sábado, 31 de octubre de 2009

Son las 7 y todavía no anocheció

¡Puta que lo parió!
¡Otra vez se pasó el año!

Puño

Con el puño cerrado no se puede escribir. Y lo tengo cerrado.
No es una metáfora. Camino, me descubro caminando, por la calle con el puño cerrado, apretado.
No es el gesto de festejo que cierra el puño y pone el antebrazo casi vertical, y empuja el codo hacia abajo. No. Es el comienzo de un cross que no puede salir, que no encuentra destinatario.
Y no puedo escribir. Me cuesta mucho.
Calculo –lo he visto– que es algo habitual en los blogs. Se te fue la inspiración. No fluye, no libera, no sale... Pasó el berretín, surgen otras cosas donde poner esa energía. Ya dijiste lo que querías, las palabras deflagraron, quedaron consumidas, inertes, y los sentidos no aparecieron.
Igual, este no es el blog de Cuparito, no es un gran blog. Pero releyendo posts viejos, del año pasado, encontré cosas que me gustaron. Mirala vos a Olga, lo que escribió. Lo que pudo escribir. Lo que ahora no puede.
Así que, en vez de pasar rápidamente al blog siguiente, pueden darse una vuelta aleatoria por el archivo de este blog y quizá encuentren algún encadenamiento de palabras que justifique el intento. Entre 500 posts alguno tiene que haber… Pero nadie –¡ja!– va a leer todos los posts… Que el azar los lleve, que el azar los traiga.
No obstante, es raro. Porque la búsqueda de palabras no cesa. Es más: no puede parar. Esa palabra que alivie, libere, acerque, cambie una vida, dé un pie para cambiarla… Quiero romper el mundo a palabras. El mundo, estos mundos, la asfixia y el encierro. A precisas palabras.
La cabeza queda encendida por horas, y al final pierdo otro día, cansado, sin encontrar nada de lo que busco en ella para buscar mejor fuera de ella.
Y hoy no quiero más. No tengo ganas. Nunca llego. No veo cómo podría.
Nunca alcanzo. Nunca alcanza.
A veces, en casa, también me veo con el puño cerrado, yendo y viniendo por el pasillo que lleva a las habitaciones, en el espejo, en mi pieza, encerrado para que no me vean así. In fury.
A veces, en casa, la liga una pared. La ligan mis nudillos, que están hechos bosta de tantas piñas.
Entonces, las palabras se vuelven inapropiadas: el ¿psiquiatra?, ¿psicólogo?, ¿disfrazado? de la otra vuelta quiso volver dos o tres veces sobre mi mención de una trompada a la pared tiempo atrás. Y me hizo ver que de eso no se puede hablar en ese lugar. Tampoco de la muerte autoprovocada (lo sabemos hace mucho). Y tampoco de otra gente: ¿qué mierda tengo que contar-le lo que otra persona me contó de su vida y cómo me paro con respecto a eso?
Silencio. Sin palabras. El antebrazo tenso.
Las palabras no salen. No aparecen. Se olvidan. No llegan a destino.
Con el puño cerrado sólo se pueden hacer garabatos como los de los nenes de 4 años, que agarran la birome y le dan con fuerza, hasta que queda la marca en las hojas de abajo del cuaderno, en varias hojas.
Las letras quedan sueltas, en renglones diferentes; las palabras, incompletas.
Y la voluntad de construir un mundo a palabras se derrumba al comprobar su insuficiencia para ese propósito, al asomar debajo de ellas, entre abundantes conectores y una sintaxis impecable, la hilacha reveladora.

Todo

Como Pessoa, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Y también tengo en mí todos los fracasos que puedo aguantar.

Para conseguir algo hay que desearlo intensamente

Esa es una pavada de las que pueden decirte los boludos que después de leerse un par de libros de autoayuda se ponen a hablarte en plan ínclitos aconsejadores.
Pavada maliciosa que pone el peso de la responsabilidad en uno y atribuye a un deseo insuficiente el malogro de lo que dice desearse.
Si eso fuese cierto, yo ya me habría garchado a Demi Moore, a quien deseo intensamente desde la época de “Échale la culpa a Río”, cuando era muy bonita, tanto como ahora, y muy distinta, vistas todas las cirugías a las que se ha sometido.

De todo esto no te vas a enterar hasta que suceda

Estuve charlando con tu verdugo.
Un hombre pulcro, amable.
Me dijo que, por ser yo,
podía elegir la forma en que te irías.
Los esquimales, explicó, cuando llegan a viejos
se pierden por los caminos
para que se los coma el oso.
Otros prefieren terapia intensiva,
médicos corriendo alrededor, caños, oxígeno
e incluso un cura a los pies de la cama
haciendo señas como una azafata.

“¿Es inevitable?”, le pregunté.
“No hubiera venido hasta acá con esta lluvia”, me replicó.
Después habló del ciclo de los hombres, los aniversarios,
la dialéctica estéril del fútbol, la infancia
y sus galpones inmensos con olor a neumáticos.
“Pero –dijo sonriendo–
las ambulancias terminan devorándose todo”.
Así que firmé los papeles
y le pregunté cuándo iba a suceder...
“¡Ahora!”, dijo.
Ahora
tengo en mis brazos tu envase retornable.
Y trato de no llorar,
de no hacer ruido,
para que desde lo alto
puedas hallar
la mano alzada de tu halconero.

(“Los ciclos” * Fabián Casas)

Chicago-Atlanta

¿Un partido de la NBA en TyC?


¡Ah, no! Es uno de la B Metropolitana…

Enojo por partida doble, en los dos lados de la cama, de la casa, de la vida

Despertarte a mitad de la noche
y ver en el otro lado de tu cama
a tu mujer llorando
es una experiencia importante.
Quiere decir, entre otras cosas,
que mientras paseabas por los cuartos
iluminados de tu cerebro
algo se estaba gestando cerca tuyo.
Un error con el cual mantenés
una particular relación de intimidad.
Porque, aunque no firmemos nada
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz,
pensamos que es para toda la vida,
y así seguimos.
Botes que durante la noche
quedan amarrados al muelle,
golpeándose entre sí,
según el viento.

(“Despertarte” * Fabián Casas)

Banco a los tanos

En las múltiples entrevistas promocionales que ofreció (¿o se trata de una sola, multiplicada hasta el cansancio?), el best-seller’s writer Roberto Saviano, autor de “Gomorra”, habla del ejercicio de la sexualidad por parte de los mafiosos del sur de Italia.
El pasaje que más llama la atención, y que más se copia y pega en la Red, es el que describe ciertos imperativos acerca del trato con las mujeres que rigen en aquel submundo. Desde las posiciones (“Nunca ir abajo”) hasta las prácticas (“Nunca dar sexo oral, cosa propia de perros”), pasando por la elección de la esposa (una vecina del pueblo a la que se conoce desde la infancia), todo está fuertemente preestablecido, y no queda mucho margen para esquivar ese deber ser.
Por supuesto que la descripción conlleva un trasfondo de crítica, y que los múltiples copypasteos lo subrayan. ¡Qué machistas, qué primitivos, qué desconsiderados! ¡Cómo no le van a chupar la concha a la chica!
El sexo oral integra el repertorio estándar de cualquiera que coge por aquí, y se lo da casi por descontado. Hay otras prácticas que están en el límite de lo tabú (hacerle el culo a una mina, por ejemplo), y unas cuantas van desde lo inconfesable hasta los motes de “parafilia”, “fetichismo”, etc.
Pero siempre que uno mira con esa distancia crítica puede ser mirado con distancia crítica. ¿Cuántos de los que se asombran por la no chupada de concha se dejan meter un dedo en el orto, por ejemplo?
Al fin y al cabo, es un mandato ajeno que se te mete en la cama. Lo hacés porque tenés que hacerlo, como te negás a otras cosas por esa mirada ajena más que por el placer o displacer que te causen. (¡Cuántas minas hay a las que les gusta por el orto, pero dicen que no mil veces, a ver si el chabón las toma por trolas!).
Yo, por mi parte, re banco a los tanos que no pesebrean. (Siempre me ponen cara, y me ven como un freak, cuando trato de esquivarlo. Pasa que no soy religioso, no celebro Navidad, y entonces el pesebre me es ajeno…). Aunque tal vez lo mío sea deformación profesional, producto de tanto gateo, porque no es lo mismo –no para mí– pesebrear un felpudo desconocido y de alto tránsito, que darle al de tu chica… que también puede ser de alto tránsito. ¡Chan!
Bueno, para empezar a hablar, depilate toda.

domingo, 18 de octubre de 2009

Humillante atención en la guardia del hospital Piñero


Esto nos lo manda nuestro corresponsal en Tierras Altas.


Llevaba veintiún días seguidos sin dormir bien, sin sentirme descansado. Por el vecino de arriba, por el de más arriba, por el botellero con parlante, porque me tuve que levantar muy temprano para ir al dentista, porque la espera bajo la lluvia y el viento en el Kónex me obsequió un resfrío de una semana (y un show inolvidable, digámoslo también), porque un día salí y me acosté tarde, porque otro día no salí y me acosté tarde, porque la reparación del baño del vecino tomó días, mañanas y tardes, y, también, por las cosas que ocasionalmente me quitan el sueño.
Una vez que me agarré a trompadas con la pared, y la dejé maltrecha, más que a mi mano, fui a la guardia de un hospital público, y el traumatólogo me dijo que había guardias psicológicas y psiquiátricas en algunos hospitales del GCBA, algo que yo ya sabía.
En ese momento no fui –lo de la mano había sido una cosa del momento–, pero con todo este rollo del mal descanso sin solución, opté por ir, porque ya no podía bajar. Zarpado de adrenalina, dormía dos o tres horas y me despertaba, para hacer pis, porque al vecino de arriba se le cayó algo pesado a las 4 de la mañana o porque un niño y su madre discutían a la hora de la siesta; y estaba otras dos o tres horas para dormirme de nuevo, y a las dos o tres horas una nueva despertada recomenzaba el ciclo.
Averigüé que esas guardias ahora funcionan en el Piñero y en el Alvear, y elegí el primero porque me queda más o menos lejos, y no terrible y casi inaccesiblemente lejos, como el otro.
Tuve que esperar tres horas para que me atendieran. Tres horas por reloj. Cada vez que yo o la chica que acompañaba al otro paciente que requería ese servicio (un clon joven y flaco del Máquina Giampietri) nos acercábamos al mostrador donde nos habían tomado los datos y preguntábamos si estaban atendiendo, nos contestaban que sí. Incluso nos dijeron que a veces tardaban mucho porque consideraban realmente la situación del paciente.
En el ínterin, sucedió algo muy desagradable. Una chica joven, que no llegaría a los 20 años, seguramente extranjera o descendiente directa de extranjeros, con un bebé en brazos, se acerca al mostrador. En ese momento no había nadie atendiendo al público, sólo un rati sin chapa junto al vidrio que separa al paciente de quien atiende.
La chica le pregunta por la guardia de Pediatría, y el cana no levanta la vista ni le contesta. La chica le pregunta de nuevo por la guardia de Pediatría, y el rati del orto no le contesta y sigue resolviendo el crucigrama del diario Clarín sin levantar la vista.
Yo, que llevo demasiado tiempo esperando, sé que no pasan más de cinco minutos sin que aparezca alguien para atender; y se lo comento para que aguarde sin intranquilizarse. Efectivamente, a la brevedad viene un médico y le explica dónde queda la guardia pediátrica.
Mi situación, y la amansadora, y los niños, y sus padres, y los celulares, y los borrachos, y los lúmpenes, y los perros sueltos quitan lucidez, y recién en el camino de vuelta a casa me doy cuenta de la otra cosa que tendría que haber hecho. Tendría que haberle dicho al cobani, en voz bien alta, para que lo notaran todos los otros zombis que también esperaban, que era un maleducado del orto, un miserable, un descortés, un sorete. Un policía.
A las tres horas de espera me acerco al mostrador, donde no hay nadie, para decirles que me voy, que me tachen de la lista, que no espero más, que es una vergüenza la –no– atención. Cuando aparece alguien, es alguien distinto: una cara nueva, dos caras nuevas. Un tipo y una mina, y dos pendejas más atrás, y flasheo con que pueden ser los fucking profesionales psi.
¡Lo son! La señora mira el libro de guardia comenzando por el final y llama al clon del Máquina, que había llegado después que yo. Le hago notar que estoy antes, mucho antes. Parecen no entender, y tras un momento de incertidumbre, el presunto profesional, de guardapolvo blanco, unos cincuenta años, cabellera rala y encanecida como su barba, y anteojos, dice que me va a atender a mí, y que la mina se vaya con el Máquina.
Pasamos, junto con una de las chicas, a un consultorio. No hace referencia alguna a la enorme demora, se sienta en una butaca, y yo me siento en una banqueta de plástico. Más atrás, en una butaca que está sobre una tarima, la chica comienza a tomar apuntes. Nadie me dice quién es ni por qué anota. El señor no se presenta, no dice si es psicólogo, psiquiatra o un disfrazado.
Me pregunta el nombre, la edad, la dirección, pero no los anota en el libro que está sobre el escritorio, sino en un papel doblado. Le pregunto si es necesario que le dé mi dirección, y no me dice taxativamente que sí, sino que ellos toman esos datos. Entonces le miento: le doy otra dirección y le digo que vivo en un segundo piso. Más adelante me voy a pisar y voy a revelar torpemente mi mentira. Pero no me importa.
Me pregunta por qué fui. Le cuento. Le digo que hay una cosa de estos días, pero que viene de hace dos años. Le hago un racconto de mi peripecia con los vecinos, con los ruidos, con los médicos, con la medicación, con los diagnósticos (y los no diagnósticos), con los 1000 mangos que me gasté en médicos, análisis, remedios… Le digo que me siento cansado por no poder dormir bien, que no puedo coger, correr, sentirme lúcido, que no puedo laburar, que no podría estudiar, que el sopor en los ojos no deja de pesarme, que el día anterior pasó algo que me movilizó especialmente, pero que, más allá de eso, la vida de mis vecinos (escucharlos pelear, hablar por teléfono en el balcón, coger, jugar a la pelota en el living, caminar estrepitosamente, golpear el ténder, cerrar la ventana como si fuese un deporte olímpico, obligarme a escuchar a Luis Miguel) es el alienante soundtrack de mi vida este último tiempo.
Y que me gusta estar despierto de noche y dormir hasta el mediodía. Veo que la chica toma nota de esas palabras, de que preferiría dormir de 4 a 13, y él empieza a descalificar mis argumentos. Dice que hay algo de rebeldía adolescente en eso, y luego sumará a esa idea el hecho de que escuche coger a los vecinos (eso es adolescente para él, pero no lo es escucharlos discutir en el balcón, por ejemplo), mi predilección por las prostitutas (¡cómo si fuésemos adolescentes la mayoría de los consumidores de prostitución!) y que viva con mi madre y trabaje en casa (¡cómo si fuera sencillo conseguir laburo, más en estas circunstancias!, ¡cómo si fuese sencillo tener el ingreso necesario para vivir solo!).
Retoma el tema de las putas y me pregunta si me enamoro de ellas. Es la tercera vez, creo, que un psi me pregunta lo mismo. No, no me enamoro: la pasé bien y quiero verla de nuevo. Así de simple. Y no entro en detalles acerca de lo que es pasarla bien…
En un momento me dice que eso es una guardia, y me da a entender que mi relato no corresponde a una atención en ese lugar, sino que es más propio de una psicoterapia. Y dice la frase célebre: “Más que afuera los ruidos están en tu cabeza”. Le respondo que venga a casa. Con un decibelímetro.
Remata diciendo que trate de empezar durmiendo cuando duermen los vecinos de arriba, las cinco o seis horas que suelen dormir. Ahí me saco. Por un instante veo todo negro, pero puedo devolvérsela, pese al cansancio y las horas de espera, y le digo que me está proponiendo que viva al ritmo de ellos. No se hace cargo, o yo estoy tan sacado que no lo registro. Habla de que los que trabajan de noche necesitan “higiene” para poder descansar de día: creo que se refiere a un lugar higiénico, creo que habla de eso, creo que quiere decir silencioso, apropiado para el descanso.
Vuelve a bajar de manera asquerosamente explícita su ideología, y comenta que en general se rinde más durmiendo de noche. No me da tiempo a responderle (nunca lo hace, y la sensación es la de que no importa lo que yo diga) que yo rindo más de noche, y que, además, antes que el rendimiento, está mi placer, y que me da mucho más placer estar despierto de noche que de día. Que en la noche los demás se apagan, y puedo ser yo sin sus vibraciones, que me acerco a mi centro y puedo leer, escribir, pensar, escuchar el silencio, sentirlo en el cuerpo.
No hay margen para decir eso, no lo hay para decir casi nada. No sin que me corte, no sin que mis palabras le resulten irrelevantes o dignas de descalificación, de un ninguneo lleno de soberbia y moralina.
Después, o antes, hablamos del cansancio. Y me dice que para dormir hay que cansarse. No entiende que ya estoy cansado por no poder dormir... No entiende que tengo tanta adrenalina para vencer el cansancio que no puedo dormir. No entiende cuando le digo que no puedo coger, y me pregunta si no se me para (tal vez eso le pase a él, no sé).
Tengo que explicarle varias veces, y no entiende, que si estás cansado no podés correr el bondi igual que si no estás cansado. Cuando le digo que el cansancio no me deja levantar más de 80 o 90 pulsaciones, me dice que no cree que tenga un problema cardíaco, que camine, que trate de moverme, que en todo caso debería hacerme una ergometría. Y cuando le digo que camino, que a 80 pulsaciones puedo funcionar, pero a más no, cambia de tema.
Finalmente, me dice que voy a tener que hacer el esfuerzo de estar un día sin dormir para organizarme y recuperar el sueño. ¡Ey, tengo 21 días sin dormir bien, y no puedo bajar la adrenalina! ¡Tengo el sueño cortado y no hay Poxi-ran que lo pegue! ¿¿No entendés eso, pedazo de nabo??
Habiendo pasado casi media hora, concluye diciéndome que soy una persona inteligente, pero que planteo las cosas como si no tuvieran solución y que es una lástima que deje pasar el tiempo. Se incorpora y da por terminada la entrevista. Con el picaporte en la mano me dice que haga psicoterapia y que me olvide del diagnóstico de pánico que me dio aquel clínico. Y dice que no me va a medicar.
Ni siquiera me sugiere un lugar donde comenzar el tratamiento, no me dice si en ese hospital o en otro hay un servicio de psicopatología, no me dice nada. Su lenguaje corporal me echa, y ni siquiera puedo decirle que cuando hice un tratamiento psicológico en el hospital público pasaron más de dos meses entre el día de la admisión y el comienzo del tratamiento.

Al día siguiente, en la misma situación, emprendí la travesía hasta el Alvear. La espera fue de apenas 1,45 hs…. Lo primero que hizo el tipo fue presentarse: “Soy el doctor Tal”. Me tomó los datos, incluyendo dirección y DNI, que, de nuevo, fueron anotados en un papelito suelto, y no me basureó: ejercitó algo de empatía, me dio un diagnóstico, medicación para zafar el momento (criminales dos miligramos de Rivotril que no pienso tomar, porque con 0,5 ya me arrastro por la vida [¡ey!, ¿no debería haberme recetado un genérico?]), y me indicó dónde hacer el tratamiento. Y me dio una notita para presentar cuando vaya a hacer el trámite de admisión… ¡a las tres de la madrugada!
Con más adrenalina que glóbulos rojos en la sangre, tan verborrágico que el tipo me lo hace notar señalando que necesito hablar (sip, necesito contarte dos años en media hora, a ver si se te ocurre algo mejor que clonazepam para solucionar esta garcha), con la frustración de estar a merced de miradas –y opiniones profesionales– tan disímiles y, por ende, poco confiables; habiendo dormido 5 horas y teniendo acumulado todo el cansancio que tenía, salí y me caminé los 10 km de vuelta hasta mi casa.

Degustación de helados

Esto tal vez ya exista en alguna heladería fashion, pero donde soy cliente no es así…
Cuando compro helado, generalmente llevo un cuarto kilo; y alguna vez que no tenía ganas de prepararme la cena, me compré medio kilo y lo comí en dos tandas.
La cosa es que si pedís un cuarto, podés elegir dos o tres sabores; y si pedís medio kilo, cuatro. Y a veces no da probar cómo es un sabor arriesgándote a arruinar un tercio o un cuarto de lo que comprás, que ya bastante caro está. O simplemente no tenés ganas de comer tanto de un gusto, sino sólo un toque, un par de cucharadas. (Eso lo noto cuando queda una sombra de un gusto que no pedí porque la cuchara del heladero rozó el balde de al lado).
Por ejemplo: jamás me compraría un helado de menta, pero ese toquecito del otro día estaba bien para variar. Si ofrecieran una suerte de degustación, y así, en vez de tres sabores, por cada cuarto kilo se pudieran pedir seis u ocho, posta que pediría menta.
Pero nunca nada con crema…

La paradoja de Rivaldo


Cuando se me rompe el ritmo del sueño y no lo puedo pegar de ninguna forma –y cuando no se rompe tan intensamente, pero flamea igual–, vivo cansada y me arrastro por la vida, agotada y somnolienta. Los médicos, entonces, recurren a Rivaldo para devolverle un poco de cohesión a mi dormir.
El problema es que si lo tomo, aunque duerma y recomponga un poco la unidad del sueño, me levanto cansada; y el cansancio no se me va en todo el día, como si el efecto de la droga fuese una onda expansiva que no termina de pasar. Y si no lo tomo, no duermo más que pedacitos, y también malvivo mis días fatigada, exhausta, de-molida.
Seguramente eso sucede porque el fucking clonazepam no es la solución. Porque yo no tengo problemas que lo requieran, salvo cuando los demás me avasallan y me someten a su arbitrio, cuando me despojan de mi decisión y me obligan a vivir a su ritmo.
La putita droga hace efecto por un rato, y me deja turulata, noqueada, como un animal apaleado. Durante un tiempo mi cabeza se calma, y hasta puedo dormir sin tantas despertadas, y si el sueño se interrumpe, lo recobro relativamente rápido.
Pero al despertar, aún semidormida, aún cansada y poco lúcida, se revuelve sobre sí y trata de ponerse de pie y recomenzar la búsqueda de ideas+palabras+hechos que le den una paz propia, generada por la descarga justa de neurotransmisores. Que la lleven allí, que la creen, que disparen en alguien ideas+hechos+palabras que den paz.
Así, hoy dormí 11 horas, pero sigo somnolienta; con un peso en los ojos y un velo en la mente, con la capacidad de juicio, el pensamiento y las destrezas motoras alteradas, con las ondas cerebrales que dispara la búsqueda semisepultadas bajo la cobertura benzodiazepínica, haciendo que lo intenten con más tenacidad.
Mientras, me hago adicta.

Pulsión de muerte

Es una de las tantas, tantísimas, demasiadas, cosas de mi vida que (parece que/quiero creer que) no puedo realizar solo.
Necesito alguien me ayude a ejecutarla.
O alguien que me la desactive >> Con solo una mirada.

Un colibrí en Constitución

Cerca de Constitución hay unos monobloques que ocupan toda una manzana. Los edificios son como las murallas de un fuerte que protege el parque al que dan los contrafrentes.
El parque es público y se cierra con rejas por la noche. Deben de estar mal diseñados porque cualquiera puede acceder al parque desde la calle, pero no se puede pasar directamente desde los edificios, sino que hay que salir a la vereda y dar la vuelta hasta la entrada.
Tan mal hechos están que las ventanas de los departamentos de la planta baja tienen que protegerse obligatoriamente con rejas porque si no, apenas cruzando una pierna y luego la otra sobre el alféizar de la ventana, podría pasarse del parque al living.
Tan mal hechos están que cualquiera puede llevar allí a su perro para que cague y mee, y la limpieza del lugar es un ítem sin duda considerable en las expensas que pagan los copropietarios.
El verde salpicado con el color de las flores, el aire apaciguado, los gruesos árboles, la vista amplia, el momento de calma casi doméstica que conocí un par de veces que me detuve allí no mitigan la fealdad de la construcción. Tampoco los canteros que ocupan los metros que hay entre la línea municipal y la entrada a cada edificio.
La otra vez pasé por ahí. Supongo que fue antes del mediodía porque el recuerdo tiene el fondo del reflejo vibrante del sol que lastima desde el Este. Caminaba por la vereda, sin tiempo seguramente para sentarme un rato al verde, y, en el escaso silencio que dejan las muchas líneas de colectivos que llevan a la plaza, reconocí el canto de un colibrí. Estaba seguro de que era un colibrí. La verdad es que no sé si los colibríes cantan. El ruido que les oigo en el jardín de casa, cuando vienen, se parece lejana y aminoradamente al del croar de una rana. Y digo esto sin haber oído jamás una rana. Si estás muy cerca, sí se percibe con claridad el zumbido de su aletear vertiginoso; pero tenés que estar muy cerca. Y eso sólo pasa si el bicho no se da cuenta de que estás ahí.
Levanté la vista y empecé a buscarlo entre las ventanas, los aireacondicionados y las ramas de las plantas que hay en el cantero de esa vereda. Miraba, miraba, y antes que al colibrí encontré a un avispón recorriendo flores. Subía y bajaba, entraba y salía de una rosa china. Me hizo acordar al avispón minetero que se zambulle en las aljabas de mi jardín, aferrándose con las antenas, o las patas superiores, a los pétalos rojos como a una cadera, mientras liba profundamente inmerso en el cilindro morado y jugoso de la flor.
No creo que el silencio durara tanto como para que volviera a oír al colibrí antes de que abriera cualquiera de los semáforos. Pero volví a oírlo. Y su sonido me llevó esta vez sí a su figura. Un cuerpo desplazándose entrecortadamente frente a las ventanas sin balcón del edificio. Una aceleración, un freno, una detención en el aire, un descenso en picada, una liviana ascensión. Y el sonido inconfundible.
Estuvo poco tiempo, como reconociendo el lugar, y luego se retiró por detrás de una de las tiras de edificios, probablemente rumbo al parque. Como ya llevaba algunos minutos en la vereda, parado, mirando, casi no esperé su retorno. Me pintó la paranoia de que podía resultar sospechoso, de que alguno flashee que soy un merodeador, o un rocho, de que quieran averiguar mis antecedentes. Y volví a circular.
Además, ya estaba seguro de que no había tenido una alucinación auditiva...

Una de Gabo

Toda el agua del mundo se ha incendiado,
y han quedado los pozos donde hubo lagos.
Donde estaban los mares hay desiertos blancos.
Donde estaban los ríos hay puro viento manso.

Para verdear la tierra nos separaremos.
Vos te irás a los vientos, mi amor.
Yo me iré al desierto.
Y con esa tristeza lloraremos.

Yo, que lloro salado, lloraré los mares.
Vos, que llorás tan dulce, mi amor,
los ríos y los lagos.

Y cuando la tristeza haya traído los mares,
hayan vuelto los ríos y hayan vuelto los lagos,
ahí pasaré a buscarte, mi amor, algo seco, algo mojado,
para que estemos juntos y sonriamos.

(Toda el agua del mundo * Gabo Ferro)

Más conozco a las personas, más quiero a mi perro

Esta pelotudez repiten algunos, y con ella solo revelan que buscan relacionarse con seres dependientes y sumisos: Bush tiene su perro, y Spot le movía la cola, indiferente al número de muertos que hubiera causado su amo ese día.
No es, como algunos dicen, que el buen trato al animal refleja la bondad de una persona en cuanto se trata bien a alguien que no representa fuerza alguna, a diferencia del buen trato hacia las personas, que podría tener motivaciones especulativas o estar atravesado por la relación de fuerzas existente entre ellas.
(Y aun así a veces se lo maltrata, y el perro volverá fiel el día siguiente, moviendo la cola, a buscar el agua y el morfi; porque bien que muchos lo tratan como haciéndole un favor, sin respetar los tiempos del bicho para oler el meo de otro en la vereda, o le gritan “¡basta!” cuando sólo hace lo que le es propio).
Más bien, les permite regodearse en esa posición de desigualdad, como ocurre cuando pelotudos (generalmente pelotudas) vacíos de vida suelen darles de comer a los gatos, pero le niegan unas monedas a un linyera (sí, para que se emborrache, ¿y qué?).
Lo tratan bien porque es más fácil tratar bien a un perro que a una persona; es más lineal, es básica, la relación con un perro: no requiere de esfuerzo y les asegura un agradecimiento incondicional, sin correr el riesgo de la decepción, de los cambios de humor, de parecer o de ideas. Se trata de tratarlos bien para que solo por reflejo te den pelota, construyendo una relación de una vez y para siempre.
De esta manera, ensalzan a sus perros, que tienen más derechos que las personas. Y alimentan el gran negocio de alimentos para mascotas, juguetes para mascotas y demás pelotudeces para mascotas. Y creen que son mejores porque quieren, y aman, y cuidan a esos bicharracos, y tienen un terrible mastodonte en un depto de 40 metros, o lo dejan solo cuando se van a laburar; y en realidad tienen al bicho para sentirse generosos y buenos, porque la bondad y la generosidad no la demuestran con las personas, empezando por el hecho de sacar a cagar y mear al rope sin correa, y sin bozal, y ensuciando todas las putas veredas… Y eso, cuando lo sacan a pasear los dueños, que hay muchos que, como hacen con sus hijos, delegan su cuidado y su atención, y, así, salgo a la calle y tengo que esquivar a los cuidadores con su jauría multirraza que ocupa toda la vereda, y, cuando bajo a la calzada para evitar el riesgo de caerles mal, pienso en el legado gaucho, el perro y el mate, y lo maldigo, y me cago, no en la vereda, sino en Raúl Portal, Gerardo Sofovich y todos los que alimentan mediáticamente la adoración por un animal que, si me descuido, puede comerme un hijo (que no tengo), como pasa a menudo.
Y qué decir de aquellos que usan a los animales, a los perros, como extensión de su fuerza, y tienen dobermans y pitbulls y dogos y rottweilers, que son su brazo armado. O de esas solteronas que llaman “hijo” a su perro, cuadrúpedo sustituto de sus mascotas humanas, ya muertas o emancipadas, con el que buscan llenarse un poco el tiempo. ¡Y hasta le ponen un nombre de persona! O de las que se autocompadecen y dicen “es mi única compañía”… ¡Jodete! ¡Hacete cargo de tu fracaso en la vida y no me rompas las pelotas!
Muerte a ellos, y a los perros.