domingo, 28 de febrero de 2010

Chupar

Suele decirse que los putos son quienes mejor chupan la pija, y que las tortas son quienes mejor chupan la concha, ya que conocen en primera persona qué da más placer a un cuerpo semejante.
Yo no puedo suscribir esas palabras porque nunca un puto me chupó la pija ni una torta me chupó la concha. De lo que puedo dar fe, basándome en mi experiencia, es de que las minas no saben chupar los pezones. Deberían saberlo, de acuerdo con la lógica que construye las afirmaciones iniciales. Pero no saben.
Solo una vez, una noche de un viejo diciembre, mientras se largaba un torrentoso aguacero, una rubia me los chupó hasta dejarme a punto de caramelo, hasta dejarme a dos o tres manipulaciones de la acabada.
Todas las demás no supieron. O se perdieron pasando la lengua (muy lindo, pero te pedí que chupes, no que lamas), o se entretuvieron besando, o los ensalivaron a la pasada, siguiendo el programa que reproducen cada vez, y hasta alguna se dedicó con empeño, o con saña, a morderme, lo que me dejó un dolor que duró más de dos días.
Trato de indicarles claramente qué quiero, incluso con frases del tipo “prendete como si fueras un bebé hambriento”, y aun así no cazan la onda. Cuando eso sucede, las dejo hacer, sabiendo que otra vez me voy a quedar con las ganas de una buena chupada de timbres.

Droga en las calles

Esta semana que pasó descubrí que en las vidrieras de las casas donde venden electrodomésticos ofrecen una droga irresistible.
High definition.
¡¿Vos viste lo que es eso?!
Yo no podía dejar de mirar…

Llaves

Últimamente me están pasando demasiadas cosas con las llaves. Tantas que dejó de llamarme la atención. Ahora me inquieta, casi que me preocupa. Como si estuviera ocurriendo algo que no puedo descifrar.
La otra vez, hará tres años, abrí la puerta, el encargado me habló, y, como mi vieja dormía, cerré para que la conversación no la despertara. Y me quedé afuera… Podía esperar a que se levantara de la siesta, pero el tipo venció al pestillo con el culo de una botella de plástico.
Al tiempo, se me rompió la llave en la cerradura. Quedó la parte finita dentro del tambor, y la otra mitad, en mi mano. De nuevo el portero y su botella me sacaron del apuro. Como consecuencia, hubo que cambiar la cerradura, y el encargado no pudo abrir la puerta las dos veces que después de eso salí a recibir sendos sobres con la llave equivocada. Una vez, tuve que esperar a mi vieja. La otra, ella había viajado, y, cuando le pedí al portero el teléfono de una cerrajería, él, luego de fracasar con su botella, terminó entrando a mi casa por una ventana vecina.
Hace unos meses, un domingo que terminé en el hospital con un intenso dolor en el lado izquierdo del pecho, se me partió nuevamente la llave en la cerradura, esta vez en la puerta de calle, y me abrieron unos vecinos que salían.
Y ahora, ayer, me agarró la lluvia cerca de casa. Hace un par de semanas la ansiedad me hizo correr y empaparme, y encima paró un rato después. Entonces, esta vez me propuse ser paciente, avanzar balcón a balcón, alero a techito, sin correr mucho, sin mojarme. Sin desesperarme.
Había cubierto casi tres de las ocho cuadras que me quedaban, y estaba tranca, apenas húmedo el pelo, todo bajo control. Me guarecía bajo un alero, el último refugio que la oscuridad y el agua dejaban ver. Cerca de media cuadra más allá, poco antes de la esquina, descubrí más tarde, inútilmente, un edificio con balcones.
Pero la lluvia no paraba. Más bien arreciaba, masiva y compacta.
Me quedé allí unos cuantos minutos, unos muchos litros, protegiéndome del rebote de las gotas en las baldosas de la vereda. Hasta que sentí que me faltaba algo en el culo.
Me faltaban las llaves. Seguramente en algún pique corto, o en el salto en largo sobre el torrente que subía a la vereda en la esquina previa, se habían salido del bolsillo de atrás de la malla, que se cierra con un velcro vencido por el uso.
Al rato me di cuenta de que era al pedo seguir esperando. No iba a tomar el taxi que tentaba con su paso lento, no sólo porque no tenía plata, sino porque cruzar la calle para subir implicaba la mojadura que quería evitar. Y porque la frustración parece que derivó al autocastigo…
Así que decidí correr. Mojarme con el diluvio, con los chorros que caían de los balcones, en los miles de charcos y baldosas fojas, tomando carrera y saltando los rápidos que bajaban junto a los cordones de las veredas y se hacían lagos en las esquinas. Cuando pasé bajo los balcones del aquel edificio cercano, ya estaba empapado.
En la última cuadra y pico, crucé la calle de mi casa por cualquier lado, haciéndoles señas al bondi y a los autos para que frenaran porque yo me mandaba igual, y el agua que me chorreaba de la cabeza literalmente no me dejaba ver.
Llegué tan caliente que me saqué las medias y la remera, agarré un paraguas y me volví a ver si encontraba las llaves, en cueros y con las zapas anegadas. Obvio que no las encontré. No se veía una verga, la linternita de la birome no alumbraba lo suficiente, y en varias esquinas estaba inundado casi hasta el tobillo.
A la mañana siguiente ya había parado la lluvia, y cuando rayó el día, tipo seis y algo, fui de nuevo, sin dormir, pero tampoco encontré nada. Además, si quedaba alguna chance, los barrenderos ya habían comenzado su ronda, y era más improbable.

Perderme en pajas interpretativas sobre qué significa tanta historia con las llaves sería desperdiciar el tiempo que podría invertir en pajas más placenteras. Y averiguar a qué número jugarle en la quiniela tampoco me sirve porque soy pobre, pero no creo que vaya a abandonar la pobreza por esa clase de azar.
De todas maneras, dos ideas dan vueltas cuando pienso en esto.
Una trata sobre los objetos y la energía. Llevaban años y años, décadas, junto a mí, yendo a todos lados, siendo el objeto más preciado fuera de casa, el que no hay que perder. Y siempre en contacto conmigo: no solo porque todos los días –que salgo a la calle– las toco, las tengo en la mano, sino porque las guardo en el bolsillo, o a veces en la media.
También por la forma en que las llevo cuando corro en la plaza. Las tengo en una mano, a veces poniendo el dedo gordo, y a veces el índice, en el círculo del llavero. De vez en cuando las cambio de mano, y suelo usarlas de bocina, agitándolas, para que algún distraído que camina delante de mí se percate de mi presencia y se haga a un lado. Y cuando estoy en las últimas, cuando el esfuerzo ya es grande, las aprieto fuerte, cerrando el puño, al que acerco a mi cara, y mientras describo esto necesito respirar profundo, como cuando se me desarma el tranco por el esfuerzo. (Y recuerdo, de paso, que sus reemplazantes se revelan extrañas en su novedad, que resultan ajenas al tacto, y no solo por las aristas filosas que tienen).
La otra cosa se vincula con lo que implican y con la dependencia. Se manifiesta en la profunda impotencia que agobia cuando no puedo entrar al único lugar donde, pese a todo, pertenezco; al que siento, al menos en parte, propio, aunque últimamente se revele tan expulsor. En el fracaso que supone no haber podido conservar lo que no debe perderse, y terminar pidiendo que te abran la puerta. En la irreversibilidad de la pérdida, pequeño recordatorio de otras irreversibilidades.
En eso pienso, a eso le atribuyo la sensación de desasosiego que tengo, mientras manuscribo este post, que se revela impostergable, a la luz de una vela porque se cortó la luz.

Claudia Bassols

Hace un montón que quiero escribir algo sobre el programa de Tony Bourdain. Pero nunca sé cómo hacerlo sin repetir lo que puede leerse en otros blogs. Entonces, sólo diré que me cabe su estilo, y que me divierte que el antivegetariano provocador termine confesando su estremecimiento cuando sus amigos patagónicos, Martín y Chavón, carnean un cordero frente a sus ojos pero no frente a la cámara.
Así que voy a compartir mi asombro ante otro programa dedicado a la gastronomía y los viajes. Se llama “Spain... On the road again” y va por ftv. Están Gwyneth Paltrow y tres personas más, cuyos nombres y currículums descubro a través de Internet: el chef Mario Batali, el crítico gastronómico del New York Times Mark Bittman y la actriz española (¡catalana!) Claudia Bassols.
El programa es el típico paseo por restoranes top, bodegones cool y atracciones turísticas varias. Nada que no hayamos visto. Nada relevante.
Salvo la mina esta, Claudia Bassols. ¡Mamadera!, diría Caruso. No sabés lo que es esa morocha. Se parte. De buena y fina. No puede tener la cara que tiene. Es perfecta. Después de esa palabra, no hay otras. ¿Con qué o quién la comparo…?
Es que es así. Al menos en este descubrimiento. Viste cómo es, que al principio quedás encandilado, y no te alcanzan los ojos, y después vas encontrando, una a una, imperfecciones y decepciones. Pero posta que es un infierno la guacha, posta que te quedás boquiabierto mirando, y pidiendo que la muestren más, y más de cerca.
El pelo negro resalta la piel blanca, que se ilumina aún más cuando sonríe. Cuando se ríe… la boca se ensancha, y las mejillas forman una figura hipnótica cuyo extremo inferior, precioso, irresistible, es el hoyuelo que se le forma en la pera. Y la fineza que trasunta en cada movimiento, en cada gesto, resulta opípara.
Y, encima, el acento catalán, que me pudre la cabeza. (El acento catalán pudre las cabezas). ¡Mamita, no hables en inglés! Hablá en español con el tonito talanca, hablá en catalán con el pescador. Dale, nena, qué te cuesta…
Joder, tío, que hay que verla, preferentemente en movimiento, porque las fotos no comunican de manera cabal mi impresión. Verla y escucharla

Recuerdos de la fuck (trabajos grupales)

Una de las cosas que más detestaba de ese lugar, la más horrible cuando sucedía –una cuyo recuerdo pesó mucho a la hora de decidir no volver allí–, era cuando había que hacer un trabajo grupal.
A veces sólo se trataba de algo ocasional, de una clase, para analizar un texto, por ejemplo. Si no había nadie cerca, si nadie se acercaba y no encontraba una mirada aceptadora que habilitara acercarse, lo hacía solo y listo. A lo sumo, la soledad llamaba la atención del profesor, que, por suerte, tenía el tino de no insistir con la idea de grupalidad.
Y si se formaba un grupo, trataba de incluir: le batía un “¿qué te parece?” al que no había dicho nada, decía algo dirigiendo la mirada al que permanecía invisible, buscando integrar pero sin forzar. En realidad, pude hacer eso una sola vez… y estuvo muy bueno.
Lo espantoso era cuando había que presentar el trabajo al final de cuatrimestre, y era por los puntos, con nota.
El azar te asignaba los integrantes del grupo, y tenías que verlos fuera del horario de clase, fuera de los días de clase, reunirte en un bar o en una casa, decir cosas exponiéndote a su mirada soberbia, callar otras para no exponerte, y no sólo esforzarte en entender los textos, en construir una idea original, sino –¡mucho más!– en navegar esa interacción: demostrarte sociable, pero no verborrágico; con iniciativa, pero no apabullante; conciliador, pero firme; divertido, pero no desubicado; estudioso, pero no nerd; agradable, pero no tiraperros; interesado por la nota, pero no al punto de aceptar que no te importa olvidarte todo al día siguiente de promocionar la materia...
No quiero imaginarme cómo sería ahora, porque en ese tiempo la única distinción marcada por la tecnología era computadora-sí/computadora-no. Y no, no quiero imaginarme allí sin celular, sin msn, sin banda ancha, sin… Y no quiero imaginármelo porque bastante me cuesta explicar esas carencias en otros ámbitos menos hostiles y competitivos.
Detesto la lógica de los grupos, los juegos de poder que se dan en ellos, los lugares en los que el grupo te pone, dentro de él y también en relación con el afuera. Me irritan, no los soporto. No soporto esos lugares de micropoder donde hay que macropelear para evitar que su dinámica te lleve.
Sorry, no tengo energía –ni habilidad– para eso.
Y encima lidiar con esas minitas recién salidas del secundario, que se habían leído todos los textos, que los interpretaban a su gusto, no importa si bien o mal, pero que desconocían cualquier cosa no incluida en las fotocopias, incluso su desconocimiento. (O, ¡peor!, con quien justificaba su desidia o su desinterés, o su incapacidad, preguntando: “¿Quién no se sacó un cuatro alguna vez?”. Porque no daba responderle: “Yo”. Yo no me levanto a las seis de la mañana para sacarme un cuatro, idiota…).
Imaginate proponer que se escriba esto en un parcial sobre la constitución histórica y conceptual de las divisiones sociales y sobre sus consecuencias desde el punto de vista de la distribución del poder, especialmente el poder político: “Elba de Padua Lima, Tim, decía que el fútbol es una manta corta y que si uno se tapa la cabeza, se destapa los pies, y viceversa, queriendo significar que si uno se concentra demasiado en atacar, descuidará la defensa, y lo recíproco. Esa metáfora podría usarse para referirse a la totalidad no suturada inaugurada por la revolución democrática. En ella, solo existen pertenencias precarias, que se reformulan continuamente, y lo que hoy está bajo la manta, mañana puede estar destapado”.
Imaginate proponerlo en un grupete de minas, algunas amigas del colegio, algunas amigas hechas con esa facilidad que tiene algunas minas para hacerse amigas, entre café y, a veces, cigarrillos, pero nunca una cerveza.
Si proponía eso, no sé qué pasaba. No sé si se me cagaban de risa, si me miraban como preguntándome dónde dejé mi plato volador o si decidían, tácitamente, desatender cada futura cosa que dijera. O si simplemente se negaban a ponerlo, dejando que las palabras se diluyeran entre las risas o argumentando con tanta corrección que no se salía de ahí refutando, sino explicando algo que no iban a entender, algo de lo que no las iba a convencer aunque gastara el triple de la energía que me llevó a esas palabras más o menos originales.
No lo sé porque en esa materia los trabajos con nota eran individuales (¡por suerte!). No lo sé porque en otra materia me dieron vuelta la cara a la hora de armar los grupos, y me dejaron en banda. Y terminé dejando, y recursando.
No lo sé porque no volví. Porque decidí no exponerme más a situaciones del orto con gente del orto en lugares del orto.

Paranoia

Hablaba con una persona que recopiló letras de diversos artistas de rock argentino de los últimos 25 años para analizar su temática. Entre sus elecciones, además de Soda, Sumo y Los Redondos, están la Bersuit y Divididos.
Le comento que me llama la atención la presencia de estas dos bandas y la ausencia de Los Piojos o del corpus poético de Ricardo Iorio. Y en mi cabeza armo la frase siguiente: “Y Palo Pandolfo. Puede ser un gusto personal, pero me parece un artista talentoso, con letras muy ricas”.
Sin embargo, no lo digo. Me pinta la paranoia: que busque en Internet letras de Don Cornelio –varias de las cuales solo figuran en este blog– y llegue acá, y que lea otros posts y reconozca cosas. Porque todo lo que se dice acá es ficción, pero mi vida también se desarrolla en una ficción.
Y así Palo se queda sin recomendación. Es un groso y no la necesita. Y yo me quedo pensando en si volver a hablar de que me gusta Cornelio.

domingo, 7 de febrero de 2010

Si un árbol cae en un bosque desierto, ¿hace ruido?

El oleaje cadencioso y firme que había cerca del escenario frecuentemente me dejaba ver a una mina que estaba atrás mío a mi izquierda. La veía jugar con la cámara que tenía en la mano, y parecía que le sacaba fotos al público más que a la banda.
Aunque siempre quiero tener una foto mía –porque casi no tengo fotos mías–, no daba pedirle que me/nos sacara una foto. Mi grado de sociabilización no es tan grande. El de mi desubicación, tampoco. Pero cada vez que el movimiento me giraba hacia ese lado, la veía con la cámara en la mano, apuntando y no sé si disparando.
Cuando Valentino estaba terminando el primero de los temas que tocó, volví a verla a Ella. La mayor parte del tiempo que estuve adelante, bien cerca del escenario, estaba a mi izquierda; a veces a mi lado, generalmente un poco delante de mí, justo delante de la mina de la cámara.
Era la primera vez que los veía en vivo, la primera vez que los escuchaba, y la onda instrumental medio que me deja afuera por mi condición de desconocedor del lenguaje. Pero, analfabeto y todo, sé distinguir un temazo, sé percibir cuando algo pega. Y eso pasó con el tema de Valentino, con el latido de los vientos, con el groove implacable, ¡con el trombón! Cosa fina.
Igual, el asunto acá es que la vi a Ella. Vi su emoción, su felicidad, su regocijo. Su cara iluminada.
Después la vi así un par de veces más. La vi bailar en el lugar con los ojos cerrados, la vi relajada, abstraída, liberada, suelta, conectada, radiante. La vi aplaudiendo agradecida, sonriente.
Vi su espíritu recargado, renovado. Y la paz que irradiaba.
Otras veces procuré no mirar. Temí invadir su intimidad, temí parecer un fucking voyeur entrometiéndose en su interior expuesto saliéndosele por los poros como el sudor que le colmaba la frente y caía sobre sus ojos distintos, derritiendo la tensión de los músculos de su cara.
Al final, no supe qué hacer con esa disyuntiva. Ni la miré todo el tiempo ni me hice el sota todo el tiempo. Y, como todas las cosas hechas a medias, terminó jodiéndose.
Como sea, esa fue una foto. Fue algo que se vio, algo que vi.
Hubo otra, que nadie vio, y que por eso tengo que agitar, que reconstruir con palabras, que explicar y contar, porque me niego a la inexistencia que determinaría el silencio. (Y porque este es mi blog, la puta madre, y para eso sirve).
Era yo mirándola, llenándome los ojos con Ella, con su movimiento extático, con su fulgor, con su plenitud. Era yo viéndola como nunca la había visto antes, conmovido por el gozo ajeno.
Yo sin poder salir de mí, sintiendo el rush sin saber cómo manejarlo en ese momento; porque no había otra cosa que hacer o por mi cortedad y por mi ubicación (porque soy muy ubicado y porque estoy ubicado en un lugar que me deja afuera de varias cosas, que dificulta compartirlas).
Yo queriendo que alguien me viera así.
Había mucho vapor, mucho humo, y agua por todos lados. Hasta en los ojos. Pero su foto salió clara, límpida, perfecta. La mía, en cambio, es imprecisa, tentativa, necesaria.
La foto de Ella me queda impresionada para siempre en una conexión de neurotransmisores que un mapeo cerebral, un EEG o no sé qué estudio revelarían inequívocamente. La revelarían con la forma de su cara, con la de sus ojos, que no me tatúo porque no hay tinta que reproduzca ese brillo.
La foto mía, la que nadie vio (porque parece que nadie puede verme, salvo Ella, y Ella estaba ocupada en algo mejor), la narro torpemente, pero no la dejo pasar. No puedo dejarla pasar. Corriendo el riesgo de encandilarme, con una y con otra; de quedar con el nervio óptico tildado, flasheado como su dueño, que no vio que la película seguía, cómo seguía la película.
Mi imagen la reconstruyo acá. La de Ella quedó en la memoria de solo lectura, y ahí no importa si fue hace una semana o hace veinte años. Están tan muertas como vivas, atemporales. La posibilidad de una chance de que suceda algo similar se vuelve acuosa. Y el relato busca y busca palabras, las arma y desarma para tratar la imagen, como un Photoshop impotente.

Amputación

A los 14, cuando dejé el colegio, mis viejos cayeron en la cuenta de que sin esa obligación casi no salía a la calle. No advirtieron, ni ellos ni el especialista en autismo que me pusieron, que eso pasaba porque no había un puto lugar donde sintiera que encajaba, y eso pasaba en buena medida porque crecer acá me había dejado fuera del mundo y sin recursos para hacer pie en él.
Entonces, a mi madre se le ocurrió pagarle a una compañera de su laburo para que me invitara a un recital. La mina tenía 20 años, y la recuerdo razonablemente linda. Corte que fuimos. Ella se encontró con una amiga, no sé si de casualidad o porque habían planeado ir juntas, y durante el show se levantaron a dos chabones. Y terminamos los cinco en un bar frente al Luna Park… En un momento ellas se fueron al baño, y lustros después comprendí que no era para hacer pis, sino para decidir qué carajo hacían con esa situación impar.
A los 14 años, y en el medio del desierto de mi adolescencia, era inexorable que me “enamorara” de una chica que me daba pelota, que me invitó a salir y que vino a casa una vez más y deslizó que podíamos salir de nuevo. Y como me “enamoré”, como me corrí del lugar al que me habían confinado, la mina se borró vertiginosa y definitivamente.
Busco profundo en la memoria, pero no logro recordar cómo se lo dije, si se lo dije o de qué forma lo manifesté. Nunca la llamé por teléfono ni se lo mencioné una tarde que vino a visitar a mi madre, que no se sentía bien: más que por falta de huevos, para evitarme otro trance de incomodidad agobiante. Y ya no volví a saber de ella, salvo cuando mi vieja agitaba su nombre, por ejemplo para que yo me bañara porque “a lo mejor viene Diana”.
Poco después mi madre le consiguió una reemplazante, la vecina del décimo piso, que tenía 25 y no era tan linda, aunque sí más piola. Con esta chica no fuimos a ningún lado, pero venía a casa con más frecuencia que la otra, charlábamos más, tenía más onda. Un día, cerca de fin de año, le expresé, cara a cara y con palabras que no recuerdo, mis sentimientos hacia ella, que eran igualmente inevitables.
La mina me re cagó a pedos, dijo su frase inolvidable –“uno te da la mano y vos te agarrás el codo”–, se despachó con una monserga sobre la diferencia entre el amor y el enamoramiento… y se fue. Y ya no volvió. No dijo “pendejo, ubicate, tenés 14”; no dijo “todo bien, pero no, no es recíproco”; no dijo nada sensato, no se desmarcó con la cintura que debía tener si había aceptado meterse en esa situación. Simplemente se enojó y desapareció.
Como era incluso menos rápido que ahora, no pude decirle: “No, el codo no. Las tetas quiero agarrarte”. No hubiera sido más que una provocación –¿una manera de defenderme?–, porque no era el incipiente y vaporoso estadio corporal de mi sexualidad lo que estaba en juego, aunque eso no impidió que uno y otra salieran bastante lesionados.
Tampoco a ella la llamé por teléfono (¡todavía hoy recuerdo los números de memoria, el suyo y el de la chica del recital!). Le dejé una o dos notitas bajo la puerta del departamento preguntándole las razones de su abandono, lo cual me hacía sentir muy ridículo porque vivía con su familia, ante la cual quedaba vergonzosamente expuesto. Nunca contestó. Poco después se mudaron, y ya no supe más de ella.
Desde aquel diciembre de mis quince años, desde aquella tarde en mi pieza y en el sillón del living, nunca volví a usar la palabra “amor” con nadie. Ni “amor” ni sus derivados. (Bueno, un “mi amor” te puedo decir, por ejemplo si me la estás chupando, pero no estoy hablando de eso acá). Nunca le dije a nadie “te amo” o “estoy enamorado de vos”. Me amputaron, una tarde de verano, esa voz. Su pronunciación, su escritura y la intuición de cuándo decirla.
De todas maneras, se puede vivir sin esa palabra, sin esa familia de palabras. Lo importante, más allá del rótulo –trato de convencerme–, es lo que se puede construir con eso. Y si hay una reciprocidad que lo alimente. Porque, si no, es un flash, algo que se consume en sí mismo, un nombre escrito en el margen de un cuaderno adolescente.
Entonces digo “te quiero mucho”. Y esta expresión, que sí uso, y uso a menudo, también suele sonarme como una acumulación de letras. ¿Qué carajo quiere decir que te quiero mucho, qué carajo querría decir que te amo? ¿Es un estado neuroquímico?, ¿es una reacción física, esa cuasi taquicardia que surge cuando pienso en vos a veces?, ¿es saber que si estuvieras acá me sentiría mejor? (y vos, ¿cómo te sentirías vos?).
¿Qué mierda es?
¿Me da derecho a algo?, ¿espero algo al decirla?, ¿qué? ¿Es algo meramente informativo, como una noticia presentada por Patricia Janiot, o pretendo que, aparte de saberlo, te pase algo (algo que te acerque, claro)?
Así que tampoco sé si voy a seguir usándola.
El problema resultante es cómo me expreso, cómo salgo del solipsisimo. ¿Pidiendo que me miren? Van a ver lo que quieran, lo que puedan, y le van a dar el nombre que a cada uno le parezca, que a cada uno le cuadre mejor: lo van a ver con sus ojos y lo van a clasificar con sus categorías, y dentro de ellas.
Además de la gente que conocí a través de mis viejos, también contribuyó a reforzar esa amputación, a que no se regenerara la palabra, gente que me conoció a través mío. Ni siquiera pronuncié la palabra aquella vez. La intuyeron, o la construyeron en su cabeza: quisieron ver eso, lo vieron, y me sancionaron. De nuevo, sin decírmelo. Sin explicaciones. Sólo con silencio, con destierro. Con humillación.
Para ellas –para ella, que se esfumó, y para su amiga, que fue la encargada de las palabras agresivas– yo era de la B, yo no podía enamorarme ni desear ni un joraca. No a ella, no a alguien de la casta superior de los docentes. Tenía que estar quietito en el lugar que me habían asignado y que tan cómodo les resultaba, el de alumno favorito transformado en “hijo”. (Y posta que, aun sin saber cuándo se aplica la palabra amputada, tengo muy claro que podría haber querido muchísimo más a la que se esfumó, que puedo querer mucho más de lo que –la– quise).

Este post, como esta mañana, terminaron deformando mal. Me despertó temprano el leve sonido de un televisor vecino a eso de las siete. Y me costó bastante volver a dormirme. En ese ínterin me apabulló darme cuenta de que la amputación tiene un reverso aún más grande y negro: como el día que, de la –casi– nada, se me reveló que nunca había visto a mis viejos darse un beso, hoy caí, pesadamente, indefensamente, en que nunca había escuchado a alguien diciéndome su amor.
Ya sabía, desde no sé cuándo, que me habían amputado esas palabras, amor, enamorado, amar. Pero hoy, recién hoy, noté que, además de lo que no pude/puedo decir, nunca nadie me dijo que me amaba o que estaba enamorada de mí. La búsqueda solo arroja resultados para frases como “nos estamos conociendo”, “la paso bien con vos”, “sos lindo y bueno”, “sos re dulce”, “ya vas a encontrar a alguien que te quiera” (que equivale a “yo no te voy a querer ni en pedo”). En cambio, no tengo recuerdo de que alguien alguna vez me haya dirigido palabras como “amor” o sus derivados.
De lo que me acuerdo claramente es de haberle pedido a alguna prostituta que me dijera algo así. No un “te amo”, sino un “te quiero”. (Y me acuerdo de haber tenido que explicarle: “Ya sé que no es cierto, boluda, pero tengo ganas de escuchar eso. Si te pido que gimas como en una porno, seguro que no hacés tanta historia, ¿no?”). Sólo para saber cómo suena, ya que no sé con qué sentimientos se corresponden esas palabras, cuándo se usan, cuándo no porque sería agitar, qué onda con ellas.
Por el contrario, sí sé lo que es el odio. A ese lo conozco bien: es lo que siento cada vez que me acuerdo de esto, de los que me pusieron acá, de los que quisieron que fuera una planta o un muñeco de Playmobil; de los que me inocularon el temor a molestar con mi cariño; de los que no solo no pudieron aceptarlo, sino que lo menospreciaron, lo condenaron y me hicieron sentir un zarpado, un insolente, una mierda.
A esos les deseo el Mal.
Puedo bancarme –debería poder hacerlo– que alguien se vaya si le pesa mi mirada, si la incomoda lo que me pasa con respecto a ella, la falta de reciprocidad o lo que sea (y ese “lo que sea” excluye de modo radical ponerme baboso o atosigar con gestos onda regalitos e ideas tomadas del manual del pretendiente barato). Lo que no tolero es que se vaya ofendida, porque estoy hablando de lo mejor de mí. Estoy ex/poniendo lo mejor de mí. Y, pese a carecer de palabras, a esa parte mía no voy a dejar que nadie la vuelva a lastimar. Aunque la herida de la consiguiente ausencia sea deletérea.
Si te ofendés, andate a la reputa que te parió. Morite, como dice mi vieja que se murió la vecina, de un ataque de asma, hace mucho. O terminá en la página de policiales acompañando a un acusado de cometer delitos sexuales que ya lleva más de un año en libertad mientras se instruye el sumario.
O, simplemente, quedate en tu mierda soberbia, sin poder comprender ni apreciar esto. A mí.

La era de la boludez

boludo, da. m. y f. coloq. Se usa como fórmula de tratamiento entre jóvenes que tienen algún grado de confianza entre ellos. ("Che, boluda, ¿vos aprobaste Método II?". "¿Qué hacés, boludo? ¿Todo bien?").

De acá.

Un par de cosas que no entiendo (y otras que me molestan mucho)

¿Alguien sabe por qué algunas plazas macristas cierran a las nueve de la noche en verano y otras, en cambio, siguen abiertas hasta pasadas las doce?
¿Qué fucking sentido tiene la exhibición iluminada de la geometría desierta de plaza Almagro, cuyas veredas son el depósito transitorio de los cartoneros con celular del MTE, una noche de treinta grados o cualquier otra?
¿Y por qué razón se juega al fútbol a las doce y pico de la noche en la plaza que está encajonada entre edificios a la vuelta de la fuckultad?
(La placita al lado de las vías, esa sí entiendo que esté abierta, así uno puede coger si no le da la guita para el telo de enfrente y está con alguien que quiere coger, que quiere coger con uno, que quiere coger con uno en una plaza… Esa está bien… Aunque las condiciones sean muchas, y de muy improbable cumplimiento, está bien).

¿Y alguien puede decirme por qué, si estoy en una vereda, pispeando un recital a través de la lona que cubre la reja, y en esa vereda hay gente que rescata tucas del piso, que escabia, que fuma un prolijo faso, que va a comprar alcohol –y lo consigue- luego de la hora de veda, que va a vender alcohol fuera de la hora de veda; por qué, digo, la yuta me pide documentos a mí y a ellos no?
A ninguno de ellos.
A mí.
Uno interrumpe mi atención en el recital y me pregunta si tengo documentos. El otro se queda a su lado. Le doy el DNI, lo abre y me pregunta el número. Cuando me arrimo a él para decírselo y que me escuche, porque la banda suena fuerte, el tipo se acerca el documento al pecho, como si fuese un jugador de cartas que no quiere que le miren la mano que ligó.
“Muchas gracias por su colaboración”, me dice con esos buenos modales mal fingidos que no son más que una provocación, y me lo devuelve. O viceversa.
De paso, ¿alguien sabe por qué mierda le contesté al otro cuando me preguntó si voy siempre, si sé si falta mucho para que termine? ¿Por qué carajo le digo “deben faltar un par de temas” y no puedo mentirle un “no sé”?
¿Y por qué, a tres cuadras de ahí, un patrullero que viene en dirección opuesta a mi marcha se detiene cuando voy a pasar y siento cómo sus ocupantes me escanean los huesos y la piel que llevo a la vista?
(Y eso que la policía de Mauricio empieza mañana…).

Tampoco sé por qué nadie de toda la gente que salía del lugar siguió el camino que tomé. Si salís a mitad de cuadra, podés agarrar para un lado o para el otro; y en cada esquina podés seguir derecho, podés doblar a la izquierda y podés doblar a la derecha.
¿Soy la única persona de todas las que estaban allí que vive para este lado?
Notar eso, que nadie venía en mi dirección, me causó un poco de gracia. Y me permitió mear contra un paredón sin historia. Pero en una imprevista sinapsis –y un poco paranoica, puede ser– flasheé que alguien en el Universo se estaba riendo de mí en ese momento.
Cuando se ríen de mí, a veces yo también puedo reírme. Y si es una risa que me resulta grata, puedo caricaturizarme y dar letra para tener más de esa risa.
Pero esta vez la gracia me duró muy poco. Seguro que fue también porque un rato antes todos los que estaban afuera del recital compartían faso y pucho y birra y un agujero a través de la lona, y yo estaba en otro agujero, solo, o sentado en el capó caliente de un auto. ¡Ni acá sociabilizo!, podía burlarme entonces.
O porque la pareja que se acercó, botella de tinto en mano, se enfrascó en su euforia y en sus besos, y terminó pidiéndome que le rescatara una Quilmes de litro vacía que había caído detrás del escenario. Pero cuando volvieron con la birra recién comprada se sentaron lejos y no ofrecieron.
Podía tomármelo a risa, y sentir cierta levedad en estar al margen aun ahí, encontrarlo dentro de lo esperable. Pero cuando se acumuló esa broma del destino en la vereda del paredón ya no pude. Cuando la sucesión de hechos conforma un sentido, y ese sentido se descubre repetido y agobiante, irrompible, no puedo.
No podía de antes, cuando el Líder arengaba al público como si se tratara de una fiesta infantil y los hacía hacer un trencito, y hablaba de las banderas con el tono humeante que le es propio. Y, como cada vez que alguien agita así, la sensación de que me estaban pelotudeando era ineludible.
Menos aún podía desde que la yuta me llenó de paranoia y de mala onda, las que se reforzaron cuando me crucé con media docena de autitos azules en el camino de vuelta, y no sabía si andar en cueros a esa hora me hacía más sospechoso.
Incluso más difícil era cuando no encontré una puta mirada con empatía al recuperar mi DNI de manos de los ratis aburridos.
Y fue definitivamente imposible cuando caminé esos kilómetros de vuelta apurado, tenso, sin disfrutar la noche. Mascullando la rabia, tanteando el aire vacío a mi lado, lleno de paranoia y soledad (¡ese era un tema de Serú!) y frustración.
Preguntándome para qué mierda fui a ese lugar, salvo para exponerme casi obligatoriamente a pasar por situaciones que no me gustan y que hace mucho me prometí evitar.
Volvía por las calles de siempre, por las que siempre paso siendo siempre el mismo, doblando en las esquinas de siempre. Volvía siempre igual, siempre al mismo lugar. Hablando solo, repitiendo estas palabras para venir y al menos vomitarlas acá.
Pero este vómito apenas si alivia. El malestar, la intoxicación quedan en el cuerpo. Llevan años.

Es lo que hay (y lo que no hay…)

Karma policía, arreste a este hombre.
Él habla en matemáticas
y baila una danza fría y desafinada.

Karma policía, arreste a esta chica
pues su peinado me enferma.
Le vamo’ a arruinar la fiesta hoy…

Es lo que tenés, esto es lo que hay.
Es lo que tenés mezclándote acá con nosotros...

Policía mental. Di todo lo que pude:
¿no es suficiente?
Di todo lo que pude,
pero seguimos estando en la lista de espera...

Es lo que tenés, esto es lo que hay.
Es lo que tenés mezclándote acá con nosotros...

Un minuto atrás yo me perdí, yo me perdí...
Un minuto atrás yo me perdí, yo me perdí...
Un minuto atrás yo me perdí, yo me perdí...
Un minuto ahí yo me perdí, yo me perdí...

(Karma Police * Tom Yorke, versión de Palo Pandolfo)