miércoles, 5 de enero de 2011

Niñxs (otro post sobre zapatillas)

–¡Ey, señor!...
Dos palabras refrescan todos los temores que me hacían dudar de ponerme ese jean recortado y remendado. Y casi en un movimiento vuelvo a repasar lo que ya chequeé varias veces en esas cincuenta cuadras durante las que nadie me dijo nada. En el bolsillo de atrás que está sano, el sobre con los 110 mangos sigue en su lugar. En el bolsillo de adelante que está sano, el peso de las llaves ratifica su presencia. En el bolsillo chiquito, que está roto, las pocas monedas se amuchan en el fondo –donde está sano– junto a un billete de 5. Miro para abajo y la remera sigue enganchada en el pantalón.
No perdí nada, no se me cayó nada, no se despegó ni se descosió el pantalón dejando a la vista mi trasero… Con esa tranquilidad me doy vuelta y me hago cargo del llamado de esos chicos que hace menos de una cuadra caminaban delante de mí, y ahora me ven alejarme.
–Tenés las zapatillas de distinto color –me advierte ella, que tendrá ocho o nueve años y es la mayor de los dos.
Con una sonrisa enorme le digo que sí, y comienzo a contarle. Pasa que se me rompió la izquierda de un par y la derecha del otro, y entonces, hasta que las arregle, las uso así. Porque son el mismo modelo: sólo cambia el color. “¿Ves que tienen los mismos dibujos? En una son azules y en la otra, transparentes, pero son iguales”.
La nena me mira con más asombro que el chiquito que la acompaña. Con más asombro que el provocado por descubrir que alguien se puso dos zapas distintas, no sé si porque ese alguien le dice que se las puso a propósito o porque se pone a contarle tantos detalles.
Supongo que habremos seguido caminando mientras hablábamos porque la próxima imagen me sitúa en la esquina, ya en la calzada, agradeciéndole de nuevo. No sé si le agradecí explícitamente que me hubiera visto, pero las gracias eran por eso. No por rescatarme de un error o de un descuido, que no eran tales. “Sos la única que se dio cuenta”, le digo en voz alta cuando noto, por sus palabras, todo el silencio anterior.
Ella sigue mirando, con una falta de empatía que atribuyo a la incredulidad, y se acerca a dos tipos que hablan acodados en el contenedor de basura. Nos están observando, y al verlo me rescato de lo anómalo de la situación. Pero no puedo dejar de insistir –“Bueno, no sé si la única que se dio cuenta: la única que me lo dijo”– antes de despedirme, condicionado por la mirada ajena.
Cruzo y pienso en que sólo un niño podía reparar en eso. Rápidamente cambio la proposición y considero más probable que sólo un niño podría tener la inocencia de decirlo. Porque capaz que las minas de la oficina a donde fui, o todas las personas con las que compartí el ascensor, o la chica joven y bien vestida que mascaba chicle enfáticamente mientras leía “Rayuela” en el colectivo, lo notaron y siguieron en su mundo. Ellos o alguien a quien no registré. (La chica que se ataba el pelo con una gomita negra, disparándome la nostalgia capilar, no; ella no porque se sentó en el asiento de adelante del bondi).
En la cuadra siguiente, o en la otra, como un gato asustado que va a refugiarse en el baldío estirándose bajo la cerca, se me cruza una analogía referida a este blog, donde cada vez hay menos comentarios. Quizá el silencio no quiere decir que no me ven, que no leen, sino sólo que no lo manifiestan. La mudez de los comentaristas se presta a confusiones, y así como uno va por la vida con dos zapas distintas, corriendo el riesgo de que te vean como un freak aunque no te digan nada, también es posible terminar exponiéndose acá más de lo apropiado al creer que no se es visto, que no hay nadie. Guarda.

6 comentarios:

Sabrina dijo...

Hola! alguna vez hice lo mismo, no porque las tuviera rotas sino por puro gusto,
Beso,

mario daniel dijo...

como te va Olga?
pasó un tiempo.



que manera de leer mamita, se me cruzaron un poco los ojos

Olga dijo...

¡Mi primer comentarista! (*)

Esta semana hablaba de usted con una persona, ja.

Capaz que coincidimos este año en algún CAFF. O cerca de donde sale el bondi ese...

Sí, muchas palabras. "Necesitás hablar", me dijo el psiquiatra. Lástima que por sí solas no cambian nada, que los receptores son inconmovibles, pétreos, hijxsdeputa, no sé qué son.

Veo que usted, casi en un haiku, habla de la felicidad, que, supongo, será la suya, como son suyos esos lentes nuevos. (A mí me es esquiva, o desconocida, o lejana, o todo junto. Y convengamos que este blog me acercó a algunas cosas, lugares, personas).
Yo también puedo intentar esa síntesis, y como la ansiedad siempre vence, lo digo acá, antes de decidirme por la versión definitiva, antes de ir a un cyber -más- lejano para postearlo:

"En el jardín"
Podaron el floripondio
fuera de estación.
El colibrí revolotea en vano.


Un saludo grande y gracias por leer y escribir.


(*) El primero en comentar sin que yo dejara signos vitales en su blog.

Mario Daniel dijo...

el fin de semana traté de comprar unas zapatillas, fue una tarea frustrante, insoportable, infructuosa

y me acordé de usted y sus aventuras con las zapatillas desarmandose, la compra, las distintas ja

queria venir a contarle

Olga dijo...

Además de lo engorroso que resulta (encontrar unas lindas, unas que parezcan confiables, tratar con los vendedores).... ¡están carísimas!

Lsa que en marzo pagué 240, ahora están a 330!

un choreo.

yo de nuevo dijo...

choque esos cinco querid@

lindas, CONFIABLES y a buen precio