jueves, 29 de julio de 2010

Matrimonio

Entre el fárrago incontenible de opinión que acontece ante eventos como estos (y que se diluye de inmediato), más agobiante aun cuando la usina mediática oficialista los fogonea incesantemente, se me aparecieron dos espectros de ideas.
Uno tiene que ver con el enorme capital simbólico acumulado por la minoría homosexual en los últimos lustros. La reivindicación del matrimonio igualitario o matrimonio gay no lleva mucho tiempo: no se trata de una tema que esté dando vueltas y permeando los poros de la sociedad por décadas, como pueden serlo otras cuestiones tan polémicas y polarizadoras, verbigracia, la despenalización del aborto o la del consumo de ciertas sustancias. De hecho, la primera ley de esta índole se sancionó en Holanda en 2001.
Recuerdo una marcha por la marihuana libre allá por el año 83 u 84. Y por más que la Corte Suprema haya dicho lo que dijo, y por más que digan que el furgón del Sarmiento es zona liberada, te pueden agarrar ahí, y te podés comer no solo una causa, sino una condena.
Recuerdo que fue en el 85 cuando murió la amiga de Diana por un aborto mal hecho. Y no era una mina de clase baja, no se metió perejil o una aguja de tejer en la concha. Salió mal, septicemia, y adiós-pendeja.
Décadas pasaron, y no se consiguió lo que los GLBTT lograron, no sin lucha, pero tanto más rápido. Me alegra por ellos. Y me genera un poco de envida, también. Y me impresiona la suerte, la habilidad o lo que haya sido que les permitió acceder en tan poco tiempo a un logro de estas dimensiones mientras los otros temas siguen cajoneados o no encuentran la voluntad política ni el respaldo de un gobierno como este, ni el de ninguno de los anteriores…
Más allá de lo atendible del reclamo, que sin duda hace lo suyo a la hora de lograr una masa crítica de apoyo, también ayuda la oportunidad política, en la que el oficialismo busca cultivar esa imagen cuasi fundacional que tanto le atrae y, de paso, hacerse los guachos rebeldes tocándoles el culo a la iglesia y a quienes se alinean con ella y sus intereses. Porque no me imagino a Pichetto, a Aníbal o a Néstor apoyando algo sólo por las ideas y los valores, y prescindiendo del rédito político que pudieran sacar.
Y esto aun cuando no creo que se pueda decir que la sociedad argentina (porteña, para acotarse aun más, para hablar del territorio progre) sea especialmente tolerante. No pese al machacón mensaje que lleva a Zlotogwiazda a presentar a un entrevistado puto que “nos va a explicar por qué hay que apoyar esta ley”. No nos va a presentar sus motivos, sus argumentos, sus ideas que lo llevan a apoyar la ley, sino que nos va a esclarecer acerca de por qué hay que apoyarla.
La ilusión de la tolerancia (y esa palabra y esa idea no son las menos criticables) se choca con la visibilización de unos seres que hablan de dios y de la biblia todo el tiempo y de cuya existencia apenas si tenemos una vaga idea. Cuando pensamos en gente así, nos surge la imagen estereotípica de la clase media o media alta chupacirios que manda a sus hijos al colegio religioso, por ejemplo. Sin embargo, también existen, y me gustó tanto que se hicieran visibles, las clases media baja y baja evangélica con su discurso semianalfabeto fundamentalista, títeres de grupos que operan en silencio, o en consentida sordina, como los pastores brasileños de las madrugadas televisivas, que sin pruritos cobran diezmo a sus fieles.
No es la visibilización festiva y, por ende, difícil de criticar sin profundizar que sucede cuando viene Luis Palau y cortan la 9 de Julio, por ejemplo. Es la visibilización de su discurso retrógrado, puesto en evidencia aunque sea por un rato. Aunque no mengüe ni un poquito de su poder, aunque el estereotipo católico siga saltando primero en la mayoría de las cabezas.
La otra cuestión tiene que ver con la idea hegemónica de la familia como pilar de la sociedad y toda la parafernalia discursiva que esgrimían los opositores a la ley… ¡y también los que la apoyaban!
La idea de matrimonio y de familia tiene un símbolo: el dibujo que la criatura hace de su familia, de sus papás, sus hermanos –si los tiene–, sus mascotas… Quienes abogan por esta forma de igualdad quieren eso, ese dibujo; que sus hijos (porque también ellos quieren tener hijos) dibujen –casi– lo mismo: la misma cantidad de integrantes, los mismos roles, las mismas jerarquías. Solo cambiará que en vez de papá y mamá serán mamá y mamá o papá y papá, triste revelación del conservadurismo que subyace en su reivindicación.
No les interesa despegarse de esa imagen. Más bien, la anhelan, y con ella, la fiesta de casamiento, el arroz, el intercambio de alianzas y cada uno de los rituales propios de un modelo hegemónico a cuya reproducción y validación desean contribuir fervientemente. Mirando apenas un poco más, se descubre que la idea de familia y las relaciones que implica no subyace: yace sin sub, es una idea rectora.
Pretender vender como un gran cambio esta legitimación mientras se dejan afuera otras formas de relacionarse, cuya existencia se omite, me parece otro ejercicio de conservadurismo. Uno muy grande y muy oculto. Algún vestido de naranja habrá dicho para justificar su oposición “¿por qué no casamientos de tres?”. ¡Eso pregunto yo! Pregunto dónde quedan esas formas de parentesco irregulares, no reconocidas, sin capital simbólico, que se multiplican sin poder constituirse como identidad, pero al mismo tiempo cada vez más frecuentemente.
Más bien, y detrás del derecho de amar y toda la perorata, veo al Estado. La obra social, la pensión, la herencia, la compañía en terapia intensiva, la adopción como pareja y no como individuo son todas cosas muy plausibles, pero también son cosas que se inscriben dentro del Estado y de lo que este autoriza. Y veo una adaptación de (o “a”) ese formato, una profunda voluntad de constituir una institución a imagen y semejanza de la otra. Con la bandera arco iris, sí, pero una familia, ni más ni menos.
No da oponerse, no da compartir un lugar de la polarización maniquea con cierta gente, aunque hayamos llegado por caminos bien diferentes. Ni siquiera da chicanear con que hay otros grupos excluidos o marginados y otros temas más prioritarios. Por alguno hay que empezar. Pero ver que a fin de cuentas esta ley también reivindica la estructura de la familia tradicional, deprime bastante. Y aleja.
Una última cosa surge días después. La militante comunidad GLTTB (siempre me confundo el orden de las letras, y si ese orden es invariable podría denotar una prevalencia de unxs en desmedro de otrxs, y, entonces, por qué no, una forma de discriminación), exultante con su logro, promete ir por más: por la ley de género y por la despenalización del aborto.
Antes de que se me ocurra apostar conmigo mismx cuál de esas dos leyes se va a tratar primero, la presidente (mujer sin conciencia de género) vuelve a manifestarse públicamente en contra de despenalizar el aborto. Al día siguiente, el ministro de Salud va, obviamente, tras sus palabras, y entonces queda claro que nadie me tomaría una apuesta al respecto.
En este caso, no se puede hablar del amor y de la ilusión de felicidad duradera que conlleva cada matrimonio. Hay que hablar de coger. Porque en el matrimonio uno coge, y coge avalado aun por los más puritanos, pero no es el garche lo que uno ve en una fiesta nupcial. Ni es el garche lo que ve cuando ve a lxs hijxs de ese matrimonio.
En cambio, cuando se habla de aborto, lo primero que viene a la mente es coger, y un coger no avalado institucionalmente. Un coger solapado, casi a escondidas, cubierto de culpa. Y también hay que hablar de la muerte, al menos para rebatir a quienes agiten con esa idea.
Nada de eso tiene la buena prensa del amor, la diversidad y los derechos de todas y todos. Nada de eso remite a parejas que son felices y comen perdices, sean del mismo sexo (o género) o no. Entonces, en este gobierno progresista y popular, las mujeres pobres seguirán arriesgando su vida para abortar.

Promotora

En Yerbal y la cortada, una de las baqueteadas trolas dominicanas que esperaban clientes más bien inimaginables me sacó la ficha con una mirada. Las putas conocen mucha gente, y en situaciones de intimidad, lo cual las hace ser especialmente perspicaces ante ciertos hechos y comportamientos. Como el gato fulero que me comí (que no pude comerme) la otra vez, que me dijo: “Sos tranquilo. Cuando te escuché por el portero eléctrico me di cuenta de que eras tranquilo”.
Esta notó mi andar cansado, casi arrastrado, pero más compuesto que el que tenía cuando crucé por donde dobla el 44, que ahí estaba para volverme a casa en taxi. Y con tono caribeño me propuso “levantar los ánimos”. Me cagué de risa, y no encontré una respuesta rápida. Igual, mucho no importaba: todo era tan fugaz e interesado como una trola (como una trola extranjera y callejera), y procurar la continuidad de la comunicación explicándole mi realidad y el porqué del cansancio y de la carcajada habría sido un descuelgue.
Después volví a Rivadavia. En la vereda de Ribeiro una promotora rubia entorpecía el paso entregando la revista con las ofertas. Siempre que me tratan amablemente, con la efímera amabilidad que puede existir en esas ocasiones, recuerdo el capítulo de los Simpson en el que Homero está en una exposición de autos, llena un cupón para ganarse un coche y, cuando lo pone en la urna, le dice a la promotora: “¿Usted viene con el auto?”. Y la mina le dice: “¡Gracioso!”, o algo así. Al toque pasa otro tipo por el stand, llena el cupón y, cuando lo pone en la urna, le dice a la promotora: “¿Usted viene con el auto?”. Y la mina le dice lo mismo que le dijo a Homero, con el mismo tono y la misma sonrisa.
Había demasiada gente, y sus pasos, motorizados por la electricidad del consumo o distraídos por el relax postorgásmico que surge al abandonar la caja, abrían y cerraban el camino como un semáforo manejado por un niño. Entre los avances y las frenadas y los cambios de dirección, pasé al lado de ella sin buscarlo. Estaba vestida con un uniforme tipo jogging, y con el brazo flexionado apretaba las revistas contra su pecho. Las miradas se encontraron cuando estiró el otro brazo para darme una revista, se sucedieron los “gracias”, y, al agarrarla justo por donde ella la había estado sosteniendo, sentí el calor de su mano en el papel e improvisamente dejé de ser un espectro pedestre y me convertí en persona.
Me dio algo que no le dio a nadie. O, si se lo dio, algo en lo que nadie reparó. O, si repararon, algo que no resonó en nadie como en mí. Me lo dio sin saberlo, supongo, y escribirlo me hace pensar en eso, y notar que nunca lo sabré. Y sé bien que a veces eligen no darme ni un folleto, que retienen el brazo esperando a alguien con más pinta de consumidor.
Me dio algo que no suelo tener, y me lo dio sin que se lo pidiera, como parte de una naturalidad que no es. La misma fugacidad inesperada me resulta propia de esa naturalidad, donde no da preocuparse por lo que no hay o no sale porque estamos en un continuo en el que inexorable, casi inmediatamente, va a ocurrir.
Su calor ya se había disipado cuando se me cayó, llegando a la esquina. Quise acomodar la revista bajo el brazo cuya mano descansaba en el bolsillo, y se fue al agua del cordón. Ahí me agarró el semáforo. Mientras esperaba, me di vuelta y me quedé mirándola entre la incesante muchedumbre que la ocultaba intermitentemente. Ya era un recuerdo –que dura un año–.
En los kilómetros del regreso, flasheé con volver el sábado que viene a la misma hora: si está, y si se repite la percepción de conexión, la encaro, le digo algo. Pero se me pasó rápido… Todavía conservo la posibilidad de rescatarme de los delirios que se me ocurren. Me gusta eso de mí. Me alivia. Y me evita más cascotazos.
El sábado siguiente me sentía bien, uno de esos días en los que puedo decir que descansé, por más que haya dormido mal y me haya(n) despertado siete u ocho veces. Me sentía bien y no tenía una verga que hacer. Al fin y al cabo, esos días también son una garcha: si estás arruinado por el mal descanso, está todo mal porque no podés hacer nada aunque quieras; y si descansaste, está todo mal porque tampoco podés hacer nada aunque quieras, porque no hay nada que hacer.
Salí a caminar, y llegué a Flores. No sé cuánto de conciencia hubo en la elección del destino, pero en Rivadavia era inevitable que me acordara de ella. Y empecé a buscar el local de Ribeiro. No lo reconocí fácilmente. Es más: me surgieron dudas sobre si era Ribeiro. Como sea, seguro que recorrí de nuevo esa vereda. La mina no estaba, claro. Ya había pasado el Día del Padre, hasta agosto no son necesarias las promotoras.
El calor vital, en cambio, siempre es necesario; incluso el de unas manos frías si son afines. Y lo busco como puedo, como sea, como sé, metiendo las manos en los bolsillos ajenos si es el caso.

Cuentas sobre el hilo dental

Ya van un par de veces que mi dentista insiste en la conveniencia de usar hilo dental. Incluso una vez me enseñó a usarlo (y me dejó sangrando la encía…). Como supongo que se nota –que ella nota– que no lo uso, me decidí a hacerlo. A probar. A ver.
Fui al súper la otra tarde y compré el hilo dental. Elegí el más tobara, marca Carrefour: ocho mangos. Veinticinco metros con un gusto a menta que no se siente.
Leo las instrucciones que aparecen en la parte de atrás del envase para recordar cómo se usa. Hay que tomar unos 40 cm de hilo y hacerlo deslizar entre un diente y otro, y luego formar una ce y seguir deslizando. Es un laburo… Yo tengo menos dientes que el común de la gente (no tantos, tampoco :p), pero es un tiempo. Y también termino sangrando. Abajo, en el medio, un poquito a la derecha, sangro.
Mientras me paso el hilo, en un segundo plano de mi cabeza saco la cuenta. Si tenemos dieciséis dientes arriba y dieciséis abajo, sumamos treinta espacios interdentales. Treinta por cuarenta centímetros da doce metros. Resultado: en dos días me gasté todo el hilo dental. 120 mangos por mes de hilo dental. Too much.
Como tenía una parte de la cabeza ocupada con las cuentas, no registré cuánto tiempo tardé. Entonces, no puedo sacar la cuenta de cuántas horas por mes lleva usar el hilo dental.
Como tenía sólo una parte de la cabeza ocupada con las cuentas, tuve que hacerlas de nuevo, prestándoles total atención, porque me parecía imposible que durara apenas dos días.
La verdad es que no me paso el hilo diariamente, ni entre todos los dientes, ni con cuarenta centímetros. Pero ya tengo la impresión de que esos espacios interdentales se van ensanchando, que me quedan más cosas que antes ahí, que tengo que hacer menos fuerza para pasarlo… Creo que era mejor cuando me mondaba los dientes con un alfiler de gancho, con el mismo que uso para sacarme los pelos encarnados del pecho.

El cobayo Pablo

La masificación del fútbol, su llegada a públicos que antes no lo consumían y su simultánea mimetización con la Patria surgieron con el mundial 78. Es un legado de los militares, quizá el más poderoso que dejaron en términos culturales.
En realidad, no se trata del fútbol; es el nacionalfutbolismo. Un mes cada cuatro años, las ideas de país, patria, nación, la bandera, el nombre de este ispa, los colores celeste y blanco, ese sentimiento de unidad tan asqueroso, todos congregados por el balompié.
Y el merchandising embanderado para vender supertelevisores, nafta, gaseosas, lo que venga. Y la recomendación de que no nos movamos, de que mantengamos nuestros lugares, de que no hagamos nada distinto de lo que ya hicimos. Es por cábala. No por otra cosa…
Entre toda la mierda mediática, uno, que es futbolero, puede ver con una nitidez abrumadora el chamuyo, y la fruta, y las mentiras que los medios dan a luz todo el tiempo. Acá no sólo sé que me mienten, sino que reconozco las mentiras. Las veo, las distingo. Y me indigno, y le hablo a la tele cuando los infelices de TyC (Garófalo y Rodríguez) dicen que una camiseteada en el área –al nueve norcoreano, contra Portugal– no es penal, cuando el pelotudo arquero argentino se opone a la tecnología diciendo que el fútbol es para vivos, cuando el gran diario argentino dice que contra México la selección no brilló como otras veces, cuando casi nadie dice que hubo ful en el gol de Heinze. O cuando un genuflexo, probablemente Arévalo, impone entre muchos otros integrantes de la corte andante del DT la pregunta certera: “¿Cómo te sentís para seguir dándoles alegrías a los argentinos?”.
Además de todo eso, viene el entorno, lo que no es fóbal, el relleno. Belén Francese y Roberto Giordano, los hinchas disfrazados, las vuvuzelas, las notas de color, los vestigios del apartheid, el cotillón que entretiene a los que no tienen idea de nada. Todo eso que ya es un pasado borroso, casi atemporal, ausente definitivamente de la memoria de corto plazo, y cuya permanencia aleatoria en la de largo revela la manera en la que sedimenta, como el recuerdo del nombre de un actor de reparto de una serie vieja.
En ese barullo apareció el pulpo Paul. Cuando empecé a escribir el post explicaba quién era y qué hacía. Ya no es necesario. Ocho de ocho metió. Tuvo su pegada la boludez esa, porque varios programas argentos la remedaron. Entre ellos, el de Pettinato. Ahí pusieron un cobayo, al que llamaban Pablo, que hacía una gracia similar.
Pasaba yo por el zapping y vi al cobayo, y la flasheé como la flasheo frente a cada vidriera de una veterinaria donde hay un cobayo. Lo vi comiendo su hoja de lechuga, y dejé de ser yo, el que estaba en el sillón frente a la tele. Lo vi en primerísimo plano, vi sus bigotes, y su boca triangular, y su movimiento masticatorio, y me quedé absorto, semitransportado a mi niñez.
Como todos los que veo en las veterinarias, no era igual a los míos, albino de ojos rojos. Suelen ser tricolores. Este era bayo, como si se hubiese dado la carmela del Bambino. Un cuis bayo, un cobayo etimológico.
Yo nunca sé cuándo corresponde decir que quiero a alguien, con qué sentimientos encajan esas palabras. Y seguro que para cada uno es algo distinto. Pero supongo que el aturdimiento y las alteraciones neuroquímicas y las lágrimas y el cambio en la temperatura de mi cuerpo, y lo que no noto, o se me escapa, o, sin escapárseme, escapa a mi capacidad de decirlo, se pueden traducir en esas palabras.
Entonces, ayudado por la libertad que da saber que no les agito la vida (porque están muertos) y por la certeza de que, al tratarse de animales, no voy a lamentar que haya surgido mi afecto, puedo decir que a mis cobayos los quise mucho.
En especial, al último, que durante bastante tiempo fue el único que quedó, cuando los demás fueron muriendo, cuando los hijos que había tenido con su madre fueron regalados.
Recuerdo tanto cuando lo sacaba de la caja de cartón en la que vivía, que estaba en mi pieza, y lo ponía sobre mi cama. Y él se quedaba ahí. No hacen muchas cosas los cobayos, salvo estar ahí –lo que no es poco a veces–. Y jamás me meó la cama. Cuando tenía ganas de hacer pis, empezaba a lloriquear levemente, en especial cuando lo acariciaba. Y yo sabía que tenía que ponerlo en su caja de nuevo. Lo ponía en la caja y él, el de la mano negra, se echaba un cloro caudaloso.
Recuerdo a su abuela, a quien le ponía el dedo en la boca y lo lamía, como dando besitos. Recuerdo a su abuelo, a quien pedí que sacrificaran cuando ya ni se movía, pero aún no se moría. En esos (¿dos?) días culminaba un deterioro de su salud que por semanas hizo que hubiera que sacarle la mierda del culo (cosa que nunca hice, confieso). Y pedí que no sufriera más.
El abuelo no había nacido acá, y era medio bravo. Fue él quien saltó de su caja, que también estaba en mi pieza, y saltó a la caja de otro macho -¿su hijo?, ¿su nieto?– y lo atacó, y después saltó por tercera vez, huyendo de esa caja, y lo encontramos suelto en mi pieza. Yo me había quedado dormido con la luz prendida, y apenas si me desperté con la escaramuza, pero no registré lo que pasó, y tardamos unos días en descubrir la herida que tenía el otro en el costado. (Y, como siempre, las cosas pasaban delante de mis ojos, y yo dormía. Great).
Recuerdo a su madre, que saltaba del patio al jardín, subiendo, y del jardín al patio, bajando, incluso preñada. Recuerdo que en un tiempo se comía una pata: se morfó las uñas y los dedos de una pata trasera, y había que curarla y hacerle una botita con la gasa (cosa que nunca hice, confieso).
Recuerdo a su padre, el hermano de su madre, que murió pronto. Pensábamos que eran dos machos, o dos hembras, y los poníamos en la misma caja. Y no eran del mismo sexo, nop. Ni conocían el tabú del incesto…
Recuerdo a la primera que trajeron, que, dicen, el día que murió quiso ir al patio, al jardín. Recuerdo que al principio me daba impresión agarrarla. Si el día estaba lindo, la soltábamos para que pastara; después, para entrarla, había que correrla, y la guacha se escapaba de todos, menos de mí. Porque sabía que no la iba a agarrar, que sólo ayudaba a arrinconarla.
Ya viejo –creo que vivió seis años–, el de la mano negra, que tuvo varios nombres, empezó a tener ataques de epilepsia, o algo similar. Había que sostenerlo para que no se golpeara contra el cenicero que le servía de bebedero (cosa que nunca hice, confieso: sólo sacaba el cenicero de la caja). Además de la sensación desagradable de ver al bicho así, supongo que la idea de sentirlo en la mano me daba más repelús, amén de no saber medir la fuerza con que agarrarlo.
Fue para esa época que saqué la caja de mi pieza. No me di cuenta por qué lo hice, no fue consciente. No sé qué día fue, ni si pasó algo especial para que lo hiciera. Me acuerdo también de eso, de la caja sobre la estufa vieja, que estaba en el living, seguramente en primavera. Hasta que se murió. Me acuerdo de levantar el diario que cubría su cadáver para verlo, para ver cómo era eso de la muerte.
Mucho después me di cuenta de que no me lo había bancado, de que no lo había bancado. Él me bancó, y yo no pude. Y me acuerdo de que sólo dio contárselo a alguien el año pasado.
La flasheo siempre, pero seguro que ningún cobayo podría ser como ellos. Capaz que son como Pablo, que le acercás el dedo a la boca y te lo muerde, como se lo mordió a Pettinato. Capaz que me rehúye, como se me escapaba la coneja de mi dentista, mientras yo me revolcaba por el piso de su living y decía “perdí mi feeling con los roedores”. Capaz que me mea.
Y, sobre todo, yo no puedo ser aquel. No puedo ser un niño, no puedo ser de nuevo, no puedo ser el que pude ser y se rompió no sé dónde. Ojalá, entonces, que pueda ser, y ser mejor que ese, y pueda bancar a los que me banquen. Eso sí.

lunes, 12 de julio de 2010

Sildenafil

Las tres veces que compré sildenafil fue en una farmacia y con receta. Las dos primeras, cuando tenía prepaga, me las prescribió el urólogo. Después, ese lugar se desintegró, y me quedé sin médico, sin recetas, sin pastillas…
Al tiempo, fui a un hospital público, al servicio de psicopatología, por otro tema, y la mina de la segunda entrevista de admisión me derivó al psiquiatra. Un mes tardaron en darme turno… Cuando llegó el día, hablamos, me dijo que lo mío era normal, y no me medicó.
Supongo que me habrá preguntado si tomaba algo porque pude meter el aviso de que tomaba sildenafil y se me había acabado. Supongo que encontré algo de margen para quejarme por que en la farmacia donde había consultado me dijeron que sin receta tal vez pudieran venderme uno. “Si tengo acidez y voy a comprar Mylanta, que también se vende con receta, no me dan una cucharada: me dan el frasco entero”, le dije. Después supe de la diferencia entre “venta bajo receta”, que es el caso de ese antiácido, y “venta bajo receta archivada”; pero el Optamox también se vende con receta archivada, y el año pasado lo compré sin problemas: el médico de la guardia del hospital público no me hizo dos recetas, y el empleado de la farmacia no me las pidió.
La cosa es que el psiquiatra se copó, y me hizo la receta. Me dijo algo así como que en eso me podía ayudar, y lo hizo. Tratamiento prolongado, le puso. Muy bien. Después se reveló un boludo, pero ese fue otro post.
Hace unos meses fui a otro hospital público a consultar por mi salud mental. En la entrevista con la psicóloga, sale el tema del garche, seguramente a cuento de su pregunta sobre si tengo pareja, y comento que tomo sildenafil, que se me acabó, que sin duda ayuda. Lo menciono un par de veces, o dos… En una de esas repeticiones la mina dice que eso revela algo, que “hay que ver qué quiere decir eso” o “por qué (me) pasa eso”.
No recuerdo sus palabras exactas, y es algo que me pasa a menudo. No retengo las palabras que me dicen, sino lo que significan para mí. Y para mí sus palabras significaron que no iba a tirar una onda con eso. Tal vez sólo haya dicho “neeeeeeeeext!”.
Termino con la psicóloga, y me transfiere a la psiquiatra. De nuevo, y más ahora, que estoy ante la mina que puede recetar, menciono el asunto del sildenafil, supongo que, como la otra vez, a partir de una pregunta del tipo “¿tomás algo?”. Me parece muy desubicado pedirle explícitamente que me haga una receta, pero lo menciono: en parte por tirarme el lance, en parte porque considero que viene a cuento. Y ella, otra mina, no se hace cargo.
Minutos después, me da carbamazepina. No me dice qué es ni para qué me la prescribe, ni por qué, ni me habla de sus contraindicaciones. Sólo me da el papelito para que vaya a la farmacia de ese hospital público, y vea, en la cola, lo que no soy, lo que quieren que sea, parece. Lo que no voy a ser.
En un caso “hay que ver qué quiere decir eso”, o lo que haya dicho; pero la solución que traen las drogas no se considera, y me quedo sin la posibilidad de coger con seguro. En el otro, lo primero a lo que recurre la mina es una droga. Una droga dura, de la cual promete más dosis si con 200 miligramos diarios no alcanza. Ahí no hay nada que ver, ni que evaluar, ni dudas acerca de la conveniencia de la medicación automática.
Me molesta tanto el control del garche. Y me molesta mucho más el ejercicio del poder que cualquiera hace en este terreno. Esas profesionales ejercen su poder sobre mi sexualidad, como el empleado (encargado, dueño, lo que sea) de la farmacia. Quien estableció la venta bajo receta archivada, pese a que en otros países se vende sin receta, ejercita su poder sobre la sexualidad de la mayoría de los hombres (¡y las mujeres!) argentinos sexualmente activos. Lxs profesionales que suelen ser consultados por los medios lo practican con palabras descalificadoras del tipo “muchos hombres lo toman por las dudas, y no porque lo necesiten”. ¡Ey!, lo necesito… por las dudas; justamente por las dudas, que son las que hacen que lo necesite. No dicen lo mismo cuando uno toma Hepatalgina, por las dudas, antes de ir a un asado o a un cumpleaños.
Y cualquier boludx con el que hablás, como no tiene un poder concreto del que hacer uso, despliega comentarios burlones o despreciativos cuando decís que lo tomás, como si consumirlo te disminuyese. Silvia Süller lo ejerce, desde su patético lugar de (ex) sex symbol que detesta el sexo, lamentando el descubrimiento de la droga porque “los tipos no terminan más”. Y la esposa del vecino, que sí tiene un poder tangible sobre él, lo empleará desacreditando de alguna forma a quienes la toman, temerosa de que la deje, la cuernee, lo que sea, porque el tipo se clava un Magnum, seguro que a escondidas, y tira el blíster vacío por el balcón para que ella no se entere.
Todos ellos, cada uno desde su lugar, son agentes autónomos de una ideología dominante que los trasciende, a la que reproducen y consolidan, y que en lo profundo, más allá de cualquier discurso seudo liberado, sigue condenando el placer. Lo condena y busca impedirlo, y para ello cuenta con quienes, espontáneamente o no, revelan su voluntad de que el otro no goce.
Pero, de todas las cosas que me molestan respecto de este tema, la que más me fastidia tiene que ver conmigo. Es la percepción de una falta de voluntad profunda para determinarme a conseguirlo aunque en 15 farmacias me digan que no lo venden sin receta.
Cuando eso pase, lo compraré donde sea, sea lo que sea, y tal vez funcione como placebo. Igual, si es trucho me voy a dar cuenta. Y no por la duración o consistencia de la erección. Si no se me enrojecen los labios, es que no pega.

Anchoas y nueces

Descubrimientos así ocurren por casualidad. Al menos para un ser común, que no come o bebe algo e imagina con qué otra cosa la puede combinar.
Pero pasó. Pintó la voracidad que me ataca después de que apago la computadora y antes de bañarme para ir a dormir. Y había casi nada. Seguro que no había nada con harina porque, si no, no lo hubiera perdonado. Y me dediqué a las anchoas. Me gustan las anchoas. Mucho.
En un momento habré querido cortar la uniformidad de la textura, sobre todo porque estas –las Mar de las Nieves– son más firmes que las Ceuta o Melilla y no se deshacen en el paladar como ellas, formando esa pastita cruzada de espinas.
(Ahora me acuerdo de que alguna vez, después de comer anchoas, a veces espolvoreadas con picante de pizza, y a veces acompañadas por aceitunas, terminé ahuecando la mano y comiéndome la cantidad de semillas de sésamo que entran en esa concavidad).
Seguramente tampoco había sésamo. Lo que había, sobre la mesa, en una bolsita transparente, eran nueces peladas. Y me mandé un par. Y fue un descubrimiento, casi una revelación. Iban como trompada. La resistencia de la nuez, crujiente, contrastaba y se complementaba con las anchoas que, pese a ser más resistentes que las otras, ceden y se desarman entre los dientes. Y su astringencia hacía buen par con la untuosidad de la anchoa, con ese sabor áspero e intenso que deja la anchoa.
Así, el entusiasmo que provoca comer algo rico se potenció por el hallazgo. Y no podía parar. Cada anchoa y cada nuez me gustaban más que la anterior. Solas, me gustaban de antes. Las anchoas resucitan a un muerto, tienen un power único. (Es raro, porque las sardinas, sus parientas, no me gustan. Pero las anchoas… en pizza, con fideos, en sánguches, solas, ¡como vengan!). Y las nueces… Cosa extraña –y fantástica– las nueces: van bien con las anchoas y con el helado de dulce de leche…
Una cosa más. No tiene nada que ver, salvo por el lugar donde se compran, que es el mismo donde venden las nueces. Descubrí los higos secos. ¡Son una masa!

Las monedas me esperan

Encuentro monedas en la calle muy seguido. Tal vez porque suelo caminar mirando hacia abajo, no sé si para evitar los miles de soretes de perro que alfombran Buenos Aires, porque la atmósfera me pesa demasiado o porque ponerme las manos en los bolsillos tira de la tela de la campera –lo siento en el cuello, en las clavículas, pero seguro que la espalda también lo siente–, y eso encorva mi columna.
O porque presto más atención a mi entorno que esas personas que esperaban el 168 en Corrientes y Billinghurst y, mirando la nada, no veían la moneda de 50 que yacía a un par de metros de ellos, más redonda y limpia que la luna de esa noche. También es posible que esté inconscientemente atento, que gire la cabeza y los ojos apunten al medio de la bocacalle y descubran un sol astillado brillando en el asfalto, al cual, en realidad, yo había percibido antes de que ellos lo vieran.
O, quizá, simplemente el destino nos convoca. Como pasó ayer a la tarde con las tres monedas de diez que sesteaban en la esquina de casa, donde se juntan el asfalto y el hormigón a la altura de la parada del bondi. Como cuando la veo rebotar justo en el momento en que un auto la pasa por arriba y la hace saltar en la avenida.
Entonces voy y las levanto. No me importa si me miran. Escarbo el asfalto con la llave si es necesario, o la rescato del agua podrida con un papel. Y agradezco. A quien corresponda.
Pero a veces me esperan. Lo sé.
La otra noche, pasadas las doce, crucé una avenida a mitad de cuadra, a la altura de la parada del 96. Y en el medio de la calzada encontré semienterrada una moneda de 10. Me volví a la vereda porque llegaban los autos, y, cuando pasó el escaso tránsito de la medianoche, traté de rescatarla. No pude: el asfalto estaba gastado, pedregoso y duro, y no dejaba espacio para la maniobra de la llave con agujeritos de la entrada del edificio. Las calles recién asfaltadas, con su carpeta uniforme y todavía maleable, son más generosas. Especialmente en verano.
Tres semáforos –el tiempo a veces se mide en semáforos, a veces en cigarrillos, a veces en trenes– lo intenté, mirando de reojo si doblaba algún auto en la perpendicular, recordándome que de un momento a otro, a lo lejos, y muy rápido, se venían los coches empujando la onda verde de la avenida.
Tuve que hacer mucha fuerza, y, al final, el meñique derecho resbaló contra el asfalto y abandoné mi empresa con el dedo sangrando.
La noche siguiente, más temprano, a eso de las ocho y media, volví a pasar por el lugar. Y me acordé de los 10 centavos. Crucé más o menos por donde había cruzado a la madrugada, mirando para abajo como un paranoico mira para atrás, y no tardé en reconocerla. Estaba a la vista, casi igual que entonces, como si no la hubiesen pasado por arriba durante veinte horas. Esperé un nuevo semáforo y ataqué con la llave en la mano. Hice palanca en los agujeros que había dejado en el asfalto antes de lastimarme, y salió al primer muñequeo.
Unos días antes, o después, andaba por Once, buscando un cíber abierto. Entre el rumor de la doble mano, atenuado por ser domingo a la noche, escuché clarito el sonido de una moneda contra el piso. Casi detuve la marcha, y un rápido paneo me mostró a un tipo en la esquina de Alsina, barriendo sus inmediaciones con la mirada, tratando de recuperar la moneda que se le había caído. No daba ponerme a imitarlo porque me la habría reclamado si yo la encontraba primero. El tipo seguía en lo suyo, la oscuridad iluminada de esa zona no lo ayudaba, y a mí me corría la inminente tormenta. Así que renuncié a ella. Por ese momento.
Volviendo del cíber pasé de nuevo por ahí. Y desde que agarré Jujuy me recordaba acordarme de esa esquina y de la moneda. Cuando crucé Alsina, empecé a mirar con detenimiento, padeciendo ahora yo la luz insuficiente. Miraba la calzada, miraba la vereda, miraba junto a la pizzería de la esquina, y nada… Hasta que miré cerca de mis pies, casi al lado del semáforo, y la vi: un sol brillante con su aureola plateada.
La de ayer estaba más protegida. Y me esperó un ratito, no más. Entre tantos círculos reflejando sobre el asfalto la luz del mediodía, uno me llama la atención. Me acerco cuando los coches de esa avenida de doble mano me lo permiten, e inspecciono. No era una moneda. Eso no era una moneda. Pero lo que está unos metros más atrás ¡sí es una moneda! Una de 25.
Vuelvo a la vereda y tomo como referencia ese pan hinchado de agua estancada que encalló junto al cordón. El bondi pasa, los autos frenan, y ahí voy con mi llave en la mano. Rasco, hurgo, cavo, y no sale. Como estoy más o menos cerca de casa, no lo intento en el siguiente semáforo. Decido ir y buscar un destornillador. Una hora me habrá tomado el ida y vuelta. El pan sigue ahí. Y la moneda, también. Clavo la punta en el hueco que hice con la llave, y sale con una facilidad que me hace fantasear con llevar un destornillador a todos lados.
Cuando vuelvo a casa, ya te dije, en la esquina hay tres monedas de diez.

Pequeñas estafas

Después de caminar bastante y de no avanzar mucho, salvo en lo infantil de nuestra relación, decidimos ir a una pizzería, a esa por la que pasamos hace un rato. El tipo que nos atiende nos pregunta si sabemos qué vamos a pedir o si nos trae la carta, y le pido la carta.
Una pizza chica de muzzarella ($ 9,90), una Coca Zero (5), una Quilmes de 3/4 (7,50), una porción de fainá (1,80). Dale.
Nop.
“Pizza chica no hay”, nos dice quien nos atiende ahora, uno de los repartidores. Bueno, una grande ($ 19,90). Ya estamos gastando diez mangos más… “Cerveza de 3/4 no hay”, nos dice otro, tal vez el mismo de antes. “¿De medio litro?”. Tampoco. Sólo de litro. Bueno, de litro… (precio desconocido, en la carta no figura, yo no me rescato de preguntar).
La fainá no apareció. Yo todavía no sé si la pedí o si me olvidé, desarticulado por la sucesión de contratiempos. Creo que la cobraron. Si no, la cerveza de litro cuesta $ 16,10 (¡más del doble que una de tres cuartos!). Porque nos cobraron 41 mangos. 41.
La otra posibilidad es que los precios de la carta estén mal, que la pizza o la Coca sean más caras. Pero no lo sabremos porque ni siquiera entregan un ticket.
Detesto esas pequeñas estafas. Detesto el trato despectivo que las acompaña.
La desconsideración y el desinterés, que más bien pueden llamarse boludeo al cliente, no ameritaban la propina que hubo que dejarles, pero sí un posteo catártico en este blog. Buscando más datos, el sábado a la noche paso de nuevo por la pizzería, y, cuando la reconozco, desde la otra cuadra, veo que está cerrada. Me acerco, y sí, cerró. Los vidrios están cubiertos por papel de diario, aunque hay gente, porque se ve luz y la reja está abierta. Fuimos de los últimos clientes.
No es inesperado que hayan cerrado, habida cuenta de cómo atendían. Entonces, ni escrache hay. Porque escracharlos implicaba decir dónde cenamos esa noche. Pero si reabren, posta que vengo, edito el post y me saco las ganas.

Tengo que editar, nomás. Reinauguraron. La pizzería de mierda esa se llama Zapi y está en Independencia casi Maza. La pizza está bien, pero te atienden para el orto.

When I woke up this morning…

Despertarse recibiendo una bofetada es horrible. Impensable. Y te caga el día. Si encima esa bofetada te la diste vos, estás en el horno más que en la cama.
El mosquito me picó un rato antes, en la frente, sobre una ceja, y me despertó. Y la autobofetada con la que me volví a despertar lo hizo huir de las inmediaciones de mi cara, la única parte de mi cuerpo descubierta una noche de frío.
Además del mal recuerdo, un par de dudas permanecen sobre el hecho. La primera es si andaba rondándome o si lo soñé. La segunda es la razón de la bofetada si es que efectivamente no se debió a un mal sueño. ¿Me quedó en una neurona la picadura anterior y por eso reaccioné así cuando lo oí de nuevo? ¿O el golpe se debió a que sabía de su ubicación por esas minidespertadas inconscientes que agujerean el descanso sin que uno lo note hasta el día siguiente, cuando el cansancio vence, cuando hay que dormir más de lo previsto para vencerlo?
Ahora me despierto después de soñar que viajo en el 172. Pago 1,25 aunque el viaje sea más largo, como si hubiera decidido bajar en General Paz y seguir rumbo a mi destino caminando. Pongo todas las monedas, y la máquina no las lee correctamente. Le pido cancelación al chofer, y la expendedora no me devuelve las monedas que puse. Me devuelve otras, por el monto que leyó, que no es todo lo que puse.
Antes de dormirme de nuevo, me resulta inevitable la fácil interpretación de ese sueño, y me inquieta, y me desalienta, ese mensaje de mi inconsciente.
Menos sencillo de entender en un comienzo, pero más angustiante, es el sueño del que únicamente recuerdo la serpentina negra que me salía, interminable, de la garganta. Como carbonizada, según su color; pero resistente, y casi imposible de agarrar para jalar con fuerza. Tiraba y tiraba, y cuando parecía que me había arrancado todo, nuevamente resurgían unos vestigios, unos pelitos deshilachados, desde más atrás del comienzo de la lengua, imposibles de tironear…
Después también le encuentro un sentido. Y es otra garcha.
Cualquier mañana me despierto levemente, tal vez después de uno de esos sueños largos, como un interminable plano secuencia, que tengo a veces… Me doy vuelta para dormir sobre mi lado izquierdo y me pongo la mano izquierda cerca de la coronilla, acomodándome en mi posición favorita. Esta vez es una misma cosa tocarme la cabeza y estremecerme casi hasta el grito inarticulado de cuando la voz no se activa porque estás dormido. Sentí como si hubiera tocado algo blando, como si me faltara el cráneo y hubiera llegado a tocar algo interno, a percibir su forma y su textura.
Semidormido, añoro una mano afín y generosa que me toque cuando lo necesito, como lo necesito, alguna de las veces que lo necesito. Más que un pensamiento, fue, me parece, una descarga neuroquímica, la que producen su ausencia y la comprobación de su ausencia.
Aun más cotidiano y agotador es despertarse, leve o definitivamente, con los aullidos del pendejo de mierda pelotudo mental del piso XX, pataleando y gritando una vez más que “quiero ganar” y que “necesito ganar” cuando pasa horas y horas con los jueguitos del orto esos. O con el ringtone del celular de la vecina, o con los sonidos que produce su mucama, un émulo del superagente 86 o una enferma de Parkinson. O con los ladridos de ese perro infernal que, a lo lejos, ocho menos cinco de la mañana, ladra a repetición. Esta vez no se entromete en mis sueños, deformándolos. Los ladridos se incrustan en lo negro del sueño, son lo único que hay, hasta que me doy cuenta de que ya no estoy durmiendo. Unos ladridos después, con una conciencia más plena, que llega acompañada por una impotencia erosiva, comprendo por qué.
Me despiertan –o me despierto- y no me puedo volver a dormir. Se rompe la inercia del sueño, se enciende una parte de la cabeza seguramente, y sé que cagué. Lo siento, y es inevitable, por más que me obligue a seguir acostado, intentando reconciliar el sueño. No me levanté y sé que va a ser un día perdido. La fatiga y la somnolencia no me van a abandonar ni un rato, la siesta va a ser casi imposible –y no reparará si se constituye–, y lo único que voy a poder hacer en todo el día será desear que se termine, que llegue la hora de dormir, a ver si mañana sale mejor.
Pero lo más aplastante es saber que todos los días van a ser esencialmente iguales. Aunque haya dormido esa última hora que hace la diferencia entre un día inservible y uno vivible, aunque pueda hacer cincuenta abdominales antes de desayunar, sigo empetrolado. Tengo pegoteada la cotidianeidad, una telaraña adherida, un Poxi-ran estirado; no dos o tres, sino una cortina de hilos de titiritero sobre mí.
El sopor incapacitante se puede disolver con el sueño, pero hay algo con lo que no se acaba durmiendo. La circularidad inconmovible empieza por esta casa, por su peso derrumbado, inmóvil, y desde ahí, desde el camino de mi cama al baño, condiciona, como hace décadas, mi ser. Ese que no pude cambiar, o ser, o construir.
Me desperezo aceptando que no voy a dormirme de nuevo, y es como si se activara una química en la cabeza, en la sangre, que tiene su consecuencia en cada acto, quizá. Y viceversa.
Todo lo que empieza a pasar desde ese momento es intercambiable con lo que pasa cualquier otro día. Podrá ocurrir algo apenas distinto, y enumerar las diferencias sería exponerme muy patéticamente, pero hasta cuando sale el sol, y pega lo suficiente como para sentirlo, se me escapa. Y no va a cambiar su órbita porque yo lo necesite, ni porque me queje o argumente.
Ninguno de los soles que conozco calienta por completo: hay lugares a los que no llegan, que siguen mohosos, húmedos, oscuros, desperdiciados. Y una parte de mí, esencial, profunda, sigue inhabitada. No se sintetiza lo que el sol sintetiza: no hay fotosíntesis (porque no soy una planta), no hay vitamina D, no hay las reacciones orgánicas que producen el sol una tibia tarde de invierno o el calor de unos ojos plenos.
Es injusto decir que no pasa nada cuando algo pasa. Pero no alcanza: en el fondo, al fondo, sigue sin llegar el sol. Y mirá que me saco la remera todas las veces que puedo.

James Cotton & Junior Wells (Harp attack)

Fue cuando cumplí cuatro años. O cinco. Seis como mucho. Después, mis cumpleaños escasearon en invitados hasta desaparecer. Esa vez me regalaron una armónica. No recuerdo quién fue. En cambio, la memoria es vívida, de una nitidez indeleble, cuando se acuerda de cómo me la quitaron.
Era de tarde, yo estaba en la cocina, junto a la puerta, entre ella y la mesada, cerca de donde está el tacho de basura. Las puertas del mueble bajomesada eran metálicas y estaban pintadas de amarillo patito.
Entonces, a raíz de no sé qué, apareció esta mina, Silvia Torres, que era amiga de mi vieja. No sé si era compañera suya del profesorado o si era psicóloga. O las dos cosas. O si el marido era psicólogo. Hace unos años mi viejo me comentó que el tipo había muerto. Creo que se enteró por el obituario de La Nación, una de sus lecturas infaltables de cada día.
Era gorda y tenía el pelo negro largo. Atado, seguramente. Quizá tuviera una blusa blanca y un pantalón azul. Entró a la cocina y, no sé cómo ni con qué argumentos, me sacó la armónica. Parece que nadie le objetó nada. Como si la hubieran mandado a hacer el trabajo sucio.
No recuerdo si se la entregué a partir de un speech persuasivo de su parte, o si fue más intimidatorio que persuasivo, o si directamente usó la fuerza. Tampoco recuerdo si protesté mucho. Debería acordarme si lo hice, supongo. Aunque la potencia del despojo tal vez obliteró todo recuerdo posterior. Quizá en su momento no me haya parecido un regalo cuya pérdida fuese especialmente lamentable. Quizá acepté que “era así”, como “era así” todo lo que pasaba porque no había casi nada con qué comparar.
Es cierto que habría sido muy insoportable soplando la armónica todo el tiempo, hasta que me cansara de ella. Pero era mi regalo. Y me lo afanaron. Impunemente. Con una naturalidad y un descaro que me asombra a medida que trato de reconstruir el recuerdo. Y la imagen no sale de un niño en la cocina y la gorda esa y el amarillo patito de las puertas.
Con el tiempo supe que la habían escondido en la parte superior del placar de mi pieza, a la que aún hoy debo acceder con la ayuda de una silla o una escalera. Antes o después, recibí otra armónica de regalo, y de ella también se incautaron. Las recuerdo a las dos, inaccesibles, a una mirada de distancia de mi cama. Permanecieron años en su reclusión, hasta que un día las bajaron, tan silenciosamente como las subieron, sin explicaciones que recuerde.
(Una de ellas, made in China, marca Victory, de cara ranurada roja con motivos dorados, sobrevive en su increíblemente incólume caja de cartón de una pieza dentro de un cajón de mi mesita de luz. Acabo de comprobarlo).
Así, Silvia Torres, mis padres y todos los otros posibles responsables no sólo me privaron de tener la chance de ser el James Cotton o el Junior Wells argentino, o de participar en el disco “Harp Attack”. De ser un discípulo de Mississipi Robinson, por lo menos… Aportaron lo suyo para que la música siempre me resultara ajena. Y para que tuviera aún menos chances con las minas a las que les gustan los músicos…
(El pianito verde de dos octavas de mi madre estuvo a mano, es cierto, pero no pudo ayudar mucho, lo mismo que la guitarra de juguete que me regaló un amigo de mi viejo, que –me parece– no sonaba de verdad. Y la incapacidad natural que podría deducirse de estas palabras se choca con el hecho de que pude notar la diferencia entre una nota y la contigua cuando el afinador del piano de mi laburo me explicó demostrativamente no sé qué cosa una tarde en la que tuvo una predisposición de la que careció la vez siguiente).
Un aporte similar hizo la ceguera de mi entorno ante el interés que me despertó la guitarra eléctrica que le habían regalado al vecino del primer piso a eso de nuestros nueve o diez años. También el jardín de infantes y su clase de música, donde había que tocar el toc toc o el triángulo, y su maestra, que me retó malamente cuando, sentados en el piso, en semicírculo, teníamos que tocar, y yo me echaba hacia atrás, para quedar oculto por mi compañero de al lado, porque no sabía cuándo mierda había que golpear ese triangulo del orto. Y, cómo no, el fucking colegio y su flauta dulce, y el pelotudo del maestro, mucho más interesado por avanzar en el escalafón que por transmitir algún conocimiento que imprimiera en nosotros.
Pero Silvia Torres, mis padres y todos los otros posibles responsables contribuyeron aquella vez a que perdiera algo más: la idea de la posibilidad de defenderme, el saber que puedo defenderme, y que pueden defenderme. Sumaron a la indefensión habitual de un niño ante las arbitrariedades de su familia, la naturalización de la indefensión ante cualquier extraño.
Yo no podía defenderme porque no sabía y porque no tenía fuerza ni los demás recursos necesarios. Y los que debían protegerme del afuera –ya que no del patológico adentro– no estaban. O estaban avalando lo que pasaba. O instigándolo. Y, junto con la resignación cristiana, la pasividad y la aceptación, me enseñaban que cualquiera puede robarme algo en mi propia casa sin que pase nada.

lunes, 5 de julio de 2010