lunes, 11 de febrero de 2013

Doctor desmedido

Últimamente he estado teniendo unas puntadas en la cabeza que me preocupan muchísimo. Quizá no sean nada grave. De hecho, hasta ahora no fueron nada más que el dolor intenso y la preocupación consiguiente. Tal vez, incluso, sean algo relativamente común, pero cuando suceden temo estar cerca de terminar como Carlín Calvo, y sin haberme cogido a la mejor Luisina Brando.
La otra vez, hará unos seis meses, me desperté una noche con una puntada muy intensa en la cabeza, lo que me inquietó sobremanera. Más o menos se me pasó y conseguí dormirme, pero una hora después me desperté de nuevo, con otra puntada en el mismo lugar, atrás y a la derecha. Esta vez no me inquieté, simplemente me cagué en las patas. Llamé al SAME, y me dijeron que no tenían ambulancias y que fuera a una guardia. Luego llamé a mi madre, no sé para qué (bueno, sí, para preguntarle si se le ocurría qué hacer, porque yo no sabía qué hacer ni sabía si estaba a punto de palmar). Me dijo que ya venía, creo. Poco después, tocó el timbre una vecina, a la cual ella había llamado, para tomarme la presión...
Finalmente, comí algo y me fui a la guardia del hospital público más cercano. Esperé más de dos horas y no me atendieron. En ese lapso solo ingresaron para ser atendidos el tipo que estaba antes que yo y un peruano que llegó con la cara rota en una riña y cuyo acompañante se mandó sin esperar su turno. A medida que iba pasando el tiempo, fui comprendiendo que lo mío no era tan grave, que si podía estar dos horas de pie junto al charco de sangre que había exactamente en la puerta del consultorio y en un lugar casi irrespirable por el hedor de las personas que usan los asientos de la guardia para dormir, no estaba teniendo un ACV.
Pasada la una de la mañana, me empezó a bajar la presión, o el azúcar, o lo que sea, como suele pasarme, y debí volver a casa. A los pocos días fui a pedir turno con un neurólogo, y, cuando le conté lo que me pasaba, la doctora que hace las derivaciones me dijo: “El agudo es la guardia. Aunque seas cefaleico, que siempre te duela, si cambia, si aumenta, si se modifica, es la guardia porque lo de Carlín Calvo hay que tenerlo presente”. Por cierto, conseguir turno es un milagro, o un chiste.
Hace un mes me pasó lo mismo, salvo que no me desperté dos veces, sino cuatro o cinco. Y que era muy tarde y tenía mucho cansancio como para ir a la guardia en ese momento. Cada despertada y cada puntada acrecentaban enormemente mi temor y, obviamente, decidí ir al hospital apenas me levantara. (Noto ahora que me preocupan más los episodios que se dan mientras duermo). Ese mediodía, cuando comía para poder salir, tuve otra puntada, que no reafirmó mi decisión de ir a la guardia porque era una decisión tomada que no necesitaba reafirmación. Lo que sí reafirmó fue mi temor.
Llegué, y había mucha gente. Esta vez daban número, cosa que nunca antes había visto. Tenía el 51, e iban por el 34… Así que, aprovechando que vivo relativamente cerca, opté por volver a casa y hacer la espera acá, en un lugar más confortable y sin tanto calor. Calculé el tiempo para volver, y cuando llegué casi no había gente esperando, tres o cuatro personas, nada más. Les pregunté a unas señoras que estaban junto a la puerta por qué número iban, y una me dijo “por el 52”.
¡Caramba! ¿Qué hacer? Fui hasta la ventanilla y le pregunté a la persona que entregaba los números, y me dijo que pasara cuando abrieran la puerta, que no daba sacar número de nuevo. Me ubiqué junto a las señoras y dejé bien a la vista el papelito con el número para que la que tenía el 53 no protestara, aunque ya le había explicado que tenía el 51 cuando llegué y le pregunté.
Después de tomarme los datos, el médico me preguntó qué me pasaba, le conté, me tomó la presión, me dijo que notaba en mí cierta agitación y me preguntó si tenía miedo. Le contesté que más que miedo era preocupación, o inquietud. Y que la agitación era porque había corrido para llegar.
Miento fácil a veces. Le dije que había corrido desde el bar que está enfrente cuando vi salir a la chica que estaba antes que yo con su hija: supongo que me dio vergüenza decir “me fui a mi casa”. Aunque es cierto que me había apurado, porque otra mujer, joven y seguramente extranjera, me pidió que la ayudara a armar el cochecito de su bebé en la calle, tras bajar del colectivo, y perdí unos minutos importantes ahí.
El doctor me hizo la orden para una radiografía de cuello y cabeza, y me dijo que cuando la tuviera lo esperara junto a uno de los consultorios del hall principal. Eso hice, y pasado un rato me atendió. Miró la placa, me dijo que mi cuello era un desastre, o algo así (no llevé el grabador para tener registro textual de lo que me iban a decir, cosa que veo como un síntoma elocuente del cagazo que tenía), que tenía artrosis, y tal vez algo más, quizá que las cervicales maltratadas presionan un nervio y eso provoca el dolor (“mirá que el dolor no es en el cuello, es en la cabeza arriba, cerca de la coronilla”, consideré necesario aclararle).
Me indicó que me sentara en la camilla, creo que me preguntó cómo me sentía, me tomó la presión nuevamente, la cual ya estaba en niveles normales, y mi explicación a todas sus palabras, a las que recuerdo y a las que no, fue que seguramente la mejoría se debía a que antes había llegado casi corriendo y a que esta sala de espera era mucho más confortable que la de la guardia.
Me dijo que me acostara boca abajo, y entonces empezó a tocarme el cuello y la zona superior de la espalda. Supuse que buscaba comprobar táctilmente lo que se veía en la radiografía. Siguió tocándome la espalda, un poco más abajo cada vez, y ya no era un tacto exploratorio, sino algo parecido a una sesión de masajes. El poder médico reveló nuevamente su incuestionabilidad porque no dije nada. Pero yo notaba que iba bajando, y, a medida que descendía, mi sorpresa y mi incomodidad crecían. “¿Cuándo se detiene?”, me preguntaba. Más bien, “¿dónde?”. Y “¿qué hago?”. Obviamente, no encontré respuestas, salvo los hechos consumados por el doctor, que, cuando llegó a mis nalgas, continuó con su tarea sobre mi malla.
Lamento no haberlo grabado, para recordar si me pidió que me sacara la remera, por ejemplo (creo que sí), y sobre todo para saber si decía algo mientras hacía lo suyo. Algo más que referirse a mis tremendas contracturas, en especial las de las piernas, lugar de mi cuerpo al que también se dedicó. Para ese momento ya me había indicado que me diera vuelta, e iba ascendiendo con sus dedos desde mis pantorrillas. Pasó la altura de las rodillas, y, de nuevo, yo no podía parar de pensar qué hacer y cuándo. (Sip, finalmente no hice nada, sólo aceptar lo que pasaba).
Siguió subiendo por mis muslos hasta la cadera a través de la malla, y entonces me bajó levemente el short, y mis genitales quedaron a merced de su vista. Lo sé, aunque no lo vi, porque mi posición no me permitía verlo. Pero la sensación fue inequívoca. Es más: si la bajó, la bajó un toque, pero lo relevante fue que la separó. Eso sentí, el elástico considerablemente despegado de mi piel, y, seguramente, el doctor mirando.
Muy poco después dio por terminada su acción, llamémosla masajes, llamémosla manoseo, me dijo que tenía que ir a un traumatólogo, me dio el papelito correspondiente, me habló de un kinesiólogo también, y me hizo la receta para que comprara un analgésico.
Decidí simular naturalidad, interpretar todo como buena onda y no como una forma de abuso, y me volví a casa, ya sin dolor, pero con el ruido en la cabeza que deja una situación tan anómala, que sólo pude manifestarle con un “qué buenos los masajes del hospital público”, o algo parecido.
Aún hoy sigo sin poder calificar claramente lo que pasó. Pienso en que el no decir nada sobre lo que iba a hacer pone la acción del doctor Ávila en el terreno de lo fuera de lugar; pero recuerdo que ese silencio es habitual en los médicos, y entonces sólo me quedó con mi sensación imprecisa, que, al mismo tiempo, no abandona la casi certeza de haber pasado por una situación desmedida.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

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andá a spammear a la concha de tu hija, pelotudo-.--

uno se ilusiona con que alguien dejó un signo vital y es un forro-robot.

voy a tener que poner de nuevo el coso ese con el captcha.

Anónimo dijo...

Sé nota por tus relatos que sos muy neurótico. Una especie de Woody Allen (el de sus personajes, porque andá a saber el verdadero cómo es...) sudaca del confin tercemundista.
Al same tenés que llamar por una "urgencia de vida". Tener un dolor fuerte de cabeza, ni en pedo significa que te vayan a mandar una ambulancia. Los signos de un acv son múltiples, no sólo un dolor de cabeza... Además si tenés la presión normal (salvo que seas hipertenso) es raro que sufras un acv...
Me parece que tenés demasiado tiempo para pensar, para ver tu ombligo, para sumergerte en tu egoísmo improductivo.
Lo que se desprende de tu relato y relatos anteriores que he leido que sos un tipo que vive pendiente de resignificar hechos cotidianos, de rumear sobre cosas que son al pedo. Se nota que sos un tipo inteligente, pero tenés esa clase de inteligencia mal aplicada... es una pena.
El día que te relajes y hagas algo productivo con tu vida y por los demás vas a ver como se solucionan tus problemas imaginarios.
Capaz que enculas por mis comentarios... pero bueno, seguramente la gente de forra no te lo dice porque prefiere vivir inmersa en hipocresía.

o. dijo...

No sabía cuáles eran los síntomas de un ACV. Los googleé luego de estos episodios.
Creo que la persona que me atendió, por lo menos debería haberme explicado esto que me decís; preguntarme si tenía algún otro síntoma, algo más que un "no tenemos ambulancias". Algo que me orientara y me tranquilizara.

Sobre el resto de lo que comentás, qué es para vos aplicar "bien" la inteligencia, qué es para vos hacer algo "productivo", etc., me parece inútil responderte.

Por cierto, ¿vos de dónde sos? Capaz que comentás desde el primer mundo, desde la Manhattan de Allen. O capaz que vos también sos un sudaca del confín tercermundista. No sé.

Anónimo dijo...

No podés respoder, porque el que está haciendo la pregunta sos vos. Hacer algo productivo, sería por ejemplo dejar de mirarse el pupo un poco (algo que noto que hacés muy bien) y ayudar a alguien. No necesariamente tiene que ser algo "tradicional", como trabajar o estudiar, etc. que tampoco no estaría mal, ponele. Va sin ánimos de ofender, y si te ofendés tenés dos problemas: ofenderte y después des-ofenderte...
Si Francisco I dijo que lo fueron al buscar al fin del mundo, yo por qué no puedo decir "suda del confin tercenmudista", ehhhh, jajaja.
Bueno, tomate la vida con soda, hay cosas muy jodidas en esta porca vita, en serio.