lunes, 30 de mayo de 2011

Me voy a comprar un celular solo para no sentirme freak

Durante mucho tiempo pensé que no me había comprado un celular porque no tenía con quién hablar. O tal vez para no hacerme adicta, como me pasó con la computadora, sin la cual viví muchos años, y desde que la tengo, y desde que tengo Internet, no paso un día sin pensar en ella. Especialmente desde que tengo este blog del orto.
Pero quizá estuviera equivocada. Quizá la respuesta fuese más simple. Es bien probable que la innumerable cantidad de condiciones distintas del servicio –con abono, sin abono, prepago, para alto consumo, para bajo consumo, aparato bonificado, mensajes bonificados, primer minuto, minutos excedentes, con internet, destino Claro, otros destinos, roaming, Belén Francese en bolas, ringtones, Belén Francese no en bolas, todas las otras posibilidades que ofrece esta compañía y todas las que brindan las demás compañías para diferenciarse de esta– me haga desistir a priori, al comprobar que es de hecho imposible tomar una decisión de compra racional.
La hiperoferta, que presumiblemente vendría a abarcar las necesidades de un amplísimo abanico de usuarios, se revela inútil porque las ventajas que obtendríamos si finalmente pudiéramos descubrir cuál es el plan más conveniente –y si la compañía no tuviese la potestad de cambiar la promoción a voluntad– no justifican el tiempo y la energía necesarios para tratar de identificarlo.
Estoy segura de que no son casuales, ni la hiperoferta ni su inutilidad. Que buscan apabullar a los usuarios, de modo que desistan de ahondar en los términos del servicio, y se manejen sólo por imitación, a partir de los usos que tienen las personas de su entorno. Por imitación y por impulso, porque si hay un consumo que está bien lejos de la racionalidad es el del celular, el cual funciona más como tranquilizador que como medio de comunicación real. Al alcance de la mano, o en ella misma, cada vez que una sinapsis dispare incertidumbre, para saber cómo estás, porque pensé en vos; o aburrimiento, o extrañación, porque no tengo nada que hacer y es mejor hablar o mensajearme con alguien a quien conozco para disimular el tedio o el rigor del lugar donde estoy.
Más que comunicación, el celular brinda una satisfacción primaria al alcance del dedo gordo. Permite sentir que uno está en contacto; que pertenece a un ámbito y que –gracias al teléfono– puede remitirse a él cuando quiera. Una de las veces que hubiera preferido tener un celular fue el año pasado, mientras esperaba que comenzara un recital. Había ido sola, el artista se demoraba en salir a escena, y yo fantaseaba con que ese tiempo muerto podía ser paliado con un celular en la mano. Incluso si no tuviera a nadie a quién mandarle un mensaje, la sola presencia del telefonito en mi mano disimulaba mi soledad, que así resultaba todavía más evidente. (Y, si lo pienso, otra sería cuando los fantasmas de la descontención extrema me rondan).
Una encuesta que forma parte del estudio “Pobreza y telefonía móvil en América Latina”, realizado por una organización llamada DIRSI, afirma que para el 68% de los argentinos, el servicio “no es ni caro ni barato”. Simplemente es. Está ahí, es inevitable. El estatus hace tiempo que no pasa por tener celular o no, sino, en todo caso, por el modelo que se tenga.
Las compañías, conocedoras de esto, fuerzan y tensan la soga para saber hasta dónde el consumidor está dispuesto a pagar, presentando un cuadro tarifario de complejidad inextricable, que se contrapone radicalmente con la sencillez que tiene el de la telefonía fija (de lunes a viernes de 8 a 20 y los sábados de 8 a 13 cuesta el doble que el resto del tiempo. ¡Ojo!: los Jueves Santos no se consideran feriados) o proponiendo el impuesto con que se gravó últimamente la actividad, cuyos ingresos serán destinados al Comité Olímpico Argentino, cuyo presidente es Gerardo Werthein, uno de los directores de Telecom, empresa dueña de Personal.
Y seguro que son pocos los usuarios que eligen la alternativa más barata para responder un llamado, aun cuando saben que hacerlo apretando la opción equis tiene un precio mayor que el de marcar el número. Del mismo modo, pagan más, y generalmente a sabiendas, cuando eligen el sistema prepago con la ilusión de controlar el gasto.
El mismo estudio revela que el servicio es usado para contactos sociales por un 88% de los 1400 entrevistados; para seguridad personal por un 70%, y que el 65% está “convencido” de que el celular les facilita el trabajo.
Si objetivamente les sirve para el laburo o si su convencimiento revela el éxito de las campañas publicitarias, no lo sé. Pero demos por bueno que a bastante gente puede servirle laboralmente. Para los contactos sociales, en cambio, no es indispensable. Es más: me pregunto cuántos de esos contactos sociales se harían aun sin celular y cuántos son consecuencia de tener el teléfono.
En relación con la seguridad, es paradójico que muchos delitos, algunos con graves consecuencias, estén vinculados con el robo de celulares. La cifra es tan apabullante como la inmensidad de la oferta: otro estudio, este realizado por la consultora Carrier y Asociados, afirma que durante 2010 en la Argentina se sustrajeron 2 millones de celulares. 800 por día en Capital. ¡Acá si que la seguridad es solo una sensación!
Como las empresas trabajan en el sentido de la percepción de sus usuarios, ya sea instigándola o haciéndose eco de ella, y siempre reforzándola, Claro usa el siguiente eslogan: “Los chicos están necesitando su primer Claro: divertite, mandá mensajes y jugá. Ellos van a estar comunicados y vos, tranquilo”. Lo escribo, lo leo, y no lo entiendo. No entiendo a quién está dirigido el mensaje. Porque imagino que el “divertite, mandá mensajes y jugá” después de la referencia a los chicos está dirigido a un adulto. A un adulto al que se le propone que use el celular sólo para actividades lúdicas.
Lo que sí entiendo es la tergiversación de la realidad que hace la publicidad. Habla de que “vos”, el adulto, el que debería comprarle el celular al chico, va a estar tranquilo. Calla, en cambio, el dato de que –según Carrier– el 35% de las víctimas de robos de celulares son adolescentes.
Y lo que callan Claro y las demás empresas es su responsabilidad en la comisión de esos delitos: son ellos los que aceptan habilitar líneas en aparatos reciclados o sin contar con todos los datos del comprador. Y lo hacen no porque su negocio sea “vender servicios, y no teléfonos”, como han dicho, falsamente, por cierto, ya que muchas veces venden teléfonos asociados a un servicio en particular. Lo hacen porque su ganancia sustancial está la venta de tarjetas, y mientras sigan facturando no les importa quién las usa y ni en qué aparato.
Tampoco el Estado hace demasiado al respecto, y así como el celular no es ni caro ni barato, sino que simplemente es, los delitos que vienen con él también son. Son y están, igual que quienes, en cualquier lugar de mucho tránsito de personas, venden impúdicamente chips a precios ínfimos.
Últimamente, un par de veces decidí mentir diciendo que había perdido el celular, en lugar de decir que no tenía. Sentí que en ese contexto no daba decir que no tenía, y como no iba a ver más a esas personas, salí del paso con una mentira. Y después me acordé de algunas veces que había mentido cuando me preguntaban si había terminado el colegio, o en qué año había dejado. Harta de la cara con la que me miraban cuando les decía que había dejado en primero, mentía, y creo que les decía que estaba terminándolo, o algo así (la verdad, ni me acuerdo de qué decía, solo recuerdo que mentía).
Me acordé de eso, y flasheé con que quizá termine comprándome un celular. Pero cuando me acuerdo no ya de la mayor probabilidad de padecer cáncer en el cerebro que supuestamente tienen quienes lo usan (porque hay tantos que fuman y no les pasa nada, y porque también hay gente con cáncer de pulmón que nunca fumó), sino de que todo el tiempo el teléfono está mandando una señal de la ubicación donde estoy… Ahí se me desata la paranoia mal, y vuelvo a tener la certeza de que estoy bien lejos de tener celular.

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