martes, 30 de agosto de 2011

Días de 25 horas

Mi ritmo circadiano es un poco anómalo. Y muy incómodo, porque parece que necesitara días de 25 horas. Y, sobre todo, es inflexible, porque no puedo salirme de su dinámica.
Ponele que un día me levanto al mediodía. Y ponele que me levanto descansada. Como si todo fuese normal, o, al menos, igual que antes. Como si no tuviese la sombra ominosa de los vecinos que tengo ahora, que en cualquier momento me despiertan. Como si pudiera irme a dormir sin ella.
Me levanto al mediodía y me voy a dormir a las tres de la mañana. Durmiendo nueve horas, debería levantarme al mediodía otra vez. Pero no… No es tan sencillo. Puede pasar que tarde en dormirme –incluso si estoy cansada–, como si tuviera que procesar el día; que me despierte para hacer pis muchas veces (o que me despierte muchas veces y haga pis cada una de ellas) o incluso para cagar, que nueve horas no me alcancen para quedar cero a cero con mi sueño, que me despierte y se me ocurra algo, y me quede pensando en eso… Pero a veces no pasa nada de esto, no pasa nada que pueda reconocer, y entonces pienso que simplemente es así.
¿Consecuencia? En vez de levantarme a las doce, voy a seguir de largo, y se va a hacer la una. “Levantarme” es una forma de decir. Porque me acuerdo de la época en que iba a la facultad, que me levantaba apenas sonaba el despertador, justo después de apagarlo, y no lo puedo creer. Ocurre que muchas veces tardo en cargar, en sentirme operativa, y puede que se pase media hora, o más, y yo siga en la cama, tratando de inicializar mi sistema.
Decía que me levanto a la una. Y a la noche me voy a dormir a las cuatro. Y sí: me voy a levantar a las dos…
Por más que quiera levantarme antes, es imposible. Bueno, imposible, no es: puedo hacerlo. Pero es insostenible. Porque voy a vivir ese día cansada como si hubiera dormido cinco horas aunque haya dormido ocho, y especialmente porque no puedo dormirme antes de la hora en que debería dormirme si no me hubiera levantado más temprano.
Probé varias veces, y me puse el despertador, digamos, a las doce, en vez de dormir hasta las dos. Pero no me dormí quince horas más tarde, o catorce, ponele, porque estaba cansada. Y lo intenté: me acosté temprano, y cansada, a eso de la una o las dos. Y no me dormí hasta las cinco, no me dormí hasta la hora en que me habría dormido si me hubiera levantado sin despertador.
Y para recuperar el sueño pendiente, mi cuerpo se va a imponer y me voy a levantar más tarde, casi a las cinco. Si lo intento dos o tres días seguidos, los dos o tres días me voy a dormir a la hora del orto. Y, mientras, voy a vivir la desesperante sensación que surge cuando estás en la cama, con sueño, y no te podés dormir aunque no haya ningún ruido. Cuando querés imaginar cómo te vas a quedar dormida y no se te ocurre nada. Cuando estás a punto de perder el ritmo y que el cuerpo interprete cada sueño como una siesta y no puedas dormir más de dos o tres horas sin despertarte y sin estar muchas horas hasta volver a conciliar el sueño.
Íbamos por que me levantaba a las cinco de la tarde. Difícil que me duerma antes de las siete de la mañana. A estas alturas, ya se me escapa el sol. Me despierto, lo veo a través de la persiana, y me rompe las pelotas perdérmelo. Pero es mejor seguir durmiendo. Prefiero perdérmelo, y no vivir el día arruinada por no haber descansado. Aunque me vaya a dormir a las ocho de la matina. Aunque siga dando la vuelta, hasta que un día me despierte tan tarde que va a ser de madrugada.
Tiene algunas contras ese ritmo, pero se re puede vivir con él. Si no tenés que cumplir horarios, es fácilmente llevadero. Alguna vez se lo comenté a uno de los psiquiatras que tuve la mala fortuna de cruzarme en este tiempo, y el tipo me dijo que si yo no tenía problemas, no era preocupante, o algo así.
En cambio, el infeliz que me atendió en otro hospital público lo atribuyó a mi “rebeldía adolescente”, y ya no sé si fue él o quién el que hablaba de “ordenarse”, de “tener obligaciones”. Como cuando iba a la facultad y trabajaba, digamos, que un día dormía cuatro horas y al día siguiente recuperaba durmiendo doce… Lo cual, además, ahora sería totalmente imposible, cortesía de mis vecinos, porque puedo vivir con mi ritmo, pero no con mi ritmo y mis vecinos.
(Digresión: la gente que habla con una carga ideológica tan enorme me da náuseas, la gente para la que todo se soluciona esforzándose me da náuseas y un poco de odio, la gente para la cual me quedé en la adolescencia, eludo responsabilidades y cosas así me parece una manga de idiotas. Sepan que el esfuerzo no es un valor para mí. El vecino que se levanta cinco menos cuarto de la mañana no es mejor que yo, no por eso. Me voy a esforzar si creo que el esfuerzo garpa y si me siento en condiciones de esforzarme. No por el esfuerzo como cosa sagrada, para que dios me vea y me premie, o para “hacer algo” y terminar preguntándome para qué lo estoy haciendo o palmando, como ya palmé, o sintiendo que no soy yo esa que está ahí, sino una impostora, una representación, algo así).
Lo que sí me acuerdo es que el idiota aquel me recomendó dormir cuando duermen mis vecinos. Podría hablar de lo alienante que es vivir al ritmo de los demás, o ser más pragmática y decir que ¡duermen menos que yo! Y se turnan para joder: un vecino termina su reunión a las cuatro de la mañana del domingo, y es tan sorete que, aunque hace frío, abre el ventanal, así todos escuchamos sus risotadas. El otro no se despierta, parece, pero se va a levantar a las ocho, sus hijos mayores van a empezar a correr por el departamento, y el menor, a gatear y a revolear cosas. Se van a levantar a las ocho hoy, que es domingo. Mañana, la mina va a levantar al bebé a las siete, y desde esa hora va a jugar, como todos los bebés, a arrojar cosas, mientras ella le habla y le canta cantitos de cancha con su voz agudísima. Y no quiero pensar en que la escucho ahora, que estamos en invierno y las ventanas están cerradas, porque si pienso en eso, voy a tener que pensar en cómo será cuando pinte tener la ventana abierta…
Entonces, ni mi ritmo anómalo tengo. Me lo cortan todos los días: o me cruzan el camión o es probable que lo hagan. Porque será anómalo, a veces una complicación, lo que quieras, pero una vez que lo reconocés, te vas adaptando. Una vez que lo identificaste, podés prever. Ahora está tan cortado que es un descalabro, y de 62 horas duermo 7, por ejemplo. Si bien no llego al desquicio de hace dos años, cuando para estas fechas estuve 21 días seguidos sin sentirme descansada, creo que me siento incluso peor que entonces, sea por la larga exposición al estrés, por el paso vano del tiempo y el desánimo que lo acompaña…
Me despierto la que puede ser la última vez (porque me puedo despertar seis o siete veces en una dormida, porque dormir cuatro horas seguidas es algo que ocurre una vez cada cuatro meses) y me cuesta identificar si descansé, si voy a tener un buen día, si tengo que intentar dormir una horita más, si no voy a poder dormir aunque lo intente, si se va a imponer el sueño aunque quiera levantarme. Hay que resolverlo rápido, porque si se enciende la cabeza, ya fue. Lo mismo si me levanto, porque se me hace muy difícil dormir una siesta: hasta que el cuerpo vuelva a bajar se pasa una hora. Y no hablo solo de la cabeza: me voy a levantar a mear fácil tres veces antes de poder dormir, y el tiempo se pasa, y es la hora en que llega el vecino, y cagamos. Tiempo doblemente perdido: por el cansancio y porque no pude descansar.
La verdad, me dan envidia los que pueden dormir menos, los que andan bien durmiendo menos, los que se duermen al toque, los que consuman el descanso sin tanto engorro, los que no se despiertan con los ruidos del vecino sorete o con el perro insufrible al que a veces me gustaría matar. Y también los que se levantan y pueden desarrollar muchas actividades sin estar pendientes de su cuerpo, los que salen al día sin desayunar (como yo, cuando iba a la escuela), como mi madre, que se toma un té y arranca.
Y me dan envidia los que pueden decir lo que les pasa sin tantas vueltas, porque no les pasan cosas complicadas, o porque no les importa o por lo que sea. Porque en realidad, tampoco es que necesito días de 25 horas, porque ya perdí ese ritmo, y si lo recompongo dos, tres, cinco días, muy pronto se va a romper de nuevo.
Necesito un lugar donde poder apoyar la cabeza y dormir despreocupadamente, sin pensar en el tiempo que voy a perder poniéndome los tapones en los oídos, en si se me salen –en el momento o durante el sueño–, en cómo me quedan las orejas, en que no voy a poder dormir de costado, en las posiciones absurdas que termino adoptando ¡porque no se puede dormir nueve horas en la misma posición! Esas posturas de contorsionista, a las que también ayuda el frío, me destrozan la espalda como nunca: creo que jamás tuve tanto dolor de espalda como estos días. De espalda, de piernas, de cuello…
Lo que era un paliativo, algo que servía para pasar las peores horas, se transformó en la norma: todo el tiempo con los tapones. Porque el entorno tampoco tiene un ritmo, porque el perro nuevo de al lado puede ladrar a 120 ladridos por minuto a la hora que se le canta el rabo: a las siete de la tarde, a las once de la noche, a la una y cuarto de la mañana, a las seis y veinte de la mañana…
Eso necesito: la certeza de que voy a apoyar la cabeza en la almohada (¡de costado!) y no habrá nada que me despierte: ni el perro, ni el vecino de arriba con sus pasos de gliptodonte, ni el otro vecino, que pone la música fuerte para joder; que no va a haber martillazos, ni baldazos que caigan en el patio, ni aires acondicionados que goteen, ni ruidos metálicos a las tres de la mañana, ni botelleros con parlante, ni vecinas que le quieren meter una olla en el culo y sacársela por la boca a noséquién, ni gatos en la medianera, ni taladros a las siete y veinte de la mañana de un sábado, ni el rumor de los aires acondicionados, ni los bombos de la murga del local kirchnerista (¿vieron cuántos locales K hay?: en mi barrio hay media docena, mínimo), ni vecinos arrastrando cosas en el balcón o gritándole a un bebé de un año, ni el púber de arriba desplegando a los gritos su repertorio de insultos, ni los portazos, las corridas y los saltos que son moneda corriente en su departamento. Ni gente que parece hacerme cargo a mí de despertarme, porque “tenés el sueño liviano”, según dicen con la ligereza del que habla desde afuera y no tiene unos niños corriendo sobre su cabeza. Ni la voluntad de estirar el día si me siento bien, y quedarme despierta un rato más porque ¡hoy estoy bien!
Nada. Suspender eso, dejarlo a un costado. Que no exista. Porque cada vez que me voy a dormir, me voy a dormir con eso. Y cada vez que me despierto, me despierto con eso. Y es enfermante. Y más enfermante es el hecho de no poder imaginar su final. Con todo, no sería más que un comienzo: sería volver a un lugar que estaba mal, pero que permite ilusionarse con mejorarlo, aunque no sepa cómo, sólo porque tengo un poco de energía para intentar algo y para afrontar el error que probablemente siga al intento.
Necesito dormir bien. Y coger bien, y con el cuerpo descansado capaz que lo logro. Y que me toquen, que no sé cuánto hace que no me tocan. Y no arruinar lo que puedo llegar a tener: sostenerlo, y que sea más y mejor, y que no se rompa, como se rompieron todos mis juguetes, algunos de los cuales reaparecieron en una bolsa que ahora está acá, en el living, recordándome la estela de destrucción que fui dejando desde mi niñez y que parece no terminar. Eso y un montón de cosas más necesito.
Pero ya sería otro post. O todo este blog.

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