sábado, 26 de noviembre de 2011

Colectivo 19

Fue una de esas cosas que suceden dejando no sólo su recuerdo, sino el del contexto. Dónde estábamos, qué estábamos haciendo, cómo estaba el día… Fue cuando el bondi ya se había llenado y viajaba gente de pie, fue cuando da la vueltita por Olleros para agarrar Álvarez Thomas.
El tipo, parado a la altura del asiento posterior al mío, le dijo a la mina con la que viajaba y hablaba: “¿Hizo algo con su vida? ¿Estudió, trabajó?”. La mujer le dijo que sí, y le explicó algo que no recuerdo, seguramente porque mi cabeza estaba ocupada por completo grabando y procesando sus palabras. ¿Sólo eso es hacer algo con la vida?, podría preguntarme casi como un reflejo. ¿Sólo estudiar o trabajar? No importa si te tiraste en paracaídas, te enfiestaste con dos hermanxs, sobreviviste a un cáncer o hiciste un blog. Sólo estudiar o trabajar…
Pero el reflejo está ausente. Me chorrea, como tras un baldazo, la falta de ganas de decírmelo, de decírselo, de venir y decirlo acá. Me irrita la idea de refutarlo con palabras. Preferiría poder hacerlo con hechos, pero no puedo. No tengo con qué. Y si tuviera con qué, no me interesaría refutarlo, imagino, ni tampoco lo que dice.
Más bien, no quiero saber más nada con las palabras. No quiero explicar más nada, ni siquiera a mí. No quiero explicar por qué no tengo celular, por qué no tengo cámara de fotos, por qué tardo tanto en acabar, por qué no como carne o no tomo café. No quiero hablar de mis problemas para dormir ni de sus consecuencias, no quiero contar que a veces me baja la presión como si no hubiera comido.
No quiero hablar con alguien y que no venzamos los límites de la conversación ni siquiera con la ayuda que da el alcohol. No quiero que nos encontremos de nuevo la semana siguiente en el mismo lugar y que al rato de hablar me diga: “Estamos hablando lo mismo que hablamos la semana pasada”. No quiero pasar por el trance a priori abrumador de presentarme a quince o veinte personas con las que comparto algún lugar de la web, decirles mi nombre y sociabilizar un rato con ellos.
No quiero escuchar a la gente en la calle, cuando paso por algún lugar, porque me descompone pensar que mis palabras son como esas. No quiero tener que hablar de lo que hago o hice porque lo que suena es “Blank tapes”, de Reynols. No hice nada, no tengo nada para decir. Nada que me dé ganas de contar, porque no hay nada o porque lo que creí que había se reveló incapaz de mover el amperímetro más sensible.
Y aun dentro de la lógica del pasajero en cuestión, tampoco tengo nada para decir. Lo que estudié y trabajé ya caducó. Pertenece a otro mundo, a un pasado azaroso y de repetición inimaginable, a alguien que no soy yo. Mi currículum está vacío. Y creo que es mejor ni hacer un currículum, porque lo que podría poner en él mostraría todo lo que no puedo poner.
¿Te cuento que terminé el colegio, que cursé dos o tres años en la UFA, que trabajé siete años en tal lugar? ¿Cambia algo? ¿Le cambiaría algo al señor este o a los que piensan como él? A mí no me cambió nada, no me sirvió para nada, salvo para enfermarme, cuando el agobio de esos lugares me desbordó.
No quiero contar más nada, porque no sirve, porque a) son palabras que no alcanzan, o, más probable, b) son palabras, que no alcanzan. Y, al mismo tiempo, las palabras, mi relato, las explicaciones plausibles del fracaso y del rechazo, y todo mi discurso al que me agarro para poder agarrarme de algo, son lo único que de vez en cuando pude tener.
Cuando me siento así, a veces temo estar reproduciendo discursos ajenos, el del tipo este y los que piensan como él, el de los que me forrean y denigran. Pero yo me miro y veo nada, siento nada, que no pude hacer nada. No lo que les gustaría a ellos, no lo que consideran valioso. Nada que me mueva algo a mí. Nada conmigo, y nada afuera, porque el trato con los demás me devuelve que soy nada, nada que los haga chupármela y tragármela toda, o estar de mi lado y a mi lado. Una nada tan grande que no quiero-puedo-da ahondar en ella.
Y cuando me preguntan qué hago, qué hice, no sé que decir. Una sensación parecida a la de aquella vez que me encontré en la calle con un excompañero de mi único año de secundaria, y, cuando me preguntó qué estaba haciendo, le mentí y le dije que estaba terminando el colegio. Parecido, pero sin ganas o fuerzas para mentir.
Debería cagarme en el tipo del bondi, en sus palabras y en lo que quieren decir. Pero no puedo. Una impresión se graba tan intensamente –sobre el fondo de la última luz de la tarde que entraba por la ventanilla del asiento de uno– cuando interpela de modo profundo, cuando activa esa idea de que no sólo no hice nada, sino que también soy nada. Y que no tengo ni palabras ni nada (que no sé qué otra cosa sería, porque solo conozco palabras) para llegar a otro lugar.
La vez siguiente que tomé el 19 volvió a fijar con todo detalle el contexto en mi memoria. Esa tarde no llegué a Olleros. Estuve al borde del descontrol panicoso y me tuve que bajar en Canning. Creamos que fue sólo una casualidad, que no fue porque en algún lugar de mi cabeza traté de evitar ese lugar asociado no sé por cuánto tiempo con aquella sensación y con su manifestación en palabras.

1 comentario:

woming dijo...

Era un sólo galanteo,
seguramente lo sabías-
alguien fue herido
hace mucho tiempo.

Todo está igual,
el tiempo ha pasado-
un día llegaste,
un día morirás.

Alguien murió
hace mucho tiempo-
alguien que intentó,
pero no supo.