martes, 29 de diciembre de 2009

Felicidades

Pan dulce en Nochebuena… No. (Y qué bueno que al menos no hubo el humillante pan dulce del año pasado, o del anteaño, que no tenía pasas, ni frutos secos, ni nada, salvo cinco trocitos de frutas abrillantadas). Sanguchitos de miga en el cumpleaños… Tampoco. Regalos en Navidad, cero. Regalos en el cumple, cero. Llamados relevantes, nop. (¡Ey!, los relevantes ocurren a menudo, no un día por año) .
El 24 a la noche me voy a dar una vuelta por acá, huyendo del aire petrificado que se respira en casa para estas noches, del aire agitado que llega por las ventanas, que termina agitándome y haciendo que anhele lo que detesto. En el pasillo tengo que escuchar las gastadas palabras decembrinas en boca de vecinas cordiales que me saludan, me preguntan por mi familia, me desean felicidades y tienen el buen tino de no preguntarme dónde paso las fiestas.
Escucho esas palabras, como hace 3x años que las escucho, y ya no me suenan cada vez más vacías porque no hay espacio para más vacío. Igualmente, practico la cortesía –seguro que torpemente– y hasta trato de pronunciar alguna reciprocidad. Sé bien que no hay margen para decir nada de lo que pensaba comentar, para ver si me ven, en los lugares donde, iluso, creí que iba a poder estar en estos días… Aun así se me escapa –¡todo se me escapa!– un bufido irónico ante una pregunta de circunstancias que tengo ganas de contestar en serio aunque refuerce el statu quo y quede como un freak desubicado desequilibrado. El bufido es mi manera, incompleta, de decir algo yo. No importa si no les importa. Y al final no soy un salvaje diciendo todo ni un simulador 100% careta. Y quedo mal igual.
Cerca de las diez, la gente está viajando o llegando a su destino: niños excitados, viejas producidas, adultos con la satisfacción del polvo consumista en el ceño. Manos malabaristas se encargan de las fuentes, las botellas, los tuppers, los sacan con cuidado del asiento de atrás, del baúl, tocan el timbre mientras su dueño sostiene los presentes entre el pecho y la pared para liberarlas. Los equilibristas prefieren ir caminando, con las fuentes en la mano, con los regalos en las bolsas de cartón que anuncian la marca, con los chicos que se alejan y se acercan corriendo como un yoyó irritante. Otros hasta llevan al perro.
Los stops de los autos y las balizas remedan las luces de un árbol de Navidad en la avenida. Los linyeras que duermen bajo la autopista arman su asado en la vereda de la esquina. Alguien espera un bondi, y el bondi todavía pasa. Junto al portón del colegio, un homeless se desinfla sentado en un banquito, apoyado contra su carro de cartonero repleto.
Menos de una hora más tarde, retorno al mismo lugar, y no solo las calles interiores están desiertas. Por la avenida vienen no más de cinco autos cada vez que abre el semáforo, por la perpendicular un Ka cruza en rojo y casi me atropella…
Como peatón, encuentro la soledad de la madrugada en veredas y calzadas, pero desde las casas llegan sonidos únicos, que ningún otro día, a ninguna otra hora, se oyen con esa unanimidad. Salvo, claro, en exactamente una semana. Por las ventanas se ven mesas largas, fuentes, botellas de sidra, gente reunida, adornos encendiéndose y apagándose convulsivamente. Las voces viran al grito con facilidad, con insistencia. Rodrigo recuerda que es cordobés desde un balcón repetido, con un arbolito y una tele encendida asomando. El único bondi que pasa va totalmente vacío, y llegará a la terminal después de las 12.
En la esquina del colegio, un tipo que tal vez espera para cruzar me dice algo con dicción arrastrada. Le pregunto qué porque no entendí, y me desea felicidades, feliz Navidad, mientras lucha con el viento para prender su pucho. Le retribuyo el deseo. No le pregunto por qué me lo dice a mí, que camino con los brazos cruzados por el fresquete y para que el torso no se termine de derrumbar, y no al tipo mejor vestido y de paso más decidido que finalmente entra en el edificio que está antes de la cortada.
Enfrente, el homeless se acostó sobre unos cartones, pegado a la pared, cubierto por una cobija multicolor, la cabeza casi debajo del carro. Cerca del cordón hay unas galletitas redondas tiradas en la vereda. A veinte metros, una combi para en la estación de servicio a cargar nafta, y a veinte metros en otra dirección, el seguridad de la torre donde vive Clon de Emme apura su cena navideña mientras relojea los múltiples monitores.
Doce menos cuarto empiezan a sonar cada vez más cohetes, y hay que caminar mirando para todos lados porque algunos se disparan casi a ras del suelo, y otros, hacia arriba, y otros caen desde los balcones y las terrazas. Ya no da para más seguir yirando. El cansancio y el viento sur hicieron lo suyo. Tanta gente teniendo, también.
Me molesta la exhibición obscena de todo lo que parecen tener, de quienes lo tienen. Me pega mal. No porque desee especialmente lo que tienen: me la soban el arbolito que no tengo, la obligatoriedad de la alegría, la sociabilización compulsiva y toda esa parafernalia. Me molesta porque me recuerda lo que no tengo, porque me recuerda que las cosas pasan en otro lado, están pasando ahora, y yo estoy afuera. No estoy.
Y aunque me importe nada el árbol de Navidad, recojo un adorno que encuentro tirado en la vereda, y me choreo otro que se cayó del arbolito que pusieron en la entrada del edificio. No sé muy bien para qué, pero quedan por días en el alféizar de mi ventana, una bola brillante, azul, y una roja, opaca.
Me vuelvo a casa y me encuentro de nuevo con esos canelones insípidos que no tengo ganas de comer y con la misma realidad que dejé cuando me fui, que me dispara esta aplastante combinación neuroquímica. Si pudiera, a estos días les metería fast forward hasta agosto. (Y, la verdad, a veces creo que toda mi vida pasó en fast forward) .
Prendo la tele, y en TyC pasan un resumen de las jugadas espectaculares del año: golazos, patadones, pifias… La musicalización no es la que uno esperaría para esas imágenes, no es la que los medios te presentarían un 24/12. No pusieron “Walk of life” ni ningún rocangol argento: eligieron “People are strange”, de los Doors. Y lo que sonaba en mi cabeza ahora está en el aire.

Estados Unidos 1238

Demolieron un poco, e incluso hicieron una puerta a través del muro que linda con el lote contiguo; pintaron la fachada de blanco y pusieron un portón de hierro vidriado.
Ahora es un estacionamiento de la dependencia del GCBA que está al lado.

Asomarse a las ventanas del portón y tratar de reconocer algo a pesar de los reflejos en el vidrio es una visita autoguiada al pasado, una arqueología de nuestra juventud, es como armar un rompecabezas de recuerdos.

No tengo MP3 (y la música está en el aire… y en la cabeza)

Sobre el camino, de Gabo Ferro, cualquier atardecer de ventanillas abiertas yendo a Tierras Altas en el Belgrano, cuando cruza el río. O volviendo, de noche, tarde, en un vagón casi vacío, cuando el sonido ensordece al chocar el aire que desplaza el tren contra las barandas del puente.
Lonely days, de Mimi Maura, en Constitución y Castro, o Castro Barros, un anochecer de diciembre, hace un par de años, no más.
Lo mejor del amor, de Rodrigo, en la esquina de Saavedra y Humberto, un domingo a la tarde, esperando a F/Y, que hacía horas extras.
Gangsta’s Paradise, por Coolio, cada madrugada en el 126 yendo a PuTan. (¡Qué preciosa que era Michelle Pfeiffer! Qué linda que sigue siendo a los 50…).
Black dog, de Led Zeppelin, por Córdoba y San Martín, en el walkman de mi encarnación cadeta, hace mucho ya, en la esquina de un edificio al que iba siempre a llevar sobres. (Esa vez no llevaba nada: sólo iba a mear en el baño que había descubierto en ese piso).
El Blues de Cris, de Pescado Rabioso, entrando al colegio por ese largo pasillo que retornaba después de doblar. Ella iba delante de mí, ninguneándome como me ninguneó todo ese año, y entonces comprendí lo de “atado a mi destino / al borde del camino / volveré”.
Te quiero llevar, de Palo, en el 165, cuando el bondi le apuntaba al puente en Pompeya una tardecita nublada de este mes. Igual, yo no puedo llevar a nadie a ningún lado... (Hasta ahora no pude, al menos).
I’ll be your mirror, de la Velvet, en tu cabeza, leyéndome.

Estados generales

Básicamente, reconozco en mí dos estados: “quietud” e “inercia”. Cuando ambos concurren, se potencian de un modo casi irrompible.
A veces, muy de vez en cuando, pinta el estado “expectativa”, que aún más de vez en cuando alcanza el estado “satisfacción”. El nivel superior de “satisfacción” es “¡gritalo, Gordo, gritalo!”, pero se trata de una anomalía inhallable.
Lo que ocurre generalmente es que de “expectativa” se pasa a “fibrilación”.
Ese es una cagada. Lo arruina todo.

En el cordón de la vereda

Le pregunto explícitamente si me deja que le agarre la mano. Y me dice que sí.
Con mi mano derecha tomo su mano izquierda. La reencuentro, la palpo, la miro, la aprieto, la siento, la acaricio, la beso. Al fin, la llevo contra mi pecho, contra mi remera negra. Nuestras palmas juntas, perpendiculares; el dorso de su mano apoyado sobre mi esternón.
Entonces, estremecedor, imponente, ella realiza un gesto inesperado: flexiona la última articulación de los dedos, casi como un comatoso recobrando la conciencia, y aprieta mi mano, mis dedos con los suyos.
Después no sé qué pasó, pero supongo que aluciné, porque me acuerdo de la boca del Guasón riéndose mucho, de dunas en movimiento, de camioneros gritando, de unos ojos japoneses viéndome, de un relámpago agrietando un muro altísimo y negro.
Y del puto bondi llegando finalmente a la parada. Eso seguramente ocurrió, porque ella se fue y yo me volví solo a casa.

Agitado. Por el recuerdo de la vida que me impuso, que se ve tan cercana, que me hace pensar en cómo sería yo si eso hubiera sido, si fuera, algo frecuente. Por entrever la vida que dice que no me puede dar. Por el temor de que mostrarme tan flasheado por un gesto como ese, tan expuesto, haga que no lo vuelva a repetir.

Drogas más fuertes, dosis más grandes

Esa es la lógica que vertebra la praxis psiquiátrica. Esa lógica y la arbitrariedad del que te juzga desde su ínclito lugar, y decide qué hacer con vos.
Hace dos años empecé con melatonina recetada por un psiquiatra de un hospital público para tratar de dormir, de recomponer la unidad de mi sueño despedazada por los vecinos del orto que padezco más o menos desde ese tiempo. Después pasamos al clonazepam, al lorazepam, volvimos al clonazepam de la mano de un médico clínico que explícitamente dijo que tenía pánico y que el lorazepam era para otra cosa. Un mes después el mismo doctor me dio alplazolam… Y ya no fui más.
Me administré las drogas a mi criterio, hasta que se acabaron. Y volvimos a empezar.
Uno me dice que nada. Otro, al día siguiente, que dos miligramos de clonazepam. Esta psiquiatra ataca con 200 mg de carbamazepina y la promesa de una dosis mayor si los 200 mg no funcionan.
Me hace la orden para un hepatograma sin decirme nada de las contraindicaciones. Ni siquiera me explica para qué ni por qué me la receta. Apenas un “para equilibrar”. ¿Qué hay que equilibrar? ¿Qué tengo que equilibrar? Encuentro razonable no estar muy equilibradx después de 17 horas de estar despiertx, de 7 horas de espera para una admisión que, ya me lo dijeron, es en vano; de llegar primerx, a las 3 y poco de la matina, y que no me atiendan primerx; de tener que sociabilizar con otros pacientes…
Encuentro comprensible reparar en una persona atractiva que pasa por la ventana porque ya no me interesa lo que me dice, ni cómo resuena lo que digo por enésima vez, por segunda vez en media hora. Es como un libro que no te atrapa: empezás a pasar las palabras, las líneas, rápidamente, en diagonal, haciendo un último intento por hallar algo que te resulte cercano. Pero es inútil. Y entonces ni le pregunto qué es lo desequilibrado.
La mina se hace cargo de mi comentario acerca de quien pasó por la ventana, y me pregunta: “¿Tenés muchas ideas al mismo tiempo en la cabeza?”. Parece que eso la lleva a recetarme su droga dura y a prever su uso prolongado.
Así, la próxima vez que me toque alguien que pregunte, como ella, si consumo drogas, podré responder “carbamazepina” en lugar de “clonazepam” (y será mentira, porque tres días me fueron suficientes). Y si es como ella, dará un par de rodeos para llegar a preguntar si consumo drogas “ilícitas”, olvidando el último fallo de la Corte Suprema al respecto. Por supuesto, no importa si consumo nicotina, como lo hacen en cantidades industriales los internados en ese hospital mientras dan unas vueltas por el parque o hablan por teléfono público.
Cuando se me escapa el nombre comercial por la sorpresa, casi por la gracia que me causa carbazepinizarme yo también, y digo “ah, Tegretol”, la mina me pregunta si lo conozco. Le cuento que sé de alguien que lo tomaba para tratar una neuralgia de trigémino, y recién ahí me dice que también se usa para la epilepsia, pero que no me preocupe porque no soy epilépticx. (Gracias por la noticia, doctora, y por la tranquilidad). En los días siguientes, una amiga de mi vieja me informará de que su hijo autista lo toma para tratar las convulsiones, y otra, de que en los hospitales a veces te dan un placebo de almidón en lugar de lo que dice la receta…
Y después –antes, en realidad–, la psicóloga termina cuchicheando con la psiquiatra delante de mí, acerca de mí. No sé qué le dice, pero evidentemente hay algo de mí que no puedo saber. Yo, en cambio, tengo que decirle todo, incuso si “tengo ideas feas”, como se refiere a la ideación suicida, o si tengo fantasías de venganza respecto de mis vecinos, y si las llevé a la práctica. Y todo eso anotado y registrado en un lugar estatal con nombre, apellido, dirección y DNI.
Aun antes, la misma psicóloga me dice que no amerito un tratamiento de los que se dan allí, que duran cuatro meses, a cuyo término te derivan a “algo más tranqui”, y no dice si eso más tranqui es pago o no. De inmediato tiene que comerse sus palabras, cuando pelo el papelito que me dieron en la guardia de ese mismo hospital prescribiendo tratamiento psicológico y psiquiátrico urgente y diagnosticándome una crisis de angustia. Entonces, me pregunta si siento angustia, y debo responderle que no sé qué se entiende técnicamente por angustia, que la que estudió Psicología es ella y no yo.
Supongo que reseño esa consulta, y cuando digo que me recetaron dos miligramos de clonazepam, la mina, descontando que me mandaron a la farmacia del hospital, me pregunta para cuántos días me dieron. “No. Me hicieron una receta”. Eso está mal para ella. No dice nada, pero lo noto en su cara.
Con su tono condescendiente, que sin duda me suena subestimador, comienza la entrevista preguntándome mis datos. Luego de preguntarme el nombre, me pregunta cómo me dicen. “¿Cómo cómo me dicen? Minombre me dicen…”. Si me dijeran Pocho, Turca o Garfio, usted, licenciada, ¿me diría Pocho, Turca o Garfio? Lo que sí me dice es “mirá vos” cada vez que le refiero algo, tal vez para ganar tiempo y poder anotar lo que le resulta relevante.
Luego, da por sentado que mi viejo tiene ingresos cuantiosos cuando le digo a qué se dedica, para admitir al instante que no sabe cuánto cobra alguien en esa condición. Y vuelve a bajar su línea ideológica preceptuando que tengo que colaborar con los gastos de la casa o afirmando que me cuesta comprometerme cuando le digo que hace tiempo que me entregué a los placeres de la prostitución. No sabe cuándo, cuánto ni por qué putañeo, pero ya cristalizó su imagen.
Todo el periplo es improductivo porque finalmente me dice que esa admisión es para ser atendidx a la mañana… El psiquiatra de la guardia no me dijo que había dos horarios de admisión distintos, uno para la mañana y otro para la tarde. Habló de las bondades de ese hospital, que incluían la atención vespertina, la entrega gratuita de medicamentos y sesiones más largas que las de veinte minutos que hay en el otro hospital público donde me atendí. Y me dijo que había que estar muy temprano, que era un sacrificio por una única vez. Cuando le consulté si a partir de las 4, me advirtió que había gente que llegaba a las 3.
Pero ahora me entero de que para ser atendidx a la tarde tengo que hacer otra admisión porque son equipos distintos. Tengo que ir el lunes 7,45 ¿y esperar hasta las 13? Eso no me lo dijo… ¿o sí? No sé si por el cansancio o por tener muchas ideas en la cabeza al mismo tiempo, pero no recuerdo qué debo decir cuando vuelva, si tengo que hacer otras entrevistas de admisión o no, si tengo que contar la historia de nuevo o no, si tengo que… Todo porque en la guardia me dieron la información equivocada, porque a la tarde “es otro equipo”, porque la guardia “es otra gente y no saben”…
Yo quiero dormir, no más. Y ninguna de estas drogas actúa sobre la parte del cerebro adecuada. Al final, termino bajando solx, siempre. Como cuando tenés un examen en la fuckultad: el examen pasa, y bajás. Como cuando tenés un bardo laboral o un familiar enfermo, y el bardo se resuelve (olvidate de que te paguen lo que te deben…) o el familiar se recupera, y bajás.
El problema es que casi siempre que bajo, cuando la adrenalina o lo que sea merman, la cabeza deja de estar en función “alerta total” y el sueño se reacomoda, mis vecinos interrumpen el descanso, y recomienza un ciclo que ya parece infinito.
El intento hospitalario seguramente procuraba desinvisibilizarme un rato y, sobre todo, que no se sequen mi cabeza ni mi lengua; hallar una mirada otra, un aire nuevo. Pero ese aire está viciado de prejuicio, de esa lógica de mierda que impera en un lugar al que no pertenezco, al que quieren hacerme pertenecer a fuerza de drogas del orto, a fuerza de tratarme como un cobayo.
No más.
Hasta que se me acabe el Rivaldo…

jueves, 17 de diciembre de 2009

Semillas en la salsa

Mi dentista me invita a su casa a cenar luego de extraerme arduamente la última muela que me quedaba. Hay fideos con salsa, que recalienta en el microondas.
Los como con mucha dificultad, sin la muela rota que me ayudaba a masticar, sintiendo que me babeo todo el tiempo, que trago los fideos casi enteros pese a que muevo las mandíbulas. Pasa un rato hasta que advierto que tengo que tomar bocados más pequeños que los habituales para no sentirme tan incómodo.
La salsa de tomate no fue colada, y tiene semillas. Muchas. Las mastico concienzudamente, haciendo coincidir los dientes de arriba con los de abajo, sintiendo su textura, el leve crujido que retumba en el cráneo cuando se parten.
Hasta que me doy cuenta de que esta no era una semilla, de que me estoy masticando el labio inferior a la altura del canino izquierdo. Y compruebo que la sensación es la misma de la anterior, que, entonces, tampoco era una semilla…
Es ahí cuando descubro que no hay que comer con la boca anestesiada.

Conozco la ley

Mi encarnación cartonera ya había tenido un par de entredichos callejeros con unos metidos que me encararon cuando sistemáticamente, y uno por uno, me llevaba todos los volantes publicitarios impresos en papel blanco que encontraba en los parabrisas de los autos o en las puertas de las casas.
Y como ella, al igual que yo, es bastante enjuta, y no le da hacerse la mala, tuvo que comerse dobladas las patoteadas sin decirles que se metan en su vida ni aceptar la pendencia que ofrecía uno de esos cabezas.
La otra tarde iba recolectando las revistas de Rodó (o Frávega, o el que fuera) que habían dejado en todas las puertas de mi barrio. No bajo la puerta, porque el volantero resultó ser fiaca, o alguien con problemas de cintura, y evitaba agacharse. Estaban a la mano, atrapadas entre la reja y la ventana, a medio meter en el buzón, sostenidas por la aldaba…
Doblo en la esquina de casa, con un buen pilón bajo el brazo, y de repente surge detrás de mí un tipo joven que me pregunta qué estoy haciendo. Antes de que le responda, antes de que le responda “¿qué te importa?”, descubre la condición retórica de su pregunta y me dice que “está mal” lo que estoy haciendo. Y desata su monserga sobre el bien y el mal.
No era un evangelizador, como ese que me abordó esta misma noche, con acento extranjero, camisa tan blanca como su piel y corbata bordó, hablándome de un libro cuya tapa me mostró sin que pudiera leerla, no sé si por la penumbra que rodea las torres de Inclán o por mi desinterés. El bien no es seguir los dictados de ese libro, el mal no es ir contra ellos. Lo que está mal para este muchacho, cuya camisa blanca tiene cuadros verdes, es lo que estoy haciendo.
Alguna de sus interpelaciones, o mi buena educación, hizo que le respondiera, que quedara retenido en la parada del bondi que él iba a tomar, argumentando con el tipo, cuyo pelo corto, muy corto, era tan revelador como sus rasgos.
Me dice que no puedo llevarme las revistas, que ese es el trabajo de otra persona y que lo estoy perjudicando. Entonces, cuando deja de hablar de lo que está bien para hablar de lo que se puede, me lo tomo más en serio y le respondo que no me estoy llevando nada de ninguna casa, sino lo que está a la deriva, lo que bien probablemente va a terminar ensuciando la calle cuando el dueño de casa, o el inquilino, o quien sea, llegue, o salga, y tire la revista a la mierda. Y le señalo todas las revistas que ya se desarman en las veredas…
Se pone pesado, y el speech y el lenguaje corporal lo botonean cuando da a entender que estoy robando correspondencia. Y me lleno los huevos de este rati del orto (expresión que constituye una tautología, lo sé). Le digo que no tienen destinatario, que no pertenecen a nadie, que no constituyen correspondencia, sino publicidad no deseada. Y como suelo repetir algo que se me ocurre y me gusta, se lo repito después de mandarle que “conozco la ley”: “Esto no es correspondencia, así que no es delito llevárselo”.
Trata de sostener la discusión, de imponer su punto de vista, pero pierde énfasis: se consume su compromiso con la moral y con la ley como una llamarada sobre un pequeño charco de alcohol. Y cambia el ángulo de ataque: me pregunta por qué lo hago, dónde lo vendo (“en la esquina, ¿querés ver?”), vuelve a hablar de “lo ajeno”… Mientras el bondi no viene y se disipa mi temor de que la conversación termine con la presencia de un patrullero, concede que está bien, que estoy trabajando, pero que el volantero también, y, finalmente, me dice que me vaya, que puedo irme (!).
En ocasiones como esta, me gustaría medir seis pies de alto y poseer una contextura temible. Pero como no es el caso, mejor no buscar quilombo.
Debo conformarme, y valorar la réplica al ángulo, inatajable para un yuta de franco. Le duele más. La tiene (que ir a buscar) adentro.

Olor y grillos

M. está entrando al departamento cuando yo abro la puerta del edificio. El chirrido hace que se dé vuelta y me vea. Entonces, deja la puerta abierta.
Rápidamente llega un estupefaciente tsunami de aire desde el fondo del jardín. Los floripondios revientan esta noche, y por el palier avanza y avasalla su profundo olor, que me obnubila como si estuviera respirando dentro de la campana de la flor, como si estuviese todx yo dentro de una flor.
La brisa tibia trae también el contrapunto poderoso de dos grillos que no necesitan un Marshall de 100 para hacerse oír a una treintena de metros. El motor de la bomba descansa, no pasa ningún auto, y el cri cri llega nítido y cercano hasta mis oídos…
La módica expresión citadina de la naturaleza con la que crecí se revela incontenible. Invade la casa, sale de ella y alcanza la puerta de entrada. Y seguro que llega a la calle, que si alguien pasa por la vereda huele el perfume, oye a los grillos.
Y aunque todavía no me mudé, extraño anticipadamente mi casa.

12 centavos

La minibaguette me realimentó la voracidad por la harina con miga un domingo en el que mi desayuno fueron seis porciones generosas de pizza y una cerveza.
Una parte de mi cerebro, la más puta adicta reventada yonki del orto, empezó a latir tan fuerte que me fui al súper y me compré dos minibaguettes más. Me llamó la atención que no costaran $ 1,15, como la otra, sino $ 1,19; pero como había llevado $ 2,50 no me importó demasiado.
Llego a la caja, donde no hay nadie, salvo la cajera comiendo algo. La chica del piercing en la nariz articula el saludo obligatorio con la boca llena, pasa los panes por el escáner, y me dice que son $ 2,38. Le doy el billete, la moneda, y me pregunta sin mirarme si quiero donar doce centavos para Unicef.
“No”, es mi respuesta, espontánea y tajante. Pero lo tajante se diluye rápido, y me siento compelido a explicar que prefiero guardar las monedas para el colectivo, ir juntándolas de a puchitos. Me da el ticket/tique y la moneda de 10, y me dice que podía haber donado dos centavos, que ahora esos dos centavos se los queda Carrefour.
Balbuceo algo, nuevamente forzado por su interpelación. No sé qué me sale de la boca, ni si se entiende. Mucho menos, si le interesa entender: más bien, imagino que solo quiere hacerme sentir mal. Calculo que pensé algo así como: “Me cago en Unicef y en Carrefour: si no es en mi bolsillo, me chupa un huevo dónde quedan”. Cuando es para mi bolsillo, me pongo a escarbar el asfalto con las llaves para rescatar una moneda de 10, en el medio de Rivadavia a las ocho de la noche o deteniendo un 180 como el chino aquel paraba el tanque en Tienanmen.
O tal vez haya tratado de decirle que si me decía que, en vez de doce, podía donar dos, quizá hubiera podido colaborar con los niños desamparados… O que me cago en la intención de su empleador de manejar menos monedas encubriendo su ahorro operativo con la máscara de un fin solidario.
Como sea, las palabras quedan atascadas, y tengo que venir acá para tratar de soltarlas.

De vuelta en casa, al primer mordisco me doy cuenta del porqué de la diferencia de precios. Las baguettes que compré son “sin sal”…

Yo no jodo a nadie

Once y media pasadas de la noche. Arqueándome sobre la mesita de luz y el equipo de audio, hago la parabólica humana sosteniendo el cable de la antena para tratar de enganchar la FM que sigue la campaña de mi equipo, a ver si la nueva derrota finalmente nos libra del DT vendehúmo que padecemos.
De pronto, una discusión se extiende, gana intensidad y termina escuchándose más que esa radio del orto, que llega interferida por los siseos de la estática y la cumbia de la FM ilegal que surgió en la misma frecuencia. Es la pareja que vive arriba. Otra vez pelean. Ya ni sé por qué. Él amenaza con irse, los dos hablan de la comisaría, él le pide perdón. Ella grita con la voz quebrada, él le echa la culpa: le dice que ella cambió, que antes de vivir juntos no era así, y que él no jode a nadie.
Eso es cierto. Él no jode a nadie.
Salvo cuando se levanta a las 5,30 y retumban sus pasos en las paredes y el techo de mi pieza. Y en mi cabeza. Cuando, de inmediato, sube la persiana como si estuviera en el gimnasio, abre la ventana con fuerza y arrastra el ténder por el balcón, y vuelve a cerrar la ventana, incrustándola contra el marco. Cuando, veinte minutos después, se despide gritando un “chau” desde la puerta que debe recorrer diez metros y doblar dos veces para llegar a los oídos deseados; cuando pega el portazo que llega incluso a mis oídos, que están más lejos y no desean escucharlo.
Después, tiene razón, es su mujer. Ella se levanta a un horario variable, entre las 6,30 y las 8, y por media hora el martilleo de sus tacos me vuelve a despertar. Antes de irse, suele subir la persiana del living, y en verano deja el ventanal abierto y transforma en el soundtrack de mi nueva despertada el tartamudeo de Bonelli y la musiquita del noticiero de canal 13.
Y no sé qué es peor. Si despertarme de una, o las veces que golpea el balcón y me despierta, pero me duermo al toque, y a los dos minutos vuelve a golpear, y vuelve a despertarme, y otra vez me duermo, hasta que el cuarto o quinto golpe me deja despiertX con odio y dolor de cabeza. No sé qué es peor, si cuando pasa eso, o cuando la que se mete en mi sueño, cortándolo en pedacitos inconscientes, es ella, con sus tacos, hasta que finalmente recupero la conciencia, y la sangre negra me queda en las venas por todo el día aunque vuelva a dormirme un –largo– rato después. Y seguro que es peor cuando eso pasa y tengo los tapones en los oídos, porque si no los tengo, me queda la esperanza de que con ellos no me despertarían; pero si los tengo, ya no sé qué mierda hacer para que no me despierten.
Tampoco es él, sino el aire acondicionado, el que hace un ruido ensordecedor y me obliga a duplicar el volumen de la tele aun teniendo mi ventanal cerrado; el que con su ruido y su calor no me deja estar en el patio en verano y me confina al encierro caluroso y vibrante en mi casa, o me expulsa fuera de ella en busca de un lugar menos hostil.
Él no jode a nadie, seguro, salvo cuando ejercita en el balcón su dispepsia, su hipo, su hernia de hiato, lo que sea que le produce ese sonido digestivo tan desagradable después de comer. O cuando un domingo a la noche celebra que no tiene que trabajar al día siguiente ladrando en el balcón que es “lunes, comienza la semana, la concha de tu hermana, ¡no vamo’ a trabajar, no vamo’ a trabajar!”. O cuando a las cuatro de la tarde de un día hábil que no fue a laburar reclama a un call center y dice que “a esta hora la gente normal trabaja”, y logra que además de detestarlo por hacerme saber de su vida, me pregunte qué entiende por normal, si conoce la problemática del desempleo, el auge del teletrabajo, etc.
Johnny no jode a nadie, excepto cuando sale al balcón a fumar, porque la jermu no lo deja fumar adentro, y no puedo estar en el patio, que se llena de ese olor cancerígeno. Y aunque esté en el living, o en mi pieza, debo interrumpir lo que estoy haciendo y cerrar todas las ventanas cuando oigo que arrastra de nuevo la reposera y cierra con fuerza inútil el ventanal, cuando oigo el chasquido del encendedor, bien perceptible si estoy en el patio, y me tengo que cagar de calor por un rato, hasta que se disipen el humo y el olor, porque si no mi casa y mis pulmones se ahúman contra mi voluntad.
O cuando sale al balcón a hablar por teléfono, y me entero de que la ex mujer le bloqueó la tarjeta, de sus progresos en el curso para aprender a manejar, de sus –considerables– ingresos mensuales, de cuando habla con Paola… O cuando su mujer (tenés razón, J., es ella) también usa el balcón como locutorio, y llama a su laburo seis veces en un rato, le dice a la mucama ruidosa (que por suerte no viene más) qué timbre debe tocar a las siete y media de la mañana o, un mediodía de verano en que quería hablar con Ayelén, suelta un “¡qué hija de puta!” al enterarse de que estaba durmiendo a la una de la tarde. Y yo, que también dormía a esa hora, no sé si soy unX hijX de puta, pero siento que ella lo es.
Cómo podría joder a alguien cuando llega a las 23,30, levanta la persiana, sale al balcón, habla en voz alta y se fuma su puchito. O cuando, al volver a esa hora, tira el bolso al piso –a mi techo–, o cuando 18 horas después de haberse levantado, y de ir laburar y a practicar un deporte semiprofesionalmente, tiene energía para coger y para despertarme con el golpeteo de la cama contra la pared. (Y al día siguiente se levantará de nuevo a las 5,30, en un asombroso derroche de vitalidad). Lo escucho garchar, haciendo sonar la cama, el respaldo contra la pared, las patas sobre el piso, bomba y bomba, aunque siempre sólo uno, y no muy largo. Y en vez de contar ovejitas, cuento pijazos mientras espero que acabe y me deje volver a dormir.
(Y la cama, agotada, volverá a crujir cuando se levante, o cuando se dé vuelta en el medio de la noche, y me despertaré pensando que alguien golpea a mi puerta…)
O cuando discuten por que para él es lo mismo casarse o no, y ella le reprocha que “que con ella/la otra no era lo mismo” y le pregunta si “¿te pensás que soy una pelotuda?”; cuando el tema es tener un hijo, dejar de tomar las pastillas y cuánto tiempo deben esperar desde entonces para buscar el bebé. Cómo podría joderme algo tan interesante como enterarme de que tuvo su segundo hijo tratando –infructuosamente– de salvar su matrimonio, o de que la ex mujer es un peso y una presencia fatal para la actual, y de que los chicos también lo son, aunque ella diga que la que no los aguanta es la otra, pero bien que la oigo protestar cuando los nenes se quedan más de lo previsto y “no podemos disfrutar el tiempo que nos queda para nosotros”.
O cuando en vísperas de un feriado vienen visitas, que se irán a la 5,30 de la mañana (y ellos se levantarán a las 10,30, y encima ese fin de semana largo estaban los chicos). Y a cada rato en la madrugada salen al balcón a fumar, y allí hablan de que la sal provoca cáncer o de lo bueno que está Fulano. O cuando, otra noche, hago zapping, y las carcajadas estruendosas coinciden con lo que Coco Sily dice en mi televisor y en el suyo, pero en el de él lo dice más fuerte, y tal vez por eso se ría más. Lo dice tanto más fuerte que pongo el volumen en mute, y los labios que mueve Sily se llenan con su voz llegando desde el depto de arriba.
O cuando, una noche distinta, los invitados se van un jueves a la 1,30, y el chabón se levanta cuatro horas después; cuando, otra vez, los nenes, excitados por la reunión, sin que se hayan acordado de acostarlos, galopan por el departamento a la 1 de la mañana, hasta que, semidormidX y desnudX, golpeo la pared para que se rescaten, y desde entonces la mina no me saluda más.
O cuando un domingo llegan a las 5,30 a. m. y me despiertan no solo con los pasos y los ruidos, sino con el garche. Y tengo que dormirme cuando ellos se duermen, despertarme temprano como ellos y dormir la siesta a la hora que ellos duermen la siesta sin saber a qué hora se acuestan ni cuándo se van a despertar o cuándo van a volver a darle a la matraca, lo que ocurrirá cerca de las 7 de la tarde..
O los fines de semana, cuando es imposible dormir más allá de las 9 de la mañana, sea porque instalan el cable, o el segundo aire acondicionado, porque no sé qué reparan a martillazos, porque escuchan a Luis Miguel en el balcón. Porque los pasos, los ventanazos, el humo penetran en mi pieza; las voces, en mi sueño, y una presencia ajena, en mí, presencia que no es recíproca porque el forro este no se entera de cuál música escucho, con quién hablo o qué fumo.
Y eso si no es uno de los fines de semana alternados en que sus hijos vienen a su casa. Entonces, hay que sumar gritos, saltos, carreras y piques de pelota por todo el depto… Y en verano, el doble sonido de cada paso cuando corren en ojotas, incluso desde que suben por la escalera. Eso si no es el cumpleaños de uno de ellos; si una señora, antes de soplar las velitas, no insta a un niño a saltar de la cama al piso, a mi cráneo, al grito de “uno, dos y…” ¡pum! Se impulsa desde la cama y cae sobre mi cabeza afiebrada antes de seguir corriendo, pique y freno, por el living, el pasillo, la habitación. Desde acá abajo no necesito GPS para saber dónde están los chicos: los ruidos y las vibraciones me lo indican…
Y claro que no jode a nadie su vozarrón con inflexiones adolescentes; los goles de Boca festejados como si cada uno de ellos valiera un campeonato, con repiqueteo de zapatos y gritos en el balcón; la voz tornándose súbitamente sacada, reflejando una irascibilidad que se corresponde con las siete fechas de suspensión que le dieron la otra vez que lo echaron; los golpes en el edificio, que supongo piñas en la pared, en el medio de una discusión, o de otra, o de otra.
A quién jodería alguien en el balcón hablando en voz alta a las once y media de la noche para decirle a su mujer, que está en la cocina, a ocho o diez metros, que hay empanadas frizadas, o, en un volumen casi tan alto, para hablarle a ella, que ahora está a su lado, de la guerra de Vietnam o de cuántos mosquitos hay.
Cómo podría decir que joden si no me queda otra que reconocer que no están mucho tiempo en su casa. Y que, sin duda, todo esto es más leve que aguantar a la vieja que estaba antes… Tanto, que no logro encontrar una manera de decírselo sin declarar otra guerra, sin quedar como unX histéricX a quien todo le molesta.
Y también no jode a nadie porque yo soy nadie. Para él cualquiera más allá de su ombligo es nadie. Ni siquiera es alguien la mina a la que se coge, que no sabe si es Valeria o Florencia, según escucho en la nueva discusión.


Christmas update:
El 24 a la noche lo pasan afuera. Vuelven a las cuatro y media de la mañana y, por supuesto, me despiertan sus pasos y sus voces en la madrugada. Maldigo, pero me consuelo pensando en que van a dormir hasta el mediodía.
¡Error! Me vuelve a despertar una persiana subiendo con mucha fuerza. Miro el reloj ¡y son las diez! El chabón habla entusiasmado de un regalo “her mo so”. Parece que a ella no la convence el regalo que le hizo él, y J. ladra “noséas tan cru el”…
Se van rápido, y no vuelven en toda la tarde, pero a mí me va a llevar dos horas dormirme de nuevo.
Los odio.

Una larga (¿infinita?) caída

Si te dicen que caí,
es que caí.
Verticalmente.
Y con horizontales resultados.
Soy del ángulo recto
solamente los lados.
Ignoro el arte monumental del sesgo,
esa torsión ornamental del héroe
que hace que su caer se luzca como un salto.
Ese rizo del mártir que, ascendiendo,
se sale de la víctima
y su propio tormento sobrevuela
no es mi especialidad. Yo, cuando caigo,
caigo.
No hay parábola
ni aire, ni fuerza de sustentación.
Un resbalón: espero. Al suelo llego
por la ruta más breve.
Un alud, una piedra,
una viga a la que han dinamitado.
No hay astucias del cuerpo en mi descenso.
Se sobrevive: el fondo
del abismo es más blando
para quien no vuela, sólo cae.
Si te dicen que caí,
no vengas
a enseñarme aerodinámica revisionista.
No me cuentes de los que cayeron venciendo.
No vengas a decirme
que no crees que haya sido un accidente.
En lo único que creo es en el accidente.
Lo único que sabe hacer el universo
es derrumbarse sin ningún motivo,
es desmoronarse porque sí.

("La caída" * Beatriz Vignoli)