lunes, 30 de noviembre de 2009

Autoantología semestral y pajera (IV)

Diablos encienden tu piel, usan tu voz, chupan tu ser
Penas
Motor eterno
Medialuna
La fiscal Mónica Cuñarro se parte de buena
Roturas
Sueño que ella vendrá
Humillante atención en la guardia del hospital Piñero
(No sólo) Quiero cogerme a Carla Conte
Una mierda
Puño
Fuera del mundo
Lo que me falta aprender para ser pobre
Fucking manipuladores
Olas

Autoantología semestral y pajera (III)
Autoantología semestral y pajera (II)
Autoantología semestral y pajera (I)

El ombligo spinetteano (mañana es mejor)

Emilio del Guercio ha salido de su ostracismo para conducir un programa de TV, “Cómo lo hice…”, en el que se repasa el proceso que llevó a la creación de canciones clásicas de la música popular argentina. Además, participará del próximo show de Spinetta en Vélez, donde este reunirá a sus antiguas bandas, casi como en una exhibición paleontológica.
Del Guercio afirma en una entrevista publicada en el suplemento de Espectáculos del diario Clarín que una cosa que le molesta mucho es “la soberbia intelectual”: “La rigidez mental para analizar los procesos que a uno le toca vivir. Me interesa mucho la plasticidad, cómo hacer para tratar de entender situaciones sin preconceptos”.
Un párrafo antes, sin embargo, al responder la pregunta por las siete mejores canciones del rock nacional, enumera: “Presente, Muchacha (ojos de papel), La balsa, Mañanas campestres, Jugo de tomate frío...”.
Es decir, responde cinco en lugar de siete, y de esas cinco, todas, absolutamente todas, son de la época en que él estaba vigente como músico… Como si en los dos o tres primeros años de lo que se llama rock nacional se hubiera casi agotado la creatividad; como si sólo quedara un mínimo, simbólico, lugar para Charly García, Los Redondos, Sumo, Soda, Don Cornelio…
Esa misma soberbia intelectual que le molesta al homónimo de la esposa del arquero de la selección es la que manifestaba el propio Luis Alberto hace un tiempo, cuando decía que “me parece que la gente no sabe respetar a sus dioses”, refiriéndose a sí mismo y a los demás gerontes que integran el Salón de la Fama de los rockeros argentos.
Aunque tal vez hablara también del conjunto de personajes que reclaman, como él, por la inseguridad, y que, como él, han pedido la pena de muerte. Tal vez esos dioses no sean sólo García, Moris o Nebbia, sino también Susana Giménez o Cacho Castaña.
Como de contradicciones se trata, no me extrañaría que esa noche toquen “Cantata de puentes amarillos”, ese viejo tema de Pescado que dice: “Nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor. Mañana es mejor”.
Y es cierto que mañana será mejor. Mañana, el día que acrediten en sus cuentas bancarias la guita que van a ganar por ese show, va a ser mejor para ellos, sin duda.
El tema que no creo que toquen es “Cheques”, aquel cuyo video exhibía semidesnuda a la última groupie mostrable del Flaco, Carolina Peleritti. Los años pasan factura, y ni el chamuyo spinetteano ni el sildenafil han logrado que Luis Alberto pueda levantarse otra mina así para ostentarla como un trofeo (como una diosa) en videos, revistas del corazón y, sobre todo, en el imaginario de los pelotudos que lo endiosan.

Soundtrack (No tengo mp3)

Pero lo que suena todo el tiempo es 4:33, de John Cage.

De a ratos hay una interferencia, parece que es Metal Machine Music, de Lou Reed, pero mal grabado…

Le hace frente

Un par de veces, acá o acá, hace tiempo, hablamos de la pequeña Victoria, sometida al maltrato diario de su abuela, a cuyo cuidado la dejaban sus padres, y al de los propios padres, que quizá no fuese tan notorio porque pasaban poco tiempo con su hijita de menos de dos años.
La señora la insultaba y la denigraba constantemente, y a veces le pegaba. La denuncia que hice en su momento fue inútil. En este país del orto pueden abrirte una causa porque le reclamás a tu empleadora en negro la guita que te tragó o porque esa misma lacra creó una cuenta de correo electrónico con tu nombre para mandarse mails insultándose y así poder denunciarte, de modo que te queden antecedentes por no sé cuánto tiempo. Pero si le pegás a un bebé, no pasa one, cero causa, cero antecedente, cero exposición a los inquisidores psi, cero condena social… ¡Una persona decente, vamos!
Tan en vano no fue, en realidad, porque al poco tiempo se mudó. Cuando eso ocurrió, supe que me liberaba de tener que oír gritos y llantos, pero que el problema continuaría en el nuevo hogar. Que la vieja esa seguiría cagándole la vida y transformándola en la versión 2.0 de su hijo, el padre de Victoria, tan pelotudo, colérico y gritón como su madre.
Finalmente, no me liberé una mierda de los gritos, los llantos y la violencia familiar porque los que compraron el depto ese cultivan a diario la misma forma de relacionarse, y aun más desconsiderada y patoteramente que la señora aquella.
La vez pasada, una vecina comentó delante de mí que la abuela de Victoria la llamó por teléfono para saludarla, y que le contaba que la nena, que ya está por cumplir cuatro años, “le hace frente”; que cuando la reta o le dice algo (la vieja esa jamás diría “le grito”, “la insulto”, “le pego”), la criatura la enfrenta y le discute.
Ni quiero imaginar la situación, lo que para esa mujer es la chiquita enfrentándola, argumentando, casi como argumenta la nena que vive ahora en aquel departamento, que con seis años es la única en esa casa que trata de calmar a su desencajado padre cuando le grita y golpea a su hijo ante la impasible mirada de su esposa. Ella implora “¡basta, papá!”, y no sé qué dirá Victoria.
No la quiero imaginar, pero no puedo no ver la manera en que la señora aquella acepta el reto cuando Victoria, tratando instintivamente de constituirse como persona, le hace frente. No puedo no verla poniéndose a la altura de su nieta para enfrentar y vencer a su rival. Por las palabras o por los golpes.

Imposición de manos

“Esa respiración no es normal”, me advierte cuando despego mi torso inundado del suyo y busco más aire mientras dura la mirada.
Me sopla el pecho, y se ríe. “Este es el aire acondicionado que tengo”, le digo, y soplo yo también.
Su esternón se me ofrece límpido, abierto, y pongo mi mano sobre él. Ella corresponde el gesto y me apoya una mano en el pecho aún agitado y resbaloso.
Insaciable, necesitado, hambriento, le pido la otra.
Me la da.
Coloca sus pequeñas manos sobre cada uno de los islotes de vello que mis tetillas coronan de forma asimétrica. Respiro consciente, profundamente, y en la hora que pasamos juntos no habrá nada mejor.

Palazo fácil

El otro jueves, tipo 17,30, andaba por Once, y tenía ganas de mear. Demasiadas para aguantar. Y por Pueyrredón no da echarse un cloro contra un paredón a esa hora… Entonces decido ir al baño de la estación, porque dentro de todo está bastante limpio.
Avanzo por la entrada de la avenida luego de esquivar un sinfín de vendedores a los que no podría llamar ambulantes porque no se mueven, sino que tienen su puesto obstruyendo la de por sí escasa vereda. Sobre la parecita que divide el ingreso en declive del que tiene escalones y largos rellanos hay, como siempre, alguna gente sentada. Esperando, mandando mensajes por celular, o leyéndolos, o simplemente descansando un rato. Junto a ellos, dos pibes, dos adolescentes, duermen acostados, uno de ellos en cueros.
Resuelto el apuro, doblo en la esquina del bar para volver a Pueyrredón, y cuatro ratis están echando a palazos a los pibes. La gente mira, el espacio se abre alrededor de la gresca. Nadie interviene, yo tampoco. Yo ni siquiera encuentro empatía en alguna mirada para condenar, aunque sea con un gesto desaprobatorio, la patoteada policial.
Cuatro contra dos, a cuento no sé de qué, los empujan, los insultan a gritos, les tiran algunas de sus pertenencias al suelo. Otras, una botella y un tal vez un termo, quedan abandonadas dentro de una bolsa de súper en la parecita verde. El más sañudo, antes de guardar su tonfa, patea el mono de uno de los pibes: es tan liviano que casi flota sobre la vereda. Mientras, los vendedores ilegales también miran, y los pendejos escapan trastabillando.
Terminada su tarea, los cobanis vuelven a su quehacer anterior, charlar y fumar en el hall frente al tablero que indica el horario de salida de los trenes.
Si los chabones estaban cometiendo un delito, debían ser detenidos. Si estaban infringiendo el Código Contravencional, debía labrárseles un acta. Pero nada de eso ocurría. Se trataba solamente de cuatro federicos aburridos que necesitaban descargar, casi como un quinceañero que se clava una paja porque no tiene nada que hacer.
No era la futura policía de Macri, ni la UCEP, ni un carajo. Era la Federal. Eran los esbirros del comisario Valleca, el mismo que reprimió en la puerta de la fuckultad de Sociales hace 10 años tirando gases en la vereda, de modo que el viento los llevara dentro del edificio, donde se hacinaban y ahogaban miles de estudiantes.
Pese a tal actuación, Valleca logró (¿in aeternum?) el cargo de jefe de la Federal kirchnerista sin que los guardianes de los DDHH, Verbitsky, Bonafini y Carlotto incluidos, cuestionaran su designación ni objeten sus procedimientos.
Con esos antecedentes, los ratis saben que tienen la aquiescencia de arriba para reprimir como lo hicieron en el recital de Viejas Locas, ya no con palos, sino con balas de goma y camiones hidrantes, dejando un pibe en coma, con la vida arruinada.
O para cagar a palos a los manifestantes que se desnudaron frente al Congreso, o para reeditar allí mismo la postal pinochetista de los carros hidrantes en una marcha de ex soldados que quieren ser reconocidos como veteranos de guerra por haber sido movilizados al teatro de operaciones, aun cuando no entraron en combate.
Y mientras la gilada progre se llena la boca con el Fino Palacios, la yuta K abolla libremente los cuerpos de quienes provocan la reacción del pequeño facho temeroso que tenemos dentro: pibes desahuciados, seguidores del Pity, manifestantes varios…

La paradoja de las palabras

Estoy podrida de mi relato, de mis palabras incesantes.
Al mismo tiempo, no puedo dejarlo de lado, como si lo único que me mantuviera en contacto con esa cosa informe que suele llamarse realidad fuesen las palabras.
Pero no es un contacto leve, un apoyo, un sustento… Es algo del orden de lo raigal.
No solo me mantienen en contacto: me atan a esa realidad. Me sujetan. Y cuando quiero romperla con hechos, ellas se imponen. Surgen, y en dos palabras se derrumba todo, y la realidad se refuerza.
Inquebrantable. Irrompible.
Ni a palabras ni a hechos.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Garlic express

Soy adicta a las harinas. Especialmente a la miga. (Meter el dedo en el pan, como un gancho, y sacar un pedazo de miga, ¡qué placer!).
Y digo adicta porque necesito comer algo con harina. No sé si es la sensación de saciedad que produce, o si dispara algún neurotransmisor vinculado con el placer, como creo que pasa con el chocolate.
La cosa es que necesito algo con harina. Sobre todo, antes de dormir. Y también cuando la ansiedad desborda. Así, últimamente no hay noche en que, un rato después de cenar, no coma pan, galletitas, lo que haya… con harina.
La otra madrugada en la alacena sólo quedaba un paquete de Express. Y ataqué. En la heladera no había queso de máquina, y seguramente ningún otro queso. (Si hubiera habido, tampoco lo habría perdonado, aunque no quiera comer queso, salvo con la pizza).
Para cuando las galletitas se habían empastado en la boca y el agua mineral reforzaba la monotonía del sabor, reparé en un diente de ajo que, a medio usar, pasaba la noche en la mesada. Y me lo mandé.
Un pequeño mordisco primero, casi una roedura, para probar. No era incomible. Por el contrario, estaba muy bien. Y a medidos bocados me lo comí todo.
Ya en vena, y con el entusiasmo que da la confirmación de que una idea sale bien, fui a buscar otro. Y me lo comí todo. Y busqué un tercero. Y me lo comí todo.
Y no seguí comiendo ajo crudo con galletitas porque se acabaron las Express.
Y no seguí comiendo ajo crudo solo porque temí que me cayera pesado. Pero no pasó nada de eso: salió todo tan bien que ni siquiera repetí el ajo.

Posdata: la experiencia me ha enseñado que los mejores ajos para comer de esta manera son los dientes que están en el centro de la cabeza, y no aquellos que están en la parte externa.

(No sólo) Quiero cogerme a Carla Conte

Me encantaría cogerme a Carla Conte. Desde que apareció en Call TV hasta el día de hoy. Antes de que quedara embarazada, ¡durante todo su embarazo! (en especial, entre los 5 y los 7 meses) y ahora.
Y, como soy hombre, quiero hacerle el orto, y quiero acabarle en la boca y que se trague hasta la última gota.
Y chuparle las tetas y tomarle toda la leche.
Quiero que me mire, que no me alcancen los ojos ante ella. Ni la piel.
Verla sin maquillaje. Durmiendo.
Verla serena, natural, sonriente. Amorosa. Caliente.
Y necesito que acabe. Quiero ver sus ojos después de que acabó conmigo.
Pero no me alcanzaría. Ponele que un demiurgo favorable organiza nuestros destinos de manera que pueda hacer todo eso y lo que ni siquiera imagino.
No me alcanzaría.
Yo quiero ser el chabón al que ella eligió para que esté a su lado. El que eligió para que le haga un hijo. El que eligió para que la acompañara mientras ella paría en su casa sin anestesia.
Y tampoco me alcanzaría sólo con estar ahí, con ponerme una remera que diga “I fuck Carla” o “Carla’s choice”.
Lo que supongo que me dejaría satisfecho, y en paz conmigo, es responder cabalmente a su elección. Corresponderme con lo que la llevó a elegirme.
Y que vuelva a elegirme.

La ilusión de la realeza

-¡La de catequesis es una pelotuda! ¡No quiero tomar la comunión!
-Ahora no quiere tomar la comunión, pero cuando se vea con el vestido, hecha una princesa, vas a ver cómo va a querer…

No servís ni para vender una entrada

De acuerdo: si vas al teatro a sacar la entrada un día antes del recital, es lógico que las mejores ubicaciones se hayan vendido, que según el tipo de la ventanilla haya localidades a partir de la fila 15, y desde la fila 4 en las alas que están entre el pasillo y las paredes laterales.
Mirando el esquema de la sala y de la ubicación de las butacas que está en la boletería, le pregunto qué ubicaciones de la fila 15 están disponibles. ¡Y me dice que todas! Es decir, la fila 14 está completamente vendida, tanto en el centro como junto a los pasillos, y lo mismo pasa con la 13, con la 12, con la 11. Pero todos los asientos de la fila 15 están disponibles… Raro. Muy raro.
Si tuviera forma de comunicarme con Adrián Paenza, le preguntaría si existe un modelo matemático que analice el comportamiento de los compradores de entradas en situaciones como esta. Tal vez es normal elegir fila 14 a un costado, y no fila 15 en el medio. O tal vez el vendedor era un maniático que no comenzaba a vender las localidades de una fila hasta no haber agotado las de la anterior. O tal vez esas localidades estuvieran reservadas para la venta telefónica… Andá a saber.
Podría haberlo sabido, en realidad, si la pantalla de su computadora, en lugar de estar orientada hacia su lado, estuviera también a la vista del comprador. No es muy difícil hacer eso, menos cuando se trata de una notebook. Ni era tan difícil pedírselo… pero no se me ocurrió. Fue tan expeditivo y terminante que ni se me pasó por la cabeza.
Fue tajante y desdeñoso. Y convincente.
Pero no fue gentil, ni cordial, ni se esmeró en satisfacer al comprador, ni procuró establecer empatía con él. Se limitó a aprovecharse de la condición de cautivo que tenía el comprador/cliente y a hacer valer su poder, su palabra.
Que sonó incuestionable. Que no pude cuestionar.
Y terminé comprando fila 15…

Cornelio (XVI)

Cuántas armas
matando desde afuera,
centellando.
Adentro, cabezas riendo
se ofrecen como blanco.

Es que…
¡Uh ah!, ¡uh ah!, ¡úa!
¡Uh ah!, ¡uh ah!, ¡úa!

¡Qué vací­o se ve
ahora con visores!
Ángulos huidizos,
cenizos, quemados y caras blancas
se ven
brillando.

¡Qué vací­o se ve
ahora con visores!
¡Qué vací­o se ve
ahora con visores!
¡Qué vací­o se ve
ahora con visores!
Ángulos huidizos,
cenizos, quemados y caras blancas
se ven
brillando.

Es que…
¡Uh ah!, ¡uh ah!, ¡úa!
¡Uh ah!, ¡uh ah!, ¡úa!
¡Uh ah!, ¡uh ah!, ¡úa!
¡Uh ah!, ¡uh ah!, ¡úa!

¡Uh ah!, ¡uh ah!, ¡úa!
¡Uh ah!, ¡uh ah!, ¡úa!

(Visores)

Cornelio (XV)

Botes quebrados
(un, dos, tres, cua…),
personas en el agua…
No sé si se ahogan
o si nadan…

Yo estoy arriba,
yo estoy arriba…
Gente rubia en el agua.
¿Están tibios o muertos?
Se hunde y sale a flote
un delincuente.

¡Eh!
Alguien se ahoga…
¿o nada?
¡Eh!
Yo estoy arriba,
yo estoy arriba,
yo estoy arriba…
Gente rubia en el agua.
¿Están tibios o muertos?
Se hunde y sale a flote
un delincuente.

¡Oh! Un delincuente.
¡Oh! Un delincuente.
¡Oh! Un delincuente.
¡Oh! Un delincuente.

Un delincuente.
Un delincuente.

¡Un delincuente!

(Botes quebrados)