viernes, 4 de abril de 2008

You can’t call her garca

Te da laburo en negro.
No te dice que los pagos pueden atrasarse.
Y los pagos se atrasan cada vez más, cada mes más.
Primero te da la nota desgrabada; después, tenés que desgrabarla vos: ella se ahorra pagarle la desgrabación a la otra, pero a vos no te paga más.
Te hace ir cuatro veces para garparte 200 mangos.
Te bardea diciéndote “genio”, “le vamos a dar el premio Nobel”, etc.
Abusa de una confianza que nadie le dio.
Te garpa con un billete de 50 que tiene las medidas de seguridad adulteradas, y te lo da doblado en cuatro para que no te des cuenta.
Te vende todo el tiempo la posibilidad de que surjan nuevos laburos, de los cuales se concreta sólo uno, por el que te paga 15 mangos (no, no hay errata).
Te dice (en realidad, le hace decir a su obesa empleada) durante más de dos meses que “la semana que viene” va a pagarte.
Se escuda en la fama de quien la emplea y dice que el chabón no le garpó.
Tarda dos meses en pagar 15 pesos (sí, no hay errata).
Te dice “poco profesional”, pero la que escribe mal los nombres de los periodistas es ella (y vos tenés que googlear medio internet para saber cómo se llama el chabón en cuestión y su programa).
Para tapar las mentiras que inundan su modus operandi, decide que las notas dejan de ser anónimas, pero, inconsultamente, ella, o su obesa adlátere, deciden que se firma con seudónimo. (Y seguís siendo tan invisible como cuando eran anónimas, y, salvo ella y la gorda bailarina, nadie sabe que laburás ahí, y no tenés modo de reclamar judicialmente, no solo por eso, sino porque es antieconómico recurrir a la justicia por 400 mangos).
No te hace firmar ni un recibo informal. Y después, ella, que sí es profesional, arguye que se confundió y por eso te pagó de menos (bueno, lo arguyó su rechoncha esbirra).
Te dice –con una convicción patológica– que hizo famosos a no sé cuántos, y que la llaman desesperados para pedirle que les dé aire.
Finalmente, te dice que quiere verte para pagarte y todo el tiempo te cambia el lugar y la fecha y la hora.
Te dice que te llama a tal hora, y pasan más de dos horas y no llama, y pretende que estés como un novio ansioso esperando su llamado.
Te dice que delegó en otra persona el pago, usando el argumento que le diste en un mail que le mandaste. (¡Sé más original!)
Te llama siete veces seguidas –pero seguidas, eh– cuando durante meses no te llamó ni para decir que el laburo terminaba, o seguía, o nada.
Te denuncia porque inventa una historia –sí, con los mismos argumentos del mail– cibernética, y tenés que ir a la comisaría, ensuciarte los dedos, etc.
Y encima no podés decir que es una garca del orto.
Ni una judía de mierda.

(¿Ves? No se puede).

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