miércoles, 8 de agosto de 2012

Guardia

No sé cuántos días seguidos llevaba sin poder descansar. Hoy llevo nueve, y aunque en un rato pegare un sueño largo y las interrupciones no me impidieren reconciliarlo pronto, y al final del viaje, a eso de las dos o tres de la tarde, sintiere que descansé, aunque en un rato pasare todo eso, dentro de poco recomenzará esta rutina desquiciada que no puedo romper y que me impide vivir razonablemente.
No sé cuántos días seguidos llevaba sin poder descansar, no sé si en los días previos había tenido una de las puntadas en la cabeza que tengo últimamente, que me hacen temer la inminencia de un problema de salud muy grave, el cual, por suerte, nunca se concreta. No sé si en esos días ya se me dormía el brazo, como se duerme ahora a veces.
Pero la asfixia ha de haber sido muy grande, tanto como para ir a la guardia psicológica y psiquiátrica de un hospital público. No porque tuviera confianza en que allí pudieran aliviarme, porque estaba casi seguro de que sólo me iban a sugerir que hiciera tratamiento y de que, como mucho, me ofrecerían una pastilla para dormir. Una. Para ese momento.
Más bien, para no explotar, para decir algunas palabras, para que alguien se entere, porque este blog –casi el único ámbito que pude construir en ese sentido– hace tiempo que no me alcanza. De hecho, mientras pensaba qué iba a decir, me sentía como escribiendo mentalmente un post, que, en vez de publicar acá, iba a contarle al médico que me atendiera.
Corte que me atendió un tipo con mucha cara de sueño y, tras tomarme los datos, incluyendo dirección y número de DNI, me preguntó por qué había ido. Comencé mi monólogo hablando de los problemas que tengo para dormir, consecuencia de vivir en un entorno muy desfavorable para el descanso, y hasta creí encontrar un buen camino cuando soltó una semisonrisa ante mi frase: “El nene de arriba corre todo el tiempo. Es chiquito, uno o dos años, y está dando sus primeros pasos… sobre mi cabeza”.
Le dije claramente que me angustió mucho el dolor que tuve la otra noche en el oído derecho, tan intenso que me obligó a quitarme el tapón con que trato de protegerme de los sonidos. Me angustió no por el dolor en sí, que por suerte no se repitió, sino porque vi claramente que nadie se iba a enterar de eso, que no podía decírselo a nadie. Ni en ese momento ni, seguramente, después. Y si después podía decirlo, iba a fastidiar a mi interlocutor contándole algo que no iba a dimensionar apropiadamente y/o que no le iba a interesar, y que probablemente lo llevara a poner distancia, ¡porque siempre hablo de lo mismo!
Si se lo decía a mi madre, en cambio, todo iba a terminar en una discusión en la cual yo digo que no se puede vivir acá, y ella no sé qué dirá, cambiará la respuesta, tal vez se irá de viaje, pero no hará nada que implique soltar este lugar enfermo, seguramente no hasta que mi padre se muera.
Le hablé de eso, de la angustia que siento cuando me despierto tipo seis de la mañana y sé que si quiero seguir durmiendo tengo que ponerme los tapones en los oídos y dormir en posiciones ridículas para que no se me salgan. Le dije: “Nadie se entera de eso, no sale de mi cama”. A lo sumo, notarán mi postura cada vez más encorvada, mi gesto de dolor físico, pero nadie sabe por lo que paso. Y esa invisibilidad me hace mal. Tenemos dos cosas que me hacen mal: lo que pasa y la invisibilidad respecto de eso. O tres: la imposibilidad de cambiarlo. O cuatro: la invisibilidad en la que caen mis intentos, que cuando tienen que ver con mi madre, por ejemplo, quedan anulados por sus rezos o por el relato que ella hace de mí con sus amigos, y tal vez con mi padre y la persona que lo cuida.
Le dije claramente al médico: “Si no hablo, nadie se entera. Y si hablo es inútil”. El tipo no cambiaba su cara de sueño ni su actitud. Entonces le dije: “Y descubro esa situación repetida en otros contextos, dos de los cuales quiero mencionar porque me afectan mucho”.
Uno es esa cuestión que tengo a veces con la comida, que como un montón pero una parte de mi cuerpo no lo registra y es como si no hubiera comido, no por tener hambre, sino por sentirme débil, como si llevara muchas horas sin comer, y ¡vengo de de comer 36 ravioles! U ocho croquetas de papa, o seis empanadas. Pero siento la energía pegada con alfileres, y un rato después, media hora, una hora, tengo que tomarme el jugo Ades que llevé porque ya conozco a mi cuerpo y me di cuenta de que no había cargado la energía.
Ya casi ni hablo de eso con los médicos, porque nunca dan en la tecla, porque me mandan estudios que son cada vez más caros y que no resuelven nada, porque siempre los análisis dan bien (pero yo me siento mal), porque terminan reduciendo todo a lo psicológico… Corte que la otra vez fui a la neuróloga por esas puntadas breves y horribles que tengo en la cabeza a veces, y la mina me hizo hacer una serie de pruebas físicas, una de las cuales consistía en estirar los brazos hacia adelante, lo cual reveló que me temblaban las manos, cosa que yo no había notado.
Ese día era uno de los días en que me siento mal, y tengo que comer de todo, y salir con un jugo Ades, una bolsa de pasas de uva y un paquete de galletitas en los bolsillos aunque salga de casa justo después de terminar de comer y la excursión no me lleve más de ochenta minutos en total.
Como me estaba pasando en ese momento, y como la médica se había dado cuenta de una de las manifestaciones que tiene esto que me pasa, traté de explicarlo. Tal vez por la propia nebulosa mental en la que me sumerge ese malestar no tuve claridad. O quizá sí, pero no le importó lo que decía. Traté de explicarle y me indicó el siguiente paso de la prueba. “Ahí te tiembla, ¿desde cuándo te tiembla?”, preguntó cuando le pareció. A las tres palabras de mi respuesta me interrumpió: “¿Pero te tiembla hoy…?”.
Quise poner en contexto la respuesta, porque no sé desde cuándo me tiembla, porque el temblor es una manifestación menor de todo esto, tan menor que muchas veces, como esta, ni lo noto. A los trece segundos, y sin que yo pudiera decir lo que quería, me interrumpió de nuevo, mientras yo me perdía enumerando todos los comestibles que tenía en los bolsillos. Me preguntó si tenía problemas de tiroides, le contesté que no, y siguió con su rutina despachadora de pacientes en ocho minutos sin que pudiera decirle, por ejemplo, que el último tercio de mi vida lo viví así.
Tonces, de nuevo, si no hablo, nadie se entera (salvo la –poca– gente que tiene la desgracia de estar conmigo cuando me pasa eso). Y si hablo es al pedo.
Más o menos terminé de contarle esto, y el psiquiatra o psicólogo somnoliento no me dejó llegar a la otra cosa que quería decir, a la otra situación medio asfixiante que no sé cómo encarar porque si no digo o hago nada, no pasa nada, y se diluye inevitablemente, y lo que digo o hago no cambia casi nada.
Me preguntó: “¿Y por qué viniste acá?”. Eso me desanimó mucho: lo que acababa de decir tampoco había servido de nada. El tipo no había registrado nada de lo que dije ni tampoco ese ejemplo in situ que contribuyó a crear. Por algún motivo que desconozco no le contesté “te lo acabo de decir” o “por cosas como las que acaban de pasar”. Pareciera que la interacción personal me lleva puesta, que solo puedo decir algunas cosas por escrito, y no cara a cara. Y cuando intento el cara a cara me voy al carajo, me acerco a la violencia, quedo mal y, lo más importante, tampoco cambia nada.
Traté de explicarle de nuevo, y hasta usé palabras que no se me habían ocurrido antes: de un lado está el silencio; del otro, la inutilidad de hablar, y en el medio estoy yo. Y me aprietan. Y no puedo salir de ahí.
Me dijo que hiciera tratamiento, no en ese hospital, sino en uno que esté cerca de mi casa “para no venir hasta acá, que es tan lejos” (¡qué considerado!) y que también podía ir a la guardia del hospital cercano.
“¿Te parece?”, me preguntó, con una pregunta retórica que estaba de más. A mí lo que me parecía era que ese largo viaje había sido más al pedo de lo que yo preveía. Habré asentido con cara de idiota, con la resignación que vence cuando antes de sacarte la ropa te das cuenta de que el gato con el que estás no tiene onda, y en siete minutos se terminó la entrevista. Con un gesto y un tono oficinescos, y sin moverse de la silla, me dijo “que andes bien”.
No puedo.
De movida, deberías verlo, pedazo de desganado, porque si me voy exactamente igual a como vine (o peor, con una ficha menos por jugar), si te deshacés de mí en un trámite municipal, no puedo andar bien.
(Cuando fui al hospital cercano para averiguar por los tratamientos que dan allí, de cuatro meses con sesiones de veinte minutos cada una, me dijeron que hace tres meses que no dan turnos, que vuelva en un mes porque quizá empiecen de nuevo, y entonces podría conseguir turno para dentro de dos meses. Y la guardia psicológica de ese hospital atiende solo hasta las cuatro de la tarde. Así que los ataques de furia o de angustia o de lo que sea hay que programarlos para antes de esa hora).

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