viernes, 23 de marzo de 2018

No nos dimos nada menos que un buen gesto

Como las otras dos veces que nos vimos, decidió quedarse en el telo hasta el último minuto del turno. No sé en qué momento se dio por terminada la acción escasa e insatisfactoria que tuvimos y pasamos a charlar. Del cliente que se le había caído a último momento, tal vez porque la jermu no quiso saber nada con la idea de trío (o porque sólo se trataba de un pajero que decidió bloquearla de WhatsApp cuando llegó el momento de concretar); de lo que había comentado apenas entramos: su experiencia del otro día con el tirador de caracoles, que le confirmó su antiguo pacto con la Pomba Gira; de la discusión en la clase de teatro porque se comió una empanada que había en la heladera, que la profesora zanjó echándola; de la propuesta para protagonizar un cortometraje absurdamente erótico por el que no le pagarían nada (pero a la que había dicho que sí llevada por sus ganas de actuar, por la posibilidad de poder actuar) y sus cuestiones sobre con quién dejar a los perros los días que estuviese filmando en la costa.
Mientras, masajes en la espalda y Eugenia Zicavo en la tele. Y el aire acondicionado que ya no respondía a las presiones del dedo en el display. La hora del sistema del telo estaba desfasada de la hora que mostraba la tele, y la temperatura que mostraba la tele, que comenzaba con 3, estaba desfasada de la temperatura real, culpa del recorte presupuestario de los canales, que no tienen un empleado para actualizarla un domingo a la noche.
Quedó tiempo para mostrame la foto de sus chihuahuas, la de la supuesta chica del hipotético trío, las que publicó en el sitio y las que no publicó porque eran selfies tomadas en la cocina, donde se veía de fondo la bolsa del lavadero con la ropa. Para hablar de heladerías o del precio del perfume Salvador Dalí, para cargar la botellita de agua, que bebió de un trago, y para lavarse los pies, sucios por la plantilla que destiñe, en el mismo lavabo; para acordarme de que me había olvidado de pagarle y evitar el papelón.
Salimos pasadas las dos y media porque, finalmente, el turno era de tres horas, y no de dos, como la vez pasada. El bar al que me invitó aquel domingo de hace tres meses para comer unas papas fritas cierra a las tres, y entonces, antes de que pudiera mencionarlo, ya no era una opción, la única que se me había ocurrido para reciprocar su gesto. Tampoco tenía claro si ella iba a tener ganas: lo que sale bien una inesperada vez difícilmente salga bien otra deseada y preparada vez.
En la esquina del hotel creo que no manejé la suficiente explicitud al respecto porque respondió a mi alusión sobre el asunto con un "pagamos cada uno lo suyo". Allí, esperando el verde del semáforo o que ella tomara la decisión de qué hacer, comprobamos en la piel el error de la tele sobre la temperatura. La noche estaba perfecta. No así mi cuerpo, que, pasadas cuatro horas del momento en que había comido el último bocado antes de salir de casa, ya daba señales de flaqueza. Cuando estaba buscando el jugo Ades que siempre llevo en el bolsillo, me dijo que conocía un lugar que estaba abierto toda la noche. Y dejé el movimiento de mi mano incompleto y el jugo en su sitio.
Por Cachimayo hacia el sur, los edificios y el aire quieto de la madrugada eran una inesperada caja de resonancia que seguramente llevaba nuestras voces a los pisos más altos. Ella caminaba con paso de esquiador por las veredas rotas de los edificios en construcción sobre las plataformas con que trata de disimular su metro y medio, y cuando cruzamos por la bocacalle empedrada debió tomarse de mi brazo, como una vieja, para afirmarse mejor. Seguía hablando del cortometraje, del pobre catering que imaginaba por conocer a los que filmaban, puros sánguches de miga preveía, mientras yo le decía que tiene cuidar su herramienta de trabajo, esa cintura postadolescente, y miraba cómo la caída de la remera le disimulaba las tetas sobreinfladas y las hacía pasar inadvertidas, resolviendo mi inquietud sobre cómo disimularía lo que porta cuando no da usar la campera que tenía las otras veces que nos vimos para andar tranquila y no concitar todas, y digo todas, las miradas del mundo.
Unos homeless dormían en la esquina previa al Barrio Inglés. Allí le llamaron la atención que un lugar como ese existiera tan cerca de donde estábamos y las casonas, sobre las que dijo que son muy lindas, pero que se deterioran pronto y mucho si no les ponés plata. Supuse que hablaba por experiencia propia, por la casa que alquila, a la que había aludido un par de veces. Paramos en una esquina a mirar las fachadas, espiamos por alguna ventana abierta, comprobamos que la garita de seguridad estaba vacía. Y retomamos la marcha.
Llegando a Goyena no pude evitar una referencia a mi (ex) dentista y le dije que por ahí vivía su mejor amiga, lo cual sé no porque me lo haya dicho, sino por la masiva stalkeada que le pegué y por la facilidad con que (me) quedan algunos datos, tan diferente de cómo se escurren otros similares. El comentario no imprimió y no pude extenderme hablando de mi residente de ojos verdes que hacían juego con su delantal de quirófano.
Nos detuvimos en la esquina. Todo estaba cerrado y desierto. Luego de mirar hacia uno y otro lado, exhibió una llamativa desorientación cuando me preguntó para dónde quedaba Flores. Le respondí, y, tras unos segundos, cruzamos la avenida y doblamos en esa dirección.
Ahora hablaba de un cliente al que había atendido en su casa para hacerlo limpiar, porque al tipo le cabe ser mucama, y de las obsesivas fantasías del chabón, y pensé en cómo se referiría a mí en una situación homóloga. Me contó de la vez que le tocó el timbre y ella estaba con otro, volvió a colgar mirando por la ventana abierta de una casa cerca de La Nave, mencionó a su clienta de Recoleta, esquivamos el cadáver chorreante del cucurucho que se suicidó recién servido en la esquina de la heladería de Emilio Mitre, que aún mantenía algo de su consistencia y que, sin embargo, no había convocado a ninguna alimaña nocturna, y entramos en la zona más top de Goyena.
Los de seguridad de los edificios nos miraban desde la pantalla o en persona, y me divirtió notar que había más gente vigilando que personas transitando por la calle. Comentó que lugares así son sus preferidos para hacer domicilios y que si no hay seguridad pone más condiciones: teléfono de línea que figure en guía entre ellas, como en la vieja época de los privados. Mientras, el flaquear de mi cuerpo llegó a un límite, y comencé a comer las pasas de uva que casi siempre llevo en un bolsillo para darme un poco de azúcar cuando es necesario.
La vez anterior ya me había visto en el borde de la crisis, y eso ayudó a que no tuviera tanta vergüenza en mostrarme en ese estado. En un momento se detuvo a elongar porque le dolía el coxis, lo cual, lamentablemente, no podía atribuírseme a mí, y seguimos caminando por esa vereda que tantas veces caminé yendo o viniendo de Puan. Hasta que, a lo lejos, reconoció el lugar al que quería ir. Era Sócrates.
De inmediato sobrevino la decepción: estaban baldeando la vereda, y, dentro del salón, la ausencia de parroquianos y las sillas sobre las mesas indicaban que habíamos llegado tarde. "¿Y ahora qué hacemos?", me preguntó, supongo que retóricamente, porque era ella quien llevaba la iniciativa. Le señalé la fuckultad y le dije "podemos ir y cursar alguna materia". Como un rato antes con la dentista, no pude evitar la referencia, aunque no dije que pasé un tiempo allí ni la micromilité hablando contra les imbéciles feministes que escriben con la e y que, si tuvieran poder, me señalarían como delincuente y le impedirían trabajar de esto. Ni le dije que algunes de les no abolicionistes que publican en Tumblr cobran no sólo por garchar, sino también por la compañía que, otra vez, ella me daba gratis.
Cruzamos la calle, le preguntó al empleado de las botas de goma si estaba abierto y, ante la previsible respuesta, le repreguntó qué días abren las veinticuatro horas (viernes y sábados) mientras yo la miraba: su postura, la remera, el pelo atado, la forma de agarrar la cartera, el maquillaje escaso –pese a ese labial medio rosa que no sumaba–, y la vi realmente linda, mucho más de lo que suelo verla. Y vi algo distinto en mí, aunque la vidriera no me reflejara.
Se lo comenté cuando retomamos el camino sin rumbo determinado, pero no se detuvo en mi halago. Me dijo que, pese a haber cenado antes de verme, también se sentía flaquear. Entonces le ofrecí unas pasas, que le resultaron útiles y ricas. En una esquina propuso volver a Alberdi porque "acá no hay nada, no pasa nada". Alardeé, sin mencionarlas, de mis lecturas de la Filcar y le dije que Alberdi estaba a dos cuadras para allá (hacia el norte), pero también estaba a dos cuadras para allá (hacia el oeste), y que ahí el taxi le iba a resultar más barato. Se lo aclaré porque tenía bien presente en la memoria que la otra vez fue explícita cuando, al salir del bar, me dijo que quería caminar unas cuadras para gastar menos en taxi.
Sin embargo, eligió ir hacia al norte. Supongo que entendí mal y no es que se confundió, pero me pareció que dijo algo como si estuviéramos yendo otra vez por Cachimayo. Seguimos charlando y comiendo, mientras a lo lejos, en una esquina, vi a unos homeless que no dormían, sino que se movían nerviosamente, como discutiendo. Le sugerí cruzar, justo frente a un caserón moderno y muy iluminado que le hizo decir "¿cuánto cuesta esto, cómo se hace para comprar algo así?".
Finalmente, llegamos a Alberdi, donde hay una estación de servicio. No sé si la tenía en mente y por eso eligió ese camino o si solo nos llevó el azar. El dependiente del lugar parecía un poco sordo y otro tanto desganado porque no escuchaba claramente lo que ella le preguntaba (si tenía helado, cuáles, etc.) y porque tardó bastante en acercarse a la ventana para que el diálogo y la venta fluyesen. Ella eligió un torpedo de naranja, me adelanté para pagar, y esa fue mi escasa posibilidad de devolverle su invitación de la vez pasada.
Entregué los 35 pesos, me ofreció la primera chupada, el primer mordisco (ey, no sé comer helados industriales), y cruzamos la avenida medio por inercia. No quise desmentirla cuando afirmó que "es de Nestlé, se nota el sabor a naranja" y la seguí cuando decidió sentarse en el umbral de una casa frente a la estación de servicio. "Parecemos adolescentes", dijo, y pensé en que, si no estábamos pendientes del volumen de nuestras voces, alguien podía salir a quejarse.
Yo había guardado las pasas y me sentía cada vez peor porque el helado no me levanta. No me levanta el de heladería, seguramente menos el industrial. Pero preferí no decírselo porque a ella sí le estaba pegando bien y no quería que se preocupara ni, tampoco, revelar la poca productividad de su intento. Es curioso lo que me resucita o lo que no: el jugo Ades es la salvación; el Gatorade, en cambio, no mueve el amperímetro en casos así.
Ella manejaba el helado como lo había hecho con el camino o con el tiempo del telo. Mientras, el malestar avanzaba rápido. Mi cabeza, sobre todo la frente, un poco arriba de la frente, era el lugar donde se focalizaba la crisis. Supongo que mi postura algo revelaría, la falta de recuerdos sobre lo que hablábamos en ese momento se revela ahora. En un movimiento impulsivo di por terminada la simulación, me paré y saqué el Ades del bolsillo. Bebí el jugo rápidamente y, como me sentía tan en crisis, le dije que después, cuando se fuera, iba a cruzar a comprarme un alfajor en la estación de servicio.
Por suerte, el azúcar hizo efecto pronto. Ella retomó la idea de que tal vez lo mío sea un trastorno por déficit de atención, similar al suyo. Me contó que en la niñez no se lo diagnosticaron porque en esa época no era tan conocido, pero que ahora, desde hace un tiempo que no especificó, toma Atentto, que "tiene aceite de pescado", y que siente la diferencia si no se clava su sobrecito diario. En el momento me pasó inadvertida la contradicción que encuentro entre esto y el frecuente consumo de marihuana que me dijo que hace.
La refuté dentro de mis posibilidades: nunca tuve este problema ni nada que afectara mi atención ni mi rendimiento estudiantil hasta aquella mañana fatal de la facultad en que casi me desmayo. Se dio cuenta de cómo podía dar más data, sacó el teléfono de la cartera y se puso a googlear el prospecto. Y me lo leyó. Componentes y acción terapéutica: el aceite de pescado era el omega nosecuánto.
"No es que sea tonta, tiene este problema", dijo, parafraseando alguna palabra dicha sobre ella en aquel tiempo. Masculló ininteligiblemente el nombre de la otra droga que le recetó la psiquiatra, pronunció las palabras mitosis y meiosis, a partir de las que entendí que trató de estudiar algo relacionado con eso, tal vez luego del diagnóstico.
En cierto momento, a cuento ya no sé de qué, mencioné que no como carne, y largó una exclamación, pero tuvo el tino de no profundizar cuando le dije que todo el mundo hace la misma exclamación y tiende a relacionar una cosa con la otra. Agregó que quizá yo sea como los bebés, que necesitan comer cada tres horas, ¡pero los bebés no necesitan laburar, madre! Ni siquiera charlar un rato con alguien…
Terminó el helado, usó el palito como mondadientes. Una pareja pasó paseando el perro. El perro tenía la cola peluda. Bueno, tal vez no. En el telo se le había escapado su nombre verdadero y le pregunté cómo prefería que la llamara, si por ese nombre, por el que me había dicho la primera vez y no había desmentido la segunda, por alguno de los nombres con los que publicó…
Guardó el teléfono en la cartera, sacó el vuelto de algún chino, tres Sugus de colores cálidos, y me los dio para el regreso, como la vez pasada me había dado las gomitas de Mogul. Sugerí pararnos y comenzar a esperar el taxi porque no pasaban muchos autos y no sabía cuánto tiempo nos iba a llevar. Ni cuánto margen de acción le quedaba a mi cuerpo. Dejé el envase rojo del jugo en el cordón de la vereda y bajamos a la calzada mientras seguíamos charlando de no sé qué.
De golpe, mi visión periférica registró un taxi. Le hice señas –quizá ella también–, pero siguió de largo. Estaba saliendo la primera palabra con la que íbamos a lamentarnos por cómo se había ido cuando vimos que frenó, se encendió la luz blanca al apagarse el stop y se acercó a nosotros marcha atrás. La rapidez de los hechos no dejó espacio para un uso diestro de la función fática del lenguaje. Unas palabras apresuradas, un pico propiciado por ella y chau. Se subió y se fue. Y nunca más nos vamos a ver.
(Bueno, no sé: depende de mí). (Pero no creo).
Crucé a la estación de servicio. En lugar de encarar hacia la ventanita del minisuper, pasé por el costado, me acerqué para ver la hora en el televisor, 3:27, y al caminar y no tener que hablar con nadie, el cuerpo cambió un poco y sentí que podía animarme a los cincuenta minutos que me separaban de mi casa con los caramelos y las pasas que quedaban.
Apenas al abandonar la vereda de la Shell me sobrevino una angustia abrumadora, unas ganas de llorar inmensas e inexplicables. Casi como las que vienen ahora que escribo esto y que no prosperarán porque el cansancio del mal dormir de hoy y de ayer tiene una parte de mi cerebro y del resto de mi cuerpo apagados y no quiero encenderlos a fuerza de adrenalina.
Lo primero de lo que me acordé fue de la gente que me maltrató, que me despreció desde que tengo catorce años –o tal vez antes–, que me hizo creer que compartir un rato hablando de nuestros problemas psiquiátricos, metabólicos o neurológicos está fuera del mundo (y no sólo me hicieron creerlo: lo hicieron realidad). De los que hicieron que sea una rareza lo que pasó recién y de los que hicieron que sea imposible lo que ni recién ni nunca, y digo nunca, ocurrió.
No sé si fue por eso, por sumar un umbral a la escasa lista de umbrales compartidos y el recuerdo grato de aquellas situaciones, o porque a partir de ahora es otro umbral vacío; por el gesto de sacar algo de la cartera y dármelo o porque, nuevamente, la despedida miraba hacia el oeste, como cada vez que se iba el 96.
No sé qué mierda fue, pero por varias cuadras, frente a la repetida mirada de los de seguridad, que seguían vigilando la nada, el calor de la angustia subió por mi pecho y mi garganta hasta los ojos, y las palabras, aprovechando la desolación de la noche, no se preocupaban en disimular el volumen y trataban de intentar una explicación.
Un caramelo, dos –el de frambuesa, el más rico, me llevó de viaje a la niñez–, los tres. El patrullero que viene rápido y sireneando por Centenera cuando comienzo el tercero me inquieta, pero dobla y se va en silencio. Encaro la subida, como tantas veces, siempre empinada. El camino y los zombis que lo pueblan –la voluntad de evitarlos– van disolviendo la angustia, pero no la dilucidan.
No sé qué mierda fue, pero por varias semanas sigo buscando pistas que me lo aclaren: si fue la expectativa por los cuerpos, diluida en un garche quisquilloso; si fue la expectativa por los símbolos y elegir ponerme mi remera favorita, esa que usé una sola vez en seis años, y que solo yo supe eso. O por que en todo ese recorrido no hubo chape ni la vibración del deseo, solo palabras: ese gran remedo de lo que somos, que, por más aceitado que lo tengamos, siempre y pronto revela sus límites y los míos. O la fugacidad del momento, condicionado por la hora y por los cuerpos que no responden.
O porque se reafirmaba la palmaria verdad que sin querer dijo la dentista de los ojos verdes y el ambo azul: cuando los otros se van, yo desaparezco.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hace unos años llegué a este blog googleando sobre el trámite de la UBA de Hidalgo. Se supone que en 4 horas me suena el despertador y salgo para allá. Por eso evoqué tu entrada y, aunque habían pasado años y aunque no había entrado más que una hora aquella vez, pude escribir "paja abyecta UBA Hidalgo" y regresar.

Resabios de un solipsismo adolescente (o agudización del círculo hermenéutico por el que todos orbitamos), todavía sigo sin saber cómo leer sin proyectarme en lo que leo. Me reconocí en muchas entradas: gracias. Elijo decírtelo acá porque yo, que aunque no quiero (nostálgico como soy) me estoy por mudar, siempre viví en Goyena, y me pareció una extravagancia que esta entrada transcurra acá afuera.

y.0. dijo...

Abrazo grande.
El examen de salud seguramente habrá cambiado, eso que relato sucedió en el siglo pasado. Imaginate.

Saludo al algoritmo de Google, tan eficaz, que permitió el reencuentro con este blog y a esas neuronas que almacenaron aquel recuerdo, el cual, de algún modo y por un momento, permite resquebrajar mi propio solipsismo.

Abrazo de nuevo, abrazo de blog.
Y gracias.

O.tra vez yO. dijo...

Recién estaba en la cocina, y reparé en el color levemente diferente de dos azulejos: un amarillo un semitono más allá en el Pantone.
No son los mismos azulejos de los que habla el post al cual linkeo en la firma, pero, encadenamiento de impulsos neuroquímicos, me acuerdo del primer comentario de este post, de ese recuerdo persistente que lograron algunos palabras a través de los años, y me sale compartir otra historia de aquel lugar, tal vez perdida en la maraña de posteos sin etiquetas.

PD: ahora que releo el post antes de copiar la dirección del enlace, noto que hablo del frasco que usaba una de mis dentistas en su consultorio, igual al que usábamos en casa para guardar el paquete de harina. Hace 52 horas estuve en ese consultorio y cuando ella fue a buscar no sé qué cosa y me dejó a solas con los objetos, busqué con la mirada en el estante que estaba a mis espaldas, a ver si encontraba de nuevo aquel frasco. Pero no. Ya no está más.

¿Habrá sido eso lo que me disparó el recuerdo aunque no recordara que lo mencionaba en el post? ¿Cómo se concatenan los recuerdos? ¿Cuál fue primero? ¿O fue mera casualidad? ¿Eh?