sábado, 30 de noviembre de 2013

Un gesto

Pasó en marzo no porque los jazmines de mi jardín sólo estén en flor durante octubre y noviembre, sino porque alguna razón que nunca comprendí le impedía venir a mi casa. (Una razón tan incomprensible, para mí, como la que finalmente la trajo una tarde, un verano más tarde).
Estábamos en la heladería y le pregunté si quería ir a oler los jazmines de una casa que hay por acá, unos jazmines que a veces voy a oler, cuyas flores duran más tiempo y cuyo perfume es más intenso que el de los jazmines de mi casa. Unos jazmines que me hacen acordar a los que teníamos en el jardín cuando yo era chica. Aceptó, y caminamos las tres o cuatro cuadras hasta la calle de la rima fácil. Llegamos al lugar y le presenté los jazmines.
En no más de un minuto –oler jazmines en la calle, junto a la reja de una casa ajena, es algo que se hace rápidamente– nos volvimos. Recuerdo que le conté mi deseo de tener jazmines como esos cuando tenga una casa que sea mía. Recuerdo que tuvo un gesto inolvidable: me tocó la cabeza, como acariciándola, brevemente, y una semisonrisa asomó bajo sus gafas de sol. Algo que nombro como una semisonrisa y que quizá haya sido alguna de esas fugaces combinaciones de músculos faciales que se decodifican inconscientemente y que tal vez habría calmado la ansiedad de aquella búsqueda de Jim Morrison.
Recuerdo el edificio abandonado en la otra cuadra, recuerdo el beso que le di después de cruzar la avenida, un beso en la cabeza que le dejó un par de gotas de helado de dulce de leche en el pelo. Recuerdo que tiempo después, ya en invierno, me advirtió acerca de mis demostraciones de afecto.
Como yo siempre repito lo que funcionó una vez, seguramente hice varias cosas cuyo fin inconsciente fue la reedición de ese gesto: volver a encontrar una mano tocándome con lo que podría llamar cariño o ternura. Fue en vano. Y las veces que me salió a mí un gesto similar también fue inútil: nunca me dejaron llegar a destino.
Pienso, mientras la carencia de esos gestos lleva años, en todas las otras carencias. Y, de pronto, cuando, al pasar por un bar y girar la cabeza, veo a dos personas aceptablemente atractivas sentadas, charlando, pienso en quién podría verme, en quién podría hablarme. Y cuándo. Y cómo. Y con qué ojos. Y con qué palabras.
Y en qué llevaría a alguien a estar en una situación así conmigo. Y a elegir quedarse.
(Como yo siempre repito lo que funcionó una vez, no puedo terminar de anular el impulso de escribir en este blog).

1 comentario:

anticipos de olga dijo...

No hubo más palabras esa noche. Y la semana siguiente, en que, salvo la charla en la cola, se repitieron los hechos, me preguntaba si no tendré alguna forma (leve) de autismo. No el autismo de Rain Man, no el del hijo de la amiga de mi madre. Pero una vez, en mi adolescencia, mis padres, justo antes de separarse, me enchufaron un especialista en autismo. Tuve que pensar la frase porque sería incorrecto decir "me llevaron a un especialista en autismo" ya que el tipo venía a casa. Y no me diagnosticó TGD, sino una crisis adolescencial patólogica con reacción de aislamiento. Me lo acuerdo de memoria.

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En su nueva radio, a la tarde tenían un programa al que iba cualquiera, y simplemente se charlaba con el conductor y con los que estuvieran ahí. Me gusta esa idea de la radio. Gente hablando. Gente compartiendo lecturas y música. Nada de producción, de separadores, de cronómetros, de la pindonga. Simplemente, gente hablando... Para tener una excusa que me permitiera ir con cierta frecuencia, empecé a comprarme discos, justo antes de que se masificaran los CD's. (Sí, hubo un tiempo en que no exisitían los CD's. Y hubo un tiempo en que no existían los Simpson. Y hubo un tiempo en que la autopista no estaba).

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Cuando es tan obvio que los demás no quieren darte un lugar, hay que irse para no molestar y también por autorrespeto.