viernes, 23 de marzo de 2018

Vino Patti Smith

Cuando vino por primera vez, allá por 2006, Patti Smith no estaba en los círculos pequeños de mi radar. Era apenas un nombre de mi enciclopedia incompleta del rock. Después pispeé su libro en la librería de por acá, en la época en que compraba libros, y, como ya tenía una conexión aceptable y podía buscar cosas en Youtube, lo hice y me encontré con un par de canciones que me gustaron mucho. Y con un verso que quizá algún día sea tatuaje.
Así que cuando me enteré de que venía, y encima gratis, lo anoté en mi agenda mental. Dos o tres veces pasé por la web para fijarme cuándo y cómo era la entrega de las entradas y, llegado el día, aun sin haber descansado del todo (¿cuántas veces escribí eso acá?, ¿cuántas veces lo viví?), fui. Iba a ir caminando, saliendo de casa con el tiempo cómodo para llegar a la una de la tarde, la hora en que abría la boletería; pero, al ver en las redes sociales que la cola ya era larga, decidí apurarme. Hasta viajé en subte para meterle pata.
Siempre me confundo los subtes de zona norte, el B y el D, y me bajé mal, pero, si hubiera hecho combinación, habría caminado subterráneamente lo que caminé por arriba al llegar, aparte del tiempo de espera del tren. Así que, después de sacar la cuenta, decidí no hacerme mala sangre: no perdí mucho tiempo por el error.
Llegué al final de la larga cola, que rodeaba la plaza del Correo y comenzaba a caracolear en la bombardeada placita que da a Madero, exactamente a la 11:45. Por suerte, era un sector donde los árboles nos protegían con su sombra. Los que llegaron antes se tostaron horas y, de seguro, sin protector solar.
La fila continuó creciendo sostenidamente. Llegó la chica treintañera de pelo planchado y anteojos tornasolados que nunca se sacó los auriculares. Se sentó casi en el piso, en uno de los cosos alargados de cemento cuya función desconozco, y se puso a leer "Rayuela", aunque la lectura duró poco y pronto reemplazó el libro por el bastidor donde se puso a bordar. Se sumó el cincuentón baqueteado y petiso de entrecana barba candado y una verruga en la cara, que alternaba hablar por teléfono cosas laborales con la lectura de los cuentos completos de Carver. Después, el pibe –o no tanto– que leía "La mujer rota", la gorda que se puso a fumar –por suerte fue la única– y esperaba a su amigo, un gordo veinteañero de jogging y gesto amanerado; la rubia cuarentona de remera azul y anteojos de sol…
Ellos y los que estaban adelante (el de la remera de "Flashpoint" en Japón, el tipo que se fue pronto; el flaco de sandalias y barba menos roja que su camisa, con dos mochilas y pinta de merquero o de violento, que iba por las últimas páginas de un libro gordo sobre Neil Young; la chica lindísima de musculosa negra estampada con la tapa de "Unknown Pleasures" y su amiga, las dos chicas y el pibe que estaban juntos y tenían una onda picnic, y los que estaban más cerca: la rubia de ojos claros, cara alargada, arito en la nariz y varios tatuajes pequeños y su amigo de barba rala bien negra) integraron mi mundo un rato. Un mundo más amplio que el que habría tenido si me quedaba en casa, pero igual de incomunicado.
En las dos horas y media que estuve allí, sólo a una persona pude dirigirle la palabra, a esa chica flaca y joven de flequillo marrón y finos labios rojos con mucha cara de desorientada, la cual aproveché para buscar el contacto visual –como había intentando vanamente con un par de personas antes– y decirle dónde terminaba la fila. No por gentileza o solidaridad, sino para recordarme que tengo lengua, aparato fonador y alguna percepción de lo que les pasa a los otros. El resto fue puro silencio, incluso conmigo, porque claramente no da ponerse a monologar con gente alrededor.
Apenas me parecía que una sola persona, la chica de la camiseta de Joy Division y el short negro y las botitas Caterpillar gastadas y el pelo castaño oscuro recogido sobre la cabeza y la cara preciosa, justo ella, me miraba a veces. Y pensé que cuando la tuviera más cerca, quizá en el momento de llegar, podría mirarla fijo a la remera y decirle "aguante Joy Division" como no le dije "aguante Black Flag" a la chica aquella que encontré una tarde en el 165, con la que intercambiamos algunas palabras no sobre música y que se bajó en Lanús sin que yo pudiera hacer mención a su campera negra con las cuatro barras blancas. Pero ni cerca estuvo de cuajar mi confianza en esa impresión como para sostener la mirada, si es que efectivamente sucedía, y arriesgarme a confirmar el desencuentro o, peor, la desubicación.
Mientras, los de mi mundo iban a avituallarse y volvían con una bolsita de snacks y una lata de Brahma para compartir con su chica el de barba negra o con un sánguche de milanesa completo de más de veinte centímetros de largo al que desde acá se le veía la mayonesa el de las dos mochilas, que se lo comió sin beber nada. El mundo se amplió con la pareja de gordas lesbianas que estaban mucho más atrás y que, luego de hablar por teléfono con la rubia, se vinieron para este lado a charlar y se instalaron en la cola definitivamente con la naturalidad de lo irremediable sin que nadie les dijera nada, ni siquiera la persona que estaba más cerca, que era yo.
Tardé en darme cuenta de su relación porque no se besaban, pero con el tiempo la más gorda le agarraba la mano a la que tenía una verruga en la pera o se le colgaba del hombro de un modo que no dejaba dudas, mientras una contaba que había hablado con el dueño del departamento que alquila para llevar al perro y la otra decía que había ido a una playa cerca de Bombinhas que estaba llena de argentinos. Al rato se acercó un conocido de él, charlaron un poco y, cuando ya me imaginaba que también se iba a quedar, retornó a su postergado lugar.
Los que iban pasando a nuestro lado mientras avanzaba la fila, en la parte donde ambos sectores corrían casi paralelos, pero en sentido inverso, matizaban ese mundo, temporal pero estable, con su fugacidad. Había, entre ellos, gente de todas las décadas, la señora que ya dobló el codo de los 59, el viejo completamente canoso con bermuda camuflada que estaba con otro de (poco) pelo sospechosamente negro, la cuarentona con zapatos de taco chino que casi se tropieza en un cráter de la plaza, la chica de solero marrón y pelos en las axilas y tal vez en las piernas, la señora charlatana con la blusa de colores acompañada por quienes quizá fueran su hijo y la novia de él, la chica de veintipocos clase mediabaja con su nenita rubia que estaba dando sus primeros pasos, la morocha que hablaba en voz alta y atractiva y decía que el recital de poesía le importaba lo mismo que un pedo en una canasta; la familia de padre en sus treintas con pinta de ricotero, su jermu e hija con edad de jardín que quería que le compraran agua, pero el vendedor histriónico era un ladri que cobraba cincuenta pe la botellita y no vendió nada; el que tenía un libro sobre Pappo, la chica medio gordita de remera celeste y mini negra, con piercings en la cara y pelos en las axilas, pero no en las piernas –según podía verse a través de los agujeros de sus medias negras, que permitían entrever algunos tatuajes de colores chillones–, y su novio, vestido todo negro, incluso el sombrero que cubría parcialmente su peinado extravagante.
Más tarde, al irnos, ver de pasada, apenas un instante, a las decenas de personas que quedaban con alguna chance de conseguir su entrada me hizo pensar, también de pasada, en lo infinito e inaccesible del mundo, en cuánto otro había allí, en todo lo que me podrían haber dicho sus caras, sus remeras, sus libros o sus tatuajes si me tocaba un lugar distinto en la fila. O en que también alguna palabra podría haberme dicho alguien si la casualidad lo permitía y lograba que esta enumeración no fuese una de fantasmas.
Del otro lado del alambrado, en el estacionamiento, uno de la PSA nos miraba con desdén, casi sobrador, como buen rati. Después vino otro más viejo, de bigotes canosos, y lo mismo. Hasta que unos diez o quince minutos antes de la una la cola pegó un tirón importante, y, aun cuando veíamos que nadie ingresaba al lugar, adelantamos unos treinta metros. Buen indicio, pensé. La realidad se encargaría de desmentirme. A la una, o poco antes, muchos empezaron a sacar sus teléfonos para tratar de ingresar a la página web con la ilusión de conseguir los boletos por esa vía. Fue imposible. Nadie podía acceder a la página y a los pocos minutos comentaban que aparecía un cartel indicando que "no hay eventos para reservar".
A eso de la una y diez finalmente hubo movimiento: la gente comenzó a entrar, en grupos pequeños, según pudimos ver cuando subían la escalera. La cola fue avanzando con lentitud y entramos en la zona desarbolada. Me empecé a sentir mal, para no variar. Llamativamente, porque había terminado de comer dos horas atrás y aún sentía la comida en la panza. Me temblaban un poco las piernas, y luego el malestar se extendió a las manos, donde apareció algo parecido a un hormigueo, y la inquietud me hizo cambiar el ritmo de la respiración y tal vez encendió algunas partes de mi cabeza vinculadas con la sensación de alarma. Postergué el auxilio del jugo Ades que siempre va en el bolsillo hasta que me pareció estar forzando demasiado el cuerpo, y entonces comencé a beberlo.
Traté de hacerlo durar, mientras bajamos al pedacito de la calle Sarmiento, junto al lugar de las bicicletas, y la cuenta mental que saqué dio como resultado que recién estaríamos llegando a la boletería cerca de las cuatro. Cuando doblamos por Madero, pudimos sentarnos en un borde de cemento que tiene la plaza, aunque seguíamos con la cabeza a merced del sol. La chica del bordado no tuvo mis pruritos y escaló el borde para esperar a unos metros, en el césped y bajo la sombra de un árbol. Los camiones nos pasaban cerca y rápido, entre ellos un inesperado Chevrolet 714 que transportaba sus cuarenta años de antigüedad con entereza y, como los otros, hacía vibrar el aire, la vereda y a nosotros mismos.
Decidí que iría a comprarme otro jugo cuando dobláramos la esquina. Sin embargo, a las dos y cuarto, cuando íbamos por la mitad de la cuadra de Madero, en la parte donde no hay bordecito de cemento, pasaron tres personas –uno con remera del CCK, un policía y otro más, oculto por estos dos– diciendo que se habían agotado las entradas. Que desde la plaza para acá –es decir, al menos una cuadra más adelante– ya no había más.
En ningún lado informaron cuántos tickets (¡tiques!) iban a entregar. El sitio web menciona que la sala tiene capacidad para 1950 personas, pero no aclaraba si todos los asientos estarían disponibles. Tampoco explicaron cuántos había para reservar por la web y cuántos quedaban para la gente que iba a hacer la cola. Solo sabemos que daban hasta dos por persona, no sé si dos para una función y dos para la otra o dos en total.
Menos aún conocemos el rendimiento de los servidores donde se aloja la página del CCK para estimar cuántos usuarios pueden acceder en los menos de diez minutos que pasaron entre la hora prevista para habilitar la página y el momento en que resucitó con el cartelito de "no hay eventos para reservar". Lo que vimos es que no entraron muchas personas a la boletería y que avanzamos unos ciento trece metros, según lo que me dice Wikimapia, antes de que llegaran a nuestro lugar los que traían la mala nueva (que arribaron luego de caminar un buen trayecto durante el cual nosotros seguimos avanzando hasta ese punto). ¿Cuántas personas entran en una fila de ciento trece metros?
Algunos quedaron en el peor lugar, delante del punto de corte elegido para decir que no había más localidades, pero, finalmente, y después de más espera bajo el sol, detrás del último que pudo entrar a la boletería. Por lo que leí, hay gente que llegó a las diez y media de la mañana y se quedó con las manos vacías.
Fue el momento de emprender la vuelta. Caminé dos cuadras para el lado lejano con el único fin de estar cerca de la chica de musculosa negra y verla una vez más, en flashes, porque ni siquiera es que me puse atrás para seguirla y grabarme su imagen, sus movimientos o su aura con la nitidez que permitiera mi memoria. Mucho menos para hablarle. Fue apenas una percepción difusa que duró hasta que las perdí de vista en la esquina del acceso. Cuando esperaba el semáforo de Corrientes, vi de nuevo a su amiga, pero ya estaba sola. Nunca más sabré de vos, chica Joy Division. No es el amor, sino el destino lo que nos destroza.
El opaco manejo de los organizadores me molestó más que no haber conseguido mi entrada. Escribo en singular porque iba a pedir una sola: no tengo con quién ir ni tengo media expectativa de que eso cambie en una semana. Entonces, ya en casa, repasé un poco las redes sociales, a ver qué se decía del asunto. Lo primero que leí es que había diez cuadras de cola, y no, no fue así: no fueron más de setecientos o, con toda la furia, setecientos cincuenta metros. Como sea, un montón de gente esperando algo que otros, los organizadores, ya sabían que era inaccesible, pero que dejaron crecer para tener la postal de una larga fila de gente interesada en lo que ellos ofrecen.
En Twitter alguien decía que estaba en el lugar 300 de la fila, contado por un policía, y que avisaron que se habían agotado las entradas cuando había unas cuarenta personas delante de ella. Incomprobable, pero más creíble que el que dijo que preguntó por mail al CCK y que le respondieron que habían anulado las reservas vía web.
También encontré muchísimas quejas por la caída de la página. Muchísimas más quejas que la alegría de unos pocos con entrada. Entre ellos, dos chicas celebraban porque les habían llovido entradas del cielo (sic). Una es periodista; la otra, también, en Página 12. La pertenencia a la camarilla apropiada puede salvar cualquier grieta. Una, Carolina Potocar, se ve en la necesidad de explicar que un amigo consiguió en la web y le pasó una de las entradas. La otra, Paz Azcárate, varios días después, dice que un amigo consiguió en el lugar y le dio una entrada como regalo de cumpleaños. Es lo bueno de tener amigos…
Por cierto, la afortunada Carolina, que tuvo la doble suerte de que su amigo consiguiera entradas por internet y de que le regalara una, fue la única persona a la que leí refiriendo de primera mano que alguien había podido reservar on line hasta que, varios días más tarde, cuando yo daba por hecho que no era cierto, di con el post de otra persona que también dice haberlas obtenido por ese medio. Con lo cual ahora son dos (?).
Eso y pensar en que alguno de Cultura, Lombardi, no sé quien, se habrá pajeado con la foto que sacaron desde lo alto de la escalinata, la de los cientos y cientos de personas que fuimos al pedo, y con la repercusión que tuvo la cola, un logro suyo –y de su equipo, claro–, y con cómo le van a dar más presupuesto, le van a aumentar el sueldo, le van a aprobar ese proyecto que presentó o va a ganar lugares en la consideración de su superior, me hizo subir la temperatura. Todo eso y ver los tuits del CCK etiquetando al organismo del cual depende, ese cuasi ministerio de Informaciones, y señalando que había cola desde la madrugada, pero sin una palabra sobre la página caída, ni una respuesta a las quejas, ni una palabra de circunstancias para los giles que nos quedamos sin entrada.
Aprovechando las posibilidades de acortar distancias que dan las redes sociales, escribí en el Facebook de Patti. No había allí ni un post ni una foto ni nada que hiciera referencia a sus shows en Buenos Aires. Entonces dejé un comentario contándole la (mala) experiencia en la parte que dice "escribe algo en esta página". El mensaje no se publica de inmediato, sino que deber ser aprobado por quien maneja la cuenta.
No lo aprobaron.
Días más tarde pasé de nuevo por el Facebook ese y vi que otra gente había comentado desventuras similares en el último post publicado. Como en los tuits del CCK, la respuesta fue nula.
Ella va a venir acá, se lavará la conciencia y/o llenará el lado progre de su currículum con un show gratis en el tercer mundo (que no es gratis porque le redituará unos cuantos miles de dólares que pagamos todos, como suelen decir quienes reniegan por el gasto público) y le chupará un huevo el maltrato recibido por quienes queríamos verla. En especial quienes no tenemos una luca o dos para pagar un hipotético show, en especial quienes no la vimos ni nunca la veremos en Berlín, en Brooklyn o no sé dónde más, lugares a los que sí fueron algunos que comentaban en esas mismas redes.
Entiendo que no sepas cómo se maneja el organizador de tu show en el ojete del mundo. Pero si alguien te lo dice y no considerás su palabra, pasás a ser cómplice, Patti. Como mínimo, por tener al boludo ese de encargado del Face que tiene tu nombre.
Encima, googleando para saber en qué año vino la otra vez, descubro que le gusta el Papa y que lo fue a ver al Vaticano, donde se sacó una foto similar a la de Luis Ventura, ponele (pero sin camiseta de Lanús), y dice que le va a dedicar una canción, la cual bien podría llamarse "La curva de Maldonado".
Completaría mi decepción no si usa la camiseta argentina, que no creo que lo haga, sino si, aprovechando que está en su tierra natal, hace una referencia laudatoria al amigo de Gustavo Vera y Guillermo "Napia" Moreno, al que asistió al funeral de Bernard Law y bancó a los curas acusados de abuso en Chile hace un mes. Si lo hace, no me quedará otra que decir con certeza lo que hoy digo sólo con bronca. Me cago en Patti Smith.
Posdata: todo se soluciona no pidiendo disculpas, no haciendo una referencia a las dificultades, no. Todo se soluciona con una pantalla gigante en la plaza el día del recital.

5 comentarios:

Germán dijo...

Tu entrada de blog es infinitamente más interesante que un recital (de poesía o de canciones, qué más da) de Patti Smith. El detalladamente lúcido relato del "lado b" de eventos de entretenimiento (mal llamado artísticos) como este, es un valioso testimonio en este mundo espantoso que no es otra cosa que una superposición inextricable de camarillas simultáneas. ¿Quién carajo es Patti Smith, después de todo? Es más cierto el dato de su adhesión pública al jefe de una institución asesina (¿la más asesina de la historia?) que toda la parafernalia de mercado que la erigió en ícono de la nada misma. Yo también me cago en Patti Smith, y en todo lo que ella en verdad representa. Que es todo lo que detesto de este mundo. Aunque se esfuercen en aparentar que son y/o representan lo contrario.
"No es el amor, sino el destino lo que nos destroza." La Chica Joy Division y el mundo no escucharán.
Gracias, es bueno pasar por acá. Siempre.

Anónimo dijo...

Soy Leo de San Telmo. Me encanta el blog. Excelente texto!

y.0. dijo...

1) Gracias, Leo. Me alegra que te guste.

2) Germán, querido, también gracias a vos... La verdad, creo que, a fin de cuentas, fue más interesante la fútil cola que el show en sí mismo, al menos el show que pude ver, a través de una pantalla de la cual gente con otras pantallas capturaba imágenes.

Por lo que sé, del lado de adentro había mucha efervescencia intelectual-adolescente, como si fuesen fans de un Justin Bieber cool que hacían part-time entre su devoción por la artista y su ejercicio prerrevolucionario (?) de chiflar a Lombardi y cantar MMLPQTP.

Pero yo estaba afuera, y a través de esa pantalla vi cómo un par de veces hizo referencia a los que estábamos ahí, y una sola vez mencionó la larga cola y dijo "good for you".
¿Good for quiénes, Patti? Good por los que consiguieron, good por los infinitos periodistas, good por Eduardo Costantini, Julieta Venegas, Romina Gaetani y las hermanas Ortega -que claramente no esperaron horas bajo el sol, como nosotros, que el Estado munificente les haga entrega de una entrada-, good por Silvina Giaganti y todos los ¿intelectuales? con contactos a ambos lados de la grieta, pero no good for me, Patricia Lee.
Y no good por los tres boludos que, junto a la pantalla, botella de cerveza en mano, trataban de que prendiera su cantito MMLPPQTP cuando terminó el último tema, "People Have the Power". Si realmente fuera así, los boludos de ahí afuera habríamos entrado al lugar y habríamos sacado de las pestañas a todos los que entraron por portación de nombre, de pertenencia o de cualquier otro privilegio.
Y no good, tampoco, por los que queríamos escuchar Gloria o R&R Nigger, por los que, además de sentirlo, queríamos gritar que estábamos outside.


El monarca teocrático de Occidente, con sus guiños progres, pueden encandilar a los que se acercan al "progresismo" desde el primer mundo: los de acá ya lo conocemos bien.

otra vez yo dijo...

Me olvidaba...
Obviamente no se puso la camiseta de la selección. Y tampoco le preguntaron sobre el papa. Esta vez, la actualidad y el interés de los periodistas llevaron las preguntas hacia el asunto de la despenalización del aborto. (Y la interna periodística sexista creó una controversia porque la pregunta se la hizo un tipo y no una mina).

Así, como dije, no se puso la camiseta de la selección: se puso el pañuelo verde en la muñeca.

Germán dijo...

Difícil agregar algo a la claridad del texto y las addendas de estos dos comentarios que hiciste. Que se encandilen ellos, que nosotros lo conocemos bien, sí. Al final, es una figura análoga a nuestra manía por encandilarnos con figuritas como la de Patricia Lee. Ella misma se encarga, solita, de desdecir Gloria y R&R Nigger. Algunos de nosotros también, a esta altura, conocemos bien a estos papas y papisas entronizados por un mercado de negocios.

Me encanta lo del "ejercicio prerrevolucionario", porque es así. Todo una gran fantochada. Son progres de telenovela de las dos de la tarde, con Cristina Alberó.

"People have the power". No veo muchas panteras negras que digamos... Ni siquiera.

Abrazo.