viernes, 13 de marzo de 2009

Un mes

En el último mes solamente me sentí descansada 3 días. 4 de los últimos 33. El resto, como hoy: soñolienta todo el día, exhausta física y mentalmente, solo con la necesidad de acostarme, pero, a la vez, incapaz de conciliar una breve siesta, ya por las infinitas intromisiones sonoras, ya por anticiparlas y temerlas.
Porque el cuerpo, y el inconsciente, tienen memoria, y tratan de evitar el sinsabor de un despertar sobresaltado. Y si la experiencia me hizo saber que el perro de la vecina va a ladrar cada vez que toquen el timbre, y tocan el timbre muchas veces cada mañana, se me hace muy difícil dormirme de nuevo una vez que me desperté. Y si los hechos se han encargado de anoticiarme de que los vecinos de arriba suben y bajan la persiana con mucha fuerza, a la noche trato de no dormirme antes de que la bajen.
Digo mañana, digo la semana que viene, digo cuando se vayan de vacaciones los del decimosegundo y sus niños insoportables. Pero todos los días, inexorablemente, duermo mal y me levanto cansada. Digo en marzo empiezan las clases, y me ilusiono con que podré dormir un poco más, al menos de lunes a viernes. Pero de los primeros siete días hábiles de marzo, el vecino de arriba está en su casa tres, y quizá no sea un monstruo grande, pero sin duda pisa fuerte, y estremece el techo y las paredes de mi pieza, y del resto de mi casa, y a través de ellos, el aire; y a través de este, mi cabeza y el resto de mi cuerpo.
Siempre pasa algo. Si quiero dormir a la mañana, o son los chicos de arriba, que vienen a pasar el fin de semana con su papá y su nueva pareja, o son los de más arriba, o son sus padres. O los innúmeros perros, o la señora de al lado en la ventana, llamando a los gritos a la vecina de abajo. Su voz retumba en el patio, y, como la mina no contesta, repite su nombre cuatro o cinco veces, hasta que se convence de que no está o no le quiere dar bola. Y después, ese día u otro, la liga el gato, que pasa de ser un “colorado divino” a recibir amenazas de golpes.
Y si quiero dormir a la tarde, es más o menos lo mismo. Y si quiero dormir a la noche, la chica de arriba viene corriendo para atender el celular y me despierta (estuvo bien porque me cortó una pesadilla). Un rato después es el chabón quien me sobresalta hablando con ímpetu en el balcón, a las 23,30, con ese vozarrón en el que se descubren fácilmente vetas adolescentes, y sé que va a coger. Es la llamada del macho hipervital que se levantó a las 5,30 y 18 horas después tiene pilas para garchar. Bajan la persiana, y el quía exclama “¡uh!” a cada rato por algo que ve en la tele, y a las 0,30 comienza el tableteo de la cama contra la pared, o el crujir de los elásticos, o el deslizarse de las patas, lo que sea, hasta que acaban. Mientras, sueño (si me dormí) o fantaseo (si no me dormí), no lo sé, con que el cartero me entrega la tarjeta de ellos, como el otro día me entregó un sobre para otro, y se la reviento. Y a las 5,30, dentro de un rato, otra vez arriba.
O me acuesto a las 10 y me duermo antes de que bajen la persiana, y me despiertan cogiendo a las 12 y media. A la 1 otra vez el traca traca me devuelve a la realidad: hace media hora que prendí la luz, y me quedé dormida. Pero ya me despertaron de nuevo, y la apago. Y me despertarán mañana a las 9 con los chicos.
Y si quiero dormir a la madrugada, los vecinos de al lado, o del fondo, están de fiesta, y a cada rato estalla la mezcla de carcajadas y gritos, y los aplausos, y me despiertan media docena de veces. Hoy, hasta la 1 y media; la semana que viene, hasta las 3; el sábado, hasta las 4. Y si no, los pasos en el techo le ganan al monótono arrullo de la lluvia, y me despiertan a las 2.
Y ya es de nuevo de mañana. A las 5,30 el chabón de arriba hace vibrar el piso con sus pasos paquidérmicos, como tutti i maledetti giorni, y sube la persiana, y golpea el ténder contra la reja, y al fin se va. Pero queda su jermu, que, a veces a las 8, a veces a las 6, se levanta y anda de acá para allá con las tacos, sobre todo para acá, sobre mi cuerpo durmiente, que deja de ser durmiente al percibir las vibraciones de ese martillo neumático tracción a sangre. Y sale al balcón 7,15 de la matina y en voz alta le dice a alguien por teléfono cuál departamento es el suyo.
Apenas me duermo, o antes de dormirme, me sobresalta la voz violenta del vecino de más arriba, discutiendo. No sé si es la misma discusión de anoche o si es otra. Minutos después lo mismo, él mismo. Después, ese día u otro –son todos iguales–, el tipo del cable, media hora con el taladro. Y después, el del carro con megáfono, que distorsiona tanto que casi no se distinguen las palabras; pero me despiertan. “Heladeras, lavarropas, televisores, estamos comprando…”. “Los dos kilos de banana, cinco pesos, señora…”.
Y otro día, a las 7,15 tiran tres baldazos en el patio, y explotan contra el toldo. Al primero, callo. Al segundo, junto fuerzas y puteo. Al tercero me pregunto si no se largó un chaparrón. Pero no… Cuando salgo a mirar, oigo que en otro depto suben la persiana. Y cuando vuelvo a levantar la vista, veo que tiraron algo. Una bolsita de maníes salados, compruebo cuando toca tierra.
Después estoy yo. A las 6 tengo un ataque de hipo y dolor digestivo. A las 7, a las 8,30 y a las 10 me levanto a hacer pis. Y es un temor renovado el no saber si me voy a dormir al toque o si, aunque no haya ruidos invasores, voy a perder una hora más de vida gastando el colchón en giros sobre mi eje.
¿Querés dormir un fin de semana? Nop. 8,30 del sábado, tram, tram, la persiana… Tram, tram, la de la otra habitación. Tram, tram, tram, tram, ahora la del living. Y canta. Se levantó contento… Y golpea la reja del balcón con algo: “La reposera”, dice.
A las 10 me despiertan pese a los tapones en los oídos. Se levantaron los otros chicos, y ya empiezan a pelear, a jugar con la Play Station a los gritos y a los golpes, y su madre les dice por enésima vez que es la última vez. O vinieron los hijos de la pareja anterior del basquetbolista, y corren por todo el departamento. Y a la noche, sus pesados pasos me hacen saber que se levanta. Vuelve sin detenerse, y de inmediato comienza a crujir su cama. Traducción: fue a ver si los nenes dormían y, al comprobarlo, volvió presuroso para cogerse a su chica.
Bueno, eso cuando no discuten, con gritos, llantos, amenazas, reproches y la palabra “comisaría” en la conversación un par de veces. Bueno, eso cuando no discuten por teléfono a las 2,30 de la mañana, revoleo de teléfono contra el piso/mi techo incluido, y en vivo a las 3,30. Y a las 4,30, sonora reconciliación just above my head. Ilusa, me digo que mañana podré dormir hasta tarde. Ilusa. A las 9,15 vuelven a garchar, y después reciben visitas con niños, y se instalan en el balcón…
Y cada mañana, a las 10, el vecino de enfrente se cree Valentino Rossi, y acelera su moto en la vereda hasta que todos nos enteramos de que tiene moto. Y ahora mismo, a la 1 de la madrugada, un estruendo de motor preparado explota en la noche, y no me despierta sólo porque estoy despierta.
Todo esto con clonazepam, o alprazolam, y con tapones en los oídos, que en dos meses me dejaron el agujero más dilatado que el ojete de Claudia Fernández. Quiero correr, ir a la plaza y dar cinco vueltas esquivando soruyos de perro, perros, meada de linyeras, linyeras… Quiero garchar: hace dos meses que no cojo, en cuatro meses cogí una sola vez. Quiero sacarme el velo de cansancio, quiero levantar más de 100 pulsaciones, quiero no sentirme una vieja de 70 años. Quiero no sentir que hasta la respiración es un esfuerzo físico.
Si me mudo, que no puedo porque no tengo un mango, ni la posibilidad de ganarlo porque mi agotamiento me impide laburar, estudiar, etc., no tengo garantía alguna de no encontrarme con esto de nuevo, o peor. El Durlock acústico cuesta 1500 mangos, y, aunque funcionara, no cubre la ventana. Además, no quiero vivir en una burbuja, aislada del aire del jardín y de los sonidos de los pájaros.
Mi madre me dice que me vaya de vacaciones (que ¡nos! vayamos de vacaciones) tres días para ver las cosas de otro modo, y amenaza con que si no “yo no te voy a acompañar al hospital” en el caso, seguramente inexorable, de que palme mal.
¿Qué hago? ¿A dónde me voy? ¿Hago un pozo y me meto adentro?
Un pocillo hondirijillo... Hummm…

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Probá con la valeriana, es una hierba natural para dormir.
cndo me mudé al edificio, tenía el mismo problema para descansar y como soy bastante reacia a los remedios alopáticos empezé a buscar por otros lados.
Esta me sirvió a mi, y es buenisima, pero hay otras tmb para curar el sueño.
suerte.

:) dijo...

Y?? probaste??

Olga Eter dijo...

No tuve tiempo.
El sábado me dedico a eso.
Gracias.
De verdad.