viernes, 16 de diciembre de 2016

El sinfín del optimismo berreta

Cuando tengo la desgracia de que algún/a idiota me dé clases del optimismo infeliz con el que enfrenta la vida y me diga "yo vivo todos los días como si fueran el último", me dan ganas de preguntarle si coge sin forro. Me contengo, no sé si por urbanidad o porque sé de lo inútil de la pregunta, porque sé que no cogen ni les interesa.
También están quienes afirman que las cosas sucederán si uno las desea intensamente. Fuck, amigos, si eso fuese cierto ya me habría cogido a Demi Moore, a quien deseo desde que la veía en los afiches callejeros que publicitaban "Échale la culpa a Río". O a Carla Conte, que lleva doce años en el olimpo de la cabecera de mi cama.
La retórica motivacional que circunda el running y la actividad física en general está llena de pelotudeces así. Restallan en afiches y resuenan en las voces marciales de los entrenadores just do it, no pain no gain, impossible is nothing, no hay que bajar los brazos y la forrada cúlmine: el que abandona no tiene premio.
¡¿Perdón?!
Me cago en tu premio. Que te quede claro: me recontra cago en tu premio. No corro por un premio, no haga nada por tu hipotético premio. Ni siquiera por el mío, ya que mi cuerpo no toma mucha nota de mi esfuerzo y, en cambio, sí lo hace, cada vez, respecto de lo que como.
Y claro que a veces es mejor bajar los brazos y abandonar. Abandonar es una opción, es la opción mejor a veces. ¿O querés que me rompa? ¿Querés que me desgarre, que padezca la consecuencia de intentar sostener 170 pulsaciones más de lo que puedo? Chupame bien el orto… justo cuando vuelvo de correr. Forro de mierda.
En otro ámbito, el que te dice "ya vas a encontrar a alguien que te quiera" ni siquiera califica como optimista berreta: califica como cagón que no te dice abiertamente lo que subyace en esa frase: "Yo no te voy a querer ni en pedo". Otra baratura en esa línea, la del que dijo "vos sos un sol, alguien te lo va a decir", no me molesta tanto porque el chabón se suicidó, y me gusta creer –total es gratis– que lo hizo al comprender que no, que nadie te va a decir nada, al menos no por su sola afirmación.
Pero lo que más (me) suena estos días es esa gilada que insta a la acción, sea cual fuere esta, encararse a alguien, presentarse a un examen o pedir un adelanto del sueldo, porque "el no ya lo tenés" y "con intentar no perdés nada".
Error. No tengo el no. No tengo ni un no ni un sí. Y a veces es mejor eso que la confirmación del no. Sobre todo cuando ya tenés tantos noes que no te entra uno más. Que no querés un no más. O cuando intuís que el sí sería muy lindo, pero que rápidamente encontraría su límite en mi propia incapacidad.
De última, "te sacás las dudas", dice tu autoayuda de cotillón. No: de última, arruinás todo, generás una situación incómoda, te vas al pasto o quedás hundido en la leca, en un lugar del que no se vuelve –con los demás– y del que será penoso reponerse –para uno–. Y no me corras con que "si no lo intentás, no lo vas a conseguir" y "nunca vas a saber si había chances o no" porque esto no es un elogio de la pasividad, es una valoración de las probabilidades. Casi casi como cuando cruzás la calle.
Ni hablar si la persona a la que te encarás se enoja. Porque tal resultado confirmaría, además, que es una pelotuda de mierda. Llegado el caso, el rechazo me lo banco con solvencia y aplomo: estamos hechos de rechazos (más los tipos que las minas, más las gordas que las flacas), aunque su unanimidad es excesiva, es abrumadora, es infinita. Ahora, el enojo… Si, cuando te hablo de-sde lo mejor de mí, lo tomás a mal, andate a la reputísima madre que te parió por el culo. No quiero saber que sos así.
(La versión aggiornada de esa frase dice que "el visto ya lo tenés", lo cual tampoco aplica en mi caso, porque ni los mensajes me leen).
Y ahora que estamos cerca de las fiestas, por favor, no me vengan con los mismos deseos que me vienen repitiendo hace muchos años. Porque no alcanzan, no sirven, no se cumplen. Y sus palabras no hacen más que recordármelo.
No seamos optimistas al pedo. Cuando mi viejo estaba postrado, en parte por sus limitaciones físicas y en parte por sus limitaciones ¿neurológicas?, y estaba claro que ya no iba a salir de la cama, jamás le dije "que estés bien" o "que te mejores": me parecía casi un insulto, una demostración de no estar haciendo contacto con la realidad. Mi frase era "que estés lo mejor posible".
Así que no me digan nada. Porque pasó otro año y sigo sin cogerme a una chica que use havaianas, sigo sin ver de nuevo el mar, sigo sin correr una carrera, sin dormir normalmente, sin escuchar que me dicen "te amo", sin que me acaben en la boca y varias cosas más que podrían ser otro post. Y porque pasaron seis meses con mi dentist dándome demasiadas vueltas en la cabeza sin que percibiera ni un margen para decirle nada, menos aún cuando dijo que tiene novio, menos que menos cuando le dijo a otro paciente "tenés mi teléfono, cualquier cosa me llamás" y a mí nunca me dio el teléfono.
Y no me digan, en un clímax de conformismo, que qué bueno que al menos tengo diente de nuevo. Porque estuve diez meses casi como el Pepo, porque me dijeron "en tres meses lo tenés" y fueron seis, porque tuve que ir casi veinte veces y porque la stalkeé hasta saber cuándo es su cumpleaños y no pude ni decirle feliz cumpleaños.