viernes, 30 de diciembre de 2016

Debería dejar las drogas

Tengo que dejar las drogas. No las ilegales, que, precavidamente, no consumo; no las legales que me interesarían, las cuales me resultan inaccesibles por la acción de esos policías del garche llamados dependientes de farmacias. Tengo que aflojar con las que produce mi cabeza cuando recuerdo y, como lógica continuación del recuerdo, las conversaciones y los hechos van más allá de donde llegaron en realidad.
A veces me resultan útiles porque hacen surgir palabras para usar una probable próxima vez o porque permiten revisar lo que pasa y poder verlo con otra perspectiva. Pero esto es otra cosa. Es dar demasiadas vueltas alrededor de ciertas situaciones, elegir pensar en ellas y recordar algo que no pasó ni pasará, sólo para producir y consumir sustancias.
Debería dejar la droga que produzco al pensar en un viaje a Necochea, en llegar pasando por el puente de todas las postales, en vislumbrar el mar que asoma al fondo de la 87, en el largo trecho de playa que hay entre la costanera y la orilla. Aunque pensar en esto me sirva para notar que no sólo se trata de ver nuevamente, después de treinta años, el mar. Se trata, también, de volver a escucharlo, a tocarlo, a olerlo, a sentir en la lengua alguna gota salada que salpique o algunos granos de arena que me lance el viento. Se trata de tocar la arena, con las manos, con los pies, de ver los caracoles, los más enteros, los más rotos, sus colores; de sentir el viento en la playa o en el parque... ¡El aroma del parque! De volver al único lugar de mi niñez al que querría volver.

Foto: Oscar Bravo. 

Debería limitarme a pensarlo un toque, cuando pinte –y en verano pinta más–, pero sin perforarme las venas, cual yonqui impenitente, buscando y bajando decenas de fotos en Panoramio antes de que cierre. Debería dejar de seguir enroscándome con eso porque es darle más y más entidad. Y porque no creo que vaya a suceder pronto en las condiciones que quiero que suceda, compartiéndolo con alguien ante quien no tenga inconveniente en mostrarme como un niño, con alguien a quien quiera regalarle la eternidad en mi memoria, con alguien que elija fumarse un par de días en función del tsunami de emociones que me sobrevendrán, porque no sé si voy a llorar, a desmayarme, a convulsionar o a tener ganas de hundir mi cabeza en la espuma de las olas.
Debería, también, largar la droga blanda que produce mi cabezota cuando paso por ciertas calles y en ellas veo trazos de los pasos que compartí con alguien –podría dibujar en la Filcar nuestros recorridos, dije alguna vez– o por los umbrales ahora vacíos en los que nos sentamos. Pinta la sustancia y de inmediato saltan palabras que ya no sé si fueron dichas en esas ocasiones o si son las que diría hoy si se repitiera esa situación.
Debería, sobre todo, parar de pensar en la persona a la que más veces vi en el año, profesional de la salud que con un par de gestos conscientes y otros no deliberados, pero resonantes, armó la cocina de estupefacientes más pesada de mi organismo.
De esos pensamientos recurrentes a veces sale una versión vegana de "Hay cadáveres" o alguna palabra que llegará a destino y quizá tenga como consecuencia más palabras, una risa o un gesto afectuoso (y, ya lo sé, nunca nada más que eso). Pero tanta droga crea una familiaridad inexistente en el mundo real, donde no hablamos todos los días, y es menester un esfuerzo extra para no confundirme. Y tener la presteza de evaluar si lo que anticipé puede realizarse o si, en cambio, hay que guardarse la gran idea para la próxima. O para nunca. Porque, como preví, antes de la intervención me preguntó si había desayunado, pero no hubo margen para la respuesta preparada, "no: te invito, ¿vamos?", y hacerla reír. Ni, después, para hacer el chiste de "si fuera Scioli, me sacaría el brazo, así laburás más cómoda".
Otras veces, la mayoría, no es más que darle a la maquinita mental que produce imágenes definitivamente improbables. Porque está claro que no va a haber –no podría haber habido– un jueves de Dancing en el Konex, dos días en Necochea, un 31 solos en Centinela o apurados en el tren San Martín, dejando pasar un par de estaciones para estar un rato más juntos. (Tan claro como que no iba a estar sin novio el año y pico que pasó desde que el anterior dejó de aparecer en sus redes sociales).
Era evidente que yo no iba a ganar ese concurso de mierda y su premio en efectivo, y menos me iban a avisar justo en un momento que compartiéramos. Que no iba a leer en ningún lado. Que no tengo nada para mostrar... Que no iba a haber ojos salados de emoción por el encuentro ni un gracias escrito en la espalda o un #Ojalá posteado en Instagram. Ni la promesa de un tatuaje con su nombre o con su firma si terminamos bien, ni el regalo que se me ocurrió hacerle. Ni el link de esa canción que habla sobre una ternura que pide a gritos su chance para entrar, aunque esto, no sé si por falta de oportunidad o porque es mejor evitar tanta intensidad.
Ni el que por un rato podría ser si me dijera que soy bienvenido.
No habrá más invocaciones –¡ayudame con S.......!– cuando encuentre dinero en la calle, una moneda de dos o dos billetes de cien y, como siempre, agradezca a quien corresponda. Ni siquiera habrá una intervención más, porque el otro tipo, el que decide, dijo "tres meses y medio", y para abril ya se habrá ido. No podré seguir leyéndole la cara (porque su cara es tan expresiva, a veces, que ¡aguante la expresividad de su cara!) ni conocer la expresividad de su concha. Ni verla fuera del contexto laboral, como la vi la otra vez, de lejos, cuando, casualidad o no, fui a correr a la plaza que está en la esquina de su casa.
Ni mencionar mi pasatiempo favorito, ni encontrar tu teléfono robado o perdido, ni hablar del 448, que, ¿viste?, cambió de color, o de todas las cosas que por suerte ya me olvidé. Ni chances de desearte feliz cumpleaños, porque supuestamente no sé cuándo cumplís, ni de decirte que sos mi residente de ojos verdes Stella Artois y dudar si tiro la frase como si fuera mía o no.
No podré hablar –ni mostrar– de lo ubicado que soy, de que quiero todo sin que eso sea óbice para que tome nota de cómo me ubica la realidad y cómo me ubico respecto de dónde me ubica. No habrá todas las palabras que podría decir, las de ocho hojas por escrito o apenas cuatro palabras certeras (¡¿cuáles serían?!) que permitieran salvar el abismo de las relaciones profesionales y cruzar la distancia que nos separa (ey, a veces no se cruza con palabras, debería fijarme). Si, sencillo y directo, decir que un par de gestos me dieron ganas de más. Si dar un millón de vueltas para tratar de no incinerarme en el desubique. Si decir, corta la bocha, me gustás.
No sé si habrá ocasión de mencionar el momento en que nuestras manos decidieron encontrarse en el mismo punto del universo y dieron forma a uno de mis gestos favoritos y decir el flash que fue. (El jueves te cuento). (No, no hubo).
Pero ni en el viaje más volado logro las palabras para decir lo que sentí esa vez que terminó de atenderme, se quitó los guantes y, de inmediato, volvió sobre sus pasos para ver, una vez más, lo que había hecho. Y con un dedo me tocó la cara, parte del labio del lado izquierdo. La sensación inesperada y estremecedora de su mano levemente fría en mi labio trastocó todo.
(Me hizo recordar a cuando, tipo 12 años, fui al médico porque tenía algún malestar abdominal, y me atendió una pediatra –fue la última vez que me atendieron en pediatría–. Y cuando la mina me pasó la mano por la panza tuve una sensación no te digo erótica. De otro tipo. Reveladora).
Fue la imagen del fresco de la Capilla Sixtina, un dedo vinculando con la vida, con la que –recordé por ese gesto– hay ahí afuera. Y acá adentro. Pero sin intersección posible. Demasiado exagerado todo esto a partir de un dedo sobre el labio, demasiada energía para tan mínima expectativa, para tan nulo resultado. Pero es lo que hay.
Y cuando llega el jueves de Dancing y no hay Dancing, cuando llegue el 31 y no haya tren, cuando llegue la despedida y no haya regalo ni teléfono ni una próxima vez, sólo el final, un chau, gracias, cuidate (sé que va a decirme "cuidate"), alto vacío de energía evaporada. Es salir a la calle y que ya haya amanecido. Es sentir que el alcohol ya se metabolizó. Es publicar el post y no salir del cero comment. Es lo que sucede cada vez que la realidad se impone y disuelve la ensoñación, y una parte del cerebro queda aturdida. O apagada. En corto. Dura abstinencia hasta que suceda otra cosa que resuene en mí, hasta que me invente otra cosa para no reventar, según dijo alguien que solía ser muy lúcida, y que dejó una sensación similar de mundos paralelos cuando se fue.
Debería, sobre todo, largar la droga de escribir, de pasarme horas, que se hacen días, buscando una palabra que me satisfaga y me explique mejor algo cuya explicación no me va a servir para nada y que no podré contarle a nadie. Si, no importa lo que vea, lo que diga, lo que (me) pase, siempre voy a estar afuera, en una ajenidad irreductible que ya es parte de mi piel.
Debería abandonar las drogas comestibles, que mi madre compra porque consume y deja por toda la cocina, cinco tipos distintos de quesos en la heladera por ejemplo, ya que activa comiendo (y rezando) los circuitos cerebrales vinculados con el placer. Y así, como al pasar, conspira contra mis intentos de bajar de peso y vencer a este cuerpo poca-cosa que me dieron.
Debería dejar todas estas drogas y volver al clonazepam, al zolpidem, a la carbamazepina. A visitar psicólogos y psiquiatras con sus teorías y sus drogas infalibles, cuyo fracaso sólo se puede atribuir a una falla del paciente. Volver a los hospitales públicos y reencontrarme con su maltrato y con esos pacientes a los que veo tan diferentes de mí, pero que quizá no lo sean.
O enfrentar el vacío, el fracaso de cada intento, como el de ayer, cuando de todas las palabras pensadas –que repasé en el viaje como en el tiempo en que daba exámenes ahí cerca– sólo pude colar torpemente las vinculadas con el fin de año, y no imprimieron nada. (Ni siquiera pude decir "feliz año" porque no hubo espacio para nada. Y no lo vi. No lo preví. No tuve la presteza de que hablé párrafos arriba. Y fue una cagada).
Y si se necrosan ciertos circuitos neuronales vinculados a la satisfacción o, tal vez, simplemente, a la humanidad, bueno... es lo que hay. Y si hay que desquiciar o paniquear, bueno... algún día va a ser. Así que...

4 comentarios:

y.0. dijo...

No estoy pudiendo dejar las drogas.

Capaz pruebo visitando un hosp. público en busca de ayuda profesional. Así tengo material para un post, al menos.

Mientras, las manifestaciones de estar outside se suceden. Tres chicas pasan por la plaza, una de ellas en Topper rolingas, charlando, y una dice que la llamó Ezequiel y "¿hasta dónde les conté?", y cuenta más, que el 31 estaba re en pedo y él la llamó, y no sé más porque siguen su camino después de recordarme todo lo que no tengo. Otra chica discute con su novio en la plaza y lo echa al grito de "andate, ya no estamos más juntos", y me surge la idea ridícula, y desechada, de decirle "ahora que estás sola, mirame, que soy mejor que él nardo ese de anteojos". Y la chica fisura de una calle más o menos cercana, tal vez, seguramente, en situación de prostitución callejera, que, sale repentinamente de un umbral y hace contacto visual conmigo, pero ni una palabra me dice. Hasta las fisuras me descartan.
O la historia esa que me sigue dando vueltas porque quiero escribir algo con ella, eso, que me resulta tan triste, tan -inserte adjetivo- de saber cuándo es el cumpleaños de alguien y no poder decirle "feliz cumpleaños" porque nunca me lo dijo y lo sé por la stalkeada que le pegué.

(Y mi cuerpo también me deja cada vez más outside porque su falta de respuesta en ciertas situaciones ya es preocupante, y no sé cómo encararlo. O sea, loco, reaccioná, por favor).

Todos estos borbotones irrefrenables porque quería decir que no estoy pudiendo dejar las drogas. Decirlo a ver si me ayuda a dejarlas.

y.0. dijo...

Querría dejar el JMAF también, pero es muy difícil. Está en todos lados.
En las galletitas (y comés pan, para evitarlo, pero engordás más)... En el jugo Ades, en el Gatorade y similares, en la Coca Cola...
Lo de la Coca no me importa tanto, porque no tomo: mi cuerpo no la necesita.
Pero, supuestamente, el Gatorade y similares sí tienen cosas necesarias para el cuerpo. Entonces, ¿por qué mierda no hacen un Gatorade sólo con esas cosas necesarias y libre de porquerías como colorantes, saborizante y JMAF?

y.0. dijo...

No estaría pudiendo dejar las drogas.
Capaz que un día de estos voy a la guardia psi de algún hospital a hablar de esto. De algo. (Hace como dos meses que pienso en eso. Pero, en realidad, hace tiempo que perdí el toque para ir a esos lugares de mierda).
Meanwhile, sigo drogándome haciendo el caminito de las drogas, v. gr., yendo y viniendo a esa zona por esa bicisenda, y siguen surgiendo ensoñaciones ridículas, como que Los Orribles tocarían en un cumpleaños, en una casa suburbana.
O leo que pasaron cien días de lo del Chapecoense, esa madrugada en que primero fue un chiste que refería a Gardel y luego, de golpe, pasó a ser una cagada con las noticias contradictorias que se terminaron al pasar, haciendo ese camino, por la Kentucky, con su tele que informaba, definitiva, el número de muertos.

(sigue)

y.0., otra vez dijo...

¿Cuántas cosas pasan en cien días?
¿Cuántos besos diste? ¿Cuántos besos te dieron?
¿Con cuántas personas hablé?
¿Cuántas veces te chuparon la concha hasta hacerte acabar?
¿Cuántos besos en la cabeza te dieron?
¿Cuántas veces usaste el WhatsApp?
¿Cuántas veces le guiñaste un ojo a un paciente? (Al menos una, y esa fue straight to middle of my heart)
¿Cuántas sesiones de kinesiología tuvo Jackson Follman?
¿Cuántos días perdí de estos cien por descansar mal?
¿Cuántos días fueron iguales a todos los demás?
¿Cuántas veces te reíste porque te quedaban grandes los guantes?
¿Cuantas veces no pude hacer lo que había planeado?
¿Cuántas veces te acariciaron la cara?
¿Cuántas veces se preguntó por qué Ximena Suárez?
¿Cuántos kilómetros corrí? ¿Y cuántos kilos bajé?
¿Cuántas veces usaste los verbos estallar o cachar?
¿Cuántas palabras se me ocurrieron a este respecto? ¿Y cuántas pude decirte?
¿Cuántas veces vi tus fotos públicas? ¿Cuántas veces tuve que verlas, y pensar en las que no son públicas, o en las que no publicás, hasta que dos neuronas se conectaran y me dijeran palmariamente que no hay manera de que yo pudiera estar en una de esas fotos?
¿En cuántas fotos estuve? (ya no en estos cien días: en los últimos, digamos, 30 años).
¿Cuántas veces te invitaron a comer afuera? ¿Cuántas veces comiste en una mesa con mantel?
¿Cuántas veces sentí que una parte de mi cerebro latía desmedida, cercana a la convulsión, por no poder hablar con nadie?
¿Cuántas veces te reuniste con tus amigas?
¿Cuántas veces cogió ­Jackson Follman?
¿Con cuántas personas hablaste? ¿Con cuántas te comunicaste?
¿Cuántas veces fuiste a la peluquería?
¿Cuántas birras sentada en un umbral tomaste? ¿Cuántos porros fumé?
¿Cuántas veces hice contacto visual con alguien en la calle de modo tan desestabilizante que me dieron ganas de volver sobre mis pasos y seguir a esa persona para, tal vez, decirle algo?
¿Cuántas veces usaste tus crocs rosa? ¿Cuántas veces las combinaste con zoquetes grises?
¿Cuántas veces fuiste al cine?
¿Cuántas veces usé las zapas esas que son las zapas limpias que siempre tiene que haber por si voy a estar en una situación de sacarme las zapas?
¿Cuántas veces te pajeaste? (Yo, cada vez menos).
¿Cuántos lentes de contacto reemplazaste?
¿Cuántos brindis hiciste?
¿Cuántas veces encontraste plata en la calle?
¿Cuántas apneas del sueño tuve?
¿Cuántas veces pensaste en mí? (Y dijiste "es el boludo ese").
¿Cuántas veces pediste delivery?
¿Cuántas veces le buscaste la sonrisa a un niño muy pequeño en la calle? ¿Cuántas veces te sonrieron?
¿Cuántas pesadillas tuvo Alan Ruschel?
¿Cuántas veces hice empanadas de berenjena?
¿Cuántas veces tomaste ese bondi que odiás? ¿Y cuántas el subte?
¿En cuántas cirugías participaste?
¿Cuántas veces terminaste el día sintiendo que creciste profesionalmente, que el camino es amplio y fluido?
¿Cuántas veces te invitaron a comer afuera?
¿Cuántas buenas noticias tuviste, de esas que cambian la neuroquímica?
¿Cuántas veces fui a la plaza del Cañón?
¿Cuántas veces te vestiste para salir, eligiendo la ropa con dedicación? ¿Cuántas veces usaste tacos?
¿Cuántas veces miraste el cielo y la flasheaste?
¿Cuántas otras veces en mi vida pude haber hecho preguntas similares?
¿Cuántas veces lloré?
¿Cuántas veces hablaste con tus suegros?
¿Cuántas veces se te cortó la luz y terminaste durmiendo en otra casa?
¿Cuántas veces dijiste te amo? ¿Cuántas veces te lo dijeron? (Ya sabemos que a mí no, nada, nadie, nunca).
¿Cuántos días pensé en vos? ¿En cuántas palabras y formas de tentar una veta de comunicación pensé?
¿Cuántas cagadas me mandé?
Cuántas cosas pasaron en estos cien días para que todo siga igual. O, en realidad, peor, porque algo pasó, alguna calesita choqué, y todo lo (poco) bueno que había -que nunca, seguramente, iba a poder ser más que eso- desapareció, y ni eso habrá. Ni un buen recuerdo quedará.
Ya lo sabemos, hacer todo mal es lo único que me sale bien.