lunes, 28 de febrero de 2011

Se me agrandaron los agujeros

Me despierto cerca de la seis de la mañana para hacer pis. No sé si miro el reloj o si la luz que entra por la ventana me basta para saberlo. Cuando vuelvo del baño, en vez de dejarme caer sobre la cama, acomodarme de costado, despatarrada, y taparme con la sábana, sé que tengo que buscar los tapones para los oídos y ponérmelos.
Porque no creo que haya chances de dormir un poquito más sin los tapones y despertarme sola antes de que el vecino de arriba se levante y me sacuda con sus pasos de oso, antes de que su esposa se levante y me haga acupuntura en el techo con sus tacos, antes de que llegue la mina que cuida al bebé, una maestra jardinera de vacaciones que le habla con esa voz que los idiotas usan para hablarles a los bebés y le repite de inmediato cada cosa que le dice (“¡Hoooola, Tomy! ¡Hoooola, Tomy!… A ver, Tomy. A ver, Tomy”…).
Entonces, mientras me inunda una oleada de los neurotransmisores que surgen con el abatimiento y la desazón, tanteo en la mesita de luz y trato de ponérmelos. Hace más de dos años que los uso, y creo que me provocaron lo que en medicina se conoce como el síndrome de Silvia Süller. Porque siento que se me agrandaron los agujeros. O es eso o cedió el cartílago. No es posible, si no, que me cueste cada vez más lograr el vacío necesario para que cumplan su función.
Me di cuenta con los primeros que usé, que tenían canuto, porque en un comienzo apenas me entraban hasta la primera aleta, y, pasados los meses, seguían de largo casi hasta hacer tope. Ahora uso esos que son una masa de silicona a la que hay que darle forma para que se acomode a la cavidad, y no solo me cuesta bastante colocarlos, incluso cuando pruebo con uno nuevo, sino que se me meten cada vez más adentro.
Los lentes de contacto son mucho más sencillos. Es cierto que un usuario novato puede estar media hora para ponérselos; pero, una vez que les tomás la mano, tardás menos que para lavarte los dientes. Acá, en cambio, hay que insistir, ubicada ya en la posición cadavérica que debo adoptar para que no me duelan y también para que no se salgan. La inmovilidad debe ser casi total: un gesto, un bostezo, y se pueden salir; acomodar la cabeza sobre el borde de la almohada para poder torcer un poco el cuello y no machacar esos músculos superagarrotados, y se pueden salir.
Hay que insistir tanto que termina siendo necesaria la activación de algunas partes de la cabeza que estaban descansando, y me espabilo. Y sé que voy a tardar más en dormirme cuando, finalmente, los tapones queden en su lugar. Encima, muchas veces parece que se quedan quietos, que me los puse bien, y al ratito empiezo a oír una pedorreta que termina con el sonido ambiente llegando a mi tímpano porque la porquería esta se resbaló y se salió sin que mediara ningún movimiento.
Cada vez más seguido me los saco en alguna despertada, como si pensara: “Bue, ya dormí varias horas cambiando ruido por incomodidad, ahora es al revés”. En general, me dejo uno, generalmente el derecho, así puedo dormir de costado sobre mi lado izquierdo, protegido un oído con el tapón y el otro con la almohada. Pero siempre hay un pero, y me descubro haciendo fuerza con el cogote para apretar el oído más y más contra la almohada buscando que el ruido no pueda entrar. Y la contractura se expande…
Si no, termino quitándomelos dormida. Me despierta un sonido, y me digo “si yo no me saqué los tapones…”. Y resulta que lo tengo en la mano, o que aparece después entre las sábanas, o directamente en la mesa de luz.
Sin embargo, todas estas precauciones, tan agobiantes por sí mismas, pueden ser insuficientes. Como la otra mañana, a las ocho y cuarto, cuando la pelotuda mental que cuida al niño de arriba salió al balcón desafiando el intenso calor que se avecinaba y le empezó a cantar la única canción que conoce, o a hablarle deformemente. Y lo que deformó fue mi sueño, porque empecé a soñar algo vinculado con eso, con su voz, con lo que cantaba. Hasta que me desperté y comprendí qué ocurría. Esa es una de las peores cosas que me pueden pasar en relación con esto. Ya no despertarme por los ruidos, sino que se me metan en el sueño antes de despertarme y no me dejen un puto lugar fuera de su alcance.
Más tarde o más pronto, me dormí de nuevo, expuesta a todos los vecinos que ni el descanso de sus vacaciones me dan, porque no se fueron, ni esos ni los de más arriba, cuyos niños infelices juegan, gritan y se pelean, todo en la misma acción; a la señora de al lado llamando a sus gatos, a las cosas que caen al patio, incluyendo el maldito goteo del aire acondicionado; al ruido de los aires, a la murga que ensaya a un par de cuadras, al botellero con parlante, a la obra de la otra cuadra y sus martillos neumáticos, y a la fragilidad de mi sueño.
Me habré despertado, como siempre, media docena de veces, o más, por algún sonido, por un sueño intenso, por… Hasta la última despertada, cuando ya no me puedo volver a dormir y solo resta desear que se haya consumado el proceso neuroquímico que conlleva el descanso. A veces está claro que no, y me quedo en la cama, y, por más que lo intento, no me puedo dormir de nuevo. Y es un día perdido. A veces sí, arranco y tengo un día aceptable. Y hay días en que parece que descansé, y me ilusiono, pero al rato palmo, y me siento para el orto todas las horas que faltan para acostarme de nuevo.
Esos días inevitablemente termino intentando una siesta harto improbable porque, incluso cuando el cerebro va acercándose a la frecuencia que lleva al sueño, o me dan ganas de hacer pis, o un ruido la interrumpe o la voluntad de evitarlo me lleva a ponerme un tapón en el oído, y, chau, en un segundo se desarma ese estado. Irremediablemente. Y si llego a alcanzarlo, me despierta el agua que tiran desde un balcón a las 7.30 a. m. o la infeliz de mierda esa le canta al niño de arriba con su voz de pito y se acompaña con las palmas a las tres y media de la tarde.
Y, ¡caramba!, podría ser peor, podría tener sobre mi cabeza a las nenas del primero y a sus perros. Pero no me alcanza pensar en eso. Con esto es peor que lo tolerable para estar sana.
De todos modos, hay algo más descorazonador que estar trece horas en la cama y no llegar a sentirme descansada. Es la repetición y la impotencia. La repetición de los hechos, la repetición de mi relato de los hechos –que no cambia nada–, la repetición de la incomprensión de mi relato o de los hechos, sea por parte de gente que uno va conociendo, de profesionales, de gente que más o menos está al tanto del tema y con la que ya no da mencionarlo porque es exponerse a quedar como la loca a la que todo la molesta, de la gente que está a mi alrededor, cuya (no) lectura de lo que pasa, y de lo que digo, remite a mi adolescencia, o a mi primer distrés psicofísico, cuando todo había explotado conmigo adentro y jugaban a que no pasaba nada.
La impotencia que genera que se repitan las cosas, y no saber ni poder cambiarlas. La sensación de estar en un pantano del cual solo a veces puedo emerger y sacudirme los sargazos que se han adherido y me cubren desde la cabeza. La angustia de saber que si hoy me pude limpiar, esa ciénaga me va a tragar de nuevo cuando me acueste, y mañana no sé. Incluso si lo logro de nuevo, es un esfuerzo desmedido.
Y es bien probable que no lo logre. Que esté todo el día bajo una mugre pegajosa y enfermante que no solo me envuelve, sino que se me mete adentro, en la cabeza, en la sangre. Porque todo está igual, inconmovible pese a mis esfuerzos, todo dado para que siga siendo una cagada. Y verlo a cada rato, levantarme con eso, irme a dormir con eso, vivir con eso, me quiebra, me extingue.

6 comentarios:

tonta en mini dijo...

fa! no es pavada! durante las horas de la noche no dormís? digamos de 12 a 8... porque se supone que para un adulto 8 horas está bien... lo tuyo va mas allá de los ruidos, da la sensación...

Olga dijo...

De noche prefiero estar despierta. Si pudiera elegir, dormiría de 4 a 13 (yo necesito nueve horas).

Este un tema recurrente del blog, y, sí, ya va más allá de cuando el ruido sucede: pasa que uno empieza a preverlo, a tratar de evitarlo, a vivirlo antes de que acontezca para ver si puede esquivarlo...
Algún médico me dijo que eso era una forma de pánico (http://nosoportoalagente.blogspot.com/2009/02/diagnosticos-repasando-algunos-posts.html)

Y va más allá de los ruidos cuando la gente con la que convivo no registra lo que (me) pasa con los ruidos y el consiguiente mal descanso.

No sé, tal vez metiéndome en un pozo...


(Gracias por comentar: yo te debo un comment en un post de tu blog que me gustó mucho. Tal vez mañana o pasado :p)

tonta en mini dijo...

upa!si la historia es larga!
a propósito, creo que tu "plan de blog" de generarnos una suerte de perfil mediante estas minuciosas descripciones, se cumple muy bien.

por otra parte, como es sabido, la gente inteligente no es feliz... no se a que viene, pero me late que hay algo de eso.

y para terminar, y aunque no es importante (o si) se me confunde tu sexo al escribir... tal vez lo expliques antes, pero no lo he leído todo (honestamente, tampoco creo leer mucho para atrás)

Olga dijo...

No sé si había un “plan de blog”. Al menos, no concientemente. Y con el tiempo fue tomando algunos rumbos y abandonando otros.
Igual, si hay algo que hago bien, “muy bien”, me alegra y es bienvenido.
De todas maneras, espero que ese “perfil” no sea tan claro como para que alguna gente que pudiere caer de pedo por acá esté en condiciones de identificarme. :p (Oh, ese jugar con los peligros de la web…).

Sólo para retrucarte, para chicanearte, te diría que podemos ver a la felicidad, a lograr ser feliz, como una prueba de la inteligencia.

Entiendo que no leas mucho para atrás: tal vez resulte intimidante ese “Archivo del blog” cada vez más largo. A mí a veces me resulta desmedido, una exageración… Tanto como esa historia larga que es tan difícil de cortar. Y de contar(me).

Respecto del sexo, me parece que solo es relevante si vamos a coger; si lo que está en juego es coger, en todo caso. El resto del tiempo... mmmmmmm

Edito y agrego: gracias por tus palabras. Resonaron.

tonta en mini dijo...

el perfil es re psicológico, pero estoy segura de que no todos los que te conocen, te conocen asi.

el retruque, te lo dejo ganar, nos entendimos igual, jaja!

es alagador ser resonante!

Olga dijo...

Alguna vez descubrí que este blog comenzó cuando terminaba mi única xp más o menos duradera con un psicólogo (cuando él la dio por concluida).

Igual, no está claro si es un perfil psico(pato)lógico o un perfil definitivamente psiquiátrico… ;)

Y sí, alguien que lea esto sabe de mí más que cualquiera en el mundo. (Incluso mucho más que aquel psicólogo). Supuestamente alguien lo leyó entero, y ahora que pienso en eso, me acuerdo de que, aunque el resultado pueda parecer bastante exiguo, este blog valió el intento.

Y cuando alguien que no lee todo parece que percibe algo, también vale. ;)