viernes, 30 de diciembre de 2016

Posdata (de un mail sin respuesta)

Recordaba aquella frase tuya, enceguecedora de tan lúcida, "no te internaron, pero te internaron igual".
Así sigo. :(

Debería dejar las drogas

Tengo que dejar las drogas. No las ilegales, que, precavidamente, no consumo; no las legales que me interesarían, las cuales me resultan inaccesibles por la acción de esos policías del garche llamados dependientes de farmacias. Tengo que aflojar con las que produce mi cabeza cuando recuerdo y, como lógica continuación del recuerdo, las conversaciones y los hechos van más allá de donde llegaron en realidad.
A veces me resultan útiles porque hacen surgir palabras para usar una probable próxima vez o porque permiten revisar lo que pasa y poder verlo con otra perspectiva. Pero esto es otra cosa. Es dar demasiadas vueltas alrededor de ciertas situaciones, elegir pensar en ellas y recordar algo que no pasó ni pasará, sólo para producir y consumir sustancias.
Debería dejar la droga que produzco al pensar en un viaje a Necochea, en llegar pasando por el puente de todas las postales, en vislumbrar el mar que asoma al fondo de la 87, en el largo trecho de playa que hay entre la costanera y la orilla. Aunque pensar en esto me sirva para notar que no sólo se trata de ver nuevamente, después de treinta años, el mar. Se trata, también, de volver a escucharlo, a tocarlo, a olerlo, a sentir en la lengua alguna gota salada que salpique o algunos granos de arena que me lance el viento. Se trata de tocar la arena, con las manos, con los pies, de ver los caracoles, los más enteros, los más rotos, sus colores; de sentir el viento en la playa o en el parque… ¡El aroma del parque! De volver al único lugar de mi niñez al que querría volver.

Foto: Oscar Bravo. 

Debería limitarme a pensarlo un toque, cuando pinte –y en verano pinta más–, pero sin perforarme las venas, cual yonqui impenitente, buscando y bajando decenas de fotos en Panoramio antes de que cierre. Debería dejar de seguir enroscándome con eso porque es darle más y más entidad. Y porque no creo que vaya a suceder pronto en las condiciones que quiero que suceda, compartiéndolo con alguien ante quien no tenga inconveniente en mostrarme como un niño, con alguien a quien quiera regalarle la eternidad en mi memoria, con alguien que elija fumarse un par de días en función del tsunami de emociones que me sobrevendrán, porque no sé si voy a llorar, a desmayarme, a convulsionar o a tener ganas de hundir mi cabeza en la espuma de las olas.
Debería, también, largar la droga blanda que produce mi cabezota cuando paso por ciertas calles y en ellas veo trazos de los pasos que compartí con alguien –podría dibujar en la Filcar nuestros recorridos, dije alguna vez– o por los umbrales ahora vacíos en los que nos sentamos. Pinta la sustancia y de inmediato saltan palabras que ya no sé si fueron dichas en esas ocasiones o si son las que diría hoy de repetirse la situación.
Debería, sobre todo, parar de pensar en la persona a la que más veces vi en el año, profesional de la salud que con un par de gestos conscientes y otros no deliberados, pero resonantes, armó la cocina de estupefacientes más pesada de mi organismo.
De esos pensamientos recurrentes a veces sale una versión vegana de "Hay cadáveres" o alguna palabra que llegará a destino y quizá tenga como consecuencia más palabras, una risa o un gesto afectuoso (y, ya lo sé, nunca nada más que eso). Pero tanta droga crea una familiaridad inexistente en el mundo real, donde no hablamos todos los días, y es menester un esfuerzo extra para no confundirme. Y tener la presteza de evaluar si lo que anticipé puede realizarse o si, en cambio, hay que guardarse la gran idea para la próxima. O para nunca. Porque, como preví, antes de la intervención me preguntó si había desayunado, pero no hubo margen para la respuesta preparada, "no: te invito, ¿vamos?", y hacerla reír. Ni, después, para hacer el chiste de "si fuera Scioli, me sacaría el brazo, así laburás más cómoda".
Otras veces, la mayoría, no es más que darle a la maquinita mental que produce imágenes definitivamente improbables. Porque está claro que no va a haber –no podría haber habido– un jueves de Dancing en el Konex, dos días en Necochea, un 31 solos en Centinela o apurados en el tren San Martín, dejando pasar un par de estaciones para estar un rato más juntos. (Tan claro como que no iba a estar sin novio el año y pico que pasó desde que el anterior dejó de aparecer en sus redes sociales).
Era evidente que yo no iba a ganar ese concurso de mierda y su premio en efectivo, y menos me iban a avisar justo en un momento que compartiéramos. Que no iba a leer en ningún lado. Que no tengo nada para mostrar… Que no iba a haber ojos salados de emoción por el encuentro ni un gracias escrito en la espalda o un #Ojalá posteado en Instagram. Ni la promesa de un tatuaje con su nombre o con su firma si terminamos bien, ni el regalo que se me ocurrió hacerle. Ni el link de esa canción que habla sobre una ternura que pide a gritos su chance para entrar, aunque esto, no sé si por falta de oportunidad o porque es mejor evitar tanta intensidad.
Ni el que por un rato podría ser si me dijera que soy bienvenido.
No habrá más invocaciones –¡ayudame con S.......!– cuando encuentre dinero en la calle, una moneda de dos o dos billetes de cien y, como siempre, agradezca a quien corresponda. Ni siquiera habrá una intervención más, porque el otro tipo, el que decide, dijo "tres meses y medio", y para abril ya se habrá ido. No podré seguir leyéndole la cara (porque su cara es tan expresiva, a veces, que ¡aguante la expresividad de su cara!) ni conocer la expresividad de su concha. Ni verla fuera del contexto laboral, como la vi la otra vez, de lejos, cuando, casualidad o no, fui a correr a la plaza que está en la esquina de su casa.
Ni mencionar mi pasatiempo favorito, ni encontrar tu teléfono robado o perdido, ni hablar del 448, que, ¿viste?, cambió de color, o de todas las cosas que por suerte ya me olvidé. Ni chances de desearte feliz cumpleaños, porque supuestamente no sé cuándo cumplís, ni de decirte que sos mi residente de ojos verdes Stella Artois y dudar si tiro la frase como si fuera mía o no.
No podré hablar de –ni mostrar– lo ubicado que soy, de que quiero todo sin que eso sea óbice para que tome nota de cómo me ubica la realidad y cómo me ubico respecto de dónde me ubica. No habrá todas las palabras que podría decir, las de ocho hojas por escrito o apenas cuatro palabras certeras (¡¿cuáles serían?!) que permitieran salvar el abismo de las relaciones profesionales y cruzar la distancia que nos separa (ey, a veces no se cruza con palabras, debería fijarme). Si, sencillo y directo, decir que un par de gestos me dieron ganas de más. Si dar un millón de vueltas para tratar de no incinerarme en el desubique. Si decir, corta la bocha, me gustás.
No sé si habrá ocasión de mencionar el momento en que nuestras manos decidieron encontrarse en el mismo punto del universo y dieron forma a uno de mis gestos favoritos y decir el flash que fue. (El jueves te cuento). (No, no hubo).
Pero ni en el viaje más volado logro las palabras para decir lo que sentí esa vez que terminó de atenderme, se quitó los guantes y, de inmediato, volvió sobre sus pasos para ver, una vez más, lo que había hecho. Y con un dedo me tocó la cara, parte del labio del lado izquierdo. La sensación inesperada y estremecedora de su mano levemente fría en mi labio trastocó todo.
(Me hizo recordar a cuando, tipo 12 años, fui al médico porque tenía algún malestar abdominal, y me atendió una pediatra –fue la última vez que me atendieron en pediatría–. Y cuando la mina me pasó la mano por la panza tuve una sensación no te digo erótica. De otro tipo. Reveladora).
Fue la imagen del fresco de la Capilla Sixtina, un dedo vinculando con la vida, con la que –recordé por ese gesto– hay ahí afuera. Y acá adentro. Pero sin intersección posible. Demasiado exagerado todo esto a partir de un dedo sobre el labio, demasiada energía para tan mínima expectativa, para tan nulo resultado. Pero es lo que hay.
Y cuando llega el jueves de Dancing y no hay Dancing, cuando llegue el 31 y no haya tren, cuando llegue la despedida y no haya regalo ni teléfono ni una próxima vez, sólo el final, un chau, gracias, cuidate (sé que va a decirme "cuidate"), alto vacío de energía evaporada. Es salir a la calle y que ya haya amanecido. Es sentir que el alcohol ya se metabolizó. Es publicar el post y no salir del cero comment. Es lo que sucede cada vez que la realidad se impone y disuelve la ensoñación, y una parte del cerebro queda aturdida. O apagada. En corto. Dura abstinencia hasta que suceda otra cosa que resuene en mí, hasta que me invente otra cosa para no reventar, según dijo alguien que solía ser muy lúcida, y que dejó una sensación similar de mundos paralelos cuando se fue.
Debería, sobre todo, largar la droga de escribir, de pasarme horas, que se hacen días, buscando una palabra que me satisfaga y me explique mejor algo cuya explicación no me va a servir para nada y que no podré contarle a nadie. Si –no importa lo que vea, lo que diga, lo que (me) pase– siempre voy a estar afuera, en una ajenidad irreductible que ya es parte de mi piel.
Debería abandonar las drogas comestibles, que mi madre compra porque consume y deja por toda la cocina, cinco tipos distintos de quesos en la heladera por ejemplo, ya que activa comiendo (y rezando) los circuitos cerebrales vinculados con el placer. Y así, como al pasar, conspira contra mis intentos de bajar de peso y vencer a este cuerpo poca-cosa que me dieron.
Debería dejar todas estas drogas y volver al clonazepam, al zolpidem, a la carbamazepina. A visitar psicólogos y psiquiatras con sus teorías y sus drogas infalibles, cuyo fracaso sólo se puede atribuir a una falla del paciente. Volver a los hospitales públicos y reencontrarme con su maltrato y con esos pacientes a los que veo tan diferentes de mí, pero que quizá no lo sean.
O enfrentar el vacío, el fracaso de cada intento, como el de ayer, cuando de todas las palabras pensadas –que repasé en el viaje como en el tiempo en que daba exámenes ahí cerca– sólo pude colar torpemente las vinculadas con el fin de año, y no imprimieron nada. (Ni siquiera pude decir "feliz año" porque no hubo espacio para nada. Y no lo vi. No lo preví. No tuve la presteza de que hablé párrafos arriba. Y fue una cagada).
Y si se necrosan ciertos circuitos neuronales vinculados a la satisfacción o, tal vez, simplemente, a la humanidad, bueno… es lo que hay. Y si hay que desquiciar o paniquear, bueno… algún día va a ser. Así que…

viernes, 16 de diciembre de 2016

Sala de espera (Thick as a mic)

La sala de espera no tiene aire acondicionado. Ni siquiera un ventilador. Sólo un compresor, que no sé qué comprime, pero que cada tanto atruena con su sonido por un buen rato. Sé que es un compresor porque alguna vez un paciente habrá preguntado qué onda, sorprendido por tanto ruido tanto tiempo, y otro, más experimentado, le respondió.
Yo ya estoy entre los experimentados y, cuando algún novato llega y el desconcierto trasciende su mirada, puedo decirle que debe tocar el timbre para que lo anoten en la lista. Antes era la secretaria la que se encargaba de recibir a los pacientes y anotar sus nombres, pero ahora es una tarea asignada a los residentes.
A veces, justo sale un doctor y tiene que rebajarse a esa actividad. Eso sucede pocas veces, eso sucede ahora, con el que me citó a las nueve y me atenderá pasadas las diez. Abre la puerta para despedir a una paciente, y uno que espera aprovecha para preguntarle algo. Todos allí parecen tomar agua cafeinada porque caminan rápido y hablan fuerte. Escucho que el doctor le pregunta quién lo atendió la otra vez, pero la respuesta del paciente no me resulta audible. Sin embargo, sé que dijo Victoria porque él repregunta: "Hay dos. ¿Cuál es? ¿Una petisita?".
Fuck. ¿Qué necesidad de referirse al metro y medio de esa Victoria, y, encima, enfatizándolo con el uso del diminutivo? ¿Por qué no decir, simplemente, "la rubia o la morocha"? ¿Acaso yo pido por el pelado cuando voy a verte? ¿Acaso cultivo el desubique como para pedir por la petisita cuando voy a verla a ella? ¿Acaso ustedes se referirán a mí como…? No quiero pensar cómo.
Entran dos chabones a los que no sé si les nota más que son hipsters o que son putos. Como casi todo lugar público de cierto prestigio reúne a esa gente con los pobres, como el señor del banco de enfrente, que dejó apoyada en el piso la bolsa finita de almacén con un agua grande y un paquete entero de galletitas Granix. En la mano tiene otra bolsa, donde resalta un rollo de papel higiénico, y la cartera que le dejó su mujer antes de pasar al consultorio.
El señor, que debe andar por los sesenta y es rotundamente pobre, de a ratos duerme. Cuando en un momento del sueño echa la cabeza hacia atrás, la puerta de la habitación donde está el compresor se abre. Se despierta y manotea hasta cerrarla, dificultado por la carencia de picaporte.
Volverá a dormirse y a despertarse un par de veces más. En un momento de su vigilia, suena el teléfono de su mujer y el tipo arma otro gag de Buster Keaton buscándolo dentro de la cartera, a uno y otro lado de los papeles que seguramente son los análisis. Hasta que en el tercer llamado –porque el que llama es insistente– se da cuenta de que la cartera, del otro lado, tiene un bolsillo con un cierre y de que el teléfono está allí y no donde él buscaba.
A su lado también duerme alguien. Una chica joven, una especie de clon de Mimi Maura hace unos años, vestida en tonos amarillos, tal vez un vestido, tal vez una blusa y un pantalón, con zapatos de taco chino al tono. No recuerdo la ropa porque lo que se guarda con la forma de la sensación es su look, que rompe la uniformidad de los jeans de todas las otras minas que van ahí.
La acompaña, a su izquierda, un chabón que no sé si es el hijo o el novio. Por lo lampiño, por el color terroso de su piel, por su atuendo descuidado –el pelo revuelto, alguna mancha de lavandina en el jean, las zapatillas gastadas– y cómo contrasta con la prolijidad de ella, por su adicción al jueguito del celular, por la indiferencia que le obsequia, podría ser su hijo: un casi veinteañero grandote… Por lo incierta que me resulta la edad de ella, me surgen dudas.
Clon de Mimi joven duerme en varias posiciones que va cambiando a medida que algo la despierta o que la incomodidad le gana. Con la espalda apoyada recta en la pared, contra el hombro de él, apoyando la cartera en el respaldo si la pared le resulta muy dura, medio de costado, deslizándose en el banco, con la boca abierta eróticamente… Cuando elige el hombro derecho de su acompañante para apoyar la cabeza, el chabón ni se rescata en morigerar sus movimientos de jugador que hace fuerza para encontrar la última bola, para evitar al último monstruo, para lanzar la última bomba.
Ponele que ya no flasheás mirándola dormir. Ponele que tu adicción al celular no te permite rescatarte y procurar no molestarla. Pero… ¿ni un gesto de cariño? No. Ni uno. Nada. El boludo sigue jugando, y los cimbronazos de sus brazos y de su torso, y hasta de sus piernas, repercuten en ella, que a veces se reacomoda para seguir durmiendo contra el hombro. Y esa desconsideración, a la que veo tan propia de un adolescente, me hace pensar que podría ser el hijo.
Cuando sale otra paciente del pelado y entra el que está antes que yo, me acerco a la puerta y me siento en un banco más cercano a ella para ganar tiempo y caminar menos en el momento que llegue mi turno, como cuando caminamos hacia la punta del tren que nos deja más cerca al aproximarse la estación donde tenemos que bajar. Desde allí, Clon de Mimi y su compañía quedan completamente fuera de mi campo visual, que sólo apunta a la puerta porque ya me siento mal y me bajé en dos minutos el jugo que llevé buscando darle a mi cuerpo el azúcar que suele pedirme.
Solo una vez vuelvo a mirar hacia el lugar donde están. Ella ya se despertó, y en un instante su lenguaje corporal me quita toda duda: la veo pasando su brazo izquierdo por el espacio que queda entre el brazo derecho y el cuerpo de él, y esa forma de agarrar, esa forma de mirar no son las de una madre. El chabón, obvio, no suelta el celu, aunque ahora parece que no está jugando, sino mostrándole algo a ella.
Se me ocurren dos preguntas. Bah, tres. "¿Cuándo mierda me atiende el pelado?" es la primera. La segunda es "why not me?". ¿Por qué no puedo estar yo en una situación así? ¿Por qué no puedo dar gestos como los que no le dan a Mimi si puedo ver cuándo corresponden? ¿Por qué no puedo decirte las palabras que se me ocurrieron para dar cuenta, Victoria, de lo que vi de vos; por qué no puedo pegarte una dedicada y merecida chupada de concha? Podría hacer bien algo de eso. (Y probablemente fallar en casi todo lo demás). Pero ni siquiera califico.
La última, inevitable, ¿qué carajo hace una mina como esa con un chabón así?, sólo halla respuesta en una frase de Amalia Granata sobre el Ogro Fabbiani: "La tiene gorda como un micrófono".

Circular interna Nº 173

Temario: I. Frente a la masacre del boliche Cromañón
El fin de año venturoso que esperaba la burguesía y los sectores altos y medios de la pequeña burguesía e incluso franjas de trabajadores en blanco de grandes empresas de la industria y los servicios, se vio abrupta y violentamente empañado por la masacre del boliche Cromañón. (…)
Estas fiestas "tranquilas" se iban a dar en el marco de la coyuntura de luchas obreras de la que venimos dando cuenta, más allá del tradicional parate por las fiestas y el aumento de salarios a las capas bajas de los estatales y las sumas fijas a desocupados y jubilados, más los 100 pesos no remunerativos para los trabajadores en blanco. Todos los analistas burgueses auguran que ésta va a seguir durante todo el año entrante.
Pero los al menos 185 muertos y los cientos de heridos de gravedad -la peor masacre por causas no naturales de la historial nacional, equivalente en muertos a más de dos atentados a la AMIA- se convirtieron en un cimbronazo totalmente inesperado. (…)
En el marco de la situación no revolucionaria que hemos definido, la crisis actual es expresión de la crisis orgánica latente. Ibarra y su estructura política (construida con los requechos del Frepaso, sectores de la UCR y socialistas) son la principal base política del kirchnerismo en la Ciudad de Buenos Aires. De ahí, se entiende el "ruidoso" silencio de Kirchner durante los primeros cuatro días posteriores a la masacre, en los albores de un año predominantemente electoral donde la Carrió se perfila como primera en las encuestas en la Capital.
La "ayuda" que le quiso brindar a Ibarra con las declaraciones de su secretario de derechos humanos, Eduardo L. Duhalde, poniendo como responsables de las decenas de muertes a los jóvenes que habrían prendido una bengala (parte normal y ordinario del folklore roquero), más bien sirvió como un salvavidas de plomo. (…)
Nuestra política
La consigna de "Fuera Ibarra" debe ser la principal bandera de agitación. Junto con este, denunciar al gobierno de Kirchner y al conjunto del régimen como cómplices y encubridores del responsable político de esta inédita masacre.
Si la crisis se agudiza, se abriría la posibilidad de que se monten maniobras institucionalistas para evitar la caída revolucionaria de Ibarra. Allí nosotros tendremos que agitar abiertamente la necesidad de imponer con la lucha obrera y popular una "Asamblea Constituyente de la Ciudad que discuta todos los grandes problemas de las mayorías populares", como decimos en el volante nacional (aunque es aún prematuro y está en el plano de la propaganda ya que la clave hoy pasa por el derrocamiento de Ibarra mediante la movilización independiente de los trabajadores y el pueblo). (…)
Sucesos como el acontecido nos permiten a los revolucionarios agitar y propagandizar contra el capitalismo y sus empresarios, que como Chabán o Taselli no titubean un segundo en "ahorrar" en la inversión para la seguridad de los trabajadores y el pueblo en cada establecimiento, para lucrar más y más, convirtiéndose todos en potenciales asesinos. Hablan de "inseguridad", ¿quiénes la provocan? Mientras los capitalistas manejan hasta la diversión, no va a haber seguridad para el pueblo pobre. (…)
Lo sucedido desde la masacre y nuestra intervención
(…) A pocas horas de los hechos, el 31 a la tarde, se hicieron presentes en el lugar de la masacre alrededor de 70 compañeros de las zonas de Capital, pero no sucedió nada porque primaba el caos y la mayoría de los familiares no tenía idea sobre la suerte de sus seres queridos. Al mediodía ya estaba impresa y puesta en la página web del PTS la primera declaración del partido donde hacíamos responsables a Ibarra y el empresaria Chabán y exigíamos la conformación de una comisión investigadora independiente.
El sábado primero de enero participamos de una asamblea de los pibes callejeros en la Plaza Once, en la que primaba la bronca y un marcado rechazo a todo lo que oliera a partidos políticos. A partir de allí y casi espontáneamente, salió una columna de unos 300 a la morgue para exigir la entrega de los cuerpos. A la hora salió otra hacia este lugar, de unos 1000, en la que objetivamente la dirección política recayó en las fuerzas de izquierda que estábamos presentes: el PTS, el PCR y el PO, pese a la presencia de Bordón y Mellman, ambos padres de chicos asesinados que hoy trabajan en el Ministerio de Justicia kirchnerista con sendos sueldos.
Allí los cánticos que componían los compañeros, contra Ibarra y Chabán, marcando que se trató de un asesinato producto de la corrupción, diferenciándonos de Blumberg, etc., prendían entre los manifestantes, muchos de los cuales eran vecinos indignados. (…)
Con toda la audacia
1) Creemos que el partido debe intervenir muy audazmente en esta coyuntura. Muchos de los sobrevivientes o jóvenes familiares o amigos de los que fallecieron son trabajadores y/o estudiantes secundarios. En casi todas las estructuras nos enteramos de alguien que conocía a alguno que estuvo en aquel recital fatal. Además son varios los barrios que tienen muchos muertos, ya que venían en banda a ver a su grupo, como Ituzaingó, Villa Celina, María Elena, San Martín, etc.
En la Capital, los compañeros de No Pasarán y de En Clave Roja, junto a distintos grupos de izquierda y algunos sobrevivientes y familiares conformaron una comisión para hacer distintas actividades, como la realización de una bandera con tres consignas para la marcha del jueves. (…)
Tenemos que actuar con la mayor audacia en todas y cada una de las zonas y regionales partidarias, creando frentes únicos que nos permitan desplegar abiertamente nuestra política de clase. Tenemos que recurrir a todo tipo de iniciativas. Por ejemplo, en Capital hay chicos muertos de importantes colegios donde se pueden organizar comités con sus compañeros por el castigo a los culpables, haciendo todo tipo de actividades. La presidencia de los centros que compartimos en Sociales y en Filo de Córdoba tienen que ponerse al servicio de crear un ala de izquierda que quiera luchar hasta el final. (…)
El jueves 6 participaremos en Capital de la movilización, en principio sin banderas partidarias ya que la marcha está siendo convocada por el mismo grupo "Callejeros" (o sus seguidores) y explícitamente ponen en sus volantes la maccartista consigna "sin banderas políticas". Sí vamos a hacer banderas que expresen las consignas para la agitación. En las provincias tienen que estudiar si da para ir abiertamente como partido o no. No tenemos que descartar que éstas movilizaciones sean más de derecha que la del lunes, por la abierta intervención de los agentes de las distintas camarillas burguesas.
Debemos intervenir con todas las fuerzas partidarias. Todas esta actividad de agitación, propaganda y organización deben ser preparadas desde los equipos partidarios junto con los compañeros que integran los círculos marxistas y sus amigos. (…)

El sinfín del optimismo berreta

Cuando tengo la desgracia de que algún/a idiota me dé clases del optimismo infeliz con el que enfrenta la vida y me diga "yo vivo todos los días como si fueran el último", me dan ganas de preguntarle si coge sin forro. Me contengo, no sé si por urbanidad o porque sé de lo inútil de la pregunta, porque sé que no cogen ni les interesa.
También están quienes afirman que las cosas sucederán si uno las desea intensamente. Fuck, amigos, si eso fuese cierto ya me habría cogido a Demi Moore, a quien deseo desde que la veía en los afiches callejeros que publicitaban "Échale la culpa a Río". O a Carla Conte, que lleva doce años en el olimpo de la cabecera de mi cama.
La retórica motivacional que circunda el running y la actividad física en general está llena de pelotudeces así. Restallan en afiches y resuenan en las voces marciales de los entrenadores just do it, no pain no gain, impossible is nothing, no hay que bajar los brazos y la forrada cúlmine: el que abandona no tiene premio.
¡¿Perdón?!
Me cago en tu premio. Que te quede claro: me recontra cago en tu premio. No corro por un premio, no haga nada por tu hipotético premio. Ni siquiera por el mío, ya que mi cuerpo no toma mucha nota de mi esfuerzo y, en cambio, sí lo hace, cada vez, respecto de lo que como.
Y claro que a veces es mejor bajar los brazos y abandonar. Abandonar es una opción, es la opción mejor a veces. ¿O querés que me rompa? ¿Querés que me desgarre, que padezca la consecuencia de intentar sostener 170 pulsaciones más de lo que puedo? Chupame bien el orto… justo cuando vuelvo de correr. Forro de mierda.
En otro ámbito, el que te dice "ya vas a encontrar a alguien que te quiera" ni siquiera califica como optimista berreta: califica como cagón que no te dice abiertamente lo que subyace en esa frase: "Yo no te voy a querer ni en pedo". Otra baratura en esa línea, la del que dijo "vos sos un sol, alguien te lo va a decir", no me molesta tanto porque el chabón se suicidó, y me gusta creer –total es gratis– que lo hizo al comprender que no, que nadie te va a decir nada, al menos no por su sola afirmación.
Pero lo que más (me) suena estos días es esa gilada que insta a la acción, sea cual fuere esta, encararse a alguien, presentarse a un examen o pedir un adelanto del sueldo, porque "el no ya lo tenés" y "con intentar no perdés nada".
Error. No tengo el no. No tengo ni un no ni un sí. Y a veces es mejor eso que la confirmación del no. Sobre todo cuando ya tenés tantos noes que no te entra uno más. Que no querés un no más. O cuando intuís que el sí sería muy lindo, pero que rápidamente encontraría su límite en mi propia incapacidad.
De última, "te sacás las dudas", dice tu autoayuda de cotillón. No: de última, arruinás todo, generás una situación incómoda, te vas al pasto o quedás hundido en la leca, en un lugar del que no se vuelve –con los demás– y del que será penoso reponerse –para uno–. Y no me corras con que "si no lo intentás, no lo vas a conseguir" y "nunca vas a saber si había chances o no" porque esto no es un elogio de la pasividad, es una valoración de las probabilidades. Casi casi como cuando cruzás la calle.
Ni hablar si la persona a la que te encarás se enoja. Porque tal resultado confirmaría, además, que es una pelotuda de mierda. Llegado el caso, el rechazo me lo banco con solvencia y aplomo: estamos hechos de rechazos (más los tipos que las minas, más las gordas que las flacas), aunque su unanimidad es excesiva, es abrumadora, es infinita. Ahora, el enojo… Si, cuando te hablo de-sde lo mejor de mí, lo tomás a mal, andate a la reputísima madre que te parió por el culo. No quiero saber que sos así.
(La versión aggiornada de esa frase dice que "el visto ya lo tenés", lo cual tampoco aplica en mi caso, porque ni los mensajes me leen).
Y ahora que estamos cerca de las fiestas, por favor, no me vengan con los mismos deseos que me vienen repitiendo hace muchos años. Porque no alcanzan, no sirven, no se cumplen. Y sus palabras no hacen más que recordármelo.
No seamos optimistas al pedo. Cuando mi viejo estaba postrado, en parte por sus limitaciones físicas y en parte por sus limitaciones ¿neurológicas?, y estaba claro que ya no iba a salir de la cama, jamás le dije "que estés bien" o "que te mejores": me parecía casi un insulto, una demostración de no estar haciendo contacto con la realidad. Mi frase era "que estés lo mejor posible".
Así que no me digan nada. Porque pasó otro año y sigo sin cogerme a una chica que use havaianas, sigo sin ver de nuevo el mar, sigo sin correr una carrera, sin dormir normalmente, sin escuchar que me dicen "te amo", sin que me acaben en la boca y varias cosas más que podrían ser otro post. Y porque pasaron seis meses con mi dentist dándome demasiadas vueltas en la cabeza sin que percibiera ni un margen para decirle nada, menos aún cuando dijo que tiene novio, menos que menos cuando le dijo a otro paciente "tenés mi teléfono, cualquier cosa me llamás" y a mí nunca me dio el teléfono.
Y no me digan, en un clímax de conformismo, que qué bueno que al menos tengo diente de nuevo. Porque estuve diez meses casi como el Pepo, porque me dijeron "en tres meses lo tenés" y fueron seis, porque tuve que ir casi veinte veces y porque la stalkeé hasta saber cuándo es su cumpleaños y no pude ni decirle feliz cumpleaños.