martes, 29 de diciembre de 2009

No tengo MP3 (y la música está en el aire… y en la cabeza)

Sobre el camino, de Gabo Ferro, cualquier atardecer de ventanillas abiertas yendo a Tierras Altas en el Belgrano, cuando cruza el río. O volviendo, de noche, tarde, en un vagón casi vacío, cuando el sonido ensordece al chocar el aire que desplaza el tren contra las barandas del puente.
Lonely days, de Mimi Maura, en Constitución y Castro, o Castro Barros, un anochecer de diciembre, hace un par de años, no más.
Lo mejor del amor, de Rodrigo, en la esquina de Saavedra y Humberto, un domingo a la tarde, esperando a F/Y, que hacía horas extras.
Gangsta’s Paradise, por Coolio, cada madrugada en el 126 yendo a PuTan. (¡Qué preciosa que era Michelle Pfeiffer! Qué linda que sigue siendo a los 50…).
Black dog, de Led Zeppelin, por Córdoba y San Martín, en el walkman de mi encarnación cadeta, hace mucho ya, en la esquina de un edificio al que iba siempre a llevar sobres. (Esa vez no llevaba nada: sólo iba a mear en el baño que había descubierto en ese piso).
El Blues de Cris, de Pescado Rabioso, entrando al colegio por ese largo pasillo que retornaba después de doblar. Ella iba delante de mí, ninguneándome como me ninguneó todo ese año, y entonces comprendí lo de “atado a mi destino / al borde del camino / volveré”.
Te quiero llevar, de Palo, en el 165, cuando el bondi le apuntaba al puente en Pompeya una tardecita nublada de este mes. Igual, yo no puedo llevar a nadie a ningún lado... (Hasta ahora no pude, al menos).
I’ll be your mirror, de la Velvet, en tu cabeza, leyéndome.

1 comentario:

Olga Eter dijo...

Como ahora sí tengo mp3, hay música que no sólo está en la cabeza o en el aire, que está en mis oídos.
“Sobre el camino”, volviendo en el Belgrano, una noche de remera, no tan tarde esta vez, cuando el sonido ensordece al chocar el aire que desplaza el tren contra las barandas del puente; asomándome por la ventanilla para ver una luna apenas abollada y oler cómo se prenden fuego los brillos.
O “La cabeza de la novia…” en un banco de la estación, esperando los veinte minutos que tarda el tren, mientras se apaga el pueblo y el aire se aquieta.