viernes, 17 de marzo de 2017

Visitando guardias, juntando maltrato

Venía pensando hace bastante tiempo en ir a la guardia psi de algún hospital público porque a veces me latía la cabeza, del lado derecho, como anticipando una convulsión producto de la incomunicación. O algo así.
Y no es casual que haya decidido ir, cruzarme toda la ciudad en bondis, y después esa zona horrible a pie, cuando se desvaneció de golpe el lugar que más palabras me hacía producir, aun cuando pocas de ellas pudieran llegar a destino. Cuando mi dentista, casi siempre muy amable, me cortó menos cincuenta y ni un beso me dio para saludarme (y se escabulló para no despedirse de mí), se me acabaron las posibilidades –ínfimas– de palabras. Entonces, no demoré más, como suelo demorar siempre, me puse los lentes y fui de una al hospital.
¿Cuánto sopor causa el aire acondicionado de los trenes y colectivos que tienen esas ventanas que no se pueden abrir? Bostezos que se multiplican y una caída considerable en la energía hasta llegar al lugar donde debo bajarme. (Y una mina de voz taladrante y acento shileno sentada medio viaje en el asiento inmediatamente posterior, quemándome la cabeza mientras hablaba con su pareja del tipo que se la quiso levantar diciéndole "te dejo manejar mi Audi" y cosas así).
Al llegar veo que en estos años que llevo sin ir pusieron aire acondicionado en la guardia. Y sacaron los bancos de madera, reemplazándolos por sillas individuales plásticas (unidas con un coso por abajo) que tienen los apoyabrazos muy altos, de modo que sea imposible acostarse a dormir. En una pared, no podía faltar, un afiche de ATE dice que "Macri es hambre". Cuatro pacientes esperan: madre de 30 con nena de 3, octogenario con señora lumpen que lo acompaña, tipo de barba de cuarenta y tantos, muy flaco y con la piel como despellejada o quemada, y mina medio gordita, de treintayalgo, que se muerde los labios, como masticándoselos, que casi no cierra la boca, seguramente por la medicación, y que en un momento deja ver cicatrices en su antebrazo izquierdo, cubierto el resto del tiempo por la campera que lleva doblada en él.
En la hora y pico que durará la espera, mientras va llegando más gente, el viejo se queja de lo lento que atienden. El de seguridad viene, se fija si están atendiendo y le dice al viejo que ya viene otro médico. Antes o después, un chabón entra, se acerca al de barba, se presenta como interno del hospital, le pregunta si le puede hacer una pregunta "con todo respeto" y le ofrece ropa en venta, "mirá lo que es este buzo, es de marca". Ante la respuesta negativa, el interno olvida sus buenos modos: le pide plata, después le pide una moneda; pide cualquier cosa porque su logro es, simplemente, sacarle algo. El tipo le dice que no comió nada en todo el día y le corta el speech pedigüeño.
Salgo de la sala de espera para evitar al lumpen y trato de dialogar con los gatos, maullándoles. (Te dije que estoy en crisis de in-comunicación). No me responden. Como mucho, me miran, interrumpiendo su paseo por el parque. Pero ninguno me responde ni se acerca demasiado.
Pasa el tiempo, el vendedor de ropa sigue insistiéndole a cada uno que llega a la guardia. O tal vez no a todos, tal vez sea indescifrablemente selectivo. Entra una interna paraguaya, claramente sufriente, malvestida con un camisón rotoso, ojotas y una camperita sobre los hombros para protegerse del fresco. Le pregunta si tiene crédito para llamar a Paraguay a un tipo de cierto buen pasar que acompaña a su esposa. El tipo es muy desagradable con ambos, con el vendedor y sobre todo con la interna, a la que le dice "por eso tenés que estar acá" cuando ella le cuenta su historia, cierta o no.
De pronto, empiezan a atender más rápido, los pacientes entran y salen con velocidad de los cubículos de atención. Me toca a mí: una casi cincuentona petisa, flaca y mal teñida pregunta quién sigue, y mi boca pronuncia "yo", pero mi cabeza dice "cagué". Desde el primer momento, desde la primera impresión que exhibe su lenguaje corporal, sé que la empatía será un quimera.
Por supuesto, no se presenta. No dice ni su nombre ni su especialidad ni nada. Ni siquiera sé si es médica, salvo por su lenguaje corporal despreciativo, el cual me da más certeza que cualquier título. Me toma los datos en un papelito, en una hoja del recetario; me pregunta, además, si tengo obra social. Le digo que tengo el plan Cobertura Porteña. Me pregunta, con tono despectivo, qué es eso. Es un plan del gobierno de la ciudad, le aclaro, y, como otra vez me dijeron que no sirve para nada, le digo que no sé si califica. Las que no califican son mis palabras…
Me pregunta por qué fui. No me parecía que diera decir que me muero de incomunicación, que –lo noté el otro día– necesito un abrazo grato y el movimiento de energía y de neuroquímicos que genera, ni mencionar mis problemas con las drogas, que reaparecen cuando reaparecen en mi cabeza o en mi boca esas palabras ("el jueves toca Dancing, te invito") que no puedo decirle a nadie a quien me dé ilusión decírselas o las imágenes de cómo sería si sucediera. Entonces trasladé en el tiempo un hecho que me sucedió hace un par de años, alguna de mis batallas con el pánico. Me mira con mirada hueca y me interrumpe a cada rato, como si tomara un examen de mala gana.
Cuando quise decir que eso se potenciaba por el contexto que estoy viviendo, me cortó de nuevo y llevó la conversación hacia un lugar del que nunca volvió. Así, no pude decir que estuve diez días sin hablar más que con cuatro personas. Que esperé los días para ver a mi dentista y romper esa racha casi como un preso los tacha del almanaque; para, además de hablar, encontrar un toque de comunicación, y que estuvo re cortante ("ah, Olga, hola" dijo con el tono que se usa ante lo inevitable, casi como un "ah, vos", y la vez siguiente ni un beso me dio). Y que quizá no nos veamos más. No pude decir que se murió mi viejo, lo cual suele garpar. No pude decir que estoy bebiendo más. No pude decir que vivo con una persona al borde del delirio místico (o definitivamente en él, ya no sé), que el abogado me bardea diciendo "lo vamos a hacer entrar al siglo XXI" porque no tengo teléfono y que entre ambos me puentean con las cosas que nos incumben a los tres.
No pude decir que no pude decir "feliz cumpleaños" un par de veces que me hubiera gustado, que habría sido un destello de comunicación si esas dos palabras hubiesen sido pronunciadas y bien recibidas. (No pude decir que pensé en mandarle por mail la última oración a una de esas personas y que desistí cuando volví a recordar todo su silencio, el mismo que me había hecho desistir de decírselo). No pude decir toda la energía que pongo acá, todo el tiempo que me lleva buscar una palabra, cuyo resultado será la nuda nada.
Me dice que lo que refiero es algo "leve" y que haga psicoterapia. "¿Qué posibilidades tenés?", me pregunta. "¿Qué me quiere decir?", le respondo. Entiendo que se refiere a posibilidades económicas, pero ni decirle que soy pobre puedo, que tengo los ingresos de un indigente, que no tengo trabajo y que, seguramente, no podré tenerlo. Me dice que use el plan ese, y todo es tan rápido que no puedo decirle que esa cobertura del GCBA sólo tiene médicos clínicos. Agrega, sobre mis palabras, o sobre mi preparación de palabras, que en el hospital están dando turnos para junio.
Dale. Total, puedo sufrir tres meses más, puedo convivir tres meses más con la cercanía de la convulsión o del estallido. Es una sensación re copada. "Si no, venís de vuelta", dice cuando ya me lleva en su ola hasta la puerta. Y ni una buena tira al final, ni un "si pudiste dominarlo antes, ahora también deberías poder". Nada. Cero empatía, cero contacto, cero comunicación. Te tiran a la basura, a esa avenida oscura y desolada.
(Al día siguiente, llamo al teléfono del dichoso plan para confirmar si hay psicoterapia, y, obviamente, la respuesta es negativa. Y cuando le pregunto, retóricamente, a la mina que me atiende, que sí me dio su nombre y apellido –porque los telefonistas están obligados a identificarse, pero los médicos no–, qué hago ahora que la médica me dio un dato mal, me responde que vaya al hospital donde hice el trámite, que allí me van a dar folletería. No quiero folletería, quiero respeto y atención, reventados hijosdelamierda).
Nadie se entera ni de la cagada de la médica anónima mandándome a un lugar que no es, ni de su desconocimiento de los planes que ofrece su propio empleador, ni de mi padecimiento ni de nada. Cero reclamo acreditado. Todo funciona perfecto, en todo estás vos. Y el esfuerzo que uno hace tratando de pedir ayuda ANTES de reventar es al pedo. Parece que quieren que uno reviente, que vaya hecho mierda, temblando y mordisquéandose los labios como la chica de las cicatrices. Que sea eso. Que seamos mierda.
Ya es de noche y no quiero cruzar esa zona laberíntica e inhóspita. Entonces doy la vuelta para salir por Agronomía. No sé qué bondi tomarme ni dónde bajarme. Cuando llega el 146, de pedo le digo "hasta Medrano". Me cobra 6,25 y en el cuadro tarifario veo que la sección termina en Medrano.
Viajo en el primer asiento. En una parada, golpea la puerta un tipo apurado que está hablando por celular. El chofer le abre, el tipo le pregunta si va a Acoyte y Alberdi, el chofer le dice que no, mientras yo, simultáneamente, también le digo que no y de la nada agrego que se tome el 135, al que vi hace un rato delante nuestro. Demasiadas, irrefrenables ganas de hablar parece que tengo, porque me sale un dato –correcto– de un colectivo que jamás en mi vida tomé.
Llegando a destino pienso en pasarme una parada para caminar menos, pero es tan obvio que estamos en Medrano, y yo estoy en el primer asiento, y capaz el chofer se acuerda de que pedí hasta allí, que no me parece. Bajo, empiezo a caminar, decido volver caminando y no tomarme otro colectivo que me dejaría a un par de cuadras de casa. En un momento del largo trayecto, veo un billete verde nuevo en el piso. En un solo movimiento me agacho, lo recojo y lo aprieto en la mano, sin guardarlo en el bolsillo para que el forcejeo que debería hacer con los bolsillos rotos del pantalón no evidencie que encontré plata. Un par de cuadras después abro la mano y develo la incógnita: no es uno de quinientos, como la otra vez, pero son cinco pesitos. Gracias, digo, como siempre. Gracias a quien corresponda.
Sigo caminando, no sé cuántas cuadras ya, y en un momento diviso, unos metros más allá, en la esquina, a un perro sin correa ni bozal que deambula indeciso, sin saber si agarrar por la calle o por la avenida. No sé si está perdido o si sus desaprensivos dueños lo sacan a pasear en esas condiciones. Cruzo la calle para evitarlo mientras digo, casi en broma, "juira, perro", y antes de llegar a la otra vereda descubro un sol brillando en el asfalto de la noche: una moneda de un peso que rápidamente va a parar a mi mano mientras esta vez le agradezco primero al perro. Y luego, sí, a quien corresponda, a esa misma entidad a la que, últimamente, además de agradecerle, le pedía "ayudame con S......." sin que lo haya hecho. Me da plata a veces, pero no está para darme amor.
Paso por la plaza que está cerca de casa y a esa hora, tipo ocho y pico, hay bastante gente corriendo. Un hijo de puta estacionó la mitad de su auto en la vereda y las varias personas que vienen en fila india deben pasar por el estrecho margen que dejó el sorete ese. Algunas caminan, otras corren, creo que hay una mujer con un cochecito de bebé. Me hago a un lado para que pasen, mostrando, como siempre, solidaridad runner. Una chica un poco petisa, tal vez un poco gordita, piel blanca, remera blanca, viene a buena velocidad, supera a quienes encabezaban el grupo, me mira, me mira, pasa a mi lado mirándome, y cuando supera mi posición dice "gracias" con una sonrisa amplia, gustosa. "De nada", le digo alzando la voz porque se va, se va, se fue. Dios santo, cuánto hacía que no me pasaba eso: una piña en la frente fue. Una fucking sonrisa, de eso estamos hablando. No de hablar con alguien (situación en que arruinaría todo a la segunda interlocución), no de un beso (chocaría dientes, como la última vez, en julio, con la escort joven de concha maloliente). Una mísera fucking enorme sonrisa.
Voy llegando a la esquina y decido doblar, en vez de seguir hacia mi casa. Doblar para cruzarla de nuevo, una vez más. "Yo sé que esto no se hace", me digo, pero, bueno, es lo que hay. Doblo, llego a la otra esquina, sigo esquivando corredores, y la mina no aparece. Doy toda la vuelta, hasta el sector de la posta aeróbica, donde hay un par de chicas con remeras blancas que podrían ser ella y una con un chabón de barba en el coso ese donde te sentás y levantás tu peso tomándote de unos manubrios. No sé si alguna es ella. No quiero mirar mucho. Ya fue. Quizá lo soñé.
Ayer y hoy fui a esa hora, pero tampoco estaba. Capaz que lo único que me queda es poner un monolito allí, junto al árbol, como un monumento a la sonrisa. Y escribir acá para no convulsionar. Porque ni siquiera puedo suicidarme, que es lo que correspondería, y dedicárselo a todos los que me dejaron de lado. (Bueno, a los que me dejaron de lado malamente; los otros… qué le vamos a hacer).

9 comentarios:

La para siempre seguridad de estar de más en el lugar en donde los otros respiran dijo...

No se trata ya de cuántos días llevo sin hablar con nadie. Es no poder imaginar cómo o con quién podría suceder.
(Es sentir que la parte del cerebro que produce palabras se fosilizó, o que me fue extirpada, cauterizada, anulada en/por los últimos fracasos).

Germán dijo...

Estoy acá, a destiempo (somos destiempo arrojados al infierno de lo lineal). Una cita a mi canción favorita de Don Cornelio a la izquierda. Signos de que en la simultaneidad del desasosiego nos perdemos todo lo mucho o poco que haya, nos perdemos. Sigo mirando a la izquierda (pa'bajo) y noto que hace mucho llevás adelante este blog. Y me recuerdo a mí mismo, comenzando uno, y otro y otro más, y así... Para abandonarlos sucesivamente (en el infierno de lo lineal), tal vez a modo de revancha por la concatenación de abandonos que fue forjando a este que voy forjando y escribe un comentario que va a ninguna parte. O que va a la guardia, a juntar un poco más de maltrato (nací a pocas cuadras de esa guardia, en plena Isla de La Paternal). Me gusta este texto (no me gusta el sufrimiento, no hago banal el dolor, aborrezco a quienes lo hacen), mucho. El único tuyo que leí, por ahora. Y todo por tu comentario, que me catapultó acá, en esta mañana de todas las mañanas que parecen solo una. Visitando guardias, juntando maltrato: cómo no comenzar, yo, por acá. Abrazo.

y.0. dijo...

No es que el comentario no va a ninguna parte: va a esa parte que produce alguna combinación neuroquímica vinculada con la comunicación. En un tiempo Blogger permitía personalizar las palabras que aparecían junto al número de comentarios recibidos, y en este blog decía "signos vitales". Allí va.

Supongo que no abandoné este blog (aunque la época de los blogs ya pasó, reemplazados por los endogámicos Facebook y Whatsapp), aunque parezca un compendio de todo lo que no pude desde que lo empecé (y antes), para poder agarrarme a algo, a mí y mis huellas: casi como mi metódico anotar todos mis gastos y mis ingresos, aunque sean diez centavos encontrados en la calle. Una forma de conexión con quien fui, con lo que me pasó.

Gracias por estar, pese a los destiempos; por leer, por comentar, por el dedicado comentario.
Y si no te cae mal que hable mal de tu barrio... ¡qué lugar horrible ese! Supongo que en la época del albergue sería más feo aún.
Horrible para llegar, horrible ahí adentro por el lugar y también por el trato (salvo una vez: aquel psiquiatra pelado tuvo buena onda).
Una vez tuve que ir a las tres de la mañana para sacar un turno. Otra vez fui y me perdí, y no pude llegar: http://nosoportoalagente.blogspot.com.ar/2012/07/warnes.html


Y todo por escuchar una tarde de domingo de incesante lluvia (que continúa hasta esta tarde de lunes) a la banda donde cantaba una chica que, años después, se fue de viaje al Amazonas con su novio baterista, a donde nunca llegaron. Por eso y por encontrar en la tele un programa en el que hablaban de aviones perdidos sin mencionar esa historia. Por eso y por buscar en la web al respecto y encontrar al cantante de la banda (más famosa) del baterista linkeando a la historia de alguien que vende un disco de esa banda.

Ah... ¡Aguante Don Cornelio! Por los siglos de los siglos, jaja.

Germán dijo...

Sí, sí: sé que el comentario iba a ese lugar, al mismo que llegó el tuyo previamente. El que va a ninguna parte soy yo, que me confundo con las palabras. Había leído lo de los signos vitales. Me cago en Blogger.

No voy a negar que ese barrio es una mierda: claro que sí (claro que no lo voy a negar). Antes y después de Warnes (Warnes albergue, cantaba uno). En este momento me viene a la cabeza el día que lo tiraron abajo. Fue hace mil, y ya no sé qué es mil. Todavía vivía mi viejo. Todo el barrio estaba detrás de las barandas que ponían no sé a cuántos metros de la demolición por implosión. El circo había llegado al pueblo. Tengo imágenes mudas, no recuerdo el sonido del derrumbe (yo, que vivo derrumbándome). Menos mal, porque si el recuerdo fuese sonoro y vívido, mi tinnitus tendría otra excusa para hacerme creer que sigue empeorando. No tengo orgullo barrial, al menos no por ese barrio. Y tu texto Warnes lo demuestra. "Lo que sé es que me resultó conocida esa sensación de saber muy rápidamente que la respuesta a mi pregunta no iba a llevarme a un lugar mejor. Como cuando voy a un médico y me despacha en ocho minutos." Gracias.

Y todo por haber escrito sobre Los Pillos, por no haber podido salir a la calle por evitar el calor (de salir a la calle). Todo por un acto reflejo compulsivo, malabar de ansiedades. Y todo por, tras escribir eso en una sentada de treinta minutos, mandárselo a ese mismo cantante (a quien no conozco) de la banda más famosa de las del baterista novio de la chica que cantaba en la banda de la tarde de domingo de incesante lluvia. Sé, sé donde queda ese lugar donde se produce alguna combinación neuroquímica vinculada con la comunicación. Imagino dónde queda, lo pienso en el deseo de que se produzca el milagro de sustancias.

Seguiré leyendo. Llegar tarde tiene su encanto.

Patria o Muerte.

y.0. dijo...

El cantante ese es un muchacho complicado, pero no vamos a hablar mal de la gente. No en público (?).
Yo nunca tuve ese vinilo incunable (sí Patria o Muerte, lo conservo), aunque me compré el CD hace poco, cuando salió. Y nunca le rompí el envoltorio.

"Había una vez un cantante de un grupo que se llamaba Harry que se perdió en el cielo con la cantante de un grupo que se llamaba Antihéroes que lo amaba".
La banda de la chica en ese tiempo era El Lado Salvaje, pero este texto sobre la historia en cuestión es fabuloso. A veces paso de nuevo y lo leo en voz alta.
mirockandroll.blogspot.com.ar/2006/09/harry.html

Este es mucho más modesto, pero...
http://chopeadospormassey.blogspot.com.ar/2017/05/guayaramerin.html

A veces ese lugar -donde se produce la neuroq....- es en la vereda donde pasa corriendo una chica que sonríe cuando le cedo el paso, llegando a casa de juntar maltrato en la guardia; a veces, es donde se encuentran dos manos desconocidas en un lugar inesperado, en el límite de la sala de espera con el sector que lleva a los consultorios un rato antes de una cirugía.
Le debo ese texto a mi (ahora ex) dentista, aunque no creo que se vaya a enterar.

Como la historia es cíclica, parece que van a tirar abajo el Elefante Blanco de Ciudad Oculta.

Yo también seguiré leyendo.
Abrazo de blog.

Germán dijo...

"...a veces, es donde se encuentran dos manos desconocidas en un lugar inesperado, en el límite de la sala de espera con el sector que lleva a los consultorios un rato antes de una cirugía". Sí, lo sé. Recuerdo una cirugía, una de las grandes. Ya no en el límite que mencionás sino en la camilla, en la propia sala donde meten mano. Justo entonces, cuando mientras con asepsia te dibujan en el cuerpo el croquis del filoso recorrido, en el límite con el instante en el que te ponen la máscara que adormece. No había lugar a cruces de manos ya, pero en el hilo musical del quirófano sonaba Ordinary World de Duran Duran. Una de las asistentes la tarareaba muy cerca de mi cabeza: pude sentir el dulzor de su carne sobrevolándome. Empardó el encuentro de manos (que no había sucedido).

Acá llueve y el calor se ha sofocado. Sigo ambos links de tu último comentario. El "más modesto" es mi preferido. No solo por el texto del tema en cuestión, sino por todo lo demás. Me gustan, con inusitada contundencia.

El otro, el que de vez en cuando levantás con viento de gola, también me gusta. Pero el contexto en el que se encuentra no está en mi radar de estos días: sigo de largo, como de costumbre.

Desconozco al muchacho complicado: ya conocía mucha gente así. Demasiada. Casi toda. Casi es una palabra extraña, ¿no?

Seguí leyendo, no sin una insistente satisfacción neuro-química. A veces es una suerte el desdén del pequeño accidente. Lo que pasa es que salgo poco. Hasta en la virtualidad. Gracias por las ganas. Seguiré.

Abrazo.

y.0. dijo...

Me asombra muy gratamente que el más modesto te haya gustado tanto.
Se activa otra neuroquímica, no puedo poner su fórmula acá, pero la siento distinta fluyendo por mis venas.

Nunca pasé por una de las grandes, ni por una mediana, y me sorprende que haya musiquita de fondo en el mero lugar. Si algún día paso por ese trance, llevo un par de compacts (qué antigüedad) por si la cosa les sale mal, y les advierto: "Si ven que palmo, ponen este y resucito".
(Como todo suele tener que ver con todo, una de esas canciones sería una de la banda donde toca el bajista de la banda que vos veías en el Santa María).
Lo diré sin alusiones: Dandimite, la versión de 100 Nicetos.

Yo casi no salgo, casi no hablo con gente (tres personas en la última semana, dos de ellos personas mala onda en la calle).
Pero ahora tengo que salir a cobrar la changa que suelo hacer.

Me alegra hasta lo desconocido que estos miles de caracteres míos sean el vector de esa insistente satisfacción.
Que te dé ganas de más, entonces, y que ese "más" cubra las expectativas. Y que sigas, llevado por el azar en este blog sin etiquetas.
Abrazo.

Germán dijo...

Pasé por grandes, medianas y pequeñas. Pero la única vez que había un hilo musical fue en esa. Tengo muy presente el momento. La presencia de la canción hizo que la cercanía del cuerpo de la persona que la tarareaba rompiera la asepsia y me brindara un calor impensable en el contexto. Los gases anestésicos deben haber aportado lo suyo, también.

Está muy nítida la superioridad de eso modesto (lo digo con modestia). Mozo: otra vuelta de neuroquímica.

Abrazo.

y.0. dijo...

Esa antesala del sueño quirúrgico, esa petite mort que nunca experimenté, fue bastante más interesante que la antesala de la muerte posta referida por Víctor Sueiro.
(En este blog, donde no somos para nada esotéricos ni supersticiosos, sin embargo, a esa cercanía del cuerpo y lo que produce la llamamos "energía". Y, más allá del nombre, creemos en ella, la percibimos (a veces)).

Ojalá la dosis de neuroquímica siga pegando, aunque, lo sabemos, el cuerpo tiene sus mecanismos de asimilación y adaptación. De todos modos, las puertas de este blog están abiertas para ello (y son muchas, asigún se ve a la izquierda, pa'bajo, pa'bajo, pa'bajo y pa'bajo).

Ci vediamo, bah, ci leggiamo.