viernes, 9 de mayo de 2008

Recuerdos de la fuckultad (III)

Primer o segundo práctico de Economía. El profesor Giner, medio maraca, chamuya y chamuya, y habla de todas las cosas maravillosas que vamos a hacer. En un momento, a cuento ya no sé de qué, habla del observatorio de Arecibo, en Puerto Rico, y parece que se siente obligado a aclararles a alumnos universitarios de segundo año de la UBA que “Puerto Rico es una isla del Caribe”.
Yo, como siempre que podía, me había sentado en los pupitres individuales, ubicados perpendicularmente al pizarrón y a los que quedan frente a este, para evitar esos horribles e incomodísimos engendros comprados en alguna licitación trucha, diseñados por un antiergónomo que no previó una cosa tan elemental como “algo” donde apoyar el cuaderno.
La cosa es que hacia el final de la clase el tipo nos dice que formemos los grupos para el trabajo que habrá que hacer… (Lo que siempre detesté más en ese lugar fueron los trabajos grupales, porque no soporto a la gente).
Corte que a mi derecha estaba sentada la mina esta, Sabrina Abrán; a su derecha, casi junto al pizarrón, otro chabón. Atrás, lo supe después, había unos pupitres vacíos y a mi izquierda, alguno más, también desocupado, y, a dos o tres metros, los primeros pupitres colectivos con los alumnos sentados de frente a la clase.
Fue entonces cuando esta hija de mil putas me dio la espalda, girando su enorme trasero en la silla, y se puso a hablar con el chabón, dejándome totalmente pintada y colgada del pincel. Esperé a que me diera bola, y no. Empecé a angustiarme (iba a escribir “desesperarme”): miré hacia atrás, y no había nadie; al costado, y tampoco.
Asombrada y confundida por semejante desprecio, traté de hacer contacto visual con el docente, pero ya se había desentendido y no levantaba la vista de sus papeles (¿no le habrá llamado la atención, luego, al corregir, un trabajo presentado por un “grupo” de solo dos alumnos?). Busqué más allá, en los pupitres colectivos, y ni una mirada se encontró con la mía, quizá porque descontaban que yo integraba el grupo con estas dos personas; pero no: la soreta no me había habilitado, y me quedé arafue.
Anuló, con un solo gesto, grosero e impune, cualquier reacción de mi parte durante esos segundos en que yo miraba su espalda esperando que se diera vuelta, que tuviera el mínimo decoro de un alumno hacia otro. De una persona hacia otra. Durante esos incontables segundos y luego, cuando estuvo claro que no se iba a dar vuelta y lo único que pude hacer fue tirar miradas que nunca llegaron a destino mientras me consumía en la nada misma.
Fue eficacísima a la hora de imponer una distancia insalvable y humillante, exhibiendo una carencia salvaje de frenos inhibitorios, que, sin embargo, a todos los demás les pasó completamente inadvertida. Y le salió muy barato salirse con la suya y alcanzar su objetivo, que tal vez haya sido quedarse a solas con el otro chabón.
En ese acto dejé la materia. Luego recursé, y me dibujaron la nota para mandarme a final, aunque estoy segura de que la había promocionado. Esa cátedra era una gran mierda. El titular era el capanga de la AFJP del Nación y usaba los poquísimos teóricos donde aportaba para hacer una apología del sistema privado de jubilaciones y publicitar las ventajas que tenía su AFJP sobre la competencia. Y los niños, como Lena Fazz*lari, encantados con las promesas de prosperidad que nos hacían los noventa, levantaban la mano y pedían data de cómo hacer cuando el tipo hablaba de que podían realizarse “aportes voluntarios” para engrosar la jubilación.
Los profesores (un canoso peinado a lo Einstein, el pelado Delgobbo –empleado de Roggio– y otro dolape, cuyo nombre no recuerdo y que, como la mayoría de los profesores de Economía que encontré en ese lugar, no pasaría una prueba de análisis sintáctico de tercer grado) eran de los que no te muestran el parcial, y, así, no sabías si al menos lo habían leído. Y como creían que su partecita era una cátedra por sí misma, anarquizaban la temática de una mierda tan abstrusa y pajera como la economía, y entonces había dos escritos para los teóricos, y en los prácticos, “lo que disponga cada profesor”, que podían ser otros dos parciales –en general sin relación con los temas de los teóricos– más el trabajo práctico grupal.
A la conchuda esta la crucé después un par de veces. Recuerdo una en la escalera: ella iba bajando, con una pollera corta que exponía sus gruesos muslos. La reconocí de inmediato y tuve que esforzarme mucho para lograr reprimir mi deseo de empujarla escalones abajo.
Sabrina Abrán, gorda culona, mala onda y la reputísima madre que te parió, pasaron muchos años y todavía centellean el odio y la ira cuando recuerdo esta anécdota: sos la síntesis (una más…) de la soberbia y la invisibilidad a la que fui sometida en la UBA. ¿Quién mierda te creíste que sos para ningunearme así, soreta mal cagada? A ver dónde mierda estás ahora, pelotuda…

3 comentarios:

Destrozando Blogs dijo...

no sera esta, che:

http://thepropertymag.softpage.co.za/images/452774491/ArticleImages/2007/April/Socials/gotango-7.jpg

(la primera a la izquierda)

Olga Eter dijo...

Lo que más recuerdo de ella fue la actitud que narro aquí.
Del resto, que era morocha, medio “rellenita”, no muy alta.
La verdad, puede ser, pero no estoy seguro: si es, me parece que bajó algunos kilos.

Anónimo dijo...

No sé dónde está ahora la soreta esta, pero sí sé que se recibió y que se dedica a la investigacion y desarrollo experimental en el campo de las ciencias sociales.

Bueno, aunque me prive de la módica satisfacción que implicaría enterarme de que no se recibió, de que es cajera en un súper o cartonera, tiene su lógica: una mina con actitud tan mierdosa como la que tuvo conmigo (contra mí) iba a sobrevivir y obtener logros en ese lugar mierdoso.