de paradas y recorridos de colectivos o simplemente para estirar la conversación.
Elongaba yo en la reja de la plaza, aprovechando que no hacía frío, luego de correr siete kilómetros a una velocidad lamentable, mientras mis ríos de sudor se iban secando al aire fresco de la noche. Sin que la viera ni la oyera venir, una chica apareció desde mi izquierda, inició la conversación tal vez con un "disculpame" y me preguntó dónde paraba el 97. Repetí mi pregunta automática, "¿el que va para dónde?", y ella señaló con el dedo antes de que su lengua recibiera la orden de su cerebro y dijera "para Mataderos". Bah, ese es el recuerdo: no hay video que lo atestigüe. Me gustaría que lo hubiera para corroborar la exactitud de mi memoria.
Pensé el medio instante que mi GPS mental tardó en cargar y le dije, ayudándome con un par de ademanes: "Hacés una cuadra por esta y en la esquina, una a la izquierda". Pese a que la calle en cuestión estaba bastante iluminada, más que las otras con las que hace esquinas irregulares, algo le generó temor y me preguntó si no pasaba nada. Acá la literalidad seguro que falla, pero la idea era esa. Le dije que estaba todo bien, que incluso había gente caminando, mientras mis ojos encontraban a dos personas paseando sus respectivos perros sin que mis palabras llegaran a mencionarlos. No la noté muy convencida, y creo que ya se estaba alejando cuando pude darle una alternativa: "Si no querés ir por ahí, hacés una por esta y en la esquina doblás para allá".
Me agradeció, la vi irse, dudando todavía sobre cuál de los caminos seguir, hasta que descartó mi primera sugerencia y eligió perderse en la oscuridad de la calle que le dictó su intuición. Mientras, yo pensaba en que no había descripto bien el lugar de la parada. No hay poste en esa esquina, es una de las paradas implícitas que abundan en los barrios, y me quedó rebotando en la cabeza la ausencia de más detalles sobre el lugar: el colegio, el kiosco, el almacén. Pensé en seguirla, para ver si mis indicaciones le habían resultado claras y útiles. Di por terminada la elongación y caminé un par de pasos hacia la esquina, pero desistí antes de llegar. Ya fue, me dije. Aparte, capaz que la sigo, se da cuenta, y, temores de estos tiempos, flashea cualquiera. Mejor no.
Volví sobre mis pasos y di una vuelta más a la plaza, caminando. Uno de los borrachines nocturnos me vio pasar mientras salía del lugar reparado donde había hecho pis y me dijo "seis vueltas, ¿no?". "¡Dieciséis!", le respondí con una satisfacción que borró la frustración por el tiempo y por no haber podido sacarle una vuelta a la cincuentona que no falla ni una de las noches de los días hábiles y corre casi una hora. Terminé de rodear la plaza, con sus rejas ya cerradas, pero con bastante gente en su interior (?), y, en vez de irme a casa, doblé de nuevo, agarré la cortada y fui a ver si la chica había llegado a destino.
De lejos, entre los árboles frondosos y los autos estacionados, creí verla, justo en la esquina, no a diez o quince metros, donde se supone que para el bondi. Más cerca, con la vista más franca, reparé inevitablemente en un nene sentado en el umbral del almacén, tirándose al piso, como jugando, y luego vi a la chica esta y a otra mujer, que debería ser la madre del niño. Junto al kiosco que no acepta monedas de diez centavos, cerrado pero iluminado, había un par de personas más.
Entonces noté que no me había quedado claro el recuerdo de su cara ni el de ninguna característica física o de su ropa, a la que apenas recuerdo en colores oscuros, negra o azul. Como si todo el tiempo que hablamos yo hubiera buscado con la mirada los lugares a los que hacía referencia en mi explicación en vez de mirarla concretamente algunos segundos, los suficientes para hacer un contacto visual que imprimiera en mi memoria. Eso, sumado a la lejanía y la oscuridad, me hizo dudar en un principio, pero ya en la esquina, sin cruzar, y luego cruzando para el otro lado, quedando en diagonal, me convencí de que era ella.
Miré unos segundos más. Pensé en pasar a su lado, confirmar plenamente mi convicción mirándole las zapatillas oscuras con vivos blancos –lo único que en ese momento podía identificar de su apariencia– o recibiendo alguna palabra suya y, si había chance, mentirle que estaba yendo a casa. Pero deseché la idea. Ya fue, me dije nuevamente. Y me volví con el silencio de la noche alrededor. Y con el de la incomunicación en la sangre. El primero duró hasta que pasé por la casa de la otra cuadra, donde parece que había una reunión o una fiesta, y el hip hop, el rap o no sé qué mierda sonaban muy fuerte. Se oía intensa la música desde la vereda de enfrente mientras yo pensaba cómo sería tener que convivir con vecinos así.
Crucé la calle justo enfrente de casa y, al asomarme para ver si venía un auto, vi al colectivo saliendo de esa parada. Me quedé en la vereda, elegí el lugar más iluminado y cuando pasó miré hacia su interior, a ver si la reconocía, a ver si ella miraba por la ventanilla y me reconocía. No sucedió. Justo detrás venía otro bondi, y mantuve la mirada, y la posición, y la expectativa, pero lo único que recuerdo de este fue su puerta central con vidrios polarizados.
Unos minutos después, en la ducha, se me ocurrió escribirlo acá, para publicarlo quién sabe cuándo; en un momento en el que, de otro modo, solo serían recuerdos borrosos, un pasado perdido. Tal vez sea un intento de estirar esa comunicación, la de una voz amena dirigiéndose a mí con naturalidad, un intercambio cuya transcripción requeriría más de seis guiones de diálogo, la certeza de haber sido útil, el bonus de cazar en el aire su duda extra y resolverla. O el de tentar aquí la posibilidad de otra comunicación, la cual se revela cada vez más y más improbable.
En esa conjunción módica de tiempo y espacio fui una persona sin marcas relevantes de freakez, dentro del mundo, pudiendo interactuar fluida y favorablemente con alguien que también está allí, "moviéndome en el medio de la sociedad en general y moviendo por mi parte ese medio mismo". De tanto mirarla o de tan intensa impresión que me dejó, terminó haciéndome ver de forma inevitable su reverso: que algo así solo puede suceder a raíz de una cuestión muy específica, en un lugar muy acotado (en otro barrio no podría haber pasado, por ejemplo), y que inexorablemente será igual de fugaz porque no tengo nafta para más. Y aun cuando se den estas condiciones, será necesaria, además, la alineación de otros mil azares para que ocurra esa intersección.

Allá por el 87

Allá por el 87, nuestras biblias eran negras, redondas e inconseguibles. Fuimos la encarnación de copistas medievales multiplicándolas en casetes condenados a terminar sus días –pronto– como guedejas de cinta atascada. No parábamos hasta que el soplido de la cinta y la fricción notable de la púa eran la mayor parte del ruido informe que devolvían los parlantes del doble casetera.
Nos esculpía el aire desplazado por esos sonidos y lo que creíamos ser escuchándolos.
Después, los TDK de sesenta se volvieron accesibles. Vinieron los compacts, con su promesa de perfección y eternidad, y las disquerías. Cuando Tower abrió la sucursal de Florida ya había pasado el furor. La acumulación comenzaba a revelar sus límites. El don no se transmite por ósmosis.
Tres o cuatro miles de dólares cubiertos de polvo me miran desde el mueble, a dos metros de mi cabeza. Saben que, si están en condiciones, su destino será Mercado Libre.