viernes, 21 de junio de 2019

MP3 (III)

Yo sigo dando vueltas a aquella tarde de la placita junto a las vías, cuando me regalaste el mp3. Para mi memoria fue el mes pasado, el año pasado. Podría hacer el esfuerzo y recordarme que no, que fue en enero de 2010. Si tuviera a quién contárselo, habría sucedido más rápido esto de notar que con solo decir mp3 todo se ubica en un tiempo remoto. Porque, aunque no tenga, ahora –hace mucho– la música se escucha en Spotify.

El último de Casas

Crecimos sabiendo de los artistas no solo por sus obras, sino también por sus declaraciones periodísticas. Es algo que habrá comenzado en la segunda posguerra, supongo; tal vez un par de décadas antes. Previamente se los conocía nada más que por su producción o por alguna adscripción explícita a una ideología o a un gobierno, estilo Leni Riefenstahl, o por sus participaciones directas en ciertos hechos, como Ascasubi o Saint-Exupéry.
En esas entrevistas podemos desencantarnos de lo que dice el escritor o la cantante de nuestra preferencia, o podemos reafirmar nuestra valoración, o podemos pasarlas por alto y recordarnos que nos gusta cómo canta, cómo escribe, cómo toca, y que lo queremos en nuestra vida para eso y no para cuñado.
La llegada de las redes sociales –en especial, las que tienen latiendo todo el tiempo, como un taxi en un atasco, los números que indican la aprobación ajena– modificó sustancialmente la situación. Ahora cualquier artista, famoso, conocido, incluso los que entraron en esas categorías a partir de las mismas redes, puede comunicarnos en tiempo real dónde se va de vacaciones, la gracia que hace su gatito, qué cuerdas usa (y conseguirlas por canje), qué dulce de leche le gusta (y conseguirlo por canje) o mostrarnos lo hinchada que tenía la cara cuando se despertó.
Y si están más o menos cerca de la categoría "intelectual", o si pretenden acercarse a ella o, simplemente, mostrarnos su sensibilidad social, también nos (?) compartirán sus opiniones sobre los gobiernos –este y/o el otro– o sobre el aborto, se preguntarán dónde está Maldonado, advertirán –sin más sustento que su mero deseo– sobre la posibilidad de un corralito, subirán una imagen con la bandera arcoíris (y, en el post siguiente, una foto junto a una homofóbica recalcitrante y violenta, pero nacional&popular) y así sucesivamente con lo que les dicte su versión de la actualidad.
La combinación de ambas puede ser letal: Paola Krum quejándose en una entrevista de que la crisis económica le impide pedir delivery todos los días, Paola Krum agregando que su hijo le dice "mamá, sos una famosa pobre, todos viajan y nosotros no" (mamadera con la idea de pobreza que tiene el pibe), Paola Krum olvidándose de que subió a Instagram fotos de sus vacaciones de verano en Río de Janeiro. Paola Krum es famosa desde que salió casi en bolas en Ritmo de la Noche, pero ignotas conocidas solo en el corredor Puan-Fsoc replican la dinámica y lloran macrisis mientras postean fotos de sus vacaciones en el sudeste asiático.
Lo más revelador, sin embargo, es la forma en que interactúan con el resto de la gente. No hablo de las stars que pagan especialistas para que les manejen sus cuentas; hablo del cuatro (o siete) de copas egómano tan incapaz de vencer la tentación de los pulgares como de llevar adelante el intercambio cuando no se le celebra el chiste o si se le señala alguna inconsistencia.
Están los que se excitan con el poder de bloquear; están los que, además, lo explicitan. Está la que se busca en Twitter y responde cuando la nombraron sin arrobarla. Está la que busca su nombre escrito con números y te bloquea. Están los que devuelven una respuesta sobradora cuando les decís algo que no es un halago devoto; están los que en una situación así no te responden, pero dan fav al comedido que te bardea. Están los que lloran trolls. Están los que te borran un comentario en Blogger, están los que ponen la dirección de mail en su blog y cuando les escribís no te responden ni para decirte "no". Están los que, ¿guiénsó?, tienen cuenta privada en Instagram y, doble ¿guiénsó?, rechazan tu solicitud cuando tratás de seguirlos (Instagram es particularmente una mierda, entre otras cosas porque el algoritmo continúa sugiriéndote que sigas a alguien aunque te haya rechazado, y tampoco te avisa del rechazo, con lo cual, y hasta que te das cuenta, insististe dos o tres veces y te convertiste en un ser molesto sin enterarte).
Cada una de estas cosas termina, sin querer –sin querer ellos y sin querer yo–, alejándome, tanto de su obra como, más mundanamente, de la posibilidad de que les pague por una clínica o un taller. ¡Yo qué sé qué pensaba Pizarnik del déficit fiscal, del peronismo o de que te pase por arriba una tanqueta de un gobierno autodenominado democrático y socialista! Zafó Alejandra de eso. Y no, no voy a leer su correspondencia para saber si dice algo al respecto, bastante leche le han sacado a esa vaca.
Cuando una de mis dentistas me comenta que su hija necesita algunos poemas de poetas argentinos para llevar al colegio, a ver si le puedo tirar una onda con la búsqueda, termino descartando de la recomendación a algunos –y algunas– por situaciones referidas a la interacción virtual, sea en redes sociales o a través del e-mail. Sin ellas, habrían estado en esa módica selección que no sé si le habrá servido a la piba. Y un par entraron de cabeza por su buena onda; porque, digamos todo, en algunos casos te responden bien, y, además de gustarte lo que escriben, les valorás ese gesto.
Ya no sé en qué lugar de la web me entero de que salió el último libro de Fabián Casas, un libro de poemas del cual había leído un adelanto publicado en otro sitio hace meses, y que, como casi siempre con Casas, me había gustado mucho. Entonces comienzo a rastrear alguna info, si alguien subió algún poema más, cosas así.
La búsqueda devuelve más entrevistas que poemas. Es curioso, estos aparecen como fotos subidas a Instagram, y no como texto en, por ejemplo, un blog. Hay un par que multiplican el entusiasmo, en especial el de New Order, y hasta busco el precio. Después del shock del número, 500 mangos, y pese a él, fantaseo firmemente con comprarlo.
También hay uno con un ruido importante, el que dice "pequeño huevo kinder de chocolate", usando cinco palabras para algo que puede ser dicho con dos o tres: "huevito kinder" o "huevo kinder chiquito". Aparte, ¿qué necesidad hay de usar la palabra "chocolate" si con solo decir "huevo kinder" ya sentís la lengua y los dientes amarronados y dulzones? Perdón, pero necesitaba hacer esta crítica de taller aunque nunca fui a ningún taller.
Le doy play a una de las entrevistas, la de Radio Continental. Ahí habla contra la esperanza, una idea que alguna vez recorrí en este blog. No cita a Weber, pero usa una frase con el ADN de un verso de Casas: "La esperanza tiene el dardo de Daktari", te adormece y te saca ímpetu y acción.
Después se muestra dolido por la desigualdad social, por toda la gente que ve viviendo en las calles, a la cual parece que antes no veía (?). Critica la originalidad, lo cual se patentiza en el hecho de que hay un escritor salvadoreño, Martín Cruz, que en 2013 editó un libro titulado Cuentos y poemas en Prozac, y en un momento dice que está bueno eliminar el ego: "No tiene que venir Marie Kondo para decirte que si tenés cuatro camperas dale dos a la otra gente. Si tenés 3500 libros, repartí los libros, repartí tus cosas" (4:10).
Y esa declaración me quita de inmediato las ganas de comprármelo. No sé cuántos libros te dio la editorial, no sé cuántos entrega como parte de la campaña de prensa previa al lanzamiento, que coincide con la Feria del Libro (la cual hace que ese programa cambie el día de la columna literaria para que Casas pueda ir, la cual lo pasea por programas como si fuera un músico pop promocionando su último disco). Pero, bueno, dale, te tomo la idea. Repartí tus libros, Fabián. Aunque no tengas 3500, repartite algunos. Y vos, Planeta, también: repartí los libros de Fabián, vos sí tenés más de 3500...
Nos podemos encontrar, de casualidad o no, en la esquina de la panadería San Lorenzo, por ejemplo. Seguro la ubicás. Ponés tu ego en mute por un rato y me das tu libro nuevo. Como dedicados valen más, y para mostrar mi desinterés por esa posibilidad de reventa, no te pido que me lo autografíes. El libro y nada más. ¿Te va?
No creo que esto suceda, así que –de paso, mangazo– si alguien que pase por aquí lo compró o encontró en la web otro poem en Prozac, puede dejarlo como comentario de este post. Por mi parte, de tanto en tanto volveré a buscar si alguien sube algún poema más. Y como soy de la vieja escuela, del texto, del html para que lo vea el buscador de Google, dejo acá, tipeados, los que encontré.

Juguete

La niña abre su pequeño huevo kinder de chocolate
y le pide al padre que le lea la frase
que acompaña a su único juguete: No hay nada
que sea tuyo, nada que te pertenezca,
nada sobre lo que puedas reinar.



Surgir

Suele suceder: el Hombre Invisible
no quería ser invisible y se pasaba por la cara
una cinta blanca para surgir... ¡Ah! Ya nadie quiere
soportar la felicidad del anonimato.
El Tiempo sufre la misma tragedia.
Y se vuelve pedagógico y previsible.
Tiene que poner canas en las cabezas,
dentaduras rosas flotando
en un vaso de agua
y sacar de stock a algún animal fabuloso:
todo para hacerse ver.



La historia de New Order

Imaginen a Sísifo con la roca en el piso,
sus brazos agarrotados de cansancio
y fumando un pucho antes de volver al karma.
Cuando Ian Curtis se ahorcó, la banda no se desmembró,
pero tampoco intentó embalsamarse
con un nuevo cantante. Nada de taxidermia.
Establecieron un nuevo orden,
buscando atravesar la angustia
hasta llegar a la libertad. Y casi
nunca cantaban las canciones viejas.



Coloso

Después de un supremo esfuerzo
el tiempo logra separar a los amantes.
Pero el brazo de uno, partido,
queda pegado al sexo del otro.



Aviso

La familia es una patología
que te acompaña toda la vida.
Pongámosla en la heladera
para que no se pudra.



Tomando el té antes de la hora inglesa

El matrimonio que se puede constatar
no es el matrimonio.
El amor que se puede nombrar
no es el amor.
El dolor que no se puede transitar
¡es el dolor!

El ojo

Los hinchas de River quedaron tan pegados a la euforia que les significó ganar la Libertadores que pasan por alto el desempeño de su equipo en el Mundial de Clubes. No es que ahí perdieron con el Real Madrid, no es que –a falta de Ronaldo– Modric o Kroos les pintaron la cara, no es que se comieron una paliza como la que se comió San Lorenzo (como la que se comen hace años los equipos sudamericanos). ¡Ni siquiera llegaron a jugar con el Real!
Les quedó en el olvido haber perdido con un equipo emiratí, que ni siquiera estaba allí por ser campeón de Asia, sino por local. Quizá sea producto de una intensidad incomprensible para alguien que no es hincha de un equipo grande y/o que no tiene un rival con el que complemente un clásico enorme, pero a mí me suena muy mentalidad de cabotaje.
Encima, no perdieron con un equipo que se llama Guerreros del Desierto o Talibanes Decapitadores (?). Perdieron con un equipo que se llama El Ojo. De verdad: no sé si son masones o qué, pero se llaman así. Aunque ese nombre no es tan estrafalario si lo vemos desde el otro lado de las cosas, porque, al fin y al cabo, العين le ganó a النهر.
Y si River perdía el partido en el Bernabéu, la semifinal del Mundial de Clubes, más que un partido de fútbol, habría parecido un consultorio otorrinolaringólogico.

Nos vimos

Te vi permitiéndole a la señora militante el gesto de afecto que me impediste un rato antes, esa vez que fue la última que nos vimos.
Te escuché cuando llegué a casa con la demora propia de reemplazar el segundo bondi por mis pies y al llamarte, como me habías pedido, tu voz fue la forma sonora del cariño.
Te vi por el borde finito sin contact esmerilado de la puerta del consultorio la mañana que me acompañaste a la dentista: yo salía porque era el momento de pagar y te había dejado la campera con la billetera, vos esperabas que terminara el tratamiento de conducto leyendo el libro de Murakami, y me detuve un par de segundos ante esa imagen desconocida. Como me detengo cada vez que voy, sobre todo si es de día y hay sol, justo antes de abrir la puerta para irme, así puedo mirar de nuevo por esos pocos milímetros transparentes y viajar hasta aquel mediodía.
Te vi antes de entrar, poniendo tu mano en mi pecho, sobre el buzo de Georgetown, mientras apurabas el cigarrillo después de una hora de viaje y abstinencia.
Te vi darme un alfajor Vauquita en la estación cuando esperábamos el tren de vuelta. Te vi reírte cuando lo comía con la boca dormida. (Te vi varias veces sacar de la cartera/mochila comestibles que habías llevado para que mi glucemia no jodiera).
Te vi subiendo cosas de Cordera, de Ciro Pertusi, de Miriam Lewin, de Trimarco. Y me dio un poco de risa.
Te vi subiendo cosas de una golpeadora y abusadora de menores a la que reivindican solo porque tenía concha. Y me dio tristeza.
Te vi descartar al pibito del Fotolog más o menos como me descartaste a mí.
Me vi el desconcierto una de las primeras veces que hablamos por teléfono y aludiste a la escalera de la entrada de mi edificio cuando aún no habías venido a casa (y el Street View no existía).
Te vi militando como si quisieras ser más militante que tu amiga o como si buscaras un lugar de pertenencia.
Te vi de reojo la primera vez que fuimos a ver a Palo, y fue una revelación ver a alguien a mi lado.
Te vi temblar la pera debajo de los anteojos oscuros cuando te pregunté qué era lo que había pasado con el delincuente. Y te vi no decírmelo.
Te vi un 31 al mediodía en la plaza de Jujuy, y también vi que te quedaste un poco más cuando en el momento en que llegaba la despedida hablé de algo que había pasado con mi padre.
Te vi contener la risa cuando te saqué una foto con tu teléfono en el bar de Boedo (aunque sabía que la ibas a borrar para que no quedaran huellas digitales del encuentro). Te vi poner cara de orto cuando hice lo mismo en la pizzería mediocre de la otra avenida. Y no entendí.
Te vi siempre –casi siempre– vestida de negro.
Te vi desde la esquina opuesta a la de la librería donde nos citamos la primera vez que nos vimos, mientras hablabas por teléfono con los auriculares puestos. Con los años vi tu nombre escrito con fibrón en esa pared cada vez que caminé por ahí. Porque lo escribí yo.
Te vi la única vez que te miré durante el recital –porque me habías pedido que no te mirara–, sentada en la butaca que estaba a mi derecha, cuando Gabo cantó la de "crol adelante y crol atrás". Y siempre que escucho esa canción, aunque sea en Youtube, miro hacia mi derecha.
Te vi venir a verme más pronto de lo que la frecuencia de nuestros encuentros permitía esperar cuando te conté que en el hospital me habían dado carbamazepina.
Te vi siempre sin tacos.
Te vi abrirte el relicario para mostrarme las fotos de tus viejos. Te vi usarlo otra vez y entendí que te lo ponías para sentirlos cerca cuando las papas (te) quemaban.
Te vi en la parada del 96 cuando me dijiste que me rescatara de mis muestras de afecto, aunque no recuerdo que hayan sido especialmente intensas esa noche. Lo mejor fue que ninguno de los dos lo tomó a mal.
Te vi de perfil esa vez y me cayó la ficha de lo linda que eras.
Te vi cuando volviste de las vacaciones y la piel se te despegaba como papel araña gastado.
Te vi diciéndome que te gustaría no haber empezado a fumar.
Te vi/leí decirme que el tiempo que compartimos tuvo un gran valor para vos. Te vi/leí, acto seguido, ponerte en forra diciendo que nunca más me lo ibas a decir.
Me viste siempre en la partición oculta de tu disco.
Te vi en el bar de Ramos, cuando atrás tuyo pasaban los colectivos que por viejos ya no podían entrar a Capital y que las empresas reciclaban en sus líneas provinciales, y te conté que desenfocar la mirada me llevaba varios años atrás en el tiempo.
Me viste esa noche preguntarte por el año y pico en que no nos habíamos visto, y te dije que no quería que fuera como con mi viejo, con quien nunca mencionamos el tema cuando volví a verlo, después de varios años, para trabajar con él.
Me viste diciéndote que eras la persona que más sabía de mí en el mundo.
Te vi/leí diciendo que te estaba boludeando, y no era así. Bah, eso digo yo, y no hay un deus ex machina que desempate nuestras opiniones.
Me vi explicándole a Paula, esa noche que llegué tarde y no me atendió, que la causa de mi demora fue haber estado seis horas hablando por teléfono con vos. Vi cómo le cambió la cara, del fastidio al entusiasmo, y entonces me vi explicándole que no era lo que ella pensaba.
Me viste cuando te mandé una foto que fui a escanear especialmente para mostrártela, esa en la que estoy, a mis diez-once años, con uno de mis cobayos en la mano.
Te vi esa tarde en que saliste de la boca del subte en Congreso y a los diez metros de caminar juntos ya te habías dado cuenta de que no me sentía bien: lo que a los médicos les lleva infinitas consultas –porque nunca lo ven–, a vos te llevó una mirada.
Me vi como un payaso amenizando por un rato un margen de tu vida.
Te vi en la tele el día del fallo, cuando el camarógrafo y el editor se enamoraron de vos, y en cada flash del noticiero aparecía tu imagen.
Me viste la sorpresa infantil cuando descubrí al articulado de la 180 en el semáforo de Viel y te expliqué que era la primera vez que veía uno en persona.
Te vi/leí diciendo que "me desperté y me di cuenta de que quería tenerte a mi lado" cuando el que estaba a tu lado era tu marido.
Te vi/leí lamentar repetidamente la pérdida del deseo y vi tu silencio sobre el tema una vez que lo recuperaste.
Te vi entrar desencajada a la estación después de que te fueras del teatro sin avisar cuando me acerqué a saludar a la iluminadora de Gabo, después de buscarte media hora por las calles de Once sin saber dónde te habías metido.
Te vi/leí decir esa frase de palmaria lucidez, "no te internaron, pero te internaron igual", que espantosamente sigue vigente.
Te vi coincidir con todos los que me abandonaron sin tomarse el trabajo de decir por qué. Te vi coincidir con todos los que así contribuyeron a la vigencia de la frase.
Te vi llorar una vez que te hice masajes en la espalda sentados en un umbral de la cortada, y preferí no mencionarlo para que no te sintieras expuesta.
Te vi mantener nuestra relación extraña en un micromundo integrado solo por vos y yo (y, quizá, tu psicóloga), donde no había una referencia externa y vos tenías el poder, te vi decir "lo que yo quiero cuando yo quiero".
Te vi la inquietud cuando una abeja se acercó a merodearnos la tarde que viniste a casa. Y, aunque tenía plena certeza de lo que te dije –que las abejas de mi jardín son buena onda–, también vi que mis palabras fueron insuficientes para devolverte la calma.
Me viste juntando volantes de papel blanco, de esos que dejan en las puertas de las casas, de esos que junto para vender, y dijiste que te causaba gracia no saber cuándo iba a tirar el manotazo y cuándo no.
Te vi convertirme en una piedra, en un monstruo al que no se le puede –ni debe– hablar. O ratificando que soy eso.
Me vi la otra noche agarrando el teléfono para dejarte un mensaje por tu cumpleaños, que no respondiste. Como no respondiste ningún mail en todo este tiempo. Por qué no sé quién carajo te creés que sos para no responder, aunque sea para decir "ya fue".
(Me vi venciendo el repelús que me dan los recuerdos de mierda de tantas veces que llamé a gente, al pedo y molestando, poniendo la cabeza en la guillotina de su desprecio. Me vi caminando por la calle Gascón hace veinte años o en el ascensor de este mismo edificio cuando tenía quince, dejando papeles escritos con palabras que buscaban una comunicación imposible con quienes ya me habían excluido de sus vidas sin avisarme).
Te vi/escuché decir "tuviste tu oportunidad" y también, una vez, que no daba vernos porque "ni vos sabés si te vas a sentir bien".
Te vi riéndote después de empujarme en el borde de la escalera mecánica del Spinetto esa noche en que Palo tardaba en empezar.
Te vi un rato más tarde invitándome a comer unas porciones de pizza a ver si así se me pasaba el malestar hipoglucémico.
Te vi/leí decir que preferías dedicar tu tiempo a "hacer con gente real con necesidades reales", como si yo y lo que me pasa no fuese suficientemente real.
Te vi en el Fotolog aquel del cual dejaste, adrede o no, todas las pistas para que lo encontrara.
Te vi en la parada del 96 la noche que te enojaste, pero no te vi durante esa hora de viaje que habrá sido una mierda.
Te vi/leí mencionar tus ganas de ir a ver a Dancing algún jueves conmigo (al pedo, porque nunca estuvimos ni cerca de ir) en el mismo mail donde dijiste que no admitías una despedida (?).
Me viste cuando pasamos por una veterinaria y me quedé un rato fuera del tiempo mirando los cobayos que había en la vidriera.
Te vi tratar de compartir una canción que no sonó en tu mp3 justo antes de salir de la pizzería de la pizza bizcochuelo.
Te vi diciéndome "feliz cumpleaños" la tarde en que me regalaste el mp3. Te vi regalarme el disco de Gabo el cumpleaños siguiente.
Te vi venir desde allá para pasar un rato de tu cumpleaños 33 conmigo.
Te vi entender todo cuando cruzamos la 9 de Julio de la mano y dijiste que lo hacías porque ese gesto me animaba, y yo mencioné la relación entre ese verbo y la palabra "alma".
Te vi una gota de helado de dulce de leche en el pelo después de darte un beso en la cabeza, cruzando Boedo. Te vi tocarme la cabeza con un gesto tan afectuoso –que nunca se repitió– un par de cuadras antes.
Te vi en mis palabras cuando, ya no sé por qué, hablé de vos con la médica prima de mi madre y le dije que me habías visto.
Te vi los ojos chinos de la risa de Mariana Briski esa madrugada en el cordón de la vereda.
Te vi apoyar tu cabeza en la mía, tu hombro en el mío, en el 181 mientras yo manejaba el entusiasmo de haber descubierto que ese interno antes había laburado en la vieja 6 azul.
Te vi siempre del lado de la ventanilla.
Me viste y, como dice el dicho, a los cinco segundos o a los cinco minutos, supiste si ibas a coger conmigo o no.
Te vi en el colectivo cuando tu hermana te llamó para contarte que acababa de parir. Te vi cuando bajamos, sentada en el umbral de ese edificio –que ahora para mí incluye otra referencia en un contexto bien distinto–, mirando conmovida el teléfono.
Me vi en la casa de la dentista, aceptando su invitación a cenar únicamente para poder pedirle la computadora y leer los mails porque me ganaba la ansiedad de saber cómo te había ido con la punción. Y resultó que el asunto no era la punción, sino que ese día había audiencia con el delincuente presente. Y me enteré allá, así.
Te vi un 24 (o 31) en los créditos de un blog donde una vez había leído un poema que me gustó, y esa noche sin brindis en que volví a pasar por ahí para ver un poco más encontré una foto que sacaste y tu nombre. Y fue una forma de estar un instante con vos. (Y te escribí para contártelo. Al pedo).
Te vi esa última vez, después de no sé cuántos meses y mails en vano, sólo porque se había muerto mi viejo.
Nos vi incapaces de darnos una despedida razonable.
Todo esto lo vi siempre, lo digo recién ahora porque necesité cinco casi seis años para prepararme.

jueves, 21 de marzo de 2019

El show del fiambre

Un claro en la penumbra quieta de la calle Valle me deja ver, de golpe, a una pareja abrazada. Son grandes, estarán cerca de los cincuenta. Ella agarra más fuerte, o pone más el cuerpo; él, que es más alto y está más erguido, tiene la mano sobre la espalda de ella y procura transmitir contención. Leo de toque su lenguaje corporal y en menos de un instante pienso "se murió alguien".
Varios metros más allá, cerca de la esquina, compruebo la precisión de mi intuición cuando veo asomar la marquesina redonda y sombría con un pajarito que no es el de Twitter, sino el de Jardín de Paz. Un pequeño grupo, una media docena, ya está reunido y aguarda, mientras en el pequeño escritorio de la cochería un gordo de remera desaliñada atiende a los deudos encargados de los trámites. Sentado sobre el guardabarros de un auto estacionado resalta un chabón de barba colorada y hipster llorando.
Un rato más tarde paso de vuelta. Hay más gente, el de barba ya no llora, y el gordo, parecido al vendedor de historietas de Springfield, pero morocho, sigue sentado, papeles en mano, con los familiares. Paso lento, tratando de captar alguna frase memorable del grupo o de alguna pareja más alejada, pero no lo logro. Lo más memorable es la nena que me sonríe en la puerta del chino que está a mitad de cuadra.
Y el gordo. Porque la otra tarde pasé de nuevo por ahí y me acordé de él, y giré la cabeza para ver cómo estaba vestido. Pero no estaba. En cambio, cuatro mujeres (una más bien joven, con pinta de chonga estereotípica) jugaban a las cartas en la mesa del muy pequeño salón de la cochería.
Otro día, un par de años después, un coche mortuorio ocupa parte de la bicisenda de Quilmes, frente a un pequeño grupo que habla en la vereda dividido en dos o tres subgrupos. La primera impresión es la de que ya terminó el show del fiambre, aunque puede estar equivocada. Cruzo la calle para pasar cerca de ellos, para, otra vez, tratar de escuchar algo, pero es inútil. Ni en el silencio veraniego de esa calle lateral de Pompeya se distingue una palabra.
Lo más memorable pasa a ser esa regularidad, la búsqueda de algo que me dé una pista de cómo funciona: quién les avisó, para qué fueron, qué relación tienen, cómo sigue todo, cuál es el sentido del espectáculo póstumo, cómo les duele, cómo duelan. Una pista de lo que no conozco porque, cuando me tocó, decidí no participar.

Marcha

–No queremos varones en la marcha.
–No queremos trans en la marcha.
–No queremos terfs en la marcha.
–No queremos a la yuta en la marcha.
–No queremos a las putas en la marcha.
–No queremos abolicionistas en la marcha.
–No queremos pañuelos celestes en la marcha.
–No queremos glitter en la marcha.

Ten years after

Desde comienzos de este siglo, cada vez que tengo una infección en las vías respiratorias (y eso, desde que tengo memoria, ocurre al menos una vez por año), cuando la nariz deja de chorrear, la garganta deja de doler y la temperatura retorna a valores normales, el paso siguiente, la expectoración, se torna un escollo muy arduo. Sobre todo cuando me duermo, porque suelo despertarme en medio de la noche (o de la mañana o de la tarde: cuando pueda dormir) con un ahogo cerrado.
Es una sensación muy desagradable, y se torna desesperante si la respiración no se normaliza en el primero o en el segundo segundo posterior al retorno de la conciencia; si por varios segundos uno se revuelve buscando que un poco de aire pase por la garganta mientras un ruido sibilante y ominoso se deja oír en cada intento.
La primera vez que sucedió, tenía prepago, y le dimos el correcto uso, yendo a la guardia. Hablo en plural porque me acompañó mi madre. Esa vez sí era de noche, o de madrugada, aunque no fue gran problema porque quedaba cerca, tanto que fuimos caminando. Conté lo que me había pasado, me revisaron, el/la profesional dijo que tenía las vías aéreas conservadas e indicó unas nebulizaciones. Repetí esa expresión, "vías aéreas conservadas", cuando la enfermera que trajo el nebulizador me preguntó qué tenía, y la mina deslizó una sonrisa incrédula.
La verdad es que ya no sé si dijo "vías aéreas" o "vías superiores". Pero el primer adjetivo es el que se fijó en la memoria.
Fue en la época en que a mi padre se le disparó el problema cardíaco que lo tuvo anticoagulado hasta el día de su muerte (más de diez años después), y seguro que mi madre relacionó lo mío con eso. Como relaciona mis desniveles de presión o azúcar con su viaje a Europa acompañándolo, como relaciona cualquier cosa para explicar pelotuda y despectivamente lo que digo, lo que hago, lo que ve de mí.
El problema desapareció durante algunos años, pero volvió un otoño estrenado sólo por el calendario en que los ahogos se repitieron con una frecuencia incapacitante cada vez que me dormía. Finalmente, mi madre sugirió que visitara al neumonólogo que había atendido a mi abuela extuberculosa hasta su muerte, y, de nuevo, me acompañó, porque el viaje a Banfield ida y vuelta era demasiado para alguien que venía con el sueño casi anulado por los ahogos y por el miedo a los ahogos. El médico indicó un Celestone o similar.
Se hizo de noche durante el viaje de vuelta. Al bajar del puente, por única vez en mi vida adulta dormité en el transporte público: se me cerraron los ojos y se me apagó la cabeza un instante en el 165. Pero no daba entregarme al sueño porque no quería ahogarme, y menos en el bondi. Hicimos un paso por casa en el cual consiguió quién aplicara la inyección y caminamos hasta la farmacia. En la puerta nos encontramos con el vecino Juancito Sorete, y pienso en todos los años que llevo soportando su presencia de mierda sobre mi cabeza –la suya y la de su creciente familia–, y todavía no me puedo librar de ellos.
Luego continuamos, avenida abajo, hasta el departamento del enfermero. El señor este, un hombre relativamente grande, que a partir de su experiencia laboral había decidido estudiar medicina, fue tan amable que quise hacer un post sobre él, pero no me salió. Tras el pinchazo, y en la inevitable charla acerca de qué me pasaba, habló de lo que estaba estudiando y abundó en consideraciones que me hicieron pensar que aprovechaba la situación para repasar para un parcial.
A instancias de no sé quién, dormí en el sillón del living esa noche. Con la espalda deslizándose desde un ángulo no muy recto –pese a que lo intentaba– hacia otro más obtuso, que doblaba su semirrecta en alguna vértebra alta, dormí sin problemas. En la siesta volví a ahogarme, y comprendí que aquella mejoría no había sido por la posición, sino por el Celestone. Le propuse a mi madre que se quedara cerca y atenta a un posible ahogo para despertarme antes de que pasara a mayores, pero ni lo consideró.
Oí desde la cama que llamó a su amiga dentista, y ella le recomendó un lugar especializado en otorrinolaringología. Fuimos un rato después. Fuimos en taxi, aunque no era tan lejos. Nos cobraron cien mangos la consulta, y pasamos a la sala de espera, donde el televisor mostraba el partido de la selección contra Venezuela por las eliminatorias. Creo que había dos médicos atendiendo. Pasado un tiempo razonable, me llamó una doctora joven que me saludó dándome la mano, no sé si para marcar una distancia o para evitar un contacto más cercano con los microbios que me acompañaban. Me tomó los datos –o los confirmó, o completó en la computadora lo que le habían pasado desde la recepción–, y le conté la situación, que seguía sumando capítulos.
En algún momento apareció un colega, cambiaron unas palabras con esa confianza de los compañeros de trabajo, que en los profesionales de la salud es distinta, y la foto mental cuelga en el atado de cigarrillos que había en el cajón. De nuevo a solas, me dijo que me habían dado todo lo que suele darse en estos casos. El asunto se presentaba cuesta arriba: para ella, que tenía que lidiar con algo fuera del estándar, y para mí, que veía cada vez más lejos una solución.
Me pidió que la esperara y salió del consultorio. Al rato volvió con un aparato en la mano para metérmelo por uno de los agujeros de la nariz. Me anticipó "yo sé que es horrible", hubo un par de risas, yo hice ese chiste tonto que no volvería a hacer sobre cosas en la nariz. En un momento dijo algo –creo que no llegó a ser una frase completa– que cambió el clima y me di cuenta al toque de que mis palabras estaban alargando demasiado la situación. Es que cuando me ganan los nervios, me pongo a hablar… Le hice un gesto con la mano, que no sé si vio, pero que recuerdo plenamente, con el que quise decirle "ya entendí, ya me rescato".
Esa noche no me había puesto los lentes de contacto para salir a la calle porque paja y porque mi madre también podía fungir de lazarillo. Tenía los anteojos viejos, que sólo uso en casa y que no me dejan ver bien de lejos, aunque dan más precisión a, digamos, un metro o menos. Así de cerca la tenía para verla nítida recortada sobre el fondo borroso, para distinguir, por ejemplo, vestigios de vello en la falange intermedia de algún dedo de su mano. No sé si fue esa nitidez, y la cercanía que implica, o si fue su concentración –y la mía propia para no moverme y no entorpecer su tarea–, pero hubo una sensación distinta allí, algo físico. O químico.
Más allá de todo lo que hizo, y de su enumeración y el ejercicio de memoria que implica, o de lo que recetó, prevalece esa sensación, la de alguien que por unos instantes estuvo con vos, con uno, conmigo. Y no a un nivel cualunque: a nivel energía. Igual, andá a comprobarlo a la fábrica de detectores de energía… (?)
De nuevo en el escritorio, cuestionó lo que dije cuando repetí algunas palabras del neumonólogo: "Hay que hacer una espirometría para decir eso", afirmó. Le expliqué que el tipo era especialista en el Muñiz y traté, una vez más, de acotar algo ingenioso, que ya no logro reconstruir en la memoria.
Me recetó tres cosas, una de ellas para el reflujo gástrico que me dijo que había visto. Sugirió levantar las patas de la cama, por ejemplo con las guías de teléfono (esto sucedió hace tanto que Argentina goleaba a Venezuela, que todavía existían las guías telefónicas en papel), y no consumir una serie de alimentos y bebidas, los cuales, salvo uno o dos, no consumía –ni consumo–. Y seguramente también habrá recomendado que tomara agua, eso que recomiendan todos y cuya utilidad concreta nunca percibo.
Hubo un par de risas más. Después de escrito este borrador releo el post viejo y ahí veo cuándo y por qué hubo risas. Los motivos se van perdiendo en la memoria, los hechos no: se guardan con la forma de la impresión, o con la fórmula de la neuroquímica que propiciaron.
Para comenzar a dar por terminada la consulta, miró la pantalla de la computadora, donde estaban mis datos. Tardó un instante en encontrar mi nombre, o en decodificarlo, y marcó el inicio de la despedida pronunciándolo como vocativo. Vi la secuencia con la plenitud de lo que entra no sólo a través de los ojos, sino en la comprensión cabal de lo que sucede, como si viera la sinapsis que la guiaba. Entonces, para tomar mi turno en ese ejercicio de la función fática del lenguaje, miré la receta de modo que fuese notorio, estirando unos instantes el silencio y el contacto visual con el papel, y dije su nombre. Y ella se rio con la más inolvidable de sus risas de esa noche.
Otro apretón de manos selló la despedida. Desde el quicio de la puerta le pregunté cómo se llamaba el aparato, desde su silla me respondió que era un fibroscopio: le dije que iba a escribir algo al respecto en mi blog. Se rio una vez más y me fui.
Habré hablado algo con mi madre en la sala de espera, quizá me haya sentado unos instantes para contarle cómo me había ido, seguro que no miré la tele para ver por cuánto ganaba la selección porque yo quería que perdiera, y encaramos el pasillo del caserón rumbo a la salida. Ahí la vi por última vez, caminando delante nuestro, haciéndole fiestas a un niño pequeño al que se dirigía como si lo conociera, como si fuera, por ejemplo, el hijo de alguien que laburaba ahí.
Tuve la ilusión de que me saludara una vez más. Al menos, la atención para devolver el saludo si sucedía. Pero nunca entré en su campo visual desde que ella ingresó en el mío. Además, ya habíamos agotado esa instancia, y yo seguramente formaba parte de un pasado olvidado por cotidiano o por demasiado cercano.
Demoré un par de semanas en escribir algo en el blog y siempre me quedó la d(e)uda de que podía haber escrito algo que me gustara más. El título fue "fibroscopio+blog" por si se acordaba y en un momento de aburrimiento de alguna guardia googleaba esas palabras. Ese nivel de fantasía puedo manejar… Con los días googleé yo. Encontré su Face, donde resaltaba una foto de ella con un chabón, seguramente su novio, mostrando felices sus entradas para ver a Manu Chao, y pensé en mandarle un mensaje con el link, aunque rápidamente me rescaté de semejante descuelgue. Más descolgado aún me parece hacerlo diez años después, pero yo qué sé. Quien haya leído hasta acá puede dejar un comentario opinando sobre si le escribo o no (?).
Seguro que ya me sentía mejor, porque fuimos caminando hasta Rivadavia para tomar el bondi que nos devolvería a casa y que, de paso, nos dejaba a media cuadra de la farmacia. Allí, el dependiente sugirió otros medicamentos, y terminamos haciéndole más caso a él que a la doctora. Aun así, habiendo comprado uno de los tres remedios prescriptos, reemplazado el otro y descartado el del reflujo, esa misma noche ya dormí normalmente.
Los cien pesos valían por una segunda consulta, una especie de control luego de la demanda espontánea. Cuando fui de nuevo, unos días más tarde, ya era una persona normal, sin vestigios de la infección ni de su consecuencia. Tenía alguna esperanza de que me atendiera ella, pero no fue así. Mientras le contaba todo el recorrido al distante profesional que estaba de guardia esa noche, aproveché la parte de la historia que la tenía como protagonista para señalar lo amable y dedicada que había sido, para que eso saliera de mí y, sobre todo, para que alguien que la conociera se enterara, aunque sólo fuera el aire del lugar vibrando desde mis cuerdas vocales, porque el tipo no acusó recibo, porque dificulto mucho que le haya comentado: "Che, Tatiana, el otro día vino un paciente y dijo que lo habías atendido bien"…
Aquella noche con la doctora D. todo sucedió como si no pudiese haber sido de otra forma, tanto que tardé unos días en darme cuenta de que no siempre es así, de que son pocas las veces en que es así, especialmente en una guardia. Y el buen recuerdo tomó otra dimensión.
Todo esto viene a cuento porque este mes harán diez años del suceso, porque hace mucho que quería escribirlo de otra manera y por una conversación que no tuve y no sé si tendré con otra profesional de la salud cuyo trato también salió del estándar, con la diferencia de que no nos vimos una sola vez, sino más de cuarenta. Si yo me acuerdo de alguien que me trató bien una vez, hace casi diez años (y me acuerdo con tantos detalles, esos que a vos te llaman la atención), cómo no voy a subir grados de intensidad cuando me acuerdo –y hablo– de vos.

Quiero escribir algo

Que hable de lo abrumador que es no poder confiar –no haber podido confiar nunca– en tu famillia ni en tu cuerpo.
Ni en mi familia ni en mi cuerpo.
Y también sobre lo improbable que es encontrar palabras y tenerlas en forma cuando no hablás con nadie, cuando hablaste con dos personas en una semana.
Cuando hablé con dos personas en toda esta semana que pasó. (Pasó un día más, otro día más perdido por el mal descanso, y ahora la cuenta dice que hablé con una persona en los últimos siete días: con mi madre).
Pero las neuronas no se alinean en ese sentido, y, además, llevo más de diez días seguidos sin descansar. En realidad, lo que quiero es poder llevar un registro más o menos detallado de los días perdidos y sus porqués. La vecina de arriba que se levanta 5:40 a. m., el vecino que arrastra el ténder en el balcón a las 6:30, los nenes que corren como locos a las 7:10; los repetidos golpes con las ventanas, para abrir y para cerrar, a esas mismas horas; los pasos retumbantes desde esa hora, el grito sacado a su cuarto hijo porque llora a las 7:20, el nene llorando y tosiendo toda la madrugada del domingo, los pasos incesantes, el timbre, la voz de la médica diciendo "paracetamol"; la vocecita siniestra del nene jugando durante horas a la play por wifi, el pelotudo mental que repetidamente corre o salta entre la dos y las tres de la mañana –seguramente el mamerto exvirgo pero siempre pelotudo del segundo–, el aire acondicionado que gotea aunque haga veintidós grados, estos tres meses perdidos, los gritos chillones de la mina cuando llega con los pibes a las ominosas cinco de la tarde. And so on and so on…
Aquello lo voy a poder decir, más o menos tarde o temprano. Esto se acumula sin poder ser alcanzado por las palabras, sin que pueda llevar la cuenta de lo que ocurrió para tenerlo presente cuando me pase una factura mucho más grande en el cuerpo.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Bicicleta

Llevó la conversación hacia su amiga, que se fue de viaje a Chile y le dejó su bici plegable, y contó que la tiene en el balcón, sin darle mucha bola, aunque a veces fantasea con ir a su trabajo, unas 25 cuadras, en bicicleta, pero que le da fiaca, esa palabra que exhumaron los milenials para usar cuando les da vergüenza decir "paja". De inmediato, mencionó a su novio, que le pregunta para qué la tiene ahí, al pedo, y esa referencia alejó la posibilidad de que mi respuesta incluyera una semibroma: "¿Me la prestás para dar un vuelta a la manzana?".
No tanto por la categoría "novio" (aunque también), sino porque ya bastante cosa es admitir la freakez frente a una persona como para admitirla ante dos, una de las cuales es un completo desconocido. Aun así, le dije que hace mucho que no me subo a una bici, desde que era chic@, y me extendí por el pasado cuando acoté que nunca tuve una, salvo la de rueditas, y que solo andaba en bicicleta durante las vacaciones, en Necochea. La alquilábamos en el local que estaba casi pegado al hotel, frente al parque, y por una hora andábamos (el plural incluye a mi madre) por ahí. O, si iba con mi abuela, andaba en singular, sin alejarme demasiado de su mirada.
Ella, al menos, alguna de mis freakeces conoce, y tiene la habilidad o la perspicacia para no hacerme sentir tan freak como otros; por ejemplo, el abogado. Ella puede decirme en la puerta del departamento que es consultorio, justo cuando estoy por irme, que como no tengo celular nos mantenemos en contacto por la web, y repetir esa palabra una o dos veces, mirándome con una mirada en la que no hay burla, sino broma. El letrado, en cambio, pregunta por qué no tengo teléfono con un tono que de tan inquisidor pasa a despectivo y se hace acreedor a una respuesta con la cruda verdad: porque no tengo con quién hablar.
Cualquiera que no me conociera, y una vez superada la sorpresa por mi relación con la telefonía móvil, podría encontrar en eso un argumento para convencerme de tener teléfono y así poder acceder a las bicis que te presta sin cargo, únicamente a cambio de tus datos y tu ubicación, el gobierno de la ciudad. Y yo tendría que mencionar que cuando el teléfono no era obligatorio para acceder al servicio tampoco hice el trámite, quizá porque no tengo ganas de andar frecuentemente en bicicleta, sino, apenas, de dar una vuelta compartiendo ese momento con alguien, tal vez contándole esta historia, tal vez diciéndole que llevo el mismo tiempo sin ver el mar.
Así que voy a relatar lo que no sucederá: que le hice esa semibroma y ella se rio y me dijo que sí. ¿Ves qué fácil es todo? (?). Vamos a quedar para un domingo a la tardecita, cuando debo abandonar mi casa porque viene la murga siniestra a la plaza de enfrente para golpear el aire y, a través de él, a mí con ese odio de clase que cargan. Va a ser domingo y voy a haber descansado bien.
Voy a ir caminando hasta su casa por un camino que ahora no solo incluye el recuerdo de mi cursada en Puan, sino el de la escort tan amable con la que recorrimos esas calles buscando un lugar abierto aquella madrugada del verano pasado.
(Si decido sobornarla o agradecerle con un cuarto de helado de la heladería de acá cerca, que me gusta tanto, iré en colectivo, pero eso lo tenemos que hablar porque no estoy a favor de regalar comida sin saber si a la otra persona le gusta o si, aunque le guste, prefiere evitarla porque quiere cuidarse).
Bajará cargando la bici cuando le toque el timbre, le contaré el recorrido que voy a hacer y agregaré: "Si no volví en cinco minutos, salí a buscarme porque quiere decir que me pegué el palo". Voy a buscar en la memoria el movimiento que me permita subirme, seguramente en la misma vereda porque es muy probable que cerca haya una entrada de garaje que facilite el descenso a la calzada. Acomodaré el cuerpo, tanteando la postura que obligue la posición del sillín, y de un modo olvidado y tambaleante venceré la inercia y como el dicho dice que de andar en bicicleta uno nunca se olvida me lanzaré a navegar entre las fuerzas de la gravedad.
Habrá que tomar Malvinas, mirando que no venga ningún 44. Si viene, lo dejaré pasar para doblar a la derecha en Goyena con comodidad y sin –tanto– peligro. Si me agarra el semáforo en rojo, seguramente cruzaré igual: a esa altura hay poco tránsito porque recién comienza la doble mano y porque en ese sentido no pasan colectivos. Voy a ir del lado derecho, junto a los autos estacionados. Al llegar a la esquina siguiente deberé decidir si doblo o si continúo una cuadra más. En un caso o en otro, doblaré de nuevo a la derecha, seguramente con la tensión en el cuerpo y el reencuentro de viejas sensaciones, hasta Bonifacio. Allí, la última curva, para ingresar al rettilineo conclusivo. Tal vez entonces, con más confianza, pegue un acelerón, con la sonrisa en el cuerpo y con ella en los ojos, indicando el fin de la aventura. O tal vez, con esa misma confianza, vaya despacio para estirar cinco segundos más el paseo.
Esas sensaciones no puedo describirlas demasiado porque pasó tanto el tiempo que se limitan al sonido de frenar sobre la gravilla de los senderos del parque, porque no habrá un marco subyacente de viento marino ni perfume de pinos y eucaliptos. Solo puedo imaginar el trayecto porque esas calles las conozco, levemente, de salir algunas mañanas a respirar un aire menos viciado que el de las aulas o de pasar varias veces por la otra esquina hace unos meses, yendo a –o viniendo de– Flores, cuando buscaba las zapatillas que finalmente encontré en el Solo Deportes de Rivadavia.
Freno, me bajo, le digo "uh, qué bueno, cuántos recuerdos" y le devuelvo la bici ilesa. Tal vez un high five, tal vez dos, si está el novio; un par de risas, un beso, que, con novio o sin él, no será contra un hueso de su cabeza, un gracias, y chau. De vuelta a patas hasta mi casa, entrando (en) la noche antes de llegar. No tengo mucha más imaginación.

Resumiendo: aún no llegué a la adultez

El hombre nace ya inserto en su cotidianidad. La maduración del hombre significa en toda sociedad que el individuo se hace con todas las habilidades imprescindibles para la vida cotidiana de la sociedad (capa social) dada. Es adulto quien es capaz de vivir por sí mismo su cotidianidad.
El adulto ha de dominar ante todo la manipulación de las cosas (de las cosas, naturalmente, que son imprescindibles para la vida de la cotidianidad de que se trate). Ha de aprender a sostener el vaso y a beber de él, a utilizar el cuchillo y el tenedor, por no citar sino ejemplos de los más sencillos. Pero ya ellos ponen en claro que la asimilación de la manipulación de las cosas es lo mismo que la asimilación de las relaciones sociales. (Pues no es adulto el que aprende a comer sólo con la mano, pese a que también de ese modo puede satisfacer sus necesidades vitales).
(…)
Si ya la asimilación de la manipulación de las cosas (y, eo ipso, la asimilación del dominio de la naturaleza y de las mediaciones sociales) es condición de la “maduración” del hombre hasta ser adulto en la cotidianidad, lo mismo se podrá decir, y al menos en la misma medida, por lo que hace a la asimilación inmediata de las formas del tráfico o comunicación social. Esta asimilación, esta “maduración” hasta la cotidianidad, empieza siempre “por grupos” (hoy, generalmente, en la familia, en la escuela, en comunidades menores). Y estos grupos face-to-face o copresenciales median y transmiten al individuo las costumbres, las normas, la ética de otras integraciones mayores.
El hombre aprende en el grupo los elementos de la cotidianidad (por ejemplo, que se tiene que levantar y actuar por su cuenta; o el modo de saludar, o cómo comportarse en determinadas situaciones sociales, etc.); pero no ingresa en las filas de los adultos, ni las normas asimiladas cobran “valor”, sino cuando estas comunican realmente al individuo los valores de las integraciones mayores, cuando el individuo –saliendo del grupo (por ejemplo, de la familia)– es capaz de sostenerse autónomamente en el mundo de las integraciones mayores, de orientarse en situaciones que ya no tienen la dimensión del grupo humano, de moverse en el medio de la sociedad en general y, además, de mover por su parte ese medio mismo.

(Historia y vida cotidiana * Agnes Heller)

Lo sabés

No, no lo sé. No sé si está bueno, si hay algunos buenos pero otros maso, ni cuáles. No sé si con algunos se puede formar algo más o menos coherente u homogéneo, como se supone es menester. No sé, tampoco, si es menester, o si la coherencia y unidad están dadas, finalmente, porque esas cosas me pasaron a mí y porque yo las escribí y en algún lugar –más allá de mí– se nota. No sé si soy un freak, o definitivamente Asperger. No sé cómo romper esta perversa dinámica familiar que lleva años, donde todos se cagan en mí, desde el más allá o el más acá. No sé si me despierto con una mano dormida porque me está dando un ACV o porque duermo en posiciones tan inverosímiles que me aprieto un nervio o me corto la circulación. No sé si me va a bajar la presión de golpe, no sé si me va a alcanzar la comida que llevo por si pasa eso, no sé hasta dónde está todo bien y desde dónde empiezo a ser molesto, no sé si con un poco más de normalidad del afuera podría ser más "normal" yo, no sé si mi cuerpo va a volver a responder como el de una persona normal, no sé si se me jodió un implante, no sé si las cosas o si tal vez las palabras. Y menos adentro.
Perdón, me fui de tema. Volviendo… No sé si son "interesantes", como para el Señor de las Elles; si son nada, como para la FSOC' girl que llora crisis mientras sube fotos de sus vacaciones en Río de Janeiro o en Tailandia, si son algo que merece el desprecio que me prodigó la peronista pelotuda esa que borró mi comentario en su blog o la mala educación del criador que no contestó mi mail y que puso privado su blog, donde estaba su dirección de correo (me reiría mucho si lo hizo por mí).
O si hay un par buenos, pero no tener celular ni Facebook con nombre real (sino con el del proyecto lingüístico que encaré hace unos años) genera "inseguridad" incluso para una clínica virtual, como sucedió con la señora que, después de un intercambio de mensajes tan moroso, histérico y finalmente vano como el chat con una gorda de Contactos Sex (me contaron), me hizo acordar a aquella gente que cruzó de vereda para evitarme a la salida de un recital de Dancing. No sé si es inevitable mostrar lo que no quiero mostrar, no sé si hay que curtir la honestidad brutal y terminar hablando de un posible TGD (cuya mención, encima, no mueve el amperímetro).
Tampoco sé si es inevitable pasar por los castings que se fijan en los cromosomas, en la edad, en el color del pañuelo, en el apellido, en el nombre que usás o la cantidad de amigos que tenés en un Face que no usás porque… ¿quién me agregaría? (y ¿para qué querría que me agregaran?), en la recomendación o no de alguien, en todo lo que no puedo responder. Y todo eso antes de pasar por el casting de las palabras que pudiste juntar para mostrar.
Realmente, no sé si es como vos decís, y, al fin y al cabo, lo que decís no es otra cosa que una mirada más. Pero la tuya es la mejor respuesta de las que pedí, la más dedicada en su momento, y de todos esos vos sos la que más me gusta cómo escribe.
Así que decímelo de nuevo, por favor… jajaja. (Te prometo que no se lo cuento a nadie si no querés). Mientras no pase nada extra que lo confirme, me drogaré releyendo eso. Igual, sin apuro: supongo que después del último fiasco la parte de la cabeza que maneja este asunto se me va a desconectar por un buen rato.

viernes, 14 de diciembre de 2018

MP3 (II)

Salida de otro tiempo, una vidriera del Deep Constitución exhibe tres MP3. Tienen en rojo, negro y verde claro y brillante, como el que me regalaste esa tarde que tenías la gorrita de Black&Decker y un chupón de tu marido en la triple frontera del cuello, la nuca y la espalda.
Desde que se rompió, hace mucho, más o menos cuando empezamos a no vernos, lo conservo en un cajón con la ilusión de que se puedan recuperar las canciones que le cargaste para mí.
Ese mediodía en la calle Pavón pensé en comprármelo, pero no va a venir con la placita de atrás de la estación, con la nena gorda de lunar cuadrado que jugaba cerca, con el desastrado que te pidió fuego llamándote “amigo”, con esa tarde tórrida que terminó en diluvio ni con tu boca debajo de tus gafas diciéndome “feliz cumpleaños”.
Ni con la consecuencia del drag and drop, que no eran las canciones de Leonard Cohen, Gabo y los demás, sino el cariño concentrado en ese movimiento del mouse: devolverle la música al que no tenía compactera sana ni acceso a Youtube.

¿Cómo se porta?

La pregunta más habitual que escucho dirigida a un niño es “¿te portás bien?”. A veces es una pregunta elíptica, en tercera persona, dirigida a un adulto, pero cuyo destinatario interpelado es el niño: “¿Se porta bien?”.
No importa, parece no importar, si es feliz, si se relaciona con las personas de modo sano y fluido, qué le pasa, cuáles son sus deseos, sus alegrías, sus miedos, sus potencialidades más concretas, si su entorno lo estimula favorablemente…
Lo que prevalece es la disciplina. Más en esta época del año, cuando arrecia esa obsesión avivada por la posibilidad de chantajear a los chicos con el asunto de los regalos.

El primer mandamiento de mi religión siempre dijo NO PROCREARÁS.
Y el tiempo lo convirtió en irremediable.

Cumpleaños

Planificando respuestas plausibles para una conversación hipotética, porque ni en pedo admitiría con esa interlocutora que nunca hago nada para mis cumpleaños, mucho menos explicándole las razones (básicamente, que no hay nadie, y, luego, que a nadie le parece significativo, que cuando sucedió fue al pedo, que es más importante compartir en Facebook una noticia sobre las luchas populares que escribirme), se me ocurre decir que viste cómo es cumplir en estas fechas. Vos cumplís en octubre, tu cumple cae en martes, y te reunís con tus amigas el viernes o el sábado. O con tu familia un día y tus amigas el otro. O con tu novio. (No, a él no lo voy a mencionar). Yo quiero hacer eso y ya es 24. O 25. O 31. O justo tienen una de esas típicas reuniones para despedir el año.
Entonces –mentiré–, si alguien se acuerda y llama y tiene tiempo y ganas de verme, nos vemos. Si no, no. Mejor, desviar la charla hacia el tema regalos, porque eso también tiene sus contras, pero suenan más divertidas: salvo mi familia más directa, nunca recibí doble regalo, por cumpleaños y por nochebuena. En uno solo se condensaba toda la munificencia.
Podría agregar un par de anécdotas sobre mis cumpleaños. (Y omitir que pronto empecé a detestar ir a los cumpleaños de mis compañeritos de colegio, al punto que me transformé en the freak que no iba a los cumpleaños, y ya en cuarto grado ni se gastaban en invitarme. Suerte que no hay testimonio del momento en que madre e hijo decidían las invitaciones y decían "no, a fulano no, si nunca va", aunque alguna vez oí a alguno decir que mis padres no me dejaban ir… y NO. Era yo quien no quería ir a esos lugares donde era imposible encajar. Si me resultaba imposible hacerlo en un lugar estructurado, como el colegio, imaginate fuera de él… En especial, si los recuerdos que perviven son los de algún llanto porque no quería que mi madre se fuera, el de mi inhabilidad e incluso mi desconocimiento a la hora de jugar, o lo absurdo de esa vez que, buscando la calle Elía, donde vivía el cumpleañero, terminamos en Valentín Alsina cuando era en Parque Patricios).
La del mago vestido de payaso que hizo el truco de la guillotina en una zanahoria y, cuando iba a repetirlo en la mano de su asistente, yo me fui del patio corriendo y llorando. O la de Vera, el fantasma de amante de mi padre, y cómo agitaron su nombre mi madre y su madre para que yo hiciera un cumpleaños cuando ya no quería más de eso, porque "si no, tu padre va a ir a verse con Vera". Con todo, no recuerdo la presencia de mi padre esa tarde en mi cumpleaños.
O una que aparece como consecuencia de la activación neuronal, la del revólver de cebita que me regaló el hijo de un amigo de mi padre, que en aquel tiempo tendría veintipico. Al segundo tiro, ya estaba yo otra vez llorando, refugiado en la habitación de mis padres. Porque parece que desde mi temprana niñez –desde esa vez o desde cuando me llevaron al autódromo en el 122 a ver la Fórmula 1 y no soporté el bramar de los motores Cosworth– siempre tuve la tolerancia al ruido de un autista.
¡Me olvidaba!, aunque lo conté acá, del cumpleaños en que me regalaron una armónica y al ratito mi madre o mi padre, no sé quién, mandaron un comando, una amiga de ella, para que me sacara la armónica y la escondieran por años fuera de mi alcance.
Es sorprendente: siempre tuve esos recuerdos, pero nunca los había puesto juntos, nunca me di cuenta de (saco cuentas: el de 10 seguro que no festejé, ese de Vera fue el de 9 o el de 11) que tengo una memoria, aunque sea vaga y sostenida por diapositivas, de siete u ocho cumpleaños, y en cuatro de ellos pasaron cosas que fueron una cagada.
La hipotética conversación, si se da –y para darse debe suceder en el día exacto–, tal vez permita darle uso a esta frase prefabricada: "¿Te puedo pedir algo? ¿Me decís 'feliz cumpleaños'?". O tal vez no. Si me acuerdo de algún llamado que ¡hace veinte años! recibió el casete del contestador, si me acuerdo de que se reveló puro bullshit extemporáneo, seguramente no.
(Estábamos en al auto de A., acá en la esquina, porque no vinimos a casa ni fuimos a tomar nada. Me trajeron, seguro que no casualmente, del acto de fin de curso del colegio y nos quedamos charlando en el 147 un rato con ella y con S., ya que, para variar, mi escasa sociabilidad iba contracorriente: hablaba con las docentes y no con los compañeros. Y como tres veces en el devenir de la charla pasé el aviso de que "mañana cumplo años". La gorda obvio que no llamó. La otra, tan hábil para detectar vulnerabilidades, sí. Dejó ese mensaje cuya vida útil estiré escuchándolo tantas veces y hasta rescatándolo gracias al doble casetera, pero que no era más que un acto social, o un paso en su plan, y pronto se convirtió en un amargo recordatorio de la imposibilidad de cruzar las distancias con gestos como ese).
Quizá me quede con alguna cosa espontánea que suceda en esa hipotética charla, aun sin mencionar la fecha. (Seguramente será lo mejor no mencionarla, hacer como siempre y no darles entidad a esas construcciones sociales ni usarlas para salir de la dinámica habitual, de lejana y limitada cercanía, y tratar de acceder a un lugar imposible, porque lo único posible a través de ellas es una comunicación que tiene la misma consistencia y fecha de vencimiento de los brotes de soja). O quizá me quede sin nada. Como si no existiera. Como suele suceder. No es tan grave, supongo.

domingo, 18 de noviembre de 2018

MP3

El MP3 que me regalaste se rompió hace tiempo, más o menos cuando empezamos a no vernos.
Se cayó desde el borde del cajón semiabierto de la mesita de luz, donde hacía equilibrio mientras lo cargaba. Un cable corto, un movimiento torpe y una trayectoria descendente de diez centímetros fueron suficientes para que palmara. Intenté revivirlo, claro, pero fue en vano.
Igual, no lo tiré. Quedó en otro cajón con la ilusión –diezmada por los años, atizada cuando me acuerdo– de que sea posible recuperar las canciones que le cargaste para mí.
Yo siempre quiero rescatar el núcleo de las cosas, aunque su exterior esté out of service.

El ladri de Rieznik

Yo no cursé con Rieznik, cursé en la otra cátedra, la del tarado de las AFJP que usaba las clases como espacios publicitarios para todo el sistema de jubilaciones privadas en general y para la AFJP que presidía en particular, así que no sabía cómo era Rieznik. Para mí sólo era un nombre en las listas del PO.
Y lógicamente tampoco nunca hablé con nadie que cursara con él, porque eran horarios diferentes y, sobre todo, porque no era sencillo hablar con alguien ahí; no para mí, al menos.
Ahora sé que era un ladri.
No solo su libro está "escrito" a partir de una desgrabación, sino que lo admite sin reparos. "Su base son clases grabadas cuyo registro particular ha motivado correcciones y agregados que, no obstante, no alteran lo esencial. El punto de partida fueron las versiones de los últimos años, que acreditan el acervo de una labor decantada por el tiempo".
Los libros que publican los docentes en Biblos son un curro que tienen como consumidores cautivos a todos los alumnos de sus respectivas cátedras y en general no son más que desgrabaciones que le permiten al docente tener rápidamente material para publicar. Pero este lo admite con toda naturalidad, diciéndoles a quienes compran el libro que no merecen más que eso, un nulo tiempo dedicado, apenas la exudación de su saber, que mana de él y queda recolectado en el hierro o el cromo de la cintas magnetofónicas.
Aun si el autor (?) no lo reconociera explícitamente, muy rápido notaríamos que se trata de una desgrabación y que ni siquiera le pagó a alguien para que les dé coherencia y cohesión a las palabras. Nombra a tres mujeres, incluida una con su mismo apellido, como partícipes de lecturas críticas y edición, pero claramente son un fracaso en el tema, chicas.
En las cuatro páginas que integran el apunte que cayó en mis manos encuentro tres veces esas retahílas de palabras más o menos similares semánticamente que uno usa para llenar el silencio mientras ordena el siguiente concepto en la cabeza. Por ejemplo, "esa opacidad, ese asombro, esa contradicción", "por eso se necesita un tipo particular de indagación, de sondeo, de escrutinio, que llamamos ciencia".
Varios renglones, que sumarán páginas, va llenando Rieznik con el discurrir de la oralidad y de las palabras e ideas que se asocian en su cerebro sin que vengan especialmente a cuento. Por ahí habla de que las diferencias en la condiciones de vida en el capitalismo son más brutales que en la Edad Media, y eso pese a la Revolución Francesa; que pese a ella y a la Declaración de los Derechos del Hombre, que establece que todos somos iguales, hay algunos mas iguales que otros. De ahí salta a la famosa frase de Orwell, y entonces se pone a hablar de este escritor y dice que era socialista: "Fue un hombre de izquierda, que incluso llegó, antes de la mitad del siglo, a pelear como internacionalista en la Guerra Civil Española, sobre la que escribió otro libro, que se llama Cataluña 1937", para terminar refiriéndose al programa de televisión homónimo 1.
Y sí, capo, difícil participar en la guerra civil española en la segunda mitad del siglo… Me parece que aclarárselo a alumnos de una carrera de grado de la UBA es un poco menoscabarlos. (O conocerlos, no sé).
"El propósito de este libro es abordar la Economía como ciencia", establece, y unas páginas más adelante habla de la expansión del sida en África y culpa a la industria farmacológica mundial diciendo: "Hace poco, por ejemplo, se conoció una noticia que tiene que ver con las cosas 'asombrosas' que pasan en nuestro mundo. Parece que frente a este genocidio en África del Sur decidieron que el Estado va a fabricar el remedio para el sida. Entonces, el costo unitario para derrotar al sida va a bajar de 1200 dólares, cuando la vacuna la fabrican empresas farmacéuticas privadas, a 40 dólares, cuando son hechas por el Estado".
¡En un libro que se pretende científico encontramos ese párrafo! Encontramos "remedio para el sida", encontramos "parece", encontramos "genocidio"… Empecé viéndolo como un ladri, pero a medida que profundizo me doy cuenta de que Rieznik era un pelotudo.
De paso, recordémosle a Pablo –bueno, a él no porque se murió, pero a las pelotudas que leyeron los originales y no le dijeron nada al respecto– que era el Estado sudafricano, en las personas de su presidente, Zuma, y de su ministra de Salud, el que se oponía a los antirretrovirales para tratar el virus, y que estos funcionarios afirmaban que la circuncisión o ducharse después de coger reducían el riesgo de contagio o que se curaba con remolacha y ajo.
Así que fue el Estado el que favoreció decenas de miles de muertes (un "genocidio", para usar esa palabra que tanto les gusta a algunos), no la industria farmacéutica, pedazo de pelotudo Pablo Rieznik.
Una de las infructuosas correctoras del texto es Graciela Molle, de la cátedra Molle del CBC, otra impresentable en cuyos apuntes encontré esos fragmentos de Rieznik y una larga y autorreferencial introducción a los textos elegidos por su cátedra. "Todos estos textos tienen en común que se refieren al objeto de estudio de la ciencia económica. A excepción del de Mochón y Beker, lo hacen desde una concepción de la ciencia económica coincidente con el punto de vista de esta cátedra, a saber, que se trata de una ciencia histórica y social cuyo objeto de estudio son las relaciones que establece la humanidad en el proceso de producción en la época contemporánea y que todos los fenómenos que de la forma de estas relaciones se derivan son de carácter social, desocupación, crisis, escasez en medio de la abundancia, etc.".
Y si no te gusta, "a quienes piensen que la importancia de las coincidencias entre estos autores es tan importante que las diferencias de enfoque a partir de las cuales justificamos su inclusión son apenas matices, les proponemos que tomen esas diferencias como reformulaciones del tema. Es decir, que el texto de cada uno de los autores, con sus respectivas variaciones, al presentar un contenido similar de manera diferente, constituye una nueva explicación, una puerta de entrada alternativa, para acercarnos al tema que se pretende explicar".
No, Graciela, una alternativa no sería más de lo mismo, sino una mirada distinta; pero vos solo querés adoctrinar, agarrar a pibes de 18 años y meterles marxismo con cánula rectal. Eso querés.
De paso, es divertido ver cómo Molle se la pasa hablando de la posibilidad de la caída del capitalismo cuando el que cayó ¡es el socialismo! Cuando el capitalismo no va a caer mientras nosotros vivamos ni tampoco mientras vivan nuestros hijos (los que los tengan).
Leo esto y me pregunto otra vez, con más distancia temporal, por qué mierda hay que morir en los puntos de vista monocordes obsesivos repetitivos de una cátedra como esta, de las cuales hay tantas, por qué mierda tenemos que caer en manos de gente como esta, que te llena de información sesgada que no te sirve para un carajo.
Además de su ideología apolillada, su estilo de redacción no es el más cuidado, como habrá notado el hipotético lector de esta entrada en la cita anterior. Ya en la primera oración de ese preámbulo te recibe con un golpe de repetición: "El presente programa ha sido elaborado teniendo presente que el CBC constituye el punto de partida la carrera universitaria y que la materia economía es común a un amplio conjunto de carrera distintas de la de economista profesional", el cual causa más gracia al leer, tres párrafos después, que prestará "particular atención" al "desarrollo de las capacidades de los alumnos para la comprensión de textos y la exposición escrita de sus conclusiones" ¡Empezá por las tuyas, Grace!
De todos modos, nada puede esperarse de una cátedra que suspende clases para ir a las marchas o que usa su blog para distribuir propaganda política y ni siquiera permite la publicación de comentarios.
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1Otra muestra de que las clases del nabo este no eran más que un ejercicio de memoria, proclive a desviarse por cualquier lado: el libro de Orwell no se llama como dice Rieznik, sino Homage to Catalonia u Homenaje a Cataluña. Cada cosa que dice es así, tan poco fiable como la teoría económica que enseñaba.