domingo, 6 de noviembre de 2016

Qué desperdicio de lugar romántico



Cada minuto es un minuto menos

La movilidad del teléfono está sujeta al largo del cable. Ahora reposa en el piso, junto al sillón donde hago tiempo viendo tele. Hasta que suena. Finalmente, suena. Sé que sos vos. Ya llegaste. Tu voz, escueta, me lo confirma.
Como dejé todo preparado, sólo tengo que agarrar las llaves y salir. Antes de llegar a la primera esquina, me descubro corriendo. Las cuatro cuadras que hay entre mi casa y el bar donde nos vemos siempre son la pantalla vertiginosa de un jueguito donde debo esquivar mutantes que aparecen de la nada con formas de gente lenta, perros y baldosas partidas.
Viniste corriendo, decís cuando llego. No sé si lo notaste por el ritmo de mi respiración o por el tiempo que tardé. Te respondo con un verso de Javier Martínez y con una cuenta: si vengo caminando son cuatro o cinco minutos más, son cuatro o cinco minutos menos con vos.
Con la parsimonia que muestran las cosas cuando uno viene de otra velocidad, creás un lago de café entre la crema. Sus bloques blancos son témpanos bonsái que se disgregan en el borde del pocillo o junto al marco de tus gafas, donde veo su reflejo.
Mientras, se normalizan mis parámetros cardiorrespiratorios y trato de dilucidar si ese pique fue una manifestación de mi ansiedad o una forma de decirte lo importante que sos.

Ahogo

Desde hace unos años es tradición que, al final de una infección de las vías aéreas superiores (como no tengo médico, no tengo diagnóstico; pero será algo del palo de las anginas, faringitis, algo así), luego de la fiebre y los chuchos de frío y la nariz chorreante que puede consumir un rollo entero de papel de cocina, cuando todo eso pasó y sólo queda una fábrica de poxi-ran a expulsar de mi pecho, me despierte en un ahogo más o menos (o muy) intenso.
Repentinamente, el sueño se interrumpe, y me descubro revolviéndome en la cama, en busca de que algo de aire pase por una garganta momentáneamente fuera de servicio. A veces, la respiración se normaliza rápido, pero a veces cuesta más. Y a veces cuesta mucho, y parece que no se va a normalizar, y, por algún motivo primal que desconozco, salgo de mi pieza con la compañía del sonido horrible del ahogo. Alguna vez me desperté en el pasillo que lleva al baño, y el día más heavy terminé en la puerta de casa, que está en la punta contraria a la de mi habitación.
La experiencia –y la guardia del Hospital Francés, que aún existía cuando esto sucedió por primera vez– me hicieron saber que nebulizarme con solución fisiológica antes de dormir reduce notablemente el riesgo de que suceda. Así fue hasta este año, cuando las nebulizaciones no alcanzaron y algo viscoso, leve pero irreductible, me cerró la garganta de nuevo, pese a los veinte o treinta minutos perdidos con la mascarilla antes de dormir, la cual me hace sentir un viejo o un niño.
Esta última vez, la solución, made in personal de Farmacity, fue un antihistamínico. Esta última vez, quizá porque mi intuición respecto de lo que iba a causar la muerte de mi padre finalmente se comprobó en la realidad, flasheé con la forma en que me voy a morir yo. Me voy a morir tratando de respirar.
El otro día sucedió de nuevo. Pero sin ningún malestar respiratorio que lo justificara. Dormía sobre mi lado izquierdo, en una de las posiciones incómodas en que duermo para que no se me salgan los imprescindibles tapones de los oídos, cuando, de pronto, inesperadamente, me había despertado y respiraba tan dificultosa como ruidosamente. Lo de la dificultad lo reconstruí luego, porque en ese momento no estaba en condiciones de saber si entraba algo de aire o no. Más tarde entendí que no podría haber estado sin respirar durante esos incontables segundos que quizá hayan sido un par de minutos, hasta que el ruido fue mermando y el aire comenzó a ingresar cada vez más normalmente.
Solo sé que me puse un pantalón, tal vez aún sin despertarme, y abrí la puerta y salí de la pieza, pero el recuerdo comienza cuando aparece la luz que entra por el ventanal del living. En el límite del pasillo quedó un tapón de silicona, el cual me saqué tratando de respirar (?), como sucede cada vez que me ahogo, como si el aire que circula por el oído fuese vital. Llegué hasta la puerta de calle, retrocedí un toque y entrando a la cocina me metí los dedos en la garganta buscando desatascar mecánicamente algo que no sé si estaba atascado. Que no sé qué era.
Después volvimos, el sonido, la desesperación y yo, a mi pieza, y agarré las llaves, como si fuese a salir. Pero ¿a dónde podría ir? ¿Qué podría hacer? ¿Tocarle el timbre al portero, como la vez de mi primer ataque de pánico, cuando no estaban de moda los ataques de pánico, cuando casi nadie los conocía? ¿Llamar al SAME, que no vino cuando me desmayé, cortesía __de una varicela que me hacía orillar los cuarenta grados de temperatura y me había desfigurado hasta transformarme en un monstruo medieval? ¿Caminar las ocho cuadras hasta el hospital con ese estertor desesperante en la garganta? Y después, sí, claro, esperar que me atiendan en la guardia, qué buen chiste…
Ya ni recuerdo si logré dormirme de nuevo o no cuando todo pasó. Lo que es seguro es que desde ese día, hace quince días, no puedo dormir sin el temor de que se repita. No puedo dormir sin ropa, como suelo hacerlo, porque alguna vez pasó que salí por la casa en bolas, y, oh, el pudor. La mayor parte de las veces no me acuesto, sino que emprendo el sueño con la cabeza un poco erguida, apoyando la almohada en parte contra la pared y en parte contra la mesita de luz, que está detrás de la cabecera, y con las horas me voy deslizando lentamente en el colchón hundido y me reviento aún más las cervicales. Casi no duermo del lado izquierdo, mi lado favorito, porque de ese lado dormía cuando sucedió…
Al esfuerzo que habitualmente me insume descansar, ahora le sumamos esto. Y entre una cosa y otra, y los vecinos gritones y mi insoportable ritmo circadiano y los dentistas que atienden a la mañana y bla bla blablá, llevo una larga racha de días casi consecutivos sin poder descansarme.
Tal vez siga así hasta que me vaya olvidando, o hasta que vuelva a ocurrir. Más o menos como sucedió con los ataques de pánico, ja.
Todo eso pasó y no se lo dije a nadie. No se lo pude decir a nadie. No sabría a quién decírselo. ¿Cómo es que uno cuenta las cosas que le pasan? Ni siquiera puedo decírselo a un médico, porque no tengo, y, si lo tuviera, pensar en cómo referir lo sucedido, y la rutina análisis/próxima-visita, se me hace muy desalentadora. Casi tanto como pedir turno y tratar de acomodar mis horarios a ese momento.
La persona a la que más veces vi en el año es mi dentista, y claramente no da salirse de los temas profesionales, más allá de algún comentario risueño que trato de colar buscándole una risa más. (Porque me gusta cuando se ríe). (Porque me gusta). Eso si contamos a gente con la que hay una mínima comunicación, un poco de ejercicio de sociabilidad. A la señora que corre en la plaza a la misma hora que suelo ir yo la vi más veces, pero nunca nos dirigimos la palabra. Así que no la cuento. Tampoco a mi madre, con quien no tenemos mucho diálogo; y, cuando lo hay, claramente no es productivo, percudido por su manera de hablar, irritante y berretamente optimista, nada confiable por sus deliberadas vaguedades y tergiversaciones. Y por sus mentiras.
La última vez que hablé con alguien fue el otro día, con la cantante de mi banda favorita, luego del show, un breve intercambio que comencé yo, para preguntarle si me podía llevar la lista de temas como suvenir y en el que alcancé a decirle cuánto me gusta su banda y que esa noche habían sonado más potentes que la vez anterior. Ella me desmintió rápida y demoledoramente, diciendo que le parecía raro lo que le decía porque para ella habían sonado mucho más ajustados.
Tan idiota me sentí que no pude decirle la simple razón de mi comentario: ey, Ro, tu baterista me estaba dejando sord@ con el tambor, me tuve que ir al fondo de ese sótano habilitado no sé cómo porque literalmente me lastimaba. (Después, o mi oído se acostumbró o algo se acomodó en el volumen, y se me hizo tolerable). En cambio, traté de agarrarme de alguna palabra de ella para esquivar el ridículo en que me dejó, en el que me hundía ya hasta la nariz, y balbuceé algo parecido a que tocar varias veces en el mismo lugar permite sonar mejor porque ya sabés cómo suena.
Y por días, unos días menos que los de las consecuencias del ahogo, pero unos cuantos días, no pude mirarme al espejo. Más o menos como cuando rompí un vaso con un ademán grandilocuente en la cena de Nochebuena a la que me invitaron el año pasado. Días deseando que se disuelvan los espejos y la memoria. Al menos, que desaparezca esa prolongada combinación neuroquímica horrenda y vergonzante que quedó petrificada como la imagen que permanece en la pantalla cuando apagás el televisor. Y que en algún rincón de mí quedará, sedimentando, indeleble.
Eso cuando digo algo, cuando puedo decirlo, que, si no, vuelvo caminando de un recital –de tres recitales– a la una y pico de la mañana, con la única compañía de las palabras que me digo, total, no hay nadie en la calle y puedo hablarme en voz alta. O quedo sabiendo cuándo es el cumpleaños de alguien (porque le dediqué un profunda stalkeada, que se reveló incompleta, pues en ella no encontré mención alguna al novio que, el otro día, dijo tener), pero sin poder decirle "feliz cumpleaños" porque nunca llegamos al lugar donde uno le dice a otro cuándo cumple años.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Hay cadáveres (versión vegana)

En las calles, bajando de camiones, hay cadáveres.
En los negocios, en sus vidrieras, iluminados
con luces rosas,
hay cadáveres.
En los supermercados, en la parte más fría, hay cadáveres.
En los restoranes, en los bares,
en sus menúes hay cadáveres.
En tu casa
hay cadáveres.
En tu plancha, en tu horno,
en la heladera –en el cajón de abajo–
hay cadáveres.
En los camiones atestados y hediondos que cruzás
en la ruta, aunque todavía respiren, hay cadáveres.
Cuando cae la maza y el sismo vacuno signa la zona,
cuando su energía queda allí,
suspendida, atiborrando el barrio,
hay cadáveres.
Aunque tercerices la muerte para
no cargar tu conciencia con el gemido
postrero, hay cadáveres.
Cuando la hija de mi dentista encuentra
una vaca en su libro
para dibujar animales y yo le digo
"¡uy, un churrasco vivo!"
es para que vaya sabiendo que
hay cadáveres.
En el alimento de tu mascota –a la
que seguramente hiciste
mutilar– hay cadáveres.
En el aroma seductor de las parrillas,
en el asado del domingo, con todos tus amigos, en toda
tu familia hay cadáveres.
En tu aliento, en tu postura, en la acidez de tu pH
hay cadáveres.
Entre dos panes hay cadáveres.
Entre tus dientes hay cadáveres.
Manjares, minutas, bodegón
para tacheros fafaferos, recetas de autor, acompañados
por hojas verdes, en canal Gourmet, hay cadáveres.
En tu boca hecha agua, en tu atareado estómago, en un recodo
de tu íleon,
en tu yeyuno hay cadáveres.
En tu producción de adrenalina,
en la resistencia
a los antibióticos,
en el sabor de tu entrepierna jugosa
hay cadáveres.
Entre las letras ínfimas que disimulan
los ingredientes de las Cerealitas, hay cadáveres.
En la uña del rabino hay cadáveres
kosher.
En el vientre de la vaca a la que le sacás
el vacaray… cadáveres.
En las dificultades que tengo cuando podría ser una opción
invitarte a comer, entre otras cosas
hay cadáveres.
Decapitados por el de Café San Juan, que echa
su sangre caliente, aún palpitante, en un tacho
para hacer morcilla y que, sin embargo, sucumbe
ante el tabú de la muerte y no
los muestra en cámara, hay cadáveres.
En ese templo de los niños coronado por arcos dorados
donde la felicidad viene en caja, hay cadáveres.
En la pizza de anchoas que me voy a comer en un rato, hay cadáveres.
En tu plato, en tus ojos,
en tu deseo…
En tu vida, indispensables, hay cadáveres.

jueves, 21 de julio de 2016

Cerrar

Hacía varias decenas de fotos que la cámara anticipaba su final. Expandía el zoom con normalidad, pero en el momento de retraerlo solía trabarse. Algunas veces conseguía su cometido en el segundo o en el tercer intento; otras, yo trataba de ayudarla con un dedo, presionando con la fuerza justa, ni mucha ni poca. Y hubo ocasiones en que sus tres intentos predeterminados resultaban insuficientes. Entonces, se apagaba con el objetivo a medio encoger, y había que volver a prenderla. El problema radicaba en que, cuando lo hacía, la guacha no se quedaba encendida: estiraba el zoom por completo y de inmediato buscaba cerrarse nuevamente.
La tarde fatal, como varias de las anteriores, se trababa todos los tiros, y no sólo a veces. Yo sabía que estábamos en tiempo de descuento. Sin embargo, como casi siempre que uno sabe lo que va a pasar, y aunque sepa que va a pasar pronto, cuando efectivamente sucede te agarra un poco por sorpresa.
Al encontrar una escena interesante, la saqué del bolsillo y la prendí, porque, en teoría, luego de la última foto se había retraído y se había apagado sin novedad. Pero ella procedió como si hubiera estado mal apagada: se encendió, estiró el objetivo y, acto seguido, se apagó y trató de retraerlo. Sus tres intentos fueron vanos, mi ayuda digital (es decir, con el dedo) también fue inútil. La encendí otra vez, en el apuro que imponía esa escena urbana, seguramente irrepetible, a punto de desintegrarse.
Volvió a expandirse, volvió a tratar de cerrarse, volvió a trabarse en cada intento, y, mientras el semáforo cambiaba de rojo a verde y la escena quedaba capturada solo por mi memoria, mi dedo presionó con fuerza, cada vez con más fuerza, con toda la fuerza de la frustración. Aun así, fue en vano. Las capas del zoom se retrajeron casi hasta el borde, pero sin cerrarse totalmente, y sin cerrar la pestaña que cubre la lente, y quedaron trabadas en esa posición. Dos o tres o tal vez cuatro veces la encendí en esa misma esquina expuesta, y otras tantas debí apagarla porque seguía trabada, y ya ni siquiera se expandía, pese a que lo intentaba.
La frustración y la certeza de que finalmente había llegado su final me hicieron golpearla contra una pared donde me apoyaba. Pero le pegué a una chapa medio floja que la cubría, y el golpe, entonces, no fue seco ni contundente, diría que ni fue un golpe. La guardé en el bolsillo, porque al haberse retraído casi por completo, cabía perfectamente allí, como si estuviera cerrada, y emprendí el regreso. Un par de cuadras más adelante, probé de nuevo, al abrigo de unos policías que daban cierta sensación de seguridad en ese cruce multitudinario. Y otra vez fracasé.
En casa lo intenté dos o tres veces más, y por intento entiendo cada serie de tres o cuatro o cinco prender y apagar en vano. Apenas llegué, y más entrada la noche, y quizá otra vez más después de cenar. Una de esas veces le pasé cuidadosamente la punta de una aguja por cada una de las partes que se superponen y que no sé cómo se llaman, por si la presencia de algún mínimo objeto entorpecía su movimiento. Lo había hecho cuando comenzó a trabarse, y creo recordar que la alivió un poco, pero esta vez no funcionó. Incluso se me ocurrió buscar en Internet, y los tutoriales que encontré en Youtube fueron tan insufribles como improductivos.
Ya está. Ya fue. Qué le vamos a hacer. Cuando la compré, no sabía de su menos que mediocre calidad, pero sí tenía claro que no iba a durar demasiado: que más o menos pronto se iba a romper o me la iban a robar. Pasó lo primero. Listo.
Sin embargo, antes de irme a dormir, la ansiedad y la inquietud vencieron, y volví a probar, tratando de ayudarla con la mano a extenderse, casi como con fórceps. Había quedado muy al ras, y se hacía difícil la manipulación con el borde de los dedos porque apenas quedaba espacio de donde agarrar. Después de algunos intentos, conseguí que se extendiera un poco. Ya era más fácil de manipular, así que seguí prendiendo y apagando, hasta que se desplegó por completo.
Ahora faltaba que se apagara correctamente. Acompañándola con el dedo, lo logré en el primer intento. Y la paz que me sobrevino fue reveladora. En realidad, era lo mismo si quedaba abierta o cerrada porque estaba muerta, o casi. Como mucho, cerrarla habilitaba la posibilidad de sacar unas pocas fotos más. De hecho, podría haberla tirado a la basura en ese mismo momento, luego de cualquiera de los intentos infructuosos. O podría tirarla ahora mismo, cuando ya sé que algo se dañó en el forcejeo porque las fotos que saqué después salieron mal, zarpadas de luz y con círculos-no-circulares concéntricos parecidos a una huella digital.
No importa si no la voy a poder usar más, si perdí la única cosa que me daba ganas de salir a la calle a veces. No sé cuándo voy a tener otra, y tampoco sé si quiero tener otra, porque me permitiría seguir dándole más tiempo del que me parece razonable a un hobby, a un pasatiempo con el que ocupo demasiado tiempo. Alcanza con ese logro, que tuvo algo poderoso, no tan divertido como la imagen de alguien maldiciendo por no tener las uñas largas mientras trata de estirar un zoom, algo tremendamente poderoso e iluminador, algo que intuía desde hace mucho tiempo y que este hecho confirma: las cosas necesitan un final.
Ojalá pudiera cerrar todas (¡algunas!) las cosas que quedan abiertas.

Outside


No tengo MP3 (el que me regalaron se rompió hace rato)

Tampoco tengo celular. Entonces, la música suena en el aire. O en la cabeza.
Kanishka, de Los Brujos, en Santa Fe al tres mil y pico, yendo al hipódromo. O viniendo. Mientras Déborah De Corral asombraba desde los afiches de su primera tapa de Gente.
Mother of Earth, de los Gun Club. En el 165 por Pavón o en el 11 por Alsina. Un casete, un walkman, alguna noche de 1986. Una vida que no viví.
I've changed, de Fenton Robinson, en Corrientes casi Medrano, donde había una disquería, en el tiempo en que nos comprábamos discos. De blues. (Pero no lo compré: me llevé "Alone & Acoustic", de Buddy Guy y Junior Wells, 22 pe = 22 dólares).
Irresponsables, Babasónicos. Con Ayrlín, en una habitación del pasillito, la última vez que alguien me tomó la cara con las dos manos.
Palo, Río Reconquista, debajo de la bola de espejos del Caff. Miré hacia mi derecha y había alguien. Conmigo. Y tomó otro sentido eso de que "se empieza a ver cielo celeste detrás de las nubes grises". (Esa noche fue tan prometedora que no se imprimió en la memoria con la estridencia puntiaguda del papelón el momento en que me di vuelta y con un ademán descontrolado les tiré la botella de cerveza a los tres chabones que compartían la mesa con nosotros… Oh, esos lugares de mierda donde hay que compartir la mesa –oh, sus sillas semidesfondadas–; oh, esa supina torpeza tan mía y mi falta de reflejos para decirles "te la pago").
Lo artesanal (¡sí!, Viejas Locas por acá). Cualquier mediodía volviendo de la fuckultad, una pared escrita con liquid paper a la vuelta de la aceitera, mucho antes de que existiera el Konex, de que esa calle se transformara en un camino para ir al Konex. (Pero generalmente no para venir).
La de Rocky, la original, la de Bill Conti, en un taxi, una noche de hace décadas. Un niño fascinado con esa música desconocida, mientras Caffarelli relataba por Rivadavia una pelea de Palito Magallanes y decía una de sus frases memorables: "Le sacude la cabeza como el badajo de una campana". Comentaba García Blanco, y Walter Nelson hacía algunos rounds de la de semifondo.
No es conveniente, de Sué Mon Mont, todo el tiempo, en cada calle.

Estos recuerdos son muy Olga

Apenas te distingo, fragmentario
de tan lejano y tan pequeño.
Un poco de memoria y otro poco de sueño
te ven reconstruyendo en un plano arbitrario.

La casa amplia tenía
rejas en las ventanas y la luna tras ellas.
Después la galería
y un tapial erizado con vidrios de botellas.

Una tarde llovió con sol. Qué vieja y nueva
esa lluvia de otro, y con cuanta alegría
cantaba yo: “Que llueva, la vieja está en la cueva”.
Así sigue lloviendo en mi alma todavía.

Fuera del pueblo, en casa de una vieja.
Una pala de sacar pan. Un horno. Otro chico. Algún juego.
La vieja que pitaba un cigarro de chala.
Recuerdo bien la mano, el cigarro y el fuego.

¿Y algo más? Una fiesta junto a un río.
La gente alegre, el viento a toda orquesta.
Debió ser una fiesta muy triste aquella fiesta
pues mi madre se puso a llorar de repente.

(Un pañuelo de seda, cuadriculado, el río,
mucha gente en el aire y un sol amarillento
coches. Gente cantando. Y nada más. Dios mío,
y nada más que el sol, las lágrimas y el viento).

Ah para siempre inmóviles recuerdos tan remotos
que no sé si son míos, si ciertos o de fiebre.
Tengo miedo al tocarlos porque están casi rotos
que éste se me deforme y el otro se me quiebre.

(“San José de la Esquina” * Ezequiel Martínez Estrada)

domingo, 5 de junio de 2016

La insoportable dictadura macrista

Pocas semanas después del cambio de gobierno circuló ampliamente por las redes sociales una foto en la que se veía a unos policías bonaerenses requisando a pasajeros de un colectivo comunal de Almirante Brown, a los cuales habían hecho descender del vehículo. Los epígrafes que acompañaban la imagen al ser subida a Facebook, a Twitter o a algunos blogs ahora opositores la situaban temporalmente en esos primeros días de la gestión de Patricia Bullrich como ministra de Seguridad de la Nación y pretendían demostrar con ella el clima represivo que comenzaba a respirarse debido al nuevo gobierno y su decisión de implementar la “emergencia” en seguridad pública.
La foto y la info me resultaron tan shockeantes como creíbles, y un par de veces que fui al conurbano por esos días llevé el documento. Debo decir que lo shockeante puede deberse en buena medida a que no tomo ese colectivo comunal, ni el 158 cuando pasa por Villa Jardín ni el 295 cuando pasa por Villa Sapito. Si frecuentara esas líneas, o tantas otras, seguramente mi temor no pasaría por la yuta pidiéndome documentos.
Este fin de semana, boludeando por Facebook, encontré de nuevo aquella foto. Publicada ¡en 2014! Aparecía, reposteada, en el muro de un chofer que trabaja en líneas cuyos recorridos pasan por La Matanza, capital nacional del homicidio de colectiveros. El bondi-driver, con la experiencia que le da el cotidiano tránsito por esas calles, y habiendo pasado por el mal trance de que un pobre joven sin oportunidades le pusiera un revólver en la cabeza, obviamente estaba a favor de los controles policiales.


Así que sólo se trataba de una más de las tantas patrañas que desde hace años propaga el exoficialismo por esos medios para instalar pequeños mosaicos de su famoso relato, el cual ahora pasa por alimentar la idea de que vivimos en una cuasi dictadura (tal como hace, por ejemplo, el hijo de Carlotto en su cuenta de Twitter).
Algo similar sucedió cuando Bergoglio fue elegido Papa –es decir, cuando aún gobernaban– y difundieron la foto de un cura dándole la comunión a Videla. Pretendían que se trataba del flamante pontífice, pero rápidamente se demostró que no era el futuro San Francisco de Buenos Aires. Muy poco más tarde, igual de rápido, quienes detestaban y agraviaban al “cómplice de la dictadura” se alinearon detrás de él y lo reivindican cada vez más intensamente.
Lo mismo cuando hicieron circular un burdo fotomontaje en el que pegaron la cara de Mauricio Macri sobre el cuerpo del participante de una reunión con el entonces ministro Martínez de Hoz. O con la supuesta misa por los tres años de la muerte de Videla o con la cantinela de la censura en los medios, la cual me resulta un poquito desmentida por el diario machacar destituyente de Crónica TV y C5N, por el programa que Hebe de Bonafini conserva en Canal 7 o por las tristes y apolilladas pelotudeces de Adrián Paenza…
O con una de las últimas, según la cual la autodenominada modelo erótica Connie Abba está de novia con un funcionario del actual gobierno, el cual le consiguió un muy bien remunerado empleo en Aerolíneas Argentinas. Por cuentas opositoras de Twitter y Facebook se reprodujo la información, como también por los blogs K, esos que una semana antes del espanto de Once decían que el ferrocarril Sarmiento funcionaba tan bien que parecía de otro mundo.
Cuando vi la noticia, recordé unas fotos de esa chica en las que aparece jugueteando con diversos vegetales fusiformes cerca de varios de sus orificios corporales, las busqué en la web, las encontré y me indigné un poco. Seguí buscando y pronto di con sus desmentidas y con la ausencia de cualquier papel que confirmara la especie. En mi inocencia, dejé un comentario en uno de esos blogs opositores para decir que es no era cierto. El blogger K rápidamente borró el comentario. Se lo dejé de nuevo, y lo volvió a borrar. Así tres veces, no sea cosa que alguno de sus fieles lectores dude y surja una fisura que conmueva el entramado de mentiras que les permitirá recuperar el poder. Por la fuerza, si es necesario, como adelantan, excitados.
Es curioso el comportamiento de quienes dicen pretender nuestro empoderamiento mientras nos engañan y nos toman de boludos. Tan curioso como ver la forma en que, por interés ideológico o económico, por un creciente mix de delirio místico e histeria colectiva o por miserabilidad congénita, se multiplican esos inventos.
Lo que logran en mí no es más que el descrédito. Y así, cuando tiran cifras sobre el Conicet o los presupuestos universitarios y las dificultades para pagar la luz o cuando mencionan que el gobierno bonaerense manda comida en mal estado a los comedores es como si escuchara a los que hablan de que hubo una devaluación del 60% o a los que dicen que Lázaro es Macri, es decir, los mismos que dieron la primicia de que Scioli era presidente y Aníbal Fernández, gobernador. Hablando de Roma, el monarca se suma al delirio y manda a su más impensada vocera, la que para mantener sus prebendas se alía con su viejo enemigo, a decir que esto se parece al 55. ¡Ojalá! Así sale una buena quema de iglesias…

La imagen de estar acompañado

Momentáneamente separados por la estructura tubular que reduce y bifurca la vereda de Corrientes, paso por el espacio unipersonal que queda bajo los andamios. Ella, que siempre prefiere caminar a mi derecha, va casi por el cordón de la vereda.
Tres pasos después del final del laberinto sencillo de caños celestes está la bocacalle. Mi golpe de vista busca al muñequito bicolor del semáforo y encuentra al volantero de un prostíbulo –que ya me registró–, el mínimo movimiento de sus dedos índice y pulgar con el que separa el pequeño rectángulo amarillo que está en el tope de su mazo.
La disolución de la distancia, una mirada, tal vez una palabra le hacen notar de inmediato que caminamos juntos. Entonces, mi visión periférica capta plenamente la consecuencia: el momento exacto en que su brazo cubierto por un pulóver y una campera tan oscuros como esa esquina de la noche afloja la tensión necesaria para extenderse y ofrecer sus improbables placeres de privado. Y espera al próximo probable prostituyente.
La imagen de estar acompañado no es (solamente) verla. La completa ese ademán interrumpido, es decir, verme visto, al fin, por una vez, diferente en otros ojos.

Pastilleros

Tocan Las Pastillas en Ferro y el tren se llena de veinteañeros con destino Caballito. Van tranquilos, sin cantar ni hacer quilombo, en pequeños grupos que no interactúan entre sí. Juego a identificarlos, sobre todo a los que no usan remeras rockeras. Por ejemplo, ese que está sentado en uno de los asientos de enfrente, junto al fuelle, claramente va al recital pese a que su vestimenta y su aspecto son un toque más formal que los del resto. Lleva una lata de Quilmes, de la que bebe hasta que aparece un rati mala onda y le dice que no se puede tomar en el tren, que la tire en la próxima estación. El pibe, lo más tranca, le hace caso.
Ahora, estos tres, que van juntos, quedan junto a la puerta. Un chabón flaco y alto, con barba ligera, y una rubia de flequillo y remera gris de Cjs, que andarán por los veinticuatro, y una chica, más alta que la otra, más joven, tal vez diecinueve, vestida como para un un recital… en un teatro y con butacas. Él le tira un par de besos mordiscos a la rubia, y pienso que en cualquier momento también va a tratar de alcanzar la boca de la otra, pero no.
En la estación siguiente se liberan algunos asientos y la rubia se sienta a mi lado. El chabón, justo atrás de ella. La otra mina queda más lejos, del otro lado del pasillo. Cjs' girl agarra el teléfono, y el pibe aprovecha para mandarle una foto. Ella acomoda sus Topper verdes de lona en los huecos verticales de la mampara que separa el asiento de la puerta, y me asombra que sus pies quepan allí. Al rato guarda el celular, se queda en silencio, y rápidamente noto que está durmiendo. Le envidio la química de su cabeza, que le permite dormirse tan pronto y en un ámbito tan poco favorable, y porque una siesta mínima, de dos estaciones, parece que le dará un descanso significativo.
En un momento el chabón la empieza a joder, tocándole al brazo repetidamente. No sé qué quiere, pero la despierta. Ella no lo putea, ni siquiera se enoja: le reprocha ligerísimamente diciéndole que estaba durmiendo, cambian unas palabras y reconcilia el sueño. Ahora lo que me asombra es que ella no lo mande a la mierda. No una mandada a la mierda definitiva, un enojo grande; pero esa desconsideración por el otro, por el intento del otro de llegar en mejores condiciones al recital, merecería un reproche contundente. Tal vez porque lo veo más allá del hecho en sí (y el hecho en sí tiene su miga: si no llego a pasarla plenamente bien porque me faltó ese descanso, ¡la concha de tu madre, chabón!), como la forma ocasional en que se manifiesta una desconsideración más grande.
Muchas veces, seguramente la mayoría, no sé qué tengo que hacer, pero algunas cosas sé que no tengo que hacerlas. Impedir el disfrute de quien pudiere estar conmigo, por ejemplo, ni en chiste, ni un segundo. No quiere decir que lo logre siempre, no quiere decir que me dé cuenta siempre de las cosas. Pero, en una situación así, seguro que no me equivocaría, que no sería tan desubicado como el boludo este.
Che, rubia, yo no te haría eso. ¡Oh, sí!, ya sé: no es lo que te mueve el amperímetro. Aparte no me gustan Las Pastillas (bah, nunca los escuché) ni Cjs.
Los veo bajar en la estación, perdiéndose entre los muchos que van al recital y la oscuridad del andén. El chabón, que es más alto y más joven que yo, y más flaco, y más canchero, y que tiene más suerte, camina con tranco relajado y sonrisa ganadora. Capaz tiene tanta suerte que esa noche consigue trío.

Videos que no están en Youtube

No sé cuál de todas las pelotudeces que hizo últimamente Dady Brieva (sugerir la matanza de gatos con albóndigas que contengan vidrio molido, quejarse de que no le bajaban línea sobre qué decir tras la derrota electoral, el video antimacrista en el que aparece vestido de policía) me hizo recordar su lamentable programa donde se burlaba de los niños y en especial el episodio, ileso de la condena social, en el que le pidió a una nena de aproximadamente 4 años que le mostrara la bombacha a cambio de mostrarle él su calzoncillo.
Lo busqué en Youtube para tenerlo presente, pero no lo encontré. Google me confirmó que había existido presentándome algunos resultados para mi búsqueda. Entre ellos, la nota en que una periodista de Clarín lo minimiza escandalosamente y uno donde agregan el detalle de que en principio la nena se negó al pedido argumentando que a su madre no le iba a gustar que hiciera eso. Entonces Brieva le dijo que la mamá no se iba a enterar porque ni él ni ella le iban a decir nada.
Al no encontrar el video no puedo confirmar la exactitud de la cita, pero, de ser cierta, la apelación al secreto, proponiendo que nadie se entere de lo que sucede en esa relación tan asimétrica, saca al hecho del lugar de posible exabrupto desafortunadísimo para dejarnos frente a alguien que no sólo realiza actos catalogables como abuso, sino que también usa las mismas estratagemas de los abusadores…
Además de ese, en Youtube faltan, no sé si casualmente, otros videos de momentos televisivos que recuerdo haber visto.
El de Tinelli revisándole la boca a una de las aspirantes a “novias” de Ricardo Fort, para ver si le faltaba algún diente, como si fuese una esclava del siglo XVIII.
El de Pérsico en el programa de Polosecki, mucho antes de soñar con ser funcionario o con visitar al Papa, admitiendo que participó del ataque a la casa del número dos de Martínez de Hoz, Walter Klein (porque el Proceso era tan “antisemita” que tenía funcionarios judíos (?)), y trató de matar a su familia entera, incluyendo a sus cuatro hijos. Cosa sobre la que ahora prefiere no responder cuando le preguntan.
El de Sofía Gala en el programa de Susana, reclamándole a su madre por que cuando tenía 8 años le daba besos en la boca, de lengua, hasta la garganta.
El de Rial diciendo la misma frase que siempre se le recuerda a Eduardo Feinmann –pero nunca a Rial–, “uno menos”, para referirse, con satisfacción, a la muerte de un ladrón abatido por la policía tras una toma de rehenes en Villa Ortúzar, allá por 2000.

Cuando fui una rubia linda de ojos claros

Decí que se rompió el cable de la notebook y no la puedo usar más en la cama, porque, si no, me levantaría muchísimo menos. O directamente no me levantaría. Al menos, por varios días. La misma cantidad de días en que no salgo a la calle, quizá.
A veces me tienta demasiado la fantasía de quedarme en la cama para siempre y ser no un Onetti, sino una gorda come-pan, y que no me importe más nada. Y cuando se acabe la guita, la propia o la de quien me paga la casa y la comida, bue, veremos… Tarde o temprano todo se va a acabar. Incluso nosotros.
Cuando pienso en eso, veo que todo lo que uno hace es para los demás. Para unos "demás" tan inexistentes o impasibles como improbables. Arreglarme los dientes fue para los demás. Yo vivía lo más bien con mis dientes rotos. Y los arreglos que hicimos no trajeron una sensación de mejora significativa. Ir a correr es para tener un poco más de aire en el momento de coger. Es decir, para los demás. (Oh, sí, coger: eso que lleva cuatro meses sin suceder, y el día que va a suceder no puedo llegar porque los hijos de puta estudiantes universitarios cortan las calles para reclamar la misma gilada con que agitaban en 1998. Claro, el público se renueva, y las nuevas generaciones vuelven a comprar el show militante de la FUBA).
No ser una gorda todo mal es para los demás, para no llegar a ese nivel de incogibilidad, para que eso no se sume a la edad, ponele… Pero si siempre fue tan trabajoso garchar, conseguir la chance y, en cierta forma, también la acción, la satisfacción, caramba, podemos vivir sin coger. Con Xvideos casi que alcanza.
Vestirme es para los demás. En verano, para no ir en cana por andar en bolas por la calle, lo cual me encantaría. En invierno, ponerme ropa no demasiado destruida es para que la mirada ajena no me lacere, para no tener que responder acerca de eso si son tan desubicados como para mencionarlo.
Saber cuándo toca alguna de las bandas que me gustan también es para los demás, para ver si hay chance de decir "te invito", pero ¿a quién se lo diría? O para poder decir "me gusta equis banda" que no es tan conocida, y salir del anquilosado circuito Doors, Purple, Cornelio, Redondos (hasta Bang bang). Onda que tengo el tema de conversación, pero no el interlocutor… ¡Ay, caramba, siempre empiezo por el lugar equivocado!
Incluso ir a un recital es para los demás, armar el operativo que me permita tener mi glucemia y mi presión en condiciones y cruzar toda la ciudad para contar acá la larga espera hasta que empiece el show de SMM o la larga caminata a medianoche hasta Mosconi para ver a Camus. Al pedo. Si podría ver los videos en Youtube…
Saca las ganas el resultado de estas movidas: voy a correr y subo de peso, voy a coger y me agarra un piquete, les reclamo a los albañiles de mierda y me mienten en la cara, voy a un recital sin compañía y vuelvo igual, trato de descansar y mi cuerpo hace lo que quiere y no me deja conciliar el sueño o me desvela o me despierta a media noche (a medio sueño) con la panza crujiendo de hambre aunque haya comido hasta hartarme para, justamente, evitar eso.
¿Ves? Si todo sale así, salir a la calle, no sé para qué… Y salir de la cama, tampoco.
Estos meses fueron muy parecidos a la nada. A una nada más nada que la habitual. Después de esas dos entusiasmantes noches de noviembre en que corrí cerca de diez kilómetros, vinieron un diciembre para el orto, con casi quince días seguidos sin descansar bien porque los niños vecinos terminan las clases, están en casa y todo eso; los tres meses perdidos gracias a los martillazos del vecino hijo de diez mil putas que hizo a nuevo su departamento y puso cinco aires acondicionados; cinco kilos más (que se suman a los cuatro kilos anteriores), el diente de adelante que se me rompió, los horarios complicados porque la dentista esta atiende a la mañana y me hace ir demasiadas veces, el mes previo al implante cuidándome mucho para no enfermarme y que no se postergue la cirugía, como me pasó las otras veces; los aires acond. que gotean en verano y no me dejan dormir, los aires acond. que, impertérritos ante la quita de los subsidios, gotean en invierno y no me dejan dormir… Y este frío del orto, que vino temprano y no se va más. ¿Cuánto hace que no tenemos dos días seguidos de veinte grados?
Las palabras faltan, gastadas por ser siempre las mismas, cansadas por saber que nadie las va a escuchar, mudas en otras bocas. Tanto faltan que ahora, como estoy viendo uno de mis programas favoritos en el canal italiano –el cual, lamentablemente, sólo dura tres semanas–, y como llevo días enteros sin hablar con nadie, las que me vienen a la cabeza durante el resto del día/noche son en italiano. Si lo ho detto a la mia ex amica di Chiavari sedici anni fa: se il Giro durasse tre mesi e no tre settimane, potrebbe parlare italiano abbastanza bene. In questo caso addirittura potrebbe aggiungere che mele no es miel y noce no es noche. (Noce era el arquero de Gimnasia).
De todos modos, la otra noche volví a correr un poco. ¡Cómo se siente cuando parás casi un mes! Adoquines en los gemelos y aire escaso. En alguna de las vueltas apareció una chica que, pese a la penumbra y a la capucha de su campera, y a que yo pasaba corriendo, se adivinaba bastante bonita, sentada en uno de los bancos de la esquina. Me hizo acordar a la vecina, tan linda como desagradable, cuyas fotos usé para hacerme una cuenta trucha en uno de esos sitios web de contactos.
Durante algunas vueltas yo pasaba, miraba de reojo, ella miraba, y en pocas zancadas ya la había dejado atrás. Hasta la próxima vuelta. Rápidamente me cansé, y no pude sostener el ritmo: entonces corría dos o tres cuadras y caminaba el resto de la vuelta para recuperar; pero cada vez que pasaba por esa esquina pasaba corriendo, porque quiero impresionarte, viste… En algún momento habré fantaseado con acercarme y decirle algo. Rápidamente me rescaté. Aparte, una mina sola a esa hora en la plaza está: 1) fumando porque no puede fumar en su casa; 2) esperando a alguien. (3) ambas). Y fumando no estaba. Al rato apareció un chabón alto y se la llevó con él. Fueron al kiosco de enfrente, compraron algo, y volvieron cuando yo ya me iba.
Pensaba en lo relativamente fácil que es la posibilidad de la comunicación estando del otro lado del mundo. Del lado de las minas. De las minas atractivas. Todos queremos comunicarnos con vos. (Bueno, todos queremos comunicarnos). En cambio, de este lado, moriremos de solipsismo. Usando la posta aeróbica de la plaza un domingo casi a la medianoche –y les aseguro que había un par más, además de mí, ejercitándose–, mirando los muros invisibles, insondables, infranqueables, que nos separan de la comunicación, del deseo, de la reciprocidad.
Y cuando inesperadamente exsite una posibilidad, no acertamos a desarrollarla por falta de experiencia o por nuda incapacidad. O porque, ¡cómo no lo viste!, claramente estaba acotada a cierto ámbito, pero no más allá.
Cuando me hice la cuenta esa, con el nombre y la foto de la vecina linda que no me saluda si nos cruzamos en la entrada, fue para ver cómo era ese otro lado del mundo, al menos en sitios web así, donde hay veinte minas y cuatrocientos cincuenta tipos (y de esas veinte minas, la mayoría son gordas confesas y algunas son tipos): cómo era el acercamiento estándar, porque la respuesta que conseguía siendo alguien parecido a mí era nula o incluso peor. Rápidamente llovieron los mensajes y casi igual de rápido noté que no iba a encontrar ahí la pista para agrandar la probabilidad de una respuesta. Y me aburrí. Desistí. Me fui.
Tiempo al pedo y mucho silencio se combinaron para que volviera y aprovechara que ese sitio ofrece la posibilidad de filtrar usuarios por país. Entonces, me copé escribiéndoles a algunos palestinos. Dejé varios mensajes tipo "We support the Palestinian struggle", y un par me contestaron. Uno se puso muy pesado y no, man, no te voy a dar Skype. Con otro el intercambio fue más breve, pero alcancé a colar el nombre de Mahmud Darwish, lo cual hizo flipar al chabón.
Tú:Free Palestine!!!!
husamsh:thanks
husamsh:how are you?
Tú:Fine! Here in Argentina, most of the people support the Palestinian struggle!!
husamsh:argntina I like
Tú:Thanks, you know, Argentina, soccer, Maradona, Messi, haha
husamsh:yes I know and I like
Tú:The world knows us by Maradona and Messi (and Fangio, many years ago). And the world knows you by Yasser Arafat and all who fight (and fought) against the occupation
husamsh:yes I know
Tú:Well, not only for the figthers: also by poets like Mahmud Darwish or Rafeef Ziadah. ;)
husamsh:wwoow u know mahmud
Tú:yes sir!!! :)
husamsh:nice
husamsh:I like u baby
Tú:;)
Todo murió ahí. En ese emoticón. Y me quedé pensando en por qué no dijo nada de Rafeef Ziadah, y sólo sobre Darwish. Tal vez por ser "extranjera", nacida en el exilio y habitante de países occidentales. Ahora, pienso en por qué no seguí la converasción. Ahora, recién ahora, se me ocurre que podría haberle preguntado, al menos, de qué ciudad era.
Nunca se me ocurre cómo seguir. Ahora mismo pasa eso: ¿sigo la veta de la memoria sobre esa experiencia y hablo de la chica que me quería coger cuando era rubia de ojos claros, pero cuando fui quien soy me dijo "bodrio"? (O de las que no fueron tan forras, porque simplemente me ignoraron, pero a la rubia le dijeron "sos re buena onda, me gusta tu forma de ser, si no me gustaras podriamos ser amigas" o "me encantás tarada: lo digo en serio, no es para joder me llegás mucho").
¿O agarro para el lado de Darwish y dejo un link a un poema suyo? Sí, mejor esto. Si llegaron hasta acá, merecen algo copado: this poem, recitado, en árabe y en inglés, por Omar Offendum la misma noche en que se consagró la señorita Ziadah.

Las Reebok mueren por la suela

A tres o cuatro cuadras del castillo, doblando, una y un poco más, repito el ritual de las zapas cuando mueren y las dejo en un lugar que se volvió significativo alguna vez que lo caminé con ellas.
La saco de la bolsa y de otro tiempo viene a mi tacto la textura conocida de las Reebok celeste y gris que tenía puestas aquella tarde de flamante orfandad en la que, sin embargo, lo más importante era no olvidarme de llevarte los incipientes frutos cónicos que había rescatado al pie del eucaliptus de la plaza de Gaona. Es decir, uno de los aromas gratos de mi niñez.
Tengo una sinuosa percepción, desenfocada, del tiempo y del espacio. Un viaje suburbano en tren me hace pensar con frecuencia que podría no bajarme en Glew, sino en 2009 o en 1996. De la misma anomalía quizá forme parte la costumbre de pasar nuevamente por ciertos lugares, como buscando vestigios de quien –siempre en el pasado– fui al pasar por allí.
Casi como una ofrenda, queda junto a los restos del guardrail de troncos donde nos sentamos aquella vez, la última que nos vimos. Ahora debe estar pudriéndose en el basural de Catán, menos podrida que el recuerdo que, parece, tenés de mí. Tu férreo silencio así lo indica.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Cero

Al último gris de la tarde le quedan menos de dos cuadras. Doblando la esquina el sol se agota por hoy y ya no puede ganarles a los árboles ni a la escasa luz de la panadería siempre sepia de Sarmiento.
Deténgamonos un momento en el marketing de la frecuentación. ¿Qué provoca la simpatía por negocios que uno ve a menudo?
(¿Por qué pensé en comprar algo –la remera amarilla de Mano Negra, tal vez, si la tenían– en la rockería Osama, cuyo cartel veía desde el tren, junto a una estación en la que nunca me bajé? ¿Por qué una noche de los cientos de noches en que vi desde la ventanilla del colectivo aquella pizzería mínima y celeste volviendo del colegio se me ocurrió celebrar allí el día que terminara el secundario? Como sea, ambas cerraron antes de que el consumismo obtuviera esos escasos triunfos).
¿Por qué me resulta un landmark barrial esta panadería que nunca tienta con una torta en la vidriera, ni siquiera media factura con crema pastelera?
Deténgamonos, de paso, en la inflación: mismo show, mismo lugar, 200% de aumento en tres años.
Apuro el combustible comestible que llevé para tener mi glucemia en condiciones, y no me detengo porque quedan casi tantas cuadras como minutos, pero tranca porque –¡bien!– empieza puntual.
No me desvío, como la primera vez que hice ese camino, pero mentalmente recorro la vuelta extra que di para hacer pis en la vereda oscura frente a la plaza. Dos veces en seis cuadras meé esa vez, muchos nervios los de un primer encuentro… La bifurcación mental de recordar aquella noche de llovizna posiblemente sea una trampa de mi cerebro, buscando autoabastecerse, en la baja escala que permite ese engaño, de los neurotransmisores que necesita para mantenerse mínimamente en paz.
Lo central sucederá a la vuelta, cuando deje Sarmiento, la gente desperdigándose a la salida, la batucada de la esquina y los aires acondicionados eternamente asmáticos de los bondis. Cuando el silencio deje oír el chillido post-recital en los oídos y, sin sacar la cuenta, caiga en la cuenta del número de personas con las que hablé. Cero.
Días más tarde, entre insomnio y desvelos, se me representa esa cuadra oscura de árboles y casas viejas y me cae otra cuenta, la del número de personas –el mismo– con las que hice contacto visual.