miércoles, 13 de septiembre de 2017

No puedo hablar

Con mi vieja no puedo hablar. En cada escaso diálogo, llega un punto, bastante pronto, en el que dice "cancelado" u otra de sus palabras rituales y todo choca contra su pared de negación. Puede haber o no discusiones y gritos, y a veces hasta hay llantos de su parte, pero todo sigue inconmoviblemente igual: desde los libros que dejó mi viejo cuando se fue de acá, en el mismo mueble, treinta y dos años después, hasta las cosas legales que nos atañen de modo indisoluble.
Con el abogado no puedo hablar porque responde a ella, que es quien lo contrató. Y porque cuando dije algo para que fuera incluido en el famoso acuerdo, lo desestimó, enamorado de su versión del acuerdo, aunque después la realidad lo llevó a tener que acomodar informalmente el acuerdo de acuerdo con lo que yo había sugerido. O porque hace más de un año que no lo veo, porque en ese tiempo sólo me mandó un mail con un escrito para imprimir –todos los demás se los mandó únicamente a ella– y otro deseando bendiciones (sic) por las fiestas. O porque organiza una reunión sin consultarme si puedo ir o no, como, en cambio, sí la consulta a mi madre, y, una vez que pone fecha y hora, ¡ni siquiera me avisa dónde tendríamos que encontrarnos!
Con mi viejo no podía hablar, entre otras cosas porque una de sus frases memorables decía exactamente eso, que conmigo no se puede hablar. Lo mismo que dice mi madre: "Con vos no se puede hablar", "no sé para qué te digo las cosas", la excusa ideal que se brinda a sí misma para no decir nada sobre esas cosas que nos atañen y así poder manejar y manipular todo (y a todos) a su antojo.
Con la gente que me conoce a través de mis viejos no puedo hablar porque son incapaces de desprenderse de la versión que ellos les dieron de mí, la cual incluye deformaciones de la realidad insólitas o patológicas. Lo percibo en cada mirada, en cada postura y, después, en el tono entre condescendiente y despectivo, casi bardero, de sus palabras, las pocas veces que llegamos al terreno de las palabras.
Con la gente que me conoce a través mío no puedo hablar porque fui incapaz de sostener la comunicación, y se van, no están más, se fueron todos, que fueron muy pocos.
Cuando no descanso bien no puedo hablar porque mi garganta o la parte de mi cabeza que rige el habla, o ambas, tardan en cargar o lo hacen con muy baja intensidad. A veces, un descanso incompleto logra alcanzar a cierta parte de la lucidez y/o me libra del sopor en los párpados, pero el habla –y, también, la posibilidad de subir pulsaciones– no van a la par.
Con la gente a la que se le escapa el desprecio hacia mí no puedo hablar porque nunca tengo el timming para señalárselo de un modo apropiado, y siempre elijo callar en vez de mandarlos a la mierda, que son las dos únicas cosas que se me ocurren cuando el abogado me boludea porque no tengo teléfono y dice "lo vamos a hacer entrar al siglo XXI" o cuando la vecina que me encuentra en la entrada me pregunta si voy a correr cuando tengo puesto un jean y una campera de jean, o las veces que en idéntica ocasión me pregunta si salí "a caminar" (o cuando su hermana no pudo reprimir aquel "peor es ser virgen"). Y toda la mirada sobre mí que hay en esas pocas palabras siempre quedan sin respuesta.
Con la gente que se acerca desde el voluntarismo no puedo hablar porque nunca tengo el timming para señalárselo de un modo apropiado, sin sonar aguafiestas, pero que alguien hable seis horas por teléfono con vos (conmigo) no implica que te (me) "haya elegido". (Y que garche tampoco, y que trague la leche tampoco). No es tan lineal. Y no me sale decirlo sin quedar como que me estoy cagando en lo que decís y en el interés que demostrás porque mi madre es tu amiga.
Con la gente con la que tengo disputas no puedo hablar porque ya sé que mis posiciones y mis argumentos nunca se imponen. Ni siquiera cuando somos diez corriendo en la plaza y me quejo de los perros sueltos que obstaculizan y ponen en peligro nuestra marcha, y ni uno de los otros runners me hace la segunda. (Y tampoco puedo resolver las disputas de otro modo porque en ese caso es mi cuerpo el que no me hace la segunda).
Con la gente a la que le menciono mis problemas para dormir no puedo hablar. Básicamente, porque es muy engorroso y, si no, porque a las tres palabras me ponen en el lugar incómodo de la persona a la que todo la molesta. Con la gente a la que le menciono mis problemas con la glucemia (o lo que sea) no puedo hablar. Porque es muy engorroso y, si no, porque a las cinco palabras me ponen en el lugar incómodo de relacionar eso con mi decisión de no comer cadáveres.
Con la gente a la que no le menciono estos problemas tampoco puedo hablar porque inevitablemente los notan, aunque en general no dicen nada; pero a veces sí, y con apenas una referencia al jugo Ades que llevo casi siempre conmigo ya ponen las cosas en el terreno del ítem anterior.
Conmigo no puedo hablar porque mi vieja está en casa, o porque el portero está del otro lado de la puerta y se escucha todo, o porque hay gente en la calle donde camino y no quiero que me miren (aún más) raro. O porque me cayó la ficha de que los lugares donde decir las palabras que practicaba hablando conmigo no existen ni existirán.
Con los médicos de la guardia de los hospitales públicos no puedo hablar. Porque te echan a gritos, luego de dos horas de espera, reprochándote consultar "por eso" "un domingo". O porque te despachan con desdén, en ocho minutos, y te dicen que consultes en un lugar que ¡no existe! después de que te cruzaste toda la ciudad para tratar de evitar una crisis mayor.
Con los médicos de los consultorios externos de los hospitales públicos no puedo hablar. Porque te despachan con desdén, en ocho minutos, sin mirarte o sin escuchar esa palabra que no llega a salir porque te interrumpen y te la dejan en la boca. O porque miran el celular mientras hablás, o cuchichean a tus espaldas e incluso frente a vos (a mí), o hacen especulaciones sobre los ingresos de mi viejo cuando respondo a su pregunta "¿a qué se dedica tu padre?". O porque no te atienden pues llegaste al consultorio cinco minutos tarde después de perderte adentro del hospital y luego de que tardaron banda en la admisión (hablo de vos, neurólogo forro del hospital Álvarez, doctor Sessa, andate –sin atenderme, obvio– a la purulenta concha de tu madre).
Con los médicos pagos no puedo hablar porque no tengo plata para pagarlos o porque no fueron muy diferentes de los otros cuando la tuve o cuando me pagaron la consulta. O porque llega un punto en el cual no me encuentran nada, pero yo sigo sin sentirme bien, y pronto arriba el momento incómodo en el que se revela el límite de su saber y ninguno de los dos sabe qué más decir.
Con los médicos, no importa si son pagos o no, no puedo hablar porque mis síntomas y mis características suelen estar a contramano de lo habitual, y eso también nos acerca a la incomodidad. Cuando me hablan de que me levante temprano y tengo que explicarles que siempre me siento mejor de noche, cuando me dicen que cene liviano con el fin de reducir mis problemas para dormir y tengo que decirles que si no como abundantemente es probable que me despierte en el medio del sueño con el estómago crujiendo de hambre, cuando la nutricionista me dice que no coma tostadas, sino pan, y yo ¡jamás le dije que comía tostadas!
Con alguien por teléfono no puedo hablar porque no tengo teléfono. (¿O no tengo teléfono porque no tengo con quién hablar?).
Con mi madre, de nuevo, no puedo hablar cuando su lejanía de la realidad toma la forma del desprecio: cuando dice "¿por qué no dormís ahora, que no hay ruido?", como si tuviese yo un interruptor en el sueño, como si pudiese dormir sabiendo que en una hora sí va a haber ruido; o cuando se burla de mi deseo, de lo dificultoso que me resultó siempre en mi adultez (cortesía, seguramente, de mi niñez y, sin duda, de mi adolescencia) y de cómo peleo por él.
Con la persona que más me conoce no puedo hablar porque se alejó argumentando que prefería dedicarse a la militancia, lo que le daba una enorme satisfacción, le llevaba mucho tiempo y le dejaba un enorme cansancio. Tanto que ni para responder un mail en cuatro años tuvo tiempo, o para que algún día de esos más de mil días se sintiera por una vez descansada y le pintara llamar o escribir para saber qué era de mí.
Con nadie puedo hablar de la neuroquímica desoladora que me genera reencontrar, casi cinco años después, el mail en el que dijo eso –al que busco para ser fiel a sus palabras– porque no tengo con quién hablar. Y porque, si lo tuviera, hablar de otro siempre es un bardo, porque sentiría que es necesario dar muchísimo contexto para que sea comprensible o porque no tengo ganas de exponer esa situación a la mirada suficiente, casi sobradora, de un profesional psi. O porque la única finalidad de hablar sobre eso sería acordarme de que una vez alguien me vio (o que otro se entere). Y, sobre todo, porque no hay un escáner ni un deus ex máchina que me explique y me aclare cada cosa de esa relación extraña en particular y toda ella en general.
Con la profesional de la salud en la que encontré el año pasado ­un signo vital ya no puedo hablar ­porque dejó de atender en ese lugar y porque no me dio su teléfono, pese a que dijo que iba a hacerlo cuando se fuera. Y no pude hablar porque no daba: porque ella estaba laburando y aprendiendo, porque tenía novio y una vida, porque las pocas y breves veces que hablé en serio, abriéndole la puerta a mi freakez, sentí un comprensible y claro ruido. Por ejemplo, cuando le dije "sos la persona con la que más hablé en el año" y se rio como si fuera un chiste (ey, esa risa no cuenta entre las risas buenas, Victoria…) (ey, no pude hablar de esta risa ni de las risas buenas, de esa con todo el cuello, por ejemplo, ni de las que ya me voy olvidando). Y porque, de tanto no poder hablar, terminé chocando la calesita.
Con la escritora a la que le mandé un mensaje con un par de poems no puedo hablar porque amablemente puso distancia después de preguntarme si yo era hombre o mujer, y cortó el intercambio también ella con la frase "un abrazo" y con una clavada de visto. Y ni siquiera puedo enojarme por la distancia debido a su corrección (y a que yo no tuve la suficiente especificidad: no le dije "qué te parece, te gusta alguno, qué hago con esto"; sólo le dije "aprovecho para mostrártelos" y ella aprovechó para no decir nada, lo cual quiere decir algo).
Con los Tunner no puedo hablar porque soy como Alf, pero sin los Tunner. Con Milhouse no puedo hablar porque no tengo un alma cuya devolución reclamarle, porque no la vendí, y entonces pienso que quizá nací sin ella, o se rompió o se perdió o me la sacaron no sé cuándo ni cómo.
Con los ciclistas que me tiran mala onda cuando corro por la bicisenda no puedo hablar porque me encuentran casi sin aliento, y porque la explicación que tengo para darles es muy larga y ya pasaron con su bici de mierda. Es tan larga que será un post.
Con los peatones que me tiran mala onda cuando corro por la vereda de la plaza no puedo hablar porque me encuentran casi sin aliento y porque si me paro de manos a) vengo con el cuerpo exigido y si la confrontación escala estoy en (más) desventaja, b) quizá sea una exageración saltar por ese comentario que hicieron y escuché, aunque si lo hicieron con ese volumen fue para que yo lo escuchara y, en todo caso, es difícil saltar con el tono justo para la ocasión en que la gorda que camina con sus amigos dice "que se muera" cuando les pido permiso porque caminan ocupando todo el ancho de la vereda.
Con mi vieja delante de otras personas no puedo hablar porque me excandecen cada una de sus palabras del campo semántico del pensamiento mágico, su pelotuda manera de hablar –con frases del tipo de "el universo se está ordenando"–, las mentiras que dice, lo que calla tendenciosamente y sus palabras-ruido (si no pudimos probar que la firma era trucha, si ni siquiera lo intentamos, es un gasto de aire hablar tan insistentemente de eso, digamos). Y siempre quedo al borde de mandarla a la mierda, o de que, sin ir tan lejos, mi lenguaje corporal manifieste la violencia que me provoca. Situaciones ambas en las que quedo mal yo. Ya sea que estemos con los abogados, con algunos vecinos o con personas que forman parte del entorno patológico que tiene: la que cree en los elfos, la que cree en los reptilianos, las que van con ella a las misas carismáticas o a las del cura exorcista, la que ve luces que son mensajes, los que se comunican con extraterrestres, los que creen su relato falaz, los que siempre toman partido por ella. Pero estar ahí sin decir nada es ser cómplice de su ruido, de su inmovilidad, de su explícito deseo de que dependa de ella como cuando tenía veinticinco días de vida, de toda su mierda enferma y contagiosa.
Con el de la puerta del Matienzo no puedo hablar porque tiene cara de policía, de albañil o de orto, y eso, más la gente cool con compañía que charla en la vereda, bloquea mi speech prefabricado con el que le iba a preguntar si la entrada era gratis, si había obligatoriedad de consumición y si el espectáculo ya había comenzado. No puedo hablar ­cuando paso caminando para allá y por la ventana veo una imagen fugacísima y deforme de mucha luz, como de living iluminado, y gente sociabilizando. No puedo hablar cuando paso caminando para acá y veo, esta vez con más definición, la barra a través de la ventana de la puerta, con (más) gente sociabilizando, a dos minas que llegan y hablan con el tipo, y después entre ellas, mientras las otras personas siguen charlando en la vereda. No puedo hablar, no puedo entrar, sería sospechoso o ridículo volver a pasar, no da, ya fue, me vuelvo a casa.
Con el/la de la entrevista laboral no puedo hablar porque no sabría qué decir. Y porque ni siquiera me presento. Porque no sabría dónde hacerlo ni, mucho menos, si estoy en condiciones de a) calificar, b) tolerarlo física y mentalmente.
Con la empleada de la óptica no puedo hablar para preguntarle si la promoción tiene, como históricamente tuvo, un mes de gracia a partir de la fecha que me dice, tal vez porque siempre muestra un lenguaje corporal lleno de angustia. Con el pelado de la fotocopiadora no puedo hablar para reclamarle que me está cobrando un peso la copia cuando el cartel de la puerta dice ochenta centavos, para decirle que su argumento de que es un libro y no hojas sueltas es insostenible. Con la cajera de la verdulería no puedo hablar cuando le quiero pagar justo y me rechaza las monedas de diez porque "no le sirven", y redondea a favor suyo. No sé por qué, pero no puedo hablar.
Con el que me podría diagnosticar posta, todo lo posta que puede ser un diagnóstico, no puedo hablar porque no sé quién es ni dónde está. Y porque, la verdad, no sé si quiero enterarme de que tengo alguna forma de TGD (salvo que eso me garantice un subsidio). Y porque sería hacer un back to zero, o un back to fourteen, y no me copa mucho la idea. Porque no quiero ser eso. Ni esto.
En público no puedo hablar porque no tengo oportunidad y porque, de tenerla, no sé cómo latiría aquel recuerdo tan borroso y tan chirriante del grabador Geloso de mi muy temprana niñez. O porque aquella noche en la radio, cuando necesitaban que alguno saliera al aire entre tema y tema y dijera no sé qué cosa, una breve cosa, no dije "dale, lo digo yo". Lo pensé, pero no lo hice. Lo hizo otro. O porque la distancia entre lo imaginado o practicado y la realidad puede ser atroz; porque todo viene bien hasta que percibís un cambio de tono en el silencio y deja de estarlo, y pasás a habitar ese lugar del que no se vuelve.
Con la gente que cumple años no puedo hablar para desearle feliz cumpleaños porque no me dijeron cuándo cumplen años y no da blanquear la stalkeada que me llevó a saberlo. O porque sí dio blanquear la stalkeada y está todo bien, pero la sorpresa incómoda que se generó cuando lo dije me mostró que no estaba tan bien. O porque me dijeron la fecha, pero después de varios cumpleaños sin que me respondan el mensaje ya no da seguir diciendo "feliz cumpleaños". Aunque sí, todavía, pensarlo.
Con gente a la que no conozco no puedo hablar porque no tengo temas de conversación. O porque en sus caras veo rápidamente una distancia infranqueable. O porque, si todo eso se supera, pronto surgirían preguntas como "qué hacés", "a qué te dedicás", "qué hiciste, qué vas a hacer". Y un concierto de grillos atronará con su cri cri mientras me muero de sudor y angustia. O porque no sé si mencionar mis dificultades con la sociabilidad por lo espantagente que resultaría, o porque ni un diagnóstico tengo, y porque, aunque no lo haga, más temprano que tarde, se manifestarán, inexorables.
Con la gente a la que conozco pero hace mucho que no veo no puedo hablar porque rápidamente salen preguntas que forman parte de la cotidianidad de la mayoría de la gente, pero no de la mía. "¿Te casaste? ¿Tenés pareja? ¿Tuviste chicos? ¿Cuánto hace que estás sin pareja? ¿Cuánto hace que estás sin trabajo?". Y el choque es intenso. Sobre todo para ellos, porque yo ya lo preveo. Y porque revela los silencios que practican los otros, los más frecuentes.
Y de tanto no poder hablar, onda que se seca un poco la lengua. Y, consiguientemente, la cabeza.
Encima, si pudiera hablar, si existiera esa posibilidad, tendría que hacer el enorme y quizá infructuoso esfuerzo de acomodar mis horarios para llegar a esos momentos con una energía y una lucidez más o menos razonable.
Ah, de todo lo que no puedo hablar, lo que más quiero decir es que me doy cuenta de que todo esto está mal.

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