sábado, 14 de junio de 2014

Lo que los demás quieren cuando ellos quieren


Dedicado a todos los que me stalkean, acá y en otros lugares.
Si ya saben dónde vivo, vengan a casa cuando quieran. Vengan y chupénmela.

"El cónyuge supérstite retira su parte, su 50%, y el otro 50% se reparte entre los herederos", explicó el abogado. Porque, nos enteramos ahora, hay otro heredero, extrafamiliar (o casi: un integrante de la familia extendida y anómala que supieron construir), instituido como tal en un testamento escrito sólo con palabras técnicas, evidentemente dictadas por un profesional. Con palabras técnicas y sin ninguna explicación.
Dios no explica. Ejecuta su voluntad desde el más allá, fuera del alcance de reproches, preguntas o puteadas. Ejecuta su voluntad desde el más allá, y los que quedamos acá nos la tenemos que fumar mientras vemos cómo el titiritero de vidas ajenas continúa su labor post mórtem.
Finalmente, mi madre tuvo razón. Había un testamento. Yo, la verdad, pensé que no. Que, por su manera de ser, a mi viejo algo se le tendría que haber escapado: un comentario, una broma, una alusión. Pero no. Grandes actores ambos, él y su cuidador, mantuvieron el secreto durante cuatro años.
Cuatro años en los que siguió sacándome cosas (objetos, de esos que "van a ser tuyos", sobre los cuales dispuso cuando y como quiso, y sin avisarme; laburos, que les dio a otros, etc.), en los que realizó lo que ahora se revela como una puesta en escena retorcida, o perversa, eso de pedirme permiso para donar algunos de los objetos que "iban a ser míos" a cierto lugar. Y yo, sin margen para esquivar su insistencia de moribundo, y sin considerarlos demasiado valiosos (y sin lograr que él registrara mi repetida mención de su poca utilidad), me conformé pensando "bue, ahora pide permiso, ahora me considera"…
Cuatro años de una ficción construida por él y por el beneficiario, que se hacía el pobrecito, preocupadísimo por la guita que le había prestado el año pasado a mi viejo, como si no tuviera el reaseguro de una herencia. No lo olvidemos, el muchacho llegó a esta casa de su mano para hacer unas reparaciones y rápidamente se transformó en el amante y luego novio de mi madre: "¿Querés que sea tu nuevo papá?", preguntó una noche, sentado en el borde de esta misma cama en la que escribo.
Igual, no sé por qué me hago drama, si mi viejo me regaló medio depto y me malvendió la otra mitad… ¡Ah, no, pará!: ese era el analfabeto con el que vivió en los 90.
Bue, me dejó un auto. (No: me dicen por cucaracha que ese era el taxista).
Ah, pero me dejó libros escritos por él como ghost writer y firmados por mí, muchos contactos, una editorial y los derechos sobre los libros que publicó en ella. ¿Qué no? Que no, no, no, no, que ese era el que se llevaba, con o sin su anuencia, los objetos que "van a ser tuyos".
Y los diccionarios extranjeros, el diccionario de cubanismos de Pichardo… "Cuando yo me muera, no los vendas por dos pesos". Imposible venderlos, porque yo tuve que hacer la lista de esos diccionarios para que con ellos le pagara al lugar ese una deuda de la que le advertí durante meses sin que me diera bola. (Y alguna vez, años después, cuando mencioné el tema, lo desestimó porque "eran libros muy raros, no se los ibas a poder vender a nadie").
Ya sé: ¡el departamento en Necochea! Uh, cierto que no lo compraron, que no sé qué hicieron con esa guita, con esa idea, con eso…
Bueno, el otro departamento… "Le va a quedar un departamento", respondió, cuando alguien le preguntó sobre ciertos gastos –que no recuerdo y que le parecían dispendiosos– e hizo referencia a mí. "Le va a quedar un departamento", dijo él, como diciendo "onda que ya es bastante". Pero no. Me va a quedar menos que un departamento (de cincuenta años en un monobloc).
¿La mitad de la jubilación mal liquidada? No. Ese fue un bonus para el beneficiario. Y la otra mitad fue para mi madre. Y a mí, de paso, ni me avisaron.
¿Y la ciudadanía europea?… Nah. No demostró interés, y yo tampoco supe cómo llevar adelante el trámite, y quedó en nada.
Al menos, está el seguro de vida que estaba pagando y que me hizo firmar con tanta alharaca. Ah. Cierto. Dejó de pagarlo. Y no me dijo.
En realidad, la mayor herencia que me deja, la verdadera, es esta inmensa bola de odio, que me demandará años y fortunas de terapia manejar y que espero que no termine enfermándome. Inocente, imaginé que iba a quedar un torbellino difuso de partículas que se podría ir disolviendo quién sabe cuándo. Pero no: queda una montaña enorme de odio sólido y negro. Porque ese es el legado que eligió dejarme: un odio gigante. No un padre que tuvo hijos para hacer lo que había que hacer, no una relación intrincada, profesional, rota no sé cuándo… Quiso ser para mí un padre definitivamente sumergido en un océano infinito de mierda, uno que te caga desde el más allá. Uno que te caga acá, solapadamente, y que recién lo manifiesta cuando ya no está, y a través de otro, o del abogado del otro, en Tribunales.
La verdad, no creí que me odiara y/o despreciara tanto. Porque es conmigo el asunto, porque afectó sólo mi parte, no la de mi madre. Ni siquiera el gesto paliativo de cagarnos equitativamente… Nop.
Algo así sólo puede hacerse en una telenovela mexicana o como manifestación de un enorme odio y/o desprecio hacia alguien, mucho mayor que el odio que algunos despistados podrían suponer de mi parte hacia él. Porque, claro, seguro que muchos de esos algunos, o todos, tienen no sé qué versión de las cosas –y los que tienen la mía a veces la interpretan de un modo que me sorprende–, y porque a muchos o a todos seguro que no les dejé una buena imagen no yendo al velatorio. Ni al sanatorio…
En cambio, ellos, el asistente, el cuidador, tan sociables, tan afables, tan presentes… Estuvieron hasta el último minuto, fue su elegido, vivió más gracias a él (esto último seguramente es cierto, dicho sea de paso).
Pienso en desde cuándo me odió así. En ese desprecio, del que tengo dos recuerdos chirriantes: uno, de hace relativamente poco, unos diez años, cuando se le había ocurrido publicar una edición bilingüe de cierto texto, y yo, que atendía al traductor, hice una observación, la cual desestimó con una explicación referida al ablativo absoluto y con un corolario que me asombró porque revelaba cómo la había tomado: "A papá mono con bananas verdes". El otro fue en mi niñez: de visita en Montevideo, sentado en la cama del hotel, frente a mí, su pene se liberó del calzoncillo anatómico, y nunca supe si fue casualidad o un acto de exhibicionismo para marcar terreno. (Y no puedo no pensar en cuántas otras cosas similares habrán sucedido en mi niñez, cosas de esas que no se recuerdan, ni en cuánto habrán contribuido para que yo sea esto que soy).
Tal vez porque yo siempre busco dejar un buen recuerdo, porque lo único que queda son los recuerdos, me asombran muchísimo sus ganas de hacerse odiar y el radical desinterés respecto de cómo lo recordaré. Lo mismo me pasa con algunas personas que pasaron por mi vida y desaparecieron con la voluntad de acertarme el garzo pútrido de su inesperado desprecio en el medio de la cara mediante un silencio que se tornó tan imperturbable como ofensivo ante mis preguntas y mis intentos de comunicación. A una de esas personas que se revelaron como abyectas mierdas más de una vez le escribí o le dije en el contestador que me hacía acordar a mi padre, a una frase que mi padre dijo una vez: "Con Migo no se puede hablar". Su respuesta fue similar a la que me daría el muerto si le preguntara algo: un silencio de tumba.
No los entiendo a ellos ni tampoco entiendo a mi padre. Tal vez porque no me imaginé que podía ser tan hijo de puta, porque no pensé que se podía cagar así en una persona, que se podía cagar así a los hijos. Supongo que algunas cosas se explican sólo por una patología jodida, por algo perverso. Como este "mirá lo que te hice sin que vos puedas hacer nada, nunca; mirá cómo te lo hice que vos no te enteraste, nunca, hasta que yo quise".
Mientras, mi madre maneja las cosas y los tiempos a su antojo, sin que yo pueda o sepa hacer nada: porque tiene que "pensar en su futuro" calla algunas, deforma otras y… me regala ropa (horrible). Y yo siempre soy un títere de los demás, del muerto, de la viva, del beneficiario, de los vecinos que me imponen su ritmo circadiano y su vibración hostil y, lo más triste, de los que me conocen a través mío, que aparecen, agitan, generan cariño, desaparecen inexplicadamente (o habiendo dicho "lo que yo quiero cuando yo quiero", frase que también ejecutan quienes no la dicen) y me condenan a un destierro que me interroga sobre qué soy para recibir ese trato.

1 comentario:

Anónimo dijo...

"Tengo todo el tiempo del mundo por la gracia de dios que habita en mí"

El cáncer de vivir, de haber crecido, con fanáticos religiosos manipuladores.