lunes, 21 de febrero de 2011

Cerró Scannapieco

Me enteré el otro día. Andaba cerca… Bue, cerca… Desde Medrano y Honduras me atrajo el campo gravitacional de su recuerdo. Agarré Honduras hasta Canning, doblé en Córdoba, y no la encontraba. Siempre dudo sobre si es entre Canning y Malabia, o entre Malabia y la siguiente. Pero no estaba en ninguna de las dos cuadras.
Mucho jean en las vidrieras (ninguno con botones), zapatillas cada vez más caras, pero Scannapieco no. Yo buscaba en la vereda el banco de madera que quedó en mi memoria alguna vez que fui, pero supongo que lo habían sacado hace tiempo porque en las fotos que encontré en la web no aparece. Hice una cuadra más, o una y media, y no, no estaba.
Crucé la calle y volví hasta Canning por la vereda de la sombra, mirando hacia enfrente, a ver si un poco de distancia me ayudaba a reconocerla. Incluso se me ocurrió preguntarle a alguna de las agentes de la policía metropolitana que proliferan allí, a razón de una por cuadra: “Disculpame, ¿sabés si había una heladería por acá?”. Pero lo descarté rápidamente: la nueve al cinto y sus caras me volvieron a la realidad en una mirada. Además, ya sabés, no soporto al agente…
Y, sobre todo, era claro que no estaba. Así que retomé el camino de vuelta a casa con una mezcla de desconcierto y tristeza, maldiciendo a ese barrio de mierda, cada vez más mierda, cada vez más outlet y más vendedores aburridos en la puerta de los locales exhibiendo ese repugnante lenguaje corporal que les es propio, y más fantasmal después de que cierran los negocios.
Si lo hubiera curtido más –si no lo hubiese visitado casi exclusivamente en búsquedas de comunicación taquicárdicas e infructuosas con personas del orto o no–, recordaría muchos otros lugares que fueron arrasados por el tsunami que causó el mercado inmobiliario.
Aun así, me acuerdo del piso en damero de baldosas blancas y negras del bar de Córdoba y Canning (por Córdoba, cruzando, a mano izquierda). Hace tiempo que voló ese bar. Después cerró la pizzería setentosa-ochentosa que estaba enfrente, y la reemplazó el enésimo Farmacity. La veterinaria de Canning casi Honduras tampoco está más, y ya no puedo flashearla con los cobayos que se veían a través de la vidriera. La gomería de esa esquina está tapiada, y la farmacia de enfrente también pasó a valores, y ahora están levantando un edificio. Y otro más, en Canning y Gorriti.
(En el asfalto hay una estrella amarilla pintada para recordar al nene ese que murió atropellado por un colectivo 15. Podrían pintar otra en memoria de Adrián Ghío, cuyo auto fue chocado por un patrullero de la 25 que cruzó en rojo sin balizas ni sirena).
La última vez que anduve por Córdoba a la altura de Scannapieco fue el año pasado, pero no compré. Pasé por la vereda de enfrente –me voy acordando ahora–, seguro que para evitar el sol de esa tarde de enero, mientras volvía de sacar unas entradas en Niceto. Porque no es que compraba siempre, que me hacía el viajecito regularmente. Pero era un símbolo. Allí se cultivaba lo artesanal, lo delicado, lo cuidado, conceptos arrinconados casi hasta la extinción por la escala y la moda.
Por ejemplo, nunca compré nada en el negocio de la galería frente al Parque Rivadavia donde vendían autitos de colección y otros artículos para hobbistas. Sólo era un niño frente a la vidriera. Por años, por décadas. Pasaba por Rivadavia, y me metía en la galería para ver qué modelos había. Hasta que este diciembre no lo encontré… Ya se había achicado, hace unos años, cediendo la mitad del local a uno de ropa, reemplazado después por otro de tatuajes.
Era más que un símbolo, era casi una leyenda. Cada vez que cierra un lugar donde la calidad y la tradición se conjugan, triunfan la uniformidad y la chatura; lo que puede ser distinto deja de serlo, y, si no lo viviste, hasta se pierde la posibilidad de saber que puede ser distinto. Que todo sea igual –locales, barrios, helados, edificios– es una cagada. Tanto como el paso del tiempo. Pero esto no es un canto nostálgico que añora por obligación. Estamos hablando de helados que eran ricos de verdad.
Estamos hablando de pérdidas concretas: esos helados, el impulso de desviarme que podía pintar si estaba más o menos cerca (ya viste que quince cuadras son “cerca” en casos como este) para darme un gusto como de otro mundo, la posibilidad de invitar a alguien con la certeza de quedar bien…
Algo me quedó desacomodado en la cabeza. Lo sentí toda la tarde, y cada vez que me volvía a la mente que cerró Scannapieco, encontraba una explicación para ese desorden y una recomposición momentánea de la química cerebral. A la noche me fijé en Google, y encontré apenas dos menciones del asunto: un tweet y una página sobre comidas donde informaban que había cerrado y que algunos familiares abrieron otra heladería en Villa Pueyrredón.
Después, buscando una foto para ilustrar el post, llegué a dos o tres sitios que también hablaban del tema: en ninguno dicen claramente cuándo cerró, pero parece que fue a mediados del año pasado.
Así que sólo queda seguir el camino del 110 llevando las ganas de que la versión Villa Pueyrredón le haga honor a la historia…

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