sábado, 30 de noviembre de 2013

Tratando de explicar-me

Acá te mando el cuento ese del que se hablaba la semana pasada.
Aprovecho para explicar un par de cosas que el otro día seguramente quedaron poco claras: no era el tema central de la conversación, y no daba que yo explicara demasiado (y aunque traté de explicar, sentí que mis palabras fueron arrastradas por la dinámica de los hechos y de las palabras ajenas); ni daba que nadie profundizara-repreguntara-tratara de entender qué quería decir yo, o qué estaba diciendo, y finalmente todo queda en un lugar que termina incomodándome mucho. Mientras sucede, y más aún después, cuando lo repaso en la memoria.
Así que, aunque sea por escrito y sin la inmediatez y la espontaneidad de la respuesta verbal (que tanto me gustaría lograr alguna vez :p ¡una respuesta verbal, espontánea y precisa!), trato de construir un lugar un poco más firme donde decir lo mío.
Había un concurso de cuentos: (...) había que presentarlo con seudónimo. Como te dije, y no es chiste, me tomé el laburo de pensarlo y escribirlo tentado por el premio de 1000 pesos. (Consideré que mil mangos eran una compensación aceptable para el revuelo que se iba a armar si ganaba. Pero perdí y se armó revuelo igual, jajaj grrrrrrrrrr).
Nadie sabía que lo hice, eso está claro.
Mi padre era uno de los jurados. Inexorablemente, chusmeé la carpeta donde estaban todos los cuentos y vi que en el mío había anotado, al margen, “poco claro”, “no es claro” o algo así. (Chau guita, pensé, jaja)
El día que se reunió el jurado yo estaba en la oficina terminando un trabajo, y fue entonces cuando escuché a otra integrante del jurado decir eso de que “tenemos que elegir tres premios. Ellos después les dan menciones a todos para que todo el mundo se quede contento”. Mi cuento obtuvo unas de esas menciones para “todo el mundo”.
En realidad, no era para que se quedaran contentos, sino para que compraran el libro. Porque se publicó un librito con todos los cuentos premiados, y a cada uno de los autores le obsequiaban un ejemplar. Pero la intención era que todos se entusiasmaran al ser premiados y compraran más libros para regalárselos a familiares, amigos, etc.
Pensé que mi descargo iba a ser más breve, ja. Por lo demás, no me sale hacer las cosas para que se enteren los demás. No el laburo que hice o el que hago allí, al menos. Si alguien lo valora –si percibo que lo valoran–, bien: una estudiante francoargentina que consulta la biblioteca y habla de mi pinta de traga, hace 15 años, por ejemplo (y no más de media docena de personas en los 8 o 9 años que estuve ahí). Y si no, como dijo Diego, que la chupen.
Lo que ven o no los demás me dice algo de ellos. Por ejemplo, siempre tengo la impresión de que nadie nota el laburo que hago corrigiendo las publicaciones de ese lugar. Que si solo le pasaran el corrector de Word, alcanzaría. Que si mando a la imprenta un artículo tal como me lo dan en papel o por mail nadie se va a dar cuenta.
No fue nuestra conversación, ni nada de lo que dijiste lo que me incomodó. En todo caso, es una situación que resulta más bien inevitable cuando el extraño –para calificarlo levemente– statu quo establecido allí se topa con alguien de afuera: una palabra, una observación, una presencia apenas, y todo comienza a chirriar.
Más aún si yo tengo que decir algo, si se me pregunta algo. Quedo tironeado entre responder con naderías, o decir algo mío y negarme a la forma de invisibilidad que sería callar, pero expuesto a que eso sea llevado por la dinámica de la conversación o de las personas, a los que oyen lo que quieren oír o a cierta incomprensión, porque a veces es necesario más contexto del que permite una conversación fugaz, y uno queda pagando, incompleto, incomprensible.
Y sobre todo porque no me sale decir cosas mías frente a gente que también conoce a mis viejos… Me resulta muy difícil ser yo ahí, ante ellos, y eso también tiene un alcance más amplio, seguramente.
Es decir, es demasiado enredado, y va más allá de vos o de cualquier otra persona.
Respecto de tu ironía, todo trabajo es importante, pero no todo trabajo es mencionado. Es importante que el local esté limpio, pero nadie conoce el nombre de quien limpia.
Tal vez yo haya tomado siempre así mi participación allí, sea una visión apropiada o no. Tal vez porque no tuviera ninguna expectativa con ese lugar (al que entré por tres meses, porque me había quedado sin guita para comprarme cd’s, cuando los discos se compraban y esas cosas tan lejanas, jaja), o como una forma de evitarme más lugares incómodos, expectativas ajenas, muchas veces construidas a partir de una lectura de la realidad tan lejana de la mía que me resulta exasperante.
No es lo mío, lo que me sale, lo que hace sentir cómodo, poner mi nombre, exponerme, casi diría exhibirme, sobre todo cuando se trata de cosas que me parece que no lo justifican.
Si ya con estar ahí tuve que escuchar tantas preguntas, dirigidas a mí o no, sobre si me interesaba eso, si me iba a dedicar a eso, el posible heredero y blablabla. Si ya con el cuento este se armó el módico revuelo que se armó (mi padre hablando de que publique, mi madre mangándole libros a la organizadora del concurso, jajjajaja)… No quiero imaginarme lo engorroso que me resultaría si apareciera mi nombre por algún motivo.
Es un tema, seguramente, todo lo que uno deja de hacer para evitar pasar por situaciones irritantes. En ese ámbito y más allá.
Todo esto es más para hablarlo en terapia que en otro lugar… :D
Te agradezco tus palabras sobre el cuento. Creo que le debe mucho más a “El fantasma” de Anderson Imbert que a cualquier otro de los pocos cuentos que he leído, sea de Cortázar (recién este año leí un libro de cuentos suyos: tomé prestado Todos los fuegos… de la biblioteca, y la otra semana me regalaron una antología que incluye cuentos de ese y de otros libros, y que espera turno en la mesita de luz), sea de quien fuere.
Y sí, el comienzo es lo mejor. Lo sé. Jaja. Supongo que eso también hizo que tratara de desarrollarlo.
Veremos qué hago con eso de escribir, y qué da mostrar y cómo, o ante quién. Tratar con gente se me hace difícil, a veces. Es lo mejor que puedo decirlo, después de una semana, o más, jajajaj. Así que lo del taller literario no creo, pero andá a saber. Capaz que algo hago.
El tema respecto de crear el propio camino y emanciparse es con qué elementos cuenta uno para hacerlo. Y sí, puede no ser nunca el momento apropiado, la circunstancia favorable –al menos, no de manera evidente-, y el tiempo pasa, viste…
Te mando un saludo grande, y gracias por tu tiempo.

1 comentario:

Olga Eter dijo...

Tratando de explicar-me en vano. Apenas una respuesta a estos dos mails que aquí aparecen como uno. Después no volvió a escribir, ni a llamar, ni nada... Ni unas palabras de pésame en estos días póstumos. Nothing at all.