miércoles, 29 de julio de 2020

Aislamiento obligatorio

Cada vez salgo menos de la cama, y, como no tengo tele en mi habitación, cada vez veo menos tele. Podríamos dejar de pagar el cable -igual que el teléfono fijo-, si, total, la mayoría del contenido audiovisual que consumimos está en Youtube... Pero esta vez estoy comiendo frente al televisor, y aparece una entrevista a la encuestadora Mariel Fornoni en la cual menciona que más del 80% de la gente está a favor de la cientocuarentena, pero que un número similar admite haber violado el aislamiento.
Supongo que para mitigar el tedio, me sale preguntarme qué habría dicho yo si me encuestaran. Obviamente una respuesta militante, un me cago en la prohibición de correr cuando está claro que correr no contagia, alguna referencia a los objetivos inalcanzables que pusieron para acceder a la "fase 5", cosas así. Pero como los tiempos televisivos no permiten que la señora se extienda sobre el asunto, no puedo saber cuáles eran las preguntas de la encuesta ni imaginar mis respuestas concretas a ellas.
Mis ínfimos quebrantamientos del DNU fueron las tres o cuatro o cinco veces que salí a correr con la bolsa de las compras bajo el brazo y el barbijo en la pera, la vez que me tomé dos colectivos sin pedir el permiso para ir a sacarme una radiografía y la vez que me tomé otro colectivo sin permiso para ir a lo de la dentista porque se me había hecho tarde para ir caminando. No sé si cuenta la media docena de veces que habré salido a caminar. Nada más.
Me vino a la mente el tiempo en que dejé el colegio, en mi temprana adolescencia, y mi familia se dio cuenta de que sin esa obligación no salía a la calle. Algo así me pasa cuando se me vuelve gigante lo banal y prescindible de cada cosa que me saca de aquí. Ellos deberían de haberse dado cuenta antes, mientras aún iba al colegio, de que no salía a la calle, salvo, justamente, para ir al colegio. Yo sé de antes que las veces que salgo forman parte de lo que la persona que más supo de mí llamó "las cosas que te inventás para no reventar". Pero cuando sucede el quiebre del statu quo y todo queda en tan bestial evidencia, cuando no tenés nada y tampoco tenés la forma de disimular esa nada, algo queda girando en vacío.
Los contactos estrechos que traté de entablar antes de que el virus circulara como circula ahora me enfrentaron al fracaso de la falta de respuesta en un teléfono tras otro (¿para qué mierda publicás tus servicios si cuando uno te llama no atendés?). El domingo que quise ir a correr anticipando el levantamiento de la prohibición marketinera y gestual que dispuso el gobierno de científicos, secundado por el intendente arrastrado y trepador, dormí mal y estaba sin energía, y no pude aprovechar el clima razonablemente agradable. Las ganas de ir a sacar fotos -esa forma de intentar existir en otro lado; en otro lado de la web, porque mi existencia es solo de bits- se van diluyendo. Y nada más. No tengo más.
Creo que la encuesta no hablaba de romper la cuarentena por trabajar, sino sólo por ver a familiares y amigos. Pero como no tengo trabajo fijo, una tarde voy a ver si están abiertos los depósitos donde a veces vendo papeles viejos para sumar un ingreso: están todos cerrados. No sé dónde mierda venden los cartoneros que últimamente han reaparecido, pero donde yo suelo vender todos los negocios tienen las persianas bajas. Tampoco eso puedo.
Mientras escribo este párrafo, los fascistas de cotillón a los que todos acatan (o simulan acatar) amenazan con prohibir las reuniones por el Día del Amigo, con caerles "con todo el peso de la ley" a quienes se reúnan por esta fecha. Otra prohibición más que no puedo romper porque no tengo cómo. Y qué bueno que el encierro comenzó después del 14 de febrero, si no capaz que amenazaban con perseguir a los que querían celebrar cogiendo. Es obvio que en esa fecha tampoco habría podido romper la prohibición. Es casi igual de obvio que tampoco podré romperla si la extienden hasta el próximo San Valentín.
No sé cuáles son las prohibiciones o regulaciones vigentes al día de hoy respecto de la actividad inmobiliaria, pero es lo mismo. Hace seis años que se murió mi viejo, hace más de dos que resolvió la sucesión, y seguimos acá. Nunca dimos ni un paso para salir (bueno, yo traté de dar alguno, pero me deprimí muchísimo). Y sigo en esta casa de mierda, en esta vida de mierda, rehén del muerto y de la viva hasta que tenga 80 años. De tanto no poder, ya perdí la capacidad de imaginar lo más elemental de cómo podría ser esa mudanza con la que fantaseo desde 1993. Ya es tarde. Hace tiempo que es tarde, pero cada vez es más notorio.
Todos los días iguales, veinte días esperando un mail que no llega, una semana esperando un mensaje por el mismo asunto que tampoco llega, el mail de la dentista que tampoco llega, y ya pasó un mes. Hecha la recorrida por esos sitios, podría darle fast forward a la vida hasta el día siguiente. Cuando se repetiría el ciclo. Y cuando llegue alguno de esos mensajes, ya, a esta altura, ninguno de ellos me va a llevar al lugar que yo quería.
Sigue creciendo la cuenta mental que a veces, antes de todo esto, sacaba cuando me caía la ficha de que llevaba muchos días sin hablar con (casi) nadie, (casi) sin salir a la calle: "en la última semana hablé con una persona, dos personas, cero persona, cero persona, tres personas, una persona, una persona". Teniendo en cuenta que vivo con una persona, las otras suelen ser el portero o un vecino que me cruzo en la entrada del edificio, alguien que en la calle me pregunta cómo llegar a una dirección, la cajera del supermercado: casi siempre ese tipo de diálogos.
Pero ahora la cuenta lleva meses de una persona, una persona, una persona, una persona, una persona, una persona, una persona, una persona, cero persona, una persona, dos personas, una persona, una persona, una persona, una persona, cuatro personas (¡fui al dentista!), una persona.
¿Cuál es el límite, hasta dónde tolero? ¿Cuáles serán las consecuencias de tolerar? De tolerar esto nuevo, y también lo de siempre.
No sé qué quería decir, aparte de la mera descripción. Tal vez eso, que la obligatoriedad lo hace más notorio. O tal vez no haya más que la mera descripción. Un registro de estas formas de la exclusión. El encierro es homogéneo, irrompible, no estatal.

domingo, 5 de julio de 2020

Un cover de Patricio Foglia

no quedaron fotos
de nosotros dos juntos
pero todavía estamos
en los escalones sucios
frente a la plaza del Congreso
la tarde del vendedor
insistente de Hecho en Buenos Aires,
como si el tiempo se hubiese detenido
y fuera posible conservar
un poco de esa luz todavía.                      

Crossroads

Crecí leyendo El Gráfico. No me lo compraban siempre, sino sólo a veces, algunos años más que otros. Si pongo nombres propios, será fácil -y desolador para mí- ubicarlos temporalmente. Como sea, los ordeno y veo que de algún año hay muchos y de otros, muy pocos. No sé si yo pedía que me lo compraran, si era una decisión de mi padre o mi madre comprarlo, y, en ambos casos, no sé cuál era el motivo.
Con los años, sí, mi viejo sumó al encargo del diario diario (es decir, de todos los días) El Gráfico cada martes. Y así tengo la colección completa de, digamos, ocho años. Algún día esos ejemplares también pasarán por Mercado Libre.
Como sea, era una forma de asomarse a un mundo que sólo conocía por la radio, un mundo extraño y, a la vez, cautivante, quizá por ser la única forma de traer algo de afuera a mi niñez. En ese entonces no había televisor en casa y todo era tan desconocido que cuando los relatores decían "cuadro chico" y "área chica" yo no comprendía que hablaban de lo mismo, y si dibujaba una cancha hacía cuatro rectángulos junto a cada arco: el área chica, el cuadro chico, el área grande, el cuadro grande...
Parte importante de aquella fascinación primitiva era dada por la síntesis de la fecha que ocupaba dos páginas contiguas de la revista. Incluía las formaciones de cada equipo (con los años agregaron a los suplentes que no ingresaban), el puntaje de cada jugador, el calificativo del partido (¿qué era mejor en la escala: "mediocre" o "discreto"?), una brevísima reseña y la foto de la figura del match en la parte inferior.
A veces las recortaba y armaba partidos en mi cama, que tenían una bolita como pelota y a mí como relator. A veces hacía lo mismo con las figuritas que coleccionaba (como la tarde del día del terremoto), a veces con las cartas del Tope & Quartet.
Después hubo tele, después hubo partidos de Primera televisados en directo; después, el descubrimiento de poner la tele con el volumen en cero y escuchar la radio. En ese trayecto, en algún momento de mi niñez ya pubertad, se me ocurrió hacer algo parecido a la síntesis de El Gráfico. Veía el partido, anotaba la formación, calificaba a los jugadores, anotaba las jugadas de riesgo, y, si la memoria no falla, también escribía la reseña. No quedó ninguna de ellas, a las que, creo recordar, tipeaba en el dorso de los recibos de un talonario en desuso. Si las encontrara, las subiría acá, como hice con algunas crónicas que encontré de las carreras de Palermo o San Isidro que, unos años después, pasaban los domingos en canal 11.
Lo que es seguro es que, para ser bien preciso con el puntaje, para no dejarme llevar por una jugada, por un gol o un buen momento de un player en un partido luego de haber pasado un largo rato sumido en la intrascendencia, calificaba a cada jugador dos veces por tiempo, y al final sacaba el promedio de las cuatro calificaciones.
Así hasta que una vez el comentarista Ricardo Ruiz, un cuatro de copas que laburaba con Víctor Hugo, un rancio peronista que todavía, viejo y soberbio, trata de seguir vigente como chupamedias de la AFA, dijo, como al pasar, y para quejarse de lo malo que le resultaba el cotejo, algo así como que "nadie que sepa de fútbol puede decir que hubo una situación de gol". Y yo había anotado más de una, no recuerdo cuántas, tal vez dos o tres. Fue tan drástico, tan terminante, que en ese momento, al que recuerdo aún hoy, más de una vida después, primero me sentí para el orto y de inmediato decidí abandonar este entretenimiento. Y tal vez muy pronto haya tirado los recibos con las síntesis al dorso, tal vez por eso no haya quedado ni una.

Crecí escuchando música. El rock también era algo lejano, tan lejano como deseable, como una promesa imprecisa... Leo Rivas en Radio Colonia pasaba de todo, desde el dúo Mocedades hasta "Pedro Navaja", e incluso rock, incluso La Biblia de Vox Dei (cuyo casete me compraron mis padres, y, tiempo más tarde, en un ataque de anticlericalismo, le taché con birome todas los nombres religiosos que tenía), el primer casete (Dynasty de Kiss), MPPM (si aclaro la sigla, habrá, de nuevo, una referencia temporal abrumadora), el nombre Barón Rojo, algún compañero de colegio desafinando "Mal romance", el programa de Badía en la FM de Rivadavia y la primera vez que escuché "Smoke on the water". Casetes de mala calidad, cintas cortadas pegadas con cinta scotch, cosas así. (El radiograbador portátil en la mesa de luz, en el mismo punto del espacio donde ahora pongo mi mano, tocando el aire).
Crecimos con esa música, nos daban forma esos sonidos y lo que creíamos ser escuchándolos. Después descubrí a Julio Guichet, que pasaba material rarísimo sin pisar las canciones, llegaron las radios de baja potencia, los TDK se hicieron accesibles, conocí a la gente de la radio suburbana esa, y entonces compraba vinilos así tenía algo para llevar, algo que justificara mi ida allá. Por fin, los compacts, con su promesa de perfección y eternidad: miles de dólares gastados, tal vez miles de kilómetros caminados recorriendo disquerías.

El otro día un youtuber más analizador que reaccionador de canciones pasó el link de un test online para evaluar algunas capacidades musicales, algo así como un IQ musical. La prueba consta de tres partes: en una te ponen una docena de pares de clips de audio con gente cantando y tenés que decir cuál desafina; en otra, algo similar con melodías, para identificar cuál se va de rango, y la última se centra en el ritmo, cuál de los clips está fuera de tempo.
Hice la prueba, la hice con auriculares, como recomendaba la página, para que saliera mejor. Pasé unos veinte o veinticinco minutos de mi vida allí, y, como a medida que vas respondiendo te dice si lo hiciste bien o mal, no me pareció que fuese tan un desastre, calculé que estaría por la mitad de la tabla. Pero no. Saqué un puntaje que me dejó en el 15% peor de los que hacen el test. Y mi ánimo se disolvió.
Comprobé, otra vez, que soy la nada. Eso es lo que soy, nada: una fantasía que va en paralelo a la realidad y, que tarde o temprano, en el crossroads, se choca con ella de un modo salvaje, aunque todo el tiempo todos lo intuyen y seguramente sólo sucede con los que disimulan bien. Como cuando la persona que te gusta dice "mi novio", como cuando encontrás una foto en el stalkeo y caés en que nunca vas a sacarte una así, como cuando todo viene dentro de cierta normalidad y de pronto alguien hace un comentario sobre mi carencia de teléfono celular, y en el tono de media palabra sabés que te están bardeando. Como cuando de tanto stalkear llegás a su Pinterest y ves que el título de una de las cinco o seis categorías que tiene es "bebé".
No sé si voy a volver a escuchar música, seguro que no lo haré con el entusiasmo de antes. Algo está roto, y yo -siempre- estoy afuera.

Relación extraña

Hablabas de la mañana que fuiste al colegio con un tatuaje de los Guns en la cara y terminaron echándote. Te acordaste de la piba que se suicidó porque los viejos no la dejaron ir al recital, dijiste su nombre con la naturalidad y la certeza que yo podría usar cuando menciono a un nueve de mi equipo en los tempranos 90.
Era Corrientes, pasando Callao -vereda norte- y comentaste algo de mi aliento a barritas de cereal sabor manzana, esas que yo venía comiendo para mantener mi glucemia en condiciones.
Esperando el semáforo frente a la estación, antes de cruzar la última calle, no sé cómo -quiero creer que te pedí permiso-, te di un beso en el esternón. Fue lo más cerca que esa noche mi boca estuvo de la tuya. Así de extraña era la relación que teníamos.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Run, baby, run

En los cuarenta y seis días que lleva la ex-cuarentena, a la cual algunos integrantes de la infectologocracia que nos gobierna quieren transformar en setentena o centena, salí a caminar como mucho media de docena de veces. Perdí la cuenta, pero por ahí anda. Dar una vuelta más o menos larga, más o menos corta, con la bolsa de las compras (el salvoconducto de este tiempo) en la mano. Y ahora también con el barbijo, que me sofoca y, sobre todo, no me deja hablar conmigo en voz alta, cosa que suelo necesitar porque no tengo con quién hablar, y que se hace difícil en casa cuando vivís con otra persona.
Esta vez, como muuuuuuchas veces, venía durmiendo mal. Esta vez sé que eran tres días seguidos en los que me desvelaba y no podía retomar el sueño, y me quedaba todo el día con esa sensación de mediasombra derretida en los ojos. Y sientiéndome un poco mejor en la madrugada, cuando todos se calman, lo que hace que me acueste tarde y que logre dormirme cada vez más tarde, y me levante aún más tarde, en un ciclo irrompible y desmoralizante. Esta vez dormí menos de lo que suponía necesario para sentirme bien y, sin embargo, me sentí bien.
La cama tira, chupa y te atrapa. Y esa nochecita salí sólo porque me había dicho muchas veces de salir, porque si no me quedaba. Agarré la bolsa, y cuando pasé por la plaza donde a veces corro, fantaseé con empezar a correr. Me demoré un poco en la esquina, esperando que la gente que iba por la vereda de enfrente terminara de alejarse, que nadie de los que estaban en el chino mirara para mi lado, y cuando iba a arrancar, en el fondo de esa cuadra, reconozco la campera celeste de un policía doblando la esquina, andando en bicicleta por la vereda.
Carrera suspendida.
Doblé, me alejé sin rumbo, y al llegar a la avenida casi vacía dudé sobre si tenía luz para cruzar o no. Creo que sí, pero se me ocurrió esperar unos segundos, hasta que la luz del semáforo peatonal quedara quieta en rojo, para cruzar corriendo. Todo el running al que podemos aspirar en este tiempo.
Seguí caminando, doblé, seguí siguiendo, y, al volver por la calle que bordea la autopista, fantaseé con correr una cuadrita, pero recordé que suele haber policías en la bajada de la AU. Así que no.
En vez de doblar en busca de la bajada, seguí derecho, llegué a la avenida, y esta vez la desolación hizo irrefrenable el deseo.
Corrí una cuadra, paré en la esquina, corrí otra más, y lo mismo en la tercera, cuando terminó de pasar un idiota que caminaba despacio mirando su celular. En la cuarta cuadra me acordé de las casas tomadas que hay frente al playón de los camiones, y que suele haber un policía de consigna enfrente, como controlando la cosa. Entonces, dejé de correr antes de la mitad de cuadra, justo cuando, a lo lejos, en el edificio de la esquina, vi salir una mujer joven.
Listo, terminó la carrera, algo de sudor y una sonrisa. Vuelvo a casa. Camino una cuadra, la (otra) avenida, y solo faltaba la cuadra en subida para llegar a la esquina de casa. Miro, no hay nadie, vuelvo a mirar. Vamos.
Una más.
En la esquina hay más movimiento, gente con perros, el chino a lo lejos, el garaje. Enough. (El forro de mierda de arriba, que me saluda con tono seco: andá a caretear educación a otro lado, violento).
Antes de bañarme, pude correr dos cuadras más, esta vez sin parar. Y la dopamina que liberaba cuando llegué a ducharme era total. ¿Cómo sería la vida así? Sintiéndome bien después de dormir, después de correr, después de coger. Me hizo acordar a aquella vez, por Guido y Callao, luego de ver a cierta persona con la que logré acabar cuando parecía que no, y volvía caminando bajo la luz nocturna de la avenida con la vibración del orgasmo todavía en el cuerpo.
¿Cómo será que eso pase tan frecuentemente como para que sea parte de la cotidianidad, de lo dado, casi tan esperable como respirar? ¿Cómo será poder hacer que eso suceda? ¿Cómo sería la vida con eso?
Las otras veces que últimamente salí a correr, a escondidas, como si estuviera por cruzar el muro de Berlín, corrí más, pero no tuve la sensación pletórica de esta vez. Ni esto puedo hacer que pase seguido.

Juntos a la par

Venía de no poder comprar dólares, aunque me quedaba la mitad del cupo mensual; maldiciendo, después de la caminata y la espera, a esta clase dirigente que nos quiere pobres, y procesando lo que me había dicho el de la casa de cambio, que incluso giró la pantalla para que yo viera la prueba de mi suspensión decretada por la autoridad monetaria, aunque no vi nada porque mi miopía es enorme. Los muy mierdas ponen reglas, hasta 200 dólares por mes, y ellos mismos las quiebran cuando no me dejan comprar lo que desde su Poder permiten, impidiéndome que trate de proteger los ahorros que me quedan. Porque, como todos sabemos, nuestra plata vale solo si ellos dejan que valga.
Antes de llegar a Florida, mi visión periférica reparó un instante en esa chica atractiva, cuya ropa, que apenas recuerdo, sin precisión, como un trajecito y, con más certeza, una pollera, hacía juego con el color té con leche del edificio del banco. Unos pasos más y estaba a su lado. Entonces, me dirigió la palabra: teléfono en mano, me preguntó si sabía cómo llegar al "Palacio San Miguel". Busqué rápido en mi cabeza y así de rápido supe que nunca lo había oído nombrar. Se lo dije, y una neurona extra, quizá por ver el teléfono y asociarlo con la posibilidad de buscar en internet, sumó las palabras inesperadas y decisivas: "Pero, si sabés la dirección, te puedo decir".
Me respondió que quedaba en Bartolomé Mitre y Suipacha, y, en efecto, pude indicarle el camino: derecho por esta hasta Suipacha, "serán dos o tres cuadras", y ahí una a la izquierda. Nunca me acuerdo de cuál es Suipacha y cuál Esmeralda, pero mirando los carteles no te podés perder. Ella siguió su camino, y yo también, a paso más lento.
Creo que no era tan linda de cara, aunque tenía bastante producción, una inversión en uñas y pelo negro full de peluquería. Lo más llamativo, sin embargo, fue la absoluta naturalidad con que construyó el diálogo, más rescatable porque a veces me pasa eso de ver a gente que notoriamente está buscando un lugar y aun así evita dirigirme la palabra. Ni siquiera en el momento posterior a cuando le dije que no sabía sentí el ruido de frustración que sería esperable.
El semáforo la detuvo al llegar a Diagonal Norte y me permitió alcanzarla de nuevo. Quedé dos o tres metros a su izquierda, y desde allí, acercándome un poco y levantando la voz otro tanto, le señalé la calle que asomaba detrás de la plazoleta seca y triangular con el monumento y le dije, "esta no, la otra". En la cuarta relectura de este texto me viene la imagen de que estaba, de nuevo, mirando el teléfono. Algo de incertidumbre percibí en su rostro, en sus palabras (que no recuerdo) o en su lenguaje corporal, y entendí que lo inequívoco sería llegar a esa calle y entonces sí indicarle "tenés que doblar en la próxima".
Se lanzó a cruzar la avenida y la imité, mientras hablábamos. De pronto, desde su lado se nos vino encima una sombra con motor, algo que solo puedo referir como un vehículo, porque no sé si era auto, moto o colectivo, y tuvimos que correr. En el devenir del diálogo, y con los varios segundos en los que no pasaba nadie, no me había dado cuenta de que estábamos cruzando mal, aunque, digamos todo, la ubicación de los semáforos en esa esquina oblicua es muy poco intuitiva.
Los metros de la plaza seca fueron los últimos que compartimos: aproveché los leds del estacionamiento que se veían a lo lejos, antes de la siguiente esquina, para darle la indicación definitiva y doblé a la izquierda en Esmeralda (tengo que mirar el mapa para acertar el nombre). Mi idea era doblar a la derecha en Mitre y así coincidir de nuevo con ella en la esquina que era su destino: quería ver, como cada vez que me preguntan una dirección, si mis indicaciones fueron útiles. A unos metros de la esquina del "palacio", me detuve, esperando que apareciera en mi campo visual sin entrar yo en el de ella. Pero no apareció nunca. Pasaron tal vez un par de minutos, se hizo obvio que no iba a aparecer, y me asomé a la esquina, con la ilusión, quizá, de verla, cerca, hablando con alguien, con quien se iba a encontrar. Eso no sucedió.
No creo que haya caminado más rápido que yo, porque le metí algo de velocidad a mi paso; tal vez fuera a un lugar cercano y el "palacio" sólo fuese una referencia. No lo sé. Como tampoco sé con qué palabras me despedí. Lo único cierto es que por primera vez en años crucé una calle mirando a alguien, hablando con alguien.
La fugacísima imagen de ella corriendo, recortada en un fondo quemado por el sol que encandilaba desde el obelisco, quedó impresa como la que sobrevive en la pantalla de una tele vieja cuando se corta la luz. La de los dos juntos tengo que reconstruirla en mi cabeza. Solo la vieron las cámaras de seguridad, que todo lo registran, pero que no pudieron cargar esa imagen con todas las demás que tienen de mí. No me reconocieron.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Había pensado varias respuestas para cuando llegara tu mail diciéndome, como el año pasado, "feliz cumpleaños"

Podría decirte sos una genia, pero te lo dije el año pasado.
Podría mandarte un emoticón de corazón, pero puede malinterpretarse y no da, yo qué sé...
Podría mandarte un emoticón de abrazo, pero no lo encuentro en el gmail. (Aparte, nunca nos dimos un abrazo).
Podría mandarte una foto de mi mano para que hagamos un high five virtual (para que me mandes una tuya...).
Podría intentar mandarte la fórmula de mi neuroquímica cuando abrí el gmail y lo vi, pero no tengo manera: no sé si alguien inventó la forma, ni siquiera tengo diagnóstico por imágenes, nunca me hice una RMN (y el EEG no muestra nada).
Podría seguir buscando alternativas, pero sería darle más y más a la producción (y consumo) de dopamina, y no quiero quedar pegado (?).
Como sea, se festeja como un gol. Como festejó el Chapu Braña aquel gol del Máquina contra Defensa, agitando brazo y puño cerrado mirando a la hinchada contra los carteles de publicidad *buscar y adjuntar imagen*.
Como sea, gracias.

Pero no me escribiste.

viernes, 20 de diciembre de 2019

Los que menos tienen

¿Menos qué?
¿Menos que quién?

Precios relativos

El sábado a la tarde salí a caminar luego de una semana de fiebre, tos, catarro, ahogos nocturnos y la sempiterna falta de diagnóstico. A lo cual se sumó la escasez de remedios en casa.
Tras quince o veinte cuadras, y después de un desvío improvisado respecto del camino que tenía en mente, a unos diez metros de mis ojos, tal vez menos, en una vereda, del lado de las edificaciones, junto al portón de madera de una casa, vi algunos billetes de 500 en posiciones deslavazadas, como cadáveres alcanzados por una explosión. Miré para ver si venía alguien en dirección contraria, o si cerca había alguien mirando el piso buscando algo, y en el mismo segundo en que lo hice y comprobé que la zona estaba despejada, me abalancé sobre ellos. Los agarré con las dos manos para que no se me escaparan sin detenerme a investigar si el viento había alejado algún otro billete y pegué media vuelta mientras los guardaba en el bolsillo de atrás del pantalón.
Doblé en la esquina e intenté reconstruir la escena, el instante en que me agaché y capturé los billetes como un arquero aprisiona una pelota en el minuto noventa. Entre los de 500, había visto al menos uno de 100, pero no sabía si era el único y, sobre todo, no sabía cuántos eran los yaguaretés. Miré un par de veces hacia atrás, y cuando vi que nadie más caminaba por esa vereda, los saqué del bolsillo y los conté: eran 2100 pesos.
Agradecí, como cada vez que encuentro plata en la calle, a quien corresponda, pero más. Mucho más que cuando diviso una moneda a la que las ruedas de los autos le sacaron astillas de metal.
Seguí caminando, completé mi periplo a la vez que consumía el combustible en forma de alimentos que llevo siempre conmigo, por si mi cuerpo falla y necesita (porque mi cuerpo falla y necesita), y de pronto noté que estaba lejos, a unas veinte cuadras de mi casa, y que las pasas de uva que tenía en la bolsa eran menos que mi energía. Traté de mantener la calma, mientras sacaba cuentas de cuántas pasas y cuántas cuadras quedaban, ambas cosas más fácilmente mensurables que mi energía, a la cual también trataba de calcular.
En el devenir de los pasos, me di cuenta de que podía pasar por la panadería donde venden sánguches de miga ricos y comprarme algunos. Y homenajear al destino que me puso esos papeles en el camino dándome alguna forma de placer.
En un momento de zozobra y cuando las pasas eran muy pocas y muy chicas, conté que faltaban ocho cuadras para la panadería. Traté de darme ánimo diciéndome "son como dos vueltas a la manzana". Y elegí caminar por esa calle silenciosa ya que el ruido (la vibración) en momentos así me consume más de la poca energía que tengo.
A dos cuadras de la panadería comí las dos últimas pasas, escupí sus semillas (estas, poco prácticas para casos así, eran con semilla), tiré la bolsa, que estuvo en casa meses, tal vez un par de años, porque era una bolsa de un kilo, que trajo mi madre de un viaje, y sentí cierta nostalgia.
Finalmente, llegué al lugar. Como temí durante el trayecto, iba a tener que esperar, ya que había tres o cuatro personas antes que yo. Por suerte, mi cuerpo no me apremiaba taaaanto, y no fue un gran problema. Mientras los atendían, me dediqué a elegir mentalmente la cantidad y los gustos de los sánguches que iba a llevar. Desde un primer momento me impresionó el precio: 45 pesos los comunes, 55 los "de luxe". Probablamente fuera a comprar cuatro comunes: dos de salame (una de las escasísimas ocasiones en que como cadáver), uno de aceitunas y uno de roquefort, ponele.
Pero el hecho de que se me fueran doscientos mangos así como así me hizo un ruido tan grande que, muy pronto, y sin poder echarle la culpa a la demora, me vino a la mente otra forma del placer comestible: la pizza de la pizzería famosa que había comprado un par de semanas atrás, que me costó 300 pe. Media docena de sánguches equivale a una pizza chica, calculé. No me cerró la comparación, no me sentía tan mal, no me gusta gastar ni aun cuando la plata me viene de arriba (o de abajo) y promete desvalorizarse rápido. Además, no era únicamente el dinero: la pizza llena más; en cambio, si compraba los sánguches, después iba a tener que cenar.
No contradije el impulso y me fui, pensando en que podía comprarme un jugo Ades en el Día que había visto en esa cuadra o en el kiosco de la esquina si lo necesitaba. O en cualquier kiosco que encontrara en las ocho o nueve cuadras que me separaban de casa. Por suerte, y por esas cosas inexplicables de mi cuerpo, llegué a casa con lo justo, pero sin un desfallecimiento alerta roja.
Un par de horas más tarde, ya de noche, fui a la pizzería, comiendo Cerealitas en el camino porque a veces necesito comer para tener energía que me permita ir a comprar comida. (En alguna época necesitaba energía para caminar el pasillo que lleva desde mi departamento hasta la puerta de calle para recibir la pizza que había encargado por delivery a la otra pizzería, que, tristemente, cerró hace mucho). La pizza aumentó un diez por ciento en menos de un mes, y de 300 mangos se fue a 330.
Tardé casi una hora desde que salí hasta que volví y siempre orbitaba en mi pensamiento esa comparación que nunca había hecho. ¿A cuántos sánguches equivale una pizza? Bueno, siempre no: siempre que pude, porque me sentía mal, como con fiebre o con sueño. Tanto que, mientras calculaba otra vez, ahora cuánto tiempo iba a esperar, porque iban por el 21 cuando llegué y yo tenía el 44, me senté en el umbral del negocio de al lado y manoteé algunas pasas de una nueva bolsa, que había llevado en el bolsillo.
Como soy una persona muy metódica y anoto todos mis gastos y mis ingresos, me puse a buscar en la memoria, y no me costó mucho encontrar aquel tiempo en que una vez invité a alguien a la misma pizzería –y antes de entrar nos sentamos en ese umbral– y, poco después, un 31 de diciembre, fuimos a una plaza cerca de la panadería, donde compré unos sánguches para mantenerme en pie porque ella se había demorado y en la espera imprevista se consumió bastante de mi energía.
Hablamos de hace diez años, noviembre y diciembre de 2009. Los sánguches comunes estaban a 2,20, los especiales, a 2,50, y en la pizzería pagué 38,50. Lamentablemente, no hice un detalle del gasto que me permita saber cuánto costó la pizza y cuánto la Coca y la cerveza. Pongamos que la chica mitad de muzza mitad de anchoas costaba entonces 30 pesos.
Si tomamos ese número, eran más de trece sánguches comunes por pizza, cuando ahora son siete sánguches y pico por pizza. La verdad, no se me ocurre el porqué de semejante diferencia. ¿Tanto aumentó el queso de máquina? ¿Es el pan de miga?, ¿el salame? ¿La pizza está barata? ¿Los sánguches están caros? ¿Es la distorsión de precios que se generó en la primera parte de esta década, en la cual un bimestre de luz equivalía a un café?
Como sea, antes de fin de año, por el precio y porque estaba rica, tal vez más que otras veces, y porque hacía años que no iba a esa pizzería, me voy a comprar otra pizza ahí. Voy a pasar junto al umbral, voy a tocar el aire que ocupe el espacio donde estuvimos, igual que cada vez; mientras espere, voy a mirar la mesa que ocupamos –mucho más si está desocupada–, voy a pagar mis 330 pesos, voy a caminar las ocho cuadras hasta mi casa para cenar sin compañía, y, de nuevo, todo va a ser parte del pasado.

¿Yo iba a ser esto?

Si no me enfermaba, si hace veinte años no aparecían esos casi desmayos que me compelieron a abandonar la facultad y rompieron la vida que tenía, ¿yo iba a terminar siendo algo de esto? Seguramente no, seguramente habría dejado porque no me daba la nafta académica, como presagiaban las notas, que venían en escalera descendente. O como me reveló sin que nadie se enterara el blanco total que tenía a la hora de hacer aquel práctico –gracias a dios, individual– para la materia de Fernández. Justo a tiempo se me ocurrió un posible tema, cuando estaba a punto de sarasear temeraria, casi extravagantemente, sobre la división del trabajo en el lugar donde laburaba.
Pero si eso no sucedía, si mi salud no se convertía en un escollo insalvable –o si algún médico, finalmente, descubría qué carajo me pasa, por qué me pasa y cómo se soluciona–, y si se me organizaban las neuronas y descifraba la lógica de ese lugar, ¿iba a adquirir ese tono pedante, ese dialecto abstruso? ¿Iban a pegárseme su aspecto y sus modismos? ¿Iba a pasar de pseudoácrata a admirador de la máquina estatal por definición, que es el peronismo? ¿Iba a reivindicar a sus líderes y lideresas? ¿Iba a reivindicar líderes y lideresas? ¿Iba a insinuar –aun después del juicio– que lo de Once no fue un accidente? ¿Iba a tomar café o mate en el aula? ¿Iba a asombrarme de que fuera del micromundo de gente con la que compartís "ciertos valores y ciertas lecturas" hay personas muy diversas?
Cuando estaba terminando, con varios años de demora, el secundario, y habida cuenta de los resultados que tuve allí, era obvio, para todos, que debía seguir estudiando. Nunca estuvo en discusión eso. Y quizá debió haberlo estado. Pero ni chance tuve de cuestionarme semejante idea ajena. La compré con todos sus moños y envoltorios de colores: "Recuperar el tiempo perdido".
Como en la frase "animémonos y vayan", todos lo daban por sentado, pero nadie dijo nada concreto sobre las cosas concretas de ese futuro abstracto al que me incitaban. Tampoco me tiraron una mínima onda sobre qué seguir estudiando, ni siquiera la docente que me dijo que iba hacerlo. Pese a que daba clases en el CBC, no se le pasó por la cabeza avisarme que, mientras terminaba el colegio, tal vez durante el último cuatrimestre, podía cursar alguna materia en UBA XXI para, otra vez, recuperar tiempo. O, si se le ocurrió, prefirió dejarlo pasar y no ablandar la distancia que decidió imponer cuando le dije que mi visita al psicólogo que me había recomendado fue inútil e incómoda.
Aunque, admitámoslo, cada experiencia es única, y no sé qué palabras deberían haberme dicho para que no escribiera esto ahora.
La única que mencionó algo fue la soreta hijadeputa de la directora, aquella noche de marzo o abril en que fui a buscar, finalmente, el papelito de los desvelos: no el "diploma" que nos habían dado en el acto de fin de curso, pura utilería, sino el real one, el título en papel estatal. Y la muy conchuda, que me odiaba y que, por mi aspecto (y por su resentimiento), me privó de algunos reconocimientos, dijo "no es lo mismo esto que la facultad". Más que las palabras textuales, lo que imprimió fue el tono tiramierda que usó, porque no lo hizo para ayudar, sino para desalentar, para decir un "no vas a poder" al que sólo le faltó ser coronado por la risa de Nelson Muntz.
(Más que todo, de esa noche imprimió la única despedida que pude tener. No de alguna persona: de una pared. Cuando terminó el breve trámite y el forzado intercambio de palabras, apoyé mi mano en la pared amarillo clarito, en la parte que estaba entre la puerta de la dirección y la del aula chica de tercer año, y le dije "gracias". No sé si en voz alta o no. Pero se lo dije. Y le dejé la última brizna de toda la inmensa energía que puse allí).
Bueno, ella y un taxista, que, una vez, mientras rodábamos por Callao rumbo a Marcelo T (para que yo llegara tarde, pero no tanto, esas noches en que salía a las siete de mi laburo y tenía que estar a las siete en la facultad, esfuerzo vano para la cátedra de mierda de Klimovsky, que me ponía ausente porque solo tomaban asistencia al comenzar la clase, y no al terminar, pese a que el aula se vaciaba descaradamente en las narices del viejo), me preguntó a qué se dedican los sociólogos. Y le respondí no sé qué boludez sobre hacer encuestas, porque, la verdad, ni yo sabía bien qué hacen, ni nunca me lo había preguntado. Ni tenía a quién preguntárselo.
Lo que nos dio ese colegio no servía demasiado si uno quería seguir estudiando "en serio". Apenas llegamos a ver, y mal, matemática de tercero, cortesía de la gorda pachorra con espíritu de empleada municipal que teníamos en esa materia. Así que, de movida, quedaba fuera de alcance toda la parte del mundo vinculada con esos saberes. La "especialización en informática" era lisa y llanamente un fraude, y también obligaba a descartar lo relacionado con esa área. Y, lo veo ahora, si yendo todos los días, tres horas y media por día, durante tres años, no alcanzaba para estar en condiciones reales de seguir estudiando, ni quiero imaginarme la estafa que serán el plan Fines y otros inventos similares de este siglo.
Entiendo que es parte del azar, que en otro lugar podría haber tenido una mejor formación en esas materias, y no tener a la de Historia o a la de Sociología, que nos hicieron leer textos con los que me reencontré en el CBC o en la carrera de grado. Pero es el azar que me tocó.
Pagar nunca estuvo entre las alternativas porque también me comí el versito de la educación pública. Y, sobre todo, porque ni en pedo iba a poner plata en algo a lo que no le tenía nada de confianza respecto de cómo iba a salir. En su momento, en una noche de octubre en un kiosco de Corrientes, hasta me compré el ladrillo aquel que era la Guía del Estudiante, pero el talismán no funcionó, y finalmente elegí al tuntún, más por un programa de radio que escuchaba que por cualquier otra cosa. Creo que eran de otra carrera, aunque nunca me quedó del todo claro eso: como sea, era la única ventana que renovaba el aire de mi como siempre estrechísimo mundo.
Y, también, para asegurarme de que la elección y el futuro al que apuntaba no tuvieran nada que ver con el trabajo que tenía, el cual formaba parte de la hasta hoy (¡¿hasta cuándo?!) irrompible telaraña familiar.
Aposté y perdí. Como casi siempre. Lo único bueno que me llevo de mi paso por la Universidad BovinaA es poder no creerles ni un ápice de su supuesto espíritu inclusivo cuando los veo, hoy como entonces, protestando contra "el ajuste". Puro desprecio encontré en ese lugar, y exclusión y rechazo a cada paso. Y soberbia e invisibilidad, esas palabras que usaba entonces para expresar concisamente, con ellas dos juntas, mi experiencia allí, tanto en el trato con docentes y alumnos como en el institucional burocrático.
Cada una de las decenas de veces que en este tiempo pasé por la puerta para ir a la otra facultad –a esa donde me atiendo– o durante el camino se me aparecieron en la memoria vestigios de quien fui, de los pasos que di en esas veredas, pero nunca pude encontrar el vórtex que me permita viajar en el tiempo y decirle a mi yo de hace 20+ años que no se meta ahí. Que haga un curso, no sé, de plomería. Pero que ahí no.
(Y, de paso, avisarle, para que no se gaste tanta plata en CDs, que en unos años va a poder escuchar toda esa música y mucha más en Youtube (y preguntarle, como un taxista sin auto ni merca, que ¿para qué?, si ese lenguaje siempre le/me va a ser ajeno). Y, sobre todo, que no les crea a algunas personas, ni a los que hablan por la radio ni a los que mienten mirando a los ojos).
Y si en algunos años encontrara la forma de hablarle a quien soy, o a cualesquiera de quienes fui, les diría algo que sé desde los catorce años. Que *inserte lo que sea* es al pedo, que no vale la pena, que no hay lugar para mí acá.

Set that shit on fire


De tanto decir voy a prender fuego esto, de tanto tiempo organizándolo en mi cabeza y esperando una ocasión adecuada para hacerlo, de tantos años (seis, treinta y cuatro) viendo la inmovilidad de los libros en la biblioteca al pedo, juntando polvo y humedad, finalmente agarré algunos, los más destartalados, más una biblia y un par de tomos del diccionario de Littré y traté de quemarlos en el patio de casa.
Una docena de fósforos y media botella de alcohol después, asumí mi incapacidad pirómana. A algunos, chamuscados, los tiré a la basura. Bah, iba camino a tirarlos en el contenedor cuando el homeless intermitente de la esquina me dirigió la palabra para preguntarme qué onda y terminé dándoselos, aun con la advertencia de "mirá que están un poco quemados", y sin darle cabida a su intento de prolongar la conversación acerca del porqué del fuego.
Un tomo del Littré volvió a la biblioteca, incólume, y el otro quedó en mi pieza, esperando, quizá, una nueva ignición. Algo así como un mes más tarde, finalmente sucedió. I wrote my name (Olga) in gasoline and set that shit on fire. Bueno, no fue gasolina, ni siquiera tíner, como también usé la vez pasada, sino, de nuevo, alcohol. Pero esta vez encendió de una y mantuvo la llama viva durante bastante tiempo.
Es una práctica bastante aburrida mirar el fuego. Podés tomar algunas fotos (porque, si no queda registro, el hecho que fuere no imprime en la memoria con la misma potencia), ver que no se apague muy pronto y, también, que no amenace con crecer más allá de lo deseado… y no mucho más. Al rato me puse a ver tele, y después a boludear con la compu, dando por finalizado el asunto al no ver llamas. Incluso salí a la calle, a tirar la basura y también, cuatro cuadras más, a pesarme en la farmacia. Pero resultó que el fuego sobrevivía bajo los papeles o dentro de ellos.
Lo noté al volver, cuando saqué las hojas carbonizadas que iban quedando en la superficie y las llamas se reavivaron con un plop semiexplosivo. Esto será una obviedad para alguien que tenga la costumbre de hacer asados o de presenciar su cocción, para alguien que maneje los conceptos de "brasas" y "rescoldo". Para mí, en cambio, resultó una novedad.
Una de las veces que retiré una palada de hojas reducidas a negro, cuando ya daba por consumido el fuego, se reavivó incluso en la bolsa donde juntaba los despojos, que quedó medio derretida. Cuando, de nuevo, parecía controlado, y salí a la calle para tirarla, una brisa atizó el color naranja y tuve que soltarla sin poder llegar al tacho de la esquina.
Luego, el viento intermitente que empezó a levantarse, y a consolidar mi resfrío, aumentó la intensidad de las llamas de un modo que me hizo pensar en los incendios forestales, en el sorprendente y enorme poder del viento en casos así.
El asunto es que tardó muchísimo en quemarse todo, más de dos horas, y, aparte del aburrimiento, el humo y el olor se tornan muy fastidiosos. Durante la fogata y bastante tiempo después. "Las partículas permanecen adheridas a los días (hasta cuándo)", dijo alguien alguna vez, y, sin querer, lo hice literal realidad.
Finalmente, lo único que quedó intacto fue la gruesa tapa del libro junto con un par de hojas contiguas. Las guardé, todavía calientes, de nuevo en mi pieza. Pegué una manguereada al patio para sacar las huellas de papel carbonizado que pudieran delatar lo sucedido, y la oportuna lluvia de la tarde siguiente ayudó a limpiar un poco, llevándose esa energía y esos restos de olor montados en el aire.
La lluvia fue breve y, cuando terminó, retiré lo que quedaba de la bolsa para terminar de quemarlo o sencillamente para tirarlo. Junto con la tapa y un par de hojas chamuscadas y los restos, carbonizados o cenizos, desprendidos, salió un olor negro y horrible, que me apuró a deshacerme de lo que liberaba esa forma de la enfermedad que, sin darme cuenta, había alojado a dos metros de mi cama.
Una vez liberado el lugar de objetos, tiré perfume en el piso para contrarrestar el olor, y me quedé con una decepción más: finalmente, prender fuego las cosas fue una forma de consolidar la presencia, en lugar de aniquilarla. Así que no voy a quemar más nada. Al menos, no en mi casa.
Ese fracaso de lo fantaseado tanto tiempo se suma a todos los demás, y seguramente anticipa el próximo, que, tal vez por intuirlo, vengo demorando. Y, la verdad, no sé cuándo sucederá lo de dejar atrás al muerto de una puta vez; que, en mi caso, incluye enfrentar a la viva, que le paga un alquiler al muerto y se caga en mí como durante toda su vida enferma ("deseo que se relacione conmigo como cuando tenía 25 días de vida").
Hasta cuándo.

Nada más queda

No están más, desde hace bastante, los teléfonos públicos, víctimas de la tecnología, del negocio de las telefónicas y del avasallante y cada vez más especializado control social, que quieren obligarte a que tengas celular. No está más, desde hace varios años, el de Bustamante casi Lavalle, pero quedaba el cuadrado de cemento en la vereda como un recordatorio, aun después del cierre del almacén, que tampoco está más.
La otra noche, exactamente diez años después, hice parte del camino que compartí una vez con una persona a la que creí conocer, y noté, con casi tanta tristeza como la que me provoca que me haya expulsado de su vida sin mayores avisos, que las baldosas nuevas del intendente Blangino (?) llegaron a esa vereda. Y ahora no está más ni el cuadrado de cemento.
Otro día de estos fui a oler jazmines a la calle de la rima fácil, a esa casa a cuya vereda voy a veces y a la que una vez llevé a la misma persona a oler jazmines, ya que en ese tiempo no quería venir a mi casa (y la única vez que vino, bastante después, no era época de floración).
Y ¡sacaron los jazmines!
Cada vez más cosas van quedando solamente en un lugar tan abstracto y solipsista como son las conexiones cerebrales. Un día de estos voy a buscar en mi cabeza algunas neuronas para producir un recuerdo y la dopamina consiguiente, y tampoco van a estar. Y ahora, que busco y todavía encuentro, ¿qué certeza tengo de que eso, en verdad, sucedió?

El forro de su chico sin forro

La señora a la cual le pagué por existir un rato, siendo esa ocasional forma de la existencia la lectura de algunas de las cosas que escribo, devolvía mis textos llenos de observaciones, desanimantes por la cantidad y, a veces, porque me sentía como Marge y Homero cuando los obligan a hacer un curso donde les dicen que la leche va en la nevera y la basura en el bote de basura (eso es mucho muy importante).
En uno de los mails le dije que no valía la pena poner tanta energía para obtener un (supuesto) beneficio que no sería más que ínfimo, marginal. Porque no escribo nada del tipo de "cómo explicar con palabras de este mundo…", ni siquiera un "el forro de su chico sin forro", que no es de lo mejor que escribió su autora, pero que toca una cuerda acorde a estos tiempos.
Me quedó en la cabeza esa frase que cumplió su objetivo ganchero, y hoy volvió de nuevo, y la vi desde otro lugar. Pensé en cómo habrán decidido, la chica del verso este y la persona con la que trabajó los textos (que resultó la misma que hizo una muy laudatoria nota en Página 12), que eso iba, cómo habrán celebrado la ocurrencia, la satisfacción de obtener un hit, algo que conmueva a las almas buenas europeas.
Y de pronto veo todos los prejuicios (bueno, algunos) de la socióloga que lo escribió. Desde el uso de la palabra "chico", que ninguna persona con características similares a las de su protagonista usaría, a la eterna victimización de la mujer, que pasivamente acepta que la cojan sin forro y le acaben donde quieran, pasando por la presunción incuestionable de que los cinco hijos fueron concebidos con violencia. Siguiendo por la de que son hijos de su "chico" o pareja, continuando por la de que en efecto sabe de quién son hijos. Bueno, me fui al carajo, estoy haciendo una disección como la que hacía la señora esta sobre la gilada que escribo (??).
Como sea, el "chico" me hace bastante más ruido que la repetición de la palabra "forro", que la proliferación de ques ("que retenga unos minutos el cansancio, / que lo guarde en un pañuelo, / que no lo suelte, que tampoco se despabile") y que los adjetivos antepuestos al sustantivo ("la espesa calma de la infancia"), todas cosas que, a su vez, les hacían respectivos ruidos a la señora esta y a la otra persona a la cual le pagué por lo mismo.
Pero lo que más ruido me hace es la gente que quiere hablar de algo que no le pertenece, de algo donde no pertenece, y muestra tanto las costuras. Como esa otra chica, que, necesitada de idealizar, idealiza a las "chicas del conurbano" que laburan de camareras y que "pueden derribar todos los adoquines del barrio". Supongo que los del barrio donde trabajan, porque en el conurbano no hay adoquines, salvo en lugares que ella llamaría "chetos". Como esta misma poet, que no puede evitar el lugar común y habla de que a esa hora tardía todos viajan apretados y con sueño en el colectivo, cuando –cualquier trabajo de campo lo confirmaría (?)– la hora en que se viaja apretado en el bondi no es una hora tan alta de la noche como para que todos tengan sueño o para que le pidas a tu vieja que te espere despierta.
Sí, ya sé, soy muy literal. Cuando leo y cuando escribo. Perdón.

Números redondos

Cuando podés descansar (no dormir bien: dormir bien es otra cosa), y, después, encima, hay cierto silencio, una ausencia de la vibración nefasta e interminable que producen los vecinos, te encontrás con el vacío.
Toca P. y están dadas todas las condiciones para ir. (La única duda sería a qué hora empieza posta, porque, además, hay teloneros, aunque saliendo nueve y cuarto, para llegar poquito antes de las diez, estaría bien, dice mi intuición). Pero no da. Algo no conecta. Los 600 mangos de la entrada. O ir sin compañía, volver sin compañía, años igual. Y no voy nada.
Ni siquiera la muy buena idea de adelantar la lista de temas, y saber, así, que va a tocar Bi bap um dera y Gris atardecer, me saca de esa decisión que no sé si es apatía, depresión o simplemente ganas de no pasar por donde ya pasé. O de acordarme de que alguna vez pasó y, de pronto, dejó de pasar. Dejó de poder pasar.
Como estamos en 2019, ni siquiera hay gente que se cope en subir videos a Youtube. Lo compartirán en su micromundo whatsapero, instagramero, yo qué sé, pero nada que le permita acceder a alguien de afuera.
Me hundo en el colchón hundido y me quedo boludeando con la compu. Buscando, ahí también, cosas que pasaron hace diez años.

jueves, 17 de octubre de 2019

Incesto en el tren

Lejos quedaron los viajes en que el tren les corría carreras a los autos de la Lugones. O a los aviones que se aproximaban a Aeroparque. Ahora se arrastra sin fuerzas aun en los tramos donde no hay precauciones por obras, las cuales, a este ritmo, estarán listas para la próxima elección. Al final del viaje comprobaré que tarda un veinte por ciento más de tiempo. No es hora pico, no se demora porque sube o baja mucha gente. Simplemente, las locomotoras no dan para más. O los maquinistas no las pisan con las ganas de antes.
En Del Valle sube un grupo familiar. Son cinco. Un hombre que estará llegando a los cuarenta, con gorrita y pantalón de jogging gris; una chica joven con un par de piercings en la cara y la lengua, cuyos contornos se recortan en el contraluz, con un bebé en brazos y pantalón de jogging gris; un adolescente de quince o dieciséis, con incipientes pelos en la cara y buzo y pantalón de jogging gris, y una nena de tres o cuatro años, en plan de decir sus primeras palabras, que rompe la uniformidad con su pantalón negro con dibujitos de colores. Dejan en el portaequipajes la caja de una estufa eléctrica y un bolso rosa y se sientan del otro lado del pasillo, en los asientos enfrentados que quedan a una diagonal de mi mirada. No son particularmente molestos y amenizan el viaje de alguien que, como yo, no puede entretenerse mirando el celular. Porque no tengo.
Pronto, le compran a un vendedor ambulante dos combos de turrones, tres por veinte cada uno, y se dan a comerlos. El que vende chocolate con leche y maní pasa después y no tiene tanta suerte, ni con ellos ni conmigo, que logro vencer la tentación y no le compro. Parece que se quedaron con hambre porque al rato pasa el vendedor de obleas rellenas cubiertas de chocolate, dos por veinte, y le compran dos pares. El pibe de jogging es el primero en mandárselas. Esta vez y la otra guarda con llamativa pulcritud los envoltorios –el suyo, el de la nena chiquita– en el bolsillo de su mochila para, seguramente, tirarlos luego en algún tacho.
Con el correr de las estaciones escucho que el señor usa las expresiones "tu hermana" y "tu madre", y me configura el árbol genealógico. Son tres hermanos y él es el padre. Ahora pienso que quizá solo sea el padre de la más chiquita, que los dos más grandes pueden ser hijos de "la madre" con otro tipo. Ese dato quedará fuera de mi alcance.
En algún momento juega de manos con la nena chiquita, que está sentada enfrente de él, los dos del lado del pasillo. Forcejean un poco, la atrae hacia su cuerpo y le da un pico. En otro momento, a cuento de no sé qué, le apoya la mano en el muslo a la chica joven corte turra piercing en la cara. Le apoya la mano y la deja unos segundos. Luego volverá a hacerlo escudado en las palabras "te estoy haciendo masajes en la rodilla", tal vez como respuesta a la única, hipotética –y sin duda brevísima e imperceptible para mí–, referencia de ella al asunto. Claramente no son masajes, claramente no es en la rodilla: es en el muslo, a, digamos, un tercio de muslo de la rodilla, la mano abierta, firme y detenida sobre la tela gris.
Más adelante lo hará por tercera vez. No tengo más pruebas que la impresión de mi mirada furtiva, pero no abarca solo la cara anterior del muslo, sino también el borde interno. Hay algo alli que leo –que incluso mi cuerpo lee– como de indisimulable erotismo. La cosa no prospera porque la nena chiquita se levanta de su asiento y se pone a jugar en esa zona, cortando el mambo.
El bebé no llora nunca. Cuando se despierta, ya pasado el río, tampoco. En algún momento, la madre dice "ella", y solo así me entero de que es una nena. La de tres o cuatro es más inquieta, pero tampoco jode mucho. A veces se levanta del asiento, y en una de esas veces le da un beso a la bebé con esa forma que tienen los niños de expresar el cariño repitiendo ampulosamente la imagen que ven a diario. El beso es en la boca.
Antes o después de eso, el señor se queda dormido, y el resto del grupo familiar ya no charla mucho entre sí. Cuando finalmente termina la letanía de mi viaje en el tren lento y tengo que bajarme en la estación provisoria, que me deja tres cuadras más lejos que la otra, ellos siguen su viaje y su historia familiar. Quizá algún día encuentre la continuación en Youporn.

Qué forro que sos, Molina

Hace unos años, no sé cuántos, pero seguro que ya son bastantes, algún link me llevó al blog de Ignacio Molina, y allí, entre varios posts, di con el que anunciaba la presentación de tres libros. Uno de ellos era del propio Molina; otro, el de un psicólogo que me había atendido en un hospital público tiempo antes.
La sorpresa al leer su nombre y su apellido me devolvió al primer plano de la memoria las anécdotas emblemáticas de esos cuatro meses de tratamiento, veinte minutos cada "encuentro", y dejé un comentario donde me preguntaba si parte del libro no habría surgido las veces en que el profesional me decía "seguí hablando" mientras apretaba con infructuoso disimulo las teclas virtuales de su celular debajo de la mesa. ¡Tal vez no estaba mandando mensajes de texto, tal vez estaba tomando notas para que la inspiración no pasara sin quedar fijada en algún soporte!
Molina, en un solo gesto, demostró ser un pobre pelotudo. En el gesto de no aprobar mi comentario. Un pobre forro pelotudo y un cerdo corporativo con irrefrenable voluntad de deidad y síndrome de dedo cliqueador, que no quiere que se conozca esta característica del psicólogo escritor que publica en la misma editorial que él.
Con los años comprobé la constancia de su pelotudez. Por ejemplo, al leer declaraciones periodísticas en las que afirmaba que "la lección de historia que nos dio el kirchnerismo fue fundamental" y que "el kirchnerismo debe ser una etapa superadora del peronismo", o en las que directamente justificaba el delito: "Creo que para cruzar el río hacia la orilla más limpia primero hay que embarrarse los pies (…) Reconocer las zonas oscuras del kirchnerismo es también reconocer las zonas oscuras que uno puede tener como ciudadano, ex marido, novio, padre, hijo o trabajador".
No es difícil pensar que en otro contexto histórico, en aquel donde las armas estaban al alcance de la mano y se repetía con una liviandad pasmosa que el poder sale de la boca de los fusiles, Molina fácilmente habría encontrado en sus zonas oscuras una explicación para ensuciarse no con barro, sino con sangre.
En el tiempo corriente no hace falta de la imaginación para saber su índole. Enumera las "medidas positivas" del gobierno anterior y detalla: "La Asignación Universal por Hijo, la estatización de las jubilaciones, los trenes, YPF y Aerolíneas, el matrimonio igualitario, la derogación de la ley de flexibilización laboral…".
¡¡Los trenes!!, dice el hijo de puta, y no hace ni una mención rescatada de sus zonas oscuras sobre el estado de los trenes, que terminó con la masacre de la estación Once y que había dado varios preavisos en el Mitre, el San Martín y el mismo Sarmiento.
(¡¡La estatización de las jubilaciones!!, dice el tarado, y avala que el Estado se apropie de tus aportes para pagarles a los conductores de 678 o para gastarlos en lo que sea. Y, lógicamente, ni siquiera llega a cuestionarse la existencia de ese esquema Ponzi que son las jubilaciones. ¡¡YPF!!, dice el infeliz… Sí, ese chistecito de Kiciloff del cual tuvo que hacerse cargo este gobierno. Etcétera).
Pasaron los años. Yo, en noches de insomnio, sigo dando vueltas por los blogs que quedan, y de nuevo el Algoritmo Mayor me lleva al blog de Molina. De ahí hay apenas un paso al recuerdo de aquel comentario desaprobado. Busco el post, encuentro, de nuevo, el nombre del psicólogo y la ausencia de mi comentario, y lo escribo otra vez. Y el pobre pelotudo de Ignacio Molina vuelve a desaparecerlo, como otros desaparecieron la inflación o la pobreza. En su oscuro y minúsculo espíritu kirchnerista, lo que no se ve no existe. La masacre de Once no existió, la plata de las jubilaciones no se la fumaron, los muertos de La Plata fueron solo cincuenta, el psicólogo no me boludeaba…
Ahora, si gana Fernández, como parece que va a ganar, seguramente volverá al ataque, sintiendo reivindicadas sus ¿ideas? por el resultado electoral, con más declaraciones de ese estilo. Y apostaría a que además pega algún carguito y termina como funcionario.