sábado, 26 de noviembre de 2011

Ludita del transporte

La invasión de los aires acondicionados ha comenzado a alcanzar de modo consistente a los colectivos y a los trenes en Buenos Aires. No sé qué será de ella cuando se recorten los subsidios al transporte (que, por ejemplo, en seis meses le dan al dueño de un colectivo la suma equivalente a uno cero kilómetro), pero, mientras tanto, son cada vez más las chances de viajar en un vehículo con aire acondicionado.
Es decir, un ámbito más donde tenemos que vivir al ritmo –a la temperatura, en este caso– que dispone otro. Siempre es así, lo sé. Siempre debemos vivir a la temperatura que dispone el tiempo mediada por la intervención humana, en especial en las ciudades. Pero no estoy hablando de eso. Debería estar de más esta aclaración. Hablo de que un chabón, en nombre de la técnica que domina a la naturaleza, decide que yo tengo que viajar a veintidós grados de temperatura cuando en la calle hace veintiséis, o treinta, o treinta y tres. No importa. Lo que importa es que él impone su voluntad. Sobre mí. Y que mi rechazo queda minúsculo e improcedente ante el poder del progreso y de quienes lo realimentan.
Esa voluntad ajena se me impone en colectivos tan modernos y tan pensados para el aire acondicionado que tienen las ventanillas fijas. Porque, dirán, nunca falta un pasajero desaprensivo que abre la ventana de modo que entre el calor y obligue al aire acondicionado a trabajar de más. Entonces, si el frío te resulta excesivo, jodete. Si tenés que salir con pulóver un día de treinta grados porque vas a viajar en bondi, jodete. Si el aire te lastima al respirar porque el colectivo va lleno o porque el aire procesado es un asco, jodete. Si querés que entre por la ventanilla un centímetro del aire puro de Pueyrredón y Corrientes a las ocho de la mañana, más deseable que el aire que hay dentro del 132, jodete. No se puede.
Si te enfermás por un conchudo aire acondicionado del bondi, el tren, el negocio, el laburo, la casa a la que vas, jodete de nuevo. Es culpa tuya, es tu debilidad, que no tolera los avances tecnológicos.
Algunos de esos colectivos tienen, además, calefacción, y parece que no se puede variar la temperatura porque, con el bondi vacío o lleno, la sensación de sofoco es similar. Será eso o será que el conductor sí puede abrir su ventanilla, y entonces le chupa un huevo cómo se viaja en el fondo al que siempre nos debemos correr. Me pasó en un 140 este invierno, donde estaba para sacarse la campera y quizá el pulóver; pero aun así no me habría librado del aire manipulado y asfixiante que largan esas mierdas.
Por cierto, ese 140 tenía las ventanillas fijas ¡y polarizadas!, de modo que no se veía un joraca para afuera. Era de noche, yo no suelo tomar el 140, y andá a ver la altura de Córdoba entre la oscuridad de la noche y la oscuridad de los vidrios tonalizados, que, para colmo, reflejan las luces blanquísimas del interior del colectivo. Encima, viajé en el asiento del medio de la última fila, con lo cual estaba lejos de las ventanillas, y era aún más difícil ubicar dónde debía bajarme.
Algunos trenes también tienen esta parafernalia. Viajar en tren es mucho más aburrido que viajar en bondi para mí. En el colectivo, el paisaje que entra por la ventanilla es más dinámico y variado. Y si, aparte de que las ventanillas del tren son más monótonas, el polarizado no te deja ver lo poco que hay para ver, el viaje es un padecimiento alienante, y la sensación de encierro, una consecuencia de cómo me considera el señor Ferrocarril, que no me deja salirme de la mierda en la que viajo ni siquiera con los ojos. Porque, ¡ey!, quiero mantener un mínimo diálogo con el ambiente… ¡Hola…!
No suelo viajar en tren, pero la otra tarde tuve la desgracia de viajar en uno con aire y ventanillas fijas. Claro que el aire no andaba… Cinco de la tarde, apenas veinticinco grados de temperatura, vagón repleto, yo respirando hasta por las orejas después del pique que debí echarme para no perder el tren, y en esa lata de sardinas vivas no se podía respirar.
En cada estación, todos sacábamos la cabeza por la puerta, y respirábamos más profundo, para incorporar más aire, y hasta creo que deseábamos que se demorara un toque más allí, aun si llegábamos más tarde a nuestros destinos. Todo por un poco de aire. Mientras, yo pensaba en qué estación iba a comenzar una rebelión y se iban a romper las ventanillas al grito de “¡queremos respirar!”. Pensaba eso porque viajaba en el Mitre que va a Tigre, que si hubiera viajado en el Sarmiento, no llegamos a Ramos que lo prendemos fuego.
Tanto en el colectivo como en el tren, ahora, finalmente, se puede pagar con la tarjeta Sube. Así, todos nuestros viajes quedan registrados en una base de datos digna de Google por lo gigantesca y por lo que sabe de nosotros. De nosotros, no. De ustedes, de los que tienen Sube, y se jactan de ello, y valoran lo cómodo que es, del mismo modo que lo hacen con el teléfono celular, que todo el tiempo emite una señal indicando su ubicación.
El Sube, el celular y porquerías como esas son la versión refinada del microchip subcutáneo que la ciencia ficción de hace algunos lustros imaginaba como obligatorio en la sociedades totalitarias del futuro no muy lejano. No hace falta que nos implanten el chip detrás de la oreja, no hace falta la obligatoriedad. Todos vamos (¡van!) gustosos a ofrendar su libertad al señor Sube, al señor Nokia o al señor Climabuss.
(Y todos, yo también, se la ofrendamos al señor Google, que escanea nuestros mails –para evitar el spam, claro, no por otra cosa–, que nos da cincuenta invitaciones a gmail para saber a quiénes se las enviamos; que sabe lo que buscamos en la web, que nos come la cabeza con el peligro de que nos hackeen la cuenta de mail o de que nos olvidemos la contraseña (oh, los temores de estos tiempos) y nos pide un teléfono para que estemos más seguros. No cualquier teléfono, un celular… Uno fijo, no. Si no tenés celu, no podés acceder a ese servicio, ni podés subir fotos a Google Earth o subir videos a Youtube… Si no tenés celular, no les importás, ¿hasta que haya un Android para la telefonía fija?).
Yo, si puedo, dejo pasar el bondi con aire. Siempre garpo con monedas y, ya sabés, celular no tengo. Y sonrío complacida cuando me entero de que vandálicos pasajeros les han despegado el polarizado a algunos colectivos.

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