miércoles, 8 de febrero de 2017

Resistencia (La endogamia de las redes sociales)

La web como lugar para conectarse con el afuera es parte del pasado. Desde hace un tiempo, tal vez desde que el uso del teléfono para acceder a internet se multiplicó enormemente, comenzó a dejar de ser un espacio en el que uno emitía para el infinito, para el universo, para todos, dejando una huella, o tratando de dejarla, y se transformó en algo cada vez más endogámico, donde solo nos relacionamos con gente que ya conocemos.
Antes, tenías un Fotolog y lo podía ver cualquiera. Facebook mató a Fotolog, y sus diversos filtros de privacidad limitan la posibilidad de que se vea lo que publicás: nadie que vos no quieras podrá verlo (salvo Facebook, su software de reconocimiento facial, la NSA y algunos pocos más).
Y si bien Facebook mató a Fotolog, lo que más se le asemeja es Instagram, que vendría a ser como Fotolog, pero con videos y sin Cumbio. Y con la obligatoriedad de tener teléfono. Y con la chance de que la cuenta sea privada. También Twitter tiene la opción de cuenta privada, de que tus contenidos sean visibles solo para quienes vos querés. Pero, como escuché el otro día, la gente usa la opción de cuenta privada en Instagram muchísimo más que en Twitter porque es más importante lo que se muestra que lo que se dice.
Hasta no hace mucho, grabar un video con el celular tenía como destino subirlo a Youtube. Es decir, ponerlo a disposición de todos, de cualquiera que llegara a ese link a través de los algoritmos de Google. Entonces, los usuarios podían, por ejemplo, repasar fragmentos del recital al que habían ido o al que no habían podido ir. Luego, no hace mucho, eso cambió, y ya no se grababa pensando en Youtube, sino para "compartírselo a" los amigos de Facebook, usando el verbo de esta forma novedosa, tan horrísona como incorrecta, sin la etimológica preposición "con". Ahora, tan poco tiempo después, es, simplemente, para mandarlo por WhatsApp.
Así, de todas las personas que pelaron celu y grabaron en el último recital de SMM al que fui, ni una lo subió a Youtube. Ni una. Ni siquiera los que grabaron con cámara profesional para la banda.
De similar modo, hubo un tiempo en que sacar fotos de tus vacaciones o del lugar donde vivías era para subirlas a Google Earth, a través de Panoramio, recientemente asesinado por Google. Cualquiera podía ver tus fotos de Necochea, de tu barrio o de tu viaje a Nueva York; podía ver las fotos de todos los usuarios y podía buscar en el mapa las fotos de cada lugar. Ahora, casi nada de eso queda. Más allá de que Flickr sobrevive (y más acá de que es una reverenda mierda para eso), Facebook conquistó también ese territorio, y allí solo las verán tus amigos, a menos que decidas publicarlas públicamente. Y que, en ese caso, uno tenga la suerte de caer en tu perfil y ganas de ahondar en tus álbumes, los cuales suelen tardar vidas en cargar.
El tiempo de los blogs pasó hace mucho. Los que pueden escribir se mudaron al absurdamente solipsista Tumblr o se radicaron en Twitter, donde no hace falta tener la capacidad de hilar más de dos oraciones (los que no, se comunican con memes en Facebook). Twitter, de hecho, es lo más parecido a un lugar de aquellos donde uno emitía para el afuera. Sin embargo, prevalece también allí, como en Facebook, la lógica numérica de la multitud: cuanto más seguidores o amigos tengas, más groso sos. Y si no te conmueve la grositud del número, o no podés alcanzarla, tanto en un lugar como en otro tus amigos, parientes y demás integrantes de tu entorno serán el núcleo duro de tus seguidores, y, por ende, el público más probable de tus envíos.
De esta forma, todos circulamos en micromundos donde nadie puede entrar, reforzando lo que ya tenemos, salvo que no tengamos nada. Donde subís 1423 fotos, de las cuales son públicas menos del diez por ciento porque lo que elegís mostrar está dirigido a tu público cautivo, a reforzar la imagen que tienen de vos los que ya te conocen.
Como yo no tengo amigos ni seguidores ni nada; como no tengo familia ni conocidos de los diversos ámbitos en los que (no) me muevo, y como a la gente de mi pasado en general sólo querría verla para escupirle la cara, sigo en Blogger. O porque lo que tengo para decir –que no puedo decírselo a nadie de otro modo– excede los 140 caracteres. O porque alguna vez funcionó y hubo signos vitales. Sigo como una forma de resistencia. Resistencia contra todos, contra todo. Contra la nada.

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