sábado, 15 de noviembre de 2008

Se me rompieron las zapas (III)

Esta vez era previsible: tenían más de diez años, y bastante se la bancaron. De hecho, fueron las primeras zapatillas que me compré. Antes, mi vieja me regalaba un par en Navidad, o para mi cumpleaños, cuando consideraba que la vida útil de las que tenía se había agotado. Sin embargo, parece que entonces no reparó en que las suelas de mis Adidas estaban despegadas en la punta ni en que yo las pegaba con Poxi-ran o con ganchitos. Incluso llevaba la abrochadora a todos lados en el bolsillo, y cuando se soltaba la suela, trac, ganchitos; ganchitos que rayaban todos los pisos de madera…
En esa época había diferencia de precios entre una casa de deportes y otra, cosa que ahora no encuentro. Luego de una investigación que duró algunas semanas, el mejor precio lo hallé en un negocio de la estación Once. Fui en bondi un mediodía, con la decisión tomada: ya había elegido esas de 84 mangos, con cuero falso blanco todo por abajo, la parte superior como porosa en azul oscuro y el sector de las tres tiras en ese azul y negro. El modelo se llamaba Response Cushion, y el año pasado vi que Adidas les dio este nombre a otras zapas, pero son de esas nuevas, con la parte lateral que parece más corta, y no sujetan el pie por arriba como a mí me gusta aunque ajustes el cordón hasta desgarrarlo.
Recuerdo que el primer golpe se lo di a la derecha en la esquina de la barranca de San Juan y Paseo Colón al pegarle tres dedos al cordón de la vereda, y recuerdo la bronca que me agarré. A lo largo del tiempo se la re bancaron, y me llevaron a muchos lados; no a tantos como otras porque poco después mi cabeza hizo explotar a mi cuerpo, y estuve una temporada fuera de circulación, casi sin poder salir de casa.
Últimamente ya venían muy baqueteadas, y un trozo de la suela de una de ellas se había desprendido adelante y se había perdido. Igual, como en esa zona la suela es más finita (y/o más desgastada), no se notaba tanto. Al final ya le faltaba la mitad de la parte delantera de la suela. Se hizo incómodo cuando se despegó un pedazo más grueso porque caminar sin él me desequilibraba; lo pegué con poxi, pero a la segunda caminata se soltó de nuevo. Lo mismo pasó con la parte del talón de una de ellas. Y la otra también había perdido la mitad de la parte delantera de la suela.
El forro interior de tela se había descosido, o salido de su sitio, y la gomaespuma sobresalía, y a veces se desprendía; la tela que cubre la plantilla se había despegado, el negro de las tiras ya era gris despelechado, habían perdido rigidez… Bueno, estaban hechas goma. Yo las seguí usando porque son cómodas, porque uno cree que todavía aguantan, pero el deterioro, el estar tan vencidas, tal vez termine jodiendo el pie.
Una noche de lluvia avisaron que ya no daban para más cuando se desprendió la otra en la parte trasera, justo por plaza Once. Pero como eran las que mejor soportaban el agua sin que se me mojaran las patas, quizá por el cuero todo abajo, otra tarde de lluvia me las puse para ir a un par de lugares antes de la última escala, la esquina más peligrosa de Buenos Aires, a donde llevé una ilusión ensobrada, amasada y regada durante meses, que, como todas, se pinchó de golpe. (No digo “un cuento” porque el jurado decía “no hay cuentos”, “son relatos”; “brochazos”, dijo otro, y la más joven y vivaz de ese trío de ancianos escogió a su ganador porque “¿quién no vivió una situación así en un velorio?”. Ese era el mérito, parece… Pero hay que bancarse el rechazo si uno se expone a la mirada ajena. Trascartón, la señora agregó: “Tenemos que elegir tres premios. Después ellos dan un montón de menciones, así todo el mundo se queda contento”).
Retorno de la digresión: a las dos cuadras de las muchas que contemplaba la totalidad del periplo ya tenía los dedos del pie derecho empapados. Habrá sido mala suerte, una baldosa pisada en el peor vértice o no sé qué, pero fue una señal: si las uso para no mojarme y al toque me mojé…
Cerca del primer tercio del trayecto, pisé agua otra vez, tratando de no rasgarle la gorra con el paraguas a un cana que evitaba la lluvia bajo un balcón. Completé el esperanzado recorrido con la certeza de que esta vez sí estaban dando las hurras, y prestando especial atención a cada paso para no tropezar con las suelas desprendidas y despegadas: la parte del taco es más gruesa y, al doblarse sobre sí misma cuando quiere, aumenta el peligro.
Cuando llegué a casa, estaban embarradas como una 4x4, y hasta las medias estaban negras por el agua sucia que les había entrado.
Mis Adidas viejas, 24-11-97 / 28-9-08, me acompañaron mucho. Sus cordones azules se trasplantarán en otras zapas.

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