viernes, 12 de enero de 2018

Manos que se encuentran, manos que no

Trataré de no caer demasiado en el detalle, pero me acuerdo de mucho, casi de todo: desde el buzo que tenía puesto hasta el estadio del que en voz muy alta les hablaba a sus colegas uno de los profesionales mientras todos esperábamos para poder entrar.
El papelito que me habían dado me citaba a las 7:45, pero como el tránsito está cada vez peor debí correr por Marcelo T para llegar 7:50 según mi despertador (no tengo teléfono, no tengo reloj pulsera: si tengo que ser puntual, llevo el despertador en un bolsillo). Seguramente hice un paso por el baño para evacuar la vejiga y afrontar la intervención sin un posible apremio. Cuando salí del ascensor que me llevó al octavo piso, pacientes y profesionales compartían el lobby sin poder acceder a la sala de espera ni a los consultorios. La persona que tenía las llaves no había ido, o se las había olvidado, o algo, y entonces hubo que llamar a unos operarios para que rompieran la cerradura con una amoladora.
Todos esperaban de pie, pero yo preferí cuidar mi energía y sentarme en la escalera. La joven doctora que debía atenderme apareció bastante después de la hora indicada, tal vez media hora más tarde, pero no fue inconveniente: la amoladora aún no había ganado su batalla. Me alivió verla porque yo ya estaría pensado que no vino, no viene, no va a venir, se enfermó, se posterga todo…
Decidí no preguntarle si había llegado tarde o si simplemente no la había visto. Me acerqué y me explicó que había llamado por teléfono, tal como había dicho que iba a hacer, para decirme con certeza los costos posibles de la cirugía, pero que al encontrarse con el contestador de casa no dejó mensaje. Le aclaré que la plata no era un problema, que había llevado una suma cercana a la cifra tentativa más alta que me había pasado previamente, por si era necesario el relleno óseo.
Y no tuvimos mucho más para contarnos antes de que se alejara rumbo al corro altisonante donde los profesionales hablaban de lo coqueta que es la cancha de Colón, de una reunión donde a uno que tenía una guitarra le cambiaron la afinación o de la carta medio agreta que una paciente le escribió a otra profesional novata, a raíz de la cual sus colegas le aconsejaban que no se dejara afectar por eso.
La espera me dispara ansiedad; esta, nervios, y los nervios, ganas de hacer pis. Entonces me tomé de nuevo el ascensor rumbo al baño de la planta baja. Retornar me llevó unos cuantos minutos de espera porque los ascensores no venían, porque se llenaban y la chicharra obligaba a descender a alguien, al último que pudo entrar, a mí; o porque me hicieron bajar de uno diciéndome que los alumnos tenían prioridad (?). Y cuando reaparecí en el octavo piso, la puerta estaba abierta y los pacientes ya tenían su orden.
Toqué el timbre, expliqué la situación, todo bien. Esperá un ratito. Me hacen pasar para que pague, el secretario me confirma el precio, cuenta la plata que le doy y me sugiere que le agradezca a la doctora su gestión. No me quedó del todo claro cuál fue la famosa gestión –no se lo pregunté a él en ese momento y nunca se lo pregunté a ella–, pero creo que la mina decidió colocar un implante más caro sin cobrarme más, y, si fue así, seguramente haya puesto la diferencia de su bolsillo.
El chabón termina diciéndome que van a tardar un poco, que tengo tiempo para ir a tomarme un café. Okey, un gusto. Gracias. Café no tomo, pero aprovecho para ir al supermercado cercano, al que recuerdo de cuando estudiaba a una cuadra de allí, y compro un jugo Ades porque el que llevé para mantener mi glucemia en condiciones ya está en mi panza. Trato de cargar la Sube, pero los subtes de la zona norte me resultan desconocidos y busco la estación en el lugar equivocado hasta que decido volver. Hago pis una vez más y me embarco nuevamente en el ascensor.
En un momento de la espera, la doctora abre la puerta y me acerco para preguntarle si tiene alguna idea sobre la hora a la que me atenderá. Me dice que a eso de la diez y cuarto (finalmente, fue a las diez y media: no le erró por tanto). Algo está bien en ese momento, ella está bien, tal vez, o lo que transmite, y una neurona me trae las palabras que hace un rato me dijo el secretario. Y le agradezco su gestión. "Me dijeron que te agradezca tu gestión, así que gracias". Algo así.
No hay video. Tristemente, allí no hay una cámara. Sí en la planta baja, con seguridad privada y molinetes para entrar y salir, pero no en la sala de espera. Porque, si la hubiera, habría pedido ver la grabación. Sin cámara no hay testimonios objetivos, solo la impresión que quedó, una desconocida e irrepetible fórmula química que explicaría ese momento de mis neurotransmisores, la narración de la narración (del recuerdo del recuerdo), este post, uno en el blog de Massey. Meras versiones.
La expresividad de su cara iluminó el lugar como nunca, agradeció con la palabra "gracias" y tal vez con algunas más, y, cuando esa serie de palabras concluyó, me di cuenta de que nuestras manos se habían encontrado en el mismo punto del universo. Nunca conoceré la dinámica cabal del encuentro, quién movió centésimas antes, quién siguió. Sé que los dos nos quedamos un toque así (nunca sabré el tiempo exacto, tampoco) y sé que cualquier otro gesto, aun si incluía contacto físico –un beso, un abrazo–, no habría resonado tanto en mí.
Después cada uno volvió a su lugar, yo volví a hacer pis (esta vez en el baño del piso de arriba, cruzando de un ala a la otra del edificio, pero a salvo de demoras del ascensor), y seguí esperando hasta que me hicieron pasar al quirófano.
Tal vez en ese encuentro de manos cambió algo, o simplemente se consolidó la buena onda que había, porque nunca se equivoca mi nombre, por la cara que puso cuando hablamos de plata y mencioné el testamento inesperado que dejó mi padre y cómo me enteré, porque es nueva y se le nota y me sale decirle "tranqui, no pasa nada" cuando varias veces me pide que la aguarde y va a consultar algo, porque esa buena onda suena genuina.
Tal vez cambió un poco más cuando por un momento abrí los ojos en el quirófano y la vi de espaldas, buscando algo en la mesa de operaciones, y necesariamente reparé en el semicírculo inalcanzable de piel que se develaba bajo el pelo rubio recogido por la cofia y fuera del área de cobertura del delantal verde.
Cambió del todo un par de meses más adelante, cuando cometió un desliz en el procedimiento y se sacó los guantes dando por terminada su tarea, pero de inmediato –creo que fue el día que un colega la supervisaba y a instancias de él– volvió sobre sus pasos para mirar algo de nuevo y me tocó con la mano desnuda: aún siento vestigios de la sensación de su dedo levemente frío en el cuadrante superior izquierdo de mis labios.
Como sea, algo poderoso sucedió en aquel momento.
Cuando terminó la cirugía, y después de darme las indicaciones postoperatorias, nuestras manos volvieron a encontrarse. De eso ya no me acordaba, pero aparece mencionado en un mail que le escribí a L. donde referí varios de estos hechos. Seguramente fue ese gesto que reconozco tan mío de extender el brazo hacia la otra persona en la despedida cuando ya giré parcialmente mi cuerpo para alejarme, cuando su eje ya está a más de noventa grados, y abrir la mano, buscando otra mano.
Esa vez, como en otras posteriores, la iniciativa fue mía. No se trató de un gesto plenamente deliberado, no es que fui con la decisión de hacerlo, pero no creo que haya sido tan espontáneo como el primero. Tal vez mi inconsciente, con la certeza de la aceptación, lo buscó con más confianza.
Me acuerdo tanto porque fue uno de los highlights de 2016, por ese intercambio de mails con L. donde se cristalizaron algunos hechos que, sin él, se habrían diluido en el fluir de los neurotransmisores, porque estuve más de un año tratando de escribir algo satisfactorio sobre esto, porque durante todo ese tiempo me quedó la deuda de no poder decírselo –hasta que pude–.
Y me acordé de nuevo la otra tarde, cuando quise sacarle una foto al edificio de Bustamante y la del Konex, por cuyas inmediaciones pasé decenas de veces sin reparar en el remate, quizá de campanario, que presenta en lo alto de la esquina. Cuando lo descubrí, quise fotearlo, pero el sol del invierno no me ayudaba. Y el otro día, que pasé de nuevo por ahí, noté que su desplazamiento hacia el sur había recorrido un trayecto suficiente como para iluminar esa vereda y tentar la foto.
Entre postes de luz, árboles y cables, busqué el ángulo acuclillándome y metiéndome casi adentro de la pared sucia de un negocio cerrado. Cuando me incorporé, con una relativa satisfacción por la toma, descubrí que me observaba una chica del gobierno de la ciudad que llevaba puesta una campera con la palabra "prevención". Me dijo que se había quedado ahí, interrumpiendo su camino, para no cruzarse en la foto, y le agradecí francamente, aunque muy pronto flasheé cualquiera: como ya tuve que afrontar situaciones con las autoridades (?) en las que debí explicar mi hobby, y como en esas ocasiones nunca me acordé de llevar adelante la pantomima del turista y responderles en inglés, "I'm taking pictures, beautiful buildings", le insistí en referencias a la foto y al edificio con la fantasía de dejar clara así mi afición.
Como tres veces le mencioné lo arduo que resultaba hacer entrar el edificio entero en cuadro, hasta que, por alguna palabra, por la continuidad del diálogo o, más probablemente, por algún gesto indescifrable desde lo consciente, percibí que me lo había dicho posta, que no era una excusa para aludir a su presencia vigilante sin demostrarla más abierta y agretamente. Cuando se estaban agotando las palabras y ya me iba, me descubrí haciendo ese gesto en busca de un último contacto. Estiré el brazo, abrí la mano y terminé tocando el aire.
El antebrazo expuesto por la campera arremangada no se movió. Su quietud es la foto de ese momento, que permaneció aturdiéndome varios segundos, como queda la última imagen en la pantalla del televisor un rato después de haberlo apagado. Hasta que doblé por Bustamante y a los pocos metros se disgregó de pronto, cuando nuevamente me acordé de mi odontóloga del año pasado y de aquel gesto en el límite de la sala de espera. Y, ya sin el temor que a veces me asaltaba de estar exagerando las cosas, lo valoré aún más.

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