lunes, 12 de julio de 2010

James Cotton & Junior Wells (Harp attack)

Fue cuando cumplí cuatro años. O cinco. Seis como mucho. Después, mis cumpleaños escasearon en invitados hasta desaparecer. Esa vez me regalaron una armónica. No recuerdo quién fue. En cambio, la memoria es vívida, de una nitidez indeleble, cuando se acuerda de cómo me la quitaron.
Era de tarde, yo estaba en la cocina, junto a la puerta, entre ella y la mesada, cerca de donde está el tacho de basura. Las puertas del mueble bajomesada eran metálicas y estaban pintadas de amarillo patito.
Entonces, a raíz de no sé qué, apareció esta mina, Silvia Torres, que era amiga de mi vieja. No sé si era compañera suya del profesorado o si era psicóloga. O las dos cosas. O si el marido era psicólogo. Hace unos años mi viejo me comentó que el tipo había muerto. Creo que se enteró por el obituario de La Nación, una de sus lecturas infaltables de cada día.
Era gorda y tenía el pelo negro largo. Atado, seguramente. Quizá tuviera una blusa blanca y un pantalón azul. Entró a la cocina y, no sé cómo ni con qué argumentos, me sacó la armónica. Parece que nadie le objetó nada. Como si la hubieran mandado a hacer el trabajo sucio.
No recuerdo si se la entregué a partir de un speech persuasivo de su parte, o si fue más intimidatorio que persuasivo, o si directamente usó la fuerza. Tampoco recuerdo si protesté mucho. Debería acordarme si lo hice, supongo. Aunque la potencia del despojo tal vez obliteró todo recuerdo posterior. Quizá en su momento no me haya parecido un regalo cuya pérdida fuese especialmente lamentable. Quizá acepté que “era así”, como “era así” todo lo que pasaba porque no había casi nada con qué comparar.
Es cierto que habría sido muy insoportable soplando la armónica todo el tiempo, hasta que me cansara de ella. Pero era mi regalo. Y me lo afanaron. Impunemente. Con una naturalidad y un descaro que me asombra a medida que trato de reconstruir el recuerdo. Y la imagen no sale de un niño en la cocina y la gorda esa y el amarillo patito de las puertas.
Con el tiempo supe que la habían escondido en la parte superior del placar de mi pieza, a la que aún hoy debo acceder con la ayuda de una silla o una escalera. Antes o después, recibí otra armónica de regalo, y de ella también se incautaron. Las recuerdo a las dos, inaccesibles, a una mirada de distancia de mi cama. Permanecieron años en su reclusión, hasta que un día las bajaron, tan silenciosamente como las subieron, sin explicaciones que recuerde.
(Una de ellas, made in China, marca Victory, de cara ranurada roja con motivos dorados, sobrevive en su increíblemente incólume caja de cartón de una pieza dentro de un cajón de mi mesita de luz. Acabo de comprobarlo).
Así, Silvia Torres, mis padres y todos los otros posibles responsables no sólo me privaron de tener la chance de ser el James Cotton o el Junior Wells argentino, o de participar en el disco “Harp Attack”. De ser un discípulo de Mississipi Robinson, por lo menos… Aportaron lo suyo para que la música siempre me resultara ajena. Y para que tuviera aún menos chances con las minas a las que les gustan los músicos…
(El pianito verde de dos octavas de mi madre estuvo a mano, es cierto, pero no pudo ayudar mucho, lo mismo que la guitarra de juguete que me regaló un amigo de mi viejo, que –me parece– no sonaba de verdad. Y la incapacidad natural que podría deducirse de estas palabras se choca con el hecho de que pude notar la diferencia entre una nota y la contigua cuando el afinador del piano de mi laburo me explicó demostrativamente no sé qué cosa una tarde en la que tuvo una predisposición de la que careció la vez siguiente).
Un aporte similar hizo la ceguera de mi entorno ante el interés que me despertó la guitarra eléctrica que le habían regalado al vecino del primer piso a eso de nuestros nueve o diez años. También el jardín de infantes y su clase de música, donde había que tocar el toc toc o el triángulo, y su maestra, que me retó malamente cuando, sentados en el piso, en semicírculo, teníamos que tocar, y yo me echaba hacia atrás, para quedar oculto por mi compañero de al lado, porque no sabía cuándo mierda había que golpear ese triangulo del orto. Y, cómo no, el fucking colegio y su flauta dulce, y el pelotudo del maestro, mucho más interesado por avanzar en el escalafón que por transmitir algún conocimiento que imprimiera en nosotros.
Pero Silvia Torres, mis padres y todos los otros posibles responsables contribuyeron aquella vez a que perdiera algo más: la idea de la posibilidad de defenderme, el saber que puedo defenderme, y que pueden defenderme. Sumaron a la indefensión habitual de un niño ante las arbitrariedades de su familia, la naturalización de la indefensión ante cualquier extraño.
Yo no podía defenderme porque no sabía y porque no tenía fuerza ni los demás recursos necesarios. Y los que debían protegerme del afuera –ya que no del patológico adentro– no estaban. O estaban avalando lo que pasaba. O instigándolo. Y, junto con la resignación cristiana, la pasividad y la aceptación, me enseñaban que cualquiera puede robarme algo en mi propia casa sin que pase nada.

4 comentarios:

O. dijo...

Lluvia de penes catequistas voladores no (tan) identificables...

Anónimo dijo...

aahh.

pero juntaba todos los requisitos.

wathever.

O. dijo...

Digo yo... Robar es un pecado, una violación a un mandamiento.
Mirá vos, una catequista pecadora.
Anyway, para ellxs todos somos pecadores, entonces se permiten hacer cualquiera, total, después se confiesan y listo.

Gracias x comentar.
En un punto me pareció que no daba -que yo daba muchos datos, también-. Mirá si alguien le manda un mp en fb y la mina se acuerda, si la carcome la culpa desde entonces, ja.

Anónimo dijo...

Sin un hogar en el centro de lo real, uno estaba no sólo sin cobijo, sino también perdido en el no-ser, en la irrealidad. Sin un hogar, todo era una gran fragmentación