martes, 14 de febrero de 2012

Ropa

Mi madre tiene una percepción equivocada de mí. Entre las muchas manifestaciones de ese error está la ropa que me compra, que siempre me queda grande. Otra de sus características es que cuando tiene algo de guita, gasta. Como si en la transacción quisiera obtener otra cosa, además de lo que compra.
Corte que la otra vez me compró un pantalón, y, obviamente, me quedaba grande. “Un talle menos”, le dije cuando me preguntó cómo me quedaba. Pero no lo cambió por un modelo igual, sino por otro distinto, y entonces mi recomendación fue inútil. Me lo probé, y en un acto de autopercepción equivocada, me pareció que me quedaba bien.
Cuando me lo puse para usarlo, descubrí mi error. Se me cae solo, y aun con el cinturón a tope, hago un poquito de fuerza con las manos tirando para abajo, y me quedo en culo. Es decir, me queda grande en el abdomen. Pero en los muslos más bien me aprieta. Y de largo se zarpa un toque. No es la primera vez que me pasa que un jean me queda bien de una parte y mal de otra, lo cual me lleva a dudar si no estarán mal confeccionados… o si yo no soy deforme.
Para estas fiestas parece que andaba con plata, y me compró dos mallas-bermudas-comosellamen. Una pasable, de un solo color, y otra, impresentable, a cuadros, con un cordón y ojales en el frente. No podría describirla mucho más porque una mirada fue suficiente para descartarla (y para aprobar la otra). En vez de cambiarla por otra prenda, tal vez para no equivocarse, la canjeó por un vale de caja.
Así, yo tenía 75 mangos free en ese negocio horrible, berreta y entre sagra y anticuado donde compra siempre, en cuya vidriera nunca encuentro nada atractivo cuando paso por allí y, cumpliendo no sé  qué mandato, me sale detenerme a mirar. Voy una tarde al lugar, repaso la vidriera una y otra vez, y saco cuentas mentalmente ante cada cosa que podría interesarme. Con otra malla como la que estaba bien ya tenemos 45 mangos. Eso y algo más. ¿Qué? Una remera lisa con un bordado del mismo color en el pecho… 49 mangos. No. Me voy al carajo con los números. Una chomba, también lisa, 39 pesos. Puede ser. 84 mangos, tengo que poner nueve pesos. Podría ser. Pero el cartelito aclara que el precio se debe a la falta de talles y colores… En el sector menos visible de la vidriera descubro unas remeras lisas, sin el bordado ese. 29 mangos. No hay un solo color que me guste realmente, pero, con voluntad, puedo elegir el azul. 74 pesos. Perfecto.
Hago la cola, me atienden, le explico a la vendedora, le pido una malla “como esta que tengo puesta, esas que están ahí en la vidriera”. Nop. “M no nos queda. Sólo hay L”. Todas las cuentas se me van a la mierda en un segundo, en una negación. ¡Ya sé! Las chombas. 29+39, 68. Una chomba, una remera y algo más. Unas medias, sugiere ella. Dale. ¿Tenés una chomba negra? Sí. ¡Bien! Dentro de todo…
“Mirá, la negra es L”, me dice, trayéndola desplegada como una bandera de esas que cubren toda la tribuna. A simple vista me queda enorme. Tal vez yo y mi hermano juntos entremos ahí adentro. Pero sólo para mí es un exceso. Previsora, me trajo también unas M en dos o tres colores. Elijo la roja, y me dice que me la pruebe. Espero a que se desocupe el probador. ¡Y me queda mal! Me queda cuatro o cinco centímetros más larga de lo que me gustaría. Supongo que en los hombros también me quedará grande. Pero en lo primero y único que reparo es en el largo.
Igual, le digo que está bien, porque no sé qué pedirle si la rechazo. Y porque ya se siente que estoy extendiendo el tiempo de atención sobreentendido. Ya sé que soy yo quien fue a comprar y que los vendedores están para atender, pero llega un punto en que temo ser como esos clientes insoportables que parece que no van a comprar, sino a joder. Y en cualquier ámbito, cuando es evidente que la cosa no fluye, me frustro mucho.
Recorremos todo el local hasta la calle para que pueda mostrarle la remera que quiero. El azul sigue sin gustarme, pero los otros colores siguen siendo peores. La remera ni me la pruebo: no me dijo, no se me ocurrió decirle, y me imagino que no quise correr el riesgo de seguir desanimándome…
68 mangos. Faltan 7. Las medias que me ofrece están a 25: okey, son tres pares, pero ya me molesta mucho tener que poner plata yo cuando se supone que me están haciendo un regalo, no voy a poner 18 pesos. Eso sí se lo digo. Un par por 17, sugiere. Bueno, dale. (Terminemos esto). Ya sé que salgo perdiendo, aunque lo noto mucho más claro ahora que lo escribo. Diez sopes de mi bolsillo y basta de tienda de ropa.
Antes de hacer la cola en la caja, me acordé de preguntarle si tenían jeans con botones. Me dice que no. Por suerte. Porque si tenían, me iba a ver en la obligación de pedirle que me mostrara o en la de volver, porque es difícil encontrar jeans con botones. Ya en la calle se me ocurren otras combinaciones: dos remeras y las medias son 75 mangos clavados. Tres packs de medias también. Too late.
Ahora mismo tengo puesta esa chomba rojo Bart, y no me gusta nada. La remera sigue en la bolsa, y las medias cumplieron con darme ese gran placer que siento cuando estreno un par de medias y camino como sobre copos de algodón. (¡Las medias!, eran las medias lo que tenía que comprar. Remeras tengo banda, las medias se gastan más. Eran las medias, carajo).
Con los días de uso de la malla, voy dándome cuenta de que también me queda grande. O está diseñada pensando en alguien con una hernia inguinal o me queda grande. Hasta que un día, al ponérmela, veo que dice L… La otra mañana, mientras espero que me saquen sangre, el ayuno me aguza la vista y veo que en una pernera tiene, de punta a punta, del elástico hasta abajo, una marca, como si alguien hubiese tirado de un hilo suelto. Me acuerdo de la tarde en que fui al negocio y un señor le preguntaba al vendedor que lo atendía si no le podía dar una ¿remera?, ¿camisa? que no tuviera tantos hilos sueltos…
Le digo a mi madre que nunca más compre ahí. Cuando, instado por el bulto que forma tanta tela de más, agrego que no soy L, que ni a palos puedo ser L, por supuesto, se pone en víctima. ¡Sólo en un negocio de ropa para chicos puedo ser L! La puta madre, vean la realidad.
Retomo.
Odio comprar ropa. Y esta experiencia me lo recuerda y actualiza. Odio comprar y en particular odio comprar ropa. Porque NADA me queda bien. Porque al hecho de tener que relacionarme con esa subespecie llamada “vendedores” se suma que los modelos son muchos y varían de negocio en negocio, a diferencia de las zapatillas, por ejemplo, que en todos lados son más o menos las mismas. Al ser tantos, incluso en un solo negocio, y como no da probarse más de tres o cuatro prendas, si no tenés suerte en el golpe de vista que te hace pedir esa y no otra, estás jodid@.
Nunca las condiciones de compra son las óptimas, pero hay pocos lugares como estos (pienso en la compra de drogas ilegales; no se me ocurre otro) donde se esté tan lejos de poder acceder a la información suficiente para tomar una decisión apropiada.
Igual, si alguien sabe de algún lugar donde vendan jeans de tiro bajo con botones, que avise. Pero me van a quedar mal. Yo sé que me van a quedar mal.

3 comentarios:

Alejandro Fantino dijo...

era de esos locales con mostrador de madera? con estantes con cajones?

yo hace mucho tiempo que no compro ropa, encima ahora estoy sacando panza pssssss.


por cierto que medias eran? esas de caña cortita, casi en el talón? para mi son un gran gran invento

0. dijo...

No, tanto.
Mostrador de vidirio con ropa debajo. Y más ropa en los estantes altísimos detrás de los vendedores.

Las medias no eran tan cortitas.
(Eran las que me dieron).
Pero esas cortitas tienen una contra para mí. Yo en verano suelo usar mallas, y los bolsillos de las mallas no son confiables (ya perdí unas llaves por eso).
Entonces, uso las medias como bolsillos, y allí llevo las llaves, las monedas (en una bolsita) y alguna cosa más.

Saludos al Polaco Bastía.

Blogger cambió los captchas y son incomprensibles.

Anónimo dijo...

ah, cuídese el colesterol.
la fucking pastilla antihipercolesterolémica cuesta 200 mangos. ($ 197,45)

y ahora me doy cuenta de que mi médica es de las que no aprendió a recetar genéricos...