domingo, 9 de octubre de 2011

Lejos

La otra vez, habrá sido en verano porque me acuerdo del aire acondicionado, pasé por la sucursal de Jenny que hay en Caballito y, cuando vi que en la vidriera había unos discos expuestos, me ganó el impulso de entrar y ver qué más tenían. Hacía mucho que no entraba a una disquería, algo que en una época era cosa, literalmente, de todos los días. Pronto me desanimaron esos insufribles armazones de plástico que les ponen a las cajitas de los cds, que hasta impiden ver qué temas traen. Así que crucé el pasillo y miré algunos libros. Incluso hojeé dos o tres, como no me da hacer en la librería donde el año pasado compré un par de veces.
Al poco tiempo, andaba con unos mangos y me vinieron ganas de comprarme la poesía completa de Giannuzzi. Fui a la librería esta, donde no puedo ampararme en la cantidad de gente para leer sin comprar, y no lo tenían. Es más: ni me hablaron de la edición que había visto en la web. Se me ocurrió que quizá podría encontrarla en la librería grande que está en Santa Fe, donde antes había un cine, pero se ve que mi interés no era mucho, porque va a hacer un año y nunca fui.
Antes de que se me acabaran las ganas y la guita, volví a pasar por Jenny, viniendo o yendo a no sé donde, y volví a entrar, y fui derecho a la librería. En los estantes de poesía, me llamó la atención un libro de Carver, y lo leí un poco. (Los poemas largos pierden punch, Raymond, pierden punch y demandan una concentración excesiva. Los cortos te salen mejor, de onda).
El espacio es muy pequeño, y alguien parado obliga a otro que quiera pasar a acomodar el cuerpo. Una mina del lugar, no una vendedora –reconocibles por la sumisión y la ansiedad que delata su lenguaje corporal–, sino tal vez una encargada, pasó apurada y musitó algo que entendí como que no se podía leer ahí. No lo dijo claramente, y entonces no me hice cargo por completo y seguí leyendo, aunque con un ojo atento a si volvía a verla para regresar el libro a su lugar rápidamente, sin darle tiempo a acercárseme.
Como “esto no es bibliotecas”, tal cual advirtió Apu, tampoco sé si da ponerse a leer en uno de los sillones que hay a un costado. No sé cómo son las cosas, no tienen un cartel que te diga cómo proceder, y apenas puedo tratar de mimetizarme, y saco un libro del estante porque hay otras personas que ya lo hicieron, mientras trato de demostrar la seguridad y la determinación suficientes como para que ningún vendedor me encare y me pregunte qué estoy buscando.
No tenían nada de Giannuzzi. Tampoco de Fabián Casas. Igual, seguí mirando, más bien por mirar, y descubrí con muchísima sorpresa un libro en el que yo había trabajado. Un libro que aún hoy tengo en la computadora. Busco el archivo de Word, y acá está: ahora lo abro, y hay algo en esa dualidad espacial que me sigue pasmando.
Había varios ejemplares (es más: no recuerdo que hubiera tantos ejemplares de un mismo título en esa sección), y obviamente saqué uno de su lugar y lo hojeé. Esa coma la puse yo, ese ordenamiento cronológico lo decidí yo, ese poema aparece porque avisé que se habían olvidado de ponerlo aunque lo mencionaban en el prólogo, todo eso lo tipeé yo…
Me impresionó encontrar algo mío en ese lugar y, también, casi hasta el sofoco, que sólo yo supiese que en ese libro había algo (tiempo y energía) mío. Ese pasar inadvertido no fue, evidentemente, el que vive Piñón Fijo cuando va a un lugar sin maquillaje y nadie sabe que es él quien está ahí. Fue la comprobación de que aun tratándose de algo concreto –no de mis (supuestas) potencialidades, no de lo que existe solo en mi PC, sino de un objeto, que estaba en papel, impreso, tangible y comprable–, yo y lo que yo hago no habían cambiado nada de mi realidad ni de lo que me rodea.
Ahora que lo recuerdo, lo que me impresiona es lo lejos que quedó eso. Otro libro del mismo autor y/o compilador se publicó no sólo sin que yo trabajara en él: sin que me avisaran. Y otro más, el último, lo corrigió un “corrector profesional”, según me dijeron cuando vi las pruebas sobre una mesa un día que habré ido a entregar un trabajo o a cobrar.
A ese corrector profesional se le pasaron algunos errores que salvé esa tarde, mientras esperaba, como despuntado el vicio o la obsesión, y se le pasaron otros, que descubro apenas hojeo el libro ya publicado. Cuando los noto, no puedo decirme “yo lo habría hecho mejor” porque el único trabajo fijo que tengo, la gacetilla mensual de equis lugar vinculado con toda esa gente, salió con un error la última vez. Con un error tonto, y por eso mismo más irritante. (Con un error que fue rápidamente advertido, a diferencia de los del corrector profesional…). Con un error que revela la imposibilidad de concentrarme que tengo.
No puedo fijar la cabeza en ningún lado. Tal vez, lo pienso ahora, porque intuyo, o preveo, o sé, que ninguna de esas cosas en las que no puedo concentrarme me va a llevar a un lugar mejor. De todos modos, me fastidia y me frustra mucho no tener la concentración ni la tensión ni las ganas necesarias para hacer un laburo así, tanto como ver lo lejos que quedaron.
Igual de lejos quedó sentir molestia o bronca por el ninguneo de mi trabajo. Ni un “espero que lo haga mejor que yo” pude decirles cuando me dijeron lo del profesional. No sé si porque ya me chupa un huevo, porque no me siento en condiciones de hacerlo (porque un pequeño trabajo una vez al mes me resulta un esfuerzo enorme), porque en algún lugar acepto su menosprecio y no puedo defender mi trabajo o porque es al pedo hacerlo. Por lo que sea, no se me ocurrió decirles nada. Y por lo que sea, recién ahora me doy cuenta…
Más seguido noto lo lejos que han ido quedando ya no el vivir en un lugar sano, sino la mera posibilidad de pensar en eso. Como queda lejos lo que me hacía seguir este blog; como quedó aún más lejos la página web que tenía, a la que no actualizo hace dos años. Como quedó lejos la costumbre de anotar mis gastos y mis ingresos para saber exactamente cuánta guita tengo (en eso sí reparé un par de veces, y supongo que ocurre desde que siento que esos 600, 800, ¡1200! mangos no van a cambiar nada significativo en mi vida).
Como queda lejos el cuerpo que tuve, y este, más viejo, me pasa facturas, mientras yo todavía espero al otro, tal vez para no abatirme con la comprobación de lo que ya sé, que se pasó una mitad de mi vida, la más vital. Como quedó lejos la facultad, tan lejos que, cuando me acuerdo, no puedo creer que yo haya podido cursar dos años y pico.
Como quedaron lejos las palabras con las que trataba de decirle a mi entorno su enfermedad, que me contagió y me llevó puestx. No sé si es por la renovada agonía de mi padre, por la fuerza de las programaciones de control mental de mi madre y por sus rezos (ella siempre creerá que es por eso) o porque comprobé su inutilidad, pero no puedo pensar nada lúcido sobre este rollo. No tengo más ideas ni palabras, ni propias ni ajenas.
Callo, entonces, y parece que me gana la dinámica de la quietud cultivada por esta gente, que espera nosésabequé, una manifestación divina quizá, mientras el tiempo pasa y parece que no lo registran. Es muy improbable que las cosas cambien solas, sin que hagas nada. Y si no sabés qué hacer, ¡por lo menos desesperate un poco! Pero la pasividad patológica que “pone lo difícil en manos de dios”, como dice un libro que hay acá, me apabulla de irritación y de impotencia.
Todo queda tan lejos que tengo que recordarme que no añoro un buen lugar, sino apenas uno en el cual parecía posible intentar algo, a ver si mejoraba. O intentar intentarlo. Lo único que queda cerca, que parece una cosa de hace muy poco tiempo, es la época en que me enfermé y dejé la facultad y, luego, el trabajo que tenía, mientras por dos o tres años rebotaba de médico en médico sin encontrar soluciones ante la indiferencia de mi entorno.
De nuevo (se me) pasan los años frente a una indiferencia similar, pasan día tras día, los veo pasar cada vez que me levanto sin haber logrado descansar, cada vez que el agotamiento físico y mental me impide hacer lo que quiero, cada vez que me siento bien y no puedo hacer nada con eso, y todo queda tan lejos que no sé cómo se vuelve.

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