sábado, 25 de enero de 2014

¿Puedo decirte barbaridades?

El tiempo pasó, puntual, antes de que pudiéramos acabar.
Sentada en el inodoro, con el torso echado hacia adelante, fuiste un momento de calma en el apuro del baño. Y una novedad.
Por tu pelo recogido y el arco de tu espalda sobre los azulejos gastados salí de la bañera, te agarré el cuello por delante y deslicé mis dientes por tu nuca. Dijiste, en una casi risa, “me hacés cosquillas”, y todo pasó tan rápido que no pude pensar que estabas haciendo pis.
Si no, te habría pedido un poco de lluvia dorada.

Optimismo

Cuando se apagan, en simultáneo, el ventilador, la computadora y la luz de mi pieza, lo primero que hago es pensar en el freezer lleno. Y, aunque no lo recuerde de inmediato, aportan a la angustia mis problemas con la comida y su consecuencia, esa necesidad de comer ya, de buscar ya en la heladera o en la alacena algo porque, si no, me apago yo también.
Voy a la cocina a buscar una vela y, por debajo de la puerta del living, veo luz en el pasillo, junto al ascensor. Se cortó sólo una fase. No habrá de ser tan grave, pienso: no será como el apagón del 99. La comida, al fin, sobrevivirá. Y me sale ser optimista: tal vez lo noto y lo recuerdo porque en general me dicen que no lo soy. O tal vez porque me digo esa frase hecha, “veamos el vaso medio lleno”, que finalmente parece haberme colonizado.
Quizá no es que no sea optimista, sino que lo soy únicamente cuando considero que las condiciones lo justifican. Como ahora… Si hasta logro comunicarme más o menos rápido con Edesur para hacer el reclamo. Con un contestador, claro, pero ¡hasta tengo número de reclamo y todo!
Con el correr de las horas, con el llegar del día, noto que mi vecino de arriba, uno de los varios que en este edificio tienen dos aires acondicionados en su depto, tiene, también, luz. El otro vecino de arriba, que tiene un solo aire, y que es tan sorete que la manguerita apunta directo a mi patio, también tiene luz. En cambio yo, que sólo tengo un ventilador, no tengo luz…
A la mañana trato de dormir un poco y me despierto varias veces soñando que volvió la luz, que se encendió la lamparita de mi pieza, cuyo interruptor no toqué desde el corte para que me avise cuando vuelva. A la tarde el optimismo se va diluyendo, y qué bueno que no tengo que salir a la calle. Y qué bueno que sin luz no puedo prender la tele y enterarme de que hace 38°6.
Duermo un poco más, y me despiertan varias pesadillas, la mayoría de ellas referidas a la comida que hay en el freezer. La última vez, ya de noche, me despiertan –o me impiden volverme a dormir– unos golpes en la puerta. Es la vecina de adelante, que también tiene luz, para preguntar si necesito algo. No sé qué le contesto, si le digo “y… luz” o qué. Pero le hago una referencia a la comida del freezer. El portero, que está pasando, se ofrece a tirar un cable desde la sala de máquinas, que también tiene luz. (Lo podría haber hecho antes, cuando no había nadie delante. Igual, qué bueno que lo hizo).
Luego de veinte horas, la heladera vuelve a vivir. (Cuatro horas más tarde, las empanadas que saco del freezer aún están un poco blandas…). Trece horas después, finalmente, retorna la luz. No así la normalidad. Dos días bien, pero en la madrugada del lunes me despierto a eso de las tres y me sorprende no ver nada debajo de la puerta del living. Ahora se cortó otra fase (¿qué carajo son las fases?, una de esas palabras que uno repite sin saber su significado…).
Todo el 30 sin luz, y, cuando se vacía el tanque, también, de nuevo, sin agua. Y el 31 lo mismo. Esa madrugada, yendo y viniendo por los pasillos del edificio con baldes y ollas llenos de agua, tengo ganas de ponerme en bolas en la vereda y bañarme ahí. Total, es de noche; total, está oscuro; total, no hay nadie. Porque la sensación de limpieza no la da el agua, ni la da el jabón: sucede cuando la suficiente agua se lleva todo el jabón. Sin embargo, como siempre, no me animo. Después me enteraré de la vieja esa que sí se animó e hizo topless para protestar…
Mientras, pienso que los cortes programados de los que habló el jefe de gabinete de Duhalde, el patético Capitanich, son más democráticos y permiten que los usuarios organicemos nuestros tiempos y nuestras compras. Pero, claro, recuerdan a 1988, y CFK no quiere…
A eso de las cinco de la tarde vuelve la luz, y el sonido de la bomba de agua es mi campana de Pavlov y mi Machinehead, los dos al unísono. Pero a las diez de la noche de ese 31, justo cuando me estoy yendo, se corta de nuevo. De nuevo una fase, que no es la mía. Cuando vuelvo, a eso de las tres, la oscuridad de la calle me hace sospechar que se cortó también mi fase, la cual comprende al centro de la cuadra, pero no a las esquinas, como la otra. Entro a mi casa, y no hay optimismos ni pesimismos, sino una realidad, la que devuelve la mudez del interruptor, que confirma mi presunción.
Esta vez voy yo a tocarle el timbre al portero –que tiene luz– para pedirle que pase el cable. Da vueltas, sospechosas vueltas, dice que tal vez son los tapones de mi casa… Cosas raras. Cosas que claramente no son. Hasta que pasa el cable. (Gracias).
Llamo, de nuevo, y sólo por llamar, a Edesur, y me atiende una persona. Hago el reclamo, y noto que todas las veces que llamé al ENRE me atendió un contestador, lo cual seguirá sucediendo cada una de las múltiples veces que volveré a llamar, una cada tres horas, según te ponen como límite. En cambio, a veces logré que me atendiera gente en Edesur: por ejemplo, el 1 de enero a las tres de la mañana. Después, claro, el Schiavi de este caos, el que pidió un aplauso cuando Schiavi renunció, el sorete De Vido, venderá humo exigiéndoles a las empresas más telefonistas…
Hijo de mil putas santacruceñas, exigile eso al ENRE. Y, de paso, exigiles a las empresas que den electricidad: esa es la prioridad. Si cumplieran bien su función, no serían necesarios más telefonistas.
La tarde del 2 me cruzo en la calle con la señora de al lado. No la encuentro en la puerta, sino a tres o cuatro cuadras de acá. Me reconoce y me saluda, hablamos… Creo que ni ejercitamos la formalidad de desearnos feliz año, que todo estaba sustraído por un solo tema: la puta y conchuda luz. Y, como con el portero unos minutos antes, cuando salía de casa, expongo mi descubrimiento. “Las otras dos veces se cortó de madrugada y volvió a media mañana o a media tarde. Tal vez ahora pase lo mismo”…
Antes de ese corte había escrito en el borrador de este post: “Tiempo suficiente para pensar en esto y decidir no ser optimista nunca más. Ni siquiera cuando evalúe en los hechos motivos para serlo”. Así que no sé si ese descubrimiento califica como optimismo, o si simplemente fue algo a lo cual intentar aferrarme –habida cuenta de la nula comunicación por parte de empresas y Estado–, o voluntarismo, o sólo una referencia. Bueno, lo que sea que haya sido no sirvió. Esta vez vuelve de madrugada, a las dos.
Y qué bueno que vuelve, y que no estamos ocho días sin luz como acá, a cuatro o cinco cuadras, donde se quemaron las tres fases, según escucho al acercarme al corte de calle con el que protestan los vecinos. Y qué bueno que no estuvimos veinte días sin luz, como en otros barrios. Y qué bueno no tuve que tirar mucha comida, digo yo, como si no pudiera dejar de ver el lado bueno…
Por cierto, quiero decirlo: a esa altura no estábamos en 1988, estábamos en 1999. Puro y duro (neo) menemismo: empresas que se cagan en la gente y descontrol estatal.
Abandonados y basureados por la empresa de la que somos usuarios cautivos y por el Estado que debería controlarla, la reacción también es la misma del apagón del 99: Cortes de calles hechos por gente que no sabe cortar una calle y pretende que un colectivo gire en U (y que no camina ni una cuadra para extender el corte y evitar ese generador de violencia), bocacalles con restos de basura quemada y derretida, funcionarios de mierda que hablan de ridículas compensaciones económicas –las cuales, encima, no son en efectivo, sino un descuento en facturas futuras–, empresas que te dan luz una o dos horas de modo que el tiempo para calcular el corte vuelva a cero; funcionarios agitando con una quita de la concesión, ¡payasos que no pueden controlar y agitan con gestionar a través de una estatización!
Y la policía, que viene al corte de la calle y nos sugiere campechanamente que cortemos en otro lado, porque la prensa no va a venir acá, sino a una esquina más importante, el mismo verso que le repetirán a los del corte cercano, al que me acerco luego del fracaso del nuestro.
Y el croata supercatólico, antes de ir a la largada del Dakar, diciendo que las empresas deben dar respuestas a los usuarios (las mismas que no dan desde 1999): el Estado, nada que decir ni que hacer. Un asunto entre privados, bah…
Volviendo al tema: como tantas cosas, mi deseo, o mi voluntad, o mi palabra, se choca con lo que soy. Y quiero ser nihilista (¿protegerme siéndolo?), pero me agarro de cualquier regularidad que creo reconocer: me insto a levantarme creyendo que descansé ¡porque hasta dormí cuatro horas seguidas!, y cuatro o cinco horas después tengo que acostarme para completar mi descanso con una siesta de una hora y media; elijo comer algo rápido cuando me despierto con ¿el azúcar baja? y esa necesidad de comer ya, creyendo que una banana alcanza, y no: tendré que volver a levantarme, un par de horas después, en busca de algo que me llene... Tengo mil cosas para decir en el estilo de Olga, y creo que tengo un post, y me pongo a escribir, pero 9000 caracteres después no sé cómo terminarlo ni cuánta coherencia tiene.

Sueños de una cajera de Carrefour (para el año nuevo)

Mi auto
Mi casa
Ser una buena madre con el Señor
Terminar el secundario
Hacer una carrera de enfermera
Ser una herramienta en sus manos

Autoestima de titanio

El viernes pasado me obligué a tratar de coger. Lo venía postergando con la excusa de intentarlo cuando me sintiera realmente power, pero eso o no llega o no lo reconozco en el momento, y ya es tarde cuando me doy cuenta de que estaba en condiciones. (Además, ir tras mi deseo no es algo que me salga naturalmente, sino una construcción, algo de lo que me olvido, que queda ahí tirado, como las piezas de un Rasti con las que nunca pude armar más que una pared).
En un momento me sentí razonablemente bien y –aunque sea hacía tarde, porque sucedió después de almorzar bastante tarde–, luego de escuchar una canción que me suele dar ánimos, agarré el teléfono y llamé a una persona. Todo se resolvió rápidamente, y en 40 minutos tenía que estar en el Centro. Aún recuerdo mi entusiasmo al colgar.
Mientras me cambiaba, me comí una banana, y luego, por las dudas, otra, para asegurarme de que mi cuerpo tuviera energía. Sin embargo, yendo a tomar el subte percibí lo que me resultó muy evidente cuando esperaba en un banco de la estación: las bananas no habían sido suficiente combustible. Antes de llegar busqué un kiosco y me compré un jugo para darle a mi cuerpo algo más de azúcar. Eso me permitió un poco de acción, aunque ciertos movimientos hacían oír el ruido del líquido en mi panza.
Finalmente, me di cuenta de que no daba para más, de que mi cuerpo no tenía la explosividad suficiente como para acabar, y desistí. La buena onda profesional de la persona con quien compartí ese momento no puede negarse, pero no pegamos mucha empatía. Así que ni pagando alcancé uno de esos gestos que tanto busco y de los que tanto hablo en este blog, seguramente porque no me sale hablar de ellos en otros lados.
Todo fue tan bajón que mi libido se desintegró, y en los siguientes nueve días me hice sólo una paja. El jueves, después de levantarme, y casi por obligación. Demoró bastante, pero finalmente lo logré. Entre que me levanté (a la) tarde y el tiempo dedicado a Onán, más la ducha posterior y la comida, me quedó alrededor de una hora para prepararme mental y espiritualmente con vistas a ir al recital al que quería ir. Dancing en el Konex. Al aire libre. Lo cual es fundamental para no morir de asfixia por una inhalación masiva de humos.
Me comí siete empanadas de choclo y dejé la restante para el último momento, al cual calculaba para media hora después. Aun así, no logré sentirme power después de esa paja en ayunas, y dudé sobre si ir o, para variar, postergarlo. Total, tocan el jueves que viene… Seguí boludeando con la computadora, y a la hora en que tenía que estar en la calle, posteaba una respuesta en uno de los foros en que participo… De nuevo me obligué a moverme, y en un santiamén comí la empanada, evacué, me vestí, me lavé los dientes, me arreglé un poco la cara, y salí. Con una banana en la mano y un jugo Ades en el bolsillo.
El bondi vino rápido, y esa rapidez hizo que fuera necesario agarrarse fuerte. Y ante esa necesidad sentí nuevamente que no tenía power. No es que iba a tener una crisis hipoglucémica en diez minutos, o en treinta, pero coger o un recital son actividades que requieren de un cuerpo cuyos músculos tienen que reaccionar rápido y fuerte con naturalidad.
Comí la banana en el colectivo y cuando bajé sentí otra vez lo arduo que me resultaba caminar entre la gente y el ruido y los vehículos. No sé si mis piernas estaban flojas o si mi cabeza era la que no podía procesar el bullicio (es decir, el aire en movimiento) del entorno, pero había algo del orden de la solidez que faltaba. Así que, sólo para no pegar media vuelta ahí mismo, decidí ir, pero quedarme afuera, en la vereda, y volverme cuando lo considerara oportuno. La estación sólo tenía abierta una entrada, y allí perdí más tiempo, aparte del que me tomó esquivar a los vendedores no ambulantes que se adueñaron de Pueyrredón y a todos los hinchas de Boca que venían de festejar su día, entre quienes resaltaban un par de turras bosteritas hot acompañadas por chabones cuyo physique du rôle era furgón del Sarmiento a full.
Cuando llegué, el show aún no había comenzado. Supongo que me dio vergüenza evidenciar desde un primer momento que no iba a entrar, y que por eso fui hasta donde terminaba la cola, en la esquina de Anchorena, y me ubiqué en ella. Casi de inmediato llegó una chica de veintipocos, bastante bonita y bastante bien vestida, que me preguntó si esa era la cola. Le dije que sí, cambiamos algunas palabras sobre la cantidad de gente que había, y le dije, diciéndomelo en realidad a mí: “Hay que llegar más temprano: nueve menos cuarto, nueve como muy tarde…”.
Un par de sonrisas, silencio, un vendedor que pasa, ella le pide una cerveza, él no tiene porrón, ella compra una lata grande. De color gris. Comienza a beber. No más de dos minutos más tarde, se da vuelta y le dice algo a uno de los pibes que ya estaban detrás nuestro: le pidió una seca. Pita, y comienza la charla con esos muchachos no del todo aseados y cuya dicción se notaba poco fluida. Le preguntan, obvio, qué estudiás (gastronomía), sos de capital o de provincia, dónde naciste (¿en capital o en provincia?)…
Semejante corte de rostro me llena de perplejidad. De una perplejidad repetida: otra vez esa sensación de la facultad, de otras colas de recitales, de tantos lugares y tiempos distintos… Su charla queda tapada por la distancia que tomaron respecto de mí y por el sonido de la banda: comenzó el show. La cola avanza lenta, no sé si vamos a entrar o si el lugar ya se llenó y nos van a tener al pedo ahí durante varias canciones… Una excusa ideal que me dan los hechos para abandonar la fila… y la cercanía de esta gente. Me voy cerca de la puerta para ver y escuchar el recital desde allí. Ellos entran para el tercer o cuarto tema. (Y hay quienes llegan bastante demorados y pagan 70 pesos por medio show. No los entiendo.
Especialmente, si podés quedarte en la vereda viendo y escuchando. Especialmente si la entrada aumentó 40% en siete meses).
La banda combina, como siempre, un sonido de puta madre con esa forma de comunicación que me recuerda a los coordinadores de viajes de egresados. Y no tocan el tema que tanto me entusiasma. Igualmente, me quedo hasta el final. Afuera.
Junto a los lúmpenes que rescatan del piso botellas y latas de cerveza para ingerir los posibles restos que quedaren; a los pibitos de doce años, sucios y con aspecto de homeless (uno de ellos, con zapatillas rotas notoriamente más grandes que sus pies), que pasan y piden porro; a los tres o cuatro que se quedaron en los umbrales de la vereda de enfrente; a la chica con uno de esos rapados peinados nuevos que termina su churro y a eso de la mitad del show consigue que el de la puerta la deje pasar, al chabón reconvenido por ese mismo patova cuando corrió la lona para mirar desde el borde sin intenciones de mandarse, a los vendedores de comida que se apostan en la vereda desde temprano, a las bolsas de basura que las empleadas de limpieza dejan en el lugar con mejor vista y no en la otra punta…
Un pibe de aspecto zona-norte sale sintiéndose mal, y sus amigos lo apantallan; Ivonne, la ex Bandana, una vez que cantó sus tres temas, quiere irse en taxi, pero no viene ninguno, y termina yéndose a patas por Sarmiento hacia Anchorena; un par de tortas salen y se quedan afuera, tocándose de un modo que me resulta evidente que son pareja, pero sin besarse (?). Y yo, moviendo la patita y notando, de a ratos, entre el incesante humo de todos los porros, el silencio a mi alrededor.
No hubo más palabras esa noche. Y la semana siguiente, en que, salvo la charla en la cola, se repitieron los hechos, me preguntaba si no tendré alguna forma (leve) de autismo. No el autismo de Rain Man, no el del hijo de la amiga de mi madre. Pero una vez, en mi adolescencia, mis padres, justo antes de separarse, me enchufaron un especialista en autismo. Tuve que pensar la frase porque sería incorrecto decir “me llevaron a un especialista en autismo” ya que el tipo venía a casa. Y no me diagnosticó TGD, sino una crisis adolescencial patológica con reacción de aislamiento. Me lo acuerdo de memoria. (Sobre todo porque era bastante lógico el aislamiento, es decir, que no saliera de casa, ya que ¡no tenía a dónde ir…!).
Anyway, más allá de diagnósticos, la sensación de mundos en paralelo cuyos límites son infranqueables es abrumadora a veces. Apabullante. Y desmoralizante. Y me hace revivir esa vieja sospecha de que algo en mí está MAL. De que me faltan líneas de código o no sé qué poronga que me repite este tipo de situaciones.
Termina el show, comienza a salir la gente, la mescolanza extraña que constituye el público de DM, y en medio de ellos camino por Sarmiento. Llegando a Agüero me adelanto a tres pibes (un chabón y dos minas, una de las cuales camina apoyada en su amiga, como si le costara mantenerse en pie por sus propios medios). Cuando entro en su campo visual, una de ellas dice: “Mejor crucemos”. Prefieren ir junto al oscuro paredón del hipermercado, por una vereda desierta, que caminar cerca de mí y de otra gente por una vereda donde hay edificios, luces y vecinos en la puerta.
A veces me causa gracia cuando la gente cruza la calle temerosa de mí. A veces esa gracia sólo es la espuma que cubre brevemente la bronca, o el odio, o las ganas de mandarlos a la mierda, o las de cruzar yo también, siguiéndolos, para asustarlos un poco. Esta vez no me causó ninguna gracia. Tal vez porque no era en Barrio Norte, o porque no era una temerosa cuarentona o cincuentona consumidora de televisión, sino pibes que venían del mismo recital al que había ido yo.
Me cuesta mucho d/escribirlo, referir esa sensación de “no puede estar pasando esto”, no puede ser tan alevoso. Fue un momento horrendo, y sólo se me ocurrió esa frase: hay que tener la autoestima de titanio para bancarse todo esto. Ya no es que soy, como suelo decir, o sentir, invisible: es que me ven y me cortan el rostro mal, me esquivan como si fuese uno de esos fantasmas tambaleantes y desastrados que hurgaban en las botellas de cerveza.
Metros más adelante, también yo tuve que cruzar para evitar a dos o tres personas inmersas en un conato de agresión en la esquina de Gallo, junto a la parada del 155. Y mientras cruzaba decidí mantenerme a distancia de estas personas que me evitaron tan burdamente para que no se sintieran amenazadas o perseguidas. Buscando, lo veo ahora (¡para eso sirve este blog!), que ese supuesto no conllevara otra movida de su parte que me afectara aún más.
Seguí caminando, porque decidí volver caminando, y a unas diez cuadras de casa, me caí en la calle. No sé si pisé mal, si fue por la zapatilla medio despegada, si venía pensando en otra cosa (en esos hechos lamentables), si la vereda estaba rota, si toda la marihuana fumada pasivamente me afectó, si fue la combinación de algunos de estos factores, pero me fui al piso en una caída que no terminaba más. Hasta que terminó, conmigo boca arriba y sin ganas de levantarme de inmediato. Pero debí hacerlo porque se acercaron unos travestis peruanos que caminaban por ahí, y uno de ellos insistió en darme una mano para que me incorporara.
No me preguntaron cómo estaba. Supongo que habrán descontado que sólo habia sido un golpe y nada más… Eso traté de manifestarles diciendo algunas palabras para que su significado y su fluidez exhibieran que no estaba en pedo o algo así, que había sido sólo un mal (¡un pésimo!) paso. De algún modo, su presencia y su intervención me reacomodaron rápidamente el chip, y volví a (intentar) mostrar normalidad…
Debería revisar ese impulso por demostrar normalidad, por una normalidad que no es tal, sino sólo simulación, habida cuenta de los resultados. Voy a correr, y hasta me entusiasmo si corro tres kilómetros sin parar, pero cuando ese estado físico tiene que manifestarse en otro ámbito… no aparece. Voy a un recital, me inscribo en una universidad, camino por la calle, pero soy incapaz de interactuar plena y/o satisfactoriamente. Por más que me esfuerce en representar cierta normalidad, en un punto todos notan, o intuyen, o perciben lo ficticio que hay en ello. A la vez, si me saliera de esa seudonormalidad y le dijera al travesti que quiero quedarme un momento en el piso porque “en este momento es mi lugar”, sería infinitamente, insoportablemente (para mí), más freak.
Aprovecho la soledad de la calle para hablar conmigo en voz alta y para revisar las consecuencias del golpe: dolor en las manos por el choque contra el suelo, un raspón en el codo izquierdo y un intenso dolor en el dedo gordo del pie izquierdo. (Al acostarme descubriré otro dolor, en la cadera izquierda). Pruebo cuánto me duele el dedo pisando con fuerza, y el dolor me hace gritar. En la esquina está la heladería. Es tarde, y ya bajó las cortinas de los costados, pero la puerta sigue abierta. Miro hacia adentro, mientras camino con mi paso levemente rengo. El heladero me mira, y se apresura en llegar a la puerta para cerrarla.
¿Alguno de ustedes sabe si se acaba de reeditar L'homme criminel? ¿Alguno sabe si en la tapa hay alguien que se parece a mí? ¿O simplemente me puse una remera que dice “maltrátenme” y no me di cuenta?
Por fin, llego a casa. En la cuadra previa me acuerdo de otra vez que fui a ver a DM, esa vez que me encontré en la esquina de casa con mi madre, quien, preocupadísima porque a esa hora yo aún no había vuelto a casa, estaba buscándome en la calle, temerosa, según ejemplificó, de que… me hubiera caído. Chan.
No sé si pensar en eso, que suma apabullamiento, o en todos los idiotas infelices soretes agotadores de insultos que a veces me dicen, sobradores, como esa amiga de mi vieja: “¿Y vos qué hacés para cambiar?”. Ojalá pueda mandar a la desgastada concha de su hija a la próxima persona que me diga algo así.

Protocolo

En un lugar donde laburé, ciertos días había actos, y la gente empezaba a llegar antes de que se hubiera cumplido mi horario. Cuando llegaban, ya fuera que yo les abriera la puerta o no, saludaban individualmente tanto a mí como a la otra persona que atendía al público. Luego se dedicaban a lo suyo: a esperar sentados, a leer algo, a mirar un cuadro, a charlar con un conocido que también había asistido al acto…
Mi horario se cumplía un ratito antes del comienzo del acto, y el problema para mí surgía cuando llegaba la hora de irme y había cinco, siete, diez, quince personas que me habían saludado. ¿Debía despedirme de ellos uno por uno? ¿Debía interrumpir sus actividades, incluso las conversaciones que pudieran estar manteniendo, sólo para despedirme? De verdad que nunca supe qué hacer. Y entonces me iba sin saludar, ja ja… Bueno, no tan así: si había pocas personas, dos o tres, trataba de saludar, pero a veces se (me) pasaba bastante tiempo esperando que sus atrapantes menesteres les permitieran registrar el entorno y, con él, a mí.
Me acordaba de esto porque el mes pasado visité a una persona conocida en un lugar donde también había gente vinculada a ella, todos muy ocupados en sus diversos quehaceres. Estas personas me fueron presentadas una a una, a medida que nos cruzábamos con ellas o que se acercaban a mi anfitriona y a mí.
Cuando llegó el momento de irme, también llegó la duda acerca de si los saludaba desde lejos, si debía acercarme a ellos, interrumpiéndolos, para despedirme o si me iba sin saludarlos. Y se lo comenté a mi amiga. No recuerdo su respuesta exacta, pero la cosa es que me acerqué a cada uno de ellos, habré improvisado un “bueno, me voy” en una esforzada voz alta, tal vez ella haya hecho la segunda, e intercambiamos unos besos y unas cuasi palabras que me hicieron sentir como un mosquito revoloteando junto a la oreja de alguien que está por dormirse…
Me gustaría que este post tuviera una utilidad concreta. Para mí. Así que pregunto, por si alguien pasa y lee y quiere comentar, ¿qué hay que hacer en esos casos? ¿Hay un protocolo? ¿Hay que improvisar, según venga la mano, o según uno la perciba? ¿Hay que no ver a nadie y mandar a toda la gente a la concha de sus respectivas madres? ¿Eh? ¿Qué hay que hacer?

Pensando en comer

¿Qué le falta a mi cuerpo?,
que me lo pide tan dramáticamente

Hace un par de meses, en una entrevista radial, Gabo Ferro se refería a sus shows y a la conexión con el público: “El concierto está bueno sólo si del otro lado alguien está jugando con vos. (…) Si del otro lado tenés a alguien que está pensando que tiene hambre y que se va a comer unos ravioles cuando se vaya de ahí, del concierto, es difícil que eso se complete. Vos podés hacer muy bien tu laburo, pero si del otro lado no hay alguien que está jugando con vos y que está pegando ese mismo viaje, la cosa no está resultando. Entonces, sin duda, el concierto se hace con todo lo que está sucediendo ahí. También con el contexto: por ejemplo, si voy a tocar a un lugar donde tienen una barra al costado, siempre pido que no se sirva nada durante el concierto porque, obvio… Y, aparte, yo me disperso muy fácilmente”.
El entrevistador señalaba lo común que se ha hecho en los últimos años tocar en lugares donde se sirven comidas y bebidas y se escuchan ruidos propios de un restorán, y Gabo agregó: “Y el perfume… Más bien, el olor”.
Sus palabras, como flechas, o misiles intercontinentales, me interpelaron desde diversos sentidos. El más directo tiene que ver con que yo suelo comer en los recitales, incluso en los de Gabo, donde considero imprescindible el silencio, tanto que recuerdo cuánto me perturbó el sonido de los espectadores acomodando sus culos en las butacas de un teatro, antes o durante “Dios me ha pedido un techo”.
Disclaimer: siempre tuve la precaución de comer entre tema y tema, mientras la gente aplaude, para que cualquier probable sonido pase inadvertido.
Y, quiero aclararlo, no pienso en lo que voy a comer dentro de un rato y no como porque tengo hambre. Como ahora porque si no me desmayo. O casi. No sé por qué, pero mi cuerpo desde hace años funciona así (de mal), y me tiene la paciencia colmada y el ánimo horadado. Yo como lo mismo que comés vos, o tal vez más, y de golpe, a las dos horas, en cinco minutos, me asalta una sensación propia de estar horas y horas en ayunas, como si viniera sin comer desde el desayuno y fuesen las cinco de la tarde. Y me convierto en el conejito de Duracell no; en el otro, el que palma.
Es como si mi cuerpo no acumulara la energía, como si esta desapareciera una que vez la comida se va del estómago. O no acumula o no manda señal de que acumuló. O si la manda, alguien no la lee, porque –caso extremo, pero cierto– hace una hora y media comí treinta y seis (36) ravioles, y no es razonable que me sienta así de mal, con la presión y/o el azúcar bajo cero, la cabeza que se me empieza a apagar y el (resto del) cuerpo que deja de responderme normalmente… Y el jugo Ades que llevé sólo me da autonomía para media hora más…
(Dicho sea de paso, los que sí se acumulan son los kilos de más en mi abdomen). Así, voy por la vida con un montón de comestibles en los bolsillos (y ahora, en verano, que no se usan camperas y hay menos bolsillos disponibles, los llevo en una patética y frustrante bolsita), con la banana en un bolsillo del pantalón, con la bolsa de pasas de uva, con el jugo, con plata para comprar algo si mis previsiones y mis provisiones no alcanzan…
Cada uno de los médicos que consulté durante estos años fue incapaz de descubrir las razones de esta situación. Y literalmente me cansé de que me manden análisis cuyos resultados siempre están razonablemente bien, me cansé de pagar un prepago al pedo, de la energía, el tiempo y la expectativa (y la guita) que conllevan una visita al médico para que me diga que estoy bien. Y de que Su Palabra tenga más valor que la mía o que mis sensaciones. De que si los análisis que se le ocurrieron dan bien, estoy bien, aunque yo me sienta mal.
(Un recuerdo especial para la nutricionista que, cuando le hablé de mi vegetarianismo, me dijo que en vez de comer tostadas comiera pan, para que me llenara más. Lo curioso fue que en ningún momento le dije que comía tostadas. Y, señora, de paso, años más tarde, le digo: vivo a harinas –en especial harinas con miga– con ese fin. No hace falta que me lo diga usted. Es más: últimamente evalúo vivir comiendo pizza y nada más).
Durante bastante tiempo no hablé de esto con ningún médico porque más o menos lo manejaba –al menos, dentro de mi vida versión restringida, que acepté casi naturalmente, tal vez porque nunca tuve otra, no una que sintiese propia y fuese grata– y, sobre todo, porque cuando lo hice no sólo no encontré resultados satisfactorios, sino que sumaba frustración la incomprensión de parte de ellos respecto de lo que trataba de decirles. La falta de resultados se repitió el año pasado, cuando lo intenté con una médica que al menos me escuchó, pero que me dijo que estoy sanx y que fuera al psicólogo. O que hiciera terapia hipnótica regresiva con ella… Sin embargo, en estos últimos dos o tres años noté que la demanda de combustible es mayor. Mi referencia son los recitales, en donde solía alcanzarme con comer mucho antes de salir de casa y con unas pasas en el bolsillo. Ya no. Ahora es pasas, jugo, tal vez una banana, y saber que es bien probable que termine comprando unas empanadas o algo similar en la barra. Y en estos últimos meses es aún mayor, y son varias las veces que me despierto sintiéndome así de mal, y tengo que ir a la cocina en busca de la banana, el jugo, un pan o lo que encuentre en la heladera para cargar la energía que me permita seguir durmiendo (!).
Tal vez este post sirva de entrenamiento para un nuevo intento.
Otra de las cosas que suman a esa interpelación es que me recuerda las dos o tres veces que en estos últimos tiempos pasé por diversas aulas de diversos establecimientos educativos (bah, por los pasillos pasé, junto a la puerta del aula) y vi carteles que recordaban la prohibición de consumir alimentos y bebidas en ellas. Me acordé de eso y de la vez, el año pasado, en que fantaseé con hacer un curso de cierta actividad que a veces me permite ganar unos pesos, la cual, en un alarde de autodidaxia, desarrollo sin haber estudiado en ningún lugar. Lo cual me dificulta conseguir nuevos laburos porque “¿dónde estudiaste?”…
La primera inquietud que me acechó, antes de pensar en cómo juntaba los 400 mangos por mes, y antes de leer la parte en donde descubrí que mis saberes no calificaban para el curso, fue ¿aguantaré? ¿Se molestará el-la docente si como en clase? ¿Comprenderá mi explicación? ¿Se bancará un “elegí: tenés un alumno comiendo o tenés una alumna desmayada”?
(Recién ahora, escribiendo esto, registro la posibilidad de la educación a distancia. Sin embargo, con ella también viene el recuerdo de cuánto me costaba estudiar algo de una clase a la que había faltado –y por eso trataba de no faltar– y, sobre todo, que ir por ese lado sería una forma de aceptar la discapacidad, de aceptarme como discapacitada. Y sin subsidio, ja).
Y la tercera de las interpelaciones remite a eso de que quien está pensando en comer no está plenamente donde está, sea en un recital o donde fuere, sino en un viaje distinto, que impide que las cosas se completen… ¡Todo el tiempo me pasa eso! Todo el puto tiempo tengo que estar donde estoy y, a la vez, pendiente de cómo me siento o cómo me voy a sentir en breve y de cómo manejar la situación llegado el caso de una crisis. Y manejarla sin que los demás se den cuenta, porque no tengo ganas de explicarles, ni de que se preocupen más de la cuenta ni nada.
(Así, el 24 a la noche ya 25, en un lugar donde no sé para qué voy ni para qué me invitan –salvo para ser lo freak de la reunión, según (me) siento a veces–, había pasado el tiempo de la comida, la mesa había quedado lejos, y yo empecé a flaquear. El vaso vacío me dio la excusa de ir a la cocina a servirme agua, y en la heladera encontré algún sánguche de miga que quedaba. Comí un par de bocados, y como no daba dejarlo ahí, mordido, y no me dio volver con el chegusán en la mano, como una muerta de hambre que va solo a comer, ni tampoco quise estar en una situación donde había que ponerse a explicar, me lo guardé en el bolsillo del pantalón para comerlo en cuanto pudiera. Ponele).
Es como vivir en estado de supervivencia, sin poder ir más allá. Sin poder darle una dedicación exclusiva a lo que hago, sino, más bien, regulando la energía para que dure más –y así, por ejemplo, no aplaudo en los recitales cuando termina una canción– y regulando los comestibles que llevé, los cuales, por cierto, no solucionan el asunto, sino que únicamente me permiten aguantar, estirar la cosa sin tocar fondo hasta llegar a un lugar que sólo será un poco menos provisorio.
Una forma de no vida, de vida a medias, incompleta. E interminable. Un tercio de mi vida así…

Despedida (I) * Yo me bajo acá

bueno.
muchas veces ya te dije que me parecía que esto estaba mal y que me hacía mal. y como sigue igual, esencialmente igual, aunque esa charla teléfonica del mes pasado haya estado bien, aunque aquel encuentro en ramos haya estado bien –el otro no, pero, bueno, sabés cómo es mi cuerpo–, y como los pedidos de un final explícito y sano no tuvieron aceptación, y como es absurdo, iluso y negador seguir esperando que esto cambie, dejar de ser impresentable, etc., elijo bajarme de esta relación.
me hace bastante ruido terminar siempre igual, poner siempre la energía en lugares que no prosperan, donde no puede construirse nada, donde nada queda de lo dicho, salvo unos mails que prefiero no releer, que prefiero no citar, que prefiero no ver como agitadores.
(Tengo que buscar este, tengo que citarlo textual: “Un beso grande.Cuidate.Si me dejas yo sigo poniendo ladrillos(firmes)Firmes como mis manos aferrandote”). bueno, igual pasó mucho tiempo desde entonces….
todo, o casi todo; todo lo esencial, digamos, ya te lo dije. y este no es el mejor momento para escribir porque a mi padre deben operarlo, y teniendo en cuenta que está anticoagulado y todas sus otras cuestiones, las perspectivas no son nada buenas. y mi madre…
por eso también me apuro a escribir esto. el otro día te dije que no quería especular con postergar esto buscando no estar tan desamparado en este futuro que se viene. y como parece que se viene ya, mejor apurarse.
vos elegís estar con los pobres niños de Hiroshima, que seguro tienen otrxs que levanten sus carteles y luchen por sus derechos. yo, en cambio, no tengo eso. tal vez sea lo que merezco, habida cuenta de que nada es porque sí, y de que son muchos años de nada, de vacío, de fracaso, de esa canción de los doors, looking for a home in every face i see.
no sé que más.
lo que se me ocurre decirte que hagas con la plata que me debés, me lo guardo, no sé para qué en realidad.
chau.
y gracias por haberme visto. aunque sea un rato. elijo –tal vez no lo elija, tal vez simplemente no pueda ver lo otro– quedarme con eso y no con el silencio y todo esto último, dentro de lo cual está incluida esta despedida virtual.
capaz que ese “haberme visto” es muy poco, pero creo que nunca tuve tanto como eso.
y ahora cierro los ojos, mojados, y aprieto “enviar”.

Mandela

Ya que están tan sensibles con la muerte de Mandela, y los medios dicen con toda naturalidad "Tata Madiba", y Obama dice cuán importante e inspirador fue para él, y hablan de los 27 años que pasó en prisión, y se consternan los representantes de los mismos países que avalaron el apartheid y pusieron al CNA en la lista de organizaciones terroristas, y muchos olvidan o callan que Mandela y los suyos practicaron la lucha armada contra el régimen racista, y se publican las fotos de todos los figurones en su celda, aprovecho para recordarles que Marwan Baghouti, el Mandela palestino, lleva 11 años preso en las cárceles del Estado Siongenocida de Israel.
Ilegítimamente capturado, fue sometido a una parodia de juicio en la que se lo acusó y condenó por terrorismo. Como a Mandela.
Bueno, decir “el Mandela palestino” tal vez sea un exceso de optimismo. Es suponer que no lo van a matar –ni los sionistas ni los palestinos ni nadie–, que no se va a morir, que habrá un Estado palestino, que Occidente finalmente va a reconocerlo (es decir, que Israel va a aceptarlo), que las condiciones de su creación y aceptación no sean ignominiosas, que…