domingo, 30 de marzo de 2014

Quejándome

Antes de publicarlo, borré una frase de este larguísimo post en la que decía cuánto me gustaría encontrarme con unos de esos miserables y/o pelotudos defensores automáticos y monocordes de este gobierno neomenemista para saber con qué argumentos pueriles iba a explicar que no hay crisis energética y que el gobierno no tiene responsabilidad en los cortes de luz, el abandono a la población, etc.
El otro día –hace como un mes, ya– me encontré con unos (post)adolescentes militantes repartidores de folletos en una esquina de mi barrio. Sin hablarme, sin alejarse de la bandera de La Cámpora que habían parado contra la pared, me dieron dos. Uno, firmado por Presidencia de la Nación, era del plan Progresar, esa mierda por la cual les pagan a los pibes para que vuelvan al colegio. ¡Hijos de puta! ¡Yo quiero mi retroactivo! Yo quiero que me paguen por haber vuelto al colegio y haberlo terminado mientras laburaba en negro.
(Por cierto, eso ya lo implementaban algunos locales K, financiados por no sé quién. Entre mis borradores inconclusos hay uno de hace dos años sobre el tema). Esta payasada termina de consolidar la equiparación entre cursar y aprobar, puesto que el docente se ve compelido a aprobar al alumno ya no para no perjudicar su eventual progreso académico, sino para no sacarle guita del bolsillo.
El otro, firmado por La Cámpora, pretendía explicar “¿qué está pasando con las redes de distribución eléctrica de Edenor y Edesur?” y, obviamente, responsabilizaba a las empresas: “El Estado nacional está trabajando para solucionar el inconveniente generado por las compañías Edenor y Edesur”. Si eso fuese cierto, llegaron un poco tarde, sea por su ineptitud o por su connivencia con las empresas: ¡hace más de diez años que gobiernan! Pero no lo es: sus declaraciones, absurdas, falaces y contradictorias, fueron su única reacción.
Hablan del aumento de la demanda y de la falta de inversión de las empresas, pero no dicen que el Estado debía controlar esas inversiones. Culpan al GCBA, que autoriza “emprendimientos inmobliarios” indiscriminadamente, pero los cortes más prolongados no fueron en Villa Urquiza, sino en Mataderos, donde no hay grandes torres, y también hubo cortes en el Gran Buenos Aires, en Avellaneda y en Lanús especialmente. Mencionan la ola de calor récord, y si hubo un fenómeno natural muy infrecuente, un “tornado sin viento”, entiendo que es un atenuante significativo: cuando sucedió el tornado de Semana Santa, hace dos años, nadie culpó a Edesur por los días sin luz en Ituzaingó o Haedo. Pero no son coherentes ni para mentir…
Ah. No quiero dejar de mencionar lo llamativa (o no) que me resulta esa dilución de la frontera entre lo estatal y lo meramente partidario que se manifiesta en la forma de repartir los volantes.
Me acordé de estos mamarrachos cuando descubrí que entre los precios cuidados que tenemos que cuidar todos hay crema dental, pero no hay cepillos de dientes ni hilo dental. Tal vez quieren que nos pasemos el dentífrico con el dedo, no sé…
En esa lógica se inscribe, también, la mentira de los LCD del mitómano serial Randazzo. Y no lo digo porque a menudo funcionan mal, y, por lo tanto, nunca son confiables. Lo digo porque su diseño lleva implícita la mentira: no hay forma de comprobar en la pantalla si el sistema funciona bien, si era cierto que el tren iba a llegar en nueve minutos. Tenés que tener un reloj para saber si el tiempo se cumple o no.
No costaba nada que la pantalla tuviera un recuadro donde apareciera la hora. Pero, claro, eso habría puesto en evidencia las demoras que se disimulan estirando los minutos, que a veces duran muchos segundos más que sesenta.
Volviendo a los cortes de luz, el ignífugo Daniel Scioli, que ya cancherea su máster en palabras que no dicen nada, apareció por aquellos días de diciembre en la tele. Lo vi en dos programas el mismo día a la misma hora, con Bonelli y con Fantino, antes de que los cortes de luz me afectaran a mí. Con su discurso optimista y lleno de confianza (fe, trabajo y esperanza; juventud, todos juntos), dijo que después del 23 no iba a haber más cortes porque iba a bajar la temperatura y por la menor actividad estacional.
Recuerdo que lo de la temperatura me llamó la atención. Antes de Navidad los noticieros hablaban de “calor hasta el año que viene”, y luego, rápidamente, el Servicio Meteorológico achicó el plazo, pronosticando –vanamente– lluvia y alivio para dentro de dos o tres días. Que siempre se postergaban. Hasta este año. (Curioso. Especialmente en un tiempo en que la temperatura era la versión 2013 del riesgo país).
La realidad, claro, se encargó de desmentir a Scioli. La actividad disminuyó por las fiestas y los feriados, la temperatura finalmente bajó… y los cortes siguieron. Y por Almagro o Caballito los grupos electrógenos gigantes estuvieron hasta tres meses en las calles, con su ruido y su tentadora –para terroristas– carga de combustible.
Pero Scioli no se preocupa. Las mentiras en que redunda su voluntarismo no suelen recordarse. Es una encarnación del juliogrondonismo que se sintetiza en la frase “todo pasa”. Este personaje puede decir cualquiera, forrearnos en la cara, impunemente, impúdicamente, que su imagen parece no afectarse.
(De modo similar, aunque sin la probada experiencia del cemento de la cara de Scioli, ahora aparecen unos cuantos muñecos oficialistas explicándonos didácticamente la verdad esclarecida que poseen: la inflación no va a ser del 4% todos los meses, así que no debemos proyectar ese número para pedir aumentos de sueldos. Tienen razón: en febrero no fue 4, fue 3,4… Y en marzo o abril se vienen más aumentos. Pero cuando se compruebe la –evidente– mentira de estos soretes que hablan en lugares donde no les repreguntan y sólo les tiran centros para que digan lo suyo, no importará. No se recordará. Como un signo de estos tiempos, se habla para que otro no hable, no para que se recuerde lo dicho).
Mientras, le gente se moría. No fueron más de cincuenta, como en Once; no murieron todos en el mismo lugar, no tuvo ese impacto, pero se murió gente. Y el gobierno de la presidente ausente comunicaba mediante las pelotudeces de Julio “Tornado Sin Viento” De Vido, que culpaba a las empresas o mandaba a Macri a trabajar más horas (?), o las del Jefe de Gabinete de Duhalde, Capitanich, que antes de ir a la largada del Dakar dijo que los cortes solo afectaban “al 1 o 2 % de los usuarios”, en consonancia con las declaraciones de la miserable vocera de Edesur, para quien los cortes eran “problemas individuales”.
O a través de sorete mal cagado de Daniel Paz, con sus ¿chistes? pelotudos y de la harpía $enil de Bonafini, que no se perdió la chance de regalarnos sus habituales desvarí… ¡provocaciones!: le daban vergüenza las protestas “porque no corresponde quejarse”, ya que debemos pensar “en la gente que no tiene porque no puede comprar, porque no tiene laburo, porque no tiene casa, porque lo que tiene son chozas” (raro esto que dice, ya que venimos de una década de éxitos sociales) y que quienes tiran comida “tienen el freezer lleno, mientras hay gente que todavía no puede comer; entonces, los que tenemos no nos quejemos tanto”.
Y, de nuevo, Julio “Trenes Sin Freno” De Vido, quien dijo el 26 de diciembre que “el sistema opera con normalidad y cuenta con reservas adicionales” y que “se instará a las energéticas a cumplir con el contrato de concesión y resolver los problemas”. El 26 de diciembre… A mí me cortaron hasta el 3 de enero.
Y dijo más: “Desde el Ministerio de Planificación intentamos dar una respuesta a los usuarios a través de personas con nombre y apellido. Yo les pido a la gente que confíe en nosotros y nos llame”. Difícil enterarse de adónde llamar si no tenés luz. Yo me gasté los dedos llamando al ENRE, donde nunca me atendió una persona, sino siempre, y cada vez, un contestador automático.
En este tiempo, todos somos electrodependientes. Y los edificios invivibles donde malvivimos –cuanto más modernos, más invivibles– nos hacen aún más electrodependientes. Entonces, cuando aparecen estas lacras que nos mienten en la cara, que se nos ríen en la cara, quiero ir a cagarlos a trompadas. O, mejor, quiero usar sus casas, sus bidets, sus duchas, sus heladeras, sus televisores; no te digo sus aires acondicionados porque no tengo y porque no me gustan (aunque si hace 35 grados acepto…). Quiero comer su comida, quiero irme de vacaciones con su guita hasta que vuelva la luz. Quiero tener las veredas de sus mansiones, y no una vereda rota con cables que salen de un grupo electrógeno gigante, ruidoso y lleno de combustible que estacionaron junto a ella durante dos o tres meses.
Pero, bueno, ya sabés: a Máximo lo enoja muchísimo que se corte la luz. ¡Tres días sin luz dice la hija de puta! Acá, a seis cuadras de casa, hay gente que estuvo ocho días. Y hay otros que estuvieron veinte días con cortes a cada rato. Y la vieja conchuda no dio la cara. Seguramente porque no tiene cara, sino apenas un rictus construido a base de bótox y toneladas de maquillaje.
Bueno. No solo ella. Nadie dio la cara realmente, más allá de las apariciones de María Vidal. Parece que era muy difícil prever la emergencia, aunque por años se habló de la crisis del sector energético, corriendo el riesgo de ser denostado por los fanáticos defensores del oficialismo, y también el de ser objeto de burlas cuando los cortes que suceden cada invierno y sobre todo cada verano no tenían esta magnitud. Y parece que, ya en la emergencia, era muy difícil acercarse a la gente, en vez de dejarla abandonada. Era muy difícil llevarle agua y un grupo electrógeno para llenar los tanques de agua (como hizo, con bastante demora, el gobierno municipal de De la Rúa en 1999). Era muy difícil decir: “Pasó esto, lo solucionamos (de verdad) tal día. Mientras, les brindamos este paliativo”.
En cambio, como en el corte de 1999, gobierno y empresas fueron cómplices de la mentira, el pelotudeo y el abandono a la población.
(Por cierto, ¡qué bueno sería saber qué pasó realmente! Y que los responsables paguen. Decime si no califica como estrago lo que pasó…).
Si bien no son tan tremendas como esta, el forreo a los usuarios tiene otras múltiples versiones. Una que descubrí hace poco se relaciona con la desaparición de los teléfonos públicos en buena parte de la ciudad, algo de lo que hablamos hace mucho y que ahora se ha potenciado casi hasta el exterminio. En la 9 de Julio no hay un puto teléfono público, por ejemplo; sin embargo, en Mataderos hay un montón porque, claro, Mataderos es en la loma del orto, y allí no llegó la modernidad de quitar los teléfonos públicos.
(Y que nadie venga a decirme que los sacan por el vandalismo. El GCBA se propuso mantener la limpieza en las estaciones del Metrobús de la 9 de Julio, y lo hace: he visto hasta operarios de limpieza, rociador en mano, lustrando los caños de las estaciones… Se quiere, se puede. No me jodan).
La llamada debería costar 23 centavos. 25, porque –ya empezamos con los choreos– no dan vuelto. Pero no. La otra vez esperaba vanamente a alguien en una estación de trenes, y, como no llegaba, y como no tengo celular, lx llamé desde un público que hay en el hall (los del andén los quitaron; los de la vereda, también). ¡¡50 centavos me cobraba la llamada!! Lo mismo me cobraron el otro día en un locutorio.
¡Hijos de puta! ¿Cuándo aumentó? (Respuesta: nunca).
Y, claro, este aumento es lo de menos. Son centavos, es poca la gente que usa un público. Pero, me pregunto, ¿los pliegos licitatorios no les exigían a las empresas que instalaran y mantuvieran un número mínimo de teléfonos públicos? Porque hasta de la puerta de los hospitales públicos los sacan. En una vereda, un hospital público; enfrente, una comisaría. Y los teléfonos, desmantelados o erradicados…
Sospecho que la retirada de los teléfonos públicos tiene como fin sumar un elemento más para que todos usemos el celular, cuya tarifa no está congelada, como la del teléfono fijo, y cuenta, además, con triquiñuelas infinitas. Esas trampas eran tan groseras que hace poco la Secretaría de Comunicaciones dictó una resolución donde estableció el cobro por segundo de las llamadas por celular.
El mismo Estado, no obstante, fue cómplice de las telefónicas al permitirles cobrar sin fraccionar los primeros treinta segundos, de modo que una llamada de ocho segundos cuesta lo mismo que una de treinta. Es decir, el Estado sigue permitiendo que nos roben, pero un poquito menos que durante estos tres o cuatro lustros. Por su parte, las compañías, obviamente, modificaron sus planes, limitaron beneficios y pasaron a cobrar un cargo fijo por establecer la llamada.
Nadie protesta en general por estas cosas. No protestan y creo que ni lo notan. Nadie va a protestar por que quiten los teléfonos públicos. No esa enorme mayoría de gente que paga gustosa las tarifas usurarias del celular para lucir ese símbolo de estatus en clase, en el colectivo, en su escritorio, para apretarlo en su mano y, como si esta fuera un puerto USB, cargarse de su vibración tecnológica.Sólo cuando se pudre todo parece haber margen para una reacción, que, finalmente, se consume junto con las bolsas de basura que arden en una esquina cualquiera y dejan sobre la senda peatonal esas huellas del caos con las que estamos habituados a convivir.
Quería econtrarme con uno de esos militontos durante el corte, la tarde aquella en que bajé para llenar un balde en la vereda y en esos dos minutos el calor fue tan hiriente que fue el más intenso que recuerdo haber padecido. Si me lo encuentro ahora, capaz que me dice que no fue para tanto. Capaz que me dice que no hubo cortes de luz, tan entrenados en repetir mentiras, como esa del supuesto Bergoglio dándole la comunión a Videla…
Por suerte para ellos –y para mí–, el calor no se hizo presente ni en febrero ni en marzo. Si no, me iban a encontrar en alguna esquina cortada con bolsas en llamas, golpeando los postes de luz con un martillo.

1 comentario:

nada, eso dijo...

Hoy, en cuatro o cinco cuadras, vi dos buzones en sendas esquinas.
Despintados, pegoteados, sucios, obsoletos. Al reverendo pedo.
Y me dije: ¿por qué mierda sacan los teléfonos públicos -TODOS los teléfonos públicos: hasta el que estaba en la puerta de hospital- y no los buzones?

Y recordé este post de este blog.