martes, 30 de junio de 2009

Pato criollo

Es preocupante la renguera del pato que debería seguir caminando por dos años y medio. Más preocupante es el reguero diarreico que deja a cada paso, el cual, si no se corta pronto, lo va a terminar de deshidratar.
La desconexión de la realidad que la presidenta mostró ayer en la conferencia de prensa tal vez pueda llamarse autismo, o, tal vez, helicopterismo. Estamos en un punto en que ninguno de sus argumentos resulta plausible. Más bien, suenan como un ruido que ya no quiere oírse y que puede dejarla hablando sola.
La defensa del Indec, la falta de respuestas por la gripe A, la interpretación rebuscada –cuando no falaz– de los resultados electorales, más propia del programa “Seis siete ocho” que de un político profesional, la contumacia que la lleva a descartar cambios evidencian un deterioro difícilmente remediable de su capacidad de comprender los hechos.
Su aspecto me llamaba la atención tanto como sus palabras. Las cámaras de los distintos canales enfocaban desde diferentes ángulos sus mejillas como derretidas y su máscara de guiñol a punto de resquebrajarse, de partirse y caer por el exceso de revoque. Y era impresionante lo lejos que quedó la milf más o menos apetecible de una década atrás.
Por lo demás, Agulla lo hizo. De nuevo. Y Tinelli, también.

Agotamiento

Ya hace siete meses que me diagnosticaron un agotamiento psicofísico. La situación venía de antes, al menos de un año antes, pero recién entonces encontré un médico en el que resonaran los síntomas que yo refería de manera que él pudiera decir algo que resonara en mí como pertinente y atendible.
Ese fin de semana se mudó la vieja supersticiosa que interfería sonora y energéticamente mi vida junto con su perro y su séquito esperpéntico. No obstante, la mañana de ese sábado me volví a despertar diez veces, y volví a perder otro día de mi vida, ahora por la mudanza de los vecinos nuevos. Fue sólo el comienzo de otra interminable serie de despertares sobresaltados. Porque, de acuerdo, joden menos que los otros, pero joden lo suficiente para cagarme el sueño y, por ende, los días, uno tras otro. En especial, los fines de semana.
Durante un mes expuse mis nalgas a los pinchazos nootrópicos que prescribió el médico, y no sentí que ese módico martirio mejorara mi estado. Una mirada atrás podría hacerme cambiar de opinión. En ese tiempo podía tratar de mejorar mi estado físico yendo a correr a la plaza un par de veces por semana, e incluso un día me sentí lo suficientemente bien como para coger. Todo eso quedó tan lejano que hasta se me venció el Bifort…
De todas formas, tampoco sé si ese sentirme mejor en diciembre que ahora se debía al Complegel o a que tenía seis meses menos de baqueta encima. Y la exigua esperanza de que las cosas cambiarían con los vecinos nuevos, de que serían tan poco molestos como los que casi imperceptiblemente vivieron sobre mi cabeza, sin obstaculizar mi vida, durante 15 años.
Desde entonces, siempre pasó algo que me impidió vivir como quiero más de tres días seguidos. Desde entonces, estoy como los gordos que se prometen empezar una dieta. En marzo los hijos de los vecinos vuelven al colegio, van a estar menos en casa, y ahí arrancamos. El domingo se van los chicos de arriba, y arrancamos de nuevo. La semana que viene reacomodo mis horarios más o menos parejos con los de ellos, y esta vez sí arrancamos.
Pero todo plan se frustra. Los chicos no van al colegio por la gripe. Demuelen en la casa de al lado. Los adultos no van a laburar. Me enfermo (dos veces). En el piso de arriba contratan una mucama ruidosa. Se suceden los feriados. Me duele un brazo, un huevo, un ovario; hago pis 15 veces, Carla Conte decide parir en su departamento. Los de al lado están de fiesta un domingo a la noche. En un balcón hacen unos arreglos con un taladro. En otro hablan por teléfono en voz muy alta. Los de arriba caminan fuerte, garchan, discuten, se reconcilian, él arroja el bolso al suelo cuando vuelve de entrenar a las once de la noche, ella invita a sus amigas y se quedan hasta las cinco de la mañana (y al día siguiente se levantan a las diez)… O se rompe el fixture, y los chicos de arriba vienen con su papá en días inesperados, o el quía vuelve temprano un día que no debería, o la camuca se queda más horas, o los otros chicos salen antes del colegio…
Y nunca arrancamos.
Llegué a un punto en el que no me compro más esa esperanza, esa espera de una fecha futura. Porque el futuro llegó –hace rato–, y estoy en el mismo lugar. Y no veo cómo cambiarlo.
No entro en guerra con los vecinos nuevos porque no puedo pelearme con todo el mundo, no sin arriesgar la mínima aprobación que obtuve durante la guerra anterior, no sin correr el riesgo de ser visto como un insoportable al que siempre le molesta algo. Y porque no veo cómo podría ganar esa guerra, porque ni siquiera encuentro un momento para declararla.
No es normal vivir así. No es normal ni sano. No lo es vivir el 80% de los días agotado, abombado, mal descansado, con la sangre negra y el pecho hundido. Sin coger, sin sentirme en condiciones de coger, por seis meses. Sin ser dueño de mi tiempo, de mi cuerpo, de mi cabeza… Porque el chabón este no está pendiente de mis horarios como yo tengo que estar pendiente de los suyos para tratar de evitar la mayor cantidad posible de despertadas.
Sin poder juntar la energía que necesito para afrontar las titánicas tareas que tengo por delante, más bien consumiendo mi cabeza y mi cuerpo, envejeciendo y viendo cómo se van los días (los meses) sin que dejarlos pasar sea una decisión, sin poder disfrutar las pelotudeces con que uno podría decidir llenarlos.
El agotamiento también llegó a mi cabeza en la parte que se vincula con este blog. Todo es blogueable, todo es objeto de blog si uno puede escribirlo, y sobre todo si puede escribirlo de modo que resuene en alguien. Pero no me sale nada. Tengo cien títulos y los pocos que puedo desarrollar no me conforman.
En este tiempo no me entretiene, no me libera. Más bien, me cuesta. Es como si (se) me hubiesen agotado las palabras, que nombran una letanía inmóvil y dolorosa. Tal vez necesite tiempo para reponerme después del vómito de la vez pasada. Pero flasheo con que no sean necesarias, con que no sea necesario explicar demasiado, con que se vea con fluidez y naturalidad el lado sano, y que así se vaya sanando el resto.
Igual, seguro que lo voy a seguir, como voy a seguir viviendo. Este caso muestra palmariamente que sigue sirviendo para decir cosas que de otro modo sería más engorroso, si no imposible.
Tómenlo sólo como una advertencia por la probable disminución de la calidad de lo escrito…

Barely legal (She was 18)

Cansada del estruendo mágico de las vocales
Cansada de inquirir con los ojos elevados
Cansada de la espera del yo de paso
Cansada de aquel amor que no sucedió
Cansada de mis pies que sólo saben caminar
Cansada de la insidiosa fuga de preguntas
Cansada de dormir y de no poder mirarme
Cansada de abrir la boca y beber el viento
Cansada de sostener las mismas vísceras
Cansada del mar indiferente a mis angustias
¡Cansada de Dios! ¡Cansada de Dios!
Cansada por fin de las muertes de turno
a la espera de la hermana mayor
la otra la gran muerte
dulce morada para tanto cansancio.


(La verdad, no sé si la autora tenía 18 años cuando escribió este poema. Como mucho tenía 20, pero si lo escribió a los 18, además de permitir el título centón, da pie para flashear que soportó ese cansancio exactamente la segunda mitad de su vida. Igual, es lo de menos: a los 18 o a los 20, impresionan su temprana fatiga y su anhelante contundencia a la hora de expresarla).

La mujer le había ganado un juicio al sindicato

El tipo estacionó el auto y esperó.
La mujer, finalmente, abrió la puerta de su casa.
El tipo tomó el arma y abrió apenas la puerta del auto.
La mujer caminó hasta el portón de la calle.
El tipo abrió la puerta y bajó del auto.
La mujer cerró con llave y no caminó más de dos metros.
El tipo tampoco había caminado mucho más cuando la enfrentó y disparó.
La mujer cayó con un grito que se apagó rápidamente.
El tipo ya se había subido al auto y se había ido.

No tengo mp3. Y entonces escucho discos.

Sí, discos. Discos compactos, cedés, cidís. Compacts.
Esos objetos tan noventosos, tan obsoletos.
Caídos en desuso.
(Con los graves recortados, sí; ¡pero sin compresión!).
De algunos me gustan, no te digo todas, pero casi casi todas las canciones.
Machinehead, de Deep Purple.
Getting ready, de Freddie King.
Magic and loss, de Lou Reed.
Alive she cried, de los Doors.
El baión, de los Reedooó…
Heart attack and wine, de Tom Waits.
Back in black, de AC/DC.
From the cradle, de Clapton.
Y, sí, Patria o muerte, de Don Cornelio.
En cambio, de otros me gusta solo una, como del de Alannah Myles que tiene “Black velvet”, o del de los Dire Straits que tiene la inmarcesible “Sultans of swing”.
Entonces pongo la función “repeat 1”, y las escucho cinco veces seguidas.
Y no me canso de escucharlas.

Father’s Day

Llevaba bastante tiempo sin caminar por Caballito y por Flores un sábado al atardecer. Me impresionó la cantidad de gente, la energía que había en el aire, completamente atravesada por el dinero. La multitud tal vez se debiera a la inminencia del Día del Padre, o al subte, que revitalizó la zona. Pero era un bardo. Chicos, bolsas, adultos, vidrieras, giros a la izquierda en la avenida, celulares omnipresentes, iluminaciones estupefacientes. Y mil negocios tratando de ser atractivos, de provocar con su exhibición tan artificial y previsible como la de una puta cansada.
Todo el movimiento estaba signado por la guita. Aun los que no estaban comprando, o procurando vender –los que veía en un café, en un ciber o subiendo al bondi–, estaban marcados por el consumo. Todo era plata, cada acción refería a un gasto. Y un gasto grande, mucho mayor del que yo aceptaría hacer. Igual, no soy parámetro. Caminé como 100 cuadras esa tarde –me obligué a caminarlas, pese al cansancio, porque llevaba días sin salir de casa, y la tarde destemplada aunque no muy fría invitaba–, 100 cuadras y no gasté ni un centavo.
En José María Moreno, cerca de Rivadavia, el local de Cacharel anunciaba en la vidriera un “20% off” en su “sale” por el “Father’s Day”. Mientras esquivaba peatones, manteros, autos, sillas y mesas, pensaba en que podrían crear el “Stepfather’s Day” para actualizar socio-ideológico-demográficamente esa desbordante vocación consumista. Hasta tendrían una justificación valedera para su anglofilia, porque “Día del Padrastro” o “Día del marido de mamá” no suena comercial.
Después me crucé con un nenito que llevaba una bolsa con la inscripción “cariñómetro”. Y volví a detestar estos días de mierda, que, además de ser una fucking mierda consumista, te meten el dedo en la herida. Aquellxs a lxs que se les murió el viejo, aquellos a los que se les murió unx hijx, lxs que fueron maltratadxs, lxs que no lo conocieron, lxs que fueron violadxs, lxs que están distanciadxs, lxs que lo tienen enfermo y por ahí es el último Día del Padre, lxs que no tienen plata para comprar, lxs que no participan de esa lógica... Digo, somos muchxs.
Porque, okey, no soy parámetro para la guita, ni tampoco, quizá, para otras celebraciones. Es más, entre las cosas que no soporto están las celebraciones institucionalizadas. Pero en estos casos no sólo no soy el único, sino que creo que ni siquiera soy de la minoría. Claro que pasa como en las vacaciones: se notan los que viajan, no los que se quedan acá…
Esa actualización que no ha llegado al nombre de la celebración –hasta que a algún creativo se le ocurra un eslogan cool– se ha dado de hecho en la sociedad. El padre ya no es necesariamente el “jefe de familia”; en efecto: cada vez más personas no responden a la caracterización de familia estandarizada y estereotípica, idea cuya hegemonía se deshilacha y se torna insostenible.
Entonces vi que la excusa para esa vibrante masividad consumista que había en la calle no es ya la celebración del padre en cuanto integrante de una familia. Se trata de un elogio de la procreación, de un recordatorio de la necesidad del engendramiento que busca asegurar la reproducción de consumidores (hasta un niño pobre consume pañales) y la producción de integrantes de la Reserva de desocupados sobre la que se sostiene el capitalismo.

Nieve

La otra vez encontré un diario del día de la nevada.
Yo estaba durmiendo con un horario indio para que no me costara tanto levantarme temprano para ir al psicólogo, y me fui a dormir tipo cuatro de la tarde.
Y mientras nevaba, yo dormía. (¿Lo interpretás vos, Lucho, o lo interpreto yo?)
Así, sigo sin haber visto (ni tocado) la nieve.

Nunca he podido arrancar su recuerdo de mi corazón


¡Cómo olvidarla!



¡Cómo olvidarla!

Una mierda

En su condición de director cinematográfico, Steven Spielberg ha realizado varias películas pasatistas de éxito multimillonario. Pasados los años, bien amasada su fortuna, incursionó en el cine “serio” con “La lista de Schindler”. En ese filme, que, como todos recordamos, trata sobre la historia de un empresario que salva a varios judíos de la persecución alemana empleándolos en su fábrica, hay una escena deplorable, que muestra la laya fecal del director.
Antes o después de que se muestren las duchas, y los trenes, y toda la simbología pertinente, Schindler y una mina cogen. Cogen en blanco y negro, hollywoodensemente estetizados. Se ven las tetas de la mina, el rítmico movimiento de las pelvis… Cogen hasta que los interrumpen, y el tipo no puede creer que le corten el chorro de esa forma. Entonces le explican el porqué de la importunidad: su contador, que es judío, va a ser llevado a un campo de concentración.
Schindler sale presuroso a salvar a su empleado, pero llega tarde. Los infortunados ya subieron al tren, e incluso este comienza a andar, y el contador no aparece. La música de suspenso refuerza la tensión, hasta que encuentran a ese judío entre otros judíos, y seguramente también entre no judíos, víctimas frecuentemente olvidadas del gobierno alemán a las que tampoco recuerda la dedicatoria del director al final de la película, y es rescatado.
Hace unos años, Spielberg insistió en esa forma de propaganda con su película “Múnich”, que no se estrenó en la Argentina. En ella cuenta su versión de los varios asesinatos cometidos por terroristas paraestatales israelíes en Europa y en Beirut como represalia por el secuestro de atletas de ese país a manos de un grupo palestino. La toma de rehenes ocurrió durante los Juegos Olímpicos de 1972 y concluyó con la muerte de todos ellos al fracasar torpemente el intento de liberación que emprendieron fuerzas de seguridad alemanas.
La película muestra la determinación que tomó la premier Golda Mierda, la selección del equipo de asesinos y los cuestionamientos que les surgen a estos, resaltando sus rasgos humanos, su paranoia, sus discusiones, y encontrando siempre una justificación, si no los asesinos, sí quienes los rodean. Estas se compendian en el parlamento de esa señora sobreviviente del Holocausto, que le dice a su hijo, el cabecilla del grupo: “Tuvimos que apoderarnos de esta tierra porque nadie nos la hubiese dado. No importan los sacrificios pasados o futuros. Por fin poseemos un lugar en la Tierra”.
Es decir, obtener la seguridad de que no volverán a pasar por la peor calamidad de la historia producida por el hombre –según nos dicen los incesantes medios– lo justifica todo. O casi todo. Al menos, justifica ampliamente los crímenes sionistas. No solo estos, sino la limpieza étnica del pueblo palestino y la ignominia que padece hace décadas. (Lo que Spielberg y su personaje sobreviviente no dicen es que desde antes de la guerra los sionistas estaban empeñados en echar a los palestinos de Palestina. Pero eso es una anécdota de la historia, no más).
Una escena, que no casualmente se repite dos veces, se encuentra dentro de lo esperable. Los terroristas de Estado sionistas ponen un explosivo en el teléfono de la casa de uno de sus objetivos, y uno de ellos llama a ese número para detonar la bomba con un control remoto. Pero atiende la hijita del palestino… Al notarlo, el terrorista que hacía de campana se echa un pique vertiginoso por las calles parisinas para impedir, en el último segundo, que sus compañeros aprieten el botón mortal. Eso ocurrirá cuando sea el dirigente exiliado quien atienda el teléfono.
La otra, según la leyenda, se ajusta a la verdad. Ocurrió en el Líbano en 1973, cuando un grupo de comandos israelíes desembarcó en Beirut para matar a varios líderes palestinos. Uno de ellos, Abu Youssef, fue asesinado en su habitación, junto con su esposa, que se interpuso vanamente entre su marido y los atacantes. Del cuarto contiguo llega el hijo de ambos, quien presencia la escena. En la película, un terrorista lo apunta, determinado a matar también al adolescente. Pero otro se lo impide… Y lo deja con esa escena siniestra en sus ojos, para siempre. Como hicieron los españoles con el hijo de Túpac Amaru, como hicieron los guerrilleros del ERP en Azul. Sin embargo, Spielberg no se detiene en eso, sino que se limita a mostrar la actuación del ejército más moral del mundo, que mata estrictamente a quien (decide que) debe matar.
La escena aborrecible, morbosa y repulsiva viene después. No sé si es un hecho verídico o una licencia hollywoodense. Una chica muy bonita seduce en el bar de un hotel al joven líder del equipo de asesinos. Este, flamante padre, la rechaza. Otro asesino, mayor que él, llega a la barra después de aquel, acepta el trago y la seducción, y la mina termina matándolo, de un modo que no se muestra.
La banda diezmada se pone un nuevo objetivo. Un informante les pasa el dato, y la localizan en Holanda. El previsible director muestra a los tres verdugos andando en bicicleta. Si fuese en Montevideo, seguramente tomarían mate. Irrumpen en la casa de la chica, que está con una bata multicolor, en su cama, leyendo. Primero ella se sorprende, luego se da cuenta de cómo viene la mano, y, como estamos en Hollywood, trata de seducirlos dejando caer uno de los lados de su bata, mostrando una teta. Una teta anacrónica, una teta siglo XXI en una película ambientada en los mediados de los 70. Procura manotear un revólver pequeño mientras pide que no la maten; se ofrece a trabajar para ellos, les dice que es buena y que lo saben.
El líder, impasible, con un arma de fuego que no parece tal, y que dispara a rosca, un tiro por vez, la ejecuta. El balazo entra debajo del cuello, junto a la articulación de la clavícula derecha. Uno de sus compañeros también procede, y su tiro entra en el pecho, arriba de la teta, pero no en ella, no sea cosa que no se vea.
La mina, en silencio y tambaleante, camina unos pasos, agarra a su gato y, al fin, se sienta en otra habitación. No sé cómo es morir, ni sé cómo es ser baleada, pero cuando El Hombre Invisible quiso acogotarme mientras dormía, tanto últimamente como hace unos años, me desperté revolviéndome sobre mí misma, sin aceptar pasivamente la falta de aire, y en algunos casos hasta recorrí buena parte de mi casa a los gritos (ahogados) tratando de recobrar la respiración.
Sentada, la chica se desangra, y el líder le pide a su compañero rezagado que dispare. Este obedece, pegándole el tiro en la frente. El cuerpo pierde la última tensión vital y se desploma de modo que su bata se abre, dejando ver las tetas, y también la concha, y la sangre cayendo desde el pecho hacia el vientre. El cabecilla cubre las partes pudendas de la chica, y el rematador vuelve a descubrirlas.
Spielberg no puede evitar que su esencia se manifieste, que Hollywood le salga por los poros. No puede evitarlo cuando recurre a la música de suspenso en los instantes previos al asesinato del traductor palestino. No puede evitarlo cuando muestra sexo a cuento de nada. No puede evitarlo cuando manipula la libido obscenamente, perversamente.
Hasta ahí llegó mi paciencia, y apagué el televisor rabiosa e indignada. No sólo exhibe de manera acrítica el terrorismo de Estado, y lo justifica de forma infame con personajes que han sobrevivido a los nazis, sino que recurre al morbo más profundo y patológico para perturbar al espectador, como si quisiera contagiarle su enfermedad, su miserabilidad. Y lo hace con la misma impunidad y la misma premeditación con que proceden los sicarios que retrata.
Entonces, no sé si mostró el asesinato del hermano del cantante de los Gipsy Kings, a quien confundieron con Alí Hassan Salameh, un lugarteniente de Arafat. Ni cómo debió presionar el gobierno israelí al noruego para que liberara a los asesinos, que habían sido capturados por la policía. Tampoco sé si la historia llega a 1992, cuando, también en París, asesinaron a un miembro de la inteligencia palestina, Atef Bseiso. Ni sé si refleja cómo el juez, que llevaba la causa en serio, recibió un apriete bigubernamental para que se dejara de joder.
No necesité ver si lo mostró, ni cómo, para confirmar que Steven Spielberg es un vendedor de mierda, y no sólo de la mierda ligera que entretiene prosaicamente por un rato, sino de la mefítica mierda propagandística sionista que construye por doquier un imaginario exculpatorio para el Estado carnicero de Israel.

viernes, 19 de junio de 2009

Sangre

Terminé de despegar las últimas virutas de remolacha que habían quedado adheridas al rallador, y, cuando saqué la mano de su interior, dijo: “¡Ay! ¡Qué asco! ¡Parece sangre eso!”.
Me resultó llamativo que le diera asco algo que parece sangre, pero que no le dé asco comer sangre, cadáveres sangrantes, eh… digo… carne jugosa.

Encuesta

La albahaca que compré venía envuelta en un diario viejo, el Clarín del domingo 22 de marzo. En una página libre de tierra y humedad se podían leer los datos de una encuesta de Management & Fit publicada con el título “Estrecha ventaja de Kirchner en la Provincia”. La volanta reforzaba la idea, agregando que “apenas le lleva 1,4 puntos de distancia a su perseguidor, Francisco De Narváez”.
En ese entonces no se habían definido las candidaturas ni las alianzas que competirán el 28 de junio. Por eso, Solá y De Narváez eran presentados como opciones separadas, lo mismo que Stolbizer y Alfonsín Jr. La pregunta era: “Si tuviera que elegir entre los candidatos, ¿a quién votaría usted?”, y las respuestas dieron los siguientes resultados: Kirchner, 19,9%; De Narváez, 18,5%; Stolbizer, 11,3%; Solá, 10,9%; Alfonsín Jr., 8,5%; Sabbatella, 4,2%; Ninguno, 6,1%; Otro, 1,8%; Ns/Nc, 18,8%.
Es decir que sumando los porcentajes de quienes se han aliado, De Narváez-Solá llegarían al 29,4% y Stolbizer-Alfonsín, al 19,8%.
A partir de los resultados coincidentes que arrojan las encuestas últimamente (salvo la que publicó La Nación…), se me ocurren algunas hipótesis: 1) que esta encuesta no refleje los hechos como se pretende; 2) que las últimas encuestas no reflejen los hechos como se pretende; 3) que la abrumadora mayoría de los que no sabían o no contestaban se haya volcado por el candidato oficialista; 4) que las alianzas no hayan tenido como consecuencia una suma automática de la intención de voto de ambos aliados, del mismo modo que comprar a dos delanteros que hacen 20 goles por temporada no garantiza que jugando juntos sumen 40; 4.1) no solo no hay una suma automática, sino que los votos que pierden no van a otra opción opositora y pasan al kirchnerismo.
Claro que si yo fuese la conductora, o uno de los ínclitos panelistas, de ese TVR de Canal 7 llamado “Seis siete ocho”, o alguno de sus productores, tendría otra hipótesis. Y la daría a conocer con su tono de maestros ciruela, hablando todo el tiempo del preocupante avance de la derecha –es decir, la oposición al gobierno, sea partidaria o no– y de cómo la favorecen los grandes multimedios. Y, como ellos, hablaría de la “derecha”, pero sin usar jamás la palabra “izquierda”, y desdeñaría la expresión “la reacción” por demasiado teórica.
(Y si fuera un conductor del TVR real, haría campaña por Heller, dándole el lugar de invitado, tirándole centros y festejándole cada respuesta. Y le pegaríamos todos juntos a Macri, que es malo, rico y sólo un producto publicitario. Y le pasaría la factura de las rencillas empresariales a Pettinato, criticándolo por tomar para el churrete las palabras de la Madre respecto de la sexagenaria Miss Papota Verborreica. Y hasta dejaría de lado la característica suficiencia irónica y progre para lamentarme: “Pedimos disculpas por la situación desagradable que acabamos de mostrar”. Y Heller completaría diciendo: “Es inaceptable, me pone mal, me supera, es horrible. En algún lugar tiene que haber un límite. No puede ser que todo se pueda”).
Como no soy ninguno de ellos, tengo las hipótesis que se me cantan sobre las encuestas, las digo como quiero, y no veo la hora de que termine esta larguísima sesión de pelotudeo a la que nos someten, donde no hay lugar que se salve de estar operado por unos u otros (que son siempre los mismos), cuyo fin no es ganar una elección de medio término, sino satisfacer su capricho de mostrar que la tienen más larga que el otro.

Fusílenla

(…)
Alli estaba y a los quince minutos por reloj queria irme y me fui.eso si sin lastimar a mi viejo ex amigo porque le explique, con la verdad, como siempre me manejo aunque mucho no le gusto y tambien sabiendo yo aunque no me lo dijo ni insinuo que el pensaba que estaba frente a una ama de casa desesperada con necesidad enorme de afecto de un hombre, jajaj no te mencione que soy terriblemente intuitiva y por lo general no me equivoco nunca!!!!! es una carga para mi porque no es agradable sentir fuertemente que pasa algo del otro lado aunque se maten careteando lo contrario.Esto incluye a mis afectos y a veces a conocidos.
Si soy celosa y no me importa que piensen que se trata de inseguridad, soy re celosa hasta de mis afectos(amigas) y tambien soy incondicional y a veces me decepciono aunque a esta edad aprendi que no son todos iguales a mi y pueden reaccionar de otra manera a la que yo espero. Del amor al odio hay un camino muyyyyyy largo pero cuando llego al odio paso automaticamente a la ignoracia y se que suena horrible y es mas dañino para la otra parte que el odio pero soy asi eso si te digo por que, no es que no te llamo mas o me alejo ,me tomo el trabajo de explicarlo jajaj pensaras que soy cinica ,nunca me lo plantee.en fin ahora voy a lo mas importante de mi vida MIS BELLAS HIJAS: PILAR Y VICTORIA creo que ya te dije que antes de ama de casa soy mama y adoro serlo obvio me gustaria contar con mas dinero y a veces me harto pero es la rutina lo que me agota.Y a veces pienso, cuando me cuestiono que paso con mi vida profesional por que no encuentro la carrera, por que abandono lo que empiezo luego de convencerme que es eso lo que quiero, que a lo mejor siempre en mi inconsciente estuvo la idea de la familia y me gusta esta vida pero otras veces quiero ya salir corriendo a estudiar y obvio esto te lo aseguro :el año que viene quiero trabajar!!!!!!!!!! que me vas a decir conseguire trabajo?????
en fin no se que mas contarte quiza esta todo un poco desordenado pero como te dije por telefono dejo que fluya en el papel lo que sale y si amo a mi marido y obvio a mis hijas pero me falta esa parte personal del logro no logrado no se si soy yo la que no tiene ganas y me boicoteo o no se realmente que quiero.
bueno espero que te haya resultado util, un beso

A esta también

–¿Por qué no usás las sandalias que te regalé? Si no usás lo que te regalo, no te voy a regalar más nada.

Ella extorsiona así al hijo de su pareja buscando, seguramente, que la ex mujer del chabón vea que el nene usa sus regalos. Es su modo de estar presente en la vida de la otra, su manera de compensar la presencia que la otra tiene en su vida.

Discriminación

Las frecuentes referencias al color de piel y de pelo del candidato De Narváez por parte de sus opositores oficialistas, ¿no constituyen una forma de discriminación?
Hablar de “la derecha colorada”, de “la Alianza colorada”, de que “es colorado pero no tiene vergüenza” sin que venga a cuento de nada y con el único fin de sumarlas semánticamente a un discurso desprestigiador no suscita ninguna investigación por parte del INADI, más preocupado por averiguar si las manifestaciones antiisraelíes constituyen o no hechos de discriminación.
El silencio no sólo proviene de ese organismo, sino que desde ningún sector de la sociedad se alzan voces críticas sobre esos eslóganes. Tampoco levantan polvareda las menciones de su nacimiento en Colombia ni las asociaciones que se hacen a partir de ese hecho, en especial luego de la aparición de la llamada telefónica que lo vincula con la causa de la efedrina.
El mismo silencio se oyó en la época en que se entonaba a menudo aquello de “traigan al gorila musulmán…”.
En cambio, el INADI se interesa por la discriminación en el ámbito del fútbol, y establece que cantitos que incluyen la expresión “la concha de tu madre” constituyen una discriminación de género. Distraído en esas cuestiones, tampoco observa las declaraciones de Hebe de Bonafini, que pretendió insultar con la palabra “puta” a Moria Casán, ni las de Luis Spinetta, quien justificó sus palabras de apoyo a la pena de muerte diciendo que se le había subido la tanada.
O será que los progres no discriminan…

Nombres alternativos de este blog (IV)

http://monologosconmialmohada.blogspot.com/
http://creoqueestoyporpalmar.blogthis.com
http://laansiedad-me-vence.blogspot.com
http://hazlotuyobart.wordpress.com
http://almahipoxica.wordpress.com
http://unfuckingdisaster.blogia.com
http://elagujeroenlalengua.blogthis.com
http://goingtonowhere.blogspot.com
http://elconejitodeduracellno-elotro.blogia.com
http://mitestamento.blogspot.com
http://uncerebromuycansado.blogthis.com
http://cayendoeneldetalle.wordpress.com
http://barcossecosyhuellasdeamorenlaarena.blogthis.com
http://unaliebreencandilada.wordpress.com
http://yoqueriaserotrx.blogia.com

Pelo (III)

No hubo suerte.
No la hubo en el trayecto, cuando en el hormiguero de Callao a las 7 de la tarde encontramos a alguien con su ropa de trabajo que no era su colega a la que flasheábamos encontrar. (No la hubo ninguna de las veces que pasé por un lugar a ver si la fortuna me cruzaba con alguien, y eso se repitió esa misma tarde con la otra profesional por la puerta de cuyo lugar de atención pasé).
Y no la hubo en el destino.
No hubo jpg. Ni en el celular de Clon DM –que desapareció de las bocas que la nombraban– ni en ningún otro dispositivo. (Y no habrá cámara, porque el truco publicitario de poner el precio a $ 399 para que ese tres acapare la atención me enceguece, pero sólo por un rato).
No habrá recuerdo objetivo. Sólo el de mi memoria.
No habrá más esa sensual humedad que resiste en el núcleo de las guedejas mientras se orea lo que está en contacto con el aire.
Y volveré a verme como ese de la foto del pasaporte.
¡Yo no soy ese, man! Yo no soy ese ni quiero serlo. Yo soy este, quiero ser algo parecido a este. Pero ya no da para más. Y por ¿tercera?, ¿cuarta?, última vez, me voy a suicidar frente al espejo.
Y en 10 minutos voy a encontrarme con alguien 10 años más viejo.
Se acabó.
Como si hubiera poco bardo, encima este.
Habrá que reinventarse.
(Se dice tan fácil… D’oh!)
La próxima vez que postee voy a ser otro.

Fucking manipuladores

Hace unos meses hablaba con mi madre a raíz de las cotidianas invasiones sonoras de los vecinos, que me imposibilitan descansar y me han hundido en una enfermedad que los remedios no han podido resolver. Le decía que una de las cagadas de todo esto es la pérdida de la ilusión de irme de acá, la toma de conciencia de que en otro lado puedo tener vecinos tan desagradables y desconsiderados como estos, o incluso peores. Y que la falta de certeza sobre si voy a encontrar en algún lugar la calma que necesito me paralizaba a la hora de emprender su búsqueda. Ella criticaba mis argumentos y hablaba de hallar un “lugar alternativo”, con esa terminología voluntariamente imprecisa que suele usar, la cual me resulta muy irritante.
Ahora, pasado el tiempo y agudizado mi agotamiento, que al día de comenzar a escribir esto me tiene por más de tres semanas sin sentirme descansado ni un solo día, nuevamente sale el tema cuando se queja de mi lasitud. En su modo de ver, nada me conforma y siempre encuentro un pero. Lo dice luego de minimizar mi malestar físico. Lo dice cuando señalo que no nota lo que pasa porque la mayor parte del tiempo que está en casa lo pasa encerrada en la cocina hablando por teléfono. Lo dice tras mi rechazo a su absurda propuesta de llevar el colchón a la cocina y tratar de dormir ahí.
“Tenemos no sé cuántos metros para vivir refugiados en la cocina. Para eso, vendamos”, reclamé. Ella dijo que no iba a vender el depto porque le correspondería sólo un tercio, lo que no le alcanzaría para otra cosa, y que no se iba a quedar en la calle. Y usó el mismo argumento que había descalificado entonces: “Nadie te garantiza que otro lugar sea mejor”.
No sé de dónde sacó eso de un tercio. Este depto no es de mi viejo de hecho, aunque figure a nombre de él, como no es nuestro de hecho el depto donde vive él, aunque figure a nombre de ella. Y cuando él vendió la parte que conservaba del otro, no hubo tercios ni una poronga. No seguí discutiendo porque no tengo una solución cuya implementación dependa de la venta del departamento; porque sé que es bien probable que en otro depto –más chico, oscuro y promiscuo– encuentre más de lo mismo, y no tengo ganas de empeñar la poca energía que me queda en mudarme y seguir rodeado de perros, gritones y violentos. Y porque en ese caso necesitaría ingresos que no sé cómo producir.
Lo de “vendamos” fue un modo de decir, una forma de exponer la falta de salida a que nos lleva su resignado modo de pensar y actuar. El mismo que en la época de la primera charla le hacía desacreditar mis reclamos y decir que la vecina no se iba a ir, ni ella ni su perro ni su cohorte ruidosa. Finalmente, todos ellos se fueron, en buena medida porque yo reclamé en todos los lugares donde pude para quitar lo que me enfermaba.
No por previsible su respuesta dejó de ser un golpe desenmascarador. Pero qué otra cosa podía esperarse de alguien que le pagaba a una joven compañera de laburo, o a la hija del portero, para que me invitaran a salir cuando era adolescente. (Salir no debe confundirse con coger). Y yo flasheaba con que alguien me daba bola, y le escribía cartitas a la otra, y mi mamá se cagaba de risa y decía: “Está lánguido, parece que está enamorado”. Y su amiga, por supuesto, nunca contestó, pobre mina, que no sabría qué hacer con el peludo que le había caído de regalo, aunque bien podría haberse dado cuenta de lo que estaba haciendo. Allí comenzó mi epistolario infructuoso, que tiene demasiados capítulos, y también lo de relacionarme con mujeres a cambio de dinero.
(El entonces novio de mamá, y actual enfermero cama adentro de papá, suscribía esa idea de que nadie puede darme pelota sin guita de por medio. Así, luego de buscar congraciarse conmigo regalándome almanaques con minas en bolas y revistas Playboy, se le ocurrió que tenía que debutar. Cayó una tarde que mi vieja no estaba con todo decidido: me contó su plan, agarró los clasificados, y casi se pone a llamar él para tratar de convencerme. Finalmente, no recuerdo cómo, logré desmarcarme de su voluntad virilizadora).
Pero qué cosa podía esperarse de alguien que cuando yo tenía veinte años programó en su control mental relacionarse conmigo “como cuando tenía 25 días de vida”, y decía que “eligió creer y crear una hermosa historia” refiriéndose a cuando empecé a laburar con mi viejo y volví a estudiar, lo que constituyó “el éxito logrado con el proyecto más importante que tenía hasta el momento y que cierra un ciclo de mi vida” porque “a partir de mí, de armonizarme y tratar de estar mejor yo, X cambió, para después ocuparme de él, de armonizarlo y programando claridad mental para que pudiera elegir lo mejor para él”. De la misma persona que hizo un escándalo para saber a dónde iba una tarde de agosto en la que trataba de superar mis problemas de pánico, de la que me mandaba al psicólogo (traían los psicólogos a casa, debo decir) porque yo no tenía amigos y al mismo tiempo se alegraba de que no saliera…
Qué podía esperarse de alguien que vive en su micromundo pajerimístico, que ve señales en cada cosa, que vive por y para la superstición (y eso incluye la religión, pero no solo la religión), y entonces en la heladera hay más papeles con nombres escritos en frasquitos y platitos que comida; y el vinagre no se usa para la ensalada, sino para lavar el patio porque la gorda conchuda y supersticiosa de arriba podía “tirar algo”. De alguien que dice “no sé si es algo que tiene que vivir para afianzar su fe” cuando su amiga que cree en los duendes no consigue depto para alquilar; de alguien que programa su vida con el control mental y cuando algo no sale es porque otro le boicoteó la programación (por ejemplo yo, cuando nos chacaron el enorme equipo de audio que queríamos pasar en un aeropuerto).
Qué de alguien que dice que el “Banco Universal” le provee la guita, pero en realidad tal banco es quien esto escribe, y así me pide plata que nunca me devuelve, y viaja y alimenta su pelotudez de ayudar a los niños pobres de Hiroshima, que la hace sentir única y cumpliendo una Misión divina. Y al no devolvérmela, ningunea mi trabajo y actúa como si me la hubieran regalado, y revela cómo encara ella ese laburo, que heredó cuando dejé de trabajar con mi viejo.
Y qué de alguien que vive en la apariencia, y solo limpia y ordena cuando vienen visitas. De alguien que hace décadas que trabaja de esposa, ligándose, de paso, tres viajes al exterior con su ex marido –que es ex cuando conviene–, a quien le oculta que tiene celular y le decía que ganaba menos de lo que ganaba para que le diera más plata (porque si no él se la daba a alguno de sus “novios”, palabra que tal vez deba carecer de comillas). De alguien que hasta no sé qué edad me revisó las cosas, y después las comentaba con sus amigas o con mi viejo, que a su vez las comentaba con sus amigos. Y así uno de ellos se pensó que yo tenía una historia con mi entonces amiga italiana, y trataba de desalentarme al respecto. Y así mi viejo me dijo en su lecho de trémulo convaleciente que yo escribía “cartas muy lindas a Italia”.
De quien anteanoche me hinchaba las bolas para que bajara la persiana porque “si entra un murciélago, no tengo ganas de tener que sacarlo”, y, sin embargo, anoche, mientras termina sus pretenciosas pelotudeces escritas (que tal vez solo se diferencien de estas en la pretensión), tiene la puerta de la cocina abierta porque “hace calor”, y entonces los murciélagos no son una amenaza. De quien no avisa si se queda a dormir en la casa de una amiga o si viaja para que yo no traiga una mina al no saber si vuelve o no a la noche. Y dice: “Voy a ver a Lucy”. Y resulta que Lucy vive en Rosario, y resulta que se va por dos días...
Eso para no hablar del otro, mi papá, el recolector de lúmpenes, que le regaló medio departamento a uno de ellos, y le malvendió la otra mitad, y le compró un taxi a otro, y mantuvo no sé a cuántos, más su “amante”, es decir, el lugar al que le dedicó y dedica sus energías para creerse alguien.
El mismo que cuando le pedí los papeles para sacar la ciudadanía europea se hizo el boludo, no demostró interés, y todo quedó en la nada. El que me garpaba para que estuviera ahí, y, agarrado por la guita, no pude buscar otra cosa. Y cuando la busqué, fracasé, y la guita me la metí en el orto. El que me decía “estos libros son tuyos”, y después yo mismo tuve que hacer la lista de esos libros cuando pagó con ellos sus desarreglos económicos (desarreglos sobre los que le advertí vanamente por meses). El que me dijo “estos libros son tuyos” otra vez, y ahora esos libros faltan y su adlátere pone en venta unos igualitos igualitos…
El que –también él– le pagaba a un empleado suyo para que me diera bola. Y el tipo venía a casa y se quedaba dormido sentado, o me llevaba a ver una película de Heidi cuando yo tenía 15 años. (El mismo empleado al que una vez le pidió que acompañara a mi madre al ginecólogo porque él tenía otras cosas que hacer).
El que desalentaba a su manera mis deseos de irme a vivir solo –¡hace tanto tiempo!– diciendo que “vivir solo es para el que tiene buena salud”, del mismo modo que mi madre los desalienta a su modo, desdeñando mi salud y lo que me enferma, ya que si estoy hecho mierda no puedo hacer un carajo, coger inclusive, y eso parece ser algo de lo que busca.
Ambos tienen más cosas en común de las que parecería: la voluntad de que todo sea como ellos quieren, que los hace forzar las cosas para imponerla; el deseo de mantener el statu quo apolillado y enfermo de hace décadas, aun a costa de mi vida…
¿Qué se puede esperar de ellos, y de su fruto, de quien creció tomando como natural que sus padres no digo que no cogieran, digo que no se besaran; tomando como natural que solo tuvieran vida social, y la omnipresencia de Vera, su amante, o lo que haya sido cuando lo haya sido, con la que hasta me psicopatearon para que organizara un cumpleaños cuando ya había comenzado a detestar esas celebraciones?
Para construirse como persona uno necesita a aquellos con quienes creció y a aquellos a los que va conociendo y tratando, a algunos de ellos. Desde el insondable agujero negro de mi infancia, tengo que construirme como persona tarzanescamente, sin referencias, con todo lo arduo, lento y tormentoso que puede ser eso. Sin contar con aquellos con quienes crecí, porque nunca sumaron para nada que no fuera su plan. Sin los que me conocieron a través de ellos, que nunca pudieron verme desde un lugar distinto al de la imagen de mí que les construyeron.
Y sin los otros, que difícilmente se acerquen si lo primero que muestro es esto –y no puede ocultarse, y se (me) escapa–. Ellos están ocupados, tienen su vida –la cual no integro–, están jugando al truco, comprando sustancias, mintiéndome mientras me miran a los ojos. O se aburren de mi monotonía inmóvil, de mi siempre lo mismo. O se suben a su altar infalible y dictaminan que me gusta dar lástima, que soy insoportable, que tengo actitudes raras, que soy una esponja. O presienten que acá no hay nada interesante, y siguen de largo, sin ver más que una sombra. O descartan ponerse la camiseta, y ni hablar de sacarse la bombacha, porque mi deseo merece el destierro, porque desearme es algo impensable, porque saben que no van a acabar conmigo ni aunque les chupe la concha media hora seguida. O porque intuyen que no me gusta chupar conchas…
Y encontrar con naturalidad cierta compatibilidad energética, cierta afinidad molecular, o el nombre que le queramos dar, es una fucking quimera.
Pero no queda otra que seguir intentándolo. Aunque sea al tuntún. Aunque sea sin saber. Aunque sea mal. Destrozándome en cada ensayo errado.