lunes, 28 de marzo de 2011

¡Basta de feriados!

Estoy podrida de los feriados. No hay semana sin un día hábil (¡dos días!) pintado de rojo en el almanaque.
Entonces, los niños vecinos no van a la escuela, se quedan en su casa, y (me) rompen las pelotas todo el día. Y los adultos vecinos no tienen que madrugar para pagar sus créditos, ni supervisar a las decenas de personas que tienen a su cargo: se quedan en su casa, y (me) rompen las pelotas todo el día.
Porque yo descanso –mal, pero descanso– los días en que los demás trabajan, cuando los demás trabajan y dejan de estar en su casa, y, por el expansionismo ontológico de su energía, también en la mía, en mí.


Aparte otra cosa: a veces uno quiere hacer algo, o incluso tiene que hacer algo, y no puede porque es feriado. Ir al médico (y hay que esperar hasta la semana que viene), comprar un libro, hacer un trámite, vender las cosas que vendo… Ya bastante se me complica hacer coincidir mis horarios con los de esas actividades, y un día que lo logro ¡es feriado!
Ni hablar de si estudiás algo y cursás un lunes. De movida, sabés que esa materia tiene cuatro clases menos que la del miércoles. Y ahora no solo los lunes, sino también los viernes, porque están los feriados puente, y todos los días en que caen los feriados fijos, los que se corren, los que se inventan, todos aquellos con los que se procura fomentar el turismo para que la hiperactividad de cada fin de semana largo en las rutas nos recuerde sutilmente la rebosante bonanza económica que vivimos.

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