domingo, 23 de julio de 2017

Como siempre

Y entonces
vos te vas
y yo desaparezco.

¿El que va para dónde?

Cuando alguien en la calle me pregunta dónde para un colectivo, mi primera respuesta es "¿el que va para dónde?". No sé si lo pregunto para no mandarlo al lugar contrario, para tener unos instantes más que me permitan abrir el archivo mental de paradas y recorridos de colectivos o simplemente para estirar la conversación.
Elongaba yo en la reja de la plaza, aprovechando que no hacía frío, luego de correr siete kilómetros a una velocidad lamentable, mientras mis ríos de sudor se iban secando al aire fresco de la noche. Sin que la viera ni la oyera venir, una chica apareció desde mi izquierda, inició la conversación tal vez con un "disculpame" y me preguntó dónde paraba el 97. Repetí mi pregunta automática, "¿el que va para dónde?", y ella señaló con el dedo antes de que su lengua recibiera la orden de su cerebro y dijera "para Mataderos". Bah, ese es el recuerdo: no hay video que lo atestigüe. Me gustaría que lo hubiera para corroborar la exactitud de mi memoria.
Pensé el medio instante que mi GPS mental tardó en cargar y le dije, ayudándome con un par de ademanes: "Hacés una cuadra por esta y en la esquina, una a la izquierda". Pese a que la calle en cuestión estaba bastante iluminada, más que las otras con las que hace esquinas irregulares, algo le generó temor y me preguntó si no pasaba nada. Acá la literalidad seguro que falla, pero la idea era esa. Le dije que estaba todo bien, que incluso había gente caminando, mientras mis ojos encontraban a dos personas paseando sus respectivos perros sin que mis palabras llegaran a mencionarlos. No la noté muy convencida, y creo que ya se estaba alejando cuando pude darle una alternativa: "Si no querés ir por ahí, hacés una por esta y en la esquina doblás para allá".
Me agradeció, la vi irse, dudando todavía sobre cuál de los caminos seguir, hasta que descartó mi primera sugerencia y eligió perderse en la oscuridad de la calle que le dictó su intuición. Mientras, yo pensaba en que no había descripto bien el lugar de la parada. No hay poste en esa esquina, es una de las paradas implícitas que abundan en los barrios, y me quedó rebotando en la cabeza la ausencia de más detalles sobre el lugar: el colegio, el kiosco, el almacén. Pensé en seguirla, para ver si mis indicaciones le habían resultado claras y útiles. Di por terminada la elongación y caminé un par de pasos hacia la esquina, pero desistí antes de llegar. Ya fue, me dije. Aparte, capaz que la sigo, se da cuenta, y, temores de estos tiempos, flashea cualquiera. Mejor no.
Volví sobre mis pasos y di una vuelta más a la plaza, caminando. Uno de los borrachines nocturnos me vio pasar mientras salía del lugar reparado donde había hecho pis y me dijo "seis vueltas, ¿no?". "¡Dieciséis!", le respondí con una satisfacción que borró la frustración por el tiempo y por no haber podido sacarle una vuelta a la cincuentona que no falla ni una de las noches de los días hábiles y corre casi una hora. Terminé de rodear la plaza, con sus rejas ya cerradas, pero con bastante gente en su interior (?), y, en vez de irme a casa, doblé de nuevo, agarré la cortada y fui a ver si la chica había llegado a destino.
De lejos, entre los árboles frondosos y los autos estacionados, creí verla, justo en la esquina, no a diez o quince metros, donde se supone que para el bondi. Más cerca, con la vista más franca, reparé inevitablemente en un nene sentado en el umbral del almacén, tirándose al piso, como jugando, y luego vi a la chica esta y a otra mujer, que debería ser la madre del niño. Junto al kiosco que no acepta monedas de diez centavos, cerrado pero iluminado, había un par de personas más.
Entonces noté que no me había quedado claro el recuerdo de su cara ni el de ninguna característica física o de su ropa, a la que apenas recuerdo en colores oscuros, negra o azul. Como si todo el tiempo que hablamos yo hubiera buscado con la mirada los lugares a los que hacía referencia en mi explicación en vez de mirarla concretamente algunos segundos, los suficientes para hacer un contacto visual que imprimiera en mi memoria. Eso, sumado a la lejanía y la oscuridad, me hizo dudar en un principio, pero ya en la esquina, sin cruzar, y luego cruzando para el otro lado, quedando en diagonal, me convencí de que era ella.
Miré unos segundos más. Pensé en pasar a su lado, confirmar plenamente mi convicción mirándole las zapatillas oscuras con vivos blancos –lo único que en ese momento podía identificar de su apariencia– o recibiendo alguna palabra suya y, si había chance, mentirle que estaba yendo a casa. Pero deseché la idea. Ya fue, me dije nuevamente. Y me volví con el silencio de la noche alrededor. Y con el de la incomunicación en la sangre. El primero duró hasta que pasé por la casa de la otra cuadra, donde parece que había una reunión o una fiesta, y el hip hop, el rap o no sé qué mierda sonaban muy fuerte. Se oía intensa la música desde la vereda de enfrente mientras yo pensaba cómo sería tener que convivir con vecinos así.
Crucé la calle justo enfrente de casa y, al asomarme para ver si venía un auto, vi al colectivo saliendo de esa parada. Me quedé en la vereda, elegí el lugar más iluminado y cuando pasó miré hacia su interior, a ver si la reconocía, a ver si ella miraba por la ventanilla y me reconocía. No sucedió. Justo detrás venía otro bondi, y mantuve la mirada, y la posición, y la expectativa, pero lo único que recuerdo de este fue su puerta central con vidrios polarizados.
Unos minutos después, en la ducha, se me ocurrió escribirlo acá, para publicarlo quién sabe cuándo; en un momento en el que, de otro modo, solo serían recuerdos borrosos, un pasado perdido. Tal vez sea un intento de estirar esa comunicación, la de una voz amena dirigiéndose a mí con naturalidad, un intercambio cuya transcripción requeriría más de seis guiones de diálogo, la certeza de haber sido útil, el bonus de cazar en el aire su duda extra y resolverla. O el de tentar aquí la posibilidad de otra comunicación, la cual se revela cada vez más y más improbable.
En esa conjunción módica de tiempo y espacio fui una persona sin marcas relevantes de freakez, dentro del mundo, pudiendo interactuar fluida y favorablemente con alguien que también está allí, "moviéndome en el medio de la sociedad en general y moviendo por mi parte ese medio mismo". De tanto mirarla o de tan intensa impresión que me dejó, terminó haciéndome ver de forma inevitable su reverso: que algo así solo puede suceder a raíz de una cuestión muy específica, en un lugar muy acotado (en otro barrio no podría haber pasado, por ejemplo), y que inexorablemente será igual de fugaz porque no tengo nafta para más. Y aun cuando se den estas condiciones, será necesaria, además, la alineación de otros mil azares para que ocurra esa intersección.

Allá por el 87

Allá por el 87, nuestras biblias eran negras, redondas e inconseguibles. Fuimos la encarnación de copistas medievales multiplicándolas en casetes condenados a terminar sus días –pronto– como guedejas de cinta atascada. No parábamos hasta que el soplido de la cinta y la fricción notable de la púa eran la mayor parte del ruido informe que devolvían los parlantes del doble casetera.
Nos esculpía el aire desplazado por esos sonidos y lo que creíamos ser escuchándolos.
Después, los TDK de sesenta se volvieron accesibles. Vinieron los compacts, con su promesa de perfección y eternidad, y las disquerías. Cuando Tower abrió la sucursal de Florida ya había pasado el furor. La acumulación comenzaba a revelar sus límites. El don no se transmite por ósmosis.
Tres o cuatro miles de dólares cubiertos de polvo me miran desde el mueble, a dos metros de mi cabeza. Saben que, si están en condiciones, su destino será Mercado Libre.

El mundo según los milenials

Hay unos chabones, unos artistas jóvenes, sub 30 seguramente (o sub 32, el tiempo pasa), no podría decir nada de ellos, salvo su nombre artístico, Pool & Marianela. Es probable que sean unos Mondongo wannabe, pero quien dice eso es apenas mi intuición.
La cosa es que estos pibes realizan una muestra, instalación, performance, no sé qué, y a raíz de eso les hacen una entrevista en un diario. La nota, ya en el primer párrafo, menciona que el día del estreno, "como festejo, hubo sushi, pero también choripán". Para el tal Pool, "son los dos símbolos de la Argentina, casi antónimos: el choripán siempre se comprendió como Perón y el sushi, como Menem".
El dato erróneo es lo primero que resalta, y notar su reproducción incuestionada por parte del periodista complaciente es lo segundo… Me da un poco de vergüenza señalar esto, casi la misma que me da señalar un error de ortografía, porque nunca falta quien lo minimiza y se enoja y dice "¿nueve por seis?, cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, es lo mismo, nazi grammar de las maths, lo importante es lo que se quiere decir" (?).
Así que todo bien, pero el sushi fue la característica de la Alianza, no del menemismo, el cual sucumbía a las delicias de la pizza con champán. Todo bien, pero la identificación del choripán no es tanto con Perón, sino con el peronismo, con las movilizaciones a cambio de un tentempié. Todo bien, pero no me parece que sea "desde siempre", sino que esa contraprestación resaltó mucho más en estos últimos ¿doce?, ¿quince? años. Todo bien, pero hay una distinción sustancial entre quien come esa comida emblemática y es parte del ejercicio del poder y quien la come como espectador, arriado hasta una plaza, bebiendo ya no Coca Cola, sino, apenas, Manaos. Todo bien, pero postular cosas tan contemporáneas como símbolos de la Argentina casi equivale a decir que el país comenzó hace veinte, treinta o, como mucho, cincuenta años.
Igual, puede ser solo una mala comprensión del cool Pool, un entrecruzamiento de recuerdos o de conceptos. Más de conceptos que de recuerdos, habida cuenta de que cuando Diego recibió de Enrique, la pisó entre dos y encaró hacia la leyenda, este pibe no había nacido, o casi. Aunque, pienso, si partió de ese error para su obra, ¿será que toda su obra está mal? Mirá si se entera y dice "qué cagada". Mirá si rompe todo (?).
El tema central, de todas maneras, no es ese, sino la reconstrucción de los hechos que llevan a cabo las nuevas generaciones. No sé cuán extendida está esta confusión, si solo le pasa a Pool o también a más gente. Recuerdo, sin proponérmelo demasiado, otras similares: la palabra hiperinflación como sinónimo de Alfonsín, pero nunca de Menem y el plan Bonex; la igualación entre corralito y corralón y el silencio sobre la desaparición de los cacerolazos cuando asumió Duhalde, sobre la pesificación asimétrica y sobre las compensaciones a los bancos; la represión a las organizaciones armadas de izquierda comenzando con militares como marcianos bajando estilo Independence Day el 24 de marzo (nunca antes); a los revisionistas de la historia reciente extendiendo el inicio de esa represión hasta la época malvada de Isabel y López Rega, pero dejando siempre a salvo a Perón; o a los incomprensibles sub 30 o sub 32 que reivindican al peronismo y a Perón por izquierda, pese a que él fue quien promovió a Villar y a Margaride, mandó secuestrar a Ana Guzzetti e inauguró el uso de la palabra "exterminar" referida a la guerrilla de izquierda.
Veo a los hinchas de River aplaudiendo más a Ponzio o a Cavenaghi que a Francescoli, leo el epígrafe de una foto de Messi, Suárez y Neymar en la fiesta del casamiento reciente que dice "la mejor delantera de la historia"… Di Stéfano, Puskas, Gullit, Van Basten, Kopa y Fontaine no existieron: el fútbol, como la historia, ha comenzado con los milenials.
Recuerdo, por fin, cuando en unos años el futuro San Francisco de Buenos Aires muera sin haber regresado a su patria y desde ese mismo momento los militantes del nacionalismo socialcristiano (a.k.a., peronismo) comparen su muerte con la de San Martín y culpen a la dictadura de Macri de que no haya podido volver.

Mala mía

Me voy a hacer una remera que diga "mala mía" y la voy a usar la próxima vez que te vea. Ah, ¿que es demasiado probable que no nos veamos más? Bueno, la voy a hacer igual porque seguro que la voy a necesitar más adelante, con gente a la que aún ni conocí.
Va a decir "mala mía" grande en el pecho y abajo, en un costado, en letra chica, algo así como "todo puede tener su explicación, pero intentarla sería tedioso, intrincado o probablemente te chuparía un huevo". Si no se carga mucho de texto, agregaría que no pediré disculpas, pero que lo lamento y que este error no se repetirá. (Mi contumacia creará otros errores, pero este ya no).
(…)
Como este error parece haber pasado inadvertido, como tal vez no haya sido más que una sospecha –que espero se haya disuelto–, disuelvo yo también la versión pública de mi mea culpa.
Aunque las palabras que escribí las guardo en borrador, no sea cosa que las necesite otra vez. (Espero que no). Y para no olvidarme.

domingo, 28 de mayo de 2017

Sus uñas espinas

Las vi salir del telo justo cuando mi campo visual comenzó a abarcar la esquina donde está la entrada. Dudaron unos segundos sobre qué dirección tomar, señalaron un par de puntos cardinales y finalmente decidieron cruzar y caminar por la calle donde yo debía doblar.
Caminamos cuatro cuadras a la misma velocidad. La mayor parte del tiempo, fui detrás de ellas, pero un par de veces cambié el ritmo y las superé para evitar la incomodidad que puede surgir cuando alguien camina detrás tuyo mucho tiempo.
Durante ese trayecto no tuvieron solo un gesto afectuoso: ni un beso, ni una agarrada de manos, ni siquiera una mirada larga en algún semáforo. Cualquier SJW podría suponer que se trataba de una forma de evitar posibles miradas inquisidoras u otras formas de violencia, simbólica o no. Pero no sólo era ausencia de gestos.
En cuatro cuadras por una calle silenciosa, a la distancia cercana que me dejaba oír parte de su conversación, no hubo una palabra que evocara el momento que acababan de vivir. Ni un "te quiero" o un "cómo me gustás", ni un comentario sobre algún hecho específico del turno compartido o una referencia a las características organolépticas de sus fluidos. Ni la tocada de codo o el vocativo "amor" que se dedicaron las chicas que paseaban su perro (con collar de color arco iris) en la plaza cercana la otra noche.
Una de ellas, la más locuaz, hablaba de su viaje a Uruguay y de cómo un pibe las siguió a ella y a otra amiga unas cuadras cuando iban a sacar el pasaje. Usó las palabras "chabón", "chorear" y "turbio", y dijo que las seguía "como un perrito". Agregó que en un momento el fulano, ante la negativa de ellas a no sé qué propuesta, dijo "estas feministas…", lo que terminó de sellar su suerte tanto en aquel momento como ahora, cuando la otra chica no pudo creer que hubiera dicho eso y bufó una mezcla de asombro y fastidio.
En la última cuadra antes de que yo doblara hacia un lado y ellas, hacia el otro, la chica locuaz siguió refiriendo su más terrena cotidianidad: habló algo de la facultad, de que ayer había ido a percusión, tal vez algo de una reunión… No más.
Su look tampoco permitía inferir nada: ninguna de las dos tenía ese lenguaje corporal de las superchongas, que me saca una sonrisa cuando las veo repetir estereotipos masculinos, ni el corte de pelo o la camisa a cuadros de una tomboy. Dos chicas comunes, in the middle of their twenties, vestidas como cualquier chica que va a Sociales, ponele; sin las sienes rapadas ni expansores en los lóbulos de las orejas. Lo más llamativo eran el jean verde musgo y las botitas un poco sucias de una de ellas y, sobre todo, la tremenda pronación de su pisada.
Nadie que las hubiera visto por la calle podría imaginar su relación. Y yo, que las vi salir del telo, podría haber pensado, finalmente, que eran dos empleadas del lugar, que salían una vez cumplido su horario de trabajo, aunque era claro que no tenían el physique du rol de una trabajadora de la limpieza. Ahora se me ocurre que podría haber flasheado que eran dos chicas universitarias haciendo algún trabajo práctico sobre los hoteles alojamiento.
Sin embargo, lo primero que vi cuando las tuve cerca, cuando me ganaron la cuerda de la vereda y comenzamos a compartir por cuatro cuadras una tarde de Congreso, fue tan inequívoco como encadilante. El rectángulo de piel enmarcado por los breteles del top negro, superpuestos sobre los del corpiño de la chica más locuaz, presentaba, justo en el medio, entre ambos omóplatos, un manojo de surcos, rojos y frescos, del ancho de un puño pequeño, del largo de unos dedos semiextendidos, el signo vital más intenso y cercano que se me reveló en mucho tiempo.

Soundtracks (No tengo MP3 ni Spotify ni nada)

Entonces, como siempre, la música está en el aire, en la cabeza, en el azar.
Woman in love, por Barbra Streissand, en el 53, una noche, volviendo del colegio, en el semáforo de las torres –que todavía no estaban–, en el estéreo del bondi-driver. Hace más de una vida de eso.
Rock'n roll nigger, de Patti Smith, en mi piel, cada vez que la realidad me recuerda lo outside que estoy. Es decir, muy seguido.
A veces estoy cansado, de Moris, en el minicomponente del ciego que fuma y fuma sentado en la medianoche de Indep y Sáenz Peña, mientras tapiza de colillas la vereda y apuran sus panchos los comensales del chiringuito contiguo. (Desde la vereda de enfrente la intuí entre el tránsito. Esperé un semáforo para que los autos y los micros cesaran su ruido o para cruzar, y cuando lo hice ya había terminado la canción, e iba por otra: recordé una frase, la googleé y ¡era la que viene después en ese disco!).
Semen up, escrito por la tribu de la calle Carlos Calvo en la pared de la casa colectiva que está cerca de Pozos, las mil veces que pasé por ahí para ir a trabajar, al colegio, o, años antes, a Cemento, a ver a Patricio Rey.
Trátame suavemente, la versión de Soda, en la radio que sonaba en un octavo piso, octavo efe de foca, con Yamila, antes de que me dijera "Yamila me llamo". Nos tratamos suavemente esa tarde, esa hora, con Lapegüe de fondo, con una empatía profesional que subió un nivel cuando lo dijo, en la inminencia de la despedida, y me dejó con ganas de más, de verla una vez más. Mientras ella tenía la boca ocupada, yo tomaba nota mental de la canción pensando en este post. Después tomé su leche.
Las dos que están pegadas en el disco de Los Pillos, Descansa y Baila para mí, en Ballester, a la altura del puente, en esa cuadra donde la señal de la radio cercana se sobreponía al agujero negro que la anulaba tan cerca de la antena, aunque se escuchara bien bastante más lejos.
Tres de Sué Mon Mont. Besos, La misma miel y Diferencias. Las tres, una atrás de otra, cantándolas, de golpe, sin saber por qué, la otra tarde en Da Knoll, San Martín entre Mosconi y la ruta. Hasta que, al doblar la esquina, me di cuenta de por qué. De por qué en ese lugar. (Esas tres, pero no Lejos. Aún no).

La (plaza) internacional

El Rodrigo de epoxi custodia la vereda vestido de boxeador. Mira sin ver a unos judíos que pendulan como involcables en trance en la única ventana iluminada del edificio ese.
Bajo hasta la altura del semáforo, el verde lleva a la plaza donde se oyen voces de al menos cinco países diferentes. Yo busco palabras para salir de acá. Las que tengo son siempre las mismas porque llevo meses sin intercambiarlas con nadie, las que tengo solidifican el rechazo en los pocos espacios donde puedo: dejo un comentario en un blog por cierto texto me gusta mucho y allí mismo me agradecen. So, dejo un link con mis palabras referidas a lo que narra el autor. El silencio elocuente que recibo me pone en mi lugar. Así en la calle como en el blog, mejor evitar el ulterior contacto conmigo. (Tomo nota, licenciado, de no molest… comentarte más). En otro lado, un prestigioso publica un poema de una chica que habla de la locomotora del subte. Pero a ese poema no le falta trabajo.
Es inevitable el refugio en las drogas berretas. No las de los nenitos de once o doce que fuman porro en la plaza. Las que produce mi cabeza, donde amortigua la alfombra de los runners el sonido de tus tacos. Donde, una cuadra más allá, saco a colación al famoso narcotraficante mexicano y veo tu cara virando de la sorpresa a la risa cuando lo nombro para preguntarte si te chapo o no te chapo.

El vende humo Darío Sztajnszrajber

Ya nos hemos referido aquí al autodenominado docente de filosofía (?) Darío Sztajnszrajber. Fue en ocasión de una de las tantas masacres cometidas por Israel en Palestina, cuando el diario Clarín publicó dos columnas de opinión que en teoría buscaban presentar dos campanas. Curiosamente, o no, ambas eran tañidas por judíos proisraelíes. Por un lado, un halcón que justificaba las operaciones del ejército ocupante y apenas podía disimular su antisemitismo (versión antiárabe) y su islamofobia. Por el otro, este muchacho, que supuestamente estaba allí para dar la visión humanista y comprensiva, pero que mostraba la hilacha cuando equiparaba los muertos a manos israelíes con los muertos provocados por cada cohete palestino sin decir que la relación suele ser de cien a uno. O cuando omitía en toda su parrafada emocional la palabra "ocupación".
En estos años desarrolló una ascendente carrera mediática que tuvo como base su programa de canal Encuentro, lógica recompensa para un militante kirchnerista, y, como esos profesionales cuyo histrionismo revela una frustrada vocación actoral (Guido Süller, Mauricio D'Alessandro), ganó un lugar en las agendas de los productores: en este caso, en la letra efe de filósofo. Así llegó como invitado a varios programas de radio y televisión y como columnista a ¡TyC! y FM Metro.
Al paso, construyó un nicho de mercado desde donde amplió el espectro, tratando de abarcar todos los rubros, es decir, de no dejar ubre sin ordeñar. Desembarcó en los escenarios ofreciendo un espectáculo, en el que orilla el standup filosófico o algo así, para el que hay que sacar entrada por Ticketek: un currito familiar que comparte con su esposa. También gira por el país, dando charlas, algunas de ellas compartidas con el historiador oficialista Felipe Pigna. Y, aunque mi googleada no llegó a tanto, seguro que publicó varios libros sobre su tema.
Una deliberada intención de mostrarse participante de lo popular, para contrastar con la burbuja elitista y alejada de lo cotidiano que sería propia de su actividad, lo lleva a manifestarse futbolero, hincha de Estudiantes y defensor del bilardismo, que, según él, "democratiza" el fútbol. Tanto, quizá, como la corrupción democratiza la política.
La web me topa con esta declaración suya: "Hago público mi apoyo al modelo de país que se inauguró con los gobiernos kirchneristas". O sea: estamos ante un filósofo para quien existe algo llamado modelo de país y para quien el kirchnerismo encarna algo así. Tengo ganas de dejar el post acá…
Bueno, en honor al trabajo que ya me tomé, sigo (?).
Esta vez lo cruzo en el zapping, como invitado en el programa que Laura Oliva tiene en Canal de la Ciudad (???), hablando sobre la ansiedad, la angustia existencial y cosas por el estilo. En un momento, viendo hacia dónde quería llevar el diálogo su interlocutora, el tipo se ataja y tiene la prudencia de decir: "Yo no tengo idea sobre cómo la psiquiatría o la psicología tratan el tema [de la ansiedad]".
Darío chamuya, con la cadencia rabínica de su hablar, en un estilo que intercala una palabra culta especializada con otra muy coloquial. Esas palabras y su look estratégicamente desaliñado le permiten acortar la distancia entre la filosofía y nuestras ordinarias existencias de espectadores, parece. De pronto, manda una fruta tan grande que me hace pegar un grito en el sillón. Dice, en pretendido alarde de erudición, que las palabras estúpido y estudio tienen la misma etimología.
Callate, payaso berreta, digo, o pienso, mientras busco con la mirada el estante de la biblioteca donde reposan los cuatro tomos, verdes y gordos, del Corominas, como si ese solo vistazo confirmara mi certeza puramente intuitiva de que el chabón está batiendo cualquiera.
Otro día engancho una repetición del programa, que me refresca el hecho, y finalmente busco a ver si está el video en Youtube. Lo encuentro, y, con la cita textual al alcance de la mano, o de los oídos, me ensucio los dedos con el polvo que se acumula en los muebles de este living para fijarme.
Tenía razón yo.
(Como las cosas en la web no son eternas, transcribo el diálogo).

D.S.: Si uno está todo el tiempo cuestionándose todo, se vuelve como medio estupefacto. Queda medio idiota porque no podés dar un paso.
L.O.: No, es imposible. Es imposible.
D.S.: Ahora: yo le temo más al que no se pregunta nada veinticuatro horas por día porque también se vuelve idiota, pero de otra manera. Es una competencia entre idiotas.
L.O.: La vida… qué lindo… Ese es un lindo titular: la humanidad es una competencia entre idiotas.
D.S.: El idiota que queda así como… La palabra "estupefacto" tiene en su raíz la idea de estudio. Ese estupefacto, estúpido, tiene la misma raíz que estudio. Mirá qué loco. El que estudia demasiado, el que piensa demasiado, queda estupidizado, porque el sentido común, hegemónico, generalizado, no necesita gente que esté cuestionándose todo. Necesita gente que reproduzca lo que hay, que… este… no esté todo el tiempo yendo a fondo…
L.O.: Analizando…
D.S.: … sino que sus prácticas sean constantes.

En el tomo II (pp. 456 y ss.), Corominas dice que estudio deriva del latín studium, 'aplicación, celo, ardor, diligencia' y que la primera documentación corresponde a Gonzalo de Berceo. Sus derivados son estudiar, estudiante, estudiador, estudiantil, estudiantina, estudiantino, estudiantón, estudiantuelo, estudioso y estudiosidad.
En cambio, de estúpido dice que fue tomada del latín stupide 'aturdido, estupefacto', 'estúpido', derivado de stupere 'estar aturdido', y documentada por vez primera en 1691 por Martínez de la Parra. Cita al diccionario de autoridades (1732), que afirma que es "voz latina y de poco uso", y continúa con consideraciones que no vienen a cuento, hasta que enumera sus derivados: estupidez, estupor y estupendo. Luego, refiere los compuestos estupefacción, estupefactivo, estupefacto y estupefaciente.
La comprobación del dato confirma mi intuición previa sobre la truchez de este muñeco, vislumbrada en la pátina sospechosa que trasluce su puesta en escena. Si para darle cuerpo a tu opinión ¡en un programa de cable! necesitás chapear con palabras ajenas quizá sea porque no les tenés mucha confianza a las tuyas. Si para decirnos que usás remeras rockeras como nosotros, pero que no sos igual a nosotros, necesitás exhibir tu saber compulsivamente y, encima, fraguándolo; es decir, si necesitás embaucar a tus espectadores, no sos ni un Paenza de la filosofía. Sos casi un Bucay.
Descubierta una falla, es imposible no dudar del rigor que tendrán todas sus otras afirmaciones. Todo lo que diga sonará a ruido, todo lo que escriba se verá borroso y desenfocado. Seguramente, por el humo con cuya venta se gana la vida.

sábado, 22 de abril de 2017

Dos poemas runners de Alexi Pappas (y uno que no)

Leave It There
Tengo la mala costumbre
de guardar cosas
mucho más de
lo que debería.

Viejos recibos, tarjetas de cumpleaños
de mi ortodoncista,
blocs que me llevé de los hoteles para
mi oficina inexistente.

Pero yo sé
que hay un momento,
–al final de la carrera,
cuando se ve la cinta de llegada–,

en el que hay que
sacar todo.

Lo prometo.


Seis el kilómetro, ponele, en un buen día
Como corro sin música, sola y de noche,
el sonido que me acompaña es
el de mis pasos.
El piso te agarra y te suelta en
las proporciones exactas,
el aire entra y sale
del cuerpo con la fluidez de un óvalo
cuando alcanzás la velocidad de crucero,
y la suela contra el suelo es un metrónomo que
te acerca al trance.
El viaje sería perfecto si pudiera
correr con los ojos cerrados,
envuelta en la brisa dulce que descuelga
las primeras hojas del otoño.
Por el medio de una calle
toda para mí,
abriendo los ojos apenas medio instante,
cada diez o doce pasos,
para actualizar mi GPS vestibular
y volver a cerrarlos.
O llevándolos abiertos sin que importe demasiado.
Corriendo en línea recta hacia no sé dónde
sin tener que preocuparme por cómo volver.


Breaking Tape
Sucedió
como imagino
que se sentiría
abrir de golpe grandes puertas de dos hojas

del tipo
de una mansión
o una casa de muñecas.

Me veía
quizá

como una princesa muy fuerte
acometiendo a través de la entrada

hacia el castillo
que construí para mí.