sábado, 7 de julio de 2012

Twitter

Las redes sociales no escapan a la dinámica de las modas. Facebook mató a Fotolog (y el nuevo diseño de Fotolog terminó de enterrarlo), Twitter mató al blog, My Space murió de muerte natural, Google + nació muerto. Tumblr es la nueva atracción…
De todas ellas, la que está en su apogeo es Twitter, tal vez porque usarla no requiere articular dos oraciones, o porque opera sobre un impulso similar al que buscan los productos expuestos junto a las cajas de los supermercados. Y porque se transformó en un campo de batalla virtual en el que se enfrentan a diario partidarios y detractores del gobierno.
Parte de ese enfrentamiento consiste en instalar TT's, es decir, frases o palabras que por usarse masiva y novedosamente en un corto lapso son identificadas por el programa, el cual las hace aparecer en un costado de la pantalla. Meter un TT es una demostración de poder en este micromundo, es un espacio conquistado, es como hacer correr a una banda rival, o mojarle la oreja, si uno es más viejo.
Para eso, y como mariscales en una batalla, se alientan tuiteando cosas como: “Que Pasa Kumpas que no esta Primero en el TT #DondeEstaMacri ?? Vamos!!!”. Una vez logrado su objetivo, los tuiteros se regodean explícitamente con su logro y escriben frases de autoelogio (“Les re cabió. Dos TT en veinte minutos le metimos”) o retuitean las felicitaciones que reciben. Esto no es patrimonio exclusivo de tuiteros oficialistas u opositores, sino que también lo hacen los fans de cualquier personaje de las troupes televisivas o los hinchas de cualquier equipo de fútbol.
Ahora bien. ¿Con cuántos tuits se logra un TT nacional, y, por consiguiente, la chapa que eso otorga y la posibilidad de creerse que “todos hablan de nosotros” y/o la de jactarse de ello? Un sábado a la tarde (no un martes a las tres de la mañana, un sábado a los cinco de la tarde) un jugador de un equipo de la B Nacional hace un gol y es TT. Un equipo que no es River, que no juega contra River, que ni siquiera pelea directamente la punta con River. Un jugador desconocido, salvo para el que es bastante futbolero, que no es el goleador del campeonato, que no tiene ninguna cualidad extraordinaria.
Un partido más, en la fecha 25, bien lejos de las instancias definitorias. Y con 20 tuits en 15 minutos Facundo Diz es TT. Una hora después del gol, seguía siendo TT, y acumulaba ¡24 menciones!
Otro día Ricardo Caruso Lombardi es TT. No sé cuál de todas sus incontinentes y verborrágicas apariciones mediáticas es la causa, pero aparece en el efímero cuadro de honor tuitero. ¿Qué hizo esta vez?, ¿qué dijo, con quién se peleó? Me fijo, y el buscador de Twitter me devuelve siete tuits que lo nombran en los últimos diez minutos. Con siete tuits y un poco de conocimiento acerca del algoritmo tuitero cualquier nardo puede chapear con que fue TT, con que estuvo entre los diez temas más comentados en (Twitter en) la Argentina.
Ahora Floppy Tesouro acaba de bailar en el programa de Tinelli y está quinta en el ránking: la nombran 64 veces en media hora. El país habla de ella…
Obviamente, un domingo a la noche, cuando el programa de Lanata hace explotar Twitter, la cosa cambia, y se necesitan muchas más menciones para instalarse en el top ten. Pero eso no les importa (y si les importa, lo callan) a los que alardean con su logro, a los que, tratando de vencer la intrínseca fugacidad tuitera, hacen una captura de pantalla del momento en que su artista favoritx, sea actor, modelo, gato en ascenso o altx mandatarix, es TT. Ni a los que, contagiados de esa fugacidad, solo pasan un segundo por Twitter para ver la lista y decir “se habla mucho del tema en las redes sociales”, sin detenerse a ver, a buscar, cuántos son los que hablan.

Beso

Cuando finalmente el colectivo llegó y trajo el momento de la despedida, nuestras bocas, por su cuenta, apuntaron al mismo punto del espacio. La contraorden cerebral llegó a tiempo, y el ABS de nuestros cuellos respondió a la perfección.
Terminé con los instantes de vacilación que siguieron a los movimientos descoordinados de la frenada brusca agarrándole la cabeza con mi mano derecha, a la altura del occipital, y acercándola con firmeza hacia mí para que imprimiera su beso contra algún hueso del lado derecho de mi cara.
La puerta abierta del colectivo en la parada, las luces violetas de su interior, el cigarrillo inconcluso arrojado al piso, las últimas palabras, automáticas e impotentes, todo fue fugaz, salvo la sensación de ese beso contra un hueso de mi cara.
Los besos como ese –como el que le di un rato antes en el medio del pecho–, que se dan haciendo fuerza y apretando la boca, que siguen haciéndose sentir un rato después de dados, son los que más me gustan.
Bueno, este fue el primer beso así que me dio. También fue el último que nos dimos.
Fue el último beso así que me dieron.

Warnes

Tenía que ir a un lugar al que ya había ido una vez, así que miré la Filcar casi por compromiso, para ratificar lo que ya sabía. Me tomé el mismo colectivo de la otra vez, me bajé en el mismo lugar, comencé a caminar las ocho o nueve cuadras por la misma calle, pasé por la misma plaza…
Después de cruzar la avenida, el entorno no me resultó tan familiar, pero lo atribuí al hecho de que ya se había hecho de noche, y la vez anterior fui al mediodía. Llegué al paso bajo nivel, busqué con la vista por dónde cruzar, y no encontré el lugar. Busqué en mi memoria por dónde había cruzado las vías dos años y medio atrás, y no obtuve una respuesta atendible. Busqué empíricamente, adentrándome por una callecita curva que se hacía paralela a las vías, y tampoco…
Una chica volvía de haber caminado unos metros más por esa calle, y me preguntó por dónde se entraba. Pensó que yo iba a un lugar que hay ahí, donde seguramente había un espectáculo, y no la desmentí. Le dije: “Creo que por ahí”, señalándole una gran puerta de entrada. Cuando volvía sobre mis pasos vi a dos cuidacoches con chaleco que hablaban junto a una valla. Y decidí preguntarles.
“Hola, disculpá, te hago una pregunta: ¿sabés cómo hago para llegar a Warnes?”. “¿A Warnes? Buena pregunta…”, me dijo, interrumpiendo su conversación mientras el partido seguía sonando en su radio portátil. “Te tenés que tomar el 111”, comenzó su respuesta tras un silencio pensativo. No sé cómo siguió. Creo que no me dijo dónde pasaba, que sólo lo indicó con un gesto que quería decir “para allá”. No me salió explicarle que quería ir a Warnes, acá, a dos cuadras, del otro lado de la vía.
No quise desengañarlo acerca de la inutilidad de su explicación y de su buena onda. Así que le agradecí, caminé por la calle que me había indicado con su gesto y a las dos cuadras, cuando supuse que ya estaba fuera del alcance de su vista (porque cuando me preguntan algo así, yo miro para saber si siguen el camino que les indiqué), doblé y traté de volver a la calle por la que había llegado. No lo conseguí. La oscuridad, las calles que terminan en paredones y la ausencia de cualquier negocio donde preguntar hicieron que debiera caminar seis o siete cuadras desoladas no sólo sin saber dónde estaba, sino sin saber cómo mierda salir de ese lugar.
Finalmente, divisé una calle iluminada, que resultó ser una avenida, y en ella encontré una parada del 113. Seguía sin saber dónde estaba, pero al menos sabía cómo salir y que a Flores o a Belgrano iba a llegar.
No sé por dónde crucé las vías la otra vez que fui. Tengo una imagen, bastante difusa (pero es la única que tengo), de ver el paso bajo nivel ya habiendo cruzado –eso seguro– y desde un costado, como llegando a su desembocadura en diagonal. Apenas eso. Capaz que remodelaron el lugar y sacaron el cruce peatonal, capaz que después de aquella avenida yo me desvié porque había visto en la Filcar algo que no vi esta vez. No sé.
Lo que sé es que me resultó conocida esa sensación de saber muy rápidamente que la respuesta a mi pregunta no iba a llevarme a un lugar mejor. Como cuando voy a un médico y me despacha en ocho minutos. Cuando incluso nota que estoy temblando, que me tiemblan las manos, y hace referencia a eso, de modo que puedo decirle lo que ya casi ni les digo a los médicos: “A veces me pasa, que como y es como si no comiera, y me siento débil, con la cabeza nublada, cerca del desmayo a veces”. Y no hace ni un comentario sobre eso que dije, como si no fuese relevante o no lo hubiese oído.
O como cuando llamo a un gato y antes de ponernos en bolas sé que no va a haber una comunicación como la que pretendo. O como cuando hablo con alguien y de inmediato se evidencia que estamos en mundos fuera de contacto. O como cuando llamo a alguien por teléfono y a las primeras palabras, al primer tono de voz, sé que la comunicación que busco no se va a dar. O como cuando me levanto y antes de vestirme ya voy reconociendo que el día va a ser igual a todos los días desalentadores que vivo.
Había una pregunta, un intento, una persona, y salió mal. Y hay que seguir caminando en la oscuridad. Esperando encontrar un bondi.

Cuando no conocía a Olga

¿Cuándo van a pasar cosas que me gusten? ¿Cuándo voy a estar bien con una persona? ¿Cuándo me voy a sentir contenido, querido? ¿Cuándo va a pintar alguien que me quepa? ¿Cuándo alguien va a decir algo sensato? ¿Por qué las cosas no pasan con naturalidad y uno tiene que subirse al techo para que miren hacia acá? OK, cada uno toma su opción, pero ¿por qué nadie toma esta opción? ¿A nadie le resulta interesante lo que hay aquí?
No es la idea desviar de su ruta a nadie, coaccionar mostrando “si vos hacés esto, yo, que estoy mal, voy a estar mejor”. ¿Desde dónde puedo decir algo? Ey, no soy una planta, y siento que me estoy quedando sin pilas. Digo, si no tenemos un par de cosas, ¿qué sentido tiene quedarse aquí? No, otra vez sopa no. Ya me probé que no me voy a matar, pero, una poca de luz, ¿sí?
Me tienen agarrado. ¿Dónde me van a pagar tres gambas por laburar cuatro horas? Aunque yo, no sé, me ganara el prode, lo que fuera, y me fuese a vivir solo, voy a tener que cargar con todo lo que me pusieron en la cabeza durante 22 años. Digo, este lugar tira para atrás, no renueva la sangre. Es una historia esta casa, el desorden, la desidia, la casa que se cae a pedazos, pero mi madre habla todo el día por teléfono, o duerme, o está en la nube del control mental.
Es imposible, tira para atrás. La omnipresencia de los libros que nadie lee y arruinan llenándose de polvo, las habitaciones cerradas porque todo está tirado por el piso. Las preguntas pelotudas: “¿Cómo estás?”. Mal, pelotuda, cómo querés que esté, pedazo de forra.
Digo, me llenaron de miedos, me armaron de un modo tal que sin ellos no pueda conseguir nada. ¿Te acordás de San Andrés? Yo estaba luchando heroicamente para romper con un par de cosas y la hija puta “¿A dónde vas?, ¿A qué hora volvés?”. Siempre sumando mi mamá.
Yo puedo actuar de un modo “tranquilo”, no romper demasiados ceniceros o lo que sea, pero me gasta por dentro, me rompe no poder mandarlos a la mierda, asumir que lo que intenté por las mías salió mal, que soy un fucking fracasado. Ellos están contentos: soy un muchacho responsable, volví a la vida, ayudo a mi papá –como cuando tenía siete años, ¿viste?–, lo volví a ver después de siete años y eso me hizo mucho bien…
Loco, es como si me hubiera armado así, para que en los momentos grosos, para que cuando hay que tirar el penal decisivo, no pudiera. Me llenaron de miedos, de inseguridades. Digo, si crecí entre enfermos, ¿cómo querían que saliera? Abrieron heridas que no cerrarán jamás. Ni olvido ni perdón, odio y rencor!!!, ja.
Cuando luchaba con mis problemas –que les debo, sin duda–, o cuando estás con una mina, o lo que sea, te tildás y lo hacés mal. Gracias, che, son unos amigos… Aquí uno se llena de tics, de cosas que parecen normales, pero que cuando te cotejás con otros afuera, te miran con una cara…

martes, 14 de febrero de 2012

Te dieron la vida. (Me dieron la muerte)

Me escucho a mí misma gritando “¡ey, ey, ey, ey, ey!”. Eso es lo primero que escucho. No sé si me despierta ese grito apremiado y apremiante porque el dolor es continuo o si es el dolor, en el pecho, apenas más arriba de la línea de los pezones, apenas a la derecha del eje de simetría, el que me despierta.
Sentada en la cama, con la mano –con la yema de los dedos– en el lugar del dolor, trato de ubicarme en tiempo, espacio y circunstancia.
Ya pasó, me digo, ya no duele.
Recién ahora, escribiéndolo, pienso en si no fue un sueño. Pero ninguna de las veces que me despierto ahogada, incluso a metros de mi cama, tratando desesperadamente de respirar, es un sueño: sucede algo antes de que me despierte, y yo, aun dormida, respondo a eso que sucede. No creo que haya sido un sueño, además, porque mis sueños suelen ser intensos y lo habría tenido presente en ese mismo momento.
Mi madre, que se despertó con los gritos, abre la puerta sin tocar y desde el límite entre el pasillo y mi pieza me pregunta qué pasó. Dice que tengo una angustia de puta madre (sic) y me ofrece un vaso de agua. Me acuerdo de un hecho que me contaron una vez, y pienso: lo único que falta es que traiga el agua en un vaso de whisky, tallado, retacón y cilíndrico como los que hay en el living. Nop. Tienen demasiado polvo encima, solo son decorativos. Seguro que trae uno de la alacena.
Cuando recién me despierto, apenas si puedo hablar. Mucho más si la vuelta a la vigilia es tan abrupta. Alcanzo a decirle que no. No por el vaso, quizá por la historia que recordé, sobre todo porque no tengo sed. Me doy cuenta ahora, y me pregunto qué puto poder se depositará en un vaso de agua para que sea casi un reflejo ofrecerlo en una situación así.
Ya está, ya pasó. Me saco el tapón del oído izquierdo, el único que me quedaba puesto, y pienso en que un día no va a ser así. En que el dolor no va a pasar, en que el “ey, ey, ey” va a ser no sólo inútil como este, sino que va a ganar en desesperación; en que voy a sentir cómo se me rompe el cuerpo, en que ya no voy a poder agarrarme más, en que se va-me voy-me lleva. En que me voy a morir.
Alguna vez me han dicho (probablemente yo estuviera despotricando contra mis xadres) que ellxs me dieron la vida. Se la podrían haber guardado, no se la pedí, una cosa así habré respondido. Ahora agregaría que dar la vida implica dar la muerte. Dar la enfermedad y la muerte. Y la probabilidad de la agonía. Más allá de toda la mierda que los xadres pueden darte, te dan la muerte.
Y todavía hay gente (de mierda) que insiste en la patología y tiene hijxs…

Ropa

Mi madre tiene una percepción equivocada de mí. Entre las muchas manifestaciones de ese error está la ropa que me compra, que siempre me queda grande. Otra de sus características es que cuando tiene algo de guita, gasta. Como si en la transacción quisiera obtener otra cosa, además de lo que compra.
Corte que la otra vez me compró un pantalón, y, obviamente, me quedaba grande. “Un talle menos”, le dije cuando me preguntó cómo me quedaba. Pero no lo cambió por un modelo igual, sino por otro distinto, y entonces mi recomendación fue inútil. Me lo probé, y en un acto de autopercepción equivocada, me pareció que me quedaba bien.
Cuando me lo puse para usarlo, descubrí mi error. Se me cae solo, y aun con el cinturón a tope, hago un poquito de fuerza con las manos tirando para abajo, y me quedo en culo. Es decir, me queda grande en el abdomen. Pero en los muslos más bien me aprieta. Y de largo se zarpa un toque. No es la primera vez que me pasa que un jean me queda bien de una parte y mal de otra, lo cual me lleva a dudar si no estarán mal confeccionados… o si yo no soy deforme.
Para estas fiestas parece que andaba con plata, y me compró dos mallas-bermudas-comosellamen. Una pasable, de un solo color, y otra, impresentable, a cuadros, con un cordón y ojales en el frente. No podría describirla mucho más porque una mirada fue suficiente para descartarla (y para aprobar la otra). En vez de cambiarla por otra prenda, tal vez para no equivocarse, la canjeó por un vale de caja.
Así, yo tenía 75 mangos free en ese negocio horrible, berreta y entre sagra y anticuado donde compra siempre, en cuya vidriera nunca encuentro nada atractivo cuando paso por allí y, cumpliendo no sé  qué mandato, me sale detenerme a mirar. Voy una tarde al lugar, repaso la vidriera una y otra vez, y saco cuentas mentalmente ante cada cosa que podría interesarme. Con otra malla como la que estaba bien ya tenemos 45 mangos. Eso y algo más. ¿Qué? Una remera lisa con un bordado del mismo color en el pecho… 49 mangos. No. Me voy al carajo con los números. Una chomba, también lisa, 39 pesos. Puede ser. 84 mangos, tengo que poner nueve pesos. Podría ser. Pero el cartelito aclara que el precio se debe a la falta de talles y colores… En el sector menos visible de la vidriera descubro unas remeras lisas, sin el bordado ese. 29 mangos. No hay un solo color que me guste realmente, pero, con voluntad, puedo elegir el azul. 74 pesos. Perfecto.
Hago la cola, me atienden, le explico a la vendedora, le pido una malla “como esta que tengo puesta, esas que están ahí en la vidriera”. Nop. “M no nos queda. Solo hay L”. Todas las cuentas se me van a la mierda en un segundo, en una negación. ¡Ya sé! Las chombas. 29+39, 68. Una chomba, una remera y algo más. Unas medias, sugiere ella. Dale. ¿Tenés una chomba negra? Sí. ¡Bien! Dentro de todo…
“Mirá, la negra es L”, me dice, trayéndola desplegada como una bandera de esas que cubren toda la tribuna. A simple vista me queda enorme. Tal vez yo y mi hermano juntos entremos ahí adentro. Pero sólo para mí es un exceso. Previsora, me trajo también unas M en dos o tres colores. Elijo la roja, y me dice que me la pruebe. Espero a que se desocupe el probador. ¡Y me queda mal! Me queda cuatro o cinco centímetros más larga de lo que me gustaría. Supongo que en los hombros también me quedará grande. Pero en lo primero y único que reparo es en el largo.
Igual, le digo que está bien, porque no sé qué pedirle si la rechazo. Y porque ya se siente que estoy extendiendo el tiempo de atención sobreentendido. Ya sé que soy yo quien fue a comprar y que los vendedores están para atender, pero llega un punto en que temo ser como esos clientes insoportables que parece que no van a comprar, sino a joder. Y en cualquier ámbito, cuando es evidente que la cosa no fluye, me frustro mucho.
Recorremos todo el local hasta la calle para que pueda mostrarle la remera que quiero. El azul sigue sin gustarme, pero los otros colores siguen siendo peores. La remera ni me la pruebo: no me dijo, no se me ocurrió decirle, y me imagino que no quise correr el riesgo de seguir desanimándome…
68 mangos. Faltan 7. Las medias que me ofrece están a 25: okey, son tres pares, pero ya me molesta mucho tener que poner plata yo cuando se supone que me están haciendo un regalo, no voy a poner 18 pesos. Eso sí se lo digo. Un par por 17, sugiere. Bueno, dale. (Terminemos esto). Ya sé que salgo perdiendo, aunque lo noto mucho más claro ahora que lo escribo. Diez sopes de mi bolsillo y basta de tienda de ropa.
Antes de hacer la cola en la caja, me acordé de preguntarle si tenían jeans con botones. Me dice que no. Por suerte. Porque si tenían, me iba a ver en la obligación de pedirle que me mostrara o en la de volver, porque es difícil encontrar jeans con botones. Ya en la calle se me ocurren otras combinaciones: dos remeras y las medias son 75 mangos clavados. Tres packs de medias también. Too late.
Ahora mismo tengo puesta esa chomba rojo Bart, y no me gusta nada. La remera sigue en la bolsa, y las medias cumplieron con darme ese gran placer que siento cuando estreno un par de medias y camino como sobre copos de algodón. (¡Las medias!, eran las medias lo que tenía que comprar. Remeras tengo banda, las medias se gastan más. Eran las medias, carajo).
Con los días de uso de la malla, voy dándome cuenta de que también me queda grande. O está diseñada pensando en alguien con una hernia inguinal o me queda grande. Hasta que un día, al ponérmela, veo que dice L… La otra mañana, mientras espero que me saquen sangre, el ayuno me aguza la vista y veo que en una pernera tiene, de punta a punta, del elástico hasta abajo, una marca, como si alguien hubiese tirado de un hilo suelto. Me acuerdo de la tarde en que fui al negocio y un señor le preguntaba al vendedor que lo atendía si no le podía dar una ¿remera?, ¿camisa? que no tuviera tantos hilos sueltos…
Le digo a mi madre que nunca más compre ahí. Cuando, instado por el bulto que forma tanta tela de más, agrego que no soy L, que ni a palos puedo ser L, por supuesto, se pone en víctima. ¡Sólo en un negocio de ropa para chicos puedo ser L! La puta madre, vean la realidad.
Retomo.
Odio comprar ropa. Y esta experiencia me lo recuerda y actualiza. Odio comprar y en particular odio comprar ropa. Porque NADA me queda bien. Porque al hecho de tener que relacionarme con esa subespecie llamada “vendedores” se suma que los modelos son muchos y varían de negocio en negocio, a diferencia de las zapatillas, por ejemplo, que en todos lados son más o menos las mismas. Al ser tantos, incluso en un solo negocio, y como no da probarse más de tres o cuatro prendas, si no tenés suerte en el golpe de vista que te hace pedir esa y no otra, estás jodid@.
Nunca las condiciones de compra son las óptimas, pero hay pocos lugares como estos (pienso en la compra de drogas ilegales; no se me ocurre otro) donde se esté tan lejos de poder acceder a la información suficiente para tomar una decisión apropiada.
Igual, si alguien sabe de algún lugar donde vendan jeans de tiro bajo con botones, que avise. Pero me van a quedar mal. Yo sé que me van a quedar mal.

Beso

Beso
en un banco
de una plaza
una noche
después de una fiesta.


(“Beso” * Marina Kogan)


Toda la noche de ese 31 miré hacia aquella esquina, hacia el cordón de la vereda. Antes y después del brindis, cuando estaba sentada en un taburete cuya vista atravesaba el ventanal y llegaba directa hasta allí, o cuando cambiamos lugares –y entonces me daba vuelta–, o cuando salía al balcón, desafiando mi vértigo, y no miraba los fuegos artificiales (¡mirá!, ¡qué lindo!, ¡uh, allá!). A cada rato miraba, como si una de esas miradas fuese a reconstruir nuestra imagen, en un cordón de una vereda una noche después de un recital.
No hubo beso esa noche. Es muy Olga esto, lo sé. Pero es así. Hablar no de lo que tuve, porque no lo tuve, sino de cuando estuvo cerca. Mejor dicho, de cuando lo percibí cerca. Y aunque la falta de referencias puede confundir la percepción, quizá no haya sido una lectura equivocada: lo que para mí es cerca para otros puede ser muy lejos.
Un beso en el cordón de una vereda, esa noche, después de un recital, no parecía un artificio ni un logro. Hasta podía verlo natural, una continuidad de las miradas y del entorno, de las risas y del aire que por nosotros había a nuestro alrededor. Capaz que es así cuando es, capaz que leemos parecido este momento, que coincidimos en el próximo cuadro de la historieta. Por este instante y, tal vez, seguramente, no más allá (aunque uno siempre va a querer más).
En los dibujos animados suelen aparecer un diablito y un santito en el hombro de algunos personajes, incitándolos al bien o al mal. Yo podría decir que tenía a la hinchada de mi equipo en mi hombro izquierdo alentándome. Pero la hinchada esa, como todas, son una banda de paqueros y mercenarios. No tengo metáfora, entonces, para ilustrar esa sensación, ese impulso extra que me llevó a preguntar: “¿Me dejás que te dé un beso?”.
(Que ningunx diga “qué boluda esta Olga, cómo va a preguntar”, porque no es así. Para mí no es así, y menos en esa situación).
Y me dijeron que no. Obviamente. Olgamente.
Entonces ni siquiera fue un problema pensar en si mis besos le iban a gustar.

Conviviendo con un psicópata

Cada vez que lo veo a C, habla de sus vecinos. De la mierda que son sus vecinos, de que no lo dejan dormir, de las peleas y los gritos que tiene que oír, de que ponen la música fuerte, de que cogen o corren arriba de su cabeza. El otro día dijo que se dio cuenta de que no es casualidad. Que un día notó que si la gente del piso de arriba estaba en su depto, el tipo del piso de más arriba no ponía la música fuerte. Pero que si no estaban, sí. Y que eso había pasado las suficientes veces como para que no pudiese considerarse casualidad.
Y de que una de esas veces en que la música impedía no solo dormir, sino cualquier cosa, salvo oírla y sentir que te estaban invadiendo y violando tu casa y tu descanso y tu salud, una de esas veces en que era inútil tocarle el timbre, gritarle o golpear la pared, C vio con claridad que ese tipo era Nelson, el compañero de Bart. Era el bravucón del grado que tiene el poder de sacarte la mochila, y lo disfruta, y también tiene el poder de que vos no puedas hacer nada para recuperarla, y disfruta aún más cuando, inútilmente, lo intentás y te chocás con tu impotencia y, por ende, con tu explícita insignificancia respecto de él.
El psicópata de mierda este es un vecino ejemplar: saluda a todos, integró la comisión de propietarios, incluso saluda a C cuando se cruzan en la entrada o en el ascensor. Pero después, en su casa, se transforma, y sale al balcón gritando “si no les gusta, que se tapen los oídos” antes de poner su música estremecedora.
Es en su casa, y no en el pasillo, donde denigra a su familia gritándoles “si yo no traigo la comida a esta casa, ¿ustedes qué comen?: ¡mierda comen!” o “en ese colegio son todos unos boludos y vos sos el más boludo de todos”. Y donde amenaza a sus hijos con golpearlos. En Facebook tiene una foto con su hija besándolo a la que tituló “Beso”. Pero es en la casa donde la nena dice “no me toques” (no dijo “no me pegues”, dijo “no me toques”), donde él amenaza con calentarle la cola o con romperle la boca, donde la nena se esconde debajo de la cama para evitar no se sabe qué cosas (C no lo sabe), donde ella quiere cerrar la puerta de su pieza y el tipo le exige a los gritos que la deje abierta.
En el pasillo y en el ascensor es el tipo más sensato del mundo. Y hasta pregunta por qué le tocan el timbre si no era él quien tenía la música fuerte, cuando no sólo es evidente que es él, sino que C lo escucha cantar. Y ahora escucha los gritos provocadores en el balcón. (A veces con su familia también es sensato, y le pide a su hijo que no haga ruido porque “hay un chico abajo”, refiriéndose al bebé del piso de arriba de C. De golpe, le importa el chico de abajo. Los vecinos de más abajo... Esos no). Y en alguna reunión de consorcio llegó a decir: “Tenemos que ser solidarios entre nosotros, tenemos que cerrar la puerta del ascensor, y no dejarla abierta” (!).
El bullying de consorcio que contaba C tuvo un punto crítico una noche en que volvía a su casa con la presión baja y desde la esquina vio que había un tipo parado cerca de la puerta del edificio. A esa distancia C no distinguía si el tipo estaba en la casa de al lado, en la suya, en la de más acá. Cuando estuvo cerca, comprobó que era junto a la puerta de su edificio, y le pareció que era el tipo este, pero llegaba de última y tenía la energía justa para meter la llave en la cerradura. Tan de última que hasta se sorprendió cuando se encendió la luz de la entrada, que detecta movimiento.
Entonces se dio cuenta de que no se había cortado la luz, y, más tarde, de que el tipo llevaba minutos ahí, quieto, esperando no se sabe qué. C tuvo total certeza de que era el tipo ese y no otro días después, cuando oyó su vozarrón y sus carcajadas junto al ascensor, hablando con alguien (¿con otro vecino?), diciendo “caminaba así” y dando un par de pasos con la cabeza y los hombros bajos y las piernas flojas, como C reconocía haber caminado esa noche de baja presión.
El psycho este, como buen psycho, huele las debilidades, y ataca allí con la persistencia obsesiva de un enfermo tratando de instalarse en el lugar del macho alfa del edificio. C supone que es una venganza del tipo este debida a las varias quejas que hizo a la administración por los ruidos provenientes de ese departamento, las cuales incluían referencias a las frecuentes situaciones de violencia familiar, algo que el psicópata, el vecino sensato, el padre ejemplar que paga 800 mangos de colegio, busca ocultar entre las paredes de su casa.
Yo escucho a C y digo que además de eso, hay una voluntad muy profunda por parte de este tipo de hacer lo que quiere cuando quiere, y encuentra en este conflicto, generado por su desconsideración y su desprecio por los demás, una excusa ideal para dar rienda libre a su ser profundo. Todos queremos eso, seguramente. El tema, en todo caso, está en cómo manejamos la cosa cuando no es posible. El vecino psicópata de C reacciona exaltado ante la administradora del edificio y grita “nosotros somos los Psicópatas, nosotros tenemos contactos” cuando la mina le sugiere participar de una mediación. Y a la vecina que sí va a la mediación, el psycho le dice: “No les dé el gusto, no se mude”…
C deberá salvar la distancia que el especialista en bullying de consorcio impone desplazando el aire con su vozarrón aciago, y tendrá que enfrentarlo de algún modo. No necesariamente exitoso (difícilmente exitoso). De un modo que rompa la dinámica de tenerla adentro todo el tiempo, la lógica de la sumisión y la impotencia, la naturalización de lo que no debería ser natural.

Again and again

Hace más de dos años, en noviembre de 2009, cerca de mi casa se hizo una exposición de objetos que me gustan mucho. Fui, y supongo que la pasé bien. Mientras la recorría, varias veces se me hizo evidente que me habría gustado compartir ese momento con alguien. No con cualquiera, con alguien que –yo pensaba– podía entender más o menos qué me pasaba, porque algo sabe de mí; con alguien frente a quien, tal vez porque sabe de mí, no tenía historia en mostrarme como una criatura de cinco años.
No pudo ser esa vez, ni el año siguiente, cuando se hizo, más lejos, otra exposición similar. Este año que pasó volvió a hacerse cerca de casa, y de nuevo me ilusioné con poder compartir ese momento. Pero tampoco fue posible. Incluso agité con que aquella noche de hace más de dos años yo había sido feliz. La verdad que no tengo el medidor, no sé cuándo uno pasa de contento a feliz. Sé, en cambio, que los recuerdos engañan. Esta última vez estuve hecho mierda, cortesía del mal descanso que se empeña en darme uno de mis vecinos soretes, y varios de los objetos que quería ver se expusieron en otro lugar sin que nadie avisara.
Me recuerdo sentado en el banco de una plaza, enfrente del lugar de la exposición, cabeza caída, ojos cerrados, tratando de reponerme, mientras hacía tiempo vanamente por si llegaban algunos de esos objetos que tanto quería volver a ver. Sin embargo, hace poco encontré en la web una foto de esa noche, y casi comento en el sitio donde la publicaron algo así como “qué buena estuvo esa noche”. ¡Mentira! Apenas si zafó, creo.
Y entonces qué sé yo si fui feliz en 2009. Sí sé que quería compartir eso y no pude.
Hace justo dos años tocó G en el Konex. No tenía con quién ir, y, pese a eso, fui igual. En la esquina de la placita el movimiento de mi panza me hizo tomar la decisión de doblar para el lado de Rivadavia y no para el lado de Sarmiento. Buena decisión, porque llegué a casa apretando los cantos y no sé si aguantaba cinco minutos más. Eso fue todo. Después del bidetazo ya estaba 0 km. Pero era tarde. Y no hubo G esa noche.
Tampoco hubo G el año pasado, cuando tocó de nuevo en el Konex. No me enteré, no tenía con quién ir, y seguramente no me enteré por no tener con quién ir, y no fui. Me enteré esa tarde, mientras esquivaba, tan in extremis con la diarrea aquella, un ataque de pánico.
Este año sí fui. Aunque, como siempre, no tenía con quién ir. Aunque es una cagada ir solo a un lugar, y más cagada es volver solo. Desde antes de salir sentía que mi cuerpo no estaba al 100%, por más que comí casi una caja de ravioles y una banana justo antes de tomar el colectivo. Y por más que llevé un jugo Ades para el camino, a la altura de la esquina de la plaza fue evidente su inutilidad. Y no me animé a entrar. Para sufrir como sufrí el último recital, para estar pensando qué hago si me siento muy mal, para estar pensando en cómo me siento, mejor no.
Y no entré. Me quedé cuatro canciones junto a la reja, pero G no es un tipo que se pueda disfrutar así. Incluso me escondía por si se daba vuelta y me veía a través del hueco en la lona. Aparte, su público tampoco es de quedarse afuera, y no había nadie. Sólo yo, sin documentos, y una vez en ese mismo lugar la gorra me pidió documentos, y mucho rati alrededor, y un auto que se para a mi lado mientras meo junto a un árbol en una vereda desierta… Mejor tocar.
G tocaba esta canción cuando yo daba la última vuelta manzana antes de desistir y volverme.
Hace dos años tocó otra banda en el Konex, y verlos al aire libre prometía ser más llevadero que un show en un lugar cerrado y lleno de humos. Tocó tres veces, y me ilusioné con ir cada una de esas veces; con ir con alguien y no cagarle la noche con preocupaciones acerca de mi estado. No fue posible. Ninguna de las tres. Incluso fui una vez para ver cómo era el lugar, y fue entonces cuando me quedé junto a la reja. Pero el reconocimiento del terreno no sirvió para nada.
El año pasado tocaron de nuevo (ese lugar suele repetir su programación de verano :p) y también me ilusioné con si alguno de esos tres jueves… y tampoco tuve compañía, y otra vez terminé una de esas noches junto a la reja.
Este año ni fui. Alguno de mis malestares recurrentes habrá ocurrido cada una de esas noches, pero casi seguro que no fue por eso, sino para no sentirme como me siento a veces, cuando trato de hacer cosas que no son, pero hagamos-algo, y termina pintándome una sensación de pérdida de contacto con el entorno (porque lo único que hace contacto con el entorno es mi cabeza, una ilusión que ella crea), y del consiguiente desasosiego a la taquicardia y la descontención previas al panic attack no estamos lejos. Y estamos justo en ese desasosiego y en ese vacío que de por sí son una sensación de mierda. Física y espiritual.
Entonces, elijo evitarme la posibilidad del desasosiego, y también la de volver solo, y la de sepultarme una vez más con la comprobación de la desconexión, de que no puedo dejar de estar afuera. Y la de terminar, como la otra tarde, en la estación, a donde llegué no sé por qué, pero sí sé que me quedé un rato esperando que llegara el tren, viendo bajar a la gente, actuando como si esperara a alguien, pero sin esperar a nadie.
Podría haber escrito esto hace dos años, hace un año, ahora. Podría escribir ahora sobre las chicas que usan havaianas, sobre los médicos que no aciertan una, sobre mis análisis que están bien mientras que yo me sigo sintiendo mal, sobre las medias nuevas, sobre las extraccionistas que te dejan hematoma (esta va con nombre: Ariana Martín, porque ese lugar es muy top, y el aire acondicionado congela, y los empleados tienen un cartelito en el pecho con el nombre, aunque la plataforma para apoyar el brazo tiemble como un metegol en una vereda rota), sobre las monedas que encuentro en la calle (1,75 hoy, 2,20 ayer).
Vuelve el verano a la ciudad, dice un cartel en una plaza que conozco, pero todo se posterga para un futuro que ya no va a llegar. Todo es tan igual como antes. O, si no, es peor: las piedras que trato de quitar de encima mío son ilevantables y me dejan con cada vez menos fuerza física y mental; el SUBE ahora es casi obligatorio y promete serlo del todo; el examen de salud de la UBA es más obligatorio que antes; las cámaras de seguridad se multiplican y permiten identificar incluso a quien sale de un locutorio, como le pasó al chabón que extorsionaba por el caso Candela; el cartel que pusieron en Seguridad Federal informa que allí funcionó un centro de tortura y exterminio (lo cual probablemente sea cierto), pero no ejercita la memoria respecto de los veintipico de integrantes del Estado que murieron en la bomba que puso Montoneros; mis vecinos son cada vez más desembozados en su provocación y en su hostigamiento, los sionistas siguen mintiendo y preparan el clima para el ataque a Irán diciendo que no es posible que un país como ese, que amenaza con destruir a otro, tenga armas atómicas, aunque no sólo es posible, sino que se acepta y se favorece que un país que oblitera la existencia de otro, que viola durante décadas la legalidad internacional, que sigue matando, tanto en su territorio como en el extranjero, con la aquiescencia de Occidente o que regularmente comete crímenes de guerra, tenga armas atómicas; los besos que me doy en los brazos no me alcanzan (y no llego a besarme la cabeza).
Lo único que mejoró es que ahora el súper redondea automáticamente a favor del cliente: la otra vez mi compra sumaba 6,84, pero de eso sólo me di cuenta cuando la cajera me dio el tique (¡ticket!) y vi que tenía un ítem nuevo: “Descuento redondeo”. Porque ella dijo que eran 6,80. Y la pantalla también decía que eran 6,80.
La serie de repeticiones es incesante. Inquebrantable. Tal vez sea inevitable en alguien que viene de una familia donde se repiten palabras, conductas y hasta enfermedades. La circularidad se ve irrompible, y, si trato de romper el círculo, seguro que hago un rayón, que rompo la hoja, que va a ser para peor.
Encima, mi cuerpo no me ayuda, y no me permite romperla ni a trompadas ni a panzazos. Ni con la mera presencia. Y mi cabeza, tampoco. Ni con palabras ni con ideas puedo. Cada cosa que invento o que intento no resulta. Entonces, busco decir acá, una vez más, lo que no puedo decir en ningún otro lugar. Porque estoy diciendo algo (porque estaría definitivamente jodido si no me saliera decirlo). De todas las maneras que puedo y considero que no van a ser para peor, lo digo. Y no me ven o no me escuchan o no quieren o no pueden o no les importa. Hasta la médica que me atiende ahora está de vacaciones, y me medica por teléfono, en una llamada de larguísima distancia...
Yo todavía trato de agarrarme de algo. Quiero tanto agarrarme que de nuevo considero comprarme una cámara de fotos, pero, como hace cuatro años, si había algo de guita, se va en análisis y remedios. Y entonces vuelvo acá, a tratar de agarrarme de-con las palabras, aunque ellas también me agarren a mí, o aunque puedan ver de qué locutorio salgo o enterarse de qué bondi me tomé si voy a postear a un lugar sin cámaras de seguridad.
Vuelvo y digo.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Fuera de servicio



[foto]

Una frase que da vueltas por ahí sin que Google pueda confirmarme su autor dice que “una banda tiene toda la vida para sacar su primer disco y un año para sacar el segundo”. Yo, que intuyo analogías por doquier sin poder confirmarlas o explicarlas, sospecho que algo parecido pasa en cada lugar nuevo donde uno expone su discurso. Tenés toda una vida, la que pasó, para poner en palabras sensatas y plausibles, para referirla de un modo razonable, para explicarla, explicártela y/o explicársela-s.
Pero, mientras, la vida continúa, y lo que sucede en paralelo a ese relato es más o menos lo mismo que pasó antes. Seguramente porque no puede dejar de serlo, no tan fácilmente, no juntando palabras. Cuando cae esa ficha, todo se descubre tan repetido y vacío como el canal de la NBA en estos tiempos de lock-out. Todos nos damos cuenta de que estamos en un circuito repetido. Los que pueden irse, se alejan, y uno se queda desmoronado en el mismo lugar de antes y sin la ilusión de la razonabilidad, ya desvanecida.
Algo así tal vez ocurra con este blog. Esa sensación de que ya todo fue dicho, de estar repitiendo hechos, ideas, palabras, conectores; de que en unos años mi relato va a incluir esto que (me) pasa ahora y, dentro de ello, por supuesto, el blog. La de no tener referencias, la de un solipsismo sui géneris, expuesto mucho y sin sentido. Desde hace meses, me suena a estar poniendo la energía en un lugar equivocado. Al menos, en un lugar que no la devuelve.
No sé para qué uno hace (¡hacía!) un blog. No sé por qué hice este blog. Empezó, y ya. Supongo que fue un intento de romper con la sensación de inexistencia. Para darle aire y luz a algo que había ahí, latente, poniéndolo en palabras, fuera del agobio solipsista. Pero las palabras que junté (¡alto logro!) finalmente revelan su impotencia. Los signos vitales que dejo acá y también los que a veces dejo al visitar algunos blogs no pasan el triage…
Mi blog no explotó ni tuvo muchos lectores comentaristas (ni seguidores, desde que Blogger se contagió de la lógica twittera facebookera). No era algo que buscara: simplemente, digo que no sucedió. Y está claro que si hubiera ocurrido, esto habría tomado otro rumbo, como lo tomó con un post y un comment de hace exactamente tres años.
No explotó, no conseguí sponsors, aunque un blog que habla tanto de zapatillas podría haber conseguido el auspicio de Reebok o de Adidas… Tampoco resonaron algunos post “bien escritos”, y eso sí me parecía menos improbable. Pero no superaron la invisibilidad o la intrascendencia.
Y no sirvió para cambiar nada consistentemente. Tampoco sé si era posible. No sé qué era posible, pero esa pretendida visibilización no mueve el amperímetro. Y si afuera no resuena y adentro no rinde, mejor parar. Entonces, por un tiempo, este blog va a quedar en pausa.
Tal vez vuelva a postear cuando intente de nuevo una solución médica para mis problemas con el sueño si me toca un psiquiatra como el que aparecía en Crónica la otra tarde, que hablaba de la “higiene del sueño” y de que uno tiene que estar equis horas en la cama, y no más. Y si no descansó, no importa, “¡levántese lo mismo!”. Conductistas así, de ser traumatólogos, dirían: “Si se fracturó una pierna, no importa… ¡Camine lo mismo!”.
O cuando la pelotuda del lugar donde vendo diarios viejos me vuelva a sarpar las monedas (y a cagarse en mi esfuerzo de treinta cuadras y veinte kilos) mientras manda mensajes a dos pulgares en su smartphone, o cuando me encuentre con otro oftalmólogo impaciente que se moleste si cierro instintivamente el ojo al acercarme el aparato para medir la presión.
¡O cuando venga el-la asistente social a comprobar si necesito el subsidio! 0 cuando la vigilia me ahogue como me ahogo a veces cuando duermo, o no sé cuándo ni por qué. Imaginarlo es condicionarlo, creo.

La foto es eso: algo que ya no existe, yéndose. De un lugar que –también– me es ajeno.